EL MUNDO VISTO A LOS NOVENTA AÑOS: LOS TOROS

A lo largo de su vida la fiesta de los toros fue una pasión para mi padre, Federico Cazorla Martínez, y para los que le rodeaban. Yo, para mí, que a lo largo de su historia la fiesta de los toros tuvo su época estelar durante aquellos años en que les toco vivir a mi padre (1896-1991). Recuerdo la veneración que tenía por José Gómez Ortega (Joselito “el Gallo”)

Jose Gomez Ortega,  "Joselito el Gallo",  figura maxima del toreo

Jose Gomez Ortega, “Joselito el Gallo”, figura maxima del toreo

y su relato de cómo fue su entierro, al que por supuesto asistió. Cada vez que pasábamos por la Alameda de Hércules, camino del centro, me señalaba un chalet, que daba señales de decadencia, “mira, ahí vivía Joselito”. Según los expertos Joselito fue el torero más grande de todos los tiempos. Joselito murió en el año 1920. Mi padre tenía entonces 24 años.

Poco después de la muerte de Joselito a mi padre le dio por otra pasión:el fútbol. Quizás aquello vino antes. Lo cierto es que, quizás influenciado por algunos de sus amigos, muy particularmente mi padrino de bautismo Juan Alfonseca Caro, mi padre se hizo socio del Real Betis, en plena monarquía.

Mi padre, fumando, a la izquierda de Sanchez Mejias presenciando un partido del Real Betis (1928)

Mi padre, fumando, a la izquierda de Sanchez Mejias presenciando un partido del Real Betis (1928)

Algún ruido debería haber hecho cuando le hicieron tesorero del equipo, precisamente cuando lo presidía otra gloria del toreo, Ignacio Sánchez Mejías, a la sazón retirado de los toros. Yo no creo que mi padre llevado por la pasión del Betis se alejara de su antigua afición a los toros. Hay que señalar además que la temporada de fútbol, con unas ligas mucho más pequeña que las actuales terminaba generalmente antes que empezara la de los toros. De todas maneras, una vez que pasó de ser tesorero a ser un socio más para mí que se le apago un poco su afición al balompié y ya pasada la guerra (1936-1939) rara veces iba al futbol. Pero durante muchos años sacaba su abono de toros.

Su afición a los toros la compartía con sus hermanos Faustino y, especialmente, José. Este tío mío era un auténtico y entusiasta taurino, con exclusión de cualquier otra actividad, incluida el futbol, el que, que yo sepa, jamás le interesó. Yo, por lo menos jamás le vi en un partido de futbol, aunque, como mi padre, era bético, quizás por lealtad fraternal, pero decididamente un bético descafeinado. Mi tío José vivía por los toros y para los toros. Tenía infinidad de amigos en el mundo del toro: toreros, apoderados, ganaderos, empresarios, etc. Con el fui un día a aun espectáculo que nunca olvidaré. Fue el encajonamiento de una corrida de toros, en plena dehesa, para su transporte a una plaza de toros en Zaragoza. Tuvo lugar en un cortijo, propiedad del Conde de la Maza, cerca de Morón de la Frontera. El aristócrata, era, ¿cómo no? amigo de mi tío. Presencie el tal encajonamiento desde el principio hasta el final. Los toros eran concentrados en la placita que todas las dehesas disponen para las tientas. Después uno por uno eran conducidos hacia unos enormes cajones de madera reforzados con hierro y con aberturas para facilitar su respiración. Estos cajones, después, por un sistema de poleas eran depositados en la batea de un camión grande y poderoso. Este ganado, como he dicho antes, iba destinada a Zaragoza. El encajonamiento tuvo lugar un jueves y la corrida se celebraría en Zaragoza el siguiente domingo. Según me explicaron, los toros ni comían ni bebían durante el trayecto. A su llegada a destino les daban un rancho a base de habas saladas. Los bichos, hambrientos, devoraban las habas. Después de hartarse de comer, les abrasaban la sed. La enorme cantidad de agua que a continuación bebían les producía un considerable aumento de peso, siquiera temporal que satisfacía-según las malas lenguas, las exigencias del reglamento taurino con referencia al minimum de peso que debían presentar las reses antes de su lidia. Así se burlaba la ley.

