¡VAE VICTORES!

Según cuenta Tito Livio, los galos, que habían declarado la guerra a los romanos, descendieron por la península italiana y en 390 (a.C.) ocuparon Roma. Los romanos negociaron con Breno, el jefe galo, recobrar la ciudad pagando un rescate en oro. Breno aceptó la oferta y fijó una cantidad. Los romanos notaron, cuando los galos se disponían a pesar el oro, que las pesas habían sido manipuladas. Los romanos protestaron. Breno, despectivamente, coloco su espada sobre las pesas para asi aumentar aun el peso exigido y exclamó Vae victis, Ay de los vencidos, frase esta que refleja las tribulaciones que se precipitan sobre todos los que han sido vencidos en una contienda.

El 1 de Abril de 1939 el general Franco anuncio que la guerra civil española (1936-1939) habia terminado. Fue una guerra cruenta, con atrocidades por ambos bandos, con fusilamientos a mansalva, con o sin encausamiento previo. Los perseguidos que no fueron asesinados perdieron bienes, carreras y honores. Nombres de calles y plazas, símbolos, y todo lo que reflejara el espíritu y las creencias de los contendientes en lucha fueron cambiados, destruidos o borrados.

Una vez la guerra terminada sobrevinieron veinte años de dictadura y casi otros veinte de “dictablanda”. Durante la primera las atrocidades y salvajadas continuaron su curso. Aun asi muchos de los que se exiliaron volvieron a España. Por de pronto el grueso de los centenares de miles que huyó a Francia a la caída de Cataluña volvió a casa. También retornaron, durante esta época dura del nuevo régimen y entre otros muchos, varias personalidades, entre ellas el famoso novelista Pio Baroja y los fundadores de la Agrupación al Servicio de la Republica, es decir, el afamado médico y ensayista Gregorio Marañón, el filósofo José Ortega y Gasset, y el novelista Ramón Pérez de Ayala, dándose la circunstancia de que los hijos de estas tres lumbreras de la intelectualidad republicana pelearon en la guerra con las fuerzas de Franco desde los primeros días.

También volvió, en 1957, el general Vicente Rojo Lluch, jefe del Estado Mayor del Ejército de la Republica, creador del ejercito popular, artífice de las batallas de Brunete, Guadalajara, y Teruel, y planificador del famoso paso del Ebro, que, por audaz, sorprendió a los nacionalistas.

Durante la dictablanda siguieron volviendo a España personalidades tales como Segismundo Casado, el coronel republicano que se sublevó contra el último gobierno de la Republica, presidido por Juan Negrín y que intentó un armisticio en los últimos días de la guerra. Recordemos también a Claudio Sanchez Albornoz, eminente historiador, que llegó a ser nada menos que presidente de la Republica Española en el exilio.

Quiero con todo esto decir que no sería la España de Franco el país siniestro que quieren hacernos creer, cuando todo el que no tuviera un sangriento historial daría por seguro no ser perseguido (aunque algunos fueron vigilados e incluso encausados previo a ser puestos en libertad) si elegía regresar a la patria. Ciertamente todos murieron en libertad.

Y por último, también en esta época de la dictablanda las Cortes promulgaron, en 28 de Marzo de 1969, una Amnistía por la que se perdonaban todos los crímenes cometidos con anterioridad al 1 de Abril de 1939, casi exactamente treinta años después de la terminación de la guerra. No tengo noticia de ningún pez gordo que hubiera vuelto como consecuencia de tal Amnistía. Pero llamo poderosamente la atención los casos de algunos republicanos que se reintegraron a la sociedad, que no volvieron porque nunca salieron ni de España ni de sus encierros, después de haber pasado treinta años sin salir a la superficie.

Franco murió en 1975 e inmediatamente, como prescribía la ley, se entronizó la Monarquía. Después vino la Transición donde después de mucho dimes y diretes se llegó a una conclusión: mejor enterrar para siempre la guerra y olvidarse de ellas. No ha habido ni vencedores ni vencidos. Hubo una Amnistía General, en Octubre de 1977. Pero antes de la Amnistía, dos importantes personajes de la Republica aterrizaron en Barajas. Uno fue Dolores Ibárruri, La Pasionaria, ardiente paladín del comunismo, y otro su compañero de partido (aunque en los últimos años habia renegado del modelo soviético y se habia declarado Eurocomunista,) el camarada Santiago Carrillo. La primera llegó a Madrid en Mayo de 1977 y el segundo se adelantó a ella y apareció en 1976. Las fuerzas que componía la Transición tuvieron que aguantar carros y carretas para llegar a un acuerdo. La gente de la derecha se tuvo que conformar con aceptar la legalización del Partido Comunista y la presencia (y eventualmente escaños en el Congreso de los Diputados) de la Pasionaria, la bête noir del franquismo, y Santiago Carrillo eminentemente sospechoso de la autoría de la matanza de Paracuellos del Jarama. La izquierda también tuvo que transigir con prestar acatamiento a la Monarquía y dejarse de la Republica, por lo menos de momento.

