Author Archives: Eugenio Cazorla

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About Eugenio Cazorla

Nacido en Sevilla en 1924 soy un “niño de la guerra” (1936-39) la que me dejó marcado para siempre. Estudié el bachillerato con los hermanos Maristas y Derecho en la Universidad de Sevilla, licenciándome en 1942. Ejercí diez años la abogacía en Sevilla. En 1953 conocí a Judy King, a la sazón profesora de inglés en el Instituto Británico, con la que me casé en 1956. Casarme con Judy fue como si me hubiera caído el Gordo de la lotería de Navidad. Tenemos dos hijas. En 1958 me concedieron una beca de graduados para hacer estudios de Derecho Comparado en la Southern Methodist University, en Dallas (Texas). Después de graduarme mi mujer y yo decidimos quedarnos en los Estados Unidos. Me hice abogado de nuevo y llevo ejerciendo como tal en Dallas más de cincuenta años. Soy diplomado en Derecho de Extranjeria. He viajado mucho y leído muchísimo. Conozco íntimamente la cultura y las idiosincracias de tres países: España, Inglaterra y los Estados Unidos. Estoy familiarizado con otros muchos debido a la interacción con cientos y cientos de clientes de todas las razas y nacionalidades. Fruto de tales experiencias es un buen grado de tolerancia una cierta dosis de escepticismo y hasta algo de agnosticismo. Creo (a veces) en Dios pero no creo en la Iglesia católica, apostólica y romana (ni en ninguna otra) aunque el Papa Francisco ha traído un golpe de aire fresco de la que está muy necesitada. Me repugnan los nacionalismos de cualquier color. Desconfío en extremo de la política y de los políticos. En algunos momentos de desesperación pienso que mi única patria es mi familia y algunos (poquísimos) amigos y mi única fe el Alka-Seltzer, antiguamente bicarbonato de soda. En fin, dudas, muchas dudas. Me aterra la soledad. Bécquer se equivocó. No son los muertos los que se quedan tan solos. Son los vivos. No obstante, me siento optimista. Por las mañana me visto (bien) y me voy a mi bufete donde me quieren y me respetan. Trabajo unas pocas horas, almuerzo yoga y frutas y del bufete me voy al gimnasio. Buenos genes, el ejercicio físico y los cuidados de Judy me mantienen en buena forma. Me voy a la cama después de las noticias en la TV y cada vez que me despierto espero con ilusión que me va a traer el nuevo día.

Memoria de los Años Treinta : Monarquia, Republica y Guerra Civil (II)

Segunda Parte

1936

El año 1936 no comenzó bien. Una mañana de Enero, en aquel dormitorio gélido que compartía con mi hermano, al levantarme para ir al colegio sentí una dolorosa punzada en el costado. Grité de dolor y, al oírme, mi madre,

Mi madre (1931)
Mi madre (1931)

que trasteaba en la cocina, acudió a mi cama “Que te Pasa”. Le dije que me dolia el costado. Mi madre  corrió a su dormitorio donde mi padre aun dormía. “Federico, Eugenio está malo. Hay que llamar a un medico, pero nada de Don José, estoy harta de sus paños calientes, esto parece serio”. Oí como mi padre hacía varias llamadas telefónicas. Seguramente que estaba preguntando a amigos y conocidos sobre un buen médico.

Dos horas más tarde llegaba el médico a casa. Resulto ser Don Emilio Piqueras Antolín, hombre con cara de listo, simpático. Se presentó y mi madre le condujo a mi dormitorio. Me auscultó, tomó la temperatura, a ver, tose. Lanzaba un grito. Bien, este niño tiene una pleuresía ¿Y eso que es Don Emilio? Pues es una inflamación de la pleura, una especie de forro de los pulmones. ¿Y es grave? Señora, es grave si no se atiende a ello. Pero como vamos a cuidarle pues no hay peligro, así es que tranquilícese usted. Mi madre sonrió agradecida. Don Emilio sacó su recetario y escribió algo. Le entregó a mi madre la receta. Nada de colegio y tápelo usted bien. Hace mucho frio en este cuarto. Al oír que no tenía que ir al colegio me puse contentísimo. Se estaba tan a gusto en la cama. Mi padre: ¿Que le debo, Don Emilio? Cinco duros. Mi padre le dio un billete. Volveré en diez días. Una vez ido mis padres cambiaron impresiones. Mi padre: Cobra cinco veces más que Don José. Mi madre: porque lo vale. ¿No te fijaste lo pronto que supo lo que tenia? Igualito que Don José.

Durante aquellos días en la cama me harté de leer novelas, cuentos, revistas, tebeos y cuanto mi madre y algunos amigos que vinieron a verme me traían. También vinieron a verme algunas personas mayores. Una de ellas fue Julia la mujer de mi padrino, Juan Alfonseca Caro, antiguo amigo de mi padre. Juan era dueño de la mejor tienda de comestibles (entonces se le llamaban “ultramarinos”) de Sevilla. Se llamaba “La Nueva Paz” y estaba situada en la calle O’Donnell justo enfrente a la joyería de Félix Pozo, que todavía existe. Mi hermano y yo íbamos a veces con mis padres a la tienda. Mis padrinos vivían en el piso principal de la casa. Los pisos tercero y cuarto estaban dedicados a almacén. Mientras ellos visitaban a los padrinos Manolo y yo subíamos al cuarto piso y allí, atrincherados detrás de sacos de azúcar y garbanzos y por un ventanuco veíamos (con dificultad porque los cristales del tal ventanuco hacia años que no lo limpiaban) veíamos la sala de fiestas del Kursaal, el mejor y mas caro de los cabarets de Sevilla. Este cabaret lo tiraron después de la guerra para construir el Palacio Central, que también llegó a ser el mejor cine de Sevilla. Hoy no existe. Creo que es una tienda de tejidos o modas.

Julia era regordeta, guapa, con unos ojos verdes preciosos, tan preciosos como los de su hija Isabelita, algunos años mayor que yo. Julia era la que proveía a mi madre de novelas eróticas. Mi madre, que suspiraba (y lloraba) con las novelas rosas de Rafael Pérez y Pérez de vez en cuando leía las novelas que Julia le traía, obras de El Caballero Audaz, Felipe Trigo, Alberto Insúa, etc. Estas novelas estaban en un anaquel en el piso bajo de Juan Rabadán, en donde mi padre tenia su despacho. Años más tarde allí me refugiaría allí a leer a hurtadillas aquellas novelas….

Don Emilio Piqueras volvió a los diez días. M encontró prácticamente curado. –Puede dejar la cama. Pero nada de colegio por ahora. Además este niño esta flaco, pálido. Necesita salir de Sevilla y pasar un mes en el campo, al aire libre. Mi padre: ¿Pero ahora, o en el verano? No, ahora. Muy bien, Don Emilio. Pasaron varios días mientras mi padre buscaba donde llevarme. Fueron días aburridos. Mi padre habia decidido que mi hermano no asistiera al colegio, a mi colegio. No sé por qué. Un día se recibió una carta del director del San Fernando preguntando por qué Manolo no asistía a clases. No sé si mi padre le contesto. Aquellos días llovió mucho en Sevilla. Un domingo, aburrido veía pasar a la gente desde nuestro cierro De pronto vimos a una masa de mujeres que torcían de la calle San Vicente y venían en nuestra dirección, por Juan Rabadán. Eran mas bien mujerucas, desgreñadas, hasta sucias, algunas. Llevaban unas pancartas con letreros: CNT, UHP. Gritaban: Hijos sí, maridos no.

Mi padre encontró un lugar donde ir a respirar “aire fresco” en Carmona. Se trataba de una casa de recreo que constaba de una casita de una planta y un jardín. Alrededor de la casa habia unos terrenos y cerca la carretera a Madrid. Allí estuvimos como un mes. Llovió la mayor parte del tiempo, así es que nos aburrimos mucho. Mi padre venia los fines de semana. No recuerdo si fue a la ida o a la vuelta presenciamos en plena calle unas fiestas de carnaval, que han sido las únicas que he presenciado en mi vida. No hubo carnavales a partir del año 1937 y en los 55 años que vivo en Dallas, Texas nunca he visitado España en el mes de Febrero. Desde luego que lo que vi no valía gran cosa.

A la vuelta a Sevilla mi padre y fuimos a la consulta del Dr. Piqueras en la Puerta de la Carne. Me examinó y me encontró totalmente curado y en condiciones de volver al colegio. Terminado el examen el doctor y mi padre hablaron de política. El 16 de Febrero el Frente Popular, una coalición de los partidos de izquierda habia ganado las elecciones para las Cortes. Habia habido un reajuste en el Ayuntamiento de Sevilla y el Dr. Piqueras, socialista, habia sido elegido concejal. Hablaba a mi padre de una fiesta a celebrar en un buque ruso, llamo “Konsomol, “anclado en el puerto. El Dr. Piqueras quería que mis padres asistieran a la fiesta. Le dio dos invitaciones. Mi padre le dio las gracias. A la salida, ya en la calle, mi padre tiró las invitaciones a un carro de la basura parado frente a una casa más allá de la del Dr. Piqueras. “Yo no voy a esas cosas” explicó mi padre.

Mis padres quedaron encantados con el Dr. Piqueras y acordaron olvidarse de Don José. El destino quiso que aquella tarde fuera la última vez que le veríamos. El Dr. Piqueras fue fusilado en aquel verano sangriento de 1936.

Riada de 1936. Calle de Palmas (o Jesus)en Sevilla

Mi vuelta al colegio fue pintoresca. Fue en…..barca. Llevaba sin parar desde hacia varias semanas. El Guadalquivir estaba desbordado. Las partes bajas de la ciudad estaban inundadas. Esto fue lo que pasó en nuestro barrio. El cruce entre las calles Palmas (después y hoy Jesús) y Conde de Barajas era infranqueable a pie. Por Conde de Barajas el agua llegaba hasta la casa del Dr. González Ceferino (quien andando el tiempo llegaría a ser suegro de mi hermano Manolo). Por cierto que esta era y es una casa histórica. En ella nació y así lo atestigua una placa en la fachada el famoso poeta Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel punto nos embarcamos mi hermano y yo rumbo al colegio. Era casi emocionante. A la vuelta la misma operación. Creo recordar que costaba una “gorda” el viaje.-

Varias cosas sucedieron en aquella lluviosa primavera. Una noche nos despertó un tiroteo cercano. . Por los periódicos nos enteramos que unos pistoleros de izquierda asesinaron a mansalva a un estudiante falangista que pegaba pasquines de su partido en la fachada de la casa del maestro de baile “Realito”, en la calle San Vicente, casi esquina a Juan Rabadán. Otra noche otro tiroteo. Esta vez no tuvimos que esperar a los periódicos. El suceso tuvo lugar en nuestra propia calle y la (casi) víctima fue…..mi tío Faustino, hermano de mi padre. Mi tío, director del Matadero Municipal, tenia por costumbre salir de casa hacia las cinco de la mañana y tomar un taxi que le esperaba a la puerta de su casa. Unos pistoleros de izquierda, apostados en la esquina de Miguel del Cid y Juan Rabadán dispararon contra el. Aunque un periódico, “La Unión”, relataba el incidente el relato omitió el hecho de que mi tío, que resultó ileso, repelió la agresión con su propia pistola.

Yo, con once años cumplidos, andaba por Sevilla por mi cuenta, unas veces con encargos de mi madre, otras por reunirme con amigos o ver cosas. El mundo era para mí un espectáculo. Una vez yendo por la Plaza del Duque vi como un joven le arrancó a una señora una cadenita de oro (seguramente con una medalla religiosa) que llevaba al pecho. Todo a la vista del público que transitaba por la Plaza. Yo me preguntaba “qué” estaba pasando.

Me encantaba ir a la barbería de la Plaza de San Lorenzo a que me cortaran el pelo. En la barbería hojeaba la revista deportiva Campeón, que editaba ABC. También editaba ABC la estupenda revista Blanco y Negro, que compraba mi madre. También hojeaba en la barbería un periódico que se acaba de lanzar en aquellos días, llamado “Ahora” que traía unas fotografías estupendas y una revista, “Crónica” que traía en la portada unos desnudos femeninos que encandilaban mi ojos de adolescente… A pesar, según pude leer más adelante, de la grave crisis económica por la que pasaba Sevilla, y España en general, había algún progreso. En Sevilla, por ejemplo, se inauguró por aquellos días una línea de autobuses para el transporte urbano. Recuerdo que la parada en el barrio era en la puerta de la farmacia de Don Cástulo Pérez Pascual, que estaba situada en la Plaza de san Lorenzo esquina a Cardenal Espínola. Los autobuses iban pintados de verde y a veces lo cogíamos para bajarnos en la Campana. Todo el mundo estaba encantado con estos autobuses, que preferían a los tranvías.

También mis padres progresaban económicamente. Por aquellos días (primavera de 1936) mi padre se compró un coche, un flamante FIAT, “Balilla”.

Fiat Balilla
Fiat Balilla

No era su primer coche. Recuerdo que viviendo en calle Res, donde nací, tenia un descapotable Renault. Para mí que era de segunda mano. Las ventanas no eran de cristal, sino de una materia parecida al plástico, que llamaban “talco”. Estas ventanas no cerraban bien y cuando llovía entraba el agua en el coche. El FIAT era otra cosa. Nuevecito, le habia costado a mi padre siete mil quinientas pesetas. Su matricula, recuerdo, era SE-17.591. El “Balilla” era un coche pequeño, lo que ahora llaman “compacto”, de cuatro puertas y cabida para cuatro personas. Era de color crema. El “Balilla” le hacia la competencia a un modelo FORD, también pequeño. Ambos coches gozaban de gran popularidad. Los partidarios del “Balilla” decían que FORD significaba “Fabricación Ordinaria Rotura Diaria”. Con este coche hicimos varios viajes a Morón de la Frontera, donde mi padre tenía un compadre, (era padrino de mi hermana “Chica”) Juan Valdivia Bellido, propietario de una importante tienda de comestibles y buen cliente de mi padre. Los viajes a Morón eran una odisea. La carretera a Morón era infame. Cada vez que íbamos pinchábamos, a veces más de una vez. Además los cuatro hermanos nos mareábamos y dejábamos el coche que era una lástima.

Mi padre usaba el coche a diario, para su negocio. Algunas veces viajaba por Andalucía, a visitar clientes en los pueblos bien para vender, bien para cobrar facturas atrasadas. Algunas veces me llevaba a mí, coincidiendo con vacaciones escolares. Recuerdo, ya avanzada primavera del 36 que hicimos un viaje a la provincia de Córdoba, visitando, que yo recuerde, La Carlota y la Rambla, donde compramos un botijo precioso, en forma de gallo, que conservamos en casa durante muchos años.(Los botijos de La Rambla eran famosos en toda España). Lo que mejor recuerdo de este viaje es que al regreso nos paró en la carretera un grupo de hombres, gente de campo, que llevaban anudado al cuello un pañuelo rojo. El que parecía ser jefe de este grupo, un tipo alto, delgado, mal encarado, se acerca a la ventanilla portando una hucha de latón y le dijo a mi padre: -Un donativo para el Socorro Rojo Internacional. Mi padre, sin rechistar, depositó una peseta en la hucha. –No es bastante. Mi padre, sin protestar, sacó de nuevo el monedero y colocó un duro de plata en la ranura de la hucha. El tipo, sin pronunciar una palabra, hizo un gesto de dejarnos libre el paso y mi padre arrancó y proseguimos el viaje. “Sinvergüenzas”, fue el comentario de mi padre una vez que nos encontramos a prudente distancia del grupo. (Sin aire acondicionado, los automovilistas viajaban, excepto en invierno, con las ventanillas abiertas).

Mi padre decía que tenía el coche más limpio de Sevilla. Y era verdad. Para conseguir tal cosa empleó a un mecánico de nombre Paco (nunca supe su apellido). Paco era alto y muy delgado, y muy simpático. Mi padre encerraba el coche en unas cocheras en la calle Juan Rabadán, cerca de Torneo. Paco iba todas las mañanas a la cochera, lavaba el coche y limpio y reluciente lo dejaba a la puerta de nuestra casa a la nueve de la mañana. Después Paco se presentaba en casa hacia la una de la tarde. Mi madre le daba de comer. Paco comía en la cocina. Cuando mi padre llegaba a casa sobre las dos o así Paco llevaba el coche a la cochera. Y así todos los días excepto Domingos. Mi padre no usaba el coche por las tardes generalmente. Pero un día si lo sacó y fue al colegio a recogernos a Antonio Marcos, mi mejor amigo y a mi. Ya en el coche camino de casa mi padre sacó de un bolsillo una pistola pequeña y apretando el gatillo la disparó apuntando al suelo del coche. Era un regalo para mí, una preciosa pistola detonadora. Recuerdo que estaba fabricada en Éibar y su marca era “La Bellota”.

Después del incidente del tiroteo mi tío Faustino dejó de usar un taxi para ir a su trabajo y se compro un precioso coche, más grande que el de mi padre. Era un coche inglés, de color granate, marca Vauxhall.

Como creo haber dicho antes mi padre era agente comercial. Representaba fabricantes y productores de artículos alimenticios de toda España. Uno de sus representados más importantes era un tostador de café bastante grande, de Barcelona. La marca era Cafés a la Crema Marcilla, S.A. y tenía una gran aceptación comercial en todo el país. Con objeto de preservar su clientela Marcilla (el dueño se llamaba Juan Marcilla) inicio una idea de marketing que consistía en incluir en los paquetitos de café un cupón que podían canjearse por regalos. Los regalos eran juguetes, mantelerías, juegos de cama, etc. A tal fin mi padre propuso almacenar tales regalos en nuestra casa. Para ello se habilito una gran sala en la planta baja de la casa, que con el tiempo, después de la guerra, sería el dormitorio de mi hermano y mío. Mi padre hizo construir una estantería grande, que ocupaba totalmente una de las paredes de la sala. En una de las dos puertas de dicha sala, situada frente a la cancela, se instaló un mostradorcillo detrás del cual, dos días por semana, aparecía mi madre quien asistida por una de las criadas canjeaban los cupones por regalos a los consumidores. Mi madre y la criada se divertían de los lindo mientras yo despanzurraba los paquetes de regalos de juguetes para jugar con los mismos.

GUERRA CIVIL

El dieciocho de Julio era sábado. Era también el santo de mi padre, San Federico. El día de su santo me padre encargaba a la confitería de la Campana una garrafa de helado. No era propiamente una garrafa pero no encuentro palabra para nombrar la vasija o envase en que venia el helado. Era un cilindro de corcho de gran espesor, quizás medio decímetro y como un metro de alto y una circunferencia de treinta centímetros. Tenía una tapadera, también de corcho y dentro una cápsula de acero donde venía el helado, casi siempre de vainilla. Mi hermano

Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)
Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)

y yo pasábamos el tiempo tumbados en los frescos mármoles del patio de entrada, ricamente protegido del sol por un toldo de lona que contribuía a hacer el patio el sitio de reunión de la familia en las horas tórridas del mediodía y primeras horas de la tarde. Jugábamos a la guerra. Cada uno colocaba quince o veinte soldados de plomo y nuestra misión era derribar a los soldados utilizando como arma un tirador de goma, es decir, una horquilla de madera accionada por una goma que estirábamos para luego dejar escapar un “balín”, generalmente un pedazo de papel doblado y redoblado hasta alcanzar` cierta consistencia, en forma de U para acomodarse en la goma sujeta por los dos cabos de la horquilla… Así pasábamos las horas. Mi padre llegó sobre las dos y media” “Hay carreras “dijo a mi madre no mas llegar a la casa. (“Carreras” era la expresión común en aquellos tiempos para indicar turbulencias en la calle, gente corriendo (de ahí “carreras”) perseguida por la policía). “Voy a cerrar la puerta de la calle”. “Espera hasta que llegue el helado”, dijo mi madre. Al rato el empleado de la Campana cargado con el helado. Mi padre le dio una propina y acto seguido cerró la puerta de la calle. Subimos todos a la planta principal, donde se encontraba el comedor y cocina y nos sentamos a la mesa. “A ver si la radio dice algo”. Pero la radio no decía nada. Transmitía un programa que llamaban “bailables” o sea música de baile, como pasodobles, tangos etc. Mi madre, como día especial había preparado arroz con pollo. La carne de pollo era entonces algo excepcional, que no se comía sino en días señalados. No era barato. Yo (y me figuro que todos) estaba deseando terminar para tomar el helado. Cuando terminamos mi padre decidió que el helado lo íbamos a tomar en el patio. Con mucho misterio mi padre abrió aquel cacharro y con una cuchara grande nos iba dando a cada uno una porción de helado que depositaba en unas copas de cristal. Yo devore el helado en un santiamén. Cuando presente la copa a mi padre para repetir mi padre me dijo: “Tragón, tendrás que esperar hasta la noche”. Y así fue. Me pareció una eternidad.

