Una de las desdichas de la vejez es la soledad. Aunque yo no me puedo quejar. Con mi Judy es mas llevadero. Compartimos juntos la tristeza de ver como años tras años van desapareciendo los amigos de nuestra infancia, adolescencia y primera juventud. Como he dicho y escrito tantas veces. Becquer se equivocó rimando qué sólo se quedan los muertos. Y de los vivos, ¿qué?
Hace unos años un conocido mío, me dijo algo que se me quedó grabado en la cabeza: que sólo se hace amigos en la infancia. No es del todo verdad. Judy y yo hemos hecho muy buenas amistades despues de cumplir los cincuenta años; y después. Pero la excepción confirma la regla.
Con verdera nostalgia traigo hoy a mi blog las semblanzas de tres queridos amigos. Disfruto muchísimo contando sus vidas y mi interacción con ellos.
Antonio Marcos Estrada
Nos conocimos en el año 1935, hace la friolera de ochenta y siete años. Él era algo menor que yo, casi un año. Cursábamos el primer año de bachillerato en el colegio San Fernando, una institución, francesa de origen, regentada por los hermanos Maristas. La República de 1931,en vez de expulsarlos, castigo que reservó para la Compañía de Jesus, vulgo los jesuítas, los dejó vivos bajo la condición de abandonar la sotana, la que volvieron a usarla (como también regresaron los jesuitas) al producirse la sublevacion militar en 1936 y quedar Sevilla, desde el primer día, en la zona “nacional” dominada por el general Franco. Con todo, como estábamos en plena república y el gobierno no convalidaba los exámenes de fin de curso realizado por las órdenes religiosas, tuvimos que examinarnos en el instituto estatal de segunda enzeñanza “San Isidoro”, en la calle Trajano.
Antonio era altísimo, algo si como un metro ochenta (como lo era su padre). Era muy moreno y el pelo ensortijado. Antonio vivía en la calle Santa Clara y yo en Juan Rabadán, ambas en el barrio de San Lorenzo Así pues caminábamos juntos dos veces al dia, coincidiendo con las dos salidas del colegio,al medio día, para almorzar, y a las seis, fin de la jornada escolar. Nos despedíamos a medio camino, en la plaza de San Lorenzo. El padre de Antonio era funcionario municipal. Lo veo ahora como si estuviera presente: alto, muy delgado, fumador empedernido, con los dedos manchados de nicotina, vistiendo un traje de rayadillo y tocado con un sombrero de paja. La madre de Antonio era una mujer bellísima. Tambien alta y delgada, siempre sonriente. Era maestra nacional, y, por lo que oía, de gran reputación profesional. Antonio tenía un hermano, mas joven, a quien, sorprendendentemente, jamás conocí. ¿Donde se metía? Fuí a su casa infinidad de veces pero nunca coincidimos. Ahora que lo pienso quiza habría algo oscuro en todo eso. ¿Tendría algo que ver con el hecho de que su tal hermano (cuyo nombre no recuerdo) murió prematuramente alcoholizado?
Tambien tenía Antonio una hermana, la mas pequeña de los tres, también bella como su madre. Se llamaba Maruja. Con el tiempo casó con Enrique Sánchez Pedrote, profesor adjunto en la Universidad de Sevilla, musicólogo y de una simpatía extraordinaria. Era muy querido en Sevilla.
Aquellos años del bachillerato, excepto los jueves, nos veíamos poco. Al despedirnos en la plaza de san Lorenzo , a la caída de la tarde, y continuar yo para mi casa, sabía que no podríamos vernos hasta el día siguiente porque Antonio estudiaba la interminable (siete años) carrera de piano. Esta era una labor en la que la madre de Antonio, doña María, tenía sumo interés. Antonio la obedecía pero yo sabía que él no ponía su alma en ello. Terminó la carrera y abandonó para siempre el piano. En reuniones y fiestas y si había uno disponible, y solo después de insistentes ruegos accedía a tocarlo y con bastante destreza pero poco interés. Ya de casado, que yo recuerde, no tenía un piano en su casa. Sin embargo, le gustaba la música clásica, y la ópera, y más de una vez le acompañé a conciertos y representaciones.
A mï me encantaba reunirme con Antonio los jueves, en los que no teniamos clases por la tarde. La casa de Antonio (aun recuerdo su número en Santa Clara, el 33) estaba frente por frente al conocidísimo convento de Santa Clara. Era tan conocido porque en uno de sus jardines se alzaba la famosa torre de Don Fadrique, que databa del siglo XIII. Don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio (quien terminó por ajusticiarlo, como era costumbre en la época) construyó esta espléndida torre de unos sesenta metros de altura y estilo románico/gótico como vigía contra las incursiones de la morisma. Hay varias leyendas sobre esta torre y don Fadrique, pero no nos desviemos de nuestro tema.
Lo que nos atraía de la torre era que podíamos acceder a la cima (que ofrecía una espléndida vista de la Sevilla pequeñita de hace ochenta y ocho años) escalando una escalera de espiga, cosa facilísima a nuestra edad. Antes de arribar al tope de la torre nos estremecía un estruendoso ruido de alas en vuelo. Eran las palomas que anidaban en el rellano de la última planta.

La Torre de Don Fadrique
Antonio era muy inteligente (genio matemático) y terminó el bachillerato con altas notas. Antes o poco después de terminarlo murió su padre. La familia quedó en exiguas circunstancias. Antonio tuvo que trabajar para ayudar a la familia sin dejar por ello sus estudios universitarios (estudiaba Química, quizás por libre). Recuerdo muy bien verlo, a bordo de una ruidosa Guzzi, moto de baja cilindrada, dirigiéndose a gran velocidad hacia su trabajo. Creo recordar, que este, su primer empleo, fue con la fábrica de cerámicas Pickman donde era jefe o quizas subjefe, de personal ( ¡a los 19 años! ) Me contaba los apuros que pasó en una ocasión al enfrentarse con un grupo de cien obreros que amenazaban con un plante. Supo dominarlos. Porque Antonio, entre sus varios talentos, poseía el de saber mandar.
Al terminar la carrera Antonio encontró trabajo en el Instituto de la Grasa, una Institución dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que operaba en un imponente edificio de nueva planta contiguo al campo de fútbol del Real Betis, en Heliópolis. Al cabo de varios años Antonio encontró un empleo mas afines a su vocación. Porque a Antonio no le interesaba gran cosa la Quimica. Quizás debido a influencia de su padre, que era lo que entonces llamábamos perito aparejador y que trabajaba para el Ayuntamiento de Sevilla como inspector de obras, lo que le interesaba a mi amigo era la arquitectura. Antonio fue un arquitecto frustrado. Porque en aquellos tiempos, en los que Sevilla no contaba con una escuela de arquitectura, para ser arquitecto habia que mudarse a Madrid o Barcelona algo que su familia no se lo podía permitit. Su nuevo empleo fue con una constructora sevillana, SAIRU, que a la sazón llevaba a cabo la construcción de unos bloque de pisos de lujo en el Prado, a la trasera del recinto reservado para la Feria de Sevilla, antes de su reubicación en el barrio de los Remedios. SAIRU pronto descubrio su valía, tanto que además de un puesto en el consejo de administración y un generoso sueldo le ofreció, a precio de costo, uno de los pisos en construcción. Antonio aceptó la oferta y una vez terminado el piso lo alquiló a una pareja de aquellos norteamericanos que se asentaron en Sevilla a raiz del tratado de Mutua Ayuda y Defensa que el gobierno español y el de los EE.UU. concluyeron el año 1952. Se acabaron las penurias. Antonio había alcanzado un nivel de afluencia muy superior al resto de sus amigos y compañeros universitarios, pero a costa de un régimen de trabajo brutal que apenas le daba tiempo para el ocio. Pero Antonio no se quejaba; al contrario, disfrutaba. No he conocido a nadie, en mi larga vida, con tanta dedicación y amor a su trabajo.
