El mundo visto a los noventa (y pico) de años: la vestimenta y la apariencia fisica

En entradas anteriores hemos pasado revista a determinados cambios que se han venido sucediendo a lo largos de casi mis cien años de existencia. Han sido los inventos y descubrimientos, el teatro, los toros,

Nati Mistral

los deportes y los medios de transporte. Nos toca ahora examinar las costumbres, empezando con la vestimenta y la apariencia física de las gentes que la usaban. Nacido en 1924 no pude alcanzar la moda femenina de la primera década del siglo (el XX, por supuesto) pero por las fotografías en publicaciones de la época se puede colegir que las faldas eran (seguían) siendo largas, hasta rozar el suelo y, por lo que me contaban mis padres, sabemos que los hombres suspiraban cada vez que alcanzaban a vislumbrar el tobillo que accidentalmente dejaba alguna fémina al descubierto.

Santiago Ramon y Cajal,
Premio Nobel 1906

Para la fecha de mi nacimiento el mundo estaba inmerso en los roaring twenties, los estrepitosos veintes. Las barbas hacia tiempo que habian desaparecido. En España aún quedaban algunas barbas célebres, entre ellas las de el eminente Premio Nobel Santiago Ramon y Cajal y las del famoso catedrático Miguel de Unamuno.

Miguel de Unamuno

En los años veinte los hombres aún usaban el sombrero y el bastón. En cuanto a las mujeres las faldas se acortaron hasta por encima de las rodillas. Y, sirviendo a la nueva moda, las mujeres se cortaron el cabello y lucieron un peinado que vino en llamarse a la garçonne./ Hay un chotis, con un número, “Las Taquimecas”, de la revista musical “Las Castigadoras”, que refleja la época. Cantado por los años sesenta con picardía madrileña por la insuperable

Nati-Mistral decía así:

Con la falda muy cortita, muy cortita
Luciendo el talle
El pelito muy cortito, muy cortito
Voy muy airosa por la calle…. etcétera.

Las faldas largas, hasta el suelo, pasaron de moda pero algunas mujeres las siguen utilizando pero de forma casual, como alternativa a faldas cortas (que a veces, como en los veintes, se quedan por encima de las rodillas) o para asistir a una elegante soirée donde los hombres pueden vestir de smoking.

Volviendo a los hombres, como las barbas habian desaparecido los barberos, empezaron a llamarse peluqueros y no sé por qué, porque las pelucas, que supongo seguían usándose eran tan escasas, y sobre todo tan,en su mayoría, invisibles que no encuentro justificación que de pie a la denominación de tan largo gremio. Había uno del tal gremio en Barcelona, que se anunciaba así: Pedro Pellicer, peluquero, perfumista, prepara, pinta pelucas para personas poco pudientes por pocas pesetas. También contribuyó a la decadencia (relativa) de este colectivo la generalización b de las maquinillas de afeitar, inventadas en los Estados Unidos por un tal Mr. Gillette. Allá por el año 1935 oía yo un anuncio por la radio que comercializaba una hoja de afeitar. Era una cancioncilla entonada por un dúo. La soprano arrancaba así:

Que es lo que te ha pasado querido mío
¿Es que vienes de un desafío?

El barítono le contestaba:

Es muy sencillo, te lo diré
Que me estaba afeitando
Y me corté.

Acto seguido la soprano le cantaba las excelencias de las hojas de afeitar Iberia.

Las barbas estuvieron ausentes durante varias décadas y reaparecieron, en España al menos, en la década de los setenta, mayormente en las caras de los antiburgueses y de los anti-establishments. También la usaron algunos políticos, sobre todo de izquierda. El primer gobierno de Felipe González (quien nunca las usó, por cierto) incluía varios ministros barbudos. Decayeron las barbas con el comienzo de la nueva y presente centuria para resurgir con fuerza poco después con la diferencia de que las actuales barbas no airean en sus adheridos ni diferencia de clases ni de tendencias políticas. Simplemente, están de moda.

En los Estados Unidos se popularizó entre los hombres a principios de los años cincuenta un corte de cabello que dejaba la cabeza con el pelo muy corto. Vino en llamarse crew cut o estilo de tripulante (de barco, por supuesto), influencia directa de hábitos adquiridos durante la recién terminada guerra mundial. Coincidió con la moda de las bobby soxers, o sea, la de las adolescentes, que consistía en calzar unas a modo de zapatillas de tenis con unas tobilleras blancas. Estas modas no pasaron a través del Atlántico a Europa (ni del Pacífico a Asia).