Manolo y yo seguimos jugando, y mis hermanas con sus muñecas, mientras mis padres dormían la siesta. Y así transcurrió el día, la radio sin dar noticias y con sus músicas. Hacia las once llego la hora de acostarse. Mi madre tenia un miedo atroz.” Vamos a dormir todos juntos”. Mis padres colocaron unos colchones en el suelo de su dormitorio para los niños y así pasamos la noche los seis.

Mis Hermanas Antonia ("Chica") y Rosalia (1939)
Mis Hermanas Antonia (“Chica”) y Rosalia (1939)

A la mañana siguiente pusimos la radio y el locutor anunciaba a gritos que el Ejército había salvado a Sevilla, que dominaba la situación y que el General Queipo de Llano se había hecho cargo del gobierno de la ciudad. Todos intercalados con Vivas a España, Vivas a la República y Vivas al Ejército. Después, los himnos de la Legión, “Los Voluntarios”” El Novio de la Muerte” y otros himnos y marchas militares. Así pasamos todo el día, al lado de la radio. Era Domingo y el siguiente día Lunes, lo mismo. Mirábamos la calle desde el “cierro” y no se veía a nadie, totalmente desierta. Se nos había acabado el pan. La radio anunció el martes que había vuelto la normalidad y que todos los establecimientos de comestibles, panaderías, lecherías, etc. deberían abrir al público. En vista de ello mi madre mando a una de las muchachas y a mi, ambos provistos de canastos salir a la calle a comprar pan. Nuestra panadería era una que se llamaba Pidal, que estaba situada en la Alameda de Hércules, esquina a Relator. Había una cola inmensa. Nos llevamos dos horas en la cola. Hambriento me comí medio “bobo” camino de casa, lo que me costó una regañina de mi madre. No recuerdo si mi padre salió aquel día. Pero al siguiente miércoles todo parecía normal, excepto que la radio no paraba de emitir proclamas, anuncios, órdenes de la autoridad y marchas militares sin parar.

Tuvimos una visita en aquellos primeros días del “Movimiento” como empezó a llamarse el Alzamiento. Fue Paco, el mecánico que utilizaba mi padre para su coche. Ya había lavado el coche y mi padre no estaba en casa. Paco y mi madre se encerraron en el despacho de mi padre. Al rato se despidió de todos. Curioso que he sido toda la vida, le pregunté a mi madre. Mi madre, en voz baja, me dijo que Paco era miembro del Partido Comunista, que temía por su vida, y que por favor le guardara su carnet del Partido. Mi madre me enseñó el carnet, que decidió guardar en una ranura del contador de gas. Jamás volví a ver tal carnet, pero si volvimos ver a Paco, como un año mas tarde, gordo y sonriente, embutido en un mono azul y con la insignia del Cuerpo Automovilista del Ejército. Había tenido suerte y lograr emboscarse. Pero no rompió el carnet del partido comunista. Nunca supe que fue del carnet.

Carnet de Falange de mi padre
Carnet de Falange de mi padre
Portada del carnet de Falange con el "cangrejo"
Portada del carnet de Falange con el “cangrejo”

Mi padre reanudó su vida normal en aquellos primeros días. Esto duró poco porque un día mi padre apareció vestido de mono caqui y con un gorro cuartelero. Se había alistado a la Guardia Cívica una organización cuyo único fin, por lo menos para la gente de la edad de mi padre, 40 años, era servir como centinela en las puertas de edificios destinados a la Causa. Esto también duró poco. El grueso de la población masculina, excepto los muy mayores se iba alistando a la Falange (Falange Española y de las J.O.N.S.) un partido que no era ni de izquierdas ni de derechas, antirrepublicano, y antidemocrático, es decir totalitario.  -Un día mi padre salió a la calle en su coche vestido con su uniforme de falangista: zapatos y pantalón negro, camisa azul Mahón y gorro cuartelero negro y correaje también negro. En una funda su pistola STAR del nueve corto con su nombre esmaltado en oro. Sobre el bolsillo izquierdo de la camisa, y bordado en rojo, el emblema de la Falange, que con el tiempo llamarían el “cangrejo”, cinco flechas sobre un yugo. Mi padre era totalmente apolítico; se había alistado a la Falange para así evitar que le requisaran su coche. Le habían dicho que si se alistaba y ponía su coche a disposición del partido podría conservarlo si se ofrecía a prestar servicio de chófer a los jerarcas falangistas. Y así fue. Mi padre llegaba a casa contando que había llevado al camarada Fulano de Tal, un pez gordo en el partido a tal sitio, o al General X a este otro sitio, etcétera.

Un día la radio emitió un comunicado invitando a los niños varones de 10 a 17 años a alistarse a una sección juvenil de la Falange. Sus componentes se llamaban “Balillas”, el mismo nombre del modelo FIAT del coche de mi padre. Mi madre no estaba muy dispuesta pero Manolo y yo le dábamos la tabarra a diario y al fin cedió. Mi madre fue primero a la “Ciudad de Sevilla”, que era el almacén de tejidos de la clase media de Sevilla (el de la clase alta se llamaba Peyré y Cía., vulgarmente “Los Caminos”). En la Ciudad de Sevilla el dependiente que siempre atendía a mi madre se llamaba Flores, y para mi que este hombre estaba enamorado de mi madre. Mi madre compró unos cortes para camisas y pantalones. De allí nos dirigimos a una sastra que tenia su taller a la espalda de la iglesia de san Nicolás. No me acuerdo del nombre de la sastra, que lo fue para mi hermano y yo por varios años, pero si que era gorda, fea y lucia un bigote fenomenal.

A los pocos días nuestros uniformes estaban listos. Previamente mi padre nos había llevado a un guarnicionero que no daba abasto cortando, perforando y vendiendo correaje para chicos y mayores. Aun hoy me parece oler aquellos correajes, todavía húmedos del recién aplicado tinte negro. Que emoción vestirse y colocarse aquellos correajes. Mi padre me había comprado, como parte del correaje, una funda en la que coloqué la pistola detonadora. El mensaje de la radio decía que una vez uniformados nos deberíamos presentar en cuartel de los Balillas de nuestro barrio, que no era otro sino el gran solar parte del cual se destinaba a las cocheras en las que mi padre encerraba su coche En aquel solar hacíamos la instrucción que se llevaba como dos horas. Después de esas dos horas cantábamos el “Cara al Sol” que era el himno de la Falange y nos dispersábamos hasta el día siguiente.

Un día después de terminar la instrucción uno del grupo del que yo formaba parte, gente de mi edad propuso que fuéramos a ver un “ muerto” en la Barqueta. Explicó el que ya lo había visto que era un “rojo” a quien habían matado aquella misma madrugada. Nos dirigimos al lugar, que era un pasadizo subterráneo con entrada por la calle Torneo y que pasando bajo las vías del tren a Córdoba y Madrid (que entonces salía de la desaparecida estación de Córdoba, en la Plaza de Armas) salía a las márgenes d el rio, una gran extensión de terreno que la gente llamaban la Barqueta. Allí en ese pasadizo, un lugar frecuentado por vagabundos y lleno de inmundicias, se encontraba el cadáver. Este primer contacto con la muerte, y muerte violenta produjo un choque tremenda en la mentalidad infantil de mis doce años. Me parece recordarlo como si fuera hoy. Era un hombre de cierta corpulencia, vestido de blanco, como vestían entonces muchos de los hombres de Sevilla en el verano. Recuerdo, como caso curioso, que calzaba unos zapatos bicolores, blancos y marrones, y a juzgar por las suelas eran completamente nuevos. Tenía un orificio en la nuca, donde había penetrado la bala que terminó con su vida. Fue una ejecución rápida, sin derramamiento de sangre. Estuvimos un rato contemplando el cadáver. Sin decir una sola palabra y en completo silencio volvimos nuestros pasos y yo a mi casa. No me atreví a contárselo a nadie en casa porque estoy seguro mis padres me habrían reñido. Fue meses después que mi padre mencionó su muerte y me dijo que era el autor de un libro que él me había regalado años antes, titulado “El Niño que Robó un Libro”. Su nombre fue Agustín Veguilla. Durante algunos años he investigado el porqué de su muerte sin haberlo conseguido. El hombre era apolítico. Mis investigaciones me condujeron a localizar la familia de Veguilla. En Octubre de 2012 conocí en Sevilla a unos de sus nietos y después mantuve correspondencia con una hermana del nieto (peluquero de profesión) quien me dio detalles adicionales sobre Veguilla. Debo decir que el autor de este asesinato fue eventualmente juzgado en consejo de Guerra y fusilado.

Francisco Franco Bahamonde

La radio anuncio que el 15 de Agosto, coincidiendo con la salida procesional de la Virgen de Los Reyes se entronizaría en la vida oficial la bandera de la monarquía, la bandera roja y gualda desde el balcón del Ayuntamiento. Yo asistí a este evento. La Plaza Nueva esta atestada de público. Tuve suerte y logré colocarme relativamente cerca del balcón. Presencié como se izaba la nueva bandera (la de la Republica dejo de izarse a partir del 18 de Julio) y oí los discursos de Queipo de Llano

General Queipo de Llano
General Queipo de Llano

y del General Franco. La gente aplaudía a rabiar.

A las pocas semanas del Alzamiento llegaron a casa los “compadres de Morón”, Juan Valdivia Bellido y su mujer, María. a los que aludí antes. Llegaron despavoridos, y con visiones de horror en sus semblantes. Pocos días antes habían llamado a mi padre por teléfono y le pidieron que les dejaran estar con nosotros algún tiempo hasta que se repusieran y recobraran las fuerzas para seguir con sus vidas. Por lo que nos contaron habían pasado un calvario. Al estallar la guerra los sindicatos obreros, especialmente los anarquistas de la FAI y la CNT se adueñaron del pueblo e implantaron el anarquismo libertario. Abolieron la moneda y fabricaron en su lugar unos vales con el sello y firma del jefe. Estos vales los utilizaban en lugar de dinero para comprar lo que se les antojaban. Llegaban a la estupenda tienda de Valdivia cargados de vales. “A ver, un kilo de arroz”, decía uno o una. “Pa mí un kilo de café”, decía otro. Todo a base de vales. Un día se presentó en la tienda uno de los jefes acompañado de dos de sus compañeros. Venían armados hasta los dientes. “Dáme un jamón”, dijo el sicario. Juan se apresuró a descolgar uno del techo, donde habían colgado veinte o treinta de tales jamones. “No, este no. Dáme ese”, apuntado con su pistola al jamón más grande del establecimiento. Juan, muerto de miedo, le entregó el jamón. Esto continuó sucediendo durante cerca de dos meses, hasta que Morón fue liberado. Dejaron el establecimiento completamente vacío. Juan llego a casa con varias cajas de cartón repletas de vales. Tenían allí una fortuna, toda una vida de trabajo y sacrificios. Juan lloraba. Los dos habían perdido peso, estaban destrozados. El gobierno de Franco aseguro a personas como Juan, que habían sido desvalijadas de tal forma, que serían eventualmente resarcidos de sus pérdidas. Se murieron (de viejo) esperando ser compensados.

En Septiembre u Octubre mi padre hizo uno de sus viajes en su coche actuando de chofer y transportando a falangistas y fueron a Toledo, días después de la liberación del Alcázar. El Alcázar era la academia de infantería. Al estallar la guerra unos cientos de cadetes, militares y miembros de la guardia civil, estos con sus esposas e hijos, se hicieron fuerte en el Alcázar y se negaron a entregarlo a los republicanos. El asedio duro hasta Octubre. El Alcázar fue semidestruido pero los defensores, al mando del coronel Moscardó, resistieron y al fin fueron liberados por fuerzas de La Legión, mandadas por el General Varela. Esta epopeya del Alcázar tuvo una resonancia mundial y al año o dos siguientes hicieron una película muy buena, rodada en Roma. Bueno, mi padre regreso de Toledo y nos contó lo que vio, y también que se confundieron de carretera y estuvieron a punto de penetrar en territorio “rojo”. Como regalo trajo a casa las vainas de algunos obuses del calibre 12 1/2 que encontró donde la artillería roja cañoneaba el Alcázar. Estas vainas estuvieron muchos años en casa pero desaparecieron no sé cómo.

A medida que se liberaban algunas plazas llegaban a Sevilla trofeos de guerra algunos obtenidos como legítimos trofeos de guerra. Por ejemplo, durante varias semanas estuvo aparcado en la Plaza del Duque un enorme camión blindado con gruesas chapas de acero con varias troneras para que los ocupantes dispararan desde ellas sus fusiles o ametralladoras. Hasta entonces ninguno de los dos bandos disponía de tanques. Otros “trofeos” no habían sido legítimamente adquiridos. Durante varias semanas los poyetes que rodean el jardincillo alrededor de la estatua de Velázquez en la plaza del Duque, en la parte que miran hacia la Campana aparecían ocupados por máquinas de escribir, gramófonos, máquinas de coser, radios y variedad de otros objetos. Estaban custodiados por moros. Eran fruto de sus saqueos en los pueblos de la provincia conquistados por ellos como fuerzas de choque. Allí habían establecido su zoco y los ofrecían a la venta. Jamás vi a nadie comprándolos.

En Septiembre u Octubre tuvimos una desgracia en la familia. Mi padre tenía cuatro hermanos y una hermana. La hermana era la tía Coral.

Mi tia Coral Cazorla (1946)
Mi tia Coral Cazorla (1946)

La tía Coral era una mujer guapa (aunque debido sin duda a su desgraciada vida envejeció rápidamente) de mediana estatura, con una sonrisa brillante. Estaba casaba con Eduardo Santana. El tío Eduardo había nacido en Cuba, de una familia de militares. Nunca supe cuál era su profesión u oficio aunque al parecer entendía mucho de radiotelefonía. Una vez, en las escasas ocasiones en que nos vimos lo vi arreglando una radio de galena, que fue el modelo de radio antecesora de la radio inalámbrica. Eduardo y Coral vivian en Madrid y los veíamos de higos a brevas. Por lo que paso después supe se habían trasladado a Andalucía, donde el tío Eduardo había conseguido una plaza de secretario municipal en un pueblo de la provincia de Huelva llamado El Almendro. Una mañana noté agitación en la casa. Muchas llamadas telefónicas, mi padre entrando y saliendo. Pasada esta conmoción y también varios días esto es lo que pude poner en claro. Como queda dicho, el tío Eduardo era secretario municipal de El Almendro. Este pueblo queda en manos de las autoridades republicanas al estallar la guerra. Fue liberado a los pocos días del alzamiento. El tío Eduardo y su mujer se presentaron en Sevilla y se alojaron en la casa de mi tío José. A los pocos días unos cuantos falangistas de uniforme aporrearon la puerta de la casa, de madrugada y preguntaron por Eduardo. El tío Eduardo se levantó de la cama y salió a la puerta acompañada de mi tía, ambos en pijama. Uno de los falangistas le dijo a mi tío que se vistiera y que les acompañaran a la jefatura para prestar declaración. Nada se supo de él hasta que al día siguiente un desconocido llamo a mi Tío José y le dijo que el tío Eduardo había sido fusilado y que el cadáver se encontraba en El Almendro. Mi padre acompañado de mis tíos José y Faustino se desplazaron a El Almendro, se hicieron cargo del cadáver y, presumiblemente dispusieron su enterramiento en el mismo cementerio del El Almendro. Aquellos fueron días trágicos. No se por qué pero el caso es que mi tía Coral y su hija, dos años mayor que yo, Angelita, se quedaron en casa y mi primo Eduardo, cuatro años mayor que yo se quedó en casa de mi tío José.

Desde el Alzamiento las actividades comerciales de mi padre eran casi nulas. Con casi todos los fabricantes de productos alimenticios situados en zona republicana, a saber. Madrid, Barcelona, Valencia y toda la costa mediterránea, y Bilbao no quedaban sino Galicia para los envasados de pescados (sardinas, etc.) y Asturias (mantequilla) y los pocos que podían ofrecer en la parte de Andalucía en poder de los nacionales (aceite, chacinas, jamones, etc.). Como todas las comunicaciones en tiempo de guerra eran extremadamente difíciles los transportes por camión eran prácticamente inexistente y los de ferrocarriles, lentísimos debidas a las prioridades militares. Ya en Agosto o Septiembre vi a mis padres enzarzados en una bronca. Mi madre lloraba. Cuando mi padre se fue de la casa mi madre me explicó que “tu padre está acostumbrado a ganar mucho dinero y ahora no gana nada. Y esto lo trae siempre de mal humor”.

Las cosas iban a cambiar, pronto. Mi padre, que tenía muchos amigos tenia uno que se llamaba José Batista. De pronto, en casa no se hablaba más que de Batista. Un día vino a casa a comer. Era un hombre gordo, rubio, ojos azules, con una gran cabeza. José Batista tenía mucha experiencia en el negocio de hostelería y restaurantes. Había trabajado como tal desde niño en toda España. Aunque había nacido en Sanlúcar de Barrameda él le decía a todo el mundo que era de Bilbao, en donde había trabajado muchos años. Batista tenía don de gentes, era de una simpatía extraordinaria. Por lo que pude enterarme más tarde, un día Batista (que no tenía dinero) le dijo a mi padre (que lo tenía): “Federico, ahora es la ocasión de ganar mucho dinero”. “Como”. “Montando un cabaret” Mi padre no tenía idea de cómo funcionaba un cabaret como tal negocio. “Mire usted, Federico (siempre se hablaron de usted) con esto de la guerra, con los italianos, los alemanes, y los propios españoles jugándose la vida en el frente, cuando les dan permiso vienen a la capital a divertirse y gastar dinero. Saben que se juegan la vida y mientras están vivos lo que quieren es disfrutar”. Siguió explicando que en Sevilla desde que el Kursaal cerró no había un sitio medio decente como tal cabaret, dos o tres en la Alameda, lugares de esparcimiento de putas de baja estofa, maleantes y gente con poco dinero para gastar. Había que montar un cabaret de lujo, con una clientela de altos vuelos, no la cochambre de las Siete Puertas o Zapico.

Mi padre se dejó convencer. Tomaron en alquiler un salón de fiestas que se había llamado “Variedades”, situado en la calle Trajano, frente a la iglesia y casa de los jesuitas y con salida por Amor de Dios y le pusieron un nombre exótico: Excelsior. Este local había sido requisado a poco de estallar el Movimiento por la Jefatura de Policía, que no teniendo suficiente espacio para tantas detenciones utilizaba dicho local para mantener en el mismo a cientos de detenidos, algunos pero no todos por actividades políticas adversas al nuevo Régimen. De allí pasaban a declarar y luego o quedaban en libertad o desgraciadamente pasaban a mejor vida. (“Pasados por las armas”). Creo recordar que el negocio se abrió en Diciembre. Así empezó un negocio para mi padre que duraría desde fines del 36 hasta principios del 40 y donde ganaría mucho dinero. Mi padre salía de casa hacia las cuatro o cinco de la tarde y no volvía hasta la madrugada. Así es que apenas nos veíamos pues el cabaret abría siete días a la semana.Algunas tardes a la salida del colegio, que eran las seis iba a verlo. A aquellas horas el cabaret aun no tenía público. Mi padre me daba un bocadillo de jamón y un limpia me lustraba los zapatos.