Ya en edad militar Antonio y yo coincidimos en el campamento de las Milicias Universitarias en Ronda (IMálaga) en i946, el de alférez (de complemento) de artillería y yo con el mismo grado pero en infantería. Incluyo una orden del dia en Julio de tal año en el que nuestros nombres aparecen juntos con expresión de los deberes que nos corrrespondía
.
Un desgraciado noviazgo me aisló de Antonio durante varios años. Fue un noviazgo a la antigua usanza, con visitas diarias después de mis estudios o trabajo, y paseos dominicales con la “carabina”. Fueron años estériles, la peor época de mi vida. Cuando rompí con mi novia y dispuse libremente de mi tiempo reanudé contacto con Antonio. Para entonces el había formado amistad con varios sus compañeros universitarios. Me uní al grupo, que me acogió con curiosidad y luego con afecto. Algunos de ellos llegaron a ser buenos amigos míos.
En 1953 conocí a Judy, hoy mi mujer, con la que llevo casado 66 años. En aquel entonces Judy era profesora del Instituto Británico y vivía, sola, en Sevilla. Nos hicimos novios y pronto se unió conmigo al grupo de amigos de Antonio

Judy en 1953.
Unos cuantos de este grupo eran, sin ser capillitas, entusiastas de la Semana Santa. Veíamos las cofradías no sentados en la carrera oficial sino en lugares estratégicos seleccionados por Antonio, quien tenía la rara habilidad de calcular con precisión a qué hora un determinado paso,de virgen o cristo, tendría que pasar por el lugar escogido. El efecto era mágico: un ángulo especial en cierta esquina, un crucifijo midiendo la estrecha calle de Placentines, los rayos de un sol decadente traspasando los varales de un paso de virgen, en fin, esos momentos que hacen a la Semana Santa de Sevilla única y especial.
Entre paso y paso entrábamos en algun bar a degustar vino de jerez con sus correspondientes tapitas. A esto, en consonancia con lo que estábamos celebrando, le llamábamos hacer el via crucis. Después del tentepié salíamos a la carrera hacia siguiente lugar, Antonio liderando el grupo con la guia oficial en la mano. Y así hasta el otro dia. Llegábamos a casa derrengados pero felices.
El grupo universitario al que pertenecía Antonio y al que me uní, con Judy, estaba abonado a una caseta de la feria de abril, para cuyo sostenimiento mantenía un fondo al que cada socio contribuía una cantidad mensual a través de los años. Las festividades de feria eran de un gozo infinito. La genta llegaba a su recinto en el Prado de San Sebastián sobre las doce del mediodía a contemplar el desfile de coches y caballos. Después, a almorzar en la caseta. Los que no iban a los toros se iban a casa, a dormir la siesta de rigor y aparecian en la caseta sobre las ocho o así. Las chicas iban vestidas de flamenca; las mayores, algunas de ellas, lucían su mantón de manila, Los hombres, cómo les daba la gana. No existia la costumbre actual, que juzgo absurda de usar chaqueta y corbata. Los mas jóvenes bailaban las sevillanas, hasta el hartazgo, a los acordes de un piano alquilado. Siempre había alguno (nó Antonio) que sabía tocarlas. Nadie se emborrachaba, o muy pocos, ni habia necesidad de mantener el orden para garantizar una noche de paz y regocijo.
A todo esto Antonio estaba desemparejado. Creo que fué en 1954 o 1955 que Antonio conoció a Maruja Ortiz, quien pronto se unió al grupo durante la Semana Santa o Feria, pues ella residía en Madrid. Maruja era diez años mas joven que mi amigo, una verdadera cría. Su padre era un eminente sevillano, don Luis Ortíz Muñoz. Don Luis era profesor de griego (clásico) en un destacado instituto de segunda enseñanza de Madrid. En los tiempos a que nos estamos refiriendo don Luis estaba en excedencia de su profesorado y ostentaba el cargo político de Subsecretario de Educación Popular, a las órdenes del ministro Ibáñez Martín. A él de debe, en parte, la creación de la Universidades Laborales. Maruja nos contaba como había acompañado a su padre a un viaje por Estados Unidos. Don Luis llevaba el encargo de de inspeccionar varias universidades y estudiar su organización y funcionamiento.
Un año el grupo decidimos ir al Rocío. Alquilamos un camión y llevábamos provisiones y bebidas para los tres días que pasaríamos juntos. Por la noche las novias dormían en la batea del camión, asegurada su privacidad con una improvisada cortina, y los hombres descansaban debajo del camión, vestidos y bajo mantas, para resguardarnos, en lo posible, del relente de la madrugada. El Rocio eran entonces un sencillo festival primordialmente religioso con una pincelada folklórica. En la aldea habia poquísimas edificaciones. Alli no había sino sevillanos y onubenses. No era el acontecimiento multinacional y frívolo que recogen las páginas del !HOLA¡ de nuestros días.
en 1956 me casé con Judy, en la Macarena, de cuya cofradía habia sido fiscal primero, siguiendo la tradición, pues mi padre había sido un mayordomo de leyenda. Como regalo de boda Antonio mandó construir una estantería para libros, de hierro, pintada en blanco que aún conservo.
En 1957 nació nuestra primera hija, Victoria (Vicky). Antonio fué su padrino de bautismo. Mi hermana Rosalía (q.e.p.d.) fué la madrina.

Le conocí varios coches. El primero fue el mítico SEAT 600, con el que, después de casarse, creo que en 1959 o 1960, estando ya nosotros en Estados Unidos, hizo el viaje de novios. Me escribía que su intención, y la de Maruja fué llegar a Roma. Pero se les acabó el dinero al lleg ar a la frontera italiana y tuvieron que regresar a casa. Que por cierto yo no le conocí otra casa, aparte de su piso en Jerez, al que viajé una vez en uno de mis viajes a España, que la de su piso en la calle Virgen de la Antigua, en los Remedios.
Después de varios años trabajando para SAIRU Antonio recibió una oferta que no podía rehusar: trabajar como director de obras para una firma de alcance global: González Byass. Como en SAIRU, se hizo indispensable. Al cabo de algun tiempo formó parte del consejo de administración . Encontró un piso en Jerez e iba a Sevilla a su otro piso en los Remedios para encontrarse con sus hijos, enfrascado entonces en sus tareas escolares. Una fiel sirvienta, a quien llamaban la Tata, cuidaba de los hijos e imponía orden y concierto. La Tata, adorada por Antonio y su familia murió en el seno d e ella.
