Santiago Ramon y Cajal, (Petilla de Aragón, 1952), uno de nuestros pocos Premio Nobel publicó “El Mundo visto a los Ochenta Años” en 1934. Tenía entonces 82 años y murió en Octubre del mismo 1934. Su muerte fue muy sentida por el minúsculo mundo científico español pero pasó casi inadvertida para el gran público, mesmerizado a la sazón por la cruenta revolución de Asturias que tenía lugar en aquellos días.
En su larga vida y con la excepción del ferrocarril el telégrafo y el globo que ya llevaban años en uso al tiempo de su nacimiento, Ramon y Cajal llegó a conocer de primera mano algunos inventos o descubrimientos de nota, tales como, en transportes, el automóvil, el aeroplano (como se le llamaba al avión por aquellos días) y en los últimos años de su vida el autogiro, invento español (Juan de la Cierva); en medicina, los rayos X, y el bacilo de Koch; en comunicaciones, el teléfono y la radio; en la esfera militar el submarino y el torpedo, amén de la luz eléctrica, el gramófono y por supuesto la fotografia,de la que llegaria a ser un destacado aficionado, y el cinematógrafo entre otros elementos de comodidades y entretenimiento. También tendría que haber conocido, puesto que eran contemporáneos y de la misma edad, a Leonardo Torres Quevedo, inventor par excellence, siendo el más famoso de sus inventos el transbordador sobre las cataratas del Niágara, inaugurado en 1916 y que aún sigue funcionando. Por supuesto que él mismo fue un máximo descubridor, con sus hallazgos pioneros en el campo de su especialidad, la histología.
No mucho en ochenta y dos años. En mis noventa años de vida los inventos y descubrimientos se han sucedido con bastante mayor aceleración. Pero en esto de los inventos hay que guardarse con cuidado. Allá a principios de los años cuarenta, del pasado siglo, los años de la penuria en España, mi madre, que era un gran lectora se suscribió a una revista argentina que se llamaba, PARA TI y a mí, que, como ella, era ya un voraz lector, me suscribió a una revista infantil, también argentina, llamada BILLIKEN. Según he averiguado, y sorprendentemente, estas dos revistas aún se siguen publicando. He de decir que el famoso TBO, popularísimo antes de nuestra guerra civil (1936-39) y que mi hermano y yo leíamos con fruición dejo de publicarse con motivo de dicha guerra asi que estábamos horros de publicaciones infantiles. El Billiken lo devoraba en un santiamén. Cuando me aburría y a sabiendas que Para Ti era una revista para mujeres la hojeaba porque me atraían los anuncios. Por aquellas fechas España era un país paupérrimo, lo que hoy llamamos del tercer mundo. Aunque mi familia estaba acomodada y no carecíamos de nada (excepto que algunos días, especialmente en el “año del hambre”(1940) no habia pan y nos conformábamos con batatas) reinaba la escasez en todos los órdenes.
Por el contrario, Argentina era entonces un país rico, con una poderosa clase media. Me atraían los anuncios en Para Ti. Por ejemplo, entre los artículos electrodomésticos la revista anunciaba aspiradoras norteamericanas, algo que no existía en España ni existió por muchos años. Pensaba yo al verlas anunciadas que se trataba de un invento reciente. Pero he averiguado gracias al Internet (que ha terminado con el Espasa y todas las enciclopedias en cualquier lengua) que se trata de un artilugio que ya existía incluso con anterioridad a la primera guerra mundial (1914-18). Otro ejemplo es la máquina de afeitar eléctrica. En las películas norteamericanas de los años treinta, que llegaban España con algunos años de retraso, veíamos como algunos de los protagonistas masculinos se afeitaban con una máquina eléctrica. En 1957 hice una excursión de un día con unos amigos al Algarbe portugués y pasando la raya onubense almorzamos en Vila Real de Santo Antonio. Fuimos de compras y, maravillado, me compre una de tales maquinillas, que eran inasequibles en España y que yo creía que se habia inventado en los años treinta. Resulta que nó, que existían mucho antes de tales años treinta, por supuesto en los Estados Unidos. Aun otro ejemplo. Leyendo en los años ochenta las memorias de guerra de un ayudante de Winston Churchill (“The Fringes of Power”, por John Colville) relataba Mr. Colville, que una tarde salió de su oficina en Londres por un par de horas para ir a su oculista para que le ajustase sus “lentillas”. ¡Esto era en 1940! Me quedé asombrado puestos que tales lentillas no alcanzaron popularidad en Espana hasta los años setenta.Ya en los EE.UU. donde me asenté en 1958 los nuevos inventos eran cosa de cada dos tres años. Recuerdo la revolución de los transistores, las calculadoras (muchas en miniatura), etc. que quizás llegaron al público en Dallas, donde yo vivía y vivo, antes que en ninguna otra parte del mundo puesto que fue Jack (John) Kilby, un ingeniero en Texas Instruments, con su casa matriz en Dallas, quien en ese mismo 1958 descubrió el microchip, elemento electrónico que, eventualmente, revoluciono la tecnología de la información. Mr. Kilby fue galardonado en 2000 con el premio Nobel.
