Memoria de los Años Treinta : Monarquia, Republica y Guerra Civil (II)

Segunda Parte

1936

El año 1936 no comenzó bien. Una mañana de Enero, en aquel dormitorio gélido que compartía con mi hermano, al levantarme para ir al colegio sentí una dolorosa punzada en el costado. Grité de dolor y, al oírme, mi madre,

Mi madre (1931)
Mi madre (1931)

que trasteaba en la cocina, acudió a mi cama “Que te Pasa”. Le dije que me dolia el costado. Mi madre  corrió a su dormitorio donde mi padre aun dormía. “Federico, Eugenio está malo. Hay que llamar a un medico, pero nada de Don José, estoy harta de sus paños calientes, esto parece serio”. Oí como mi padre hacía varias llamadas telefónicas. Seguramente que estaba preguntando a amigos y conocidos sobre un buen médico.

Dos horas más tarde llegaba el médico a casa. Resulto ser Don Emilio Piqueras Antolín, hombre con cara de listo, simpático. Se presentó y mi madre le condujo a mi dormitorio. Me auscultó, tomó la temperatura, a ver, tose. Lanzaba un grito. Bien, este niño tiene una pleuresía ¿Y eso que es Don Emilio? Pues es una inflamación de la pleura, una especie de forro de los pulmones. ¿Y es grave? Señora, es grave si no se atiende a ello. Pero como vamos a cuidarle pues no hay peligro, así es que tranquilícese usted. Mi madre sonrió agradecida. Don Emilio sacó su recetario y escribió algo. Le entregó a mi madre la receta. Nada de colegio y tápelo usted bien. Hace mucho frio en este cuarto. Al oír que no tenía que ir al colegio me puse contentísimo. Se estaba tan a gusto en la cama. Mi padre: ¿Que le debo, Don Emilio? Cinco duros. Mi padre le dio un billete. Volveré en diez días. Una vez ido mis padres cambiaron impresiones. Mi padre: Cobra cinco veces más que Don José. Mi madre: porque lo vale. ¿No te fijaste lo pronto que supo lo que tenia? Igualito que Don José.

Durante aquellos días en la cama me harté de leer novelas, cuentos, revistas, tebeos y cuanto mi madre y algunos amigos que vinieron a verme me traían. También vinieron a verme algunas personas mayores. Una de ellas fue Julia la mujer de mi padrino, Juan Alfonseca Caro, antiguo amigo de mi padre. Juan era dueño de la mejor tienda de comestibles (entonces se le llamaban “ultramarinos”) de Sevilla. Se llamaba “La Nueva Paz” y estaba situada en la calle O’Donnell justo enfrente a la joyería de Félix Pozo, que todavía existe. Mi hermano y yo íbamos a veces con mis padres a la tienda. Mis padrinos vivían en el piso principal de la casa. Los pisos tercero y cuarto estaban dedicados a almacén. Mientras ellos visitaban a los padrinos Manolo y yo subíamos al cuarto piso y allí, atrincherados detrás de sacos de azúcar y garbanzos y por un ventanuco veíamos (con dificultad porque los cristales del tal ventanuco hacia años que no lo limpiaban) veíamos la sala de fiestas del Kursaal, el mejor y mas caro de los cabarets de Sevilla. Este cabaret lo tiraron después de la guerra para construir el Palacio Central, que también llegó a ser el mejor cine de Sevilla. Hoy no existe. Creo que es una tienda de tejidos o modas.

Julia era regordeta, guapa, con unos ojos verdes preciosos, tan preciosos como los de su hija Isabelita, algunos años mayor que yo. Julia era la que proveía a mi madre de novelas eróticas. Mi madre, que suspiraba (y lloraba) con las novelas rosas de Rafael Pérez y Pérez de vez en cuando leía las novelas que Julia le traía, obras de El Caballero Audaz, Felipe Trigo, Alberto Insúa, etc. Estas novelas estaban en un anaquel en el piso bajo de Juan Rabadán, en donde mi padre tenia su despacho. Años más tarde allí me refugiaría allí a leer a hurtadillas aquellas novelas….

Don Emilio Piqueras volvió a los diez días. M encontró prácticamente curado. –Puede dejar la cama. Pero nada de colegio por ahora. Además este niño esta flaco, pálido. Necesita salir de Sevilla y pasar un mes en el campo, al aire libre. Mi padre: ¿Pero ahora, o en el verano? No, ahora. Muy bien, Don Emilio. Pasaron varios días mientras mi padre buscaba donde llevarme. Fueron días aburridos. Mi padre habia decidido que mi hermano no asistiera al colegio, a mi colegio. No sé por qué. Un día se recibió una carta del director del San Fernando preguntando por qué Manolo no asistía a clases. No sé si mi padre le contesto. Aquellos días llovió mucho en Sevilla. Un domingo, aburrido veía pasar a la gente desde nuestro cierro De pronto vimos a una masa de mujeres que torcían de la calle San Vicente y venían en nuestra dirección, por Juan Rabadán. Eran mas bien mujerucas, desgreñadas, hasta sucias, algunas. Llevaban unas pancartas con letreros: CNT, UHP. Gritaban: Hijos sí, maridos no.

Mi padre encontró un lugar donde ir a respirar “aire fresco” en Carmona. Se trataba de una casa de recreo que constaba de una casita de una planta y un jardín. Alrededor de la casa habia unos terrenos y cerca la carretera a Madrid. Allí estuvimos como un mes. Llovió la mayor parte del tiempo, así es que nos aburrimos mucho. Mi padre venia los fines de semana. No recuerdo si fue a la ida o a la vuelta presenciamos en plena calle unas fiestas de carnaval, que han sido las únicas que he presenciado en mi vida. No hubo carnavales a partir del año 1937 y en los 55 años que vivo en Dallas, Texas nunca he visitado España en el mes de Febrero. Desde luego que lo que vi no valía gran cosa.

A la vuelta a Sevilla mi padre y fuimos a la consulta del Dr. Piqueras en la Puerta de la Carne. Me examinó y me encontró totalmente curado y en condiciones de volver al colegio. Terminado el examen el doctor y mi padre hablaron de política. El 16 de Febrero el Frente Popular, una coalición de los partidos de izquierda habia ganado las elecciones para las Cortes. Habia habido un reajuste en el Ayuntamiento de Sevilla y el Dr. Piqueras, socialista, habia sido elegido concejal. Hablaba a mi padre de una fiesta a celebrar en un buque ruso, llamo “Konsomol, “anclado en el puerto. El Dr. Piqueras quería que mis padres asistieran a la fiesta. Le dio dos invitaciones. Mi padre le dio las gracias. A la salida, ya en la calle, mi padre tiró las invitaciones a un carro de la basura parado frente a una casa más allá de la del Dr. Piqueras. “Yo no voy a esas cosas” explicó mi padre.

Mis padres quedaron encantados con el Dr. Piqueras y acordaron olvidarse de Don José. El destino quiso que aquella tarde fuera la última vez que le veríamos. El Dr. Piqueras fue fusilado en aquel verano sangriento de 1936.

Riada de 1936. Calle de Palmas (o Jesus)en Sevilla

Mi vuelta al colegio fue pintoresca. Fue en…..barca. Llevaba sin parar desde hacia varias semanas. El Guadalquivir estaba desbordado. Las partes bajas de la ciudad estaban inundadas. Esto fue lo que pasó en nuestro barrio. El cruce entre las calles Palmas (después y hoy Jesús) y Conde de Barajas era infranqueable a pie. Por Conde de Barajas el agua llegaba hasta la casa del Dr. González Ceferino (quien andando el tiempo llegaría a ser suegro de mi hermano Manolo). Por cierto que esta era y es una casa histórica. En ella nació y así lo atestigua una placa en la fachada el famoso poeta Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel punto nos embarcamos mi hermano y yo rumbo al colegio. Era casi emocionante. A la vuelta la misma operación. Creo recordar que costaba una “gorda” el viaje.-

Varias cosas sucedieron en aquella lluviosa primavera. Una noche nos despertó un tiroteo cercano. . Por los periódicos nos enteramos que unos pistoleros de izquierda asesinaron a mansalva a un estudiante falangista que pegaba pasquines de su partido en la fachada de la casa del maestro de baile “Realito”, en la calle San Vicente, casi esquina a Juan Rabadán. Otra noche otro tiroteo. Esta vez no tuvimos que esperar a los periódicos. El suceso tuvo lugar en nuestra propia calle y la (casi) víctima fue…..mi tío Faustino, hermano de mi padre. Mi tío, director del Matadero Municipal, tenia por costumbre salir de casa hacia las cinco de la mañana y tomar un taxi que le esperaba a la puerta de su casa. Unos pistoleros de izquierda, apostados en la esquina de Miguel del Cid y Juan Rabadán dispararon contra el. Aunque un periódico, “La Unión”, relataba el incidente el relato omitió el hecho de que mi tío, que resultó ileso, repelió la agresión con su propia pistola.

Yo, con once años cumplidos, andaba por Sevilla por mi cuenta, unas veces con encargos de mi madre, otras por reunirme con amigos o ver cosas. El mundo era para mí un espectáculo. Una vez yendo por la Plaza del Duque vi como un joven le arrancó a una señora una cadenita de oro (seguramente con una medalla religiosa) que llevaba al pecho. Todo a la vista del público que transitaba por la Plaza. Yo me preguntaba “qué” estaba pasando.

Me encantaba ir a la barbería de la Plaza de San Lorenzo a que me cortaran el pelo. En la barbería hojeaba la revista deportiva Campeón, que editaba ABC. También editaba ABC la estupenda revista Blanco y Negro, que compraba mi madre. También hojeaba en la barbería un periódico que se acaba de lanzar en aquellos días, llamado “Ahora” que traía unas fotografías estupendas y una revista, “Crónica” que traía en la portada unos desnudos femeninos que encandilaban mi ojos de adolescente… A pesar, según pude leer más adelante, de la grave crisis económica por la que pasaba Sevilla, y España en general, había algún progreso. En Sevilla, por ejemplo, se inauguró por aquellos días una línea de autobuses para el transporte urbano. Recuerdo que la parada en el barrio era en la puerta de la farmacia de Don Cástulo Pérez Pascual, que estaba situada en la Plaza de san Lorenzo esquina a Cardenal Espínola. Los autobuses iban pintados de verde y a veces lo cogíamos para bajarnos en la Campana. Todo el mundo estaba encantado con estos autobuses, que preferían a los tranvías.

También mis padres progresaban económicamente. Por aquellos días (primavera de 1936) mi padre se compró un coche, un flamante FIAT, “Balilla”.

