Don Indalecio Prieto y Tuero

 

Indalecio Prieto en 1936

Indalecio Prieto en 1936

 

La Guerra civil (1936-39) me impactó para toda la vida. Yo tenía once años cuando estalló la guerra. Los dos primeros años, 1936 y 1937 fueron años, con la inconsciencia propia de la edad, felices. Sevilla rebosaba de gente. Miles y miles de refugiados de la zona roja, ricos y pobres se mezclaban por las calles del centro con tropas de varias naciones. Contemplaba a los italianos, desaliñados y ruidosos y los comparaba con los alemanes, silenciosos, con uniformes impecables. Admiraba los vistosos uniformes de nuestras tropas coloniales. Todos los domingos bandas de música militares de Italia, Alemania actuaban en el andén del ayuntamiento, en la Plaza Nueva.  En la Semana Santa disfrutaba contemplando los poderosos caballos de la artillería montada con sus bandas de cornetas acompañando a los pasos en las procesiones.

Fue toda una orgia visual y auditiva. Poco a poco esas vivencias iniciales se fueron transformando. Para Septiembre de 1938 a los  14 años, era ya un adolescente a quien no le interesaba  mucho los que pasaba en nuestra zona. Los partes de guerra eran aburridos, siempre lo mismo. Las crónicas, triunfales y repetitivas. Descubrí que  mí lo que me interesaba de verdad era “lo” que pasaba en la otra zona, en la zona roja. Cómo era la vida allí, como eran los personajes militares y civiles que dirigían sus tropas y su gobierno. Pero, claro la censura no dejaba pasar ninguna información. Cuando intentaba escuchar las radios de Madrid y Barcelona apenas podía oírlas porque las autoridades bloqueaban todas las retransmisiones. Y aunque asi no hubiera sido mi madre me obligaba a cerrar la radio. Tal era su temor a que nos viéramos envueltos en un lio.

Por eso cuando una tarde vi en los escaparates de la antigua (y desaparecida) librería de Pascual Lázaro, en la calle Sierpes, un pequeño volumen titulado “Yo serví un año con  la Brigada del “Campesino” me apresure a comprarlo. El Campesino (Valentín González) era un comunista extremeño, ex minero, que enrolado en las milicias madrileña llego a  ser jefe de una división durante la guerra. El autor era un delineante que tan pronto tuvo la ocasión se pasó a nuestras líneas. Quitando esta oportunidad nada llegaba a mis manos que me documentara sobre  lo que a mí me interesaba.

Sí tuve la ocasión de oír de ciertas personas como era la vida en la otra zona. Pero las más  de la veces esto ocurrió cuando ya la guerra estaba terminada  El más importante relato fue de boca de José Estrada, concejal del ayuntamiento de Sevilla en 18 de Julio de 1936 y tío carnal de mi querido amigo Antonio Marcos Estrada. Dimos un largo paseo en una tarde de domingo y nos contó cómo pudo escaparse disfrazado de monja vía Gibraltar desde donde tras una fugaz visita a Paris se trasladó a Barcelona, donde pasó ya toda la guerra. El año 1941 o 1942 volvió a España y después de algunos meses de encarcelamiento (tenía buenas recomendaciones de la Iglesia  y era después de todo una persona de orden sin más culpa que haber sido miembro del partido socialista) fué puesto en libertad y pudo reorganizar su vida.

