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DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR….

 DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CESÁR……..

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

Hace cien años, en 1913, un ajuste (“amendment”) de la Constitución de los Estados Unidos creó el impuesto sobre la renta siguiendo el voto favorable del congreso y de los estados,  que autorizaban la imposición de  un tributo  sobre los ingresos, cualesquiera que fuera su origen,  de  ciudadanos y residentes. El centenario ha pasado desapercibido. Es natural, los duelos no se festejan. 

Previo a la incorporación de tal precepto las arcas federales se nutrían de los ingresos que proporcionaban las tarifas aduaneras y tributos especiales sobre algunos artículos, particularmente alcohol y tabaco. Aún sin contar con el fruto del trabajo de sus ciudadanos los Estados Unidos no dejaron de progresar. Entre otras cosas crearon una marina de guerra que liquidó de mala muerte a   los restos de nuestro imperio (1898). Evidentemente los yanquis bebían y fumaban a destajo. 

Recién llegado a este país pude notar que en algunas de las carreteras en construcción o reparación aparecía un mensaje dirigido al viajero en el que se anunciaba que la tal carretera se construía o reparaba gracias al dinero que pagaba el propio viajero, como contribuyente. (Este mensaje lo he visto luego en España, copiado, como todo,  por supuesto). El mensaje me impresionó. Podía colegir que las arcas federales (el circuito nacional de carreteras es en gran  parte federal) estaban repletas. Comparaba yo esto  con la situación en España en aquellos tiempos. Aquellas carreteras miserables. Como abogado en Sevilla, en donde  ejercí como tal durante diez años, mis impuestos eran minúsculos. Todos los años Hacienda designaba a tres síndicos, miembros del Colegio de Abogados, quienes a ojo de buen cubero calculaban los ingresos profesionales de los 400 y pico de colegiados. Estoy hablando de los años cincuenta.  Exceptuando  tres o cuatros eminencias del foro la inmensa mayoría de los profesionales de aquel colegio no tenían sino un modesto pasar. Su contribución a la hacienda nacional no daba  ciertamente para algo como las  autopistas tejanas; si acaso, para una vereda de cabras. Por cierto, y antes que se me olvide,  hubo un año en el que los tres síndicos colocaron  a un compañero que alardeaba de sus ganancias en la categoría mas alta, donde  pagaría la cuota máxima. “A este a la 12, por bocazas”, acordaron. Por la boca muere el pez. 

Tenía yo un amigo en Dallas, ya fallecido,  que solía decir que solo había dos cosas a temer: el cáncer y que lo empitonara a uno el IRS (Internal Revenue Service, la agencia federal tributaria). El cáncer ha perdido virulencia. Pero el IRS sigue robusto, vivo y coleando.  El IRS era  temible. No se casaba con nadie. Las deducciones son, a veces, materia a debatir. Todos tenemos derecho a soñar. Otras son justas, legítimas e indiscutibles.  Tenía yo otro amigo, también muerto, (Dios mío, que solo se quedan los vivos) que como tenía nueve hijos hizo las correspondientes deducciones. Un  día se vio sorprendido con la visita de un agente del IRS. Quería comprobar si tenía nueve hijos. Llegó a contar las literas donde dormían. Pero no declarar ingresos o evadir los impuestos, eso es harina de otro costal.   Aquí en Texas,   el ciudadano está especialmente protegido contra sus acreedores desde los tiempos de la frontera.  El acreedor de un tejano no podía embargarle ni su casa, ni su caballo, ni sus aperos de labranza, ni sus armas de fuego (una).  Como en tantos otros aspectos Texas, que llego a ser una república independiente, era, y en parte lo sigue siendo, única comparada con el resto de la nación. El blindaje estatal  contra los acreedores sigue existiendo aunque  adaptado a los tiempos y exigencias modernas. La casa sigue exenta  aunque no por impagos hipotecarios.  El caballo es ahora el automóvil,  los aperos, el ordenador y el Remington de leyenda  es ahora el letal AK-47 . Llega el IRS sediento de dólares después del ajuste constitucional de 1913 y, señores y señoras, el IRS, un organismo federal,   no entiende de barcos, Texas o no Texas. El IRS, si no se le paga lo suyo se lo lleva todo y lo deja a uno como a el gallo de Morón. Y si ha defraudado al fisco u ocultado ingresos lo mete a uno  en la cárcel. Tan temible y temido es el IRS que el presidente Nixon, en su particular paranoia, se fabricó una “enemy list” y no se le ocurrió, para castigarlos, sino echarle los perros tributarios. 

