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POBRE ANDALUCIA

Hace muchos, muchos anos, recién llegado a este país, (1958) me presentaron a un individuo en una fiesta. Dándose el caso de que ambos éramos extranjeros nos preguntamos mutuamente por nuestro país de origen. -Soy italiano, me dijo mi interlocutor, “pero no del sur, ¿eh?”.

Me quedé pensando. Qué interés en precisar la geografía de su procedencia. Por aquellas fechas yo sabía muy poco de Italia. Con el tiempo averigüé que el “mezzogiorno” italiano era (y lo sigue siendo) la región pobre del país, cada vez más pobre cuanto más avanza uno hacia el sur hasta tocar el extremo meridional de la “bota”. Seguro que si el italiano de marras hubiera nacido en Sicilia o Calabria lo hubiera negado.

También me enteré de que Italia, junto con Alemania, Rusia, Polonia, etc. habia enviado millones de sus hijos a los Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y primera del XX. La inmensa mayoría procedían del sur. Todos o casi todos eran labriegos, analfabetos, obligados por su condición a buscarse la vida en menesteres que nadie quería. La historia de siempre.

Yo cuando me preguntan de dónde soy no digo que soy andaluz porque la geografía no es punto fuerte del americano medio. El americano medio no sabe ni lo que es ni donde esta Andalucía. Irónicamente, ni que hay una Andalusia (asi, como lo pronunciaría un andaluz, con la ese) en el estado de Alabama y una ¡Camas! (Sevilla) en el de Washington. Y no les culpo de ello. Las regiones europeas no entran en el radar de sus conocimientos. En esto no se distinguen de los españoles. Sabe el español medio donde está la Nueva Inglaterra (New England) en los Estados Unidos? Si me preguntan de dónde soy contesto que soy español. A veces cuando oyen “Spanish” me preguntan, en su ignorancia, ¿ de donde concretamente, de Argentina, de México? Pero esto es otra historia. Los que saben dónde está España me pregunta de donde en España. Y contesto que de Sevilla, no de Andalucía. Y si persisten e inquieren donde esta Sevilla entonces les digo que en el sudoeste de la península. ¿Para que decir Andalucía si no se enteran?

Pero jamás se me ocurriría decirles que provengo del norte, aunque tenía un amigo, más bien un amigo de mi padre, que aunque nativo de Sanlucar de Barrameda, proclamaba (entre quienes no le conocían) que habia nacido en Bilbao. Tenía sus razones, (absurdas) pero también esto es otra historia. Hace años ganó gran popularidad en los Estados Unidos un ventrílocuo español, que aparecía a menudo en la televisión norteamericana bajo el nombre de “Don Wences” (lao). Era un hombre más bien brusco, con poca paciencia. Era de un pueblecito perdido en la provincia de Cáceres. Me refería que cuando una señora le preguntaba (en USA) de donde era y le cogía en mal momento le contestaba: -Señora si yo le digo a usted de donde soy usted no se entera. Asi que es que excepto cuando se encontraba en España, optaba por manifestar que era de Madrid.

No, nunca he negado mi cuna: Recuerdo los versos de Fernando Villalón:

Que me entierren con espuelas
El barboquejo en la barba
Que siempre es un mal nacido
Quien reniega de su casta

Un eminente español, (madrileño) George Santayana (Jorge Nicolás Agustín Ruiz de Santayana, 1863-1952) poco conocido en España pero un gigante intelectual en los Estados Unidos, criado y educado en Boston y profesor de Filosofía en la Universidad de Harvard, jamás cambio de pasaporte. Murio en Roma con su pasaporte español. En una gran novela suya, “The Last Puritan”, en parte autobiográfica, hacia decir al protagonista de la misma que se honraba de no haber nunca “cambiado de mujer, ni de religión y ni de pasaporte”, lo que se correspondía, excepto que nunca se casó, con su propio credo personal.