En el año 1952  Franco abrió la frontera con Francia. La ONU habia levantado el “castigo” que impuso a España, cuando persuadida por la Unión Soviética y sus satélites que era un “peligro para la paz” recomendó la ruptura de relaciones con nuestro país. Francia, Inglaterra y por supuesto la U.R.S.S. retiraron sus embajadores quienes con la excepción de los soviéticos y sus satélites, una vez que habíamos dejado de ser “peligrosos”  regresaron paulatinamnte a España. Dos buenos amigos (ambos fallecidos) y yo decidimos viajar a Paris. En Paris se me iban los ojos cada vez  que pasábamos por las numerosas  librerías de viejo. Allí deberían encontrarse tesoros de información  sobre lo que a mí me interesaba, la guerra civil. Pero a mis amigos no le interesaba eso. Además, francamente, Paris era algo más que libros e historias. Tras tres semanas en Paris, que la pateamos entera, decidimos pasar cuatro días en Londres. Un extraño que sentado a un lado de nuestra mesa nos escuchaba como contactar a un agencia de viaje se acercó a nuestra mesa y nos dió algunos  consejos prácticos que hacían innecesario acudir a un agencia de viaje y que nos ahorró muchas pesetas. Pero lo curioso fué que este hombre era un exiliado español y, lo más grande, que era sevillano. No era un refugiado de la guerra. Se habia ido a Francia  porque quería vivir en libertad y curiosamente no quería volver a Espana ni a tiros.

En Londres siguiendo los consejos de nuestro paisano nos alojamos en el Spanish Club. Esto era una organización fundada en los años veinte, mayormente para uso de los comerciantes españoles (sobre todo los de la naranja)  que viajaban al Reino Unido y era totalmente apolítico. Allí  no habia cuadros de Franco pero tampoco los habia de ningún  personaje republicano.

En el verano de 1954 los padres de mi novia, Judy, que hoy es mi mujer, me invitaron a pasar un mes en su casa de Northampton, Inglaterra. Judy es graduada de la Universidad de Oxford, donde se especializo en lengua y literatura española. Aunque no interesada especialmente en la guerra española, si poseía una pequeña colección de libros que tocaban el tema, y por supuesto, prohibidos en España. Entre ellos figuraba la historia de España (bajo el título “España”) de Salvador de Madariaga, a quien Judy conoció en Oxford. Este volumen en una primera  edición cubría la historia de nuestro país hasta la llegada de la República. En una segunda edición, y esta es la que poseía Judy, cubría ya la guerra. Por supuesto que devore el (grueso) volumen en unos cuantos días. Me impresionó el título de uno de sus capítulos, ya tratando de  la guerra: “La Guerra de los tres Franciscos”, que no eran sino Francisco Franco, Francisco Largo Caballero (un  político del socialismo  radicalizado)  y Francisco Giner  de los Ríos (un educador de fausta memoria). De vez en cuando me “escapaba” de mi novia, que me habia conseguido una tarjeta de transeúnte en la biblioteca local y leía con fruición todo lo que sabía no podría leer en España. También visitaba algunas librerías de viejo. Recuerdo que compre un  libro (que he perdido) de la Duquesa de Atholl (no recuerdo el titulo) a quien llamaban los conservadores británicos “la Duquesa Roja” y que era miembro del Parlamento. Se trataba de un relato del viaje que hizo a España en la primavera de 1937 y en el que visitó, juntamente con su jefe político, el laborista (que luego llegaría a ser primer ministro), Clement Attlee el frente de Madrid donde se encontraba el batallón británico de las Brigadas Internacionales

En 1958 la Southwestern Legal Foundation me otorgó una beca de graduados (“fellowship”) para cursar estudios de derecho comparado en la Southern Methodist University (SMU), en Dallas (Texas). No tenía tiempo que perder. La beca era solo por nueve meses. Cuando terminaba mi “tarea” me refugiaba, de noche, en la biblioteca central de la Universidad y permanecía allí hasta la hora del cierre, las diez de la noche.  Me pasaba horas  y horas en la sección española. Allí me empapé de toda clase de información en libros y revistas. En relación con estas me impresionaban   los reportajes fotográficos de los primeros dias  y meses de la guerra en la francesa “L’Illustration”, la inglesa “The Illustrated London News” y la americana LIFE. Habia pocas o poquísimas librerías de viejo pero nada pude en ellas encontrar. Como compensación debo decir que además de la biblioteca universitaria contaba con la muy rica biblioteca pública.