Con el “descubrimiento”  de los llamados derechos humanos y presionados por el Congreso el IRS se ha humanizado algo. Se ha creado una Carta de los Derechos del Contribuyente. Se terminaron las visitas` domiciliarias, se acomodan a los morosos para que paguen a plazos, etcétera. 

Aun así, esta leyenda feroz hace que el IRS tenga pocos amigos. Algunos lo desafían y optan por no hacer la declaración u ocultan  ingresos. Otros  declaran a su manera. Hay quien el día 15 de Abril (fecha límite)  aparece a las 11 y pico de la noche  en la oficina recaudadora con un saco lleno de calderilla. Y como las leyes comerciales de este país dan como válido un talón escrito sobre cualquier materia o sustancia además de papel (madera, tejido, etcétera) un contribuyente apareció un año en  la tal oficina y cumplió con la ley pagando su impuesto con una cantidad escrita sobre la tapa de madera de un inodoro. 

Hay quien  pregona la bonanza de pagar impuestos, siguiendo el “dictum” de un famoso juez, Oliver W. Holmes quien dijo que “pagar los impuestos es lo que nos hace civilizados”. (Frase por cierto esculpida en bronce en las puertas del IRS en Washington, D.C.).  El que en este sentido ha ganado fama estos días es  el billonario  Warren Buffet, uno de  los hombres más ricos del mundo, quien lamenta el hecho de que, gracias a las  deducciones y exenciones (legales) que originan sus inversiones,   paga proporcionalmente  menos impuestos  que su secretaria. Y no está solo. Le acompañan los más de 300,000 vecinos de la ciudad de Nueva York que declaran ingresos como millonarios.

PARA QUE SIRVE UN TITULO UNIVERSITARIO

 

PARA QUE SIRVE UN TÍTULO UNIVERSITARIO

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

 

El comunismo tuvo un profeta, Karl  Marx y un “santo”, Lenin, quien momificado y en una urna se venera (o veneraba) en Moscú en olor de “santidad”  tal y como nuestro rey y patrón San Fernando en la catedral de Sevilla.  El capitalismo en USA (patria del sistema) también  tiene  sus “santos” (algunos más bien bandidos), a saber: Rockefeller (petróleo), Guggenheim (minas), Carnegie (acero), Ford (automóviles), Duke (tabaco), Gould (ferrocarriles) etcétera. Con el tiempo todos ellos se avergonzaron  de sus riquezas y haciendo acto de contrición las invirtieron en crear fundaciones, museos y hasta una universidad, (Duke) para solaz de la humanidad. En nuestros días la revolución electrónica ha creado  héroes, que no santos: Gates (Microsoft),  Zuckerberg (Facebook) Dorsey (Twitter), Dell (Dell). Pero uno de ellos, Jobs (Apple) murió en olor de santidad y está hoy en los altares del capitalismo cibernético. Hay algunas diferencias entre los antiguos y los nuevos santos y héroes.  Los primeros procedían, casi todos, de la clase obrera. Estaban  sedientos de riqueza. Los nuevos son, casi  todos, “hijos de papa” y han buscado  no hacerse billonarios (aunque algunos han terminado siéndolo) sino investigar y  crear algo nuevo para su propia satisfacción y, eventualmente, la del prójimo. Para ellos, triunfar en la vida no significa  acumular riquezas. Para ellos, triunfar en una  profesión, no en el comercio o la industria supone sumar originalidad a la ambición para así escalar a un nivel de excelencia difícilmente superable. A los nombres citados podemos añadir el del famoso arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959) a quien el American Institute of Architects calificó en 1991 como el “más grande arquitecto de todos los tiempos”. Todos ellos, absolutamente todos,  tan diferentes, tienen algo en común: jamás pisaron una universidad, y, si la pisaron, salieron de ellas sin un título.