Fiat Balilla
Fiat Balilla

No era su primer coche. Recuerdo que viviendo en calle Res, donde nací, tenia un descapotable Renault. Para mí que era de segunda mano. Las ventanas no eran de cristal, sino de una materia parecida al plástico, que llamaban “talco”. Estas ventanas no cerraban bien y cuando llovía entraba el agua en el coche. El FIAT era otra cosa. Nuevecito, le habia costado a mi padre siete mil quinientas pesetas. Su matricula, recuerdo, era SE-17.591. El “Balilla” era un coche pequeño, lo que ahora llaman “compacto”, de cuatro puertas y cabida para cuatro personas. Era de color crema. El “Balilla” le hacia la competencia a un modelo FORD, también pequeño. Ambos coches gozaban de gran popularidad. Los partidarios del “Balilla” decían que FORD significaba “Fabricación Ordinaria Rotura Diaria”. Con este coche hicimos varios viajes a Morón de la Frontera, donde mi padre tenía un compadre, (era padrino de mi hermana “Chica”) Juan Valdivia Bellido, propietario de una importante tienda de comestibles y buen cliente de mi padre. Los viajes a Morón eran una odisea. La carretera a Morón era infame. Cada vez que íbamos pinchábamos, a veces más de una vez. Además los cuatro hermanos nos mareábamos y dejábamos el coche que era una lástima.

Mi padre usaba el coche a diario, para su negocio. Algunas veces viajaba por Andalucía, a visitar clientes en los pueblos bien para vender, bien para cobrar facturas atrasadas. Algunas veces me llevaba a mí, coincidiendo con vacaciones escolares. Recuerdo, ya avanzada primavera del 36 que hicimos un viaje a la provincia de Córdoba, visitando, que yo recuerde, La Carlota y la Rambla, donde compramos un botijo precioso, en forma de gallo, que conservamos en casa durante muchos años.(Los botijos de La Rambla eran famosos en toda España). Lo que mejor recuerdo de este viaje es que al regreso nos paró en la carretera un grupo de hombres, gente de campo, que llevaban anudado al cuello un pañuelo rojo. El que parecía ser jefe de este grupo, un tipo alto, delgado, mal encarado, se acerca a la ventanilla portando una hucha de latón y le dijo a mi padre: -Un donativo para el Socorro Rojo Internacional. Mi padre, sin rechistar, depositó una peseta en la hucha. –No es bastante. Mi padre, sin protestar, sacó de nuevo el monedero y colocó un duro de plata en la ranura de la hucha. El tipo, sin pronunciar una palabra, hizo un gesto de dejarnos libre el paso y mi padre arrancó y proseguimos el viaje. “Sinvergüenzas”, fue el comentario de mi padre una vez que nos encontramos a prudente distancia del grupo. (Sin aire acondicionado, los automovilistas viajaban, excepto en invierno, con las ventanillas abiertas).

Mi padre decía que tenía el coche más limpio de Sevilla. Y era verdad. Para conseguir tal cosa empleó a un mecánico de nombre Paco (nunca supe su apellido). Paco era alto y muy delgado, y muy simpático. Mi padre encerraba el coche en unas cocheras en la calle Juan Rabadán, cerca de Torneo. Paco iba todas las mañanas a la cochera, lavaba el coche y limpio y reluciente lo dejaba a la puerta de nuestra casa a la nueve de la mañana. Después Paco se presentaba en casa hacia la una de la tarde. Mi madre le daba de comer. Paco comía en la cocina. Cuando mi padre llegaba a casa sobre las dos o así Paco llevaba el coche a la cochera. Y así todos los días excepto Domingos. Mi padre no usaba el coche por las tardes generalmente. Pero un día si lo sacó y fue al colegio a recogernos a Antonio Marcos, mi mejor amigo y a mi. Ya en el coche camino de casa mi padre sacó de un bolsillo una pistola pequeña y apretando el gatillo la disparó apuntando al suelo del coche. Era un regalo para mí, una preciosa pistola detonadora. Recuerdo que estaba fabricada en Éibar y su marca era “La Bellota”.

Después del incidente del tiroteo mi tío Faustino dejó de usar un taxi para ir a su trabajo y se compro un precioso coche, más grande que el de mi padre. Era un coche inglés, de color granate, marca Vauxhall.

Como creo haber dicho antes mi padre era agente comercial. Representaba fabricantes y productores de artículos alimenticios de toda España. Uno de sus representados más importantes era un tostador de café bastante grande, de Barcelona. La marca era Cafés a la Crema Marcilla, S.A. y tenía una gran aceptación comercial en todo el país. Con objeto de preservar su clientela Marcilla (el dueño se llamaba Juan Marcilla) inicio una idea de marketing que consistía en incluir en los paquetitos de café un cupón que podían canjearse por regalos. Los regalos eran juguetes, mantelerías, juegos de cama, etc. A tal fin mi padre propuso almacenar tales regalos en nuestra casa. Para ello se habilito una gran sala en la planta baja de la casa, que con el tiempo, después de la guerra, sería el dormitorio de mi hermano y mío. Mi padre hizo construir una estantería grande, que ocupaba totalmente una de las paredes de la sala. En una de las dos puertas de dicha sala, situada frente a la cancela, se instaló un mostradorcillo detrás del cual, dos días por semana, aparecía mi madre quien asistida por una de las criadas canjeaban los cupones por regalos a los consumidores. Mi madre y la criada se divertían de los lindo mientras yo despanzurraba los paquetes de regalos de juguetes para jugar con los mismos.

GUERRA CIVIL

El dieciocho de Julio era sábado. Era también el santo de mi padre, San Federico. El día de su santo me padre encargaba a la confitería de la Campana una garrafa de helado. No era propiamente una garrafa pero no encuentro palabra para nombrar la vasija o envase en que venia el helado. Era un cilindro de corcho de gran espesor, quizás medio decímetro y como un metro de alto y una circunferencia de treinta centímetros. Tenía una tapadera, también de corcho y dentro una cápsula de acero donde venía el helado, casi siempre de vainilla. Mi hermano

Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)
Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)

y yo pasábamos el tiempo tumbados en los frescos mármoles del patio de entrada, ricamente protegido del sol por un toldo de lona que contribuía a hacer el patio el sitio de reunión de la familia en las horas tórridas del mediodía y primeras horas de la tarde. Jugábamos a la guerra. Cada uno colocaba quince o veinte soldados de plomo y nuestra misión era derribar a los soldados utilizando como arma un tirador de goma, es decir, una horquilla de madera accionada por una goma que estirábamos para luego dejar escapar un “balín”, generalmente un pedazo de papel doblado y redoblado hasta alcanzar` cierta consistencia, en forma de U para acomodarse en la goma sujeta por los dos cabos de la horquilla… Así pasábamos las horas. Mi padre llegó sobre las dos y media” “Hay carreras “dijo a mi madre no mas llegar a la casa. (“Carreras” era la expresión común en aquellos tiempos para indicar turbulencias en la calle, gente corriendo (de ahí “carreras”) perseguida por la policía). “Voy a cerrar la puerta de la calle”. “Espera hasta que llegue el helado”, dijo mi madre. Al rato el empleado de la Campana cargado con el helado. Mi padre le dio una propina y acto seguido cerró la puerta de la calle. Subimos todos a la planta principal, donde se encontraba el comedor y cocina y nos sentamos a la mesa. “A ver si la radio dice algo”. Pero la radio no decía nada. Transmitía un programa que llamaban “bailables” o sea música de baile, como pasodobles, tangos etc. Mi madre, como día especial había preparado arroz con pollo. La carne de pollo era entonces algo excepcional, que no se comía sino en días señalados. No era barato. Yo (y me figuro que todos) estaba deseando terminar para tomar el helado. Cuando terminamos mi padre decidió que el helado lo íbamos a tomar en el patio. Con mucho misterio mi padre abrió aquel cacharro y con una cuchara grande nos iba dando a cada uno una porción de helado que depositaba en unas copas de cristal. Yo devore el helado en un santiamén. Cuando presente la copa a mi padre para repetir mi padre me dijo: “Tragón, tendrás que esperar hasta la noche”. Y así fue. Me pareció una eternidad.

Manolo y yo seguimos jugando, y mis hermanas con sus muñecas, mientras mis padres dormían la siesta. Y así transcurrió el día, la radio sin dar noticias y con sus músicas. Hacia las once llego la hora de acostarse. Mi madre tenia un miedo atroz.” Vamos a dormir todos juntos”. Mis padres colocaron unos colchones en el suelo de su dormitorio para los niños y así pasamos la noche los seis.

Mis Hermanas Antonia ("Chica") y Rosalia (1939)
Mis Hermanas Antonia (“Chica”) y Rosalia (1939)

A la mañana siguiente pusimos la radio y el locutor anunciaba a gritos que el Ejército había salvado a Sevilla, que dominaba la situación y que el General Queipo de Llano se había hecho cargo del gobierno de la ciudad. Todos intercalados con Vivas a España, Vivas a la República y Vivas al Ejército. Después, los himnos de la Legión, “Los Voluntarios”” El Novio de la Muerte” y otros himnos y marchas militares. Así pasamos todo el día, al lado de la radio. Era Domingo y el siguiente día Lunes, lo mismo. Mirábamos la calle desde el “cierro” y no se veía a nadie, totalmente desierta. Se nos había acabado el pan. La radio anunció el martes que había vuelto la normalidad y que todos los establecimientos de comestibles, panaderías, lecherías, etc. deberían abrir al público. En vista de ello mi madre mando a una de las muchachas y a mi, ambos provistos de canastos salir a la calle a comprar pan. Nuestra panadería era una que se llamaba Pidal, que estaba situada en la Alameda de Hércules, esquina a Relator. Había una cola inmensa. Nos llevamos dos horas en la cola. Hambriento me comí medio “bobo” camino de casa, lo que me costó una regañina de mi madre. No recuerdo si mi padre salió aquel día. Pero al siguiente miércoles todo parecía normal, excepto que la radio no paraba de emitir proclamas, anuncios, órdenes de la autoridad y marchas militares sin parar.

Tuvimos una visita en aquellos primeros días del “Movimiento” como empezó a llamarse el Alzamiento. Fue Paco, el mecánico que utilizaba mi padre para su coche. Ya había lavado el coche y mi padre no estaba en casa. Paco y mi madre se encerraron en el despacho de mi padre. Al rato se despidió de todos. Curioso que he sido toda la vida, le pregunté a mi madre. Mi madre, en voz baja, me dijo que Paco era miembro del Partido Comunista, que temía por su vida, y que por favor le guardara su carnet del Partido. Mi madre me enseñó el carnet, que decidió guardar en una ranura del contador de gas. Jamás volví a ver tal carnet, pero si volvimos ver a Paco, como un año mas tarde, gordo y sonriente, embutido en un mono azul y con la insignia del Cuerpo Automovilista del Ejército. Había tenido suerte y lograr emboscarse. Pero no rompió el carnet del partido comunista. Nunca supe que fue del carnet.