Y asi es como vino la Constitución de 1978 y entramos en una democracia para todos los gustos.

Pero el espíritu cainita no duerme en España

Gradualmente empezaron a publicarse y oírse tramañas acerca de cómo fue la España de Franco y como fue la segunda República. En una palabra: se venía a distorsionar la Historia con mayúscula. Esta situación se exacerbó durante el largo periodo del gobierno socialista bajo Felipe González.

Finalmente la bomba explotó bajo la égida del presidente socialista Rodríguez Zapatero y su Ley de la Memoria Histórica de 28 de Octubre de 2007. Bajo esta ley, entre otras cosas, la izquierda española intentó implantar la legalidad democrática alcanzada no con la transición sino con la implantación de la Republica en 1931.

Ya antes de esta ley empezaron a eliminarse los vestigios del franquismo. Asi, en Madrid se retiró una estatua ecuestre del general Franco. La ley, una vez promulgada, ordenaba la retirada de toda la simbología franquista, incluido escudos, insignias, placas, y por supuesto las estatuas ecuestres del “caudillo “de las que se retiraron entre otras las de Burgos y Santander, que yo recuerde. Preguntado el ex jefe del gobierno Felipe González sobre su opinión sobre la retirada o demolición de tales estatuas se manifestó opuesto a ello: “Es historia”, manifestó. El afán por destruir todo lo que estuviera ligado con la época franquista llego a tal extremo que muchos urgieron dinamitar todo el entramado del Valle de los Caídos.

Pero el rencor y el espíritu de venganza no descansaban. Habia que humillar al “enemigo”, hacerle ver que la guerra no estaba terminada, como intentaba el espíritu de la transición. Y asi empezó a construirse una historia de la República y de la época franquista totalmente falsa. Los tópicos eran numerosos. La República fue una democracia. La España de Franco fue un sinestro infierno, un estado policía. La España de Franco era un país atrasado, cerrado al progreso en todos los órdenes. Etcétera, etcétera. Pero de todas estas falsedades, las me más me solivianta es el bulo de que la España de Franco fue un “páramo cultural”.

Veamos. Desaparecidas o exiliadas algunas brillantes figuras de las letras, las artes y la ciencia, (algunas voluntariamente) España no quedo desprovista, en absoluto, de otras igualmente brillantes estrellas. Viejas plumas, unas interiormente exiliadas otras partidarias del régimen, tales como Baroja, Azorín, Pérez de Ayala, Sánchez Maza, y Eugenio D’Ors se vieron sucedidas por una constelación de jóvenes novelistas que contra viento y marea (léase censura) florecieron en aquel que nos hacen creer desierto cultural :Agustín de Foxá (también poeta), Carmen Laforet, Luis Martin Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Carmen Martin Gaite , Rafael García Serrano, Aquilino Duque y los grandes Miguel Delibes y Camilo José Cela, Premio Nobel.

¿Quién osa decir que con la muerte de Lorca y el exilio de Cernuda, Guillen, Salinas, Alberti y León Felipe se extinguió la poesía en la España de Franco? Ahí están, para desmentirlo, Manuel Machado, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre (otro Premio Nobel) Leopoldo Panero, José Hierro, Gabriel Celaya, Blas de Otero y Dionisio Ridruejo.

¿Pero es que hay hoy un dramaturgo que se pueda comparar con Antonio Buero Vallejo?¿O un compositor como Joaquín Rodrigo?¿O un maestro de la guitarra como Andrés Segovia?

Todos ellos crearon e interpretaron en ese “páramo cultural” de la España de Franco.

Podría seguir y enumerar grandes figuras, algunas verdaderos genios en la pintura, la escultura, la arquitectura, la danza, el canto y la música popular y en varios otros campos de la creación incluidos la ciencia y la filosofía.

Pero ¿para qué? Cuarenta años de falsificación de la Historia han influido poderosamente en varias generaciones de españoles que creen a pie juntilla lo que leen (incluso en libros de texto) y escuchan de plumas y labios envenenados por el rencor y sumidos en la ignorancia. Tantos años de que lo que cuento han transcurrido que casi nadie de tales embaucadores y mentirosos llegaron a conocerlo. Yo, como superviviente, (nacido en 1924) testigo ocular y auditivo puedo atestiguar sobre la falsedad de tales patrañas. Pero una derecha cobarde, que pudo salir al paso de tanta mentira “ab initio” y escogió no hacerlo, y una tendencia a cortar por lo sano todo lo que huela como “políticamente incorrecto” han contribuido a dar la puntilla a todo lo que sea restablecer la verdad.

Por lo tanto los vencedores han, después de todo, perdido la guerra. ¡Vae victores! ¡Ay de los vencedores!

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