Que un título universitario no ha sido ni es garantía de éxito en el porvenir de una persona  es algo antiguo y bien conocido. Los ejemplos arriba citados son casos extraordinarios. En España podríamos citar a Amancio  Ortega, uno de los hombres más ricos del mundo y al “ultimo pirata del Mediterráneo”, Juan March. Todos  sus conocimientos se reducían a leer y escribir y a  las cuatro reglas. ¡Pero qué bien las aprendieron! Pero en fin,  no hace falta ser un Rockefeller o un March para vivir bien y hasta muy bien, sin un título universitario.

 Al terminar la última guerra mundial millones de ex-soldados de los EE.UU., provistos de las becas “GI bills” ingresaron  masivamente en  la universidad. Eran los años cincuenta. Las universidades tuvieron un crecimiento esplendoroso. Surgió entonces una clara divisoria entre la clase obrera y la clase  universitaria.  La clase obrera, no obstante,  se desenvolvía bien. Las industrias basicas del país, fabricación de acero y automóviles, minas de carbón, astilleros, etcetera, proporcionaban abundante trabajo y buenos  salarios. Eventualmente, sin embargo,  una concienciación de clase despertó en estos obreros un deseo de progresar, pasar del “cuello azul” al “blanco” Por otra parte las empresas empezaron a saturarse de egresados de la universidad con un grado de “Bachelor” (licenciatura) e incapaces de dar trabajo a todos comenzaron a exigir una titulación superior.  Así  nació el mítico “Master”, que llego a ser indispensable en muchos casos. Esto dio más impulso si cabe a lo que llegaron a convertirse en meras   fábricas de títulos universitarios. Nuevas facultades, como las de mercadotecnia (“Marketing”) Publicidad (“advertising”) y Administración de Empresas o Empresariales (“Business Administration”) profesionalizaron actividades que siempre habían existido  en el mundo de los negocios sin necesidad de titulación. En el mundo académico, por otra parte, no había (ni hay)  forma de conseguir un puesto en la enseñanza superior a menos de poseer un doctorado. Era, y lo sigue siendo,  una  sociedad de credenciales.  El gobierno federal ayudaba, y sigue ayudando,  a los que querían una educación universitaria concediéndoles préstamos con un largo plazo  de devolución pero a intereses casi leoninos. Para dar más oportunidades a los hijos de los obreros se crearon  en todas las grandes y medianas ciudades una especie de  mini-universidades, sostenidas por  impuestos locales  que ofrecían “carreritas cortas”, de dos años de duración en vez de los cuatro que requiere el titulo de “Bachelor”. Muchas empresas que antes requerían, cuando mucho, un grado de secundaria,  empezaron a exigir la titulación que expedían  estos County o Junior Collages para puesto tales como dependientes de comercios,  taquimecas, cajeros/as, mecánicos, etc. Surge la picaresca  y proliferan  “universidades” donde se expiden, a precios a veces exorbitantes, títulos a cualquier nivel con la simple aportación de “experiencia de trabajo”. Algunos funcionarios cuyo ascenso en el escalafón dependía de la posesión de un título académico  se apresuraban a comprarlos. Otros lo inventaban e incorporaban  a sus “resumes” (currículum  vitae).

