Hace año y pico que finalmente convencí a mi mujer que vendiéramos la casa. La compramos en 1974. Era vieja (100 años), destartalada y costosa. Tuvimos suerte; encontramos rápidamente un comprador, también encontramos un lugar que nos gustó y pudimos sincronizar venta y compra sin grandes problemas excepto aquellos atinentes a toda mudanza, en este caso agravadas por tener que deshacernos de centenares de libros (incluida una Enciclopedia Espasa con más de 80 volúmenes, que al final tuvo que donarla a una Universidad pues no encontré comprador) y muebles, chismes y trastos para poder acomodarnos en un “condominio” (condo le llaman aquí) de mucha menor superficie de la que teníamos en la casa.
Encima de nuestra propiedad hay una “pent-house”, un piso lujoso de muchos pies cuadrados. Al tiempo de mudarnos, Marzo 2014, oíamos los taconazos de una mujer, aunque solo en los fines de semana. Pudimos averiguar que el tal piso era propiedad del dueño y constructor del complejo y que los anónimos pasos eran de (y aquí tengo que echar mano de un apelativo “políticamente correcto” para evitar que me tachen de antiguo, lo que me costó que me echaran de un periódico por mi preferencia a aquello de “al pan pan y al vino vino”) su “pareja”.
Al cabo de algún tiempo los taconazos de la anónima fémina dejaron de oírse y varia semanas más tarde nos enteramos de que la “penthouse” habia sido vendida a un banco situado en una ciudad distante de Dallas (Texas), donde vivo, y que dicho banco estaba abriendo una sucursal en nuestra ciudad. Veíamos en el ascensor a varios hombres que nos confirmaron la noticia. Colegimos que el piso de arriba estaría destinado a personal destinado a la sucursal.
Una tarde, hace pocos días, cuando Judy, mi mujer y yo salíamos hacia una fiesta nos encontramos en el ascensor a dos hombres jóvenes, de veinte a treinta años, bien trajeados. Después de saludarnos, de golpe y porrazo y sin venir a qué uno de ellos se dirigió a nosotros de esta manera: Por favor no piensen que somos “gays”. Somos compañeros de trabajo en el banco. Judy yo, estupefactos, nos miramos sin saber que decir. Nos limitamos a sonreír (¿qué íbamos a contestar?) y al poco salimos del ascensor ellos a su coche y nosotros al nuestro. No hemos vuelto a verlos.
En mi vida, en mi larga vida, me he encontrado con una situación similar.
¿Qué se hizo de las amistades masculinas? Qué se hizo de aquellas parejas de hombres que iban por la calle, algunas veces del bracete y que iban juntos al cine, a pasear y charlar, a beber lo que se terciara, y así cimentar una relación de amistad, muchas veces profunda y sentida.¿ Eran homosexuales? No y cien mil veces no. Si no salían juntos con sus amigos, salían con su novias, sus mujeres o sus (como le llamábamos entonces), sus queridas, aunque esto de tapadillo porque asi eran las costumbres de antaño.
¿Qué ocurre hoy? Vemos a una pareja de hombres y lo primero (y lo digo con gran pesar) que se nos viene a la mente es que son homosexuales. Hasta aquí hemos llegado.
Hasta los años sesenta, ser homosexual, era en España, y en todas partes, era pertenecer a un colectivo despreciado, a la escoria de la humanidad. Ser considerado maricón (o “mariquita” como les llamaban las mujeres) y tildado como tal era peor que ser, por ejemplo, cornudo. “Mariconazo” era el peor calificativo que se podría dirigir a un hombre. Los niños jugando a las carreras se retaban “maricón el ultimo”. Hasta los sesenta quizá algo más tarde los invertidos no salían a la superficie, o como se dice ahora (copiando fraseología norteamericana) no habían salido del armario. Los que se veían por las calles eran, por lo general, hombres de las capas sociales más inferiores. Los veíamos maquillados, contoneándose descaradamente. Pero eran poquísimos. Algunos vivían entre putas, ejerciendo servicios domésticos.