Hice varios viajes con Antonio. El primero, que yo recuerde, fue a Mazagón, y nos acompañó su buen amigo, quien también lo llegó a ser mio, Serafin Márquez. Serafín vivía en Sevilla, donde enseñaba matemáticas. Luego sería profesor de la misma materia en la Universidad Laboral de Sevilla.Serafín, años mas tarde se casaria con Rocío, prima hermana de Maruja. Ambos, Serafin y Rocío, han pasado a mejor vida. El motivo de ir a Mazagon era, primero, el deseo de Serafin de saludar a su familia, pues él era natural de ese pueblo y segundo, pasar dos noches en la playa de Mazagón, que entonces estaba totalmente virgen. Serafin, con varios listones y sábanas construyó en un santiamén una cómoda y amplia tienda de campaña donde dormimos en unos colchones, que, como las sábanas, provenían de su casa. Recuerdo que fueron noches de luna llena. Caminábamos a lo largo de la orilla charlando de mil cosas y volviamos derrengados a la tienda, nos tumbábamos en los colchones……..y seguíamos hablando hasta que el monótono rugido de las olas en un marea creciente nos inducía al sueño.
No fué esta la única vez que visité Mazagón. Muchos años despues pasé unos días con Antonio y Maruja en el chalet que se habían construido en dicha playa. Y una tercera vez, años mas tarde, con Judy.
Con Antonio en Mazagón
Otro viaje, también con Serafín fué a un lugar, que no recuerdo, en la provincia de Huelva. A este viaje vino también mi novia, Judy. Viajamos en tren de única clase (tercera) rodeado de labriegos con sus correspobdientes gallinas. Nos alojamos en una fonda, limpia, pero sin cuarto de baño, ni agua caliente ni calefacción. ¡Y estábamos en el mes de Diciembre! Por aquellas calendas los novios no compartían la cama. Cada mochuelo a su olivo. Es decir, cada uno a su (gélido) cuarto. Pero éramos jóvenes y felices.
Con Antonio y Serafín en la provincia de Huelva (Foto tomada por Judy)
Otro viaje fué a la raya con Portugal, en la provincia de Huelva. Fuímos con un arquitecto de SAIRU. Yo estaba aquel verano de 1957 de “Rodríguez”. Judy estaba embarazada de Vicky y habia volado a Inglaterra buscando la compañia de su madre a la hora del parto. Villareal do Santo Antonio era un pueblecito como otro cualquiera de Andalucía con el mismo nivel de población. Con una diferencia; España no había salido aún de la autarquía, sin contacto, o mínimo, con el exterior. Así que nos encontramos en las modestas tiendas de Villareal artículos desconocidos en España: aspiradoras, aparatos de televisión, etcetera. Yo me compré una afeitadora eléctrica.
El añó 1958 viajé a lo Estados Unidos con una beca Fullbright de graduado (fellowship). Para evitar engorrosos trámites burocráticos Judy y yo acordamos volar para USA desde Londres. Yo me quedé en Sevilla un par de semanas atando cabos. Dió la casualidad, cuando me disponía a volar desde Madrid a Londres, que Antonio se encontraba en la capital de España. Pasé con él dos dias. Recuerdo que me acompañó a las oficinas de Iberia, que estaban en la planta baja del hotel Palace (el que por cierto fué la primera etapa en mi luna de miel) y me regaló un “best seller”, Memorias de un Señorito, de Darío Fernández Flores y que me lo dedicó recordándome que viajaba a un país donde se desconocía este género de la especie humana.
El verano de 1962, nuestra primera visita a España desde que salimos en el 58 para Estados Unidos, viajamos los dos matrimonios por la Castilla profunda. Seleccionamos Segovia y Ávila. No recuerdo si lo hicimos en SEAT 600 u otro coche. Disfrutamos mucho y al regreso, en Madrid asistimos a una representacion teatral, La Sirena Varada, de Alejandro Casona. Alejandro Casona era un autor republicano que había vuelto del exilio aprovechándose de la tímida política aperturista del ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne quien había sucedido al meapilas Salgado (todo tapado) que con Fraga, muy exageradamente, devenía en hasta la braga.
Mas tarde,creo que a fines de los ochenta,estando ya Antonio trabajando para González Byass me invitó mi amigo (Judy no vino a España aquel año) a hacer un viaje de inspeccion de las obras en curso en varias bodegas que su empleador poseía en otros lugares de España y que producían bebidas que no tenían nada que ver con los caldos jerezanos. Fué entonces que supe que González Byass, como otros bodegueros de Jerez, diversificaban su producción para proteger sus inversiones.
Salimos de Sevilla, no recuerdo en que coche y nuestra primera parada fuén Chinchón, un pintoresco pueblo en la provincia de Madrid. Entonces GB era propietaria del Anis Chinchón. Recorrimos el pueblo y pasamos la noche en su atractivo parador. Antonio mandó hacer una preciosa botella con los nombres de Judy y mío inscritos sobre la misma, que aún conservamos.
De Chinchón pasamos a Guadalajara, donde admiramos el palacio del Duque del Infantado, que creo hoy es un museo y de alli directo a Sigüenza donde contemplamos en su catedral la estatua del famoso Doncel de Sigüenza, Martín Vázquez de Arce, un militar de la guerra de Granada (siglo XIV).
Habíamos proyectado parar en Burgo de Osma y visitar su afamada catedral pero nos sorprendió una tempestad. Llovía a cántaros y no pudimos encontrar un aparcamiento. Desistimos y proseguimos hacia Soria. A todo se me ocurre ahora si esta “visita de inspección”, sin prisas y con tantas paradas, no era sino un pretexto que Antonio, que gozaba de plena autonomía en su trabajo,se había buscado para echar conmigo varios días disfrutando del turismo cultural que tanto nos gustaba.
En Soria paramos en su bello parador, lleno de evocaciones del paso por la ciudad de Antonio Machado. Y por fin llegamos a Logroño y a la bodega Beronia, nuestro proyectado destino, productora de un afamado vino de Rioja.
Nos despedimos en Madrid, donde yo tenía que hacer unas gestiones antes de embarcar para Estados Unidos.
En Septiembre de 1998, y después de muchos ruegos Antonio y my hermana Antonia (“Chica”) con sus respectivos cónyuges, Maruja y José Antonio Gómez Calleja, se decidieron venir a Estados Unidos a visitarnos. Confeccionamos un programa de viajes con los yo querïa mostrarles la honda influencia de España sobre EE.UU. Falló la visita a Nueva Orleans pues las fechas elegidas coincidieron con un huracán de esos que se lo lleva todo por delante. Pero aún quedaba Texas y Nuevo Méjico.
Alquilé un Volkswagen de siete plazas. Conmigo al volante, visitamos antes que nada la vecina Fort Worth, a 47 kms de Dallas, que se supone ser la entrada al Far West (Lejano Oeste). Desafortunadamente se desancadenó sobre nosotros una espantosa ola de calor que nos acompaño todo el tiempo de la visita.
Después de Fort Worth proseguimos en coche hacia San Antonio, Texas. San Antonio es una pintoresca ciudad cruzada por el rio San Antonio, cuyas orillas estgan plagadas de restaurantes de toda índole. Es eminentemente hispanoparlante, fuertemente influenciada por la cultura mejicana. San Antonio es la ciudad donde las señoras ricas mejicanas de la rica ciudad de Monterrey (Estado de Nuevo León) vienen a comprar ropa y cosmética. Mas importante San Antonio alberga un mito tejano y hasta nacional: El Álamo, que había sido una misión dieciochesca en el Virreinato de Nueva España
Para 1820 Méjico, que incluía Texas, se había independizado de España y en 1836,Texas, a su vez, se había proclamado independiente de Méjico.En dicho año y en El Álamo, por entonces secularizada y convertida en un fuerte, un puñado de tejanos resistieron el acoso de un numeroso ejército mejicano. El Álamo es un trasunto de nuestro Alcázar de Toledo en nuestra guerra civil, con la diferencia de que los que resistieron en el Alcázar fueron eventualmente liberados mientras que en El Álamo todos fueron masacrados. Hoy (y en 1998) el mito está conservado por las Daughters of the Texas Revolution (Hijas de la Revolución de Texas y recibe nutrido turismo estatal y nacional.
