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¿Como era Sevilla en la Belle Epoque?


Los franceses llaman “la belle epoque” al período entre la guerra franco-prusiana (1870) y la primera guerra mundial, o, como la llamábamos antes de 1939, la guerra europea (1914-1918). Durante estos años  todo, o casi todo fue amable y suave en Francia. Sí, hubo escándalos, (el “affaire” Dreyfuss, por ejemplo) y conmociones políticas y sociales, como en todas partes, pero todo en un clima de paz y de crecimiento económico, intelectual y artístico. Por supuesto que las guerras no cesaron; nuestra  guerra de Cuba  (“mas se perdió en Cuba,” solía decir uno de mis abuelos defendiéndome contra mi madre cuando ocasionaba un estropicio),  la guerra Ruso –Japonesa (1904-1905), y otras. Pero eran guerras distantes, que no ensangrentaron los campos de Francia.

Por extensión también se ha venido llamando “belle epoque”, al período también entre guerras que va desde el final de la guerra europea a la segunda guerra mundial (1939-1945). Esta segunda acepción no ha tenido tanta fortuna como la primera aunque se usa e incluso hay una pelicula española con tal nombre que tuvo bastante éxito.

Hace unos meses vino a mis manos una  “Guia de España y Portugal” subtitulada “Manual para Viajeros” , en inglés, en buen uso, publicada por Karl Baedeker en 1913, o sea, en plena “belle epoque”. Baedeker era (y creo que aun existe) una editorial de Leipzig que se hizo famosa por sus guías turisticas. Se publicaban versiones en inglés, y otros idiomas  y eran el “vademecum” del turismo internacional. Estas guías o manuales eran de una minuciosidad increible. Hace bastante tiempo que no consulto una guía moderna, pero dudo que en ellas se divulguen,  como era de rigor en los Baedekers,  los nombres y direcciones de medicos, dentistas, muchos de ellos hablando idiomas, amen de farmacias, iglesias, etc. Datos prácticos que son de agradecer.

Siendo sevillano fue natural que lleno de curiosidad me apresurara a ver que trato recibiría Sevilla. Y como disfruté bastante con la descripción que hace de la misma  pensé que quizás habría algun otro sevillano de mi quinta (la del cuarenta y dos) que quisiera darse un paseo conmigo por la Avenida de la Nostalgia.

¿Cómo era Sevilla hace noventa años? Pero, antes que nada, ¿es lícito aplicar el remoquete de “ belle epoque” a la Sevilla de 1912 (suponemos que los datos en la guía que comentamos antecederían,  a la fecha de su publicación).  Pienso que sí. Por lo que hemos oído y leido Sevilla estaba bastante tranquila por aquellas fechas. No habia desórdenes sociales (el anarquismo no había todavía explosionado). Había paro, sobre todo el endémico rural, como lo había habido siempre y continuaría por muchas décadas, pero la clase obrera no estaba aún envenenada por la política.  En términos de la economía local la inflación apenas existía y tendría que venir la guerra europea para que los precios se dispararan. Fuera de Sevilla (y de España) la guerra de Cuba iba  relegandose al olvido, la de Marruecos no había llegado aún a la virulencia (tragedia podríamos decir con mas propiedad) que alcanzara una década mas tarde. Por otra parte, la Semana Trágica en la lejana Barcelona apenas tuvo repercusión en nuestra ciudad. Así, que verdaderamente, hubo  “belle epoque” también  en Sevilla.

Y de nuevo: ¿como era Sevilla hace noventa años? Por supuesto, mucho mas pequeña. Prácticamente reducida al llamado casco histórico aunque los  tranvías, que estaban en pleno apogeo, llegaban hasta Eritaña, que me figuro estaría en pleno campo. Su población era de 158.000.  Pero antes de visitar Sevilla,  ¿como se llegaba a ella? Ciertamente no por vía area, pues que la aviacion estaba aún en mantillas. Lo sorprendente, sin embargo, es descubrir que Sevilla  recibía no sólo mercancias sino tambien turistas directamente desde  Francia, Alemania,  Inglaterra, Bélgica, etc  por vía maritima/fluvial. Según la guía  entraron y salieron en el puerto de Sevilla,  sólo en 1911,   1.349 barcos con más de millón y medio de tonelaje.  Dudo que las cifras actuales las superen. En cuanto al tren ya existian las tres estaciones que hemos conocido hasta hace poco, donde los viajeros destinados a los mejores hoteles eran transportados por unos autobuses que llegamos a conocer  en nuestra niñez.