Siendo abogado me interesaba, como es natural, todos los nuevos procedimientos puestos en uso por los descubrimientos e invenciones en material de oficinas. Antes de los modernos ordenadores, y hasta fines de los setenta el tradicional medio de preparar correspondencia era el dictado. Fue la apoteosis de la estenografía. Las oficinas corporativas y de abogados disponían de taquimecas prestas siempre a tomar al dictado lo que fuese necesario. A fines de los setenta llegaron al mercado los sistemas de dictado a través de micrófono y casette. Aquello fue una liberación. En las oficinas pequeñas donde habría una o a lo más dos taquimecas, el ejecutivo o abogado se veía, en, en situaciones de ausencia de la taquimeca por enfermedad o vacaciones, de posponer la correspondencia a menos de contratar una secretaria con carácter temporal para salir del problema.
Otro gran adelanto fueron las fotocopiadoras. La palabra “Xerox”, nombre de la compañía pionera en este tipo de máquina en los años sesenta, se convirtió en un verbo. La gente hablaba de “Xerox” tal página. “Xerox” que trabajaba en seco reemplazó al anticuado ciclostilo que generaba copias que rezumaban humedad por la tinta fresca que corriéndose producía textos a veces ilegibles.
En los años setenta un grupo de abogados (partnership) del que yo formaba aparte adquirimos nuestro primer ordenador. Aquello era un monstruo lleno de botones, discos y luces que nadie entendía. Lo compramos quizás más por estar “al día’ que por pura necesidad. Nadie aprendió a manejarlo eficientemente siglo XIX. Las primitivas maquinas eran grandes y costosas y solo las grandes compañías y el gobierno se pidan permitir el lujo de poseerlas. Pero en los años ochenta salieron al mercado tipos de tamaño relativamente pequeño (detalle, este del tamaño, de gran importancia dado el elevado precio del pie cuadrado en oficinas en USA) y a precios asequibles al gran público.
Hasta los años setenta la inmensa mayoría de las oficinas de todo tipo en los Estados Unidos no tenía otro tipo de máquina de escribir sino las tradicionales fabricadas por varias compañías: Remington, Underwood, Smith-Corona, etc. Las copias se hacían con un papel carbón que manchaban los dedos. Si la “escribidora” erraba en una palabra no habia más recurso que echar mano de la goma de borrar que dejaba el original echo una lástima y la copia al carbón una mancha que dejaba el texto ilegible. Pero hete aquí que a una secretaria en Dallas,, Betty Nesmith Graham, cansada de borrar y borrar se le ocurrió crear un líquido que aplicándose con un pincel sobre la palabra o frase errónea reproducía el color blanco(o amarillo o rosa) de la hoja (que no habia necesidad de sacarla de la maquina) y que al secarse casi instantáneamente (tenía un componente de alcohol) permitía imprimir sobre el espacio cubierto por el líquido la palabra o frase correcta. La secretaria patentó su invento llamado “Liquid Paper” (papel líquido) y en pocos meses se puso rica. En el primer año de producción vendió un millón de botellitas. No habia oficina sin aquellas botellitas con etiquetas de diversos colores indicando el de la hoja donde habría que colocar “el borrador liquido”). Este fue el fin de las gomas de borrar. Años después la secretaria de Dallas vendió su patente a una multinacional engrosando asi el club de los millonarios.