Pasamos la noche en San Antonio donde devolvimos el coche a la agencia que nos lo había alquilado y volamos a Alburquerque (sí, con dos erres en vez de la una nuestra), la capital de Nuevo Méjico (New México). Alli alquilamos otro coche, un Land Rover. Nuestro destino era Santa Fe. A pesar de su elevada altitud, hacía bastante calor. Santa Fe es una mis ciudades favoritas en Estados Unidos. Si la huella española en San Antonio está fuertemente erosionada por la cultura mejicana, en Nuevo Méjico, lo está, aunque bastante menos, por la de los indios nativos, los que en mi niñez llamábamos pieles rojas. Hay varias tribus en Nuevo Méjico: Apaches, Navajos (la mas numerosa) y otras. Aunque muchos estan integrados en la cultura de la mayoría, muchos también viven agrupados en reservas con su propio gobierno y cultura, protegidos por tratados entre las tribus y Estados Unidos. Algunas de estas reservas estan acotadas. Otras están abiertas al publico a determinadas horas pero no gratuitas.
Lo que mas llama la atencion en Santa Fe es el estilo de construcción llamado adobe, que impera en iglesias, oficinas públicas, hoteles, centros culturales,etcétera, agrupados en el centro de la ciudad, seguramente en obediencia a edictos municipales y para mostrar, con orgullo, esta expresión de la cultura indígena. Adobe son ladrillos hechos a base de agua, arena, arcilla y paja cocidos no al horno, sino al sol. A veces las vigas maestras, (y no maestras) de madera, por supuesto, sobresalen de la estructura proporcionando una inusual y atractiva imagen.
Nos alojamos en un maravilloso hotel, La Fonda. El exterior conformaba con el estilo adobe pero los espacios públicos del interior imitaba, con raro acierto, un palacio español del siglo XVII. Todo, mueblaje, ornamentos, cuadros, esculturas, tapices, armaduras posicionados con exquisito gusto lo transportaba a uno a una ensoñación de la época de la casa de Austria.
De Santa Fe pasamos a Taos, una encantadora y pequeña ciudad, estación de esquiaje y meta de las clases adineradas de Texas en busca de vacaciones invernales. Alli visitamos una reserva de la tribu de los navajos. Judy y yo la conocíamos pero nuestros huéspedes quedaron maravillados ante una experiencia unica.
Regresamos a Dallas desde donde nuestros visitantes volaron a Washington, D.C. donde se encontraron con Vicky y John, su marido y luego visitaron Nueva York como último destino.
Y un dia todo vino a su fin. Coincidentalmente me cogió en Sevilla. Judy no había venido a España en esta ocasión. Antonio venía maleando. Alguien me dijo que se encontraba muy grave. Volando me fuí a su casa. Cuando llegué estaba muerto. Fué el 5 de Octubre de 2004.
Entré en su dormitorio a verle. Estaba solo. Su rostro aparecia sereno, plácido, tal y como si estuviera durmiendo. Besé su fria frente y de pronto arranqué a llorar como no había llorado desde que murió mi madre.
Yo tuve veneración por Antonio. Era bueno, generoso, sencillo. Ganaba mucho dinero pero no se le notaba. A mi tambien me quería. En realidad yo me sentía muy a gusto con Maruja y Antonio, como si estuviera en mi propia casa. Tan de la casa me consideraban que, como en los matrimonios de larga vida, no se retraían en enzarzarse en simples rencillas domésticas a las que yo asistía alborozado a sabiendas de que pronto terminarían como agua de borrajas. Todos los años me acuerdo de él el 18 de Diciembre, el dia de nuestra Esperanza Macarena: era el dia de su cumpleaños.
En su jubilación me buscaba y regalaba libros, me escribía largas cartas en las que me describía qué era lo que hacían el y su familia, y sus muchos nietos, algunos adoptados, procedentes de la India, y yo, a veces, le pedía consejo, como si fuera el padre que se me había ido. Por eso se me vienen a la memoria los legendarios versos de amor filial:
Dió el alma a quien se la dió
el cual la ponga en el cielo
y en la gloria
y aunque la vida murió
nos dexó harto consuelo
su memoria
José Manuel Jiménez Hoyuela
Su familia y los amigos le llamábamos “Josele”. Josele era bien parecido, mas bien bajo, pálida su tez, pero su cabello no era el oro undoso del Felipe IV de Manuel Machado. Era negro como ala de cuervo. Débil de constitución, nunca pudo saltar el potro en los ejercicios gimnásticos del veraniego campamento militar en Ronda (1944-1945). Era extremadamente nervioso. Tan nervioso era que no aprendió a conducir. Una vez que se ponía detrás del volante se echaba a temblar y no daba pié con bola. Tuvo que dejarlo. Cuando llegó a tener coche lo conducía su mujer o algunos de sus hijos.ü
Dios que tan avaro fue en negarle un físico y temperamento normales le compensó largamente dotándole con una inteligencia prodigiosa. Por supuesto que en el bachillerato fué el primero de la clase pero es que luego, en la carrera (Derecho) sacó sobresaliente en todas las asignaturas y ganó el Premio Extraordinario, lo que en los paises anglosajones llaman summa cum laude.

Josele, Antonio y yo en la Plaza de San Francisco., en Sevilla.Domingo de Ramos, 1942
Josele y yo éramos parientes lejanos. Así me lo dijo un dia el mismo. Yo no lo sabía. Por lo visto, los Hoyuela procedían de la provincia de Santander. Lo pude comprobar en una visita que hice hace varios años a la capital de Cantabria. De golpe y porrazo me encontré en plena calle con un poster que anunciaba el hotel Hoyuela . La conexión era a través de mi abuela paterna, Eugenia Martínez Bajuelo, cuya familia, y ella misma, procedían también de la misma región. Un apellido común, Gómez, enlazaba ambas familias.
Josele vivía en la calle Prada. Quién iba a decirnos que este nombre llegaría a ser, con el tiempo, uno de los iconos mundiales de la moda. La calle Prada, más que calle era una calleja sombría y maloliente, poblada de gatos sin dueños, a la espalda de lo que entonces llamábamos la plaza de los Carros (porque alli se alquilaban carrillos de mano), hoy, creo, plaza de Montesión. Su casa era, no maloliente, pero tan sombría como la calleja. Su padre juntamente con un hermano, Fernando, eran propietarios de una fábrica de muebles con una tienda de exposición y venta en la calle Sagasta. La fábrica estaba contigua a la casa.
En el primero o segundo año de la carrera Josele nos propuso a Manolo Morales y a mí que nos reuniéramos en su casa a estudiar. Lo pongo en cursiva porque en realidad de estudiar era poco lo que hacíamos. Después de dos o tres horas de incesante charla, (con un paréntesis para merendar), nos acordábamos del objeto de la reunion y a prisa y corriendo repasábamos los temas.