Si el pasajero no se alojaba en tales hoteles o se dirigía a su domicilio o al de algun pariente o amigo, como no existían taxis,  tomaba un coche de caballos. Los había de un caballo o de dos. Los de un caballo cobraban una peseta por la carrera, o dos pesetas por hora. También se cobraba por el equipaje y las tarifas doblaban en Semana Santa y Feria aunque el editor de la guia aconsejaba “regatear” el precio.Y aqui viene a pelo  lo de lo reducido de Sevilla.  Como el jueves y viernes santo estaba prohibida la circulación el viajero tenía que caminar hasta su destino y si traía un voluminoso equipaje tendría  que ajustar un (en español  en la guía) “ mozo de cordel”.

Donde alojarse? Algunos de los hoteles todavían existen: Hotel Inglaterra ubicado en  el mismo lugar, “con ascensor”;  Hotel Simón, entonces situado en la calle Velázquez, esquina a Rioja. Otros, como el bello y sevillanísimo Hotel Madrid,  en la calle Méndez Núñez, lugar hoy del Corte Inglés, han desaparecido. Pero ya existía la pension Don Marcos, en la calle Abades.  Como muchos de los cafés y restaurantes, alguno de los cuales hemos llegado a conocer, como el Pasaje Oriente (“frecuentados por señoras para la hora del té”),  el Pasaje del Duque, el Café de París, Las Delicias, La Casa de la Viuda y entre confiterías la  venerable de La Campana.

¿A donde iba el turista para divertirse? Si le gustaba el teatro tenía donde elegir.  En primer lugar la guía incluía nuestro incomparable y desgraciadamente perdido teatro San Fernando, construido, segun la guia, en 1847 para opera y ballet y donde la butaca de patio costaba 18,75 pesetas ( suponemos que sería en las noches de ópera) y el Teatro Cervantes.  Despues venían los populares Teatro del Duque, y el Teatro Eslava, (teatro de verano) todos (menos el del Duque) dentro de nuestra memoria. Estos teatros daba sesiones de una hora de duración. Cuando era chico oía a menudo comentar “la tercera del Duque” donde me figuro la asistencia masculina bramaba por ver un tobillo.  Si el viajero era una señora debería abstenerse de concurrir los espectáculos de variedades. Segun la guía el café Novedades, en la calle de Santa Maria de Gracia, 7,  no era recomendable para señoras. Sin embargo, la guía recomienda calurosamente visitar la academia de baile del Senor Otero, situada donde siempre la conocimos, en la calle de San Vicente. El señor Otero debería estar  poniéndose  las botas al precio que cobraba, que nos parece   exorbitante,  de por lo menos cinco pesetas por persona. (Como comparación, el alojamiento en el hotel Madrid, considerado de lujo, costaba 12.50 ptas diarias, pensión completa).

Si el  turista era devoto (y de nacionalidad británica, como eran en mayoría)  podría ir  a rezar a la Iglesia Anglicana de la Ascensión, en la Plaza del Museo. Esta iglesia desapareció no sé si a raíz o antes del 18 de Julio de 1936. Yo de mozo siempre la conocí en el mismo lugar, esquina a Abad y Gordillo,  como un almacén y aserradero de maderas.