En España la gloria que fue Salamanca, una de los cuatro focos de cultura en el renacimiento, cayó, con  unas pocas más,  en un obscurantismo de siglos y no fue hasta mediados del XIX cuando la universidad recupero algo del prestigio perdido. A mediados del siglo XX la enseñanza universitaria era elitista. No porque la matricula fuera exorbitante, que no lo era, sino porque la universidad, doce centros para todo el país, era algo para los “señoritos”. Pero en España se desconoce el término medio.  Lo que ocurrió con “la moral y las buenas costumbres” en tiempos de Franco, cuando los hombres no podían pasear por la playa en bañador,  para pasar con la democracia a las más cruda pornografía, ha sucedido con la enseñanza. Del elitismo universitario, donde para estudiar arquitectura había que irse a vivir a Madrid o a Barcelona,  y un monopolio profesional,  hemos pasado a 50 universidades públicas y 29 privadas, el mismo número que en el  Reino Unido, que tiene una población bastante mayor a la nuestra. Como en el caso de los aeropuertos fantasmas, se crearon  centros universitarios a tontas y a locas,  sin pensar si el mercado laboral podría absorber a tanto graduado. Vino la crisis y estamos viviendo el mayor paro intelectual de todos los tiempos.

Volviendo a los EE.UU. y coincidiendo con  la revolución digital de fines del XX las industrias básicas y con ellas los salarios pingues de la época desaparecieron y pasaron a las economías emergentes. Sus obreros han sido o pensionados o reeducados para otros menesteres, a menudo sin éxito. Muchas ocupaciones han desaparecidos. Otras son de nueva creación. Algunas herramientas de búsqueda e investigación han quedado obsoletas. Un  ejemplo. Yo soy (o era) orgulloso poseedor (y dueño) de uno de los tres  ejemplares de la monumental Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe, 80 pesados volúmenes más los tomos suplementarios, que existen en Dallas (Texas).   Los otros poseedores son  una universidad y una  biblioteca pública. Cuando quiero consultar algo ya no tengo que cargar con  un pesado tomo (dos quilos),  descifrar con la ayuda de una lupa el texto microscópico que me interesa y luego devolver  el  volumen o volúmenes a  la estantería. Todo un alarde muscular.  Para eso tengo mi ultra ligero IPad donde calibro a mi gusto el tamaño de la impresión y satisfago mi curiosidad en segundos.

Ha cambiado el mercado laboral. Ya no hay secretarias ni dictáfonos. Los ejecutivos escriben su propia carta  en sus  ordenadores. Los grandes bufetes ya no emplean a jóvenes abogados cuya única misión era bucear entre los millones de casos civiles o criminales en inmensas bibliotecas jurídicas  en busca de la rara decisión judicial que  encaje con el asunto que tienen entre manos. Tanto la biblioteca como el puesto del joven  abogado han desaparecido.  La respuesta la da  rápidamente un artefacto que no percibe ni  un respetable sueldo ni pagas extraordinarias, ni seguro médico ni bonificaciones de fin de año. La robotización  ha destruido empleos en todos los órdenes de actividades, desde la fabricación industrial hasta la misma cirugía.

En la última crisis económica en este país, ya casi superada, las empresas que despidieron a miles de trabajadores cuando la desocupación alcanzó el 10 % descubrieron que podían seguir funcionando con menos empleados. Tales empresas se han “acostumbrado” a este relativamente bajo nivel de empleo y pudiera ocurrir que el nivel normal de desempleo que en tiempos de bonanza había sido siempre  el 5% se convierta en un nivel “nuevo normal” del 7% sin detrimento para la economía. Por otra parte y a pesar del crecimiento demográfico, las cifras máximas de empleo en el sector manufacturero, alcanzadas en 1979, siguen sin ser superadas.

Entretanto las universidades siguen vomitando al mercado laboral miles de graduados que se encuentran con un incierto futuro.

