Como eramos y como somos

 

Debo la primera mitad del título de este trabajo a una película norteamericana, muy buena, estrenada en el año 1973, llamada The way we were  e interpretada por Robert Redford y Barbra Streisand. Desconozco su título en su versión española pero la traducción correcta del original en inglés es “cómo éramos”. La película trata de los amores  de una pareja en Washington, la capital federal de los Estados Unidos,  que comienzan en los años sombríos de la depresión causada por el crash bursátil del 29 y transcurren a lo largo  de los años treinta y la segunda guerra mundial. Brevemente, al final de la película,  la pareja se re-encuentra a comienzos de los años setenta.

El asunto que voy a tratar no tiene nada que ver con el  de la película. Me voy a referir hoy a la demografía de España, y concretamente, de Sevilla antes de la última guerra mundial y en la actualidad. En otra ocasión tocaré el tema de los usos y costumbres pertinentes a tales tiempos.

Antes de la última guerra mundial los países de la Europa occidental, España incluida, no eran receptores de inmigrantes. Los nativos de los países que hoy mandan millones a la Europa occidental; estaban muy quietecitos en su entorno familiar. Los situados en África, Asia y Oceanía la mayoría colonias, estaban sujetas a sus respectivas metrópolis. Por otra parte, los países de Hispanoamérica no parecían estar sumidos en la pobreza que azota  hoy  a algunos de ellos. Algunos incluso eran ricos. La Argentina gozaba de un nivel de vida superior a la de algunos países europeos, incluido España. Disponía de reservas de oro sólo superada por Gran Bretaña y Estados Unidos.

Nó, el flujo migratorio corría en dirección inversa. Los países imperiales  europeos mandaban a sus hijos a sus  colonias, más que en busca de trabajo, a invertir en explotaciones agrícolas o industriales, atraídos por la abundancia y baratura de la mano de obra. El Reino Unido, Francia, Holanda, Bélgica, controlaban  inmensas posesiones en varios continentes. Italia sólo disponía de Libya,  prácticamente un desierto. Su pujante población se derramaba, por  millones, en  la Argentina. España, la España de la alpargata, mandaba sus nacionales  a sus antiguas colonias en el Norte (Méjico) Centro y Suramérica y por supuesto, Cuba. Algunos catalanes se establecieron en islas Filipinas, donde ya en el siglo XIX habían ya creado la cerveza San Miguel. Alemania, despojadas de sus colonias después de la primera guerra mundial, se orientaba hacia los Estados Unidos, que ya contaba con un importante contingente alemán al tiempo de su independencia.

Todo cambió a la terminación de la segunda  guerra mundial. Primero tímidamente luego por oleadas el Reino Unido, Francia, Holanda, Bélgica y Alemania recibieron millones de nativos de las Indias Occidentales (las colonias y excolonias británicas del Caribe), pakistanis (los “Pakis’), turcos (concentrados en Alemania) cuando restablecidas, gracias al Plan Marshall, de las heridas de la guerra sus vigorosas economías necesitaban la mano de obra que sus mercados laborales no podían satisfacer. Fue en los años sesenta que miles y miles de españoles e italianos se desplazaron a la Europa central con contratos laborales. Muchos volvieron. Otros se quedaron. En los años ochenta  pude ver en Frankfurt calles enteras pobladas por turcos. La selección alemana de futbol cuenta hoy con un tal Gómez que probablemente es un nieto de un antiguo español que emigró a Alemania por los años sesenta. Otro tanto puede decirse del conocido actor británico Alfredo Martínez, hijo de un camarero andaluz que trabajó en Londres.

Y a España, ¿quién  venía? Pues a España, para quedarse,  no venía nadie. Algunos turistas, pocos al principio, masivamente mas tarde. La normalización de la economía en España, después de la hecatombe de la guerra civil se iba haciendo muy, muy lentamente. No fue sino hasta 1952 que la fabricación de acero llegó a igualar la del año 1929, en la que se superaron todos los récords. El primer automóvil que se fabricó en España (aparte del mítico Hispano Suiza de los año 20, hecho a mano para unos cuantos ricos) salió de la SEAT (léase FIAT) en el ano 1953. Recuerdo que recién casado, en el año 1956, tuvimos mi mujer y yo que guardar cola para comprar una olla a presión, que se acababa de lanzar al mercado. Más aún. Había pedido un teléfono dos años (entonces los noviazgos eran largos) antes de casarme. El teléfono no me fue adjudicado hasta el 1957, ya casado,  y después de pagar una especie de prima (1,000 pesetas) tuve que aguardar aún un mes para que el teléfono pudiera entrar en servicio. Con este tipo de economía se explica que a nadie le interesara emigrar a España.