 Si le gustaban los libros podía visitar la librería de Tomás Sanz en la calle Sierpes, de grata memoria y si tenía necesidad de poner una carta en el correo pues se iba a San Acasio (hoy Pedro Caravaca  donde el  actual Círculo de Labradores) o simplemente la depositaba en las fauces del magnifico león de bronce que hacía de buzón en la calle Sierpes, parte del edificio de correos en San Acasio. Y como decía antes, aparecen en la guía los nombres de médicos y dentistas políglotas,  (todos nombres conocidísimos en Sevilla), farmacias y hasta los famosos baños del Dr. Murga, en la calle Marqués de Paradas  que se anunciaban con grandes letras y era casi lo primero que veía el pasajero que salía de la estación de Córdoba.

 La guía describe con profusión las iglesias y monumentos de Sevilla, sus paseos, sus costumbres populares, la semana santa, la feria. Particularmente prolija es la descripcion de la feria donde la afluencia de ganado (su verdadero origen) era enorme, de hasta 80.000 cabezas. Despues divide las casetas entre aquellas de los ricos, las mas humildes de la clase trabajadora y las de los gitanos. El editor se quedo asombrado viendo el desfile de lujosos coches de caballos  que considera “insuperado en cualquir capital moderna” con la atraccion añadida (seguimos traduciendo) de las señoras luciendo sus mantillas y mantones de Manila. También describe las fiestas del Corpus (da incluso el itinerario), las Veladas (la de San Juan, la de San Pedro, en la Alameda (¿desaparecida?)

Pero, curiosamente, no la de Santa Ana. También las romerías: el Rocio, la de la Consolación de Utrera y una de la que nunca he oido hablar: la de Torrijos, que se celebraba a principios de Octubre.

No cabe duda que el redactor de esta guia de España quedó encantado con Sevilla. Se extraña del dicho “Quien no vio Sevilla no vió maravilla” en lugar tan desprovisto de bellezas naturales (mar o montaña). Pero reconoce,  sin embargo, que nuestra ciudad combina las ventajas de un puerto fluvial con un  fértil paisaje meridional ( la eterna atraccion del sur para las gentes del norte) con (y traduzco casi literalmente )”una vida plena, vibrante y armoniosa y una abundancia de artísticos monumentos, indicadores de un brillante pasado”.

Le gusta todo, incluso el clima. Admite que que en el verano el calor puede llegar a ser abrumador. Y sin embargo, “las rosas florecen durante todo el invierno y los jacintos aparecen ya en Enero”. Una prueba de lo que le gusta Sevilla y la importancia que le da esta en el numero de páginas que le dedica la guía. Mientras a Barcelona (poblacion: 587.000) le dedica veintiocho páginas, Sevilla se lleva treinta y dos.  A Valencia (población: 233.000) la despacha con sólo 14 páginas.

Asi fué Sevilla  y lo siguió siendo durante muchos años. Intima, segura. Todo estaba a la mano. La gente andaba de un lado para el otro. Pocos cambios en su casco histórico.  Desaparecieron los teatros del Duque y Eslava, y la famosa pasarela frente al recinto de la feria, en el Prado pero mas o menos todo continuó igual. Creció, si, la demografía y se crearon nuevas barriadas en el extra-radio. La exposición del 29  hermoseó el parque de Maria Luisa, y surgieron pabellones, el barrio de Heliópolis, etc  mientras Aníbal González dejó su impronta en la bella Plaza de España, el Coliseo, etc. Después,  la República, con su desórdenes sociales, la incruenta guerra , los años de penuria….Sevilla ya no era amable y suave. La explosión del desarrollo en los años sesenta y setenta fué testigo de la incuria municipal que permitió los derribos indiscriminados de nobles estructuras. El paisaje urbano se colmó de coches y pintadas. La expo del 92 modernizó Sevilla y la hizo incómoda. Y masiva, insegura. Ya no estaba todo a la mano. Ya la gente no andaba de un lado para el otro. Y así llegamos a nuestros días. ¿Qué se hizo de aquella Sevilla?….. Desapareció la vida plena, vibrante y, sobre todo, armoniosa.