Yo amo a Andalucía, sobre todo a la que conozco bien, a la mía, a la Andalucía Baja, o sea Sevilla, Cádiz y Huelva. La amo, pero como se ama a una hija tonta. Como odio los nacionalismos ni me vanaglorio de ser español ni, mucho menos, de ser andaluz. Yo no soy como algunos españoles, transterrados voluntariamente como yo, que son españoles profesionales y lo proclaman en todas partes, a todo el mundo y a todas horas. Desde que se levantan hasta que se acuestan ejercen su profesión de español en todos los aspectos desde las pegatinas en el coche hasta observar las horas de las comidas.

A mí me parecen puras pamplinas todo eso de la “patria andaluza”, la bandera blanquiverde, el himno de Andalucía, las expresión “andaluces y andaluzas” (que en la lógica de sus adherentes debería ser más bien “andaluzos y andaluzas”) y lo del “padre de la patria” un buen señor que si no hubiera sido salvajemente fusilado estaría hoy tan ignorado como lo fue durante la Republica (1931-39), cuando nadie ni en España ni en la misma Andalucía le hacía caso.

Porque ¿de qué podemos enorgullecernos de Andalucía? Sobre todo en los tiempos que vivimos, que se remontan a muchos, muchos anos. ¿Qué hay en Andalucía que infunda respeto en el mundo? La triste realidad es que estamos a la cola de Europa en muchos aspectos, sobre todo en educación, en la que después de treinta años de funesto desgobierno no hemos producido sino una juventud funcionalmente analfabeta que es el hazmerreír de Europa y una legión de ni-ni, parásitos de la economía familiar, cuyo único norte es prepararse los lunes para la asquerosa botellona del fin de semana.

Originamos en Andalucía productos agropecuarios que deleitan a consumidores tanto nacionales extranjeros y difunden el nombre de España (no de Andalucía) por todas las latitudes. ¿Pero dónde están las industrias (excepto Abengoa, una verdadero triunfo, porque la tan cacareada industria aeronáutica no es sino mero ensamblaje), el desarrollo tecnológico de propia creación, el espíritu emprendedor, en fin todas la claves de progreso y crecimiento? Como digo, aborrezco los nacionalismos y huyo de comparaciones inútiles pero yo podría pavonearme si hubiera nacido o viviera en países como Singapur, donde nadie echa papeles por las calles, (Sevilla es una de las ciudades más sucias de Europa) o cualquiera de los países escandinavos, que van a la cabeza del mundo en muchos sectores, entre ellos los sistemas de educación o, sin ir más lejos, algunas de las regiones españolas que tradicionalmente se han destacado por encima de las del resto del país.

En Andalucía el que reúne cuatro perras y quiere invierte sus dinero (mal o bien ganado) lo primero que hace es comprarse un cortijo o un buen sillón del que no se levanta sino para ir al banco a cortar el cupón. A nadie se le ocurre montar una fábrica de lo que sea.

Pena dar el destino de los millones que ha entrado en Andalucía cuando mamábamos de las ubres de la Comunidad Europea. En los tiempos del imperio la plata de la Indias se la apropiaban los banqueros que asi se resarcían de sus cuantiosos préstamos a la Corona. En nuestros tiempos los ríos de oro provenientes de la tal comunidad se han invertido en programas inútiles cuando no han ido a los bolsillos de corruptos políticos.

Asi andamos. Ya no se airea el slogan “Andalucía imparable”. Para mi que hace muchos años que está parada, bien parada.

EL MUNDO VISTO A LOS NOVENTA AÑOS: EL TEATRO

Continuando con nuestro relato de vivencias a lo largo de mis noventa años iba a titular este segmento OTROS ESPECTÁCULOS, o sea actividades culturales, (más o menos), orientadas hacia los grandes públicos. Pero después de pensarlo decidí que espectáculos es una palabra muy larga y muy fea, con un acento esdrújulo absolutamente necesario si no queremos caer en un vocablo nada de elegante. Curioso, jamás en mi vida he oído a nadie, letrado o analfabeto que haya al pronunciarla desplazado el acento de su sitio. Aunque sí recuerdo una noche, en el teatro San Fernando, cómo la inmortal Lola Flores, de jovencilla, en sus comienzos, al finalizar una maravillosa actuación junto a su compañero de entonces el no menos grande Manolo Caracol dio las gracias al público comiéndose la S y la primera C saliendo la cosa como “epetáculo”. Bien, dejemos la ortografía y vayamos a lo que íbamos, al teatro.