El padre de Josele, se llamaba también José. Era un hombre de la misma talla que Josele, delgado pero de fuerte constitución. Había como un rictus de amargura en su rostro. Don José había sido oficial de la Armada. Tuvo que renunciar a la carrera para hacerse cargo del negocio de los muebles al morir su padre prematuramente. Nunca le ví sonreír, aunque siempre fue muy afectuoso conmigo. De vez en cuando venía a saludarnos al cuartito donde “estudiábamos”‘ vestido como un obrero, él que era el director del negocio. Tampoco veíamos mucho a la madre de Josele, Matilde, una señora de gesto avinagrado y pocas palabras. Cuando lo hacía se dirigía casi siempre a Manolo, con quien tenía algo en comun: el abuelo materno de Josele, y el abuelo materno de Manolo fueron dos eminencias en la cúspide del poder y del saber locales. El abuelo materno de Josele, el padre de doña Matilde, don Manuel Hoyuela y Gómez fué en el último cuarto del siglo XIX y principios del XX un brillante abogado y renombrado político del partido liberal que fué alcalde de Sevilla, y el abuelo materno de Manolo, don Gabriel Lupiáñez Esteve, fue catedrático de Patología en la facultad de medicina de la Universidad de Sevilla, decano del colegio de médicos, y rector de la Universidad en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera. Evidentemente, dado los ilustres ancestros de mis amigos. yo no daba la talla.
Habia como un aire de tristeza en la casa de Josele. Yo pensaba que por un lado don José habia tenido que renunciar a su carrera de marino para dirigir un negocio forzado por las circunstancias y por otro una hermana de Josele (bellísima segun pude comprobar por fotografías) de nombre Magdalena, habia fallecido pocos años antes en plena juventud, cuando estaba a punto de casarse. Ambas tristes circunstancias podrían explicar la amargura que reinaba en el entorno de mi amigo.
En el segundo y tercer año de la carrera hicimos el obligado servicio militar en las Milicias Universitarias un programa bajo el que los estudiantes universitarios recibirían instruccion en dos veranos consecutivos en el campament militar en Ronda (Málaga). Coincidimos ambos y dormíamos (tambien con Manolo Morales) en la misma tienda de campaña.
Cuando me deshice del noviazgo que me amarró lejos de mis amigos descubrí que Josele y Manolo habían estrechado su amistad y estaban siempre juntos, frecuentando el Ateneo, un círculo que no me explico por qué no me había hecho yo socio porque a mi gustaba el ambiente y además tenía un gran biblioteca.
Al terminar la carrera Manolo y yo pronto encontramos bufetes donde hacer el aprendizaje de la abogacía. A esta labor le llamamábamos entonces la pasantía y al aprendiz, pasante. Esto creo que ha pasado a la historia. Josele estuvo un par de años sin trabajar y finalmente empezó a hacerlo con un maestro inigualable: el catedrático de Derecho Civil don Alfonso de Cossio, quien, por cierto, fué, al cabo de los años , mi contrincante en un caso de arrendamiento rústico.
Pero Josele, inteligentísimo como era, carecía totalmente de ambición. Y de fuerza de voluntad. Le tiraba más el ocio que el trabajo. Podría, si hubiera querido, haber tenido acceso, sin dificultades, no ya la as ordinarias (aunque bien retribuidas) plazas de Notarías o Registro y en Madrid o Barcelona, y no en un pueblacho o pequeña capital de provincia, destino usual para los menos dotados, sino a superiores posiciones tales como Letrado del Consejo de Estado, o de las Cortes, o a la carrera diplomática, o a una cátedra. Todo ello sin embargo requiere un esfuerzo, meses o años de duro estudio. Pero Josele no estaba para esa labor.
Además Josele era un hombre muy tímido, huidizo. Mi padre me contaba que algunas veces, aburrido, o esperando impacientemente a alguien, se apostaba a la puerta de su negocio en la calle Aranjuez a ver pasar la gente. La calle Aranjuez era paralela a la calle Imagen. Antes del ensanche de la última, Aranjuez era paso obligado para llegar a los Juzgados, en la calle Almirante Apodaca, porque Imagen era, por estrechísima, dificultosa para caminar sin riesgo de ser aplastado por el tranvía. Como es natural, pasaban por allí muchos abogados.Mi padre me contaba que cuando Josele pasaba por allí, en vez de pararse y saludarlo, como era de esperar tratándose del padre de un íntimo amigo, seguía su camino saludándole de reojo y sin parar. Mi padre le llegó a cobrarle antipatía. Yo le defendía alegando su timidez y alabando su inteligencia y lo buen abogado que era. Y mi padre decía:
-Será muy buen abogado pero como siga así no va a ganar un duro
Mi padre tenía razon. El ejercicio libre de la carrera es, y ya lo era, más que profesión, un negocio. Para triunfar en ella hace falta no solo inteligencia; hay que tener un modicum de lo que en mis tiempos llamábamos don de gentes que no sé a ciencia cierta si equivale o no a lo que hoy llamamos carisma. Es decir, algo que tienen los extravertidos, o sea, simpatía, agrado de tratar con el público (clientes en este caso) facilidad en hacerse de amistades y un largo etcetera. En los grandes bufetes de abogados en EE.UU. con los que estoy familiarizado, a esa capacidad de atraer clientes le llaman rain making, y al individuo, hombre o mujer dotado con esa capacidad, rain maker; literalmente, haciendo lluvias y hacedor de lluvia, respectivamente. En muchas de esas grandes firmas hay socios que pasan mas tiempo jugando al golf que trabajando en sus despachos. Por que es en sus clubs de elite donde se relacionan con potentados y,potencialmente, futuros clientes.
Josele carecía de tales dotes. Yo no se cómo estaba retribuido en el bufete de don Alfonso de Cossio. Por supuesto que no pasaba apuros. Vivia con sus padres, como la mayoría de nosotros, pero no podïa independizarse, Pero hete aqui que queda vacante la atractiva plaza de letrado jefe del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla. Esto ocurrió estando yo en los EE.UU. y, casi seguro, coincidiendo con el nombramiento (a dedo, como era de rigor en aquellos tiempos de dictadura) de Manuel Morales, el tercer amigo en esta historia. como teniente de alcalde del Ayuntamiento. Yo no se si Manolo influenció en el nombramiento de Josele para dicha plaza o si Josele tuvo un rival o rivales en aquel concurso oposición, si es que se convocó, o no. Pero da igual. En cualquier caso Josele, dado su enorme capacidad y preparacion, se hubiera llevado la plaza de todos modos.
Esta fue la salvación de Josele. El puesto de Letrado jefe, con una remuneración que sería adecuada le proporcionó una vida holgada y la posibilidad de casarse y crear una familia. El Ayuntamiento, además le permitía retener y apropiarse los honorarios de abogado con los que los jueces condenaban (no siempre) a las personas o entidades con los que litigaba el Ayuntamiento. Josele me contaba que en el resonado pleito que el Consistorio mantuvo con el hotel Alfonso XIII (entonces Hotel Andalucía), que ganó el Ayuntamiento, el juez condenó al hotel a pagar la minuta de abogado que Josele presentó al juzgado y que ascendía a un millón de pesetas, mismas que fueron al bolsillo de mi amigo, una cantidad más que respetable en aquellos tiempos.
Josele, tan tímido, encontraba difícil (término que hoy llaman complicado) relacionarse con mujeres. Con todo, encontró a una encantadora joven, Amparito, hija de un alto funcionario municipal con quien tuvo una feliz vida matrimonial. Los hijos tardaron en llegar pero una vez que encontró la tecla, llegaron en rápida sucesión, tres hembras y dos varones. Todo esto sucedió durante mi ausencia de Sevilla.