Ese mismo dia experimenté algo nuevo e inquietante. Invitado uno de los gañanes de la dehesa, le acompañe a dar de comer a una punta del ganado pendientes de su venta. Tranquilizado por él que no había por qué asustarse y a alguna distancia vi como el hombre cargado con un saco de avenas llenaba unos comederos circulares de cemento donde depositaba el cereal. Con unos silbidos especiales llamaba a los toros que se acercaban lentamente. Yo los veía a como unas diez metros y por su aspecto daban la impresión de ser unos animales pacíficos, sin viso alguno de ferocidad o agresividad. Me confirmó luego este gañán que en el campo y a menos que se les importune, el toro es un animal dócil, tranquilo que embiste sólo llevado del miedo que le produzca cualquier acción que disturbe su natural disposición a una vida tranquila y sin alborotos.

Mi tío José, unos pocos años de morir apodero a un torero aragonés que se llamaba Bamala.
Este torero era un novillero bastante mediocre. Que yo sepa duro poco en el toreo. Mi tío aguantaba con paciencia las chanzas y burlas que sus amigos les dirigían a cuenta de su apoderamiento (y del nombre del diestro) que para mí no le proporcionó ganancia alguna.

Había un pasaje obscuro en la vida de mi tío José que me intrigaba…y me sigue intrigando. En los años cincuenta los expertos taurinos (no la mayoría del público) notaban que los toros no embestían como solían hacer. Es decir, embestían pero se quedaban cortos de su diana que es el cuerpo del torero. Esto operaba como una ventaja para los diestros. Se descubrió que los toros salían al ruedo con una cornamenta que habia sido “tratada” para amortiguar su peligrosidad. Pronto el publico quedo apercibido de, como vino a llamarse, el “afeitado” de los toros. Según contaban esto se hacía con una escofina que redondeaba el extreme del piton; luego se limaba la punta del asta.Y a continuacion se untaba aceite o grasa vegetal al pitón para encubrir la “faena”. Aquello derivo en un escándalo enorme. Llovieron las multas a ganaderos y empresarios envueltos en tales menesteres. Al parecer las defensas del toro encapsulan un nervio que da al animal una sensación de espacio. Cuando la punta de los pitones desaparece el toro queda así como “ciego”, incapaz de medir distancias. El toro jugaba con desventaja. Yo deje España en el año 1958 y aun cuando he viajado con bastante frecuencia mis viajes han sido casi siempre en el otoño cuando la fiesta taurina comienza sus “vacaciones”. No sé en qué quedo esto de los “afeitados”, si la practica desapareció o sigue pero con más disimulo. Es posible que se siga evitando en las plazas importantes.

El caso es que se rumoreaba que mi tío José se prestaba, cobrando, para ejecutar tales “afeitados”. No sé si ese viaje a la dehesa del Conde la Maza fue con tal propósito. Yo desde luego no vi que mi tío se retirara a una “barbería” y no lo perdí de vista en todo el día. No obstante, se decía que en algunos círculos muy reservados mi tío José era conocido como “el barbero de Sevilla”.

El 28 de Agosto de 1947 un Miura, “Islero”, acabo con la vida de Manolete

Manuel Rodriguez Sanchez, "Manolete"

Manuel Rodriguez Sanchez, “Manolete”

en la plaza de Linares, Jaén. Fue una conmoción nacional. Hubo recriminaciones acerca del primitivo estado de la enfermería de la Plaza habiendo quien pensaba que de haber estado más al día quizá se hubiera salvado la vida de quien había sido un astro en el mundo taurino. Quién sabe. Pero percances como el que le costó la vida al diestro cordobés se no terminan hoy en día de la misma manera.

Mi padre tuvo amistad con muchos toreros aunque nunca al nivel de mi tío José. Recuerdo que un torero de fama, Antonio Bienvenida,

Antonio Bievenida, uno de los diez famosos.

Antonio Bievenida, uno de los diez famosos.

vino un día a comer con nosotros. Para mí y para mis hermanos, que les acompañábamos en la mesa, codearse con un torero famoso fue algo fuera de lo normal. En otra ocasión, como cuento en mis memorias de la guerra en este blog, veraneando en Sanlúcar de Barrameda en 1938 y acompañado de mi tío José y el apoderado del torero vino a la casa que mi padre había arrendado para la temporada de baños el que luego llegaría a ser famosísimo, y entonces novillero de lujo, Pepe Luis Vázquez (1921-2013),
Pepe Luis Vazquez, uno de los diez mas importantes toreros del siglo XX