En cuanto a los que se ocultaban en el anonimato todo eran rumores, aunque algunos bien fundados. Asi, recuerdo que mi familia y yo teníamos un dentista de prestigio del que sospechábamos era maricón. Era un hombre guapo, moreno. Gastaba bigote. Más bien bajo, musculado, con una voz profunda de bajo. Lo único que encontrábamos fuera de lo corriente era que usaba una bata blanca profesional pero tan ajustada a la cintura y tan corta que parecía una chaquetita femenina más que bata. Además de ser un profesional de prestigio su conducta con su clientela era irreprochable.
Este dentista se tomaba un mes de vacaciones todos los años, en el verano. Salía de Sevilla y no se le volvía ver en absoluto. Es más, no le contaba a nadie a donde iba. Pues bien, es el caso que el hijo del propietario de una conocida y prospera tienda de comestibles en pleno centro, en Sevilla, de profesión médico radiólogo, y también un profesional de prestigio, era sospechoso de ser maricón también. Su aspecto era todo lo contrario de lo que uno podía catalogar como homosexual. Alto, moreno, fuerte, de aspecto agitanado. Y se daba la puñetera casualidad que también se tomaba un mes de vacaciones todos los años en el verano, coincidiendo precisamente sus fechas con las del dentista. La conclusión era obvia. Pero es que además alguien los vio juntos en una playa del sur. Pero jamás se les veían juntos por la calle en Sevilla.
Los rumores, menos fundados, se extendían a profesionales en todas las ramas, entre ellos en sociedades deportivas (no futbolistas). Todos estos individuos llevaban una vida normal, rutinaria y no dan en absoluto señas de su condición.
Yo creo que los años sesenta fueron decisivos. Pero a mí ya me cogieron en los Estados Unidos, a los que llegue en 1958. En Texas, donde vivo, la revolución sexual encontró una durísima oposición. Texas era entonces y lo sigue siendo, entre otras cosas, un Estado significativamente machista. Estaba en vigor cuando yo llegué una ley (que los chuscos llamaban “the hunting license” o licencia de caza), en virtud de la cual el marido que encontraba a su mujer “in flagrante delicto”, o sea con las manos en la masa, podía matar al hombre (no a la adultera) impunemente. Se daba la circunstancia de que esta ley de procedencia medieval que estaba en vigor en España bajo la monarquía de Alfonso XIII, fue derogada por la Republica y restaurada bajo el régimen de Franco. En el caso español (éramos un poco más “civilizados”) el matador no salía impune. Se le aplicaba la pena de “extrañamiento”, según el lenguaje del Código Penal, o sea de destierro por seis meses de la localidad en que vivía el matrimonio. ¿Cómo llegó esta ley a Texas? Sencillamente porque era la ley vigente en las colonias americanas, entre ellas Méjico. Cuando Texas se independizó de Méjico y derogó gran parte de la legislación heredada de España optó sin embargo por conservar la “licencia de caza”, que se derogó, calladamente, en los años setenta. En España, la versión “original” fue eliminada del nuevo Código Penal de la democracia.
En Texas, por aquellas anos la copula sexual estaba permitida sola y exclusivamente entre matrimonios. Todo los aspectos, tipos y modalidades de relaciones sexuales entre hombres y mujeres solteros estaban terminantemente prohibido para parejas tanto homosexuales como heterosexuales. No solo en Texas, sino tambien en muchos estados.