En cuanto a las prendas de cabeza ambos sexos continuaron usándolas en la primera mitad del siglo. El llorado Gregorio Marañón, en unos de sus magistrales ensayos (quiero recordar que Vida e Historia) sostenía que el sombrero era un vestigio de la corona, símbolo de autoridad y jerarquía. Durante la guerra civil española la zona republicana, dominada por la coalición antiburguesa del Frente Popular determinó eliminar el uso del sombrero. Justo a la terminación de la guerra (1939) un sombrerero sevillano (Padilla Crespo se llamaba) se anunciaba en sus escaparates con el mensaje comercial Los rojos (los republicanos) no usaban sombreros. Estos accesorios cayeron en desuso, para ambos sexos, allá a fines de los años cincuenta. Mis lectores (si es que los tengo) de cierta edad recordarán las fotos del presidente Kennedy, quien resistiéndose a usarlo en la cabeza optaba, por exigencias de los convencionalismos, por llevarlo en la mano. Yo mismo lo usé en los años cincuenta. Ahí va una foto mía con la que por entonces era su novia y hoy mujer paseando por la plaza de San Francisco, en Sevilla./

Judy yo paseando por Sevilla

Uno de los ritos protocolarios en el uso del sombrero era que no era de recibo gastarlo bajo techo (exceptuando quizá una fábrica, o una cuadra, etc.). Recuerdo que copiando de aquellas películas americanas, especialmente las de “gangsters” dónde el o los malos entraban en una casa ajena u oficina pública con el sombrero encasquetado en la cabeza, entré yo una tarde en las oficinas internas de Correos a recoger un paquete con mi sombrero puesto. Un oficial me increpó duramente y me obligó o a quitármelo de la cabeza.

Otro aditamento a la moda masculina, que yo no alcancé a verlo cuando su uso era de riguer fue el bastón. Ahí va una foto de mi padre, aun jovenzuelo, con su bastón. Por lo visto su uso era bastante generalizado. No me entra en la cabeza qué añadía a la prestancia de sus usuarios el uso de tal accesorio, como no fuera utilizarlo como arma defensiva u ofensiva. A día de hoy (2019) y aparte de los impedidos el único que usa bastón en España, que yo sepa, es el famoso dramaturgo Antonio Gala, que lo lleva usando año tras año, por presunción, me imagino, porque en sus años jóvenes, que ya lo usaba, no lo necesitaría para ayudarse a andar.

Algo muy importante tuvo lugar en los años cincuenta del pasado siglo en lo que se refiere al vestuario para ambos sexos. Fue la aparición de la vestimenta casual. Esto se descubre contemplando las películas de la época con ojo crítico. Yo siempre he creído que el cine es, a mi parecer, la mejor fuente para estudiar la historia de las costumbres. En aquellas películas de los años cuarenta y anteriores es frecuente observar que apenas había diferencia en la vestimenta de los protagonistas tanto si la acción tenía lugar fuera que dentro de la casa. En cuanto se refiere a los hombres, estos llegaban a la casa del trabajo y todo lo que hacía para encontrarse cómodo era despojarse de le chaqueta. Seguían con la camisa de vestir y la corbata. Los adinerados sustituían la chaqueta por un lujoso batín, quizás de seda natural. Las mujeres podrían despojarse de su traje o vestido y enfundarse en una sencilla bata.

En los años cincuenta aparecen las T shirts, o camisetas deportivas llamadas así por la presencia de mangas cortas que así simulaba la letra T. Los pantalones de vestir se sustituían por unos de uso casual hasta que en los sesenta y de forma arrolladora se impusieron los azules jeans que hoy continúan siendo la prenda de riguroso uso para ambos sexos. Los modistos pronto encontraron la hora de diseñar esto jeans, cada uno con su peculiar estilo, para lanzar al mercado pantalones de este tipo para clientes aferrados al lujo. Pero lo que es asombroso es que esta combinación de las camisetas T y los pantalones jean es lo que la gente joven usa para todos los efectos; en muchos casos para ir a trabajo y continuar luego en la casa o afuera en lugares de diversión.

Aparte del uso de los jeans, las mujeres, (y más aún los hombres) que se escandalizaron ver en películas a la Marlene Dietrichy a la Katherine Hepburn vistiendo pantalones en sus películas resolvieron empezando con la década de los setenta abrazar entusiásticamente el uso de tales prendas a efectos formales, incluido, y muy especialmente, para acudir al trabajo. Se acabó para siempre aquello del que mandaba en la casa era el cónyuge que llevaba los pantalones. Y también la determinación, machista, de que sexo era quien se vestía por la cabeza.

Todo, a lo largo del siglo XX derivó a la simplificación. Paulatinamente desaparecieron aquel derroche de tela en el vestuario de las mujeres y el chaleco en el terno (así llamado el usual traje de caballero de tres piezas) de los hombres. Pasaron de moda entre estos el cuello duro y las complicadas corbatas para para dar paso al cuello desalmidonado y a sencillas corbatas clásicas o de pajarita. Por su parte, las mujeres dijeron adiós a las enaguas o combinaciones y hubo unos años en las que las feministas (no todas) llegaron incluso a prescindir del sujetador.

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