En 1952, en Abril, murió mi madre. Josele y Manolo Morales tenían proyectado viajar a Paris, porque por aquellas fechas las Naciones Unidas habían levantado el veto contra el gobierno de Franco y Francia habia reabierto su frontera con España. Viéndome tan desconsolado y para levantar mi espíritu ambos me propusieron viajar con ellos.
El viaje fue sensacional. Pasamos tres semanas en Paris (un verdadero lujo hoy con visitas turisticas que se miden por horas) la que pateamos de arriba abajo sin dejar nada que ver. En los últimos dias de nuestra estancia en Paris deliberáramos si cruzar el canal de la Mancha y visitar Londres. Nos preocupaba el costo pues nuestras bolsas estaban cada vez mas flacas. Estábamos hablando de esto en un café y decidimos visitar una agencia de viajes. En esto un fulano sentado en una mesa próxima a la nuestra y que por lo visto había escuchado la conversación arrastró su silla y sin pedir permiso se sentó a la nuestra. Después de excusarse se presentó con nombre y apellidos y como español de nacimiento. Quiero ayudaros, nos dijo. Advertidos que tuviéramos cuidado con sinvergüenzas y embaucadores le mirábamos con desconfianza. Pero pronto nos tranquilizó. Lo que quería, como compatriota (era un exiliado) era ayudarnos a ahorrar gastos innecesarios. No necesitan una agencia de viajes. Todo lo que tienen que hacer es tomar un tren en la estacion Gare du Nord y sacar un billete de ida a vuelta desde Boulogne-sur-Mere a Newhaven, en Inglaterra que incluía el paso del estrecho en un ferry. Desde allï a Londres toman ustedes otro tren. En Londres se alojan ustedes en el Spanish Club. (Nos dió hasta la dirección). Por ser ustedes españoles les cobrarán un precio baratísimo: una guinea (una libra y un chelín, en la denominación monetaria de la época) por noche, que incluye el desayuno. Así lo hicimos (previo visado consular) y todo salió tal y como nos lo había indicado aquel desconocido compatriota. Lo pasamos muy bien en Londres y visitamos lo imprescindible en los cuatro dias que pasamos alli. Una de las cosas que más nos llamó la atencion fue la cantidad de solares en el mismo cogollo de Londres, incluso contiguos a la catedral de San Pablo. Eran fruto de los bombardeos alemanes durante la segunda guerra mundial, que había concluido sólo siete años antes.
En mis visitas anuales a España no dejaba de visitar a Josele. Teníamos un ritual. Quedábamos en su oficina en el Ayuntamiento sobre la una de la tarde. Desde allí caminábamos un corto trecho a un bar en la calle General Polavieja, una paralela a Tetuán, llamado Mestres, hoy desaparecido, diagonalmente opuesto a la capillita de San José. Allí nos reuníamos con su cuñado Pepe García Guzmán, alto funcionario del Ayuntamiento y simpatiquísimo. Tomábamos un vino generoso de Jerez bastante caro, Don Zoilo, de Pedro Ximénez. La reunion, de pié en el bar, duraba, como mínimo dos horas y nos bebíamos tres y hasta cuatro catavinos. Gracias a las ricas tapas y el aguante que teníamos los tres, podíamos caminar ellos a sus casas y yo a mi casa (la de mi padre) o al hotel. Esto fue antes de que Judy y yo compráramos nuestro piso.
Después vino la jubilación. Me contaba , años después de jubilarse, que pasaba verdaderos apuros monetarios. Esto, en parte, era por su propia culpa, me contaba un amigo común que le asesoraba en el capítulo financiero. Por lo visto Josele mostraba la mayor indiferencia a invertir sus ahorros adecuadamente.
Ya no íbamos a Mestres. Nos citábamos en un café enfrente de su casa. en la calle Rioja. Algunas veces venía Amparito, su mujer, sola o acompañada por una o varias de sus hijas, y pasábamos un buen rato hablando de mil cosas
Después cayó en las garras del Opus Dei, del que, por cierto, yo supe y pude evadíirme bastantes años antes, viviendo yo en España. Josele había sido siempre liberal, abierto, y devino dogmático, rígido, inflexible. Me escribía cartas de diez y doce carillas por ambos lados que eran verdaderos sermones. Esto duró varios años. Yo le contestaba, con toda franqueza, que a mí me interesaba más su persona y su entorno que sus sermones. Hacía caso omiso e insistía. Una vez me dijo que que yo era el que más se le resistía a su labor de proselitismo. Por lo visto, yo no era el único de sus objetivos. Lo que me chocaba era que en estas prédicas no personalizaba, no se amoldaban a mi persona, parecian sacadas de un manual, que seguro reproduciría cuando dirigidas a otros de su rebaño.
Copio, en parte, de una carta que le dirigí el 28 de Diciembre de 1999, contestando a una suya en la que me instaba a que le escribiese a vuelta de correo. Lo hice el mismo día en el que la recibi:
Josele, lamento, aunque sé que lo haces con la mejor intención , que tu correspondencia se centre casi exclusivamente, (hoy totalmente), en la misma (no te ofendas) cantinela. Cuánto me agradaría que te olvidaras de vez en cuando de lo que tu llamas tu apostolado y me trataras como lo que soy, como un querido amigo de la niñez y no como un experimento de laboratorio (espiritual, conforme), una “presa” que se te resiste y que te está “dejando mal”. Cuánto más me agradaría que me hablaras de tí, de tu familia, de cómo fue la boda de tu hijo, quien es su mujer, etc., digamos por caso.
En vano. Siguió escribiendo en el mismo tenor hasta su muerte.
Creo que fué mi hermana la que me dijo que Josele había muerto. Murió el dos de Mayo del 2003 a los ochenta años. Un amigo común, Teodoro Carballo, me contó que a fines del año anterior sufrió una caida con fractura de la cadera. Después de haberse operado empezó a malear hasta su fallecimiento. Inmediatamente le escribí a su viuda, quien, como él me apreciaba mucho. Mas de una vez había comido en su casa y apreciado el riquísimo cocido que cocinaba a petición mia. Recientemente me he reunido en Sevilla con sus hijas, que son un encanto, quienes me regalaron uno de sus rosarios.

Yo quise mucho a Josele. Y el me quería a a mi. En más, me buscaba. Recuerdo que al terminar el bachillerato, y como yo dudase entre elegir derecho o medicina, Josele, que ya se había matriculado en derecho, me urgió: Coge derecho: asi estamos juntos. Sus sermones evidenciaban que se interesaba mucho por mi. Era una magnifica persona, buena, cariñosa, desprendida. A mí me hizo favores que no olvido. Que en paz descanse.
Manuel Morales Lupiánez
Lo que más llamaba la atención en su persona era su prominente nariz, heredada sin duda de su madre, una señora no muy bien parecida y cuyo nombre no viene a mi memoria. En unos de sus hermanos, Gabriel, la nariz llegaba a proporciones grotescas.
Por lo demás, Manolo era de mediana estatura, bien proporcionado de cuerpo, rubio y de ojos azules. Era ligeramente tartamudo. Manolo vivía muy cerca de mí, en la calle Teodosio una casa moderna, pequeña, constrastando con la mía, en Juan Rabadán grande, destartalada y construida a mediados del siglo XIX.