Carnet de Falange de mi padre
Carnet de Falange de mi padre
Portada del carnet de Falange con el "cangrejo"
Portada del carnet de Falange con el “cangrejo”

Mi padre reanudó su vida normal en aquellos primeros días. Esto duró poco porque un día mi padre apareció vestido de mono caqui y con un gorro cuartelero. Se había alistado a la Guardia Cívica una organización cuyo único fin, por lo menos para la gente de la edad de mi padre, 40 años, era servir como centinela en las puertas de edificios destinados a la Causa. Esto también duró poco. El grueso de la población masculina, excepto los muy mayores se iba alistando a la Falange (Falange Española y de las J.O.N.S.) un partido que no era ni de izquierdas ni de derechas, antirrepublicano, y antidemocrático, es decir totalitario.  -Un día mi padre salió a la calle en su coche vestido con su uniforme de falangista: zapatos y pantalón negro, camisa azul Mahón y gorro cuartelero negro y correaje también negro. En una funda su pistola STAR del nueve corto con su nombre esmaltado en oro. Sobre el bolsillo izquierdo de la camisa, y bordado en rojo, el emblema de la Falange, que con el tiempo llamarían el “cangrejo”, cinco flechas sobre un yugo. Mi padre era totalmente apolítico; se había alistado a la Falange para así evitar que le requisaran su coche. Le habían dicho que si se alistaba y ponía su coche a disposición del partido podría conservarlo si se ofrecía a prestar servicio de chófer a los jerarcas falangistas. Y así fue. Mi padre llegaba a casa contando que había llevado al camarada Fulano de Tal, un pez gordo en el partido a tal sitio, o al General X a este otro sitio, etcétera.

Un día la radio emitió un comunicado invitando a los niños varones de 10 a 17 años a alistarse a una sección juvenil de la Falange. Sus componentes se llamaban “Balillas”, el mismo nombre del modelo FIAT del coche de mi padre. Mi madre no estaba muy dispuesta pero Manolo y yo le dábamos la tabarra a diario y al fin cedió. Mi madre fue primero a la “Ciudad de Sevilla”, que era el almacén de tejidos de la clase media de Sevilla (el de la clase alta se llamaba Peyré y Cía., vulgarmente “Los Caminos”). En la Ciudad de Sevilla el dependiente que siempre atendía a mi madre se llamaba Flores, y para mi que este hombre estaba enamorado de mi madre. Mi madre compró unos cortes para camisas y pantalones. De allí nos dirigimos a una sastra que tenia su taller a la espalda de la iglesia de san Nicolás. No me acuerdo del nombre de la sastra, que lo fue para mi hermano y yo por varios años, pero si que era gorda, fea y lucia un bigote fenomenal.

A los pocos días nuestros uniformes estaban listos. Previamente mi padre nos había llevado a un guarnicionero que no daba abasto cortando, perforando y vendiendo correaje para chicos y mayores. Aun hoy me parece oler aquellos correajes, todavía húmedos del recién aplicado tinte negro. Que emoción vestirse y colocarse aquellos correajes. Mi padre me había comprado, como parte del correaje, una funda en la que coloqué la pistola detonadora. El mensaje de la radio decía que una vez uniformados nos deberíamos presentar en cuartel de los Balillas de nuestro barrio, que no era otro sino el gran solar parte del cual se destinaba a las cocheras en las que mi padre encerraba su coche En aquel solar hacíamos la instrucción que se llevaba como dos horas. Después de esas dos horas cantábamos el “Cara al Sol” que era el himno de la Falange y nos dispersábamos hasta el día siguiente.

Un día después de terminar la instrucción uno del grupo del que yo formaba parte, gente de mi edad propuso que fuéramos a ver un “ muerto” en la Barqueta. Explicó el que ya lo había visto que era un “rojo” a quien habían matado aquella misma madrugada. Nos dirigimos al lugar, que era un pasadizo subterráneo con entrada por la calle Torneo y que pasando bajo las vías del tren a Córdoba y Madrid (que entonces salía de la desaparecida estación de Córdoba, en la Plaza de Armas) salía a las márgenes d el rio, una gran extensión de terreno que la gente llamaban la Barqueta. Allí en ese pasadizo, un lugar frecuentado por vagabundos y lleno de inmundicias, se encontraba el cadáver. Este primer contacto con la muerte, y muerte violenta produjo un choque tremenda en la mentalidad infantil de mis doce años. Me parece recordarlo como si fuera hoy. Era un hombre de cierta corpulencia, vestido de blanco, como vestían entonces muchos de los hombres de Sevilla en el verano. Recuerdo, como caso curioso, que calzaba unos zapatos bicolores, blancos y marrones, y a juzgar por las suelas eran completamente nuevos. Tenía un orificio en la nuca, donde había penetrado la bala que terminó con su vida. Fue una ejecución rápida, sin derramamiento de sangre. Estuvimos un rato contemplando el cadáver. Sin decir una sola palabra y en completo silencio volvimos nuestros pasos y yo a mi casa. No me atreví a contárselo a nadie en casa porque estoy seguro mis padres me habrían reñido. Fue meses después que mi padre mencionó su muerte y me dijo que era el autor de un libro que él me había regalado años antes, titulado “El Niño que Robó un Libro”. Su nombre fue Agustín Veguilla. Durante algunos años he investigado el porqué de su muerte sin haberlo conseguido. El hombre era apolítico. Mis investigaciones me condujeron a localizar la familia de Veguilla. En Octubre de 2012 conocí en Sevilla a unos de sus nietos y después mantuve correspondencia con una hermana del nieto (peluquero de profesión) quien me dio detalles adicionales sobre Veguilla. Debo decir que el autor de este asesinato fue eventualmente juzgado en consejo de Guerra y fusilado.

Francisco Franco Bahamonde

La radio anuncio que el 15 de Agosto, coincidiendo con la salida procesional de la Virgen de Los Reyes se entronizaría en la vida oficial la bandera de la monarquía, la bandera roja y gualda desde el balcón del Ayuntamiento. Yo asistí a este evento. La Plaza Nueva esta atestada de público. Tuve suerte y logré colocarme relativamente cerca del balcón. Presencié como se izaba la nueva bandera (la de la Republica dejo de izarse a partir del 18 de Julio) y oí los discursos de Queipo de Llano

General Queipo de Llano
General Queipo de Llano

y del General Franco. La gente aplaudía a rabiar.

A las pocas semanas del Alzamiento llegaron a casa los “compadres de Morón”, Juan Valdivia Bellido y su mujer, María. a los que aludí antes. Llegaron despavoridos, y con visiones de horror en sus semblantes. Pocos días antes habían llamado a mi padre por teléfono y le pidieron que les dejaran estar con nosotros algún tiempo hasta que se repusieran y recobraran las fuerzas para seguir con sus vidas. Por lo que nos contaron habían pasado un calvario. Al estallar la guerra los sindicatos obreros, especialmente los anarquistas de la FAI y la CNT se adueñaron del pueblo e implantaron el anarquismo libertario. Abolieron la moneda y fabricaron en su lugar unos vales con el sello y firma del jefe. Estos vales los utilizaban en lugar de dinero para comprar lo que se les antojaban. Llegaban a la estupenda tienda de Valdivia cargados de vales. “A ver, un kilo de arroz”, decía uno o una. “Pa mí un kilo de café”, decía otro. Todo a base de vales. Un día se presentó en la tienda uno de los jefes acompañado de dos de sus compañeros. Venían armados hasta los dientes. “Dáme un jamón”, dijo el sicario. Juan se apresuró a descolgar uno del techo, donde habían colgado veinte o treinta de tales jamones. “No, este no. Dáme ese”, apuntado con su pistola al jamón más grande del establecimiento. Juan, muerto de miedo, le entregó el jamón. Esto continuó sucediendo durante cerca de dos meses, hasta que Morón fue liberado. Dejaron el establecimiento completamente vacío. Juan llego a casa con varias cajas de cartón repletas de vales. Tenían allí una fortuna, toda una vida de trabajo y sacrificios. Juan lloraba. Los dos habían perdido peso, estaban destrozados. El gobierno de Franco aseguro a personas como Juan, que habían sido desvalijadas de tal forma, que serían eventualmente resarcidos de sus pérdidas. Se murieron (de viejo) esperando ser compensados.

En Septiembre u Octubre mi padre hizo uno de sus viajes en su coche actuando de chofer y transportando a falangistas y fueron a Toledo, días después de la liberación del Alcázar. El Alcázar era la academia de infantería. Al estallar la guerra unos cientos de cadetes, militares y miembros de la guardia civil, estos con sus esposas e hijos, se hicieron fuerte en el Alcázar y se negaron a entregarlo a los republicanos. El asedio duro hasta Octubre. El Alcázar fue semidestruido pero los defensores, al mando del coronel Moscardó, resistieron y al fin fueron liberados por fuerzas de La Legión, mandadas por el General Varela. Esta epopeya del Alcázar tuvo una resonancia mundial y al año o dos siguientes hicieron una película muy buena, rodada en Roma. Bueno, mi padre regreso de Toledo y nos contó lo que vio, y también que se confundieron de carretera y estuvieron a punto de penetrar en territorio “rojo”. Como regalo trajo a casa las vainas de algunos obuses del calibre 12 1/2 que encontró donde la artillería roja cañoneaba el Alcázar. Estas vainas estuvieron muchos años en casa pero desaparecieron no sé cómo.

A medida que se liberaban algunas plazas llegaban a Sevilla trofeos de guerra algunos obtenidos como legítimos trofeos de guerra. Por ejemplo, durante varias semanas estuvo aparcado en la Plaza del Duque un enorme camión blindado con gruesas chapas de acero con varias troneras para que los ocupantes dispararan desde ellas sus fusiles o ametralladoras. Hasta entonces ninguno de los dos bandos disponía de tanques. Otros “trofeos” no habían sido legítimamente adquiridos. Durante varias semanas los poyetes que rodean el jardincillo alrededor de la estatua de Velázquez en la plaza del Duque, en la parte que miran hacia la Campana aparecían ocupados por máquinas de escribir, gramófonos, máquinas de coser, radios y variedad de otros objetos. Estaban custodiados por moros. Eran fruto de sus saqueos en los pueblos de la provincia conquistados por ellos como fuerzas de choque. Allí habían establecido su zoco y los ofrecían a la venta. Jamás vi a nadie comprándolos.

En Septiembre u Octubre tuvimos una desgracia en la familia. Mi padre tenía cuatro hermanos y una hermana. La hermana era la tía Coral.