En el siglo XX el teatro nacional llego a su más alta expresión después de la brillante explosión del siglo XVII porque el XVIII queda reducido a los Moratín, padre e hijo (Nicolás y Leandro) y el XIX, a grandes rasgos, a Adelardo López de Ayala, andaluz, de Guadalcanal, y al inmenso Echegaray, nuestro primer premio Nobel.

No por nada el siglo XX viene siendo conocido como nuestro siglo de plata. En el brillaron antes de la guerra, Valle Inclán, Benavente, (otro premio Nobel), y García Lorca fusilado en nuestra guerra civil por los nacionales como lo fué, pero por el bando contrario otro dramaturgo de nota, Pedro Muñoz Seca. También Carlos Arniches y los hermanos Alvarez Quintero. Después de la guerra también tuvieron fama, entre otros, Alfonso Paso, Alfonso Sastre, Edgard Neville, Calvo Sotelo, Jardiel Poncela y dos grandes estrellas, Antonio Gala (también novelista y poeta) y Antonio Buero Vallejo. En el exilio, Max Aub, Alejandro Casona y la actriz Margarita Xirgu, quien, que yo sepa fue, entre actores y actrices, la única que se exilió, aunque para mí que fue un exilio voluntario.

En los años cuarenta y cincuenta venían por Sevilla caso todos los años varias compañías teatrales de fama entre las que descollaban las de Rafael Rivelles y María Fernández Ladrón de Guevara, Valeriano León y Aurora Redondo, y Tina Gascó y Fernando Granada . Todos representaban piezas de evasión, astracanadas y género ligero e intrascendente. El teatro de Benavente estaba ya anticuado y el de García Lorca, que se habia convertido en un mito republican, era todavía, en plena dictadura franquista, irrepresentable. Durante los años cuarenta e incluso cincuenta el país estaba aún muy marcado por los horrores de la guerra y ansiaba divertirse. Habia excepciones. Una fue “La muralla”, de Joaquín Calvo Sotelo con Rafael Rivelles y María Fernández Ladrón de Guevara, una llamada a la conciencia donde se cuestionaba la ética de los vencedores en la guerra civil. Esta obra la vi en el venerable teatro Cervantes y dio bastante que hablar. Por cierto que vi a la misma compañía en San Sebastián (Guipuzcoa), en un inolvidable viaje que hice con mi padre en 1942, en la obra de Juan Ignacio Luca de Tena “Yo Soy Brandel”, la segunda parte de “¿Quien Soy yo”? , del mismo autor, una obra de corte psicológico. De la compañía de Valeriano León y Aurora Redondo presencie en el casi estrenado teatro Álvarez Quintero, en calle Laraña, “Manda tu Madre a Sevilla”, de José Lucio, con una desternillante actuación de Rafaela Rodríguez. Por aquellas fechas, principios de los cincuenta, vi paseando por “la avenida” (lugar obligatorio del paseo nocturno de la juventud) a un jovencísimo Fernando Fernán Gómez, que por aquellos días actuaba en una obra que no recuerdo. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo, y de esto hace más de sesenta años: muy alto, esbelto, pelo rojo vistiendo un “Príncipe de Gales”, como entonces se le llamaba a un traje a cuadros (sin duda popularizado por el frustrado Eduardo VIII de Inglaterra). Iba pontificando en compañía de dos amigos o colegas.

Obligatoriamente en el día de los difuntos se representaba en toda España el Tenorio. Yo asistí en el teatro Cervantes a una representación del mismo por el famoso Enrique Rambal, ya muy mayor y tan gordo que a duras penas podía uno imaginarse que estaba representando la gallarda figura del apuesto Don Juan.