En España, y concretamente en Sevilla seguíamos los de siempre. Apenas se veían  caras extranjeras. Había una, la de un tal Silgestrom, un sueco alto, fornido, el pelo corto, a quien veíamos  andar por el centro con un paso elástico. Tenía un hijo que era compañero de colegio en los Hermanos Maristas Pero sí  se oían y veían nombres extranjeros. En la calle Alfonso XII había un médico (no recuerdo su especialidad) que se llamaba Zbi  kokski, o algo así. Mi padre tenía dos amigos, hermanos, ambos oficiales de artillería llamados, también de origen polaco, Wesouloski.  Había nombres  franceses: Valois, Dupont, Petit, Soult, Peyre (fundadores y propietarios del almacén de tejidos Los Caminos, en calle Francos), Marvizón (probablemente hispanizado, quizás Marviçon en el original francés). Había un irlandés. O’Neill  miembro de la aristocracia sevillana (creo que era marqués)  Alto, el pelo de color de zanahoria, la tez blanca y pecosa. Habían muchos nombres italianos: Conradi, Parodi, Astolfi, Batista, Polo, Manfredi, Ferraro, etc. E  ingleses: Pickman, Brakenbury, Pitcairn, Henderson, Kith,  etc. Pero todos estos nombres correspondían a personas (algunas de las  cuales conocí,  traté y trato) que llevaban generaciones viviendo en Sevilla.

Ya antes de que  la  Sevilla imperial se quedara con el monopolio del comercio con América negociaban en la misma muchos europeos, mayormente italianos y alemanes. Testimonio de ello son los nombres de algunas de nuestras calles: Alemanes, Génova (hoy Avenida de la Constitución), Placentines, etc.Desde mediados del XVI el tráfico comercial con  las Américas incrementó el número de tales comerciantes, muchos de los cuales permanecieron en Sevilla y no regresaron a sus tierras.

¿Y las razas? Pues le verdad es que éramos blancos en inmensa mayoría. Había un chino (quizá fueron  varios pero a nosotros siempre nos parecía el mismo), el “chino de los collares” que vendía baratijas casi siempre en la calle Puente y Pellón, siempre de pié, nada de manta en el suelo como es costumbre ahora.

También había un negro, y sólo uno, y por cierto bien  conocido  y  querido. No recuerdo su nombre de pila, pero se apellidaba  Machín y era hermano del famoso Antonio Machín, el cantante de boleros y de los “angelitos negros”, quien tenia casa en Sevilla (aunque raramente viajaba a ella) y que creo incluso tiene hoy  una calle. Y esto me trae a la memoria una anécdota. Allá para el año 1957 yo ya dominaba el inglés. Tanto el consulado británico como el de Norteamérica solían mandar clientes a mi bufete de abogado. Un dia el cónsul norteamericano  me encomendó el caso de un compatriota suyo que se encontraba en apuros. Se trataba de un ex soldado de la USAF (fuerza aérea)  que había prestado servicios en Alemania y se había licenciado. En vez de regresar a su país, se trasladó a España, país  que le gustaba, y se asentó en Sevilla. Con sus ahorros (y el dólar entonces era todopoderoso) montó un cabaret en la calle Federico Sánchez Bedoya. Según pude comprobar el local era muy atractivo y el sitio no estaba mal en absoluto, casi en la misma avenida (de José Antonio). No obstante, el público no entraba. El ex soldado (no recuerdo su nombre pero llamémosle Tom), aburrido, mataba las horas emborrachándose a base  de su bebida favorita, “bourbon” o whiskey americano. Pasaban los días y las semanas y aquello no andaba. En fin, después de varios meses sin ganar un duro, y de haberse bebido varias cajas de whiskey empezaron a llover  las facturas  de proveedores., apremios de las compañías de agua, electricidad, ayuntamiento, etc. Tom, angustiado, buscó amparo en el consulado de su país. El consulado, no obstante,  no estaba dispuesto a tapar agujeros.  Lo que hizo fue ponerse en contacto conmigo y pedirme que  ayudara al ciudadano Tom a  salir del atolladero. Era un caso claro de quiebra. Acepté el caso y presenté en el Juzgado la debida solicitud. Llego el día de la primera comparecencia. Fui a recogerlo al cabaret y nos dirigimos a los Juzgados, que entonces estaban en la calle Almirante Apodaca, en un edificio entonces cochambroso, hoy creo que dedicado al Registro de Protocolos del Notariado.