Mientras tanto la guerra seguía su curso. Nosotros los balillas durante el año escolar hacíamos la nstrucción los jueves por la tarde (que no había clases). Los domingos íbamos todos a misa a la Iglesia de San Vicente. Después desfilábamos por el barrio y pasábamos frente a mi casa donde mi madre mis hermanas y las criadas nos veían desde la acera. Yo iba delante, dándomelas de importante (por ser alto me habían hecho gastador) y Manolo casi a la cola, jaleado por la familia. Por la tarde o íbamos al cine o a pasear en uniforme por el centro. Sevilla estaba entonces atestada de refugiados y soldados. Había soldados de tres países. Nos atraía poderosamente los brillantes uniformes de los cuerpos de nuestro ejército procedentes de Marruecos: los Regulares, Tiradores de Ifni, etc. Aparte de estos uniformes multicolores los de color caqui de las fuerzas nacionales e italianas y el tornando a verduzco de los alemanes apenas llamaban atención. Los italianos tenían su cuartel en la Plaza de la Magdalena en los que antes había sido un hotel, esquina a Rioja. En la puerta había un centinela sobre una tarima. Cada vez que entraba o salía un oficial pegaba unos zapatazos que retumbaban en la Plaza. Los italianos paseaban siempre en cuadrilla gritando o hablando a voces o riendo a carcajadas Los uniformes eran poco vistosos, de mala hechura. Ellos mismos iban despeinados, a veces sin el gorro, mal afeitado, las botas sucias. No nos atraían mucho. Contrastaban con los alemanes, siempre en parejas, silenciosos, observándolo todo. Los uniformes bien cortados, limpios, las botas y el correaje relucientes. Bien afeitados, bien peinados. Causaban una enorme impresión. Los nuestros, como siempre. También en cuadrilla, menos escandalosos que los italianos pero con unos uniformes que eran un desastre. Pero eran los nuestros…Caso aparte eran nuestros aviadores y marinos, siempre impecables. Los que se veían poco eran los moros que aunque barbudos y sucios y algunos muy mayores vestían, como queda dicho, unos uniformes exóticos.

1937

Un Domingo, en Enero o Febrero de 1937 fui al cine, al Coliseo España. En medio de la película interrumpieron la misma y alguien por un altavoz anuncio que las fuerzas nacionales habían tomado a Málaga. La persona que hizo el anuncio manifestó que se suspendía la proyección para que todos nos echáramos a la calle a festejar el triunfo nacionalista. Así lo hicimos y pude ver como en la avenida un oficial italiano de pie en un descapotable FIAT disparaba su pistola al cielo gritando Viva Franco y Viva il Duce.

Por aquellas fechas se inauguró en el Pabellón de la Argentina una exposición de guerra. Se exhibían al público toda clase de objetos de la zona republicana. Armas, incluso piezas de artillería tomadas al enemigo, los nuevos billetes de banco de la Republica, horripilantes fotos de víctimas de la represión roja. Exponían también los famosos vales con los que se adquirían artículos de todas clases, como aquellos de los que los compadres de Morón acumularon en varias cajas de zapatos. Uno de tales vales, refrendados por sellos de la FAI y la CNT rezaba así:” Vale por una novia y por una noche”. Lo habían utilizado en una casa de prostitución. Lo que más llamaba la atención eran los objetos procedentes del asedio del Alcázar de Toledo. Allí aparecía la motocicleta, que una vez en marcha, a falta de energía eléctrica ayudaba, con una de las ruedas sirviendo para mover un  molino,  a molturar trigo con que hacer pan para los sitiados. Lo que nos asombraba era que el pan era casi negro. Era el pan integral que nadie comía entonces. Quien iba a decirnos que con el tiempo llegaría a ser tan popular.

Muchos domingos después de la misa en San Vicente desfilábamos por la avenida. Éramos cientos y cientos. El público aplaudía a rabiar. Después del desfile paseábamos por la Avenida. Un día el jefe de los balillas, que entonces habían cambiado el nombre por “flechas” un hombre bajito que se llamaba Cabezas me vio destocado, con el gorro metido en una de los galones y me dijo al pasar : ¡Ese gorrito! Temiendo un arresto me lo puse inmediatamente en la cabeza.

Un día no recuerdo por qué llegue al colegio vestido de flecha. Al cabo el profesor me pasó una nota cuando ya estábamos en clase: el director quería verme. El director era Don Aurelio, un hombre más bien gordo, con gafas montadas al aire. Era navarro y rezumaba autoridad. “Eugenio, me dijo al llegar, hazme el favor de ir a casa y quitarte el uniforme. Que no vuelva a ocurrir”. No se me ocurrió preguntarle por qué. Después de toda una vida me pregunto si hubiera procedido lo mismo si hubiera aparecido con el uniforme de los Pelayos, la organización carlista que era profundamente religiosa. Para mí, que se hubiera portado lo mismo.

La radio nos daba instrucciones sobre qué hacer en caso de bombardeo aéreo. Un día, ya con la primavera avanzada, mi padre llego a casa y se encontró el patio casi inundado, y el toldo todo combado y lleno de agua, el sobrante cayendo al patio en forma de cascada. Mi padre a grandes voces preguntó a que se debía esto. Mi madre explicó que había sonado la alarma aérea y que todo lo que había hecho fue seguir las instrucciones. No, replicó mi padre las instrucciones son humedecer la lona para que en caso de que tiren bombas de gases la lona húmeda impida que tales gases penetren en la casa, no que la inundemos. Como casi siempre la alarma resulto ser infundada.

Una vez, según se averiguo después, la alarma fue necesaria. Me cogió en clase. También siguiendo instrucciones, se apagaron las luces y nos curvamos sobre los pupitres en silencio total. La alarma duro como unos quince minutos. A la noche la radio comunico que dos o tres bombarderos rojos habían tirado unas bombas que cayeron en Heliópolis sin causar bajas y solo pequeños desperfectos. Esta fue la primera y única incursión aérea que tuvimos en Sevilla en toda la guerra.

En la zona roja las milicias descontroladas realizaban toda clase de desmanes contra la gente de derechas, curas, monjas y frailes, incluidos asesinatos, violaciones y robos. Unos de los cabecillas que mas se distinguieron en tal siniestra labor fue Agapito Garcia Atadell a quien el gobierno republicano encomendo la direccion de una “cheka” o camara de tortura .Los detenidos ingresaban en estas chekas donde se les torturaban hasta que “cantaban” . Garcia Atadell creo la tristemente celebre “Brigada del Amanecer” que se ocupaba en visitar domicilios de madrugada para proceder a detenciones y robos. Garcia Atadell tenia mucho interes en ponerse rico y en Noviembre del 36, cuando juzgo que habia reunido lo suficiente para “retirarse”, sin dar cuenta a nadie huyo a Francia con nombre supuesto y compro un pasaje para Cuba embarcandose en St. Nazaire , con escala en la Islas Canarias. Alguien lo notifico a la Embajada de la Republica en Paris y esta por conducto de un tercer pais al gobierno de Franco. Cuando el barco fondeo en Las Palmas la guardia civil penetro en el barco, hizo un registro y detuvo a Garcia Atadell y lo condujo a Sevilla.

Mi padre tenia amistad con Don Francisco Bohorquez Vecina, el auditor de Guerra de la Segunda Region Militar. A don Francisco le servi yo en dos ocasiones: como alferez de complemento al hacer parte de mi servicio military con el cuerpo juridico en la Auditoria, en la Plaza de Espana y como Fiscal Primero en la Hermandad de la Macarena de la que Don Francisco era el Hermano Mayor. Un dia Don Francisco llamo a mi mi padre y le dijo que tenia dos “invitaciones” una para el y otra para mi para asistir a la ejecucion por garrote de Garcia Atadell, quien habia sido juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a muerte. La pena de garrote era medieval. El reo era atado a un poste y metia la cabeza en una argolla sujeta al poste. Detras del poste habia una manivela que el verdugo (quien vino especialmente de Burgos para esta ejecucion) accionaba. Cada golpe de manivela estrechaba la argolla. La ultima estrangulaba al reo y le causaba la muerte. Mi padre, cortesmente, declino la “invitacion”.

Llegado el verano nos encontramos con la sorpresa de que los padrinos de Morón nos invitaban a pasar el verano en su casa. Pasada la novedad de los primeros días fueron unas vacaciones más bien aburridas. Sin embargo pronto descubrí que el Casino de Morón tenía una biblioteca bien abastecida. Mi afición a leer impidió el aburrimiento total. Iba caso todas tardes y me leí varias novelas sobre Tarzán de Edgar Rice Burroughs, autor inglés que fue el creador de famoso hombre de los monos. De noche algunas veces íbamos al cine. Una noche fuimos al estreno de “King Kong”. Aquello fue increíble. Cuando King Kong encaramado en la cúspide del Empire State Building empieza a despojar lentamente de su ropa a la heroína, lentamente, como deshojando una margarita, el público de catetos del gallinero rugía: “Acaba ya, puto mono, déjala en pelotas”. Y cosas por el estilo.

La casa de los padrinos era un enorme y destartalado caseron diseñado quizá por un maestro de obras sin idea de orden y proporción. Los dormitorios eran enormes pero solo habían dos. Uno para los Valdivia y el otro para mis padres y las niñas, aunque mi padre solo estuvo con nosotros dos o tres días. Así que no había dormitorio para Manolo y para mí. Nos mandaron a un vasto almacén en el segundo piso donde mi hermano y yo dormíamos en dos improvisados catres. Como compensación estábamos rodeados de grandes sacos de azúcar. La tela de los sacos era de inferior calidad, con grandes agujeros donde enormes terrones pugnaban por escaparse del saco. La tentación era formidable. No había más que dar un tironcito y a la boca. Y después de este gran terrón, otro y otro. Manolo y yo estábamos deseando que llegara la hora de irse a la cama. Volvimos a casa con unos cuantos kilos extra.

Entretanto la guerra continuaba su curso, más bien monótono. A los sonados triunfos de la toma de Bilbao y Santander que era imposible ignorar porque la radio nos lo pregonaba a todas las horas del día siguió un periodo de paralización. Y sin embargo en este caluroso verano de 1937 se estaba desarrollando la terrible batalla de Brunete, según pude enterarme mucho más tarde pues aunque leía periódicos los partes de guerra los encontraba aburridos. Era más interesante seguir la vuelta ciclista a Francia, por ejemplo.

En el otoño volvimos a las clases y el tiempo se hacía larguísimo para las vacaciones de Navidad, que por fin llegaron. El último día de clase era el 22 de Diciembre, día en que los profesores leían el resultado de los exámenes parciales e infortunadamente nos daban tarea a ejecutar durante el periodo de vacaciones. Yo lo dejaba todo hasta el último día. El día 22 se reducía a medio día. Nos dejaban libres a las 12 y a esa hora de camino a casa, felices y contentos, podíamos escuchar por los altavoces de las radios a los niños de no recuerdo que orfelinato cantando los números de la lotería del Gordo: 25.419, diez mil pesetas, 67.532, diez mil pesetas…

Los padrinos de Morón volvieron a invitarnos para pasar las Navidades en su casa de Morón. Salimos el 23. Mi padre había vendido el Balilla y fuimos en un taxi enorme de grande, un taxi cuyo dueño era un tal Montes, un hombrón tan grande como su vehículo, muy popular en Sevilla y que tenía la parada en la plaza del Duque. Otra vez Manolo y yo fuimos destinados al almacén donde con gran alborozo descubrimos que los que nos rodeaba ahora no eran sacos de azúcar sino cajas de madera llenas de polvorones, mantecados, figuritas de mazapán, etc. Más comilonas nocturnas. Lo asombroso era que ni el padrino ni María su mujer notaron los grandes huecos en las cajas.

De esta estancia navideña en Morón recuerdo algo interesante. Una noche estábamos todos alrededor de la camilla, después de cenar, y Juan, el padrino, nos contó que estaba preocupado porque los rojos,  que no hacían más que perder terreno habían, de sorpresa, tomado Teruel. Se había enterado escuchando a Radio Madrid, cuyos programas aunque interferidos por la censura era posible oírlos. (Mi madre me tenía terminantemente prohibido cogerlos en nuestra radio). Juan temía que la guerra pudiera dar un vuelco y que se viera de nuevo en la situación de que fue víctima en el verano del 36.

1938

Pasaron las Navidades, pasaron los reyes, volvimos a las clases y todo continuo con la rutina de siempre. Pero no todo era rutina. Una fría noche, creo que fue en Enero, sobre las diez y pico de la noche, ya cenados, mi madre me dijo “Ponte el abrigo que vamos a salir”. “A donde vamos, mama”. “Tu ponte el abrigo y no hagas preguntas”. Dócil, hice lo que me había mandado. Ella se puso su abrigo y tomó su bolso. Salimos y en la plaza del Duque tomamos un taxi. Mi madre dio una dirección, al final de la Alameda frente a lo que entonces era la Pila del Pato. El taxi se detuvo y mi madre ordeno al taxista que le esperase. Yo me dispuse a salir y mi madre me dijo: No, tú te quedas aquí, vuelvo enseguida. Por la ventanilla del taxi vi cómo mi madre subía una empinada escalera. Como diez minutos después la vi bajar, se metió en el taxi y dio la dirección de casa. La miraba y aparecía todo acalorada. Yo no me atreví a preguntar ni ella dijo palabra. Llegamos a casa y mientras yo escuchaba la radio ella se cambió de ropa. A la media hora o así, oímos una llamada a la puerta de la casa, que mi madre había cerrado al volver a la misma. Mi madre me dijo, Anda baja a ver quién es. Yo extrañado por la hora intempestiva para visitas baje, abrí la puerta y me encontré con dos hombres con abrigo y sombrero. Hola, chaval, dijo uno de ellos. ¿Está tu mama? Si, dije. Los hombres habían entrado en la casa y permanecían en el zaguán. Dile que queremos hablar con ella. Mama, llame a voces, Aquí hay dos hombres que quieren hablar contigo. Desde una de las ventanas del principal que daban al patio me dijo: dile que pasen, que ahora bajo. Los hombres entraron al patio. Al rato, mi madre que se había colocado algo sobre su ropa de casa, bajaba. Señora, dijo el hombre que me saludo al llegar, somos agentes de policía. Tenemos una denuncia contra usted. Usted dirá, dijo mi madre, que aparecía toda tranquila. Usted ha visitado esta noche a una señora en la calle Calatravas. Si, repuso mi madre. Pues esta señora la ha denunciado a usted porque dice que la ha amenazado con una pistola. Es verdad, dijo mi madre. A ver, dijo el otro agente, deme esa pistola. La tengo arriba. Pues vaya arriba y tráigamela. Al rato mi madre baja con algo en la mano. Esta es la pistola. Los agentes quedaron asombrados. Como yo a todo esto permanecía muy próximo a mi madre y a los agentes no perdía detalle y así pude ver la cara de asombro de los policías. Mi madre le había entregado a la policía la pistolita de juguete marca La Bellota que mi padre me había regalado en la primavera del 36, antes de la guerra y que era un prodigio de realismo. Era un calco, excepto en el tamaño de una pistola autentica. Bueno, está bien, dijo una de los policías. Quédese usted con la pistola. ¿Pero-pregunto uno de los agente, que es lo que le pasa a usted con esa mujer? Entonces mi madre hizo señas a la pareja y se alejaron unos pasos de mí. En voz baja mi madre les dijo algo que no pude oir. Los agentes sonrieron. Muy bien señora, muchas gracias y no se preocupe. Ya lo arreglaremos todo. No se preocupe. Los agentes se retiraron y yo cerré la puerta. Al subir la escalera y penetrar en el dormitorio de mis padres , donde estaba ella, ví como mi madre sacaba del bolso con el que había salido en nuestra visita nocturna la pesada pistola STAR de mi padre y la ponía donde solía estar, en el cajón de la mesilla de noche de mi padre. No cambiamos palabras ni nunca mencionamos este episodio en nuestras vidas.Naturalmente yo interpreté esta visita nocturna como un “aviso” de mi madre a una amiguita de mi padre de las que visitaba o trabajaba en el “Excelsior”.

Los días y lo meses pasaban y pronto llegamos a la primavera con sus dos grandes acontecimientos, la Semana Santa y la Feria. Para la Semana Santa mi padre había alquilado sillas, según la costumbre de la burguesía en aquellas fechas. Las sillas estaban situadas en la calle Sierpes junto a la puerta de uno de los mejores restaurantes de Sevilla en aquella época: El Pasaje Oriente, un enorme local con entradas por Sierpes y Tetuán, frente a Casa Rubio, que vendía afamados abanicos. Mi padre venia todas las tardes, veía una o dos procesiones y se marchaba a su negocio. No más desaparecer que Manolo y yo dejábamos las sillas que, atornillados a ellas por varias horas, encontrábamos más bien aburridas y nos íbamos a “explorar” el restaurante, incluyendo salida a Tetuán donde incluso veíamos pasar alguna que otra procesión de camino a la Campana. El caso era recobrar nuestra “independencia”. Una cosa sí que nos gustaba. Era ver de vez en cuando un escuadrón de caballería de un regimiento local acompañar a una procesión. Los caballos iban detrás del paso. El estruendo de las cornetas interrumpido de vez en vez por lo floreos de un solista era impresionante. Como la ubicación de las sillas estaba en unos de los tramos más estrecho de Sierpes podíamos casi tocar a los poderosos caballos del escuadrón. Ocasionalmente un caballo resbalaba a causa de la cera acumulada en el pavimento y entonces se desencadenaba el pánico en el público.

Cartel de Feria
Cartel de Feria

La Feria estaba situada en el Prado de San Sebastian. Era mucho más pequeña que la actual y las calles no tenían nombre pero nadie se perdía. Nosotros asistíamos a la caseta de la Tertulia Bética de la que mi padre era socio fundador. Por lo general se iba a la Feria hacia mediodía, a ver el paseo de caballos. Después nos íbamos a casa hacia las tres. Las niñas no volvían (Chica tenía ocho años). Mi padre se echaba un rato y se levantaba para la corrida que generalmente comenzaba a las cinco de la tarde. Mano lo y volvíamos a la Feria con mi madre hasta las diez, a menos que mi padre fuera, en cuyo caso mi madre se quedaba. Los niños de aquella época, excepto los de familia “aflamencadas” no solían aprender a bailar sevillanas, pero las niñas eran otra cosa. Mis hermanas habían aprendido a bailarlas en el estudio de los hermanos Otero que estaba casi a la vuelta de la esquina de mi casa. Por supuesto que iban vestidas de gitana. A mi hermano y a mí lo que más nos gustaba de la Feria era la calle del Infierno. Nunca olvidare aquella barraca donde se exponían las tragedias del toreo. En una sala toda blanca, reproduciendo la sala de cirugía de un hospital, aparecía en una cama cubierto por una sabana que le dejaba al descubierto los pies, el pecho y la cabeza la figura de un hombre con una palidez marmórea. Uno de los ojos era un enorme y sanguinolento agujero. Era la efigie en cera del famoso matador valenciano “Granero” corneado y muerto en Madrid en los años veinte. El asta del toro que lo mato penetro en uno de sus ojos y le destrozo la masa encefálica.

Yo seguía con los Flechas, pero de no muy buenas ganas. En la primavera los jerarcas montaron un espectáculo en la Plaza de Toros. Era un simulacro de una acción de guerra. Intervenian los flechas como “combatientes” y las “Margaritas” que eran las niñas del Carlismo, como “enfermeras”. Los soldados lucían cascos de cartón piedra. Había también una piezas de artillería hechas de madera pero bastante realistas. Dado comienzo habían unas escamaruzas, tiros, cañonazos, heridos…y allí era donde yo entraba en acción. No sé porque a mí me hicieron de camillero y tenía que cargar con los soldados “muertos” o “heridos” que llevábamos a un puesto sanitario para ser atendido por las “enfermeras”. A mí me pareció aquello un tostón pesadísimo en todos los sentidos de la palabra, no solo por tener que cargar con los “heridos” y “muertos” sino por el peso de las varas de la camilla, que eran reales y pesaban los suyo. Hubo también otra concentración de flechas y margaritas en la Plaza de España. De este evento solo recuerdos dos cosas: que hacía un calor tremendo y que varias Margaritas cayeron desmayadas por el calor y tuvieron que ser evacuadas También hubo otro acontecimiento en la primavera del 38. Mi padre y José Batista dejaron el local del Excélsior en la calle Trajano y alquilaron del Ayuntamiento el antiguo Pabellón de Castilla y León de la Exposición Iberoamericana de 1929 que estaba a la espalda del actual Consulado de Portugal en la Plaza del Cid. Después de ser remodelado quedo muy bonito. Yo tuve la ocasión de verlo una vez, naturalmente a una hora en que no estaba abierto al público.

Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda
Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda

En Mayo o Junio mi padre anuncio que íbamos a pasar el verano en Sanlúcar de Barrameda. El fin del curso se me hizo larguísimo. Por fin llego, el 30 de Junio, día de san Fernando, Santo patrón de Sevilla y nombre del colegio. Hubo las fiestas consabidas, lecturas de las notas del curso y a las doce nos dejaron libres…. ¡hasta Octubre!