De todos los personajes de la Republica en guerra los que más me atraían eran Indalecio Prieto y Manuel Azaña. Del primero siempre se me quedó grabada en la memoria una expresión  de labios de Don Manuel Jiménez Fernández. Don  Manuel habia sido profesor mío de derecho canónico en la Universidad de Sevilla. Desde joven se metió en política y fue concejal del ayuntamiento de Sevilla. Tenía fama de polemista. De él se cuenta que llegado tarde a una sesión municipal preguntó a sus colegas en el consistorio: “¿De qué se trata para  oponerme?” No sé si será verdad o no pero la frase  lo retrata. Llegada la República y enrolado en las filas de la Confederación de Derechas Autónomas (CEDA) de Gil Robles éste le llevo al gobierno durante los años que duró lo que la izquierda llamó el “bienio negro”. Como  ministro de Agricultura elaboró una meritoria reforma agraria que dado la brevedad del mninisterio  nunca pudo entrar en vigor.

Don  Manuel, republicano y liberal, se creó muchos enemigos tanto en la izquierda como en la derecha. La derecha le odiaba por republicano, la izquierda, por “carca”. Se libró del fusilamiento gracias a tener  muchos amigos en la Iglesia por ser un  devoto católico de comunión diaria. Irreprimible, sabía que su catedra era el único foro en el que podía expresarse, relativamente, sin cortapisas. De vez en  cuando se enzarzaba en un  monólogo sobre sus vivencias en el gobierno de la República. Una mañana nos dijo que “la diferencia entre Largo Caballero y Prieto era que  Largo odiaba al patrono  y Prieto amaba al obrero. Aquello me impresionó.

En el curso de los años y gracias a mis pesquisas librescas me habia documentado bastante sobre Prieto, es decía conocía su vida y sus obras, pero no habia encontrado ninguna,  en  el extranjero, por supuesto.  En particular me atraía poderosamente un folleto que había publicado al tiempo de ser defenestrado  como ministro de la Guerra (más precisamente, de Defensa) del gobierno del presidente Juan Negrín, en plena guerra. El folleto se titulaba “Como y por qué salí del Ministerio de Defensa. Intrigas de los rusos en España”.  Sabía que vivía desterrado en Méjico y vivía en el distrito federal con sus dos hijas e incluso habia conseguido su dirección postal. Pensé en escribirle y solo la idea me hacía feliz pensando el grado de libertad que disfrutaba,  fuera del alcance de la férrea censura que imperaba en España.  Asi pues el 1 de Diciembre de 1958, escasos meses desde mi llegada a Dallas, le puse un carta en la que le expresaba mi admiración y la de mucha gente de mi edad por su persona, le transmitía el retrato que de él habia hecho Don Manuel Jiménez Fernández en su cátedra sevillana y le pedía me orientase hacia alguna traducción inglesa del folleto pues desesperaba de encontrar en los EE.UU la versión original en castellano.

Rapidamente, concretamente el 11 de Diciembre, recibí su contestación, y lamento no poder ofrecer aquí una reproducción fotográfica porque la desvaída tinta de su mecanografía no ha podido resistir los más de cincuenta años desde que fue escrita. No obstante copio su texto:

Mi estimado compatriota: accediendo al ruego que me hace en su atenta carta de 1 de Diciembre corriente le envió adjunto un ejemplar de mi folleto “Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa.” No tengo noticia de que este folleto haya sido traducido al inglés, aunque si hay una traducción francesa. Cumplo su encargo con muchísimo gusto… Le agradezco lo que me dice en cuanto al concepto de que de mi tiene gran parte de la juventud española libre de todo prejuicio. Asimismo le quedo reconocidísimo por haberme transmitido la opinión de que de mi ha dado a conocer en su cátedra de la Universidad de Sevilla Don Manuel Jiménez Fernández, de quien conservo muy gratos recuerdos. Quedo a sus órdenes, afectísimo s.s. (Firmado) Indalecio Prieto.