El padre de Manolo era más bien alto y, como él, rubio y de ojos azules. Muy caballeroso, cada vez que pasaba por mi casa, camino de su trabajo, y si mi madre estaba en el balcón viendo pasar la gente, saludaba sonriente alzando su sombrero. Don Manuel, que así se llamaba era dependiente de un importante comercio de tejidos llamado La Ciudad de Sevilla. Era un modesto empleo aunque él era unos de los seniors en la plantilla. Evidentemente con el sueldo, que calculo no daría para mucho, no podría mantener una familia de esposa y cuatro hijos. Pero su mujer no era una cualquiera. La señora de Morales era hija de don Gabriel Lupiáñez, a quien hemos descrito más arriba refiriéndome a Josele. Con toda seguridad habría aportado al matrimonio una importante dote.
¿Cómo un mero dependiente vino a casarse con la hija del rector de la Universidad de Sevilla? Indudablemente no podrían coincidir en los círculos de amistades de ambos jóvenes. Esto requiere una digresión. Don Manuel Morales, como queda dicho, era dependiente del almacén de tejidos más importante de la capital, Ciudad de Sevilla. Antes de la disponibilidad de prendas confeccionadas de calidad, lo que no tendría lugar sino a fines de de los sesenta, las señoras compraban telas en estos almacenes que luego llevarían a sus modistas para convertirlas en vestidos y demás. El acto de comprar estas telas era todo un rito. Y lo conozco de primera mano porque yo acompañé a mi madre muchas veces (más tarde serían mis hermanas) a la Ciudad de Sevilla de la que era clienta. Habia que telefonear y pedir cita con el dependiente favorito. El de mi madre se llamaba Flores. (Tengo referencias, que no provenían de mi madre, de que el Sr. Flores estaba secretamente enamorado de mi madre. Se me ocurre ahora si el llevarme a mí a sus compras no era sino una especie de escudo para disuadir al buen señor de insinuaciones románticas)
Una vez la cliente y el dependiente se encontraban cara a cara había primero unos minutos, más o menos largos, donde cliente y dependiente intercambiaban primero noticias de las respectivas familias y luego de la sociedad en general: Quien se casaba, quien se separaba, (no existía el divorcio) pedidas de novia quien se arruinaba, etcétera, una especie de ¡HOLA! viviente. Hay que tener en cuenta que la Sevilla a la que me estoy refiriendo era un pueblo grande donde se conocía todo el mundo. Cuando uso el término todo me refiero a la clase media alta.
Una vez satisfecha la curiosidad el dependiente inquiría sobre el objeto de la visita: un vestido,o un abrigo, o una blusa o todo a la vez. El dependiente tocaba un timbre y al momento venía un aprendiz quien recibia instrucciones sobre qué traer al mostrador, uno de madera noble y como de un metro y pico de ancho. Al rato el mocito aparecia cargado con varias piezas de diferentes texturas y color que colocaba en el mostrador. La clienta desechaba una o dos o todas estas piezas. Vuelta a empezar. Por fin la cliente encontraba lo que quería y el dependiente medía la cantidad de tela que la prenda requería y con un jaboncillo de color azul trazaba una linea vertical sobre el corte elegido. Me fascinaba ver como el dependiente, usando una grandes tijeras cortaba el principio de la raya y sin accionar las tijeras cortaba con destreza todo el ancho del corte de tejido.
Ahora bien. Yo me imagino que la señorita Lupiáñez, acompañada de su madre o sola y por si misma, frecuentaría la Ciudad de Sevilla donde llegaría a conocer al dependiente Sr. Morales y no es descabellado pensar que su buena planta y exquisitos modales cautivarian a la nariguda hija del rector de la Universidad de Sevilla; y en cuanto a él ¿donde iba a encontrar la posibilidad de salir de su menguado entorno y entrar en un ambiente de prestigio y afluencia? Ea, al altar!
Los Morales eran monárquicos a machamartillo. Manolo nos contaba, orgulloso, como sus padres, en tiempos de Franco, viajaban a El Estoril, en Portugal, para rendir homenaje al pretendiente a la Corona don Juan de Borbón, abuelo de nuestro actual monarca.
Como Josele y Antonio, Manolo se incorporó a mi clase en el colegio de los maristas desde el primer año de bachillerato. Manolo era listo y, sobre todo, muy simpático. Manolo era mandón, con un ego que no le cabía en el pecho. Durante la guerra civil jugábamos en el despacho de mi padre. Él hacía de general Franco y repartía condecoraciones a Josele y a mi y a otros estudiantes de los Maristas quienes éramos meros oficiales. Yo, que era el que tenia más imaginación, confeccionaba las cruces y medallas copiándolas de la inagotable Enciclopedia Espasa-Calpe.
En el bachillerato y durante la segunda guerra mundial, casi todos los compañeros, o por lo menos aquellos de mi entorno, eran partidarios de los alemanes. Yo me inclinaba al lado de los aliados. Manolo contaba para impresionarnos como el cónsul alemán y su esposa habían invitado a almorzar a sus padres. Esto siempre me ha intrigado.¿ A santo de qué viene esta invitación en el piso consular (supongo que lujoso) en el edificio Aurora, en la Avenida de Jose Antonio, un bloque moderno de pisos en el cogollo de la ciudad? La familia Morales, aunque holgada, no representaba a la aristocracia ni a una gran fortuna para merecer un almuerzo con el diplomático mas importante en Sevilla en aquellos tiempos en que la Alemania nazi dominaba la vida española. No era lo que hoy llaman una influencer. Aunque como la mayoria de las clases altas simpatizaban con los alemanes, no hay que olvidar que, como monárquicos, eran adictos al pretendiente don Juan de Borbon, adicto a la causa aliada como ex oficial de la Royal Navy. Pensando, aventuro una teoría. Don Manuel Morales, como dependiente de la importante Ciudad de Sevilla, tenia, con su porte refinado y exquisitos modales una clientela de señoras ricas. No es aventurado suponer que entre ellas se encontrara la señora del cónsul aleman, a quien-y sigo aventurando, quizás reservaba algunas piezas de gran calidad antes de que se agotaran. La señora del cónsul simplemente estaba agradecida y de ahi la invitación. Perdón por la digresión.
También Manolo hizo las Milicias Universitarias en el campamento de Ronda y convivía con nosotros en la misma tienda de campaña. Manolo, parlanchin, comentaba las cartas que recibía de una supuesta novia, Malena. Según él era la mujer mas guapa del mundo. Oyéndole hablar con su tartamudeo, nos hacía reir a carcajadas. Pero él no se inmutaba.
Al terminar la carrera (derecho, como Josele y yo) Manolo fue pasante de un prominente y supercatólico abogado, don Alfredo Camacho Baños, quien, por supuesto, según el, era el mejor abogado de Sevilla. Porque para Manolo, todo lo que giraba en torno a él, familia, amigos (yo dudaba encontrarme en esa esfera), jefes, ocupaciones, diversiones, objetos de su pertenencia, etcetera, etcetera, era lo mejor de lo mejor.
En 1952, y como queda dicho, viajamos a Paris y Londres. Ahí va una foto como recuerdo de tan feliz viaje.