Salimos para Sanlúcar a primeros de Julio. Mi padre alquilo una camioneta en la que llevábamos los colchones, juegos de cama, toallas, algunos muebles, utensilios de cocina, etc. etc. Yo, aventurero, quise ir en la camioneta y me tumbe encima de los colchones. El viaje fue cómodo pero mi aventura resultó algo dolorosa. Una avispa se enfadó conmigo y me dejo la nariz hecha una batata. Detrás de la camioneta nos seguía mi familia y las criadas en el taxis de Montes, de ocho plazas, un taxi favorito entre los toreros.

Sanlúcar era una de las tres playas elegidas por la burguesía sevillana para pasar el verano. Las otras eran Rota y Chipiona. Estas tenían mejores playas pero Sanlucar era un pueblo grande con ciertas atracciones de las que Rota y Chipiona, entonces pueblos pequeños, carecían.

Mi padre había alquilado un piso en lo que quizás era el mejor sitio en el pueblo. En plena Plaza del Cabildo, una hermosa plaza rectangular, flanqueada por palmeras y bancos y teniendo como cabecera el edificio del Ayuntamiento estaba en el mismo centro de Sanlucar. Cuando llegamos le plaza estaba totalmente ocupada por un inmenso montón de chatarra compuesta por toda clase de objetos de hierro y metal, todo oxidado después de haber estado expuesto a la intemperie e humedad por semanas y semanas. Estos cacharros eran donativos de la ciudadanía para ayudar al esfuerzo de la guerra. Por lo visto nadie pensaba que era hora de retirarla.

Sanlucar era (y supongo que sigue siendo) un pueblo bonito y alegre, con calle limpias y frescas, bien regadas. La gente amable aunque algo fría con los forasteros. No frecuentaban la playa. Al lado del ayuntamiento había una tienda en la que vendían material de escritorio, o sea papel y tinta, gomas de borrar, sobres y también periódicos, revistas y algunos libros. Yo iba a allí a diario. Mas adelante había un hotel y bar, llamado “El 9”, punto de reunión de algunos amigos de mi padre cuando pasaba algunos días con nosotros.

El piso nuestro era grande, con tres o cuatro dormitorios, cocina y una hermosa sala de estar con dos balcones a la plaza pero sin cuarto de baño. Cada dormitorio tenía su correspondiente lavabo con su correspondiente jarra para las abluciones superficiales. El que quisiera bañarse tenía que recurrir a la clásica bañera circular de zinc, todo muy siglo XIX.

Generalmente mi hermano y yo éramos los primero en llegar a la playa, sobre las diez. El pueblo y la playa estaban separadas por un largo paseo llamada La Calzada (quizás tuviera un nombre “oficial” y “patriótico” (como Calzada del Caudillo, etc.) pero todo el mundo la conocía simplemente como La Calzada. A la playa se iba a pie (que es lo que, a la ida, hacíamos mi hermano y yo), en autobús o en coche de caballo. Mi madre y las niñas llegaban sobre las doce, en coche de caballo. Y las criadas sobre las dos, cargadas con dos grandes canastas donde traían el clásico almuerzo de tres platos más fruta del tiempo, manteles, cubiertos, vasos, vino, etc. Las criadas cogían el autobús. Mi padre había alquilado una caseta con su toldo. Las casetas eran de madera, con cuatro ruedas. En la caseta guardábamos el toldo, que montábamos nada más llegar por la mañana, mesas y sillas los bañadores, cubos y palas para jugar, algunas toallas, artículos de limpieza, etc., que dejábamos al marcharnos cerrados con un candado. Al llegar las criadas instalábamos las mesas y sillas, poníamos los manteles y nos disponíamos a almorzar. Pero antes había un protocolo diario. Los médicos aconsejaban la playa. Treinta baños era por lo visto garantía de salud para el futuro. Pero los baños, si prolongados, como eran los nuestros (no habían quien pudiera sacarnos del agua) tendían a debilitar. Para remediar esto mi madre religiosamente nos administraba a los cuatro una cucharada de quinina, que no estaba mal, en comparación con la repugnante cucharada de hígado de bacalao que nos hacia tragar en el invierno y la no menos repugnante de aceite de ricino, como purgante, una vez al año antes de que empezaran las clases en el otoño. Después de la comida dejábamos pasar dos horas (según decían los entendidos bañarse inmediatamente después del almuerzo tendía a “cortar” la digestión”). Y de vuelta al agua. Algunos días en vez de volver al gua hacíamos largos paseos por la playa. El destino favorito era La Jara, una playa como a un kilómetro de donde teníamos la caseta. Aquella era una playa abierta, mientras que la teníamos al frente de nuestra caseta tenía el horizonte cortado por lo que entonces considerábamos como algo misterioso, el Coto de Doñana a donde, cosa curiosísima nunca fuimos y lo que es más grande, nadie nos invitó a ir por más que no había medios de ir, a menos que fuera desde tierra. En fin, el Coto para nosotros era un misterio.

La casetas están alineadas a unos 50 metros de la orilla del mar y a lo largo de quizás doscientos metros. Las mejores situadas (y de alquiler más caros) eran las que, como la nuestra, estaban más próximas a la Calzada. La caseta a la derecha de la nuestra estaba ocupada por una familia acomodada de Sanlucar. Era un matrimonio con un hijo pequeño que nos pareció monstruoso en cuanto que tenía la cara que parecía una careta. Entonces esta anomalía era rara. Hoy es corriente y se llama el síndrome de Down. La caseta de la izquierda no estaba alquilada por la temporada de verano y así cada semana o así- veíamos caras nuevas, pues habitualmente se alquilaban para una o varias semanas. Una de la familias que ocupo esta caseta por algún tiempo estaba encabezada por un comandante de infantería que llegaba cada mañana de uniforma. Un día aproximaron su mesa de comer a la nuestra y nos entretuvo hablando sus experiencias de la guerra. Alguien le pregunto si había tenido contacto con las Brigadas Internacionales. Nos dijo que si, y que les había hecho muchos prisioneros. “Yo los mando a fusilarlos a todos”. Esto me impresiono muchísimo.

Y hablando de la guerra yo tenía por aquellos días escaso interés por la guerra y apenas si leía los partes, pero por aquellas fechas se estaba desarrollando la terrible batalla del Ebro, que comenzó el 25 de Julio. Pero de esta fecha lo más importante para mí fue que en esa fecha empezaban las famosas mareas de Santiago. Empezábamos a notar que las mareas iban siendo cada vez mayores y para el 25 de Julio las olas eran inmensas y el fragor nos hacía chillar para oírnos mutuamente. Disfrutábamos con el espectáculo.

Un domingo por la mañana mi padre nos aviso que un torero iba a visitarnos. Efectivamente, después de almorzar, sobre las tres de la tarde un grupo de hombres, entre los que se encontraba mi tío José, hermano de mi padre, se presentaron en el piso acompañando a un joven tres o cuatro años mayor que yo, de mediana estatura, tirando para lo bajo, rubio, de ojos azulencos y pocas palabras. El torero tenía una corrida, una novillada, aquella misma tarde en la plaza de Sanlucar. Acababan de llegar de Sevilla todos sudorosos. La idea era que el torero se diera una ducha y se vistiera en nuestro piso en vez de en un hotel. Mi tío era amigo del novillero, que estaba empezando y no tenía mucho dinero. Como dije antes no teníamos ni cuarto de baño ni ducha. Una criada trajo una bañera a la sala de estar. Mi madre no me dejaba asistir a este ceremonia pero yo insistí y me cole y lo vi todo. La criada trajo tres o cuatro jarras de agua. El torero en cueros vivos metió los pies en la bañera y mi tío, que tenía dos metros de alto alzaba la jarra de agua más bien caliente que fría y así se ducho el torero. Acto seguido lo vistieron, se llamó a un taxi y torero, su cuadrilla, mi padre y mi tio marcharon a la plaza. El torero, que luego fué famosísimo y que ha muerto hace unos días (escribo esto en Julio de 2013) era nada mas ni nada menos que Pepe Luis Vázquez.

Pepe Luis Vazquez
Pepe Luis Vazquez

Aquel verano hice una buena amistad con un joven dos o tres años mayores que yo. Se llamaba Fernando Lara.

Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938
Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938

Siempre estábamos juntos. Él tenía dos hermanas que también pasaban mucho tiempo con mis hermanas. Fernando estaba estudiando Náutica y se estaba preparando para ingresar en la marina mercante. Sabía mucho de barcos. Desde la playa veíamos entrar por el estuario en Bonanza muchos barcos mercantes que iban a Sevilla. Dominaban los alemanes e ingleses. También había americanos, italianos, griegos, etc. Fernando sabía si eran petroleros o iban cargados de trigo, o abonos, cuál era su tonelaje. Yo creo que entonces nació mi interés por las cosas del mar. Me dio a leer una novela que encontré (y aun encuentro) maravillosa. Se llamaba Motín en el Bounty , un hecho histórico que narra el motín, en el siglo XVIII en un buque (llamado Bounty ) de la armada británica habilitado para transporte comercial contra su tiránico capitán. Esta novela fue trasladada al cine (lo que yo entonces ignoraba) con gran éxito, película que fue censurada en España y no se proyectó hasta los años sesenta  bajo el titulo “Rebelion a Bordo”. El motivo de haber sido censurada fue desternillante: era, según el censor, “un canto a la rebelión”. Esta novela se imprimió en una editorial de Barcelona muy popular y me extrañaba que los dibujos que acompañaban a la novela fueron reproducciones de las facciones de los artistas en la película: Glark Gable (el cabecilla del motín), Franchot Tone y el tiránico capitán Charles Laughton.

Pelicula Rebelion a Bordo , 1935 (Motin en el Bounty)
Pelicula Rebelion a Bordo , 1935
(Motin en el Bounty)

En Julio 16 era la festividad de la Virgen del Carmen y todos los barcos de pesca en Sanlucar hacían una procesión marítima que resultaba muy bonita. Y en Agosto eran las fiestas del pueblo. Se celebraban muchos festejos tanto en la playa como en el pueblo lo, todo muy bonito y alegre. Los aviones de caza (FIAT italianos) de una base próxima, quizás Jerez, volaban a vuelo rasante sobre la playa, tan bajos que parecía podíamos tocarlos, con un ruido de motores estruendoso. También había carreras de caballos en la playa. Años más tarde me entere que estas carreras son las más antiguas de España.

De noche íbamos al cine, un cine muy agradable, mucho más que el de Morón. La entrada costaba una peseta. Las películas eran mayormente alemanas, inglesas y francesas, con unas pocas españolas e italianas. Las películas de Méjico aún no habían llegado a España. Llegarían, con un éxito arrollador, en los cuarenta. Cuando no íbamos al cine paseábamos por el paseo de la Calzada, varias veces para arriba y para abajo, las hembras separadas de los varones. Los novios también paseaban pero acompañados y vigilados por la “carabina”, generalmente la madre o una hermana mayor de la novia.

En fin, fue un verano maravilloso por todos conceptos. Ademas, descubri el amor. Me enamore de una muchacha del pueblo. Pero eso es harina de otro costal.

Volvimos a Sevilla unos días después del 8 de Septiembre, que era la festividad de la Virgen de Regla. Patrona de Rota y que marcaba el final de las vacaciones playeras para las tres playas, Rota, Sanlucar y Chipiona.

De vuelta a Sevilla reanudamos las clases el 2 de Octubre. El primero había sido declarado fiesta, era la fiesta del Caudillo en este II Año Triunfal. Un día caminando por la calle Sierpes me pare en el puesto de Curro el de los periódicos, que entonces estaba en un chaflán donde tenía como vecina a “Dolorcitas la del agraz” una mujer famosa en Sevilla por los ricos jarabes y bebidas refrescantes que vendía en su puesto, situado en el tal chaflán que conduce a un callejón cuyo nombre escapa a mi memoria, muy cerca de la Campana. Ojeando la prensa me llamo la atención un nuevo periódico llamado “España”. Le eche un vistazo y vi que traía unas fotos estupendas. Cuando llegue a casa llame por teléfono a una oficina y empezaron a traer el periódico todas las tardes al anochecer. Una vez terminados los deberes del colegio me lanzaba a leer el periódico. El diario España se publicaba en Tánger, ciudad internacional nido de espías de muchos países e insuperable fuente de información. Su director era Gregorio Corrochano, prestigioso periodista y gran crítico taurino (“Es de Ronda y se llama Cayetano”…). Lo que más me llamaba la atención era que traía fotografías de la zona roja. Las páginas centrales daban noticias de la guerra. La página de la izquierda (como tenía que ser) se titulaba ELLOS y la de la derecha NOSOTROS. En la de la izquierda traía noticias del “otro lado” con muy interesantes fotografías. En mi imaginación infantil me veía transportado a Madrid llevado de mi incansable curiosidad y un sentido de la historia que jamás me ha abandonado. Porque presentía que estábamos viviendo acontecimientos trascendentales en la historia del país.

Después de la batalla del Ebro el ejército nacional empezó a avanzar por Cataluña. El España traía todos los días estupendos reportajes fotográficos. El diario también publicaba las memorias de un arrepentido voluntario belga de las Brigadas Internacionales llamadas “Memorias de un Mercenario’ que eran interesantísimas.

Yo ya no tenía interés en los Flechas y no recuerdo como deje de acudir a los llamamientos. En cambio mi primo Eduardo, que habia aprobado el examen de revalida y se habia matriculado en la facultad de Derecho, carrera que nunca termino, mostraba un inusitado interes por el movimiento falangista y no hablaba mas que del  SEU (Sindicato Espanol Universitario), que era la rama universitaria del falangismo y en que llego a tener algun cargo. Yo no me explicaba esto. Los falangistas le matan al padre y el se hace falangista. Mucho tiempo despues puse el tema sobre el tapete. Como es posible?. No decia nada, se sonreia. Cuando le estrechaba a preguntas me contestaba que era dificil explicar y que preferia no sacar el tema a relucir. Lo deje por imposible.

Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)
Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)

1939

Los partes de guerra de este Tercer Año Triunfal decribian el rapido avance de las tropas nacionales y el desmoronamiento de loa resistencia republicana. Aquello era una desbandada. Por fin las tropas ocuparon Barcelona el 26 de Enero. El entusiasmo en Sevilla fue formidable. El Diario España traía un reportaje fotográfico fenomenal, incluido las siniestras “checas” o cámaras de torturas comunistas.

Después vino un periodo de dos meses, Febrero y Marzo en el que nada pasaba. Los partes de guerra, una vez ocupada totalmente Cataluña, no decían nada substancial. La realidad es que en la otra zona ocurrían muchas cosas de ls que no nos enteramos sino hasta mucho más tarde. El presidente Azaña, evacuado a Paris se negó a volver a la zona central del país, todavía en poder de la Republica y dimitió la presidencia. Negrin,

Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)
Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)

el primer ministro, un pelele en manos de los soviéticos regreso a Madrid decidido a continuar la lucha a la espera de que la inestabilidad europea se revolviera en un conflicto bélico del que la Republica podría beneficiarse. Pero el sector anticomunista en Madrid se opuso a los planes de Negrin. El coronel Casado se rebeló contra él y formo una Junta de Defensa presidida por él y con algunos otros partidarios de un armisticio con las fuerzas de Franco, entre ellos el socialista Besteiro. Las fuerzas comunistas se opusieron a la Junta y así se desencadenó en Madrid y sus alrededores una guerra civil dentro de otra guerra civil. Casado

Coronel Segismundo Casado  Se rebelo contra  la Republica (Marzo, 1939)
Coronel Segismundo Casado
Se rebelo contra la Republica (Marzo, 1939)

pidió una paz honrosa. Franco le exigió una rendición sin condiciones.

De todo esto no sabíamos nada en la zona nacional y el diario España, el mejor informado, daba solo retazos incoherentes sobre lo que iba pasando.

A principios de Enero, sin embargo, los rojos iniciaron una ofensiva en el sur que cogió a los nacionales desprevenidos. Rompieron el frente y ocuparon algunos pueblos en Extremadura, entre ellos Granja de Torre Hermosa, donde saquearon casas y negocios, de lo que nos dio cuenta una amiga de mi familia, Dolores, la mujer de un íntimo amigo de mi padre, Juan Amador. La familia de Dolores fue víctima de tales saqueos y destrucción por parte de los rojos. La ofensiva fue detenida y los nacionales recuperaron el terreno perdido en Marzo.

A mediados de Marzo las tropas naciones comenzaron a avanzar sobre terreno republicano y por fin entraron en Madrid el 28 de Marzo. Al día siguiente entraron en Valencia, Alicante en los días siguientes en otras y muchas ciudades y pueblos. Todos esperábamos el final de la guerra de un día a otro. El 1 de abril de 1938, las once de la noche me detuve en la escalera de camino para mi dormitorio. Sonó en la radio el clarín que anunciaba el parto de guerra y me quede a la expectativa. El parte (que me lo aprendí de memoria) decía así” “EN EL DIA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJERCITO ROJO, LAS TROPAS NACIONALES HAN OCUPADOI SUS ULTIMOS OBJETIVOS MILITARES. LA GUERRA HA TERMINADO. CUARTEL GENERAL DEL GENERALISIMO. FIRMADO FRANCISCO FRANCO. Cuenta la historia que el Generalísimo no lo pudo celebrar. Estaba en la cama con un fuerte resfriado.

Mi padre y unos cuantos amigos organizaron un viaje a Barcelona. Volvieron horrorizados de lo que habían visto. El gerente de la compañía Cafés a la Crema Marcilla que era de Izquierda Republicana y que había parado en casa en viaje de novios (como cuento en la primera parte de esta historia) había muerto pero no pudo enterarse si en el frente o de muerte natural o fusilado. Los anarquistas requisaron el negocio, desplazaron al Sr. Marcilla e implantaron una cooperativa que termino con la ruina total del negocio. Encontraron a Barcelona, sucia, hambrienta. Las fábricas de tejidos, con enormes existencias sin vender casi regalaban la mercancia. Mi padre volvió con cortes de traje para toda la familia.

En la primavera se celebraron varios actos para celebrar la despedida de varios regimientos de fuerzas italianas (eufemísticamente llamados “voluntarios”) que se embarcaban en el puerto para volver a su país. Vino el Conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Italia (y yerno de Mussolini, el dictador y jefe de gobierno, quien lo mando asesinar en 1943) a quien vimos por la Avenida en un coche descapotable acompañado de nuestro ministro de Asuntos Exteriores (el “Cuñadísimo) Ramón Serrano Suñer, a quien algunas mujeres, considerándole guapo, le llamaban “jamón serrano”. Fuimos al puerto y vimos a los italianos embarcando en un buque de mediano tamaño entre vítores, músicas, himnos, discursos, etc…

Aquel verano volvimos a Sanlúcar y fue como el año anterior una experiencia inolvidable. Reanude mi amistad con Fernando Lara, y gozamos enormemente de la playa, el pueblo, cine, paseos y hasta bailes.

También hubo torero este verano. Pero en vez de visitarnos fuimos nosotros, mi padre y yo, los que lo visitamos a él. Pepe Luis Vázquez era de condición modesta. Su padre era un obrero en el Matadero Municipal. Este torero del verano del 39, Jose Ignacio Sanchez Mejias,  era rico. Su padre había sido nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, inmortalizado por Garcia Lorca (“A las cinco de la tarde, eran las cinco de la tarde….”). Mi padre conocía a este torero, que como Pepe Luis, estaba empezando de novillero. Su padre fue presidente del Real Betis Balompié cuando mi padre fue tesorero del mismo. Hay una foto en el campo del Patronato, año 1930 en el que aparecen los tres. Toreó en Sanlucar en este verano y fuimos verlo torear. Después fuimos a verlo al hotel, al hotel “El 9”. Estaba en la cama, descansando. “Anda, llama a mi madre para que se tranquilice” le dijo a su mozo de espadas. Las conferencias telefónicas las daba mas rápidas en la central de teléfonos que en el hotel. El mozo de espadas no sabia donde estaba la central. Mi padre me dijo, “anda, acompaña a (Fulano) a la central”. La central estaba a dos pasos. Llegados a la misma la jefa de la central lo puso en contacto con la madre del torero en cuestión de minutos. Cosa rarísima en aquellos tiempos. El mozo de espadas entró en la cabina y yo me quede a la puerta y le oía a hablar. Hablaba a gritos. Le describía la actuación del torero. “Pues, na,  ha estado superio”. “En el primero le dio unos lances de maravillas.” “ Y en el segundo lo mismo. Ha gustado mucho. “No, no ha tenido ni siquiera un roce”. Yo le escuchaba asombrado. Jose Ignacio  había estado desastroso. Pitos. A punto de salir custodiado. Mi padre decía que no le tenía afición. Que yo recuerde se retiró de los toros al poco tiempo.