Pepe Luis Vazquez, uno de los diez mas importantes toreros del siglo XX

quien había debutado en La Maestranza escasamente dos meses antes. Venía a vestirse de luces después de una ducha que, careciendo de ella nuestro primitivo cuarto de baño, le administraron mi padre y mi tío, vertiendo sobre el torero una jarra de agua fría mientras Pepe Luis en cueros vivos posaba en un barreño de zinc. De casa al ruedo donde estuvo fenomenal.Con el tiempo, Pepe Luis Vazquez seria incluido por un experto jurado como uno de los diez mas importantes toreros espanoles del siglo XX, junto con Joselito el Gallo, Belmonte, Domingo Ortega, Manolete, Antonio Bienvenida, Antonio Ordonez, Paco Camino, Santiago Martin “el Viti” y Curro Romero.

También tuvimos aquel verano otro amigo de mi padre toreando en Sanlúcar. Pero este era un joven rico que no tenía que ir a cambiarse a una casa partícula y ducharse con una jarra. Se trataba de Ignacio Sánchez Mejías, hijo del famoso torero cantado por García Lorca a su trágica muerte (“A las Cinco de la Tarde”) escasamente tres años antes, y presidente del Real Betis en el que mi padre había sido, como queda dicho, tesorero Fuimos al hotel donde se hospedaba mi padre y yo y luego fuimos a la plaza donde tuvo una actuación desastrosa, al punto de tener que salir custodiado por la guardia civil. No he podido encontrar ninguna foto de Ignacio pero da la casualidad que estaba con mi padre y el suyo en aquella tarde en que presenciaron al Real Betis en el viejo campo del Patronato, en el barrio del Porvenir, en Sevilla, en 1928. En dicha foto, publiacada mas arriba figura, de pie, entre su padre y el mio.

La Tertulia Bética, un casino de afiliación bética pero que contaba entre sus miembros muchos aficionados a los toros, como mi padre y sus dos citados hermanos, era lugar de acaloradas discusiones sobre la valía de los matadores en boga. En los cuarentas, cuando Belmonte (el rival de “Gallito”) estaba ya retirado la pugna era entre Manolete, sin lugar a dudas el espada entonces a la cabeza de la torería en España y Carlos Arruza. Carlos Arruza Camino nació en México de padres españoles. Era sobrino de un gobernador de Sevilla, Eduardo Cadenas Camino y de un famoso poeta español, León Felipe. Durante sus años en España se casó con una sevillana, Mari Carmen Vázquez, cuyo hermano, Manolo Vázquez Alcaide, cariñosamente conocido en Sevilla por “Pecho Hierro” era agricultor y ganadero. Además de Arruza, Manolete competía con Pepe Luis, y algo más tarde con el madrileño Luis Miguel Dominguín. A Manolete lo vi con mi padre en San Sebastián, el 15 de Agosto de 1942 (lo recuerdo como si fuera hoy), tarde en que sufrió una cogida que le dejó una cicatriz en la cara para el resto de su (corta) vida. A Pepe Luis lo vi varias veces y a Dominguín precisamente el día de su debut en la Maestranza. También a Arruza,

Carlos Arruza, a la izquierda de Manolete

Carlos Arruza, a la izquierda de Manolete

a su compatriota “Armillita”, al venezolano Cesar Girón y entre los rejoneadores al maestro de los maestros, Álvaro Domecq,
Alvaro Domecq, maestro rejoneador

Alvaro Domecq, maestro rejoneador

Ángel Peralta,
Angel Peralta , rejoneador de fama ...y otras cosas.

Angel Peralta , rejoneador de fama …y otras cosas.

alumno que fue de mi colegio de los Maristas (algo más joven que yo, fue contemporáneo de mi hermano Manolo) del que fue expulsado por abofetear a un profesor, a la peruana Conchita Cintrón y al portugués Simao da Veiga.Con gran sorpresa de mi parte me entero, a traves del Internet, que Alvaro Domecq fue hombre importante en el Opus Dei por su estrecha amistad con el fundador de la Obra (hecho santo con velocidad vertiginosa) Jose Maria Escriva, asi como que Peralta, ademas de rejonear de maravilla escribio novelas, poesia y que hasta que fue sometido a Consejo de Guerra por pasarse de largo con la hija de un militar…..

En los años cuarenta inicio su publicación la revista El Ruedo, que durante muchos años fue la biblia del mundo taurino.

Unas líneas para evocar el coso de la Real Maestranza.

