HAY CLASES SOCIALES EN USA?

 

En los años cincuenta, España y los Estados Unidos concertaron una serie de acuerdos diplomáticos que cubrían un amplio abanico de ayudas de orden económico y militar a nuestro país.  Era la época de la “guerra fría”.  USA había descubierto  que la España de Franco, un régimen autoritario con escasas libertades cívicas, era, sin embargo  un baluarte anticomunista.

Para el año 1956  la Fuerza Aérea de los Estados Unidos tenía en construcción varias bases aéreas y la naval de Rota. En Sevilla se instaló una pequeña unidad administrativa que operaba en unos terrenos situados  en el barrio del Porvenir. Esta unidad convocó una plaza de asesor jurídico (en derecho español) adscrito a su propio  cuerpo jurídico  militar. Yo era por entonces abogado en ejercicio. Me presenté con otros al concurso y me llevé la plaza.

A poco de incorporarme a mi puesto, un día,  a media mañana, a la hora del “coffee break”   me dirigi con otro muchos a la cantina del destacamento a tomar un café. Se formó una cola delante de la cantina  y cuál no sería mi sorpresa cuando vi  como el coronel jefe de  la base (un hombre muy culto, graduado de la prestigiosa academia West Point) se incorporó a la cola detrás de varios sargentos,  cabos y algunos civiles como yo. Me quedé atónito. “Esto debe ser la democracia” pensaba yo. Todo el mundo igual.

Algún tiempo más tarde y de fuentes fidedignas me entere que algunos de estos militares americanos sentaban a sus sirvientas andaluzas en la mesa a comer con sus señores. No había distinción de clases.

Comparaba yo esto con mi experiencia militar en el cuartel jerezano donde serví como alférez procedentes de las  por entonces llamada Milicia Universitaria. Allí no existía esta mescolanza. Había una cantina para oficiales y otra para suboficiales. Se daba el caso que esta era superior en todos conceptos a la de oficiales. Yo y mis compañeros frecuentábamos la de suboficiales. Ni que decir tiene  que si “nuestra” cantina hubiera sido la mejor  los suboficiales no hubieran podido tener acceso a la misma. Algo sorprendente y grato (y pocas cosas gratas ofrecía entonces el servicio militar, obligatorio, por supuesto) para nosotros, alféreces universitarios,  fue que siguiendo la tradición en el ejército español de la época  no más incorporarnos al cuartel nos asignaron  a cada uno un asistente. El asistente, algo que ya no existe en nuestro ejército, era sencillamente un recluta que servía a un oficial  como criado. Un criado que vivía en el cuartel pero que estaba exento de todo servicio excepto el que prestaba a sus oficiales de forma exclusiva. Yo nunca me enteré como el mando elegía estos asistentes y como podrían aspirar estos quintos a tal privilegio. El mío respondía al tipo del “quinto” de la época. Semi-analfabeto, pueblerino, con pocas  luces pero bueno como el pan. Yo no sabía qué hacer con él.  Los  únicos deberes que le asigné fueron  betunarme  las botas y liarme cigarrillos. Algunos compañeros los utilizaban para otros menesteres. Había uno que  lo tenía ocupado todo el día. Lo había convertido en su valet de chambre. Le afeitaba, le planchaba el uniforme, guisaba, etcétera. Un día fuí a verle y me quede atónito al ver que lo estaba vistiendo, tal y como si fuera un torero.

Esta plaza de asistente era común a varios ejércitos europeos. Pero nunca existió en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Recuerden  que la Declaración de Independencia del país lo proclama bien claro: all men are created equal, todos los hombres son iguales.

 Como en el caso del coronel haciendo fila con los suboficiales y la criada comiendo con sus señores  pensé, de nuevo. Esto deber ser la democracia. No hay clases.

Más tarde descubrí que incluso en una democracia eso de que todos somos iguales era, y es, un mito. La India, la más grande democracia del mundo tiene sus infamantes castas. El Reino  Unido, una antigua democracia,  tiene su impenetrable  aristocracia y  su Oxbridge elite. Es un país donde el habla, por si sola, puede condenar a un parvenu al ostracismo .Pero es que además  no me refiero con ello a la tradicional e inevitable estratificación entre ricos y pobres. Ni siquiera entre blancos y negros. Lo importante es que entre gente de la misma raza y no gran diferencia económica existen diferencias de gustos y estilos que los mantienen aparte. Un “blue collar” (digamos un fontanero, oficio hoy raro y por ende, entre los mejores pagados  en USA)  vive al lado de un modesto empleado de banco (“white collar”)  en una barriada de clase media.   Ambos tienen más  o menos los mismos ingresos. Sin embargo Mrs. White (collar) le compra a su marido, por su cumpleaños,  las obras completa de Hemingway mientras que Mrs. Blue (collar) le compra al suyo un juego de herramientas de carpintero. Viven en la misma zona, ganan aproximadamente lo  mismo pero la educación, el lenguaje que hablan y sus gustos son tan diferentes que nunca podrán ser iguales. Mr. y Mrs. White  pueden que sean unos cursis pero esa es otra historia.

En cuanto a las clases altas (altísimas) hay diferencia entre” old  money” (dinero heredado) y “new money” (dinero ganado). Un Rockefeller no puede ser amigo de un Bill Gates.  Podrán sentarse juntos en banquete  a 10,000 dólares  el plato para recaudar fondos a fines benéficos, intercambiar chistes, etcétera pero cuando llegue la hora de reunirse con sus amigo Rockefeller buscará a gente de su propio círculo. (En España la comparación seria el duque del Infantado  y  Amancio Ortega).

Ríos de sangre se vertieron en las revoluciones americana y francesa. Ganaron para el hombre de la calle la liberty y la liberte. ¿Pero la  equality y la  egalite?  Eso es harina de otro costal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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