Josele, Manolo y yo en el cafe Les Deux Magots, Paris, October 1952
Por mor de aquel noviazgo que me retrajo de los amigos estuve distanciado de él varios años. Josele y Manolo se habían hecho socios del Ateneo. Manolo ya manifestaba una tendencia a reunirse con gente adinerada. En el Ateneo empezó a frecuentar una tertulia presidida por el marqués de Contadero (a quien sus enemigos politicos vinieron en llamarle de contaduros).A buen seguro que Manolo adularía al marqués especialmente cuando se rumoreaba que en la próxima vacante en la alcaldia él sería el titular del consistorio. Y asi fue. Don Jerónimo Domínguez y Pérez de Vargas, que así se llamaba el arístócrata, un rico terrateniente, fue designado y nombrado alcalde de Sevilla en 1952. Y don Jerónimo tiró de él y lo incluyó como teniente de alcalde en su gobierno municipal. Ya tenía el poder en sus manos. El dinero no tardaría en llegar.
Fué en esta época, antes de yo viajar para los Estados Unidos cuando Manolo contrajo matrimonio. En las pocas ocasiones en las que nos reuníamos Manolo siempre traía a colación su amistad con los Fernández. Los Fernández eran dos hermanos muy ricos. Sus padres eran propietarios de los Almacenes del Duque un antiguo y acreditado negocio de venta de tejidos situado, como el nombre indica, en la Plaza del Duque, contiguo al palacio de Sánchez-Dalp. Sin duda tratándose del mismo gremio, el padre de Manolo los pondría en contacto. Manolo, siempre tan fantasioso cuando se trataba de la aristocracia y el dinero se extasiaba describiendo el lujo de los Fernández, la maravilla de sus coches, en especial de un flamante Cadillac que les acababa de llegar de Norteamérica y al que había sido invitado hacer un viaje a Madrid, etcétera, etcétera. Unos cortos años después leí en la prensa que Manolo se habia casado……con una de las hermanas de los Fernández.
No me invitó a su boda. No le culpo por ello. Hacía años que no nos veíamos. Cuando rompí con mi novia Manolo era ya teniente de alcalde. No le busqué. Manolo vivia en un mundo que no era el mío. Supongo que creería que nuestra amistad era una cosa del pasado aunque jamás habíamos cruzado palabras entre nosotros. O quizás, aunque me cuesta trabajo creerlo, creyó que yo no era lo suficientemente importante para merecer una invitación.
La boda se celebró en la catedral, ante el altar de la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, y la ofició un purpurado. Después hubo un banquete en el hotel Andalucía, hoy Alfonso XIII, el más lujoso de Sevilla. No sé si Josele fue invitado pero estoy casi seguro que sí.
Nuestro curso de derecho (1942-47) en la Universidad de Sevilla del que tanto Josele como Manolo y el que suscribe formábamos parte. organizó un banquete para celebrar el 50 aniversario de nuestra graduación. Me perdí tal reunión porque la invitación fue dirigida a una señas incorrectas. En aquella reunión se acordó repetir la reunión cada diez años. Así es que asistí a la segunda reunión, que tuvo lugar en Badajoz para así complacer a uno de los compañeros que vivia en la capital extremeña y que ofrecía el aliciente de desplazarnos a tomar unas copas a la ciudad portuguesa de Elvas que está a minutos de Badajoz. En aquella reunión y en vista del alarmante descenso de compañeros que no acudieron a la cita por fallecimiento propuse que estas reuniones se celebraran cada cinco. El grupo acordó organizar las reuniones en las fechas que yo encontrara conveniente para viajar a España. Con este motivo reanudé mis encuentros con Manolo Morales y tuve la oportunidad de conocer a su encantadora esposa, de nombre Gracia, en varios de estas reuniones.
Aparte de estas reuniones del curso, en mis viajes a España, yo le llamaba y nos citábamos, casi siempre en su oficina de abogado del Banco Mercantil, nombramiento que tuvo lugar al cesar de su puesto en la alcaldía. Como siempre, Manolo no podía resisitir (estaba en su naturaleza) hacer alarde de prepotencia y afluencia. Después de hacerme pasar a su despacho me hacia esperar mientras, por teléfono, negociaba con su corredor de bolsa la compra y venta de acciones y obligaciones. Para aquellas fechas, la época de los ochenta, Manolo era ya un hombre rico. La llegada a España en los sesenta de los supermercados y la ropa confeccionada de calidad supuso la puntilla para las tiendas de ultramarinos (como la de mi padre) y los almacenes de tejidos, como los Almacenes del Duque, que comenzaron a decaer terminando sus dueños ya clausurados los almacenes, por vender la propiedad a lo que vino a ser el Corte Inglés. Esto supuso muchos millones para la familia Fernández, y para Gracia, la mujer de Manolo, un buen pellizco. Y aunque no fueran bienes gananciales esto le daba a Manolo para vivir en la opulencia.
Como teniente de alcalde del (Excelentísimo) Ayuntamiento de Sevilla Manolo tenía derecho ex officio a utilizar uno de los palcos que el Ayuntamiento instalaba cada año en los andenes situados en la fachada que da a la plaza de San Francisco para contemplar el paso de las procesiones de Semana Santa. Varias familias ricas de Sevilla estaban abonadas a estos palcos al uso de los cuales sucedía año tras año durante generaciones. Cuando Manolo cesó en el cargo conservó el palco a título particular, abonado al mismo. Otros se ofrecían libremente a quien estuviera dispuesto a pagar la elevada tasa de alquiler. Una vez pasados los pasos de las cofradías los ocupantes de estos palcos, muchos de los cuales se conocían mutuamente. se dedicaban a socializar pasándose de palco a palco, deleitándose, de paso, con ricas viandas y Veuve de Clicquot servidos por camareros de librea. En las procesiones de la madrugada el chocolate con churros era de rigor. En una de estas ocasiones Manolo y su familia tuvieron de vecinos de palco al famoso senador norteamericano Ted Kennedy, hermano del no menos famoso presidente Kennedy, asesinado en Dallas en 1963, y su esposa.
Manolo se entusiasmaba describiéndome la feliz coincidencia. Tanto le admiraba que invitó al matrimonio a comer en su casa.
Tambien me invitó a mi en una ocasión. Vivia en una casa suntuosa, , en el barrio de Santa Cruz, contigua a la muralla trasera del Alcázar, con entrada por los jardines de Murillo. Admiré los fastuosos muebles, tapices, alfombras y elegantes porcelanas chinas. La comida fue servida con criadas de cofia. Tambien figuraba como invitada una señorita portuguesa, muy fina. Hablando de las relaciones entre los paises vecinos me contó aquello de
De Espanha, ni bon vento ni bon casamento
Creo recordar que esta fué la última vez que le ví.
Fue Josele quien me comunicó su muerte, acaecida el 27 de Julio de 1997 a sus 73 años.
Manolo era fantasioso, dado a la hipérbole. Ya de chico mostró tener un ego descomunal que le llevaba a creerse superior a compañeros y amigos. Ya mayor buscó a quien le ayudara a conseguir el poder (el Marques de Contadero) y a quien le sacara de la medianía de su padre (su mujer). Una vez conseguido sus dos objetivos nunca volvió la vista atrás. Con todo esto yo lo incluyo en estos tres amigos porque aunque nunca podría sentirme cómodo en su entorno e incluso intuía que él no me consideraba como parte de su mundo, a pesar de todo esto yo le guardaba, y le guardo, no el afecto que sentia por Antonio y Josele, pero sí un cariñoso hueco en mi corazón, quizas en recuerdo de momentos felices de nuestra adolescencia. Descanse en paz.