Coso de la Real Maestranza de Caballeria de Sevilla

Coso de la Real Maestranza de Caballeria de Sevilla

Habrá plazas de toros más grandes, como la más grande (y la más fea, cemento por todas partes, parece un estadio) de todas, la México, en México, en la que mi padre y yo asistimos a una corrida en el verano de 1965, Las Ventas de Madrid, la de Barcelona, etc. Las habrá con más, si cabe, personalidad taurina, como la del Puerto de Santa María, o más clásica, como la de piedra de Ronda, tan bien cantada por Fernando Villalón; pero para mí, como sevillano que soy, la más bella, la “catedral” del toreo es, “mi” Maestranza. ¡Que maravillosas tardes en el coso de la Maestranza! Lo de menos era si los toreros quedaban bien o mal. Lo bello e inigualable era el ambiente antes de la corrida. Íbamos andando, desde la Tertulia Bética, en calle Velázquez. Al entrar pasábamos por una especie de carnicería con grandes barras de hierro que cruzaban una nave y de cuyas barras colgaban unos enormes ganchos. Era donde después del arrastre los cuerpos de las reses eran colgadas de tales ganchos y descuartizadas, como teníamos ocasión de comprobar a la salida de la plaza una vez terminada la corrida. Por un estrecho pasadizo, donde se agolpaban los asistentes al espectáculo, llegábamos a donde los empleados de la plaza, quienes, tocados con una gorra de plato cortaban los billetes de entradas a la misma. A continuación comprábamos las almohadillas, a duro por cabeza. Una vez dentro del recinto era de admirar el magnífico espectáculo de la plaza, sus callejones con los bien pintados e inconfundibles rombos en los burladeros. El albero perfectamente regado, barrido e inmaculado de pisadas. Encima en lo alto y con un cielo casi siempre azul, el reloj y más arriba aún, la bandera de España. Mi padre y yo casi siempre llegábamos diez o quince minutos antes de empezar el espectáculo porque lo mejor de la tarde (a menos que resultara ser una apoteosis taurina) era ver como el graderío se iba llenando poco a poco de gente mientras, aún de pie comentábamos: mira, ahí está fulano, mira ahí esta fulana, que guapa. Todo esto en medio de los alegres acordes de la banda de música, una aromática humareda de habanos, claveles reventones y un mujerío elegante sobre las que algunos dirigían sus prismáticos. Después se ocupaba la presidencia, con el gobernador o el alcalde o alguna autoridad del Estado que pasaba por Sevilla y el asesor taurino del mismo. Ya está la plaza llena. Toca el clarín y las cuadrillas se prestan a hacer el paseíllo, lo que ejecutan una vez autorizados, encabezadas por un alguacil a caballo, todo vestido de negro, a la usanza de la época de la casa de Austria, que se inclina, como todos los toreros,a la presidencia. Una vez recibida la venia, las cuadrillas vuelven al callejón y cada una toma el lugar que le corresponde. Y después empieza la corrida. Y como siempre, o una tarde inolvidable o un verdadero desastre porque la fiesta de los toros o es un espectáculo extraordinario, lleno de belleza, arte y elegancia o es algo de lo más aburrido que se pueda uno imaginar. Eso asumiendo que los diestros salen del compromiso dentro del tiempo reglamentario. Cuando no, el espectáculo se convierte en una torpe bufonada.

En mi larga vida he conocido a muchos toreros, pero pocos, creo yo, ha tenido la oportunidad de conocer a toreros….norteamericanos, pero no aquí, en USA, donde vivo, sino en la mismísima Sevilla.
El primero fue en el año 1958, el mismo año en que salí de Sevilla para Dallas (Texas). Tenía yo un amigo en Sevilla, americano, colega mío, (era jurídico militar con la Fuerza Aérea Norteamericana, la USAF). Un día me dijo que me iba a presentar a un amigo suyo, un pintor. Me llevo al barrio de Santa Cruz y a una pequeña galería regentada por su dueño, John Fulton.

John Fulton, torero y pintor.

John Fulton, torero y pintor.