Amigo lector, si ha continuado conmigo en este nostálgico paseo contésteme a esta pregunta: que prefiere: la Sevilla de 1912 o la actual de la masificación, los ruidos, la movida, con sus  botellonas  e inmundicias. ¿Tiene que pensarlo? Yo no. Me quedo con la de la “belle epoque”.

May, 2003

Demografía en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos

Desde su creación hasta hace relativamente poco tiempo el Tribunal Supremo de los Estados Unidos se ha venido nutriendo de juristas varones y representantes de la clase conocida por los WASPS, es decir, blancos anglosajones protestantes. Muy lentamente, comenzando en el siglo XIX la hasta entonces sólida muralla de los WASPS empieza a resquebrajarse, primero por miembros de la religión católica. Pero la revolución demográfica tiene lugar en el siglo XX. En el siglo pasado entraron a formar parte del mismo un judío ( Louis Brandeis), un negro (Thurgood Marshall) y una mujer (Sandra O’Connor). Recientemente el Senado confirmó a una portorriqueña, Sonia Sotomayor. Con este nombramiento la composición del Tribunal Supremo se asemeja a la demografía general de los Estados Unidos. Faltan aun un mahometano, un oriental y un americano nativo (“native American”), o sea un representante de la especie humana que encontraron los conquistadores españoles y mas tarde los ingleses del “Mayflower”: un indio. Pero todo se andará.

Pero lo que me interesa consignar hoy es la afiliación religiosa de los jueces que forman el tribunal. Con la recientisima confirmación de Elena Kagan el siglo XXI se abre con seis católicos y tres judios. Esto demuestra, no solo la pujanza de la religion católica en los Estados Unidos sino que la antigua muralla de los WASPS ha caido estrepitosamente al suelo..

Y ahora podríamos preguntarnos: podria el tribunal Supremo de los Estados Unidos albergar un dia a un agnóstico? A un ateo?

La pregunta es válida. Al lado de multiples religions, agnosticismo y ateismo estan muy presentes en el pais, aunque pocos hacen bandera de tales orientaciones. Cabe dentro de lo posible que un presidente pueda designar un dia a un notable jurista con dudas religiosas o que simplemente niegue la existencia de Dios. La primera enmienda a la constitución no solo garantiza la libertad religiosa sino que protege la ausencia de afiliación a cualquiera fé. El problema es que, abrumadoramente, este país, como tal país, no es ni agnóstico ni ateo. Ya don Manuel Azaña, siendo presidente del Consejo de Ministros afirmó en las cortes españolas de 1931 que “España ha dejado de ser católica”., afirmación ciertísima, porque dejada atrás la época imperial, la España del siglo XX no hacia ya de la religión católica una política de Estado. Esta afirmación azañista fué mal entendida y peor aceptada. Pero esto es harina de otro costal.

Pues bien, si la España del siglo XX habia dejado de ser católica, es decir, religiosa,

podemos afirmar que los Estados Unidos de América del siglo XXI es un país eminentemente religioso. O por lo menos, así lo parece. Aunque pareza increible, en ciertas zonas del pais hay ciudades o pueblos que tienen mas iglesias que bares. “In God we Trust” (en Dios confiamos) campea en los billetes de banco. Tanto el Senado como la Cámara de Representantes disponen de su propio capellán. Muchos actos oficiales y no oficiales (e.g. competiciones deportivas) comienzan con una invocación religiosa.

Todos los años personas o grupos disconformes con tan descarada violación de la primera enmienda constitucional, que juntamente con la protección de la libertad religiosa garantiza la separación de Iglesia y Estado, entablan acciones judiciales contra autoridades federales o estatales. La defensa que tales autoridades esgrimen (con notable escepticismo por parte del público) es que tales manifestaciones no suponen apoyo a creencias religiosas y no tienen otro significado que adhesion a la tradición o a la historia del país. Excusa decir que ninguna de tales acciones ha prosperado.

Con tal escenario no parece viable que una designación presidencial que recaiga en un agnóstico o un ateo pueda contar con el beneplácito del Senado. Un cataclismo que proporcione tal eventualidad no parece hoy previsible.