Distraído con la conversación, en vez de cortar por la Plaza del Salvador, Puente y Pellón, la Encarnación, etc. que aunque bien transitadas no ofrecían un tráfico abrumador, tomamos la calle Tetuán. La comparecencia era a la una de la tarde y la calle Tetuán, a la hora del aperitivo, estaba abarrotada de transeúntes.. Se daba la circunstancia además de que entonces circulaban por la misma y continuaban por la Campana, no sólo coches sino aquel estrepitoso y gratamente recordado  tranvía, lo que obligaba al tráfico humano a arracimarse en las estrechas aceras. Por aquellas calendas Sevilla no pasaba de 400,000 habitantes, casi la mitad de ahora y creo que yo era persona  conocida porque “nos conocíamos todos”. Yo notaba que la gente me miraba y miraban, con curiosidad, a mi y a mi acompañante.

¿Y por qué esas miradas curiosas, casi descaradas? Sencillamente porque mi acompañante……era negro. ¡Ya había dos negros en Sevilla!

A mediados de los cincuenta empezaron a llegar a Sevilla, como consecuencia de un Pacto de Ayuda y Mutua Defensa (creo que asi se llamaba el acuerdo) entre España y Estados Unidos, fuerzas militares del Aire y de la Armada de USA. Se crearon  en los  terrenos de la antigua  Compañía Exportadora,  en el barrio del Povenir, unas instalaciones
que eran complementarias (se ocupaban sólo de asuntos de orden administrativo y legal) de la base aérea que se construyó en Morón de la Frontera. Estos individuos, unos cuantos centenares, a penas se notaban en Sevilla  excepto que al venir, algunos de ellos,  casados y con hijos, despojaron a más de una familia de sus sirvientas. La peseta, bastante vapuleada en aquellas fechas no podía competir con el dólar. La  criada (que así le llamábamos)  que yo tenia vino  a nosotros  de rebote. Había servido en la casa de un soldado  de la USAF  pero entre otros motivos  no le agradaba la idea de sentarse a comer con sus señores, tan democráticos ellos.  Como quiera que un “master sergeant” o sargento mayor tenía un sueldo equivalente al de un general de brigada español, algunos de estos militares norteamericanos se casaron con señoritas  sevillanas de la clase media deslumbradas ante tanta opulencia. Después tuve ocasión de verlas en los Estados Unidos, algunas mal casadas, otras  aún unidas a sus  “ricos” maridos y extrañadas que  sus tales maridos tuvieran que tener dos empleos para subsistir. Pero, como decía antes, estos militares eran tan pocos que apenas se notaban.

Pero fue a fines del siglo XX, ya España injertada en Europa y sus instituciones cuando masas de extranjeros se asentaron en España

Parece ser el destino de nuestro país que cuando entra el oro a espuertas no es debido al trabajo personal de sus hijos sino a circunstancias externas e imprevisibles. En el siglo XVI los galeones entraban en Sevilla cargados de oro y platas procedentes de un mundo cuyo descubrimiento no había sido previsto por su descubridor y debido al trabajo de los pobres indios que lo sacaban de la tierra. A fines del siglo XX la entrada de España en el Mercado Común, luego llamada la Unión Europea, algo que no existía a la terminación de la guerra mundial, llenó los cofres vacíos de la economía nacional gracias a los esfuerzos de nuestros co-europeos alemanes, franceses, etc. Con una diferencia: en el siglo XVI la súbita riqueza fue a parar a manos de intermediarios y banqueros extranjeros que prestaban dinero a la corona. El pueblo siguió siendo pobre. Los dineros de la Unión Europea se quedaron  en España y se repartió entre muchos. Tengo yo un amigo agricultor que ya no tenia que mirar al cielo en espera de la lluvia ni que desesperarse por los gastos de semillas, jornales, etc. “Nunca he estado tan desahogado de dinero…”

Decía antes que millones vinieron a España cuando entramos en la prosperidad. Unos para trabajar. Otros simplemente para vivir de sus rentas, quizás más barato que en sus países de origen. Fue entonces cuando las costas mediterráneas se inundaron de británicos y alemanes por centenares de miles. En cuanto a  los trabajadores hoy los tenemos, también en centenares de miles de los cinco continentes. Algunos la actual crisis le ha hecho volver a sus países. La mayoría se ha quedado. Unos malviven, otros se defienden como pueden. Otros se dedican a  raterías en el Metro.