 El sobre contenía el folleto cuya cubierta reproduzco aquí.Prieto Me lo dedicaba. La dedicatoria, de su puño y microscópica letra dice así: Al compatriota Eugenio Cazorla, deseoso de documentarse sobre un trágico período de la vida española. (Firmado) Indalecio Prieto. México, D.F. diciembre 1958.I. Prieto

En el verano 1961 hice, con mi familia, mi primer viaje a Méjico. Pasamos allí una semana. No podía dejar pasar la ocasión sin tratar de visitar al Sr. Prieto, que tan amable y generosamente  se habia portado conmigo. Tan pronto como pude disponer de unas horas para tal proyecto, tomé un taxi y me dirijo a su dirección en Nuevo León 103. Se trataba de una modesta casa de pisos. Toque el timbre y me abrió la puerta una señora de mediana edad. Me dijo que era Blanca, una de sus hijas. Le manifesté deseaba hablar con  su padre. Muy amable, me dijo que su padre se encontraba en Francia, en San Juan de Luz, donde participaba  en un congreso del partido socialista.

Prieto murió pocos meses después, en Febrero de 1962.

 De humilde extracción y con pocas letras (jamás pisó una universidad) supo encumbrarse y llegar a las mas altas esferas. Nacido  en Oviedo su madre, que habia sido la criada de su padre, modestísimo funcionario, le llevó a Bilbao con siete años. Fui taquígrafo con un periódico bilbaíno y a los dieciséis  años entro como auxiliar en El Liberal, del que llegó a ser director y propietario. Desde joven se inició en las filas del partido socialista en el que eventualmente militaría como moderado en oposición a la rama  radicalizada y revolucionaria  de Francisco Largo Caballero. Fue diputado a  Cortes con  la Monarquía y con  la República.  Durante ésta fue ministro de Hacienda y de Obras Públicas. Al advenimiento de la guerra fue ministro de Marina y Aviación bajo Largo Caballero y de Defensa con Juan Negrín. En 1938 el partido comunista que ejercía gran influencia  sobre el presidente del Consejo, Negrín, exigió su salida del ministerio. Ello fue debido, en parte, a su profundo pesimismo sobre la marcha  de la guerra, pues estaba convencido que la República no  podía ganarla. Negrín terminó por destituirlo y asumió sus funciones.

Al exiliarse a Méjico estuvo algún tiempo dedicado a la administración  de los cuantiosos bienes, que para atender a las necesidades de los refugiados españoles habían sido   transportado a dicho  país por el famoso yate “Vita”,  bienes que luego paso a administrar el gobierno mejicano.  Después y hasta su muerte se dedicó a la que habia sido su gran amor: el periodismo.

Prieto fue un hombre de gran corazón. Tuvo amigos de la izquierda y de la derecha, como lo demuestra en su librito “Cartas a un escultor”. Salvó algunas vidas en la guerra sin mirar si eran de su bando o del opuesto. Tenía admiración por José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española,  a quien trató de salvarlo de su fusilamiento. José Antonio también lo admiraba hasta el punto de incluirlo en un posible gobierno de concentración ya comenzada la guerra,  en un borrador que se encontró entre sus efectos después de su muerte en la prisión de Alicante.

Su gran error fue el haber participado en el planteamiento de la sangrienta revolución de Asturias, de lo que años mas tarde, ya en el exilio se arrepentiría hasta el punto  de, públicamente, pedir perdón  a los españoles.

Prieto  fué un gran patriota. Lo demostró negándose, mientras fue ministro de Defensa, a doblegarse al partido comunista que obedecía las consignas de la Unión Soviética  y por los propio mandos rusos,  incluido  su embajador en España. Fue un hombre jovial,  español hasta las cachas, amigo de sus amigos, gran orador y con enorme dominio del castellano. Nos hace pensar en la mediocridad de los que le sucedieron en el gobierno de nuestra patria.

 

 

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