Mi tia Coral Cazorla (1946)
Mi tia Coral Cazorla (1946)

La tía Coral era una mujer guapa (aunque debido sin duda a su desgraciada vida envejeció rápidamente) de mediana estatura, con una sonrisa brillante. Estaba casaba con Eduardo Santana. El tío Eduardo había nacido en Cuba, de una familia de militares. Nunca supe cuál era su profesión u oficio aunque al parecer entendía mucho de radiotelefonía. Una vez, en las escasas ocasiones en que nos vimos lo vi arreglando una radio de galena, que fue el modelo de radio antecesora de la radio inalámbrica. Eduardo y Coral vivian en Madrid y los veíamos de higos a brevas. Por lo que paso después supe se habían trasladado a Andalucía, donde el tío Eduardo había conseguido una plaza de secretario municipal en un pueblo de la provincia de Huelva llamado El Almendro. Una mañana noté agitación en la casa. Muchas llamadas telefónicas, mi padre entrando y saliendo. Pasada esta conmoción y también varios días esto es lo que pude poner en claro. Como queda dicho, el tío Eduardo era secretario municipal de El Almendro. Este pueblo queda en manos de las autoridades republicanas al estallar la guerra. Fue liberado a los pocos días del alzamiento. El tío Eduardo y su mujer se presentaron en Sevilla y se alojaron en la casa de mi tío José. A los pocos días unos cuantos falangistas de uniforme aporrearon la puerta de la casa, de madrugada y preguntaron por Eduardo. El tío Eduardo se levantó de la cama y salió a la puerta acompañada de mi tía, ambos en pijama. Uno de los falangistas le dijo a mi tío que se vistiera y que les acompañaran a la jefatura para prestar declaración. Nada se supo de él hasta que al día siguiente un desconocido llamo a mi Tío José y le dijo que el tío Eduardo había sido fusilado y que el cadáver se encontraba en El Almendro. Mi padre acompañado de mis tíos José y Faustino se desplazaron a El Almendro, se hicieron cargo del cadáver y, presumiblemente dispusieron su enterramiento en el mismo cementerio del El Almendro. Aquellos fueron días trágicos. No se por qué pero el caso es que mi tía Coral y su hija, dos años mayor que yo, Angelita, se quedaron en casa y mi primo Eduardo, cuatro años mayor que yo se quedó en casa de mi tío José.

Desde el Alzamiento las actividades comerciales de mi padre eran casi nulas. Con casi todos los fabricantes de productos alimenticios situados en zona republicana, a saber. Madrid, Barcelona, Valencia y toda la costa mediterránea, y Bilbao no quedaban sino Galicia para los envasados de pescados (sardinas, etc.) y Asturias (mantequilla) y los pocos que podían ofrecer en la parte de Andalucía en poder de los nacionales (aceite, chacinas, jamones, etc.). Como todas las comunicaciones en tiempo de guerra eran extremadamente difíciles los transportes por camión eran prácticamente inexistente y los de ferrocarriles, lentísimos debidas a las prioridades militares. Ya en Agosto o Septiembre vi a mis padres enzarzados en una bronca. Mi madre lloraba. Cuando mi padre se fue de la casa mi madre me explicó que “tu padre está acostumbrado a ganar mucho dinero y ahora no gana nada. Y esto lo trae siempre de mal humor”.

Las cosas iban a cambiar, pronto. Mi padre, que tenía muchos amigos tenia uno que se llamaba José Batista. De pronto, en casa no se hablaba más que de Batista. Un día vino a casa a comer. Era un hombre gordo, rubio, ojos azules, con una gran cabeza. José Batista tenía mucha experiencia en el negocio de hostelería y restaurantes. Había trabajado como tal desde niño en toda España. Aunque había nacido en Sanlúcar de Barrameda él le decía a todo el mundo que era de Bilbao, en donde había trabajado muchos años. Batista tenía don de gentes, era de una simpatía extraordinaria. Por lo que pude enterarme más tarde, un día Batista (que no tenía dinero) le dijo a mi padre (que lo tenía): “Federico, ahora es la ocasión de ganar mucho dinero”. “Como”. “Montando un cabaret” Mi padre no tenía idea de cómo funcionaba un cabaret como tal negocio. “Mire usted, Federico (siempre se hablaron de usted) con esto de la guerra, con los italianos, los alemanes, y los propios españoles jugándose la vida en el frente, cuando les dan permiso vienen a la capital a divertirse y gastar dinero. Saben que se juegan la vida y mientras están vivos lo que quieren es disfrutar”. Siguió explicando que en Sevilla desde que el Kursaal cerró no había un sitio medio decente como tal cabaret, dos o tres en la Alameda, lugares de esparcimiento de putas de baja estofa, maleantes y gente con poco dinero para gastar. Había que montar un cabaret de lujo, con una clientela de altos vuelos, no la cochambre de las Siete Puertas o Zapico.

Mi padre se dejó convencer. Tomaron en alquiler un salón de fiestas que se había llamado “Variedades”, situado en la calle Trajano, frente a la iglesia y casa de los jesuitas y con salida por Amor de Dios y le pusieron un nombre exótico: Excelsior. Este local había sido requisado a poco de estallar el Movimiento por la Jefatura de Policía, que no teniendo suficiente espacio para tantas detenciones utilizaba dicho local para mantener en el mismo a cientos de detenidos, algunos pero no todos por actividades políticas adversas al nuevo Régimen. De allí pasaban a declarar y luego o quedaban en libertad o desgraciadamente pasaban a mejor vida. (“Pasados por las armas”). Creo recordar que el negocio se abrió en Diciembre. Así empezó un negocio para mi padre que duraría desde fines del 36 hasta principios del 40 y donde ganaría mucho dinero. Mi padre salía de casa hacia las cuatro o cinco de la tarde y no volvía hasta la madrugada. Así es que apenas nos veíamos pues el cabaret abría siete días a la semana.Algunas tardes a la salida del colegio, que eran las seis iba a verlo. A aquellas horas el cabaret aun no tenía público. Mi padre me daba un bocadillo de jamón y un limpia me lustraba los zapatos.

Mientras tanto la guerra seguía su curso. Nosotros los balillas durante el año escolar hacíamos la nstrucción los jueves por la tarde (que no había clases). Los domingos íbamos todos a misa a la Iglesia de San Vicente. Después desfilábamos por el barrio y pasábamos frente a mi casa donde mi madre mis hermanas y las criadas nos veían desde la acera. Yo iba delante, dándomelas de importante (por ser alto me habían hecho gastador) y Manolo casi a la cola, jaleado por la familia. Por la tarde o íbamos al cine o a pasear en uniforme por el centro. Sevilla estaba entonces atestada de refugiados y soldados. Había soldados de tres países. Nos atraía poderosamente los brillantes uniformes de los cuerpos de nuestro ejército procedentes de Marruecos: los Regulares, Tiradores de Ifni, etc. Aparte de estos uniformes multicolores los de color caqui de las fuerzas nacionales e italianas y el tornando a verduzco de los alemanes apenas llamaban atención. Los italianos tenían su cuartel en la Plaza de la Magdalena en los que antes había sido un hotel, esquina a Rioja. En la puerta había un centinela sobre una tarima. Cada vez que entraba o salía un oficial pegaba unos zapatazos que retumbaban en la Plaza. Los italianos paseaban siempre en cuadrilla gritando o hablando a voces o riendo a carcajadas Los uniformes eran poco vistosos, de mala hechura. Ellos mismos iban despeinados, a veces sin el gorro, mal afeitado, las botas sucias. No nos atraían mucho. Contrastaban con los alemanes, siempre en parejas, silenciosos, observándolo todo. Los uniformes bien cortados, limpios, las botas y el correaje relucientes. Bien afeitados, bien peinados. Causaban una enorme impresión. Los nuestros, como siempre. También en cuadrilla, menos escandalosos que los italianos pero con unos uniformes que eran un desastre. Pero eran los nuestros…Caso aparte eran nuestros aviadores y marinos, siempre impecables. Los que se veían poco eran los moros que aunque barbudos y sucios y algunos muy mayores vestían, como queda dicho, unos uniformes exóticos.

1937

Un Domingo, en Enero o Febrero de 1937 fui al cine, al Coliseo España. En medio de la película interrumpieron la misma y alguien por un altavoz anuncio que las fuerzas nacionales habían tomado a Málaga. La persona que hizo el anuncio manifestó que se suspendía la proyección para que todos nos echáramos a la calle a festejar el triunfo nacionalista. Así lo hicimos y pude ver como en la avenida un oficial italiano de pie en un descapotable FIAT disparaba su pistola al cielo gritando Viva Franco y Viva il Duce.

Por aquellas fechas se inauguró en el Pabellón de la Argentina una exposición de guerra. Se exhibían al público toda clase de objetos de la zona republicana. Armas, incluso piezas de artillería tomadas al enemigo, los nuevos billetes de banco de la Republica, horripilantes fotos de víctimas de la represión roja. Exponían también los famosos vales con los que se adquirían artículos de todas clases, como aquellos de los que los compadres de Morón acumularon en varias cajas de zapatos. Uno de tales vales, refrendados por sellos de la FAI y la CNT rezaba así:” Vale por una novia y por una noche”. Lo habían utilizado en una casa de prostitución. Lo que más llamaba la atención eran los objetos procedentes del asedio del Alcázar de Toledo. Allí aparecía la motocicleta, que una vez en marcha, a falta de energía eléctrica ayudaba, con una de las ruedas sirviendo para mover un  molino,  a molturar trigo con que hacer pan para los sitiados. Lo que nos asombraba era que el pan era casi negro. Era el pan integral que nadie comía entonces. Quien iba a decirnos que con el tiempo llegaría a ser tan popular.

Muchos domingos después de la misa en San Vicente desfilábamos por la avenida. Éramos cientos y cientos. El público aplaudía a rabiar. Después del desfile paseábamos por la Avenida. Un día el jefe de los balillas, que entonces habían cambiado el nombre por “flechas” un hombre bajito que se llamaba Cabezas me vio destocado, con el gorro metido en una de los galones y me dijo al pasar : ¡Ese gorrito! Temiendo un arresto me lo puse inmediatamente en la cabeza.

Un día no recuerdo por qué llegue al colegio vestido de flecha. Al cabo el profesor me pasó una nota cuando ya estábamos en clase: el director quería verme. El director era Don Aurelio, un hombre más bien gordo, con gafas montadas al aire. Era navarro y rezumaba autoridad. “Eugenio, me dijo al llegar, hazme el favor de ir a casa y quitarte el uniforme. Que no vuelva a ocurrir”. No se me ocurrió preguntarle por qué. Después de toda una vida me pregunto si hubiera procedido lo mismo si hubiera aparecido con el uniforme de los Pelayos, la organización carlista que era profundamente religiosa. Para mí, que se hubiera portado lo mismo.

La radio nos daba instrucciones sobre qué hacer en caso de bombardeo aéreo. Un día, ya con la primavera avanzada, mi padre llego a casa y se encontró el patio casi inundado, y el toldo todo combado y lleno de agua, el sobrante cayendo al patio en forma de cascada. Mi padre a grandes voces preguntó a que se debía esto. Mi madre explicó que había sonado la alarma aérea y que todo lo que había hecho fue seguir las instrucciones. No, replicó mi padre las instrucciones son humedecer la lona para que en caso de que tiren bombas de gases la lona húmeda impida que tales gases penetren en la casa, no que la inundemos. Como casi siempre la alarma resulto ser infundada.