Pero sale la poderosa IBM y pone en el mercado su famosa “Selectric” que reemplazaba el rodillo tradicional por una bola en la que figuraba las letras del alfabeto y que giraba sobre el papel en casi silencio absoluto lo que era de agradecer pues en las salas destinada a las taquimecanógrafas (este gremio raramente incluía varones) el ruido era infernal. La Selectric II tenía además la ventaja de venir equipada con una cinta especial que accionada corregía los errores de impresión. Y con el advenimiento de las fotocopiadoras el papel carbón dejo de existir.
Y después, la revolución. Primero las procesadoras de palabras, una mezcla de máquina de escribir y ordenador que fue más o menos rápidamente sustituida por nuestros modernos ordenadores. Desaparecieron con ello muchos puesto de trabajo en taquimecanografía pues raro hoy es el día en el que un ejecutivo o abogado no escribe personalmente sus propias cartas o documentos o escritos literarios en el caso de novelistas, ensayistas y poetas. Y después, en aluvión, APPLE, con sus teléfonos móviles e inteligentes, el texting, el Internet la correspondencia digital, el “scanner” que también en el mundo de habla española (tan pobre en el lenguaje cientifico) produjo el feísimo verbo de “escanear” y en nuestros días y casi ya en el mercado los automóviles que no necesitan conductor……el acabóse.
No hay que olvidar los prodigiosos avances en medicina, como la invención de la píldora anticoncepcionista, que causó una auténtica revolución social, la vacuna que acabó con la poliomelitis, los trasplantes de corazón y otras vísceras etc, etc. Ni la aventura espacial, con la llegada a la luna y la exploración de otros planetas.
Si, hemos cubierto un largo trecho desde el ferrocarril, el avión y el telégrafo. Y Ramón y Cajal se murió sin conocer estos nuevos descubrimientos e invenciones del siglo XX y XXI pues el movimiento creador no cesa.
De todos estos descubrimientos ¿podríamos señalar uno como el más importante para la humanidad? Esa misma pregunta se la hicieron a Miguel de Unamuno, figura señera de la generacion del 98: “La cama”, contestó sin pestañar. El por qué no figura en el texto que leí hace muchos años, no recuerdo donde, aunque sabemos, por que hay una famosa fotografía que lo demuestra, que a don Miguel (afición que comparto), le gustaba leer en la cama. Pero si se pone uno a pensar la cama es un mueble donde suceden muchas cosas importantes: en ellas nacemos en ella procreamos (o nó, según los gustos), y en ella morimos. ¿Hay cosas mas importantes en la vida que nacer, multiplicarse y morir?
Hoy día desde que se inventó el feminismo, las labores domésticas se reparten (por lo menos esa es la teoría ) entre hombre y mujer. Pero allá por los años setenta, antes de que el feminismo empezara a crearnos problemas, las mujeres celebraron la llegada de la “fregona” ese humilde artefacto que terminó con la condena a la mujer de tener que limpiar de rodillas.
Dolores Ibárruri, “Pasionaria” una líder comunista en nuestra guerra civil arengaba a los suyos con proclamas tales como “más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Pues bien, la fregona ha conseguido que la mujer (y algunas veces el hombre) viva (léase trabaje) de pie y muera, de humillación, de rodillas. Pero lo sorprendente y es algo que ignoraba es que la dichosa fregona fue inventada por un español, un tal Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico (?), y que el fruto de su caletre ha tenido más trascendencia no solo en Espana sino en el extranjero (porque la fregona se exportó a todo el mundo) que, digamos, el invento del autogiro por Juan de la Cierva.
“Que inventen ellos…” se desesperaba Unamuno (no en la cama sino quizá en una charla de café) refiriéndose a la pobre imaginación que padecíamos por aquellas calendas (aunque le verdad sea dicha no hemos progresado mucho). Pues, no Don Miguel, inventamos nosotros también y cuando nos ponemos a inventar no hay suelo que se ponga de por medio…