Durante varios años el Estado subsidiaba los muy estimados Festivales de España, una serie de representaciones del teatro clásico (asi como la danza clásica). En Sevilla tales representaciones tenían lugar en el verano en el marco maravilloso del Parque de María Luisa. Era estupendo presenciar estas obras bajo un cielo estrellado en un silencio impresionante y a veces una brisa refrescante. Recuerdo con delectación representaciones muy buenas de “La Dama Duende”, y “Don Gil de las Calzas Verdes”.

Por aquellos años los teatros en Sevilla eran pocos: el San Fernando, de gloriosa memoria, desgraciada e ignominiosamente derribado, el ya citado Cervantes, el nuevo Álvarez Quintero, el teatro de la Exposición, que apenas se usaba y un teatrito Juan de la Cueva que se utilizaba mayormente para representaciones infantiles.

En 1958 traslade mi residencia a los Estados Unidos. Desde entonces he viajado a España muy frecuentemente. Asi pude conocer el teatro de Buero Vallejo (“Historia de una Escalera”) Antonio Gala, (“Porque corres Ulises”?) Alejandro Casona (que acababa de volver del exilio) y que montó en Madrid “La dama del Alba”, José Luis Alonso de Santos, (“Bajarse al Moro”) y muchas otras, una veces en Sevilla, otras en Madrid o donde quiera que coincidiera con una obra que me apeteciera.

También he visto mucho teatro en Inglaterra y en los Estados Unidos. De los tres países que conozco íntimamente creo que es Inglaterra donde mejor se hace teatro. El teatro tiene en este país una profunda raigambre, debido, sobre todo a la extraordinaria influencia de la obra de Shakespeare. No hay en el teatro español un autor que se pueda comparar con Shakespeare. El único que podría aproximársele sería Calderón de las Barca excepto que la mayoria de sus obras (autos) van impregnadas de la preocupación teológica. Shakespeare, por el contrario, toca todas las fibras del hombre y la mujer de carne y hueso. En Inglaterra todas las escuelas y por supuesto todas las universidades tienen la materia del drama en sus planes de estudios. Fuera del mundo académico existen en Inglaterra afamados centros (algunos subsidiados por el Estado) para el aprendizaje de actores y actrices y rara es la gran empresa (e incluso pequeñas) donde muchos de sus empleados no se asocian para ofrecer a la nómina representaciones teatrales en plan amateur. Existen también innumerables asociaciones y clubes que tienen el teatro como norte de sus actividades. Es por ello que los actores de cine británicos son casi todos procedentes del teatro y han adquirido una formación básica teatral que los hacen irrepetibles. Por consiguiente creo que los actores y actrices británicos son unos profesionales diríamos, con “más tablas” que sus colega españoles y americanos. Una cosa que me llamó la atención, tanto en USA como en Inglaterra fue comprobar que no existía el apuntador, personaje entonces indispensable en la escena española. Me parece, aunque no estoy totalmente seguro que ya no se utiliza esta figura en el moderno teatro español. Como no creo que los elencos hayan incrementado su memoria debo atribuirlo a novedades tecnológicas que hacen innecesario la contribución de una voz humana.

En Inglaterra, en frecuentes viajes he disfrutado de magnifico teatro, tanto en Londres como en provincias. En Strafford-upon-Avon, la cuna del mismísimo Shakespeare presencié ” El sueño de una Noche de Verano” producida por la Royal Shakespeare Company.

También he visto mucho teatro en los Estados Unidos; en Nueva York, varias ciudades en California, Washington, D.C. y por supuesto Dallas, donde resido, y otros lugares en Texas. En Fort Worth, por ejemplo, asistí a una muy buena representación, en inglés de “El Maleficio de la Mariposa” de Garcia Lorca. Este autor ha sido muy popular en este país. Hoy parece ser algo desfasado. He visto varias de sus obras, además de la ya citada: “Bodas de Sangre” y “La Casa de Bernarda Alba” también en traducciones al inglés. Algunas veces en producciones universitarias. Otras en teatros comerciales.

Hoy dia no asisto al teatro comno lo hacia cuando mi oído era bueno. Mi creciente sordera me impide gozarlo como antes. Pero en fin, aun me queda resuello para contar lo que vi y oí en mis mejores días.