Fue en esta época, en los años sesenta, que tuve un cliente, profesor universitario, que me encomendó redactara su testamento. A las pocas semanas de concluir mi trabajo pidió una consulta y el día indicado se presentó con alguien al que llamaba “un amigo”, más o menos de su edad, cuarentón. Este segundo cliente me pidió lo mismo: que le redactara su testamento. Por lo visto les caí bien y asi empezó una amistad que se tradujo en comidas, invitaciones a su casa, donde pude comprobar que Vivian juntos, etcétera. Un día a principios de verano vinieron a verme y me comunicaron que el que era profesor se tomaba un año sabático y que ambos pasarían tal año en Inglaterra y que si yo tendría inconveniente en tomar posesión de la llave de acceso a la caja de seguridad bancaria de su “amigo”en cuya caja conservaba valores, alguna cantidad en efectivo, documentos importantes (entre ellos los testamentos) joyas, etcétera. Les dije que no tenía inconveniente, halagado ante el alto grado de confianza que me conferían. He de decir que el amigo del profesor era (supongo lo sigue siendo) hombre muy rico. Pasó el ano, vinieron a verme y les devolví la llave.
Varias semanas más tarde vinieron a verme de nuevo. El profesor después de haber intercambiado las frases de cortesía usuales se dirigió a mí en los siguientes términos: -Eugenio, supongo que después de tanto tiempo desde que nos conocimos usted se habrá percatado de que **** (aquí el nombre de su rico compañero) y yo somos homosexuales.- Si, si, le conteste.
Por aquellos tiempos, los setenta, la población homosexual de Dallas, tímidamente aun, habia surgido a la superficie. Se concentraban en determinado parques y lugares de esparcimiento, sobre todos bares y clubs nocturnos. La legislación anti homosexual continuaba en pleno vigor y la policía de vez en cuando realizaba “raids” en tales lugares con la consiguiente publicidad en la prensa, detenciones, etc.
El caso es que mis clientes querían que yo les confeccionara una especie de reglamento de una sociedad (que permanecería sumergida en cuanto era impensable las autoridades la registraran). También querían que les redactara un como decálogo de los derechos que todo homosexual podría invocar en caso de ser detenido. Para ayudarme a tal gestión y me sirviera de guía o modelo me proporcionaron varias revistas para homosexuales que se editaban en San Francisco, ciudad está que era (y lo sigue siendo) la capital del homosexualismo en los Estados Unidos. Querían además que una vez realizado este trabajo, me encargara de la dirección jurídica de tal asociación. Y que representara a los miembros de la misma en caso de que tuvieran problemas con la ley. Les dije que me dieran un par de semanas para pensarlo. Debo adelantar que me ofrecían una pingüe retribución mensual.
Yo no llevaba mucho tiempo en la profesión, no nadaba precisamente en la abundancia y la cantidad que me ofrecían era tentadora.
Al final de las dos semanas les llame y les dije que sintiéndolo mucho no podía complacerle y que declinaba la oferta. El pretexto que les di fue que yo no era un abogado criminalista y que como las muchas detenciones que se venían produciendo requerirían un letrado ducho en derecho penal y yo no lo era, pues no les podría ser de utilidad. Sacarlos de la cárcel no presentaba ningún problema: el “habeas corpus” era (y es) una potente arma a la que todo ciudadano tiene derecho en este país. Pero muchos de estos homosexuales no se contentaban con recobrar la libertad después de unas horas privados de la misma. Lo que querían era desafiar las leyes restrictivas litigando contra el estado de Texas y si fuera necesario llegar hasta el Tribunal Supremo en Washington, DC. (Como eventualmente sucedió). Les dije a mis clientes que yo no estaba preparado para ello.
El caso es que si yo no hubiera tenido más ambición que el dinero quizá hubiera aceptado el encargo. Yo ya me las arreglaría para salir del paso adecuadamente asociándome con algún otro abogado que me ayudara a salir del paso. Pero pudo más en mí el temor a que el público me tomara como uno de “ellos”. El consabido “que dirán” inclinó el platillo de la balanza en sentido negativo.
En España la revolución sexual tuvo caracteres más profundos que en los Estados Unidos, y concretamente en Texas. Y además empezó antes. Yo recuerdo haber visto en Madrid una producción teatral, “Por qué corres Ulises” de Antonio Gala, en un teatro comercial en Diciembre de 1975, apenas muerto Franco, en la que salía a escena una señora totalmente desnuda. Por aquellas fechas eso aquí era impensable.