Una vez, según se averiguo después, la alarma fue necesaria. Me cogió en clase. También siguiendo instrucciones, se apagaron las luces y nos curvamos sobre los pupitres en silencio total. La alarma duro como unos quince minutos. A la noche la radio comunico que dos o tres bombarderos rojos habían tirado unas bombas que cayeron en Heliópolis sin causar bajas y solo pequeños desperfectos. Esta fue la primera y única incursión aérea que tuvimos en Sevilla en toda la guerra.

En la zona roja las milicias descontroladas realizaban toda clase de desmanes contra la gente de derechas, curas, monjas y frailes, incluidos asesinatos, violaciones y robos. Unos de los cabecillas que mas se distinguieron en tal siniestra labor fue Agapito Garcia Atadell a quien el gobierno republicano encomendo la direccion de una “cheka” o camara de tortura .Los detenidos ingresaban en estas chekas donde se les torturaban hasta que “cantaban” . Garcia Atadell creo la tristemente celebre “Brigada del Amanecer” que se ocupaba en visitar domicilios de madrugada para proceder a detenciones y robos. Garcia Atadell tenia mucho interes en ponerse rico y en Noviembre del 36, cuando juzgo que habia reunido lo suficiente para “retirarse”, sin dar cuenta a nadie huyo a Francia con nombre supuesto y compro un pasaje para Cuba embarcandose en St. Nazaire , con escala en la Islas Canarias. Alguien lo notifico a la Embajada de la Republica en Paris y esta por conducto de un tercer pais al gobierno de Franco. Cuando el barco fondeo en Las Palmas la guardia civil penetro en el barco, hizo un registro y detuvo a Garcia Atadell y lo condujo a Sevilla.

Mi padre tenia amistad con Don Francisco Bohorquez Vecina, el auditor de Guerra de la Segunda Region Militar. A don Francisco le servi yo en dos ocasiones: como alferez de complemento al hacer parte de mi servicio military con el cuerpo juridico en la Auditoria, en la Plaza de Espana y como Fiscal Primero en la Hermandad de la Macarena de la que Don Francisco era el Hermano Mayor. Un dia Don Francisco llamo a mi mi padre y le dijo que tenia dos “invitaciones” una para el y otra para mi para asistir a la ejecucion por garrote de Garcia Atadell, quien habia sido juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a muerte. La pena de garrote era medieval. El reo era atado a un poste y metia la cabeza en una argolla sujeta al poste. Detras del poste habia una manivela que el verdugo (quien vino especialmente de Burgos para esta ejecucion) accionaba. Cada golpe de manivela estrechaba la argolla. La ultima estrangulaba al reo y le causaba la muerte. Mi padre, cortesmente, declino la “invitacion”.

Llegado el verano nos encontramos con la sorpresa de que los padrinos de Morón nos invitaban a pasar el verano en su casa. Pasada la novedad de los primeros días fueron unas vacaciones más bien aburridas. Sin embargo pronto descubrí que el Casino de Morón tenía una biblioteca bien abastecida. Mi afición a leer impidió el aburrimiento total. Iba caso todas tardes y me leí varias novelas sobre Tarzán de Edgar Rice Burroughs, autor inglés que fue el creador de famoso hombre de los monos. De noche algunas veces íbamos al cine. Una noche fuimos al estreno de “King Kong”. Aquello fue increíble. Cuando King Kong encaramado en la cúspide del Empire State Building empieza a despojar lentamente de su ropa a la heroína, lentamente, como deshojando una margarita, el público de catetos del gallinero rugía: “Acaba ya, puto mono, déjala en pelotas”. Y cosas por el estilo.

La casa de los padrinos era un enorme y destartalado caseron diseñado quizá por un maestro de obras sin idea de orden y proporción. Los dormitorios eran enormes pero solo habían dos. Uno para los Valdivia y el otro para mis padres y las niñas, aunque mi padre solo estuvo con nosotros dos o tres días. Así que no había dormitorio para Manolo y para mí. Nos mandaron a un vasto almacén en el segundo piso donde mi hermano y yo dormíamos en dos improvisados catres. Como compensación estábamos rodeados de grandes sacos de azúcar. La tela de los sacos era de inferior calidad, con grandes agujeros donde enormes terrones pugnaban por escaparse del saco. La tentación era formidable. No había más que dar un tironcito y a la boca. Y después de este gran terrón, otro y otro. Manolo y yo estábamos deseando que llegara la hora de irse a la cama. Volvimos a casa con unos cuantos kilos extra.

Entretanto la guerra continuaba su curso, más bien monótono. A los sonados triunfos de la toma de Bilbao y Santander que era imposible ignorar porque la radio nos lo pregonaba a todas las horas del día siguió un periodo de paralización. Y sin embargo en este caluroso verano de 1937 se estaba desarrollando la terrible batalla de Brunete, según pude enterarme mucho más tarde pues aunque leía periódicos los partes de guerra los encontraba aburridos. Era más interesante seguir la vuelta ciclista a Francia, por ejemplo.

En el otoño volvimos a las clases y el tiempo se hacía larguísimo para las vacaciones de Navidad, que por fin llegaron. El último día de clase era el 22 de Diciembre, día en que los profesores leían el resultado de los exámenes parciales e infortunadamente nos daban tarea a ejecutar durante el periodo de vacaciones. Yo lo dejaba todo hasta el último día. El día 22 se reducía a medio día. Nos dejaban libres a las 12 y a esa hora de camino a casa, felices y contentos, podíamos escuchar por los altavoces de las radios a los niños de no recuerdo que orfelinato cantando los números de la lotería del Gordo: 25.419, diez mil pesetas, 67.532, diez mil pesetas…

Los padrinos de Morón volvieron a invitarnos para pasar las Navidades en su casa de Morón. Salimos el 23. Mi padre había vendido el Balilla y fuimos en un taxi enorme de grande, un taxi cuyo dueño era un tal Montes, un hombrón tan grande como su vehículo, muy popular en Sevilla y que tenía la parada en la plaza del Duque. Otra vez Manolo y yo fuimos destinados al almacén donde con gran alborozo descubrimos que los que nos rodeaba ahora no eran sacos de azúcar sino cajas de madera llenas de polvorones, mantecados, figuritas de mazapán, etc. Más comilonas nocturnas. Lo asombroso era que ni el padrino ni María su mujer notaron los grandes huecos en las cajas.

De esta estancia navideña en Morón recuerdo algo interesante. Una noche estábamos todos alrededor de la camilla, después de cenar, y Juan, el padrino, nos contó que estaba preocupado porque los rojos,  que no hacían más que perder terreno habían, de sorpresa, tomado Teruel. Se había enterado escuchando a Radio Madrid, cuyos programas aunque interferidos por la censura era posible oírlos. (Mi madre me tenía terminantemente prohibido cogerlos en nuestra radio). Juan temía que la guerra pudiera dar un vuelco y que se viera de nuevo en la situación de que fue víctima en el verano del 36.

1938

Pasaron las Navidades, pasaron los reyes, volvimos a las clases y todo continuo con la rutina de siempre. Pero no todo era rutina. Una fría noche, creo que fue en Enero, sobre las diez y pico de la noche, ya cenados, mi madre me dijo “Ponte el abrigo que vamos a salir”. “A donde vamos, mama”. “Tu ponte el abrigo y no hagas preguntas”. Dócil, hice lo que me había mandado. Ella se puso su abrigo y tomó su bolso. Salimos y en la plaza del Duque tomamos un taxi. Mi madre dio una dirección, al final de la Alameda frente a lo que entonces era la Pila del Pato. El taxi se detuvo y mi madre ordeno al taxista que le esperase. Yo me dispuse a salir y mi madre me dijo: No, tú te quedas aquí, vuelvo enseguida. Por la ventanilla del taxi vi cómo mi madre subía una empinada escalera. Como diez minutos después la vi bajar, se metió en el taxi y dio la dirección de casa. La miraba y aparecía todo acalorada. Yo no me atreví a preguntar ni ella dijo palabra. Llegamos a casa y mientras yo escuchaba la radio ella se cambió de ropa. A la media hora o así, oímos una llamada a la puerta de la casa, que mi madre había cerrado al volver a la misma. Mi madre me dijo, Anda baja a ver quién es. Yo extrañado por la hora intempestiva para visitas baje, abrí la puerta y me encontré con dos hombres con abrigo y sombrero. Hola, chaval, dijo uno de ellos. ¿Está tu mama? Si, dije. Los hombres habían entrado en la casa y permanecían en el zaguán. Dile que queremos hablar con ella. Mama, llame a voces, Aquí hay dos hombres que quieren hablar contigo. Desde una de las ventanas del principal que daban al patio me dijo: dile que pasen, que ahora bajo. Los hombres entraron al patio. Al rato, mi madre que se había colocado algo sobre su ropa de casa, bajaba. Señora, dijo el hombre que me saludo al llegar, somos agentes de policía. Tenemos una denuncia contra usted. Usted dirá, dijo mi madre, que aparecía toda tranquila. Usted ha visitado esta noche a una señora en la calle Calatravas. Si, repuso mi madre. Pues esta señora la ha denunciado a usted porque dice que la ha amenazado con una pistola. Es verdad, dijo mi madre. A ver, dijo el otro agente, deme esa pistola. La tengo arriba. Pues vaya arriba y tráigamela. Al rato mi madre baja con algo en la mano. Esta es la pistola. Los agentes quedaron asombrados. Como yo a todo esto permanecía muy próximo a mi madre y a los agentes no perdía detalle y así pude ver la cara de asombro de los policías. Mi madre le había entregado a la policía la pistolita de juguete marca La Bellota que mi padre me había regalado en la primavera del 36, antes de la guerra y que era un prodigio de realismo. Era un calco, excepto en el tamaño de una pistola autentica. Bueno, está bien, dijo una de los policías. Quédese usted con la pistola. ¿Pero-pregunto uno de los agente, que es lo que le pasa a usted con esa mujer? Entonces mi madre hizo señas a la pareja y se alejaron unos pasos de mí. En voz baja mi madre les dijo algo que no pude oir. Los agentes sonrieron. Muy bien señora, muchas gracias y no se preocupe. Ya lo arreglaremos todo. No se preocupe. Los agentes se retiraron y yo cerré la puerta. Al subir la escalera y penetrar en el dormitorio de mis padres , donde estaba ella, ví como mi madre sacaba del bolso con el que había salido en nuestra visita nocturna la pesada pistola STAR de mi padre y la ponía donde solía estar, en el cajón de la mesilla de noche de mi padre. No cambiamos palabras ni nunca mencionamos este episodio en nuestras vidas.Naturalmente yo interpreté esta visita nocturna como un “aviso” de mi madre a una amiguita de mi padre de las que visitaba o trabajaba en el “Excelsior”.