En Sevilla, poco industrializada quizás  se note menos que en otras ciudades y partes del país. Pero cuando salgo a la calle y veo gentes de todos las etnias  y vestimentas tradicionales, restaurantes de comidas exóticas, templos protestantes, mezquitas, etc.  pienso en lo que éramos y lo que somos. Qué hubiera pensado de todo esto aquel legendario Cardenal Segura, de Sevilla. Recuerdo  haber asistido a una sabatina en la Catedral, una tarde de verano  a mediados de los años cincuenta. Don Pedro, que así se llamaba  se lamentaba,  de la grave amenaza que se desencadenaba sobre España con ocasión del Pacto con EE.UU. a que antes me refería. El Cardenal, totalmente aferrado a esquemas medievales (llegó a prohibir el baile “al agarrao”)  pronosticaba que los norteamericanos que vendrían a vivir con nosotros iban a corrompernos con su religión protestante, sus divorcios y sus costumbres depravadas…… Y cosas por el estilo.

Yo el cambio demográfico español lo pude percibir…..fuera de España. Concretamente en Dallas, donde vivo. Hace varios años fui designado por el Colegio de Abogados de Dallas para dar un discurso a un grupo de personas de muchos países con ocasión de recibir la ciudadanía norteamericana. Los  Estados Unidos es un país muy nacionalista. El ciudadano norteamericano medio cree a pié juntillas (lo ha oído y leído constantemente desde que alcanzó el uso de razón) que su país es único. Una tierra escogida por Dios para brillar como una lumbrera en el concierto de las naciones. Con esta premisa, ser ciudadano de los Estados Unidos es algo por todos conceptos extraordinario. Alcanzar la ciudadanía norteamericana no es fácil. Lo que en muchos países no deja de ser una rutina burocrática, en los Estados Unidos es un “Tour de force” Además de un minimum periodo de residencia hay que someterse a un examen de ingles hablado y escrito y otro sobre la  constitución de los Estados Unidos, su geografía y su historia que no es moco de pavo. Los que pasan participaran en una ceremonia donde habrá profusión de banderitas, señoras de (en Texas)  la organización Hijas de la  República de Texas (Texas fue, brevemente, un país   independiente antes de anexionarse a la Unión Americana) y un representación de las fuerzas vivas de la localidad. Estos actos se celebran varias veces al año y generalmente en un amplio auditorio (en ocasiones incluso en un estadio deportivo) pues los candidatos pueden llegar a ser varios centenares.

En la ocasión en que me correspondió pronunciar el discurso el acto se celebró en el auditorio de la Universidad de Texas en Arlington, una ciudad equidistante entre Fort Worth y Dallas. Los candidatos eran setecientos u ochocientas personas procedentes  de una multitud de naciones. Es costumbre empezar el acto con un ruego a los dichos candidatos que se levanten de sus asientos al oir el nombre del país de origen.  Así, por orden alfabético empezando por Albania, con sólo tres  solicitantes y después muchos países, entre ellos China, Méjico, India cada uno  con varios centenares de candidatos y así  hasta llegar a la S de Spain.. Mi curiosidad era intensa. Se levantó solo una persona, un hombre. El hecho de que fuera sólo una persona no me llamó la atención. La inmigración a los Estados Unidos es mínima y es mayormente temporal: graduados sobre todo en las ciencias, mayormente medicina y biología que tras unos años de investigación vuelven a España .El fenómeno  de la huida de cerebros, por lo menos en la época  a la que nos estamos refiriendo, había perdido actualidad. (La grave crisis que azota a España estos días podría, sin embargo, trastocarlo todo.

Lo que me llamó la atención fué que la persona que se levantó del asiento al oir “España” fue……un negro. Por supuesto  que no lo esperaba. Lo primero que me pasó por la cabeza fue pensar si los asistentes  norteamericanos,  que no se distinguen precisamente por un conocimiento, ni siquiera superficial de geografía (una disciplina que apenas se enseña ni se enseñaba por aquellas fechas) podrían quizás suponer que España está incrustada en África.  En fin,  continuó la lectura de países, continuaron los candidatos levantándose de sus asientos y pronto después comenzó la ceremonia,  que incluyó mi discurso para finalizar con la entrega de los certificados de nacionalización.

Cuando por fin terminó todo busqué a nuestro ex-compatriota. Era un hombre simpático, procedente de Guinea Ecuatorial, nuestra antigua colonia. Había recibido una beca para estudiar en España (no recuerdo qué), vivió allí  varios años y al casarse con una norteamericana se trasladó  a  este país.

Así somos hoy y, en realidad, así son todos los países industrializados: una mescolanza de razas, religiones. lenguas y culturas que por una parte nos hace mas tolerantes pero por otra desdibujan las señas de identidad con las que nacimos.

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