Vilallonga
El actor y novelista Jose Luis Vilallonga

Durante las fiestas de Agosto, un famoso jugador del Betis (todavía no había recobrado el “Real”), Peral,

Peral, jugador del Real Betis Balompie
Peral, jugador del Real Betis Balompie

a quien mi padre llamaba Peralillo, visitó Sanlucar por aquellos días y yo le acompañe en varias ocasiones. Una noche me invitó a una fiesta de gala dada por el Infante Don Alfonso de Orleans, primo hermano del rey Alfonso XIII en su palacio de Sanlúcar. Al llegar la República el Infante se exilio y volvió a España con la guerra donde ocupaba un puesto importante en la aviación nacional, pues había sido piloto en la guerra de Marruecos. Peral no tenía invitaciones pero algo le dijo al portero que nos dejó entrar inmediatamente. Era una fiesta de lujo, los asistentes eran en su mayoría aristócratas, algunos llegados expresamente de Inglaterra donde el Infante tenía muchas amistades. El Infante era padrino de bautismo de Pip Scott-Ellis, una aristócrata inglesa que habia conducido  una ambulancia (donada por su padre) con las fuerzas de Franco durante la guerra. Años mas tarde esta Pip se casaría, en el mismo palacio de Sanlucar, con el aristócrata y novelista español Jose Luis Vilallonga,

Jose Luis Vilallonga, actor en "Desayuno con diamantes"
Jose Luis Vilallonga, actor en “Desayuno con diamantes”

que, también actor, tuvo un pequeño papel en la película americana ” Desayuno con diamantes” ( “Breakfast at Tiffany” ) con Audrey Hepburn. Estoy casi seguro que la tal Pip estaba aquella noche con Peral y conmigo en aquella maravillosa fiesta, en la que la orquesta tocó, el “Lambeth Walk”, un nuevo estilo de baile de origen inglés y muy conocida por entonces Disfrutamos mucho Peral y yo.

Poster de "Desayuno co Diamantes"
Poster de “Desayuno co Diamantes”

El 2 de Septiembre los periódicos trajeron la noticia del estallido de lo que vendría a ser la segunda guerra mundial , por aquellos días limitada a Alemania, Inglaterra, Francia y Polonia., aunque ya hacia algún tiempo que existía otra guerra: la declarada por Rusia contra Finlandia. Yo me hice de una agenda y empecé a escribir un diario, un intento que he comenzado muchas veces en mi vida hasta abandonarlo a los pocos días.

Pasada Regla, como en el año anterior volvimos a Sevilla, a las clases y a la rutina de siempre.

Al terminar el año 1939 me preguntaba que nos traería la próxima década. Una España nueva en una Europa en guerra y la incertidumbre de si nos veríamos envuelta en ella.

FIN
Julio, 2013

DON MANUEL FRAGA IRIBARNE

El reciente fallecimiento de Don Manuel Fraga Iribarne me trae a la memoria las circunstancias en que llegué a conocer a un hombre de tan larga historia política. Fué ministro con Franco y con la Monarquía, embajador en Londres, fundador del Partido Popular y presidente de la Comunidad de Galicia. Un verdadero talento que supo adaptarse a las peculiaridades de ambos regímenes.

Corría el año 1964. Yo vivía-y sigo viviendo- en Dallas, Texas. Un dia de Octubre de tal año el director de la Oficina Nacional Española de Turismo en Dallas, que era amigo mio me llamó anunciándome que al dia siguiente llegaba a la oficina Don Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo. Este amigo era Enrique II (véase “Los Tres Enriques”, en este blog. (Marzo, 2011). Todo nervioso me pidió que me acercara a la Oficina por si necesitaba mi ayuda. Yo, encantado, asentí.

Yo en mi vida había conocido a un ministro, ni español, ni de ninguna otra nacionalidad. Había conocido (es un decir) ex ministros y a personajes que luego llegaron a ministro. Entre los primeros figuró Don Ramón Serrano Suñer, el famoso “cuñadísimo” (estaba casado con una hermana de la mujer de Franco, el Generalísimo). Cuando yo ejercía la abogacía en Sevilla el Oficial Mayor del Colegio de Abogados, otro amigo, me sopló la noticia de que Serrano, que, retirado (o “mandado” a retirar) de la política era un abogado de postín en Madrid había venido a Sevilla a informar en la Audiencia Territorial. Yo y unos pocos mas fisgoneamos en la preciosa sala anexa a la de audiencias y a poca distancia pudimos ver como Don Ramón hablaba con algún compañero. Recuerdo que se estaba refiriendo a la luminosidad de Sevilla. Era un hombre delgado, de pelo blanco. Rezumaba distinción. Pero en fin, conocerlo no lo conocí. Poco mas o menos es como sj lo hubiera visto en el NO-DO, el noticiero de obligatoria proyección en todos los cines de España por aquellos años.

Más de cerca conocí a otro personaje que con el tiempo ocupó la poltrona ministerial. Cuando cursaba el quinto año de Derecho en la Universidad de Sevilla nuestro profesor de Filosofía del Derecho fué Don Joaquín Ruiz Giménez. El curso acababa de comenzar y cuando llevábamos escasamente cuatro o cinco dias de clases un día dejó de asistir. Le sustituyó un ayudante que no dijo ni palabra acerca de su inasistencia. A los pocos dias leímos en la prensa que había sido nombrado embajador en el Vaticano. Con el tiempo llegó a ser Ministro de Educación.

Don Manuel Fraga formaba parte del grupo de tecnócratas del que Franco se rodeó a partir de 1959. Con la aproximación a los Estados Unidos a España y tras la conclusión de los Tratados de Ayuda y Mutua Defensa respaldados por el Presidente Eisenhower pero instigados por su Secretario de Estado, John Foster Dulles, España paso de ser de una pariah en el concierto de las naciones a un pais si nó querido al menos acreedor al respeto de la comunidad democrática. Todo se debió al hecho de que los Estados Unidos, enfrascado en una guerra fría con la Unión Soviética había encontrado en España un adalid contra el comunismo internacional.

Habiendo por fin encontrado un amigo en los Estados Unidos el gobierno de Franco pensó que había llegado la hora de impulsar el turismo americano hacia España. Con este motivo se crearon varias Oficinas en el país, eligiendo sus sedes en grandes ciudades como Nueva York y Chicago y otras mas pequeñas pero con gran pujanza económica. Entre estas figuraba Dallas, El gran impulsor de este desarrollo turístico fue Don Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Información y Turismo de 1962 a 1969.

Cuando llegué a la Oficina el Ministro no había llegado aún. Al rato veo a entrar a un hombre alto, de cierta corpulencia, que al momento reconocí por las fotografías que con frecuencia se publicaba en la prensa. Don Manuel rezumaba autoridad y dotes de mando Nos sentamos en la diminuta oficina del director. Algunos cafés aparecieron. Al rato Don Manuel manifestó que le gustaría darse un paseo por el centro y tomarle el pulso a Dallas.

Aunque de una riqueza económica extraordinaria y gran dinamismo, Dallas era una ciudad provinciana, con escasos contactos con el exterior. El asesinato del presidente Kennedy la puso en el mapa. Antes nadie en Europa sabia donde estaba Dallas. Después del regicidio todo el mundo conoció su existencia. Así que Don Manuel tenia la natural curiosidad por esta ciudad que poco menos de un año antes había atraído la atención del mundo.

De todas las personas que componían el pequeño grupo que tomábamos café con Don Manuel yo era la única persona que conocía bien la ciudad. Enrique (Enrique II) me pidió que le acompañase a lo que yo accedí, con gusto. Ya en la calle Don Manuel me preguntó que ambiente político se respiraba en la ciudad en los días y las horas que precedieron al asesinato.

Yo le contaba a Don Manuel que Texas era (y lo sigue siendo) un estado mayormente conservador, pero que en Dallas, en particular, campeaba la extrema derecha, inspirada por una organización, la John Birch Society, que mantenía que el gobierno de los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban hermanados para conseguir, un dia, un gobierno mundial de inspiración comunista. La JBS predicaba que el general Eisenhower, era, en efecto, no solo presidente de los Estados Unidos, pero además un agente secreto de la URRS.

Al llegar el presidente Kennedy a la Casa Blanca, la JBS arreció en sus ataques. A las razones de siempre, añadía a tales ataques el hecho de que John F. Kennedy no solo era liberal y demócrata, (Eisenhower era republicano), sino católico, el primer candidato a la presidencia de religión católica en la historia del pais. A semejanza de lo que hoy ocurre con el presidente Obama, a quien el “Tea Party,” un grupo virulento que se asemeja a la JBS, rechaza (sin decirlo) por ser negro y que mantiene que ni siquiera nació en los Estados Unidos, requisito sine qua non para alcanzar la presidencia de los Estados Unidos, la JBS acusaba al presidente (otro agente comunista) de impulsar un programa de derechos civiles que expresamente favorecía a la comunidad negra.

Escasamente un mes antes del asesinato Adlai Stevenson, un prominente demócrata, amigo del presidente Kennedy y embajador de los Estados Unidos en las Naciones Unidas fue agredido salvajemente en Dallas. Cuando salía a la calle después de haber dado un discurso en el Convention Center apoyando la candidatura de Kennedy para una segunda vuelta a la presidencia, un energúmeno de la extrema derecha le golpeó la cabeza con una pancarta, lo que necesito asistencia médica y varios puntos de sutura.

Por las mismas fechas el Vicepresidente de los Estrados Unidos, Lyndon B. Johnson y su esposa, Lady Bird, que se encontraban a la puerta del Hotel Baker, en pleno centro de Dallas, después de haber participado en un evento politico fueron objeto de una violenta agresión verbal. Johnson se presentaba de nuevo como candidato a la Vice Presidencia junto con el Presidente Kennedy para las elecciones de 1964. Yo presencie dicha agresión.

El dia del asesinato, 22 de noviembre de 1963, el diario The Dallas Morning News publicaba un anuncio que cubría toda una pagina, enmarcada, de negro y ominosamente semejando una mortuoria en la que se hacían 10 preguntas al presidente Kennedy, una de ellas por qué Bobby Kennedy, el hermano del presidente y ministro de Justicia perseguía a los conservadores republicanos y no arremetia contra los comunistas que pululaban por el congreso de los Estados Unidos. El anuncio lo había pagado una organización local, coordinadora de la JBS, cuyo presidente era amigo íntimo del alcalde de Dallas.

Don Manuel me escuchaba atentamente. De vez en cuando me hacia alguna pregunta. Cuando terminé de describir cómo respiraba Dallas el día del asesinato, sentenciosamente manifestó; Si, una Pamplona protestante.

Pensé que al despedirme de Don Manuel no le volvería a ver personalmente. Quién me iba a decir, que sí que volveria a verlo. Fue cuatro años mas tarde.

A principios de los sesenta las autoridades de la ciudad de San Antonio, a 400 y pico kilómetros al sur de Dallas pensaron en organizar algo grande para celebrar el 250 aniversario de la fundación de la ciudad. La idea cuajó y se realizó en lo que vino a llamarse la Hemisfair de San Antonio. Fue una auténtica International World Fair. Financiado por los gobiernos de los Estados Unidos, y Texas y por numerosas companias americanas. Se construyeron pabellones de muchos paises, entre ellos el de España , que constituyó yo uno de los mas grandes y atractivos de la Feria.

Para España, cuyo régimen no contaba con muchos amigos en el mundo y se desesperaba con proyectar una imagen favorable al público internacional la Hemisfair fue un éxito tremendo. España se volcó, no solo presentando un gran pabellón, sino aportando una extensa gama de los mejor que podía producir el país, desde varias de las grandes pinturas del Prado, los Coros y Danzas, películas (entre ellas la incomparable “Bienvenido Mr. Marshall”) exhibiciones gastronómicas a cargo de importantes “chefs”, etc.

La Hemisfair se abrió en Abril y se clausuró en Octubre de 1968. A mi me invitaron a una gran fiesta, parte de los festejos del Día de España a celebrar en una fecha de Octubre, no recuerdo el día. Yo ya ejercía de abogado y mis quehaceres me impedian destinar dos días a divertirme, pues dos días eran los que necesitaría cubrir si viajaba en coche cerca de 900 kilómetros (ida y vuelta).Asi pues cogi un avion (una hora de vuelo) con idea de regresar en un vuelo nocturno. Judy, mi mujer no tenia la flexibilidad laboral que yo, como autónomo, gozaba.

Llegué a media tarde (la fiesta comenzaba a las siete) y me entretuve en recorrer la feria en la que participaban muchos paises, visite varios pabellones extranjeros,y como es natural pasé la mayor parte del tiempo en el pabellón español, que era precioso .A las siete y pico me dirigi al Hotel Hilton, verdaderamente fastuoso, que se estrenaba en aquellos días.y que era donde se celebraba la fiesta. Nada más llegar y sin esperarlo, vi desde cierta distancia la figura irrepetible de don Manuel Fraga Iribarne. Me alegré muchísimo Estaba rodeado de un grupo de americanos y no quise interrumpir. Cuando vi que se quedaba sólo rápidamente, para evitar que le acosaran de nuevo, me dirigí a él. Antes de que me presentara ( hacía cuatro años desde la última vez que nos vimos) me reconoció incluso por mi nombre. Charlamos de varias cosas y le felicité por la nueva Ley de Prensa, que con las naturales reservas, había sido bien acogida por los medios informativos americanos.

Hay que recordar que Fraga sucedió en el Ministerio de Información a Don Gabriel Salgado. Salgado era hombre de iglesia, pacato donde lo hubiera, que continuó la férrea censura del régimen e impuso una descabellada interpretación de lo que él entendía como “la moral y las buenas costumbres”. Bajo su mandato la publicidad comercial de prendas de vestir, películas e incluso canciones llegó a extremos ridículos. Su sucesor, Fraga, hombre liberal, nos trajo su Ley de Prensa e Imprenta de 1966 que cambió el rumbo y liberalizó los medios. Los cínicos decían: “con Salgado, todo tapado; con Fraga, hasta las bragas”.

La fiesta fue magnífica. Asistían varios miembros de los gobiernos local, estatal y federal, entre los últimos Mr. Steve Udall, de Nevada, ministro del Interior.”Interior” no es sinónimo de Gobernación, como es habitual en España.  Su misión es la conservación y cuidado de los terrenos, bosques, y edificios propiedad del gobierno federal. El gobierno de los Estados Unidos es propietario de todos los edificios ocupados por la administración federal, parques naturales e incluso miles de caballos y búfalos salvajes que crecen libremente en las vastas llanuras del “midwest”.

También, aparte de Don Manuel habían venido desde España algunos dignatarios,
personajes y personajillos. Entre ellos tuve la ocasión de charlar con Niní Montián, la conocida y antigua artista del cine, algo fondona, pero todavía espectacular. Me dijo que se había retirado del cine y de la escena y que ahora se dedicaba a relaciones públicas y de ahí su presencia en la Hemisfair. También saludé al Embajador de España en Washington DC, Don Alfonso Merry del Val. Al preguntarle si era pariente del Capitán General Merry del Val, tan querido en Sevilla (el Ayuntamiento le dio su nombre a un calle, que después, siendo gobernado por la coalición socialista-comunista lo sustituyó por el de la actriz comunista Pilar Bardem) el embajador me dijo que el militar pertenecia a “otra rama” de la familia. Yo para entonces estaba mas que “alegrito”.

Cuando observaba que el Ministro Udall bailaba con una rubia despampanante, me acerque a Don Manuel y le comenté:
Don Manuel, ¿ ha visto usted lo bien acompañado que está su colega, el Ministro del Interior?
Si señor, como debe estar todo Ministro, me contestó rápido el de Información y Turismo.

En las dos ocasiones en que tuve la oportunidad (y el honor) de tratarle Don Manuel demostró, con sus rápidas observaciones una aguda comprensión del clima político de Dallas (una Pamplona protestante) y una humorística (quizás orgullosa) percepción del cargo que ostentaba (como debe estar todo Ministro). Cuando fue ministro del Interior, ya muerto Franco y siendo Arias Navarro Jefe del Gobierno hizo famosa la frase “la calle es mía”. Esto tuvo lugar en 1976, al tiempo de combatir ciertos desórdenes callejeros. La frase ha sido interpretada en el sentido de que el dominio de la calle, como vía de tránsito, pertenece al Estado. Yo le doy una interpretación mas sencilla. Creo que Don Manuel dio a entender con ello que contaba con los resortes necesarios par mantener el orden. El orden fue siempre norte en su vida política.

La extrema izquierda le atacaba no sólo por ser un directo heredero del régimen franquista, sino por su recto sentido de lo que debe ser el orden y respeto a la jerarquía. Tampoco era santo de devoción para la extrema derecha, que se espantaba de sus esfuerzos para liberalizar a España. Recordemos que fue Fraga quien presentó a Santiago Carrillo, recién regresado del exilio, en el Club XXI de Madrid.

Fué muy criticado por la izquierda porque se atrevió a llamar “ignorante” a Felipe Gonzalez cuando éste era primer ministro y Don Manuel, jefe del Partido Popular se encontraba en la oposición. Veamos. A la edad de treinta años Felipe González (nacido en 1942) no era sino un Licenciado en Derecho, abogado laboralista, que vivía, como líder socialista en la clandestinidad. A la edad de treinta años Fraga era, por oposición, Catedrático de Derecho Politico, Letrado de las Cortes (sacó el número uno) y diplomático. Al tiempo que Felipe González llego al poder, 1982, Fraga había sido dos veces ministro, embajador en Londres y habia dado la vuelta al mundo varias veces. Felipe González no había pasado de Francia. Que Felipe González tenia (y suponemos que tiene) indudable talento político no nos cabe duda. Pero que en las fechas indicadas fuera incapaz de competir con Don Manuel, hombre de muchos saberes, tampoco nos cabe duda.

Cuando el partido socialista ganó el poder Don Manuel vió que sus horas de lider de la derecha a escala nacional estaban contadas. Decidió pues volver a sus lares, a su Galicia natal. En la primera ocasión que pudo se presentó a las elecciones para la presidencia de la comunidad gallega las ganó y permaneció en el poder como tal presidente quince años. Quince años que, pese al sentir de sus detractores transformaron a Galicia. Después vino la catástrofe del “Prestige” y en 2004 la pérdida de la mayoría por el Partido Popular. Sin alharacas Fraga salió de la escena y volvió a su escaño en el Senado, donde le sorprendió la muerte. Descanse en paz.

DE NOMBRES Y APELLIDOS: EL APELLIDO CAZORLA (Continuación)

En la primera parte de este trabajo haciamos constar qué horrible tiene que ser cargar toda la vida con un nombre de pila (mil perdones a aquellos lectores, si los tengo, que no sean cristianos) desagradable y que no tenia noticias de que fuese factible cambiarlo oficialmente. Evidentemente no estaba al dia. Recientemente he descubierto que, efectivamente.es posible, a través de la Dirección General del Registro Civil.

Sí hacia constancia de que era posible, y lo sigue siendo, el cambio oficial del apellido. Al fin y al cabo es el apellido lo que identifica al individuo en sociedad. Como advertia anteriormente el cambio se opera asimismo a traves del mismo organismo antes citado y con las debidas cautelas pues no puede uno impunemente cambiar de apellido para defraudar al Fisco o a terceros.