Los días y lo meses pasaban y pronto llegamos a la primavera con sus dos grandes acontecimientos, la Semana Santa y la Feria. Para la Semana Santa mi padre había alquilado sillas, según la costumbre de la burguesía en aquellas fechas. Las sillas estaban situadas en la calle Sierpes junto a la puerta de uno de los mejores restaurantes de Sevilla en aquella época: El Pasaje Oriente, un enorme local con entradas por Sierpes y Tetuán, frente a Casa Rubio, que vendía afamados abanicos. Mi padre venia todas las tardes, veía una o dos procesiones y se marchaba a su negocio. No más desaparecer que Manolo y yo dejábamos las sillas que, atornillados a ellas por varias horas, encontrábamos más bien aburridas y nos íbamos a “explorar” el restaurante, incluyendo salida a Tetuán donde incluso veíamos pasar alguna que otra procesión de camino a la Campana. El caso era recobrar nuestra “independencia”. Una cosa sí que nos gustaba. Era ver de vez en cuando un escuadrón de caballería de un regimiento local acompañar a una procesión. Los caballos iban detrás del paso. El estruendo de las cornetas interrumpido de vez en vez por lo floreos de un solista era impresionante. Como la ubicación de las sillas estaba en unos de los tramos más estrecho de Sierpes podíamos casi tocar a los poderosos caballos del escuadrón. Ocasionalmente un caballo resbalaba a causa de la cera acumulada en el pavimento y entonces se desencadenaba el pánico en el público.

Cartel de Feria
Cartel de Feria

La Feria estaba situada en el Prado de San Sebastian. Era mucho más pequeña que la actual y las calles no tenían nombre pero nadie se perdía. Nosotros asistíamos a la caseta de la Tertulia Bética de la que mi padre era socio fundador. Por lo general se iba a la Feria hacia mediodía, a ver el paseo de caballos. Después nos íbamos a casa hacia las tres. Las niñas no volvían (Chica tenía ocho años). Mi padre se echaba un rato y se levantaba para la corrida que generalmente comenzaba a las cinco de la tarde. Mano lo y volvíamos a la Feria con mi madre hasta las diez, a menos que mi padre fuera, en cuyo caso mi madre se quedaba. Los niños de aquella época, excepto los de familia “aflamencadas” no solían aprender a bailar sevillanas, pero las niñas eran otra cosa. Mis hermanas habían aprendido a bailarlas en el estudio de los hermanos Otero que estaba casi a la vuelta de la esquina de mi casa. Por supuesto que iban vestidas de gitana. A mi hermano y a mí lo que más nos gustaba de la Feria era la calle del Infierno. Nunca olvidare aquella barraca donde se exponían las tragedias del toreo. En una sala toda blanca, reproduciendo la sala de cirugía de un hospital, aparecía en una cama cubierto por una sabana que le dejaba al descubierto los pies, el pecho y la cabeza la figura de un hombre con una palidez marmórea. Uno de los ojos era un enorme y sanguinolento agujero. Era la efigie en cera del famoso matador valenciano “Granero” corneado y muerto en Madrid en los años veinte. El asta del toro que lo mato penetro en uno de sus ojos y le destrozo la masa encefálica.

Yo seguía con los Flechas, pero de no muy buenas ganas. En la primavera los jerarcas montaron un espectáculo en la Plaza de Toros. Era un simulacro de una acción de guerra. Intervenian los flechas como “combatientes” y las “Margaritas” que eran las niñas del Carlismo, como “enfermeras”. Los soldados lucían cascos de cartón piedra. Había también una piezas de artillería hechas de madera pero bastante realistas. Dado comienzo habían unas escamaruzas, tiros, cañonazos, heridos…y allí era donde yo entraba en acción. No sé porque a mí me hicieron de camillero y tenía que cargar con los soldados “muertos” o “heridos” que llevábamos a un puesto sanitario para ser atendido por las “enfermeras”. A mí me pareció aquello un tostón pesadísimo en todos los sentidos de la palabra, no solo por tener que cargar con los “heridos” y “muertos” sino por el peso de las varas de la camilla, que eran reales y pesaban los suyo. Hubo también otra concentración de flechas y margaritas en la Plaza de España. De este evento solo recuerdos dos cosas: que hacía un calor tremendo y que varias Margaritas cayeron desmayadas por el calor y tuvieron que ser evacuadas También hubo otro acontecimiento en la primavera del 38. Mi padre y José Batista dejaron el local del Excélsior en la calle Trajano y alquilaron del Ayuntamiento el antiguo Pabellón de Castilla y León de la Exposición Iberoamericana de 1929 que estaba a la espalda del actual Consulado de Portugal en la Plaza del Cid. Después de ser remodelado quedo muy bonito. Yo tuve la ocasión de verlo una vez, naturalmente a una hora en que no estaba abierto al público.

Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda
Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda

En Mayo o Junio mi padre anuncio que íbamos a pasar el verano en Sanlúcar de Barrameda. El fin del curso se me hizo larguísimo. Por fin llego, el 30 de Junio, día de san Fernando, Santo patrón de Sevilla y nombre del colegio. Hubo las fiestas consabidas, lecturas de las notas del curso y a las doce nos dejaron libres…. ¡hasta Octubre!

Salimos para Sanlúcar a primeros de Julio. Mi padre alquilo una camioneta en la que llevábamos los colchones, juegos de cama, toallas, algunos muebles, utensilios de cocina, etc. etc. Yo, aventurero, quise ir en la camioneta y me tumbe encima de los colchones. El viaje fue cómodo pero mi aventura resultó algo dolorosa. Una avispa se enfadó conmigo y me dejo la nariz hecha una batata. Detrás de la camioneta nos seguía mi familia y las criadas en el taxis de Montes, de ocho plazas, un taxi favorito entre los toreros.

Sanlúcar era una de las tres playas elegidas por la burguesía sevillana para pasar el verano. Las otras eran Rota y Chipiona. Estas tenían mejores playas pero Sanlucar era un pueblo grande con ciertas atracciones de las que Rota y Chipiona, entonces pueblos pequeños, carecían.

Mi padre había alquilado un piso en lo que quizás era el mejor sitio en el pueblo. En plena Plaza del Cabildo, una hermosa plaza rectangular, flanqueada por palmeras y bancos y teniendo como cabecera el edificio del Ayuntamiento estaba en el mismo centro de Sanlucar. Cuando llegamos le plaza estaba totalmente ocupada por un inmenso montón de chatarra compuesta por toda clase de objetos de hierro y metal, todo oxidado después de haber estado expuesto a la intemperie e humedad por semanas y semanas. Estos cacharros eran donativos de la ciudadanía para ayudar al esfuerzo de la guerra. Por lo visto nadie pensaba que era hora de retirarla.

Sanlucar era (y supongo que sigue siendo) un pueblo bonito y alegre, con calle limpias y frescas, bien regadas. La gente amable aunque algo fría con los forasteros. No frecuentaban la playa. Al lado del ayuntamiento había una tienda en la que vendían material de escritorio, o sea papel y tinta, gomas de borrar, sobres y también periódicos, revistas y algunos libros. Yo iba a allí a diario. Mas adelante había un hotel y bar, llamado “El 9”, punto de reunión de algunos amigos de mi padre cuando pasaba algunos días con nosotros.

El piso nuestro era grande, con tres o cuatro dormitorios, cocina y una hermosa sala de estar con dos balcones a la plaza pero sin cuarto de baño. Cada dormitorio tenía su correspondiente lavabo con su correspondiente jarra para las abluciones superficiales. El que quisiera bañarse tenía que recurrir a la clásica bañera circular de zinc, todo muy siglo XIX.

Generalmente mi hermano y yo éramos los primero en llegar a la playa, sobre las diez. El pueblo y la playa estaban separadas por un largo paseo llamada La Calzada (quizás tuviera un nombre “oficial” y “patriótico” (como Calzada del Caudillo, etc.) pero todo el mundo la conocía simplemente como La Calzada. A la playa se iba a pie (que es lo que, a la ida, hacíamos mi hermano y yo), en autobús o en coche de caballo. Mi madre y las niñas llegaban sobre las doce, en coche de caballo. Y las criadas sobre las dos, cargadas con dos grandes canastas donde traían el clásico almuerzo de tres platos más fruta del tiempo, manteles, cubiertos, vasos, vino, etc. Las criadas cogían el autobús. Mi padre había alquilado una caseta con su toldo. Las casetas eran de madera, con cuatro ruedas. En la caseta guardábamos el toldo, que montábamos nada más llegar por la mañana, mesas y sillas los bañadores, cubos y palas para jugar, algunas toallas, artículos de limpieza, etc., que dejábamos al marcharnos cerrados con un candado. Al llegar las criadas instalábamos las mesas y sillas, poníamos los manteles y nos disponíamos a almorzar. Pero antes había un protocolo diario. Los médicos aconsejaban la playa. Treinta baños era por lo visto garantía de salud para el futuro. Pero los baños, si prolongados, como eran los nuestros (no habían quien pudiera sacarnos del agua) tendían a debilitar. Para remediar esto mi madre religiosamente nos administraba a los cuatro una cucharada de quinina, que no estaba mal, en comparación con la repugnante cucharada de hígado de bacalao que nos hacia tragar en el invierno y la no menos repugnante de aceite de ricino, como purgante, una vez al año antes de que empezaran las clases en el otoño. Después de la comida dejábamos pasar dos horas (según decían los entendidos bañarse inmediatamente después del almuerzo tendía a “cortar” la digestión”). Y de vuelta al agua. Algunos días en vez de volver al gua hacíamos largos paseos por la playa. El destino favorito era La Jara, una playa como a un kilómetro de donde teníamos la caseta. Aquella era una playa abierta, mientras que la teníamos al frente de nuestra caseta tenía el horizonte cortado por lo que entonces considerábamos como algo misterioso, el Coto de Doñana a donde, cosa curiosísima nunca fuimos y lo que es más grande, nadie nos invitó a ir por más que no había medios de ir, a menos que fuera desde tierra. En fin, el Coto para nosotros era un misterio.

La casetas están alineadas a unos 50 metros de la orilla del mar y a lo largo de quizás doscientos metros. Las mejores situadas (y de alquiler más caros) eran las que, como la nuestra, estaban más próximas a la Calzada. La caseta a la derecha de la nuestra estaba ocupada por una familia acomodada de Sanlucar. Era un matrimonio con un hijo pequeño que nos pareció monstruoso en cuanto que tenía la cara que parecía una careta. Entonces esta anomalía era rara. Hoy es corriente y se llama el síndrome de Down. La caseta de la izquierda no estaba alquilada por la temporada de verano y así cada semana o así- veíamos caras nuevas, pues habitualmente se alquilaban para una o varias semanas. Una de la familias que ocupo esta caseta por algún tiempo estaba encabezada por un comandante de infantería que llegaba cada mañana de uniforma. Un día aproximaron su mesa de comer a la nuestra y nos entretuvo hablando sus experiencias de la guerra. Alguien le pregunto si había tenido contacto con las Brigadas Internacionales. Nos dijo que si, y que les había hecho muchos prisioneros. “Yo los mando a fusilarlos a todos”. Esto me impresiono muchísimo.