John Fulton era de buena estatura, rubio, ojos azules. Nacido en Filadelfia había estudiado bellas artes en su ciudad natal. Fue a México con una beca para ampliar sus estudios de arte y allí se le ocurrió aprender a torear. Hablaba español bastante bien, con acento mexicano.Su estudio estaba repleto de cuadros propios donde abundaban escenas toreras. Después de charlar un rato y comentar tales cuadros nos dijo que su ambición sería un día debutar en la Maestranza como matador de toros. Yo pensé que alucinaba. Cual sería mi sorpresa cuando ya en Dallas y hojeando un día la prensa de Sevilla me entero que efectivamente, había debutado en la Maestranza, en 1963, y que había cortado una oreja. No sabía, al tiempo de conocerle, que además de torear en México, había participado en España en capeas y algunas novilladas sin caballos que habían pasado más o menos desapercibidas, por lo menos para mí. Después de Sevilla, continuó con su carrera taurina por algunos años y termino jubilado de los toros y de vuelta a sus cuadros, muriendo en Sevilla en 1998. Más de una vez pase por la galería en mis visitas a Sevilla pero jamás pude verle.

El otro torero americano fue Sídney Franklin.Sydney Franklin A este si le conocía porque había leído reseñas de sus corridas en España en la prensa española antes de nuestra guerra civil. Franklin era de Brooklyn, (Nueva York), hijo de un policía cuyo padre había emigrado de Rusia Después me familiaricé con él y con su efigie a través de mis muchas lecturas sobre nuestra guerra. Aprendí entre otras cosas que vino a España en 1937, en plena guerra civil, acompañando al famoso escritor Ernesto Hemingway, que venía como corresponsal de guerra. Franklin le acompañaba como una especie de ayuda de cámara, chofer y guía del escritor. Juntos participaron en muchas aventuras en la retaguardia republicana, borracheras, broncas y finalmente una pelea que los separaría para siempre. Franklin y Hemingway diferían en sus inclinaciones políticas. El autor de Por Quién Tocan las Campanas era izquierdista y republicano (no consiguió un visado para visitar la Espana de Franco hasta 1959). Franklin era de derechas. Pero en fin, el caso es que en el verano de 1958 fue con un amigo una noche a la feria de Alcalá de Guadaira, muy cerca de Sevilla. Penetramos en una caseta, ya avanzada la noche y nos aproximamos al bar. Allí había un grupo de bebedores en donde pude reconocer la figura de Franklin. Debo aclarar, aparte modestias, que poseo y siempre he poseído una fenomenal memoria visual. Cara que veo, cara que no se me despinta y que reconozco , aun haberla visto solo una vez tanto si ha transcurrido un año o veinte. El caso es que al cabo de un rato, me aproxime a él, y con mucho respeto le pregunte:- Perdón, usted es Sídney Franklin”. –Sí, yo soy Sídney Franklin. Total, me presente a él, le expresé (algo tenía que decirle) mi admiración y el, que ya llevaba unas copas encima se puso a hablar y no hubo quien lo parara.

Mi padre murió en 1991. Para entonces la fiesta iba camino de su decadencia. Hubo en los años sesenta setenta y ochenta grandes figuras: Antonio Ordoñez, Diego Puerta, Paco Camino, el discutido “Cordobés”, y sobre todo Curro Romero, que como buen gitano las daba unas de cal y otras de arena pero cuando quedaba bien no había ninguno que le igualara.

Hoy la fiesta taurina está en plena decadencia. Las causas son múltiple: la juventud se ve más atraída por los deportes, que llenan los estadios y canchas de baloncesto y otros tipos de deportes a unos precios más asequibles; la sensibilidad hacia los animales ha crecido enormemente hasta el punto de que varios gobiernos han prohibido la retransmisión televisiva de las corridas en directo para no herir la sensibilidad infantil y ya se sabe: espectáculo que no se televisa regularmente pierde interés en el público. Esta insensibilidad ha sido utilizadas por algunas autonomías, especialmente la catalana para prohibir terminantemente las corridas de toros, aunque habría que ver cuánto de verdad hay en ello y si no se trata de un prurito de los nacionalistas/separatistas por despreciar todo lo que se considere ser una tradición genuinamente Española. Mientras tanto las temporadas de toros no presentan ni con mucho los repletos calendarios de los mejores diestros del siglo XX. Hoy no hay toreros que lidie cien y más corridas en una temporada como era habitual cada año con las estrellas de turno.

Ha habido una reacción contra la prohibición catalana. El gobierno del Partido Popular y la Comunidad autónoma de Madrid han salido en defensa de la tradición y esta ha declarado la fiesta de interés nacional. Estos y esfuerzos similares en otras comunidades pueden que amortigüen y retrasen una decadencia que pueden dejen la fiesta en algo exótico e intrascendente en vez de la que durante siglos ha sido una de las fiestas españolas más importantes en la vida de la nación

Leave a comment