A todo esto el lector se preguntará: bueno, muy bien, pero,   como anuncia el epígrafe del  articulo ¿para qué sirve un título universitario? Pues, dado el presente estado de cosas, para muy poco. El caso es que hay muchas empresas norteamericanas a las que ya no les interesa si el que solicita empleo posee un título universitario a cualquier nivel. Lo que la empresa hoy busca no son títulos ni  conocimientos teóricos sino qué es lo que el candidato puede ofrecer en términos de habilidades prácticas  o técnicas adquiridas en cualquier parte, no necesariamente en la universidad. Títulos tales como maestrías en mercadotecnia, periodismo o empresariales van perdiendo utilidad.

En efecto, ¿para qué ir a la universidad? Antes de que existieran las universidades y existiendo, cuando su entrada a las mismas o era o costosa   o inaccesible por las  distancias, existían profesiones en los que los conocimientos que capacitaban para su ejercicio se adquirían siguiendo las enseñanzas prácticas de un veterano en la misma. No hay que remontarse a la antigüedad clásica, repleta de matemáticos, médicos y filósofos ni a la gloria que fué la Córdoba musulmana.  Cuando yo llegué a Dallas (1958) era posible conseguir la licencia para ejercer la abogacía con la simple certificación de un profesional que atestiguaba que el aspirante al ejercicio de la carrera había, tras años de aprendizaje, acumulado suficientes conocimientos para presentarse al “Bar exam” o examen de reválida de la carrera. Si aprobaba el examen, el profesional así preparado resultaba tan competente como el que se graduó de una facultad de Derecho. .  La “sociedad de credenciales”, no obstante,  liquidó una práctica  que, en parte,  vuelve a tener vigencia en nuestros días. Hoy el que quiera documentarse en cualquier ramo del conocimiento  no tiene más que enchufar su ordenador y conectar con el internet. Hay organizaciones que ofrecen cursos “on line”  en una miríada de disciplinas a precios razonables. Esto por lo que se refiere a conocimientos teóricos. Hay hoy muchas personas que apenas se gradúan de “high school” entran a trabajar y aprenden (vía ordenadores, por supuesto) multitud de cosas que les hacen aptos para desempeñar puestos de responsabilidad. Pero es que a veces ni siquiera hay que terminar la educación secundaria. Ahí tenemos el caso  Edward Snowden, el espía  que desveló al mundo los secretos de la inteligencia norteamericana. Después de trabajar primero con  la Agencia de Seguridad Nacional (NSA)  y luego con la CIA encontró trabajo con Booz Allen Hamilton, una compañía de consultores que presta al gobierno de los Estados Unidos servicios de seguridad en materia de defensa. Su sueldo en esa empresa, según la misma, era de $120,000 al año. Snowden manifestó a la prensa, una vez descubierto el escándalo, que su anterior patrono, la temida CIA le pagaba $200,000. Todo esto SIN HABER TERMINADO LA EDUCACION SECUNDARIA. (‘High School”).

Ante este panorama es obvio que una educación universitaria no tiene mucho futuro. La universidad no obstante, no desaparecerá. Volverá a ser cómo comenzó. En el medioevo era un islote cultural en un océano  de analfabetos. En el futuro, un islote cultural en un océano de especialistas. La “barbarie de la especialización”, que decía Ortega y Gasset. Alguien definió un especialista como alguien que sabe cada vez más y más sobre cada vez menos y menos. “El médico que solo sabe medicina, ni siquiera sabe medicina”, dijo otro de nuestros gigantes, Gregorio Marañón. La universidad, pues, quedará como un reducto minoritario de personas interesadas, mayormente, en las despreciadas Humanidades (Filosofía, Literatura, Economía, Lenguas Clásicas, Historia, etcétera) y otras disciplinas que en el sentir de algunos (mal informados) “no sirven para encontrar empleo”. Serían personas  interesadas en descubrir, si es posible, el “porqué” de las cosas e ideas en vez del “para qué”.