Y hablando de la guerra yo tenía por aquellos días escaso interés por la guerra y apenas si leía los partes, pero por aquellas fechas se estaba desarrollando la terrible batalla del Ebro, que comenzó el 25 de Julio. Pero de esta fecha lo más importante para mí fue que en esa fecha empezaban las famosas mareas de Santiago. Empezábamos a notar que las mareas iban siendo cada vez mayores y para el 25 de Julio las olas eran inmensas y el fragor nos hacía chillar para oírnos mutuamente. Disfrutábamos con el espectáculo.

Un domingo por la mañana mi padre nos aviso que un torero iba a visitarnos. Efectivamente, después de almorzar, sobre las tres de la tarde un grupo de hombres, entre los que se encontraba mi tío José, hermano de mi padre, se presentaron en el piso acompañando a un joven tres o cuatro años mayor que yo, de mediana estatura, tirando para lo bajo, rubio, de ojos azulencos y pocas palabras. El torero tenía una corrida, una novillada, aquella misma tarde en la plaza de Sanlucar. Acababan de llegar de Sevilla todos sudorosos. La idea era que el torero se diera una ducha y se vistiera en nuestro piso en vez de en un hotel. Mi tío era amigo del novillero, que estaba empezando y no tenía mucho dinero. Como dije antes no teníamos ni cuarto de baño ni ducha. Una criada trajo una bañera a la sala de estar. Mi madre no me dejaba asistir a este ceremonia pero yo insistí y me cole y lo vi todo. La criada trajo tres o cuatro jarras de agua. El torero en cueros vivos metió los pies en la bañera y mi tío, que tenía dos metros de alto alzaba la jarra de agua más bien caliente que fría y así se ducho el torero. Acto seguido lo vistieron, se llamó a un taxi y torero, su cuadrilla, mi padre y mi tio marcharon a la plaza. El torero, que luego fué famosísimo y que ha muerto hace unos días (escribo esto en Julio de 2013) era nada mas ni nada menos que Pepe Luis Vázquez.

Pepe Luis Vazquez
Pepe Luis Vazquez

Aquel verano hice una buena amistad con un joven dos o tres años mayores que yo. Se llamaba Fernando Lara.

Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938
Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938

Siempre estábamos juntos. Él tenía dos hermanas que también pasaban mucho tiempo con mis hermanas. Fernando estaba estudiando Náutica y se estaba preparando para ingresar en la marina mercante. Sabía mucho de barcos. Desde la playa veíamos entrar por el estuario en Bonanza muchos barcos mercantes que iban a Sevilla. Dominaban los alemanes e ingleses. También había americanos, italianos, griegos, etc. Fernando sabía si eran petroleros o iban cargados de trigo, o abonos, cuál era su tonelaje. Yo creo que entonces nació mi interés por las cosas del mar. Me dio a leer una novela que encontré (y aun encuentro) maravillosa. Se llamaba Motín en el Bounty , un hecho histórico que narra el motín, en el siglo XVIII en un buque (llamado Bounty ) de la armada británica habilitado para transporte comercial contra su tiránico capitán. Esta novela fue trasladada al cine (lo que yo entonces ignoraba) con gran éxito, película que fue censurada en España y no se proyectó hasta los años sesenta  bajo el titulo “Rebelion a Bordo”. El motivo de haber sido censurada fue desternillante: era, según el censor, “un canto a la rebelión”. Esta novela se imprimió en una editorial de Barcelona muy popular y me extrañaba que los dibujos que acompañaban a la novela fueron reproducciones de las facciones de los artistas en la película: Glark Gable (el cabecilla del motín), Franchot Tone y el tiránico capitán Charles Laughton.

Pelicula Rebelion a Bordo , 1935 (Motin en el Bounty)
Pelicula Rebelion a Bordo , 1935
(Motin en el Bounty)

En Julio 16 era la festividad de la Virgen del Carmen y todos los barcos de pesca en Sanlucar hacían una procesión marítima que resultaba muy bonita. Y en Agosto eran las fiestas del pueblo. Se celebraban muchos festejos tanto en la playa como en el pueblo lo, todo muy bonito y alegre. Los aviones de caza (FIAT italianos) de una base próxima, quizás Jerez, volaban a vuelo rasante sobre la playa, tan bajos que parecía podíamos tocarlos, con un ruido de motores estruendoso. También había carreras de caballos en la playa. Años más tarde me entere que estas carreras son las más antiguas de España.

De noche íbamos al cine, un cine muy agradable, mucho más que el de Morón. La entrada costaba una peseta. Las películas eran mayormente alemanas, inglesas y francesas, con unas pocas españolas e italianas. Las películas de Méjico aún no habían llegado a España. Llegarían, con un éxito arrollador, en los cuarenta. Cuando no íbamos al cine paseábamos por el paseo de la Calzada, varias veces para arriba y para abajo, las hembras separadas de los varones. Los novios también paseaban pero acompañados y vigilados por la “carabina”, generalmente la madre o una hermana mayor de la novia.

En fin, fue un verano maravilloso por todos conceptos. Ademas, descubri el amor. Me enamore de una muchacha del pueblo. Pero eso es harina de otro costal.

Volvimos a Sevilla unos días después del 8 de Septiembre, que era la festividad de la Virgen de Regla. Patrona de Rota y que marcaba el final de las vacaciones playeras para las tres playas, Rota, Sanlucar y Chipiona.

De vuelta a Sevilla reanudamos las clases el 2 de Octubre. El primero había sido declarado fiesta, era la fiesta del Caudillo en este II Año Triunfal. Un día caminando por la calle Sierpes me pare en el puesto de Curro el de los periódicos, que entonces estaba en un chaflán donde tenía como vecina a “Dolorcitas la del agraz” una mujer famosa en Sevilla por los ricos jarabes y bebidas refrescantes que vendía en su puesto, situado en el tal chaflán que conduce a un callejón cuyo nombre escapa a mi memoria, muy cerca de la Campana. Ojeando la prensa me llamo la atención un nuevo periódico llamado “España”. Le eche un vistazo y vi que traía unas fotos estupendas. Cuando llegue a casa llame por teléfono a una oficina y empezaron a traer el periódico todas las tardes al anochecer. Una vez terminados los deberes del colegio me lanzaba a leer el periódico. El diario España se publicaba en Tánger, ciudad internacional nido de espías de muchos países e insuperable fuente de información. Su director era Gregorio Corrochano, prestigioso periodista y gran crítico taurino (“Es de Ronda y se llama Cayetano”…). Lo que más me llamaba la atención era que traía fotografías de la zona roja. Las páginas centrales daban noticias de la guerra. La página de la izquierda (como tenía que ser) se titulaba ELLOS y la de la derecha NOSOTROS. En la de la izquierda traía noticias del “otro lado” con muy interesantes fotografías. En mi imaginación infantil me veía transportado a Madrid llevado de mi incansable curiosidad y un sentido de la historia que jamás me ha abandonado. Porque presentía que estábamos viviendo acontecimientos trascendentales en la historia del país.

Después de la batalla del Ebro el ejército nacional empezó a avanzar por Cataluña. El España traía todos los días estupendos reportajes fotográficos. El diario también publicaba las memorias de un arrepentido voluntario belga de las Brigadas Internacionales llamadas “Memorias de un Mercenario’ que eran interesantísimas.

Yo ya no tenía interés en los Flechas y no recuerdo como deje de acudir a los llamamientos. En cambio mi primo Eduardo, que habia aprobado el examen de revalida y se habia matriculado en la facultad de Derecho, carrera que nunca termino, mostraba un inusitado interes por el movimiento falangista y no hablaba mas que del  SEU (Sindicato Espanol Universitario), que era la rama universitaria del falangismo y en que llego a tener algun cargo. Yo no me explicaba esto. Los falangistas le matan al padre y el se hace falangista. Mucho tiempo despues puse el tema sobre el tapete. Como es posible?. No decia nada, se sonreia. Cuando le estrechaba a preguntas me contestaba que era dificil explicar y que preferia no sacar el tema a relucir. Lo deje por imposible.

Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)
Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)

1939

Los partes de guerra de este Tercer Año Triunfal decribian el rapido avance de las tropas nacionales y el desmoronamiento de loa resistencia republicana. Aquello era una desbandada. Por fin las tropas ocuparon Barcelona el 26 de Enero. El entusiasmo en Sevilla fue formidable. El Diario España traía un reportaje fotográfico fenomenal, incluido las siniestras “checas” o cámaras de torturas comunistas.

Después vino un periodo de dos meses, Febrero y Marzo en el que nada pasaba. Los partes de guerra, una vez ocupada totalmente Cataluña, no decían nada substancial. La realidad es que en la otra zona ocurrían muchas cosas de ls que no nos enteramos sino hasta mucho más tarde. El presidente Azaña, evacuado a Paris se negó a volver a la zona central del país, todavía en poder de la Republica y dimitió la presidencia. Negrin,

Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)
Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)

el primer ministro, un pelele en manos de los soviéticos regreso a Madrid decidido a continuar la lucha a la espera de que la inestabilidad europea se revolviera en un conflicto bélico del que la Republica podría beneficiarse. Pero el sector anticomunista en Madrid se opuso a los planes de Negrin. El coronel Casado se rebeló contra él y formo una Junta de Defensa presidida por él y con algunos otros partidarios de un armisticio con las fuerzas de Franco, entre ellos el socialista Besteiro. Las fuerzas comunistas se opusieron a la Junta y así se desencadenó en Madrid y sus alrededores una guerra civil dentro de otra guerra civil. Casado

Coronel Segismundo Casado  Se rebelo contra  la Republica (Marzo, 1939)
Coronel Segismundo Casado
Se rebelo contra la Republica (Marzo, 1939)

pidió una paz honrosa. Franco le exigió una rendición sin condiciones.

De todo esto no sabíamos nada en la zona nacional y el diario España, el mejor informado, daba solo retazos incoherentes sobre lo que iba pasando.

A principios de Enero, sin embargo, los rojos iniciaron una ofensiva en el sur que cogió a los nacionales desprevenidos. Rompieron el frente y ocuparon algunos pueblos en Extremadura, entre ellos Granja de Torre Hermosa, donde saquearon casas y negocios, de lo que nos dio cuenta una amiga de mi familia, Dolores, la mujer de un íntimo amigo de mi padre, Juan Amador. La familia de Dolores fue víctima de tales saqueos y destrucción por parte de los rojos. La ofensiva fue detenida y los nacionales recuperaron el terreno perdido en Marzo.

A mediados de Marzo las tropas naciones comenzaron a avanzar sobre terreno republicano y por fin entraron en Madrid el 28 de Marzo. Al día siguiente entraron en Valencia, Alicante en los días siguientes en otras y muchas ciudades y pueblos. Todos esperábamos el final de la guerra de un día a otro. El 1 de abril de 1938, las once de la noche me detuve en la escalera de camino para mi dormitorio. Sonó en la radio el clarín que anunciaba el parto de guerra y me quede a la expectativa. El parte (que me lo aprendí de memoria) decía así” “EN EL DIA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJERCITO ROJO, LAS TROPAS NACIONALES HAN OCUPADOI SUS ULTIMOS OBJETIVOS MILITARES. LA GUERRA HA TERMINADO. CUARTEL GENERAL DEL GENERALISIMO. FIRMADO FRANCISCO FRANCO. Cuenta la historia que el Generalísimo no lo pudo celebrar. Estaba en la cama con un fuerte resfriado.