En los años cuarenta o cincuenta circulaba por España una copia mimeográfica (aun no se habia inventado la copiadora Xerox) de una página del Boletín Oficial del Estado que incluia un aviso de la Direccion General del Registro Civil dando un plazo perentorio a todas aquellas personas o entidades que se opusieran al cambio de apellido de un hombre (el solicitante) alegando en qué medida podrían sufrir daños y perjuicios si tal cambio se llevara a efecto. A continuación transcribia los hechos que según el solicitante justificaban dicho cambio. Resulta que el tal solicitante era un italiano de los miles que envió Mussolini a guerrear al lado de Franco y contra la República en tiempos de la Guerra civil (1936-1939). Este buen hombre se enamoró de una española, con la que se casó y decidió no volver a Italia. Lo que afligia a estr hombre era su apellido. Su apellido, italiano, por supuesto, coincidia en un todo con uno de los muchos nombres con que se identifica el miembro viril. Concretamente, uno que empieza con P y termina con A. Alguno de mis lectores se preguntarán a santo de qué vienen tanto remilgos.En la España de hoy no hay mas que subirse a aun autobus y escuchar la conversaciones (a voces) entre adolescentes, varones y hembras para curarse de espanto. Pero uno es chapado a la antigua y piensa que quiza pudiera haber entre sus lectores alguna que otra virginal doncella. No es que este género abunde. Ya Enrique Jardiel Poncela en los remotos veinte se lo preguntaba en su desternillante novela “Pero hubo alguna vez 11,000 vírgenes”? si bien queda la duda de si referia al número, en verdad exhorbitante o a la condición.

En fin, el hombre se quejaba de que cada vez que pronunciaba su nombre, al presentarse,por ejemplo, causaba ocasion de regocijo y pullas que le hacian la vida nada agradable. Lo peor era cuando en presencia de público se leia su apellido en voz alta por ejemplo, para entregarle una carta en correos o para comunicarle su turno en una variedad de situaciones, etc. En Italia, donde su apellido era mas o menos corriente no habia problemas. En España era un infierno. No me cabe duda que su solicitud prosperó, sin que recuerde cual fuese el nombre que pedía para sustituir al suyo.

Despues de publicada la primera parte de este trabajo algunos lectores me han comunicado que el apellido Cazorla no es tan raro., después de todo. Es cierto que no faltan Cazorlas no solo en España, sino en las Americas e incluso en Europa (algunos en Francia, Portugal e Italia). Aun asi, insisto en que es raro.

No solo es raro: es tambien antiquísimo. Hace varios años compré lo que segun los expertos es la mejor biografia de Pablo Ruiz Picasso que se ha escrito, de la pluma de un inglés llamado John Richardson. La obra es monumental, consta de 4 grandes volúmenes de los que hasta la fecha se han publicado tres. Al final del tomo segundo el autor ha, pacientemente, investigado los nombres de los ancestros de nuestro genial pintor. Y, de nuevo, cual no sería mi sorpresa al ver que entre allos figura un CAZORLA, Francisco de Leon y CAZORLA ,que existio nada menos que en siglo XVI (nacido en 1579). Reproduzco aqui el árbol genealógico de Picasso – haz click on the image para verla en alta resolucion:

NOMBRES Y APELLIDOS: EL APELLIDO CAZORLA

Este tema de nombres y apellidos siempre ha despertado mi curiosidad. ¿Por qué uno se llama José y no Juan? (Ojo: nombres estos llamados a extinción. El gran público prefiere Kevin o Mark) ¿Por qué María Teresa? Otrosí digo: idem de lo mismo: Vanesa (también Vanessa, que es mas “distinguido”) o Jenifer (mejor aún Jennifer). ¿Y por qué una familia se llama De la Cámara o, popularmente, Rodríguez, como nuestro Primer Ministro, también a punto de extinción (se entiende políticamente)?

No deja de ser curioso el hecho de que la selección de nombres y apellidos es una de las pocas actividades en que el usuario de los mismos no tiene ni arte ni parte. El tan cacareado “libre albedrío” no cuenta para nada en esta actividad. Es, primordialmente, la mama del bebé quien se atribuye exclusivamente el privilegio de llamarle a la criatura como le venga en gana. Otras veces influyen parientes, padrinos, etc., Tradicionalmente ha habido poca imaginación para seleccionar estos nombres. Casi siempre se escogía el nombre de un familiar: abuelos, padres, tíos, etc. Esta práctica daba lugar a la repetición del mismo nombre en el seno de la familia. Concretamente, en la mía, entre muertos y vivos cuento con tres Federico (nombre de mi padre), tres Antonia/o (nombre de mi madre y hermana), tres Manolo (nombre de mi hermano) y cuatro Rosalía (nombre de mi hermana la mayor).

Por supuesto, hasta hace pocos años los nombres se extraían del inmenso surtido del santoral católico. Brevemente, en tiempos de la segunda república (1931-1939) algunas familias laicas registraron a sus descendientes (casi siempre niñas) con nombres republicanos, tales como Libertad, Fraternidad, etc. Estas niñas tuvieron al crecer problemas cuando, terminada la guerra e impuesto el nacional catolicismo, se encontraron con las dificultades que cabe suponer.

Hoy en día primero la radio y después la televisión, ambos con sus culebrones, acabaron por eliminar a las María del Carmen, Rosario, y Luisa, y a los José, Pedro, y Julián. Hoy lo que priva son las Vanesa, Rebeca, y Mirna o Kevin, Jason y Tommy.

Por supuesto que las regiones con el dichoso factor diferencial o sea Cataluña y País Vasco, una vez que se convirtieron en autonomías se apresuraron a arrinconar la versión española del santoral y hala, nos han llenado el país de Josep, Lluis, y Xavi y Koldo, Iker e Izaskun. Nunca la letra K, otrora en el limbo, ha gozado de tanto prestigio en nuestro moderno alfabeto.

En países con mas liberalidad de la que existía en España la adopción de nombres obedecía a corrientes impuestas por novedades (literarias, entre ellas) o tradiciones o el prestigio asociado con las casas reinantes. Así en el Reino Unido abundaban los “George” o “Edward”, monarcas en sus épocas. (En las antiguas posesiones británicas del Caribe esta adhesion a la Corona llego a
extremos inverosímiles: yo llegue a conocer a un individuo que se llamaba “Prince Albert Smith” El príncipe Alberto fue el consorte de la Reina Victoria).

Muchos “Emile” existieron en Francia atraídos por el prestigio del famoso escritor Zola. En Alemania era popular, y lo sigue siendo, el nombre de “Martin”, por Martin Lutero, el autor de la Reforma eclesiástica.

En los Estados Unidos hubo una época en que a los niños de raza negra se les imponían nombres de personajes célebres en la historia del país: Washington, Jefferson (curiosamente ambos poseían centenares de esclavos) y sobre todo Lincoln, el que los emancipó de la esclavitud. Este interés por los nombres de personajes famosos no se limitaba a los nacionales. A veces traspasaban las fronteras. A finales del siglo XIX muchos negritos norteamericanos eran bautizados o registrados con el nombre de Maceo. Extrañado, pregunté y descubrí que era por Antonio Maceo, un negro cubano que se distinguió en la guerra de la independencia contra España. Yo conocí a un betunero en una peluquería que frecuentaba que se llamaba Napoleón. Los peluqueros (y clientes) con esa obsesión norteamericana por abreviar nombres, tanto largos (“Mort:” por “Mortimer” o cortos, “Norm” por Norman) le llamaban “Napo”.

Como decía antes el usuario de un nombre, cuya opinión, por razones obvias, nunca se tuvo en cuenta, se ve obligado a cargar toda su vida con el nombre que le impusieron. Hay gentes que ya temprano en sus vidas hacen saber a parientes, amigos y allegados que les llamen por el nombre o apodo que han elegido extra oficialmente. Pero cuando llega la hora de firmar documentos tienen que volver a aquél con el que figuran registradas. Yo creo que debería haber una ley que autorizara a estos Homobono o Tiburcio a que llegada la mayoría de edad le autorizaran adoptar el nombre que les guste (incluso “Kevin”, !qué le vamos a hacer!) simplemente con hacerlo constar en el Registro Civil que corresponda y sin necesidad de explicar la razón por el cambio.

En cuanto a los apellidos es bien sabido que la terminación ez en Rodríguez (o en Rodrigues) denota “hijo de Rodrigo” y así en Sánchez, Martínez, Pérez (hijo de Pero, Pere en catalán), etc. Esto es común con muchos idiomas: en inglés, Johnson es hijo de John, en alemán, Peterson, hijo de Peter (Pedro) o en Suecia Pedersen, hijo de Pedro, o en Rusia, Ivanov, hijo de Iván (Juan).

Muchas veces los apellidos denotan el lugar o inmediaciones donde el titular nació: Burgos, Sevilla, etc., o el oficio: Carpintero, Herrero, etc.

En España, como se sabe, el primero apellido corresponde al del padre del titular y el segundo al de la madre. El orden cambia en algunos países. En los Estados Unidos, los norteamericanos no entienden de madre. Ellos tienen su propio orden: primero (o dado: bien en la pila bautismal o en el registro civil) el del medio y último. El último es el que controla. Así, John Luke Thompson es oficialmente Mr. Thompson. Antes de radicarme en los Estados Unidos, yo, que sabía de tal costumbre, opté por olvidarme del nombre de mi madre, Bermúdez y oficialmente figuraba, y figuro, como Eugenio Cazorla. Sin “middle name” o nombre de en medio, que es lo corriente y popular en este país. Es raro no disponer de un nombre a caballo entre el primero y el último.

La diferencia entre la práctica española y la norteamericana fue causa de una irritación que tuve que aguantar en una de las oficinas de correo en Dallas a poco de llegar de España, en 1958.

Mi familia me había enviado un paquete y correos me había notificado su llegada y que me pasara a recogerlo. Al llegar me pidieron documentación. Yo aún no había sacado un permiso de conducir pues no habíamos comprado un coche todavía. (En los Estados Unidos, donde no existe un documento nacional de identidad, el permiso de conducir sirve como tal. Hay un documento especial para los que no conducen). Mi único documento de identificación, aparte del pasaporte, era la tarjeta universitaria que saqué tan pronto como me matriculé en la Facultad de Derecho de la Southern Methodist University. Esta tarjeta estaba expedida a nombre de Eugenio Cazorla. El oficial de correos se negó a entregarme el paquete porque el mismo venía dirigido a nombre de DON EUGENIO CAZORLA BERMUDEZ. El oficial de correos me exigía que le mostrara identificación como Don (abreviatura de Donald) Bermúdez. Esto fue precisamente el motivo por el cual decidí, aún antes de llegar a este país, llamarme simplemente Eugenio Cazorla. Tardé como veinte minutos en convencer no al oficial, sino a su superior, que Don Eugenio Cazorla Bermúdez y Eugenio Cazorla eran una misma persona.

Esta diferencia es causa de constante problemas para los recién llegados que no han tomado previamente las debidas precauciones. El servicio nacional de inmigración ante la oleada de latinoamericanos que legal o ilegalmente han poblado el país ha resuelto el problema simplemente colocando un guión entre el apellido paterno (que ellos llaman “middle name” y el materno (“last name”) de suerte que un Juan Pérez Rodríguez se convierte en Juan Pérez-Rodríguez. Esto está bien para el servicio de inmigración. Cuando se dirigen a el le llaman Mr. Perez-Rodriguez. Pero fuera de este contexto este señor Pérez-Rodriguez sera conocido en todas partes como Mr. Rodríguez.

Y a propósito de la inmigración, el punto de entrada en los Estados Unidos para los inmigrantes europeos, hasta mediados de los años cincuenta estuvo situado en Ellis Island, una islita frente al puerto de Nueva York donde los recién llegados eran sometidos a examen medico e interrogatorios sobre su pasado, etc., Al tomarle el nombre los oficiales de inmigración caprichosamente decidían como el inmigrante se iba a llamar en los Estados Unidos si el nombre era muy largo o difícil de pronunciar. Y así un Fedorowkirkenski entra como Fedorow. El pobre inmigrante (y muchos lo eran de solemnidad) que había orgullosamente usado su nombre durante generaciones se encontraba con un nuevo nombre y, anonadado, ni se atrevia a rechistar Pero el oficial se quedaba tan campante.

El apellido Cazorla es bastante raro. Cuando yo era chico, antes de la guerra (la nuestra) la guía de teléfonos de Sevilla no registraba mas Cazorla que nuestra familia y un señor, que sabíamos era militar y que vivía en el barrio del Porvenir. Al estallar la guerra una noche de aquel sangriento verano del 36 regresábamos mi hermano Manolo y yo a casa después de haber estado jugando en la Plaza de San Lorenzo. El general Queipo de Llano (“El Virrey de Andalucía”) todas las noches sobre las once daba una charla por radio sobre las noticias de guerra del día. Las aceras del primer tramo de la calle Juan Rabadán, calle en donde vivíamos, o sea el que va de la Plaza a la calle Teodosio estaban ocupadas por familias de la vecindad que, sentadas en sillas y sillones escuchaban la radio de uno de los vecinos (no todos disponían de una radio en aquellas fechas) que la había puesto a todo volumen. En esto oímos la potente voz del general aludiendo “al canalla de José Cazorla” y que “ya le ajustaremos las cuentas”. Despavoridos mi hermano y yo echamos a correr y no paramos hasta llegar a casa. Se daba la circunstancia de que un hermano de mi padre (por el que teníamos especial cariño) se llamaba José. Al llegar a casa, donde mis padres también estaban escuchando la radio y habían oído la noticia, hicimos preguntas y mi padre nos tranquilizó. No era nadie de nuestra familia. Después nos enteramos que el “canalla” de José Cazorla era un comunista (José Cazorla Maure) que tenía a su cargo el Orden Público de Madrid y que estaba haciendo estragos entre mucha gente de la derecha en la capital de España. El general se salió con las suyas. Cazorla fue fusilado en 1940.

En 1942 mi padre me invitó a hacer un viaje por España. Paseando un día por la Gran Vía en Madrid vi. un gran letrero en un balcón anunciando SASTRERIA CAZORLA. Eran ya tres Cazorla fuera de mi familia.

Al trasladarme a vivir a los Estados Unidos adquirí la costumbre de consultar las guías de teléfonos de las ciudades a las que viajaba. Jamás encontré a un Cazorla. Esta costumbre la seguí viajando por España, con escasos resultados, aunque curiosamente, la guía de teléfonos del pueblo de Cazorla (Jaén) no incluye a ningún Cazorla.

Volviendo a los Estados Unidos, y concretamente a Dallas, hace muchos años y estando yo trabajando en la Oficina Nacional de Turismo de España (véase “Los tres Enriques en este blog) se presentó un día un señor que no venia sino para curiosear. Hablé con él, en inglés, y me contestó en un español. que si nó perfecto era aceptable, Al preguntarle donde y como había aprendido el idioma me contestó que en el seno de su familia, donde siempre se había hablado español. Como no tenía aspecto de ser ni español ni hispanoamericano, perplejo, le miraba con atención en busca de una clave que me indicara sus orígenes. El se dio cuenta de mi desorientación y, riendo, me sacó de dudas y me aclaró que el era judío sefardita. Me quedé patidifuso. Era la primera vez que tenía delante de mí a un judío sefardita. Pero cuando casi me caigo de sorpresa es cuando me da su tarjeta y veo que se llama !Edwin CASSORLA!

El pobre hombre vino a la oficina durante su “lunch break”, o sea, durante la hora del almuerzo. Pero como no había aún almorzado cuando se le ocurrió pasarse por la Oficina aquel día se quedó sin su “lunch”. (Le invité a almorzar otro día).Porque lo tuve atosigado a preguntas. Y no tuve más remedio que dejarlo ir porque su hora de permiso terminaba y tenía que regresar a su puesto de trabajo.

Años y años intrigado por el origen del apellido Cazorla y ahora resulta que disfrazado con doble esse es el nombre de un judío sefardita. ¿Qúe podía significar esto?

Esto me trajo al recuerdo algo que presencié en Sevilla antes de la guerra. Mi padre, agente comercial, representaba una marca de turrones, “El Almendro” con fábrica en Jijona (Alicante). Entre sus clientes figuraba una larga familia de turroneros, los Soto, quienes recorrían España de feria en feria, incluida la de abril de Sevilla, vendiendo los turrones que les vendía mi padre. Estos Sotos se llamaban Moisés, Abraham, Aaron etc. Mi padre y los Sotos tenían buena amistad. Una tarde, seria el años 1934, mi; padre me dijo que íbamos a asistir a un bautizo hebreo. La casa estaba pasando el final de la Alameda de Hércules, en la calle Calatravas. Me llamó la atención ver, al llegar a la casa un lujoso automóvil en la puerta con una extraña matrícula, GBZ. Luego me enteré que procedía de Gibraltar. En la casa había mucha gente. Al rato de llegar veo que se forma un corro de personas, todos hombres. Oí el llanto de un bebé. Yo, de escasa estatura, poco podía ver, pero al rato alguien salía del corro con una palangana con un charquito de sangre. Le pregunté a mi padre que significaba todo esto pero se encogió de hombros. Estuvimos algún tiempo mas, entramos en otra sala donde había vinos, pastas y por supuesto turrones. Después nos fuimos a casa. Mi padre no supo explicarme que es lo que había pasado. Pero yo, que siempre he sido muy curioso, hice indagaciones y descubrí que el coche de Gibraltar era propiedad de un rabino que había venido ex profeso a dirigir la ceremonia y que la ceremonia a la que habíamos asistido, y, por lo menos yo, mal presenciado había sido una circuncisión, o sea el equivalente a un bautizo católico. Y que, por supuesto, los Sotos eran judíos (en Sevilla y en España le llamábamos entonces “hebreos”) lo que no obstaba para que se sintieran macarenos y que incluso llorasen al paso de la Virgen por la cercana calle Feria,

Me reuní varias veces con Edwin Cassorla. Yo le atosigaba a preguntas. ¿Cuándo vinieron ustedes a los Estados Unidos? ¿De dónde? No sabía nada. Lo único que sabía era que antes de trasladarse a Dallas, donde llevaba poco tiempo, había vivido en Indianápolis, (Indiana) donde había nacido, donde se había criado y donde desde hacia mucho tiempo existía (y existe) una colonia de judíos sefarditas. “Mire usted” me dijo “quien sabe todo eso que usted me pregunta es mi padre, Joe Cassorla. Escríbale usted”. Joe Cassorla estaba jubilado y vivía en la Florida. Me dio una dirección y le escribí preguntándole detalles sobre el origen de su apellido. Nunca me contestó. Después de muchos años, y reflexionando, me hago cargo de que mi pregunta no es fácil de contestar. Los judíos españoles, expulsados por los Reyes Católicos en 1492, se esparcieron por muchos puntos. Muchos se fueron a países en el Mediterráneo oriental donde no existía sentimiento antijudío, tales como la moderna Turquía. . Otros se fueron a países protestantes del norte de Europa, tales como Holanda. De aquí pasaron algunos a Inglaterra y de allí al Nuevo Mundo.

Continué con mis pesquisas y consulté la Enciclopedia Judaica (Jewish Encyclopedia) y allí encontré numerosos Cassorla, desperdigados en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, America del Sur, etc. Y me preguntaba: ¿es el apellido Cazorla un apellido judío? O, por el contrario, ¿somos y hemos sido los Cazorla siempre cristianos en tanto que los Cassorla (que originalmente serían Cazorla también, deformándose la ortografía del apellido tras cientos de años de exilio) fueron judíos siempre y desde antes de que se asentaran en España (probablemente en Cazorla, Jaén)? ¿O eran los Cazorla judíos que optaron por bautizarse para evitar el destierro, como los Sotos, pero que renegaron del judaismo?

Para incrementar mi perplejidad descubrí al revisar la historia de la ciudad de Cazorla (Jaén) algo que me dejo asombrado: el escudo de la ciudad ostenta la estrella de David, la estrella judaica de seis puntas, icono emblemático dc Israel. ¿Cómo una ciudad, conquistada a los moros por Fernando III de Castilla y entregada a y gobernada por el Arzobispado de Toledo ostenta en su escudo la estrella de David? ¿Pura casualidad? Consulté con un experto cazorlense y descubrí que el origen de la estrella es una alusión a la Virgen Maria, una de cuyas advocaciones, según la letanía es Estrella de la Mañana (Stella Matutina). De acuerdo, pero ¿pero por qué una estrella de seis puntas? Normalmente el símbolo de la estrella en banderas, emblemas, anuncios, etc. es la de cinco puntas. Esto es un misterio. Por lo menos para mí.

Pasó algún tiempo y un amigo (judío) me contó que acababa de regresar de Londres y que había visto en la televisión un programa de la BBC en la que había sido entrevistada una famosa psicóloga (luego catedrática en la Universidad de California en Los Ángeles). Su nombre era (y es) Irene K. KASSORLA. Había publicado un libro, que, por supuesto, compré inmediatamente. Averigüé su dirección en Los Ángeles y le hice las mismas preguntas que le hice en su día a Joe Cassorla: qué sabía de sus orígenes, de donde procedía su nombre, etc., etc. No me contestó. Indudablemente los Cassorla/Kassorla no tienen ni idea de las reglas de urbanidad.

Con el tiempo averigüé que hay muchos Cassorla y Kassorla, todos judíos, en los Estados Unidos, en Europa y en la América hispana. Al parecer emigraron de España al Oriente Medio y desde allí se inició la segunda diáspora que les ha llevado a todas partes.

Y ¿qué de los Cazorla? Pues seguimos siendo pocos. No he oído de ningún Cazorla en los Estados Unidos en muchos años. Allá por los años ochenta, estando en Santa Fé, Nuevo Méjico, sentí como un dolor muscular (bursitis) que me traía de cabeza. Desesperado pregunté en el hotel donde me hospedaba por el doctor más próximo. Si, me dijeron, justamente en la esquina de la calle, el Dr.”Cazorla”. Me quedé boquiabierto. Como se quedó la recepcionista al preguntarme por mi nombre y que dio lugar a la sonrisa abierta del buen doctor. Era de Méjico y había emigrado a los Estados Unidos.

Unos años mas tarde una llamada telefónica a altas horas de la noche me dio a conocer que un tal Luis Cazorla se encontraba preso en Fort Worth, y por favor que lo sacara de la cárcel donde se encontraba recluido por conducir embriagado. Por aquellas fechas mi práctica en la esfera penal se limitaba a extraer de la cárcel a delincuentes usando el famoso “Habeas Corpus”. Fort Worth esta como a 45 km. de Dallas. Para otro individuo hubiera declinado el servicio pero conocer a un raro Cazorla me intrigaba. Total que fui y lo pusieran en libertad bajo fianza. Resultó ser un peruano borrachín, que hacía de camarero en Fort Worth. Le he perdido la pista totalmente.

En fin, que si no fuera por nuestro incomparable Santi Cazorla nuestro apellido suena poco y sigue siendo raro.

MEMORIA DE LOS ANOS TREINTA: MONARQUIA, REPUBLICA Y GUERRA CIVIL

A mi querida hermana “Chica”
superviviente, conmigo,
de una familia feliz

PRIMERA PARTE

MONARQUĺA

RES, 39

Mis padres se casaron en 1923. Al casarse tomaron en arrendamiento un piso en la calle Res, número 39. Esta calle, por razones que desconozco vino en llamarse después, y se sigue llamando, Redes. Allí nacimos, yo en 1924, mi hermano Manolo y mi hermana Rosalía, ambos fallecidos y mi hermana Antonia (“Chica”) que sobrevive. La calle Res arrancaba en Alfonso XII y moría en Baños, justo enfrente del cuartel llamado Del Carmen (Infantería de Granada número 8), que hoy creo que es un centro cívico-cultural.
Nuestro piso era un tercero. Por supuesto no había ascensor, ni creo que en aquellas fechas existiera un ascensor en toda Sevilla Desde sus balcones se veía la que entonces se denominaba Plaza de Cuba adornada con hermosos castaños y unos sólidos bancos de hierro con respaldos de una complicada ornamentación a base de unos anillos que si al instalarse eran fijos para entonces giraban sobre sus goznes lo que no dejaba de ser un entretenido pasatiempo para la chavalería.

REPŮBLICA

PLAZA DE LA MATA, 3

Creo que fue a fines de 1930 o principios del 31 cuando nos mudamos a Plaza de la Mata, a espaldas de la Alameda de Hércules. Tiene que haber sido por aquellas fechas porque recuerdo perfectamente que regresando una noche a casa, algún tiempo después de la mudanza y en compañía de mi madre, vi., en la calle Peris Mencheta, muy cerca de donde ya vivíamos a un militar, sargento o cabo, que se nos cruzó en bicicleta y que me llamó la atención porque iba llorando. Extrañado le pregunté a mi madre por qué lloraba.”No sé” me contestó. “Quizá por “lo” del Rey”. Era que se acababa de proclamar la II Republica: 14 de abril de 1931. Lo que no supimos era si lloraba de pena o de alegría.

Cómo se le ocurrió a mi padre comprar una casa (me enteré después que pagó por la misma siete mil duros, o treinta y cinco mil pesetas) en la Plaza de la Mata fue algo que nunca supe. Tiene que haber sido por que el precio pudo haber sido una ganga. Además la casa era bonita, sólida y de reciente construcción. Lo malo es que la Plaza de la Mata y sus aledaños eran un foco de prostitución. Y además de prostitución barata. Al anochecer pululaban por la zona mujeres (como se decía entonces, “de la vida”) casi todas de mediana edad, pintarrajeadas y emperifolladas con lo que por entonces era un verdadero escándalo: las uñas de los piés pintadas y los tobillos circundados por cadenitas de bisutería. Y todas fumando.

LA ALAMEDA DE HÉRCULES

La Alameda de Hércules era, sobre todo en las noches de verano, un verdadero centro de atracciones. El puterío apenas se notaba porque las mujeres buscaban las sombras y la Alameda estaba muy bien iluminada. Había tres cines al aire .libre de los que recuerdo el nombre de dos: el Villa Sol y el Hispano. En ellos vi películas que ponían los pelos de punta: “El Cuarto `Amarillo”, “La Voluntad del Muerto”, “Horror en el Cuarto Negro”, y otras. Había varios kioscos donde expendían una cerveza riquísima (de La Cruz del Campo, por supuesto) con patatas fritas. Y tiovivos, tómbolas, casetas del tiro al blanco, etc. etc. También había murgas (especie de varietés) de las que la más famosa era la de un tal “Regaera”.

La Alameda corría de Norte a Sur. Al extremo Sur del paseo, enfrentado con la embocadura de la calle Trajano había un chalet más bien en decadencia. Reverencialmente, cada vez que pasábamos por el chalet me padre me decía: “Ahí vivió Joselito El Gallo”. Joselito el Gallo fue José Gómez Ortega, gitano, quizás el mejor torero de la historia. Murió en 1920 de un cornalón en la plaza de Talavera de la Reina. Para mi padre no había nada ni nadie sino su Joselito.

LOS SALESIANOS

Mi instrucción primaria estuvo cargo de los Salesianos, que tenían un colegio en la calle Calatrava. El colegio constaba de unas cuantas naves antiquísimas, con un mobiliario viejo y pobre y extensos campos de recreo. Saltaba a la vista que los Salesianos no andaban bien de cuartos. El director del colegio, Don José, era un viejecito (al menos así aparecía a mis siete años de edad) de pelo blanco. Cuando hablaba se le formaban unas burbujas de saliva en las comisuras de los labios. Había un maestro, Don José, que para distinguirlo del director llamábamos Don José Ferrer. Don José Ferrer, hombre joven era lo que por entonces describíamos como un “chicarrón del norte”. Para los enclenques andaluces de la época todo hombre bien musculado tenía forzosamente que proceder del norte, o sea, del País Vasco. Yo no sé si Don José Ferrer era vasco o no, pero si que era un hombre de muchas fuerzas y que jugaba muy bien al fútbol. Jugaba sin quitarse la sotana. Cuando terminaba el partido la sotana estaba blanca de polvo. Yo le caía bien y me llamaba “Euge”. Otro profesor era Don Antonio. Don Antonio no era cura. Era un joven bien vestido, de pelo rizado y bastante amable con la chiquillería.

Don José venía a hablarnos de vez en cuando, casi siempre a pedir dinero. Nos daba a cada uno un sobrecito y nos decía que se lo entregáramos a nuestras mamás y ellas sabrían que es lo que tenían que hacer. Yo le entregaba a mi madre el sobrecito que iba acompañado de un ruego. Mi madre ponía dos pesetas dentro del sobre, lo cerraba y me lo devolvía. Al día siguiente se lo entregábamos a Don Antonio.

MI PRIMERA COMUNIÓN

El año 1932, tenia yo ocho años, hice la primera comunión. Mi madre encargó un traje muy bonito, de pantalón largo, seguramente obra de una sastra. Era de color crema, chaqueta cruzada y una camisa blanca abierta, sin cuello. Cruzaba la chaqueta una cinta con bordados en oro. Pendía de la cinta una bolsita de raso, blanca. La bolsita era para los regalos, siempre dinero .En la mano, un devocionario con las tapas de nácar y el clásico broche en plata sobredorada. Entonces las primeras comuniones no eran lo que son ahora. No había fiesta ni celebración alguna.Lo obligado, una vez terminada la ceremonia religiosa, que en la mía tuvo lugar en la capilla de los Salesianos, era ir a visitar a parientes y amigos. Mi madre alquiló un coche de caballo y así empezó un peregrinaje que no terminó sino al anochecer. A las dos de la tarde hicimos un descanso para comer. Estábamos citados con mi padre en el Pasaje del Duque, uno de los mejores restaurantes de Sevilla, ubicado, como su nombre indica, en la Plaza del Duque (de la Victoria). Allí disfrutamos de un almuerzo opíparo, pagado con el producto de nuestras visitas, que fueron de lo más generosas. Terminado el almuerzo montamos de nuevo mi madre y yo en el coche de caballos y continuamos con el visiteo. Para mi fue de lo mas aburrido, si bien me atiborré de los caramelos, chocolatinas, dulces. y demás golosina con los aquella buena gente me obsequiaba. (Al día siguiente mi madre me administró un purgante). Los “beneficios” fueron en total unos cincuenta duros, cifra más que respetable en aquellos tiempos. Después de pagar el almuerzo y el coche de caballos sobraron unos cuantos duros. Cuando hice gesto de apropiármelos mi padre se adelantó y me los arrebató. “Pero es mi dinero”, me quejé. Mi padre me dijo: “Es tu dinero, pero yo te lo guardo” Hasta la vista….

LOS VECINOS

La casa de la Plaza de la Mata era bonita. Tenía una planta baja, toda alicatada, con una salida de estar y el despacho donde trabajaba mi padre. Una escalera de mármol conducía al piso principal donde había dormitorios y cuarto de baño En la tercera planta el cuarto de las muchachas, lavadero, etc.
No nos tratábamos con nuestros vecinos de la izquierda, a quien nunca veiamos, quizás porque la entrada a su casa era por la calle de la esquina, que creo se llamaba (y puede que aún se llame) Vulcano.. Pero si nos relacionábamos con nuestros vecinos a la derecha, los Oña. Se trataba de un matrimonio con dos hijos. Los hijos eran mas chicos que yo, así que no jugaba con ellos.. El marido era Don Antonio, in hombre de baja estatura, regordete, semi-calvo. Era fotógrafo y su estudio lo tenía en la planta baja de la casa. Era un hombre de pocas palabras, “buenos días”, “buenas noches” y pare usted de contar. Su mujer, en cambio, Clara, era muy simpática y nos quería bien. Clara tenia un como aire antiguo en su persona. Era alta, muy delgada, la cara alargada, como en los cuadros de Modigliani, tez muy pálida, el pelo negrísimo y peinado para atrás. Quizás su aspecto anticuado se lo daba el rodete que lucía en la parte posterior de su cabeza, algo que se consideraba en aquellas fechas muy pasado de moda.

La hija se llamaba Clarita. Era preciosa. Años después me enasmoriqué de ella. El niño un vivo retrato de su madre, se llamaba Antoñin.

Mi madre era el paño de lágrimas de Clara (doña Clara para los chicos). Ella quería a su marido pero el marido parecía no echarle mucha cuenta.

LECTURAS

Cuando hacía calor a fines de la primavera, mi madre se sentaba en los frescos escalones de mármol de la escalera y se ponía a remendar calcetines. . “Anda, Eugenio, léeme las noticias” .De mala gana, buscaba el ABC, al que estábamos suscrito, y lo abría casi siempre por la página de noticias internacionales que eran noticias cortitas, de vez en cuando interrumpidas por un anuncio. “Berlín, 24.(Reuters) Los cascos de acero han desfilado por las calles de Berlín ante las grandes protestas de miembros del partido comunista que han irrumpido en las filas de la organización militarista enarbolando palos ,navajas, etc.y causando varios heridos., Intervino la policía que practicó numerosas detenciones”
-Mamá, ¿que son los cascos de aceros?
-Son unos .gorros de metal para protegerse de las balas
-Y de los palos, también, ¿nó?
-Me figuro. Sigue leyendo.

“ENFERMEDADES VENÉREAS. Las enfermedades venéreas se curan rápidamente….
-Mamá, ¿que son enfermedades venéreas?
-Bah, guarrerías..
-¿Guarrerias?
-Pues si, guarrerias. Anda, sáltate el anuncio y lee otra noticia

Mi madre era así, algo autoritaria.

Lo que no tenía que leerle era el TBO. Todos los jueves, y cuando ya estaba en casa del colegio (donde no había clases ese día) llegaba un señor a la puerta que anunciaba:
-“EL TBO”, por el que había estado suspirando toda la semana.
Rápidamente le pedía a mi madre una “gorda”: (diez céntimos), abría la cancela, pagaba y todo correr subía la escalera con mi TBO, me encerraba en mi cuarto y lo devoraba. Después se lo pasaba a mi hermano.

VERANEOS EN GALAROZA

Loa veranos del 33, 34 y 35 los pasábamos en Galaroza, ,(Huelva) un pueblecito en la carretera que une Sevilla con la raya portuguesa en Rosal de la Frontera. Es tierra de robles, encinas, pinos y castaños. Abundan los cerdos y es tierra de jamones, y Jabugo, frontero a Galaroza era y es la capital de tan afamado manjar. Pero entonces el jamón era eso, jamón, y riquísimo al paladar, no el producto internacionalizado, casi mítico (y prohibitivo) que ha llegado a ser hoy en dia, con laboratorios, técnicos de bata blanca y coeficientes de humedad.

Mi padre alquiló una casa en la calle principal del pueblo. La familia que la vivía estaba compuesta por Daniel y su esposa Ángeles. Tenían un hijo, Ricardo, que era carpintero y su hermana, cuyo nombre siento no recordar. Ellos se retiraron a una parte de la casa y nos dejaron como vivienda la parte noble de la misma.

En Galaroza lo pasábamos fenomenal. Había excursiones en burro por la comarca, visitábamos las grutas de Aracena, veíamos como se herraba un caballo, pasábamos un dia entero viendo en la era como dos poderosas mulas arrastraban un rastrillo que trillaba el trigo. En fin, veíamos en el campo las cosas que no podíamos ver en la ciudad. Una de las cosas que me llamó la atención fue el Concejo (sí, con “c”, no con “s”). El Concejo era una asociación de propietario de ganado de cerda que se unían para ayudarse y proteger sus intereses. Apalabraban con el dueño de un encinar, durante la época de la caída de la bellota el uso de la finca por sus sus cerdos, que eran centenares. El propietario de la finca, bajo la mirada atenta de un representante del Concejo pesaba a los cerdos el dia que los mismos empezaban a comer. Cuando se terminaba la temporada los volvía a pesar. La diferencia de peso en más, o sea, el engorde de los animales determinaba la cantidad a pagar. Si el kilo, por ejemplo, valía 5 pesetas, 20 kilos de sobrepeso vendrían a valer 100 pesetas. El Concejo pagaría al propietario del encinar veinte duros por cerdo. Esto era una práctica, llamada montanera, que databa del medioevo. Todo se hacía sin contrato; un apretón de manos bastaba. Hoy, los abogados, los reglamentos y la ecología contribuyen a poner el precio del jamón en las nubes.
Había que ver la vuelta del Concejo (así llamábamos a la piara de cerdos), varios centenares, a su paso de vuelta por la calle donde vivíamos. Entonces, en pleno verano no era época de montanera. Pero los cerdos no podían parar de comer. De madrugada el guardián de la piara los recogía de las casas de sus propietarios. Pasaban en el monte, comiendo, (que para eso ha nacido el cerdo) todo el día. A la caída de la tarde la piara, con un gruñerío descomunal, como esas estampidas en las películas del Oeste, bajaba por la calle en pendiente y aquí viene lo extraordinario: cada cerdo (y había uno justo enfrente de nuestra casa) se paraba enfrente de la suya y por un portalón que se abría de fuera adentro (no a la inversa) penetraba en la casa, presumiblemente atravesando los
dormitorios, etc de sus dueños. y se refugiaba en sus “habitaciones” donde, también presumible continuaría comiendo la cena que su amo le habría preparado.

Mi padre llegaba todos los sábados en el ”Saurer” el autobús de la línea de “los Amarillos” que servia la ruta y volvía a Sevilla los Lunes por la mañana. Hubo un evento que trastornó esta rutina. Fue en el ano 34. Mi padre me había regalado una bicicleta, preciosa, francesa, marca Alcyon. Una mañana me cai en la carretera. Traté de levantarme y sentí un dolor espantoso en la pierna derecha. Me había fracturado la tibia. Un transeúnte me vió. Le di los datos precisos y al rato llegaba mi madre, naturalmente
alarmada, con el médico del pueblo. El médico me entablilló la pierna y aconsejó que me llevaran a Sevilla. Mi madre corrió a la centralilla de la compañía telefónica (no teníamos teléfono) y llamó a mi padre, que se puso en marcha inmediatamente en un taxi. El viaje a Sevilla, hacia la que partimos a media noche fue dolorosísímo. La carretera como la mayoría en España por aquellos tiempos estaba infame. Cada bache daba lugar a un grito. Por fin llegamos hacia la madrugada y mis padres me internaron en la clínica de la Cruz Roja, (creo que hoy se llama Hospital Victoria Eugenia) en la calle María Auxiliadora, un centro muy atractivo y moderno. Allí me visitó el Dr. Don Eduardo Talegón, un hombre afable y barrigón con fama de buen cirujano. Estuve allí solo dos días. Al día siguiente de llegar tuvo lugar la “operación”. La “operación” consistía en que mientras un enfermero me asía los brazos, el doctor, agarraba mi pierna rota y tiraba con todas sus fuerzas, que eran muchas, hasta que los dos trozos del hueso fracturado encajaban y la tibia tornaba a su posición normal. Antes del proceso el Dr. Talegón, cuya inmensa barriga quedaba hendida en dos mitades al apoyarse sobre la mesa de operaciones me dio a escoger entre anestesiarme o no. Yo le pregunté que diferencia había entre uno y otro procedimiento. El doctor me explicó que con la anestesia no sentiría nada pero su efecto me causaría al despertar grandes y desagradables mareos que durarían varias horas. Si no me anestesiaba sufriría dolor, pero solo unos minutos. Opté por prescindir de la anestesia. El dolor fue horrible, pero relativamente rápido. Al encajar los trozos del hueso sentí un alivio infinito. Desde entonces gané fama de valiente.

Durante los dos días que estuve hospitalizado recibí muchas visitas y algunos regalos. El que más me gustó fue un elefante mecánico. Lo ponía en una superficie plana, le daba cuerda y andaba majestuosamente levantando una pata tras la otra y así hasta que se le acababa la cuerda. Lo encontraba fascinante.

Esta fue la primera vez en mi vida que dormía en un hospital. No volví a hacerlo hasta cincuenta años mas tarde, en 2005, cuando después de sufrir un ataque al corazón me hicieron un cuádruple “by-pass”. El cirujano que me operó no me ofreció esta vez la opción de 1934. Y en los seis días que pasé en el hospital recibí algunos regalos, pero ninguno como mi elefantito mecánico…….

Volvimos a Galaroza, yo con la pierna enyesada. Así pasé casi todo el resto del verano. No lo pasé mal, porque siendo lector empedernido y habiendo recibido muchos libros y
revistas se me pasaban las horas y los días con relativa rapidez. Cuando el médico local me quito el yeso, Ricardo, el carpintero, me hizo un par de magnificas muletas, un regalo. Mi padre, maravillado por su maestría le encargó que nos hiciera una mesa camilla para ocho personas. Ricardo dijo que le cobraría un duro por la camilla. Ricardo la estuvo lista para el tiempo de despedirnos hasta el próximo año. Mi padre le dio cinco duros.

JUAN RABADAN, 24

La República entro con mala fortuna. El “crash” bursátil del 29 desencadenó una depresión de la economía y la consiguiente caída del empleo cuyos efectos se hicieron notar en todo el mundo, incluido España. Hubo una deflación general. Con bajo consumo los precios bajaron vertiginosamente. Los sindicatos laborales, UGT, CNT, urgieron a sus afiliados que no pagaran los alquileres. El valor de la propiedad urbana cayó por los suelos. Mi padre no lo pensó y puso la casa en venta. Tuvo suerte y encontró un comprador en poco tiempoi. En 1934 nos mudamos a Juan Rabadán 24, en el barrio de San Lorenzo, donde vivimos hasta poco después de la muerte de mi madre, en 1952. Esta casa mi ;padre la tomó en alquiler. El precio del alquiler eran trescientas pesetas mensuales.

Al mudarnos a Juan Rabadán mi padre hizo indagaciones sobre cual sería el colegio donde mi hermano y yo podríamos continuar con nuestros estudios. En particular yo estaba ya en trances de comenzar la segunda enseñanza o secundaria. En Sevilla, por aquellas fechas, la burguesía no mandaba a sus hijos al Instituto. Prefería los colegios privados. Entre ellos los había religiosos o laicos. Entre los primeros, las familías pías, que muchas veces coincidía con la aristocracia escogían el colegio de la Compañía de Jesús, o sea, los Jesuitas. Después, estaban en esta categoría, los Escolapios y, por supuesto, los Salesianos Entre los laicos estaba y yo creo que era el mejor colegio de Sevilla, el colegio San Francisco, en la calle Alcáceres, (hoy Santa Ángela de la Cruz). No estoy seguro si funcionaba por entonces en Sevilla el prestigioso Instituto-Escuela. Mi padre se decidió por un colegio religioso, el Colegio “San Fernando” de los Hermanos Maristas Yo creo que en su decisión el único factor que entró en juego fue simplemente que era el que nos cogía mas a la mano.

El COLEGIO “SAN FERNANDO”

Los Hermanos Maristas, una orden francesa creada por el Venerable Marcelino Chanpagnat llevaban poco tiempo en Sevilla. Su primera casa, que abrieron en 1931, estaba situada en la calle San Eloy. Allí instalaron una placa conmemorativa no hace mucho tiempo. De calle San Eloy se trasladaron a la calle Jesús del Gran Poder, o simplemente Jesús, que por entonces se llamaba Palmas. La orden tomó (o quizás compró a través de terceros para burlar la constitución republicana que vetaba a las órdenes religiosas la propiedad de bienes raíces) una hermosa casa que había sido construida como hotel y fue en realidad el Hotel Bristol en tiempos de la Exposición Ibero-Americana (1929). Los Hermanos Maristas, obedeciendo a la República, vestían de paisano.

El colegio “San Fernando” tenía una amplia entrada o “hall”, donde antes estaba la recepción del hotel. Se continuaba con un hermoso patio pavimentado con grandes losas de mármol blanquísimo que imitaba a los del Alcazar sevillano o la Alhambra de Granada, todo circundado por arcos de medio punto sostenidos por esbeltas columnas también de mármol. Tanto el techo de este pasillo cuadrangular rodeado de columnas así como la pared exterior sostenida por tales columnas ostentaban las filigranas propias de la arquitectura árabe. Las paredes interiores del patio estaban todas pintadas de rojo granate.. Tengo la impresión, de que hubo una fuente en medio del patio, como habría sido de rigor. Pero sería suprimida para permitir la congregación del alumnado en ocasiones solemnes. Una fuente, si bien bella, hubiera sido un estorbo.

Este patio, de “honor” podríamos llamarlo, conducía por la izquierda a otro patio enormemente grande, donde tenían lugar los recreos (15 minutos) de mañana y tarde. A la derecha había una capilla. Había también un comedor para los internos y medio pensionistas. En los pisos principal y primero (para aclararnos, planta segunda y tercera) las antiguas habitaciones del “Bristol” habían sido sustituidas por aulas para todos los cursos de bachillerato en ingreso en el mismo.

Yo ingresé en este colegio en el otoño de 1934 cuando cursé el grado de ingreso al bachillerato y lo aprobé en Junio de 1935 tras sufrir el correspondiente examen en el Instituto Provincial “San Isidoro” que estaba entonces en lo que hoy es la calle Amor de Dios La República no autorizaba a las ordenes religiosas a someter a examen a sus alumnos, los que forzosamente habrían de examinarse en el Instituto.

MIS AMIGOS

Guardo de mi colegio recuerdos gratos e imborrables. Allí hice amigos que me acompañaron con su amistad hasta la muerte, pues, triste es decirlo, todos (aquellos que aquí describo) han pasado a mejor vida.

Entre ellos figuraba Manuel (Manolo) Morales Lupiánez. Manolo vivía, cuando yo le conocí, en la calle Miguel del Cid, muy cerca de casa, a la vuelta de la esquina. Eran cinco o seis hermanos. Una hembra murió con corta edad. La madre de Manolo era una mujer feísima. Tenía una gran nariz y esa nariz la heredaron todos los hermanos, en mayor o menor proporción. La de un hermano de Manolo, Gabriel, era descomunal, parecía una batata. La madre de Manolo era mas bien desaliñada, gorda ,deformada por tanto parto (o quizás descuidaba su apariencia). Jamás la vi. en la calle o vestida sino con
una bata siempre llamando a gritos a cualquiera de sus hijos. La madre de Manolo era hija de un eminente y rico doctor, Don Gabriel Lupiáñez, ya muerto en aquellos tiempos, que había sido Alcalde de Sevilla bajo la monarquía. .El padre de Manolo era un hombre de mediana estatura, rubio. de buenos modales, de voz meliflua. Era un antiguo dependiente de tejidos que había escalado hacia la cima ejecutiva no recuerdo si en el almacén Los Caminos o en su rival, la Ciudad de Sevilla, ambos en calle Francos. Manolo era algo mas bajo que yo, rubio (como todos sus hermanos). Tartamudeaba al tiempo de conocerle y aunque aminorado conservó este problema de comunicación toda su vida. Era inteligente, simpático y hablaba por los codos. Hizo buena carrera y durante varios años fue concejal del Ayuntamiento de Sevilla siendo Alcalde el Marqués de Contadero (o Marqués de Contaduros, como le llamaban algunos).

Otro muy querido amigo fue José (Josele para los amigos) Giménez Hoyuela. Josele era corto de estatura, de débil constitución, la tez blanca, el cabello muy negro. Su poca entidad física se lo compensó Dios con una poderosa inteligencia. Josele ra un estudiante de bandera. Sacaba con facilidad matrículas de honor en todas las asignaturas. Años mas tarde terminaría la carrera de Derecho con Premio Extraordinario.(Lo que hoy llaman Summa Cum Laude). Josele vivía lejos de casa, en la calle Prada, una calleja que daba a la Plaza de los Carros, frontera con calle Feria. Josele era el único varón de tres hijos. Una hermana mayor, muy guapa, Magdalena moriría en los cuarenta. Otra hembra, menor, Matilde, aun vive. La madre de Josele era hija de Don Antonio Hoyuela, que fue, como el abuelo de Manolo Morales, Alcalde de Sevilla. Los Hoyuelas eran oriundos de Santander (hoy Cantabria) . Josele decía que éramos parientes lejanos. Lo diría por mi abuela materna, Eugenia Martínez, que había nacido en el Valle del Pas (Cantabria).
La madre de Josele era mujer de gesto avinagrado, y hablaba poco. Menos aún hablaba su marido, José Giménez, el padre de Josele. Parecía un hombre amargado. Había sido en su juventud oficial de la Armada y se vio forzado a dejar la carrera al morir su padre y tener que encargarse del negocio familiar, una fabrica de muebles de estilo sevillano. (“La Exposición”, con una tienda en calle Cerrajería ). Años mas tarde Manolo y yo iríamos a la casa de Josele a “estudiar”. Lo pasábamos muy bien y lo menos que haciamos era, por supuesto, estudiar.

Pero mi mejor amigo era Antonio Marcos Estrada. Antonio era muy alto (llegó a medir uno noventa), con un cierto aspecto negroide, el pelo negro y ensortijado. Cuando en 1940 se cumplió el centenario de la muerte del entonces Venerable (hoy santo) Marcelino Champagnat, el fundador de la orden de los Maristas, el director del colegio (que se llamaba Don Aurelio Garín, y era navarro) ideó conmemorar tal evento encargando a Don Enrique Orce, notable pintor y profesor de dibujo del colegio, que diseñara un retablo, a instalar en el patio principal. . El retablo que habría de ser de cerámica, representaba al Venerable rodeado de cinco niños procedente de los cinco continentes. El negrito, todo desnudo excepto un taparrabos, que posó para Don Enrique Orce representando el continente africano fue Antonio. Este retablo puede todavía verse en el patio del colegio que ahora está en Los Remedios. Por cierto que el niño representando a Europa fue Santiago Martínez Caro, dos cursos inferiores al mío.
Santiago hizo una brillante carrera, fue diplomático y representó a España en las Naciones Unidas.

Antonio vivía en el barrio, en la calle Santa Clara, justo enfrente del Convento de Santa Clata. Su padre, Don Antonio, era un hombre también muy alto, también de rasgos negroides y empedernido fumador, lo que llevó a la sepultura. Su madre, Doña Maria, era una mujer guapa, muy inteligente. Era maestra nacional. Antonio tenía una hermana, Maria, que aún vive.

A Antonio le veía poco, siempre en el colegio, pues además de cursar el bachillerato estudiaba la carrera de piano, carrera larga y dura que requería muchas horas de estudio y práctica. Le veía algunos Domingos; iba a su casa donde tenía una colección preciosa de la Revista Hispano Americana que me encantaba ojear. Lo que mas me gustaba era visitar el convento, no por el convento, sino porque a la entrada del mismo estaba la famosa Torre de Don Fadrique que tenia una espiga que escalábamos peldaño tras peldaño hasta llegar a la cima.

LA CALLE JUAN RABADÁN: LOS VECINOS

La calle Juan Rabadán arrancaba en la Plaza de San Lorenzo y terminaba en la de Torneo. Tenía tres tramos. El primero iba desde la Plaza hasta Teodosio. Este tramo era eminentemente comercial, con pequeñas casitas con comercios en la planta baja. Había una tienda de comestibles, una frutería, una mercería, una tortería todos en la planta baja de modestas casitas. En los pisos altos de estas casitas vivían menestrales, escribientes de oficinas, en fin una buena representación de la clase media baja. . Había también una taberna grande, la Bodega de San Lorenzo donde servían vinos de Valdepeñas en unos grandes y gruesos vasos, sin apenas tapas. Era un sitio para borrachines solitarios pero en el duro verano de Sevilla los gruesas cortinajes de gutapercha que guarecían el local del solazo exterior proporcionaban un ambiento relativamente fresco y umbroso que era de agradecer durante las escasas ocasiones que, acompañando a mi padre penetraba en la taberna.

El segundo tramo, que iba de Teodosio a Miguel del Cid comenzaba comercial, con una pescadería y una carnicería en los bajos de una moderna casa de pisos que hacia esquina con Teodosio. Pasados estos dos locales el vecindario era mayormente de clase media alta. En la casa de pisos, en el principal, vivía un hermano de mi padre, el mayor de todos los hermanos, que eran cinco varones y mi tía Coral. Se llamaba Faustino y vivía allí con su mujer y tres hijos, dos varones y una hembra. Hacia finales de los años veinte había regresado de la Argentina, donde vivió ocho o diez anos. Había formado un capitalito. Había una obscura historia acerca de las razones que le impulsaron a emigrar pero nunca conseguir ponerlo en claro. En el piso de arriba al de mi tío vivía un señor bastante mayor, de una familia adinerada (el no trabajaba, vivía de sus rentas) casado con la que según se rumoreaba había sido su criada, una mujer basta pero de buenas carnes, bastante mas joven que él. Don Ignacio Vázquez, que así se llamaba parecía que no había
salido de su infancia, siempre llevaba en la mano algunos de los juguetes de sus hijos, todo pequeños. En el lado izquierdo de nuestra casa vivía y tenia su ,consulta Don Vicente Cacace, medico oculista, de facciones como achinadas, y su mujer, alta y atractiva, morena, de buena figura. Sin ser una belleza, se asemejaba a uno de los modelos que utilizaba Julio Romero de Torres para sus cuadros. Cacace tenia dos hijas, una guapa, Mercedes de mediana altura, algo fresca y su hermana, María, alta, desgarbada, con cara de bobalicona. Había también un varón, también alto de habla gangosa con quien coincidí en el campamento de las Milicias Universitaria, pero con quien no hice amistad. El Dr. Cacace tenía un precioso Opel, descapotable, que metía y sacaba de su garaje con rara habilidad. En el lado derecho de nuestra casa vivían los Esquivias. El jefe de la familia, un hombre que en todos los años en que viví en Juan Rabadán jamás pude verle la cara era Ingeniero de Montes. Tenia un aluvión de hijos casi todos varones y una o dos hijas con tipo de catequista. Entre los varones había varios militares (uno de ellos, Manuel, llego a ser Capitán General de la II Región Militar y muy querido en Sevilla). Había también un tal Francisco (“Curro”) que fue abogado y que enamoraba a todas las criadas del barrio. Otro, Enrique fue escritor y poeta, autor de un precioso libro, “Los Años Triunfales”. Que yo sepa todos estos Esquivias, menos quizás las mujeres, han fallecido.

Enfrente de nosotros había un caserón muy viejo, destartalado donde vivía un carpintero, un tipo mal encarado, con gruesos bigotes, que se rumoreaba era comunista. Entrada ya la guerra dejamos de verle. A su izquierda había una casita pequeña, estrecha. La habitaba Antonio García Lacalle, un jerarca de la Falange, y a la izquierda de esta casita, una casa grande, de buenas proporciones, como la nuestra y la de los Esquivias con un gran patio andaluz y su macetón en el centro. Era la casa de Don Juan Ramírez, agricultor, con varios hijos de los que con quien mas traté fue Ramón, que también asistía a mi colegio de los Hermanos Maristas. Don Juan no tenía hijas. Uno de los hijos, Enrique, alto y guapo, fue ya con la guerra capitán de Regulares, una unidad de tropas marroquíes. De vez en cuando, cuando gozaba de permiso, aparecía por la calle de uniforme con una capa de vuelos azules muy elegante. Las mozas del barrio se lo comían con los ojos.

Al lado de los Ramírez, en dirección a la Plaza de San Lorenzo había un modesto piso al que se subía por una empinada escalera. Allí vivía un hombre que era cocinero de Hernal, un buen restaurante situado en la calle Tetuán, en pleno centro. Este hombre creo que era viudo y tenia numerosos hijos e hijas. Entre las ultimas estaba Maria Teresa, la mayor de todos los hijos e hijas. María Teresa era menudita, rubia, ojos azules y ensoñadores. Estaba enamorada del amor. Hacía buenas migas con mi madre, a quien admiraba y visitaba con frecuencia. Mi madre le pasaba todas las novelas “rosas” de Rafael Pérez y Pérez y luego las comentaban juntas. Otras hijas eran Gloria, Mari Pepa y Encarnita. La última se metió monja y encontrándose en los Estados Unidos vino a visitarme. Gloria y Mari Pepa pusieron un kiosco de periódicos en la Plaza de San Lorenzo y consiguieron salir de la pobreza. .

LA CALLE JUAN RABADÁN: COMERCIO AMBULANTE

La calle Juan Rabadán era muy siglo diecinueve. El pavimento consistía de grandes adoquines de granito, algunos medio hundidos por efecto de los pesadísimos carros de la basura con llantas de hierro que la transitaban a diario. Todos los días al anochecer uno de los empleados de la Catalana de Gas y Electricidad aparecía con una pértiga que disponía de un dispositivo con el que abría cada uno de los dos o tres bellos faroles de gas que adornaban nuestra manzana. (Los otros tramos de Juan Rabadán, y puede que me equivoque, tenían alumbrado eléctrico) Una vez abierto el farol, accionaba una llave que daba paso al gas. Acto seguido prendía otro extremo de la pértiga y encendía el pabilo de no sé qué material. Después lo cerraba. Con las primeras claras del día procedía a hacer la misma operación a la inversa. Teníamos unos de estos faroles casi al alcance de la mano desde nuestro cierro, entre la casa de los Cacace y la nuestra.

Había abundante comercio ambulante en nuestra calle. Por las mañanas, cada uno de los vendedores pregonando su mercancía o servicio, la visitaban un afilador de cuchillos,con su clásica rueda y piedra de afilar, que anunciaba su llegada tocando una flauta de cañas y un lañador,( o latero) que procedía, como el afilador, a prestar sus servicios en plena calle. Las criadas bajaban con cuchillos, perolas, cazos, etc., y se entretenían dándole cháchara al que proveía los servicios.. También pasaban vendedores de frutas, de hortalizas y hasta un quincallero voceando la mercancía que llevaba en una enorme caja de cartón piedra.

En el verano La siesta la dormía todo el mundo menos la chavalería y los vendedores de helados, barquillos y palomitas de maíz.

-“Mama, dáme una chica” (cinco céntimos) le pedía a mi madre que daba su “cabezada” en un sillón. Mi madre, adormilada me preguntaba para qué. “Para un helao” Mi madre buscaba y me daba una gorda. “Anda, para ti y para tu hermano” El helado mas chico costaba cinco céntimos. El heladero usaba un artefacto que calibraba el grosor del helado. Mirábamos con envidia a los que porque quince céntimos se llevaban un helado que hoy llamaríamos “jumbo”, o sea el de máximo volumen.

Muchas de las vituallas nos las vendían “a domicilio”. Diariamente venían los repartidores de pan y leche. El pan venía a Sevilla desde Alcalá de Guadaira. Un tren llegaba a la estación de Cádiz (hoy desparecida) a la madrugada. En los andenes esperaban decenas de repartidores que transportaban el pan, todavía caliente, a unas poderosas mulas que esperaban fuera de la estación. La mula cargaba con unas enormes angarillas tapadas por unas gruesas cubiertas de gutapercha que mantenian caliente el pan. Cuando llegaban a casa mi madre decidía que tipo de pan íbamos a comer. Había tanto a elegir. Teleras, roscas, bollos, bobos, “regañás”, etc. La leche procedía de cualquiera de las muchas granjas que rodeaban a la ciudad. Naturalmente venía convenientemente aguada. El negocio es el negocio. Posiblemente existían reglamentos creados para impedir tal fechoría pero nadie hacía caso de los mismos. Tamben nos traían el vino, doce botellas de vino tinto (Valdepeñas) cada quince días. El vino era superior, venia del buen reputado Sótano H, en la calle Villasís, cuyo dueño, Don Juan Amador, (que tenía un gran parecido al famoso actor de cine Charles Boyer) era un buen amigo de mi padre. En el verano nos traían hielo, de la fábrica de Gironés, en la calle Alcáceres hoy Santa Angela de la Cruz. El hielo venia en barras de dos metros de larga, envueltas en arpillera para conservar su congelación. La criada bajaba y pedia un cuarto de barra. Costaba un “real’”, o sea veinticinco céntimos. El hombre encargado de venderlo diestramente y con un cuchillo especial y con una sola incisión cortaba el cuarto de la barra que la tomaba con dos ganchos aplicado a cada una de las extremidades y lo desprendía en la canasta que le tendía la criada. Esta después depositaba la barra en la “nevera” . La nevera era la antecesora del frigorífico, que aun no había llegado a España. Era un mueblecito pintado de blanco que constaba de dos secciones revestidas de corcho. En la superior en contacto con la barra de hielo iban también los alimentos mas críticos, la leche, la fruta, la carne y el pescado. . En el inferior, el agua y otros alimentos mas duraderos.

NUESTRA CASA EN JUAN RABADÁN

Cocinábamos con gas. Teníamos un contador y de vez en cuando echábamos una “gorda” (diez céntimos) para avivar los remanentes de gas. Una vez al mes un empleado de la Catalana, con una herramienta especial abría el receptáculo de las”gordas” y se las llevaba en una bolsa de cuero.

Nuestra casa era también decimonónica. Grande, destartalada, y extremadamente húmeda, abundaba mas la madera que el hierro. Tenía tres pisos. En el bajo había un despacho que mi padre utilizó en sus años de agente comercial y fue el mío cuando me licencié d abogado. Había también un dormitorio (que fue mío y el de mi hermano cuando pasado el tiempo, ya en los años cuarenta, mi madre determinó que ya éramos lo suficientemente mayorcitos para dormir en el tercer piso contiguo al dormitorio de las criadas). Había también una lóbrega cocina con una primitiva estufa de hierro que llamaban “económica” Yo no veía la economía .por ningún lado. Mi madre no utilizaba esta cocina, que no tenia mas utilidad que servir de tránsito hacia el fondo de la casa.En