También la revolución homosexual comenzó en España décadas antes que en USA. Fue cuando maricón devino “gay” utilizándose un vocablo inglés, que en los Estados Unidos sustituyo, en su día, a “queer” y otros términos menos usuales.
Hoy “queer” ha sido extirpado del vocabulario, como maricón en España, pero en nuestro país la antigua denominación de los homosexuales ha venido a ser una expresión politicamente incorrecta. Es como la palabra “negro” en USA, que ha llegado a ser tan inadmisible que cuando alguien se atreve a pronunciarla y salta a la prensa los plumillas no la transcriben con todas sus letras sino con la letra “N”.
Muy recientemente, en este mismo mes de Julio 2015 en que escribo esta entrega de mi blog, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha sancionado la legalidad del matrimonio homosexual, decisión esta que ha sido recibida con alborozo por los grupos interesados y violentamente rechazada por los radicales (“tea party”, evangelistas, etcétera) del partido republicano. Hay que tener en cuenta que el matrimonio entre personas del mismo sexo no estaba prohibido, antes de la decisión del Supremo sino en nada más que en 11 estados, entre ellos Texas. Inmediatamente, y haciendo caso omiso de la sentencia del alto tribunal muchos oficiales del registro civil en muchos de los condados de Texas se negaron a emitir licencias de matrimonio basándose en “escrúpulos” religiosos.
Yo, y muchos de los que tienen una concienciación social acepto, con respeto, la decisión del Supremo. Es hora que este colectivo homosexual se funda con el resto de la población heterosexual y goce del respeto y beneficios que se le ha venido negando durante siglos. La única objeción que muchos ponen a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo es la insistencia de los interesados en calificar a estas uniones como “matrimonios”. Como su raíz etiológica indica el matrimonio es la unión de un hombre con un a mujer y nada más. Los afectados han venido rechazando una modalidad alternativa basada en una relación contractual que vendría a garantizar los mismos derechos y beneficios del matrimonio entre parejas heterosexuales. Pero es tanto el prestigio que conlleva el término “matrimonio” que los afectados, según arguyen, no pueden aceptar ninguna otra opción terminológica sin el riesgo de ser considerados como ciudadanos de segunda clase.
La lucha de gays y lesbianas no está terminada, ni con mucho. Se enfrentan en el futuro con infinidad de problemas de discriminación en todos los órdenes para la que no existe una legislación que los proteja.
Ya el término “matrimonio” incrustado permanentemente en la sociedad y en la cultura de nuestros tiempos quedan sin embargo problemas adicionales de terminología. Resulta chocante, por lo menos lo es para mí, leer en la prensa referencias a situaciones tales como el actual embajador de los Estados Unidos en la corte de Madrid llegando a una recepción en compañía de su “esposo”. Los vocablos marido, esposa, en tales uniones son confusos cuando no absurdos. En un matrimonio de gentes del mismo sexo, ¿quien es el marido y quien es la esposa? Como llamar al uno y al otro con carácter no solo oficial sino en situaciones en la vida corriente. Se impone pues hallar nuevos vocablos que terminen con ambigüedades.
Entretanto, conseguida la victoria después de décadas de lucha contra los gobiernos, la iglesia, y la incomprensión y hasta odio de muchos, los homosexuales rememoran con melancolía aquellos anos de desafío y enfrentamiento a una mayoría irreductible. Ya allanadas todas o casi todas las dificultades se encuentran con una vida chata y sin retos. Pasa como cuando, desaparecido Franco, escritores y periodistas añoraban aquellos años cuarenta y cincuenta en los que disfrutaban buscando como hacer llegar sus mensajes a sus lectores burlando a la censura, o como cuando los jóvenes, más tarde, corrían perseguidos por los “grises” mientras gritaban muera Franco. Piensan, como Jorge Manrique proclama en sus Coplas, que”cualquier tiempo pasado fue mejor”.