Mi padre y unos cuantos amigos organizaron un viaje a Barcelona. Volvieron horrorizados de lo que habían visto. El gerente de la compañía Cafés a la Crema Marcilla que era de Izquierda Republicana y que había parado en casa en viaje de novios (como cuento en la primera parte de esta historia) había muerto pero no pudo enterarse si en el frente o de muerte natural o fusilado. Los anarquistas requisaron el negocio, desplazaron al Sr. Marcilla e implantaron una cooperativa que termino con la ruina total del negocio. Encontraron a Barcelona, sucia, hambrienta. Las fábricas de tejidos, con enormes existencias sin vender casi regalaban la mercancia. Mi padre volvió con cortes de traje para toda la familia.

En la primavera se celebraron varios actos para celebrar la despedida de varios regimientos de fuerzas italianas (eufemísticamente llamados “voluntarios”) que se embarcaban en el puerto para volver a su país. Vino el Conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Italia (y yerno de Mussolini, el dictador y jefe de gobierno, quien lo mando asesinar en 1943) a quien vimos por la Avenida en un coche descapotable acompañado de nuestro ministro de Asuntos Exteriores (el “Cuñadísimo) Ramón Serrano Suñer, a quien algunas mujeres, considerándole guapo, le llamaban “jamón serrano”. Fuimos al puerto y vimos a los italianos embarcando en un buque de mediano tamaño entre vítores, músicas, himnos, discursos, etc…

Aquel verano volvimos a Sanlúcar y fue como el año anterior una experiencia inolvidable. Reanude mi amistad con Fernando Lara, y gozamos enormemente de la playa, el pueblo, cine, paseos y hasta bailes.

También hubo torero este verano. Pero en vez de visitarnos fuimos nosotros, mi padre y yo, los que lo visitamos a él. Pepe Luis Vázquez era de condición modesta. Su padre era un obrero en el Matadero Municipal. Este torero del verano del 39, Jose Ignacio Sanchez Mejias,  era rico. Su padre había sido nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, inmortalizado por Garcia Lorca (“A las cinco de la tarde, eran las cinco de la tarde….”). Mi padre conocía a este torero, que como Pepe Luis, estaba empezando de novillero. Su padre fue presidente del Real Betis Balompié cuando mi padre fue tesorero del mismo. Hay una foto en el campo del Patronato, año 1930 en el que aparecen los tres. Toreó en Sanlucar en este verano y fuimos verlo torear. Después fuimos a verlo al hotel, al hotel “El 9”. Estaba en la cama, descansando. “Anda, llama a mi madre para que se tranquilice” le dijo a su mozo de espadas. Las conferencias telefónicas las daba mas rápidas en la central de teléfonos que en el hotel. El mozo de espadas no sabia donde estaba la central. Mi padre me dijo, “anda, acompaña a (Fulano) a la central”. La central estaba a dos pasos. Llegados a la misma la jefa de la central lo puso en contacto con la madre del torero en cuestión de minutos. Cosa rarísima en aquellos tiempos. El mozo de espadas entró en la cabina y yo me quede a la puerta y le oía a hablar. Hablaba a gritos. Le describía la actuación del torero. “Pues, na,  ha estado superio”. “En el primero le dio unos lances de maravillas.” “ Y en el segundo lo mismo. Ha gustado mucho. “No, no ha tenido ni siquiera un roce”. Yo le escuchaba asombrado. Jose Ignacio  había estado desastroso. Pitos. A punto de salir custodiado. Mi padre decía que no le tenía afición. Que yo recuerde se retiró de los toros al poco tiempo.

Vilallonga
El actor y novelista Jose Luis Vilallonga

Durante las fiestas de Agosto, un famoso jugador del Betis (todavía no había recobrado el “Real”), Peral,

Peral, jugador del Real Betis Balompie
Peral, jugador del Real Betis Balompie

a quien mi padre llamaba Peralillo, visitó Sanlucar por aquellos días y yo le acompañe en varias ocasiones. Una noche me invitó a una fiesta de gala dada por el Infante Don Alfonso de Orleans, primo hermano del rey Alfonso XIII en su palacio de Sanlúcar. Al llegar la República el Infante se exilio y volvió a España con la guerra donde ocupaba un puesto importante en la aviación nacional, pues había sido piloto en la guerra de Marruecos. Peral no tenía invitaciones pero algo le dijo al portero que nos dejó entrar inmediatamente. Era una fiesta de lujo, los asistentes eran en su mayoría aristócratas, algunos llegados expresamente de Inglaterra donde el Infante tenía muchas amistades. El Infante era padrino de bautismo de Pip Scott-Ellis, una aristócrata inglesa que habia conducido  una ambulancia (donada por su padre) con las fuerzas de Franco durante la guerra. Años mas tarde esta Pip se casaría, en el mismo palacio de Sanlucar, con el aristócrata y novelista español Jose Luis Vilallonga,

Jose Luis Vilallonga, actor en "Desayuno con diamantes"
Jose Luis Vilallonga, actor en “Desayuno con diamantes”

que, también actor, tuvo un pequeño papel en la película americana ” Desayuno con diamantes” ( “Breakfast at Tiffany” ) con Audrey Hepburn. Estoy casi seguro que la tal Pip estaba aquella noche con Peral y conmigo en aquella maravillosa fiesta, en la que la orquesta tocó, el “Lambeth Walk”, un nuevo estilo de baile de origen inglés y muy conocida por entonces Disfrutamos mucho Peral y yo.

Poster de "Desayuno co Diamantes"
Poster de “Desayuno co Diamantes”

El 2 de Septiembre los periódicos trajeron la noticia del estallido de lo que vendría a ser la segunda guerra mundial , por aquellos días limitada a Alemania, Inglaterra, Francia y Polonia., aunque ya hacia algún tiempo que existía otra guerra: la declarada por Rusia contra Finlandia. Yo me hice de una agenda y empecé a escribir un diario, un intento que he comenzado muchas veces en mi vida hasta abandonarlo a los pocos días.

Pasada Regla, como en el año anterior volvimos a Sevilla, a las clases y a la rutina de siempre.

Al terminar el año 1939 me preguntaba que nos traería la próxima década. Una España nueva en una Europa en guerra y la incertidumbre de si nos veríamos envuelta en ella.

FIN
Julio, 2013

10 thoughts on “Memoria de los Años Treinta : Monarquia, Republica y Guerra Civil (II)

  1. Paco Romero's avatarPaco Romero

    Eugenio, ¡tu memoria es prodigiosa! Ya quisiera yo… me ha encantado aprender más acerca de la niñez burguesa que viviste en esos años de conflicto. Gracias por compartir tus experiencia tempranas. ¡Lo de muerto es un poco espeluznante!

    Tu amigo proletario y anarquista, pero sin “vales”

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  2. Javier Alonso Alfonseca's avatarJavier Alonso Alfonseca

    Quisiera pedirle discula por mi atrevimiento, pero hoy causalmente (o no) me he metido en su blog y he leído unas líneas dedicada a mís abuelos (y padrinos suyos) y no he podido dejar que saliera alguna lágrima cuando ha mencionado eso de …”unos ojos verdes preciosos, tan preciosos como los de su hija Isabelita…” mi madre.
    Gracias.

    Javier Alonso Alfonseca

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  3. Alberto Sanchez's avatarAlberto Sanchez

    Hola Eugenio, me ha encantado leer tus recuerdos de niñez. ¡ Vaya memoria !
    Sería interesante que nos contaras como fué tu experiencia al cambiar Sevilla por Dallas.

    Ahí tienes mi email, me gustaría contactar contigo.

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    1. Eugenio Cazorla's avatareugenio Post author

      Bueno, si lees mi blog encontrara y espero encuentres en el futuro a traves de multiples vivencias que encontre diferente entre la entonces provinciana Dallas y la provinciana Sevilla. Un abrazo.

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  4. Álvaro's avatarÁlvaro

    Como siempre soberbio!

    Es estupendo poder leer las fantásticas historias de nuestro particular Holden Caulfield made in Sevilla.

    Tus seguidores nos alegramos que hayas vuelto por estos lares.

    Un abrazo!

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  5. Jose Antonio Gomez Cazorla's avatarJose Antonio Gomez Cazorla

    Querido Tío (con mayúscula, sí), he leido de un tirón la segunda parte de tus memorias y he disfrutado muchísimo. Para mí, tú, que siempre has sido “mayor”, aquí apareces como el adolescente oculto que se esconde tras tus canas, tu experiencia y tu sabiduría. El niño que crece y que apenas pude imaginar.
    No por conocer la Historia dejan de sorprenderme los acontecimientos que narras. Sobre todo los que afectan directamente a nuestra familia, como el episodio de la amenaza “armada” y resuelta que tu madre ( mi abuela) llevó a cabo contra la señora que sospechaste era una amiguita del Abuelo. O los primeros escarceos amorosos sanluqueños que guardas para ti.
    Tu sobrino, que te admira, José Antonio.

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  6. Rafael Cazorla's avatarRafael Cazorla

    Querido Eugenio,
    No recuerdo haberte conocido en persona pero yo soy hijo de tu primo Rafael, hijo de tu tio, mi abuelo paterno, Jose Cazorla. Las casualidades de la vida hicieron que hace 16 años me fuera a vivir mas lejos de Sevilla que tu mismo. Vivo con mi esposa Mary Kate y mis hijos Rafael y Louis en San Francisco, donde ellos nacieron. Mi esposa tambien es de la ciudad de la bahia, asi que aunque nos conocimos en Sevilla, era fuerza del destino que terminaramos aqui. De mi padre he oido desde pequeño cosas (toda buenas) de ti. Espero que te encuentres bien de salud y razonablemente feliz. Si viajas por San Francisco aqui tienes tu casa.
    Un abrazo,
    Rafael Cazorla

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    1. Eugenio Cazorla's avatareugenio Post author

      Que sorpresa. Leo los comentarios a mi blog muy de tarde en tarde y me encuentro con tu carta. A tu padre lo he tratado poco pero siempre lo he encontrado muy amable y caballeroso. A tu abuelo Jose lo queria mucho. Con todos sus defectos, lo mejorcito de la familia. He ido a San Francisco (para mi la ciudad mas bonita de este pais) muchas veces y me encanta. Si voy en el future no dejate de verte. Aunque es mas probable que sea el tu el que vengas a Dallas, donde te recibire con carno, porque a mi edad, 90 anos en septiembre viajo poco. Un fuerte abrazo y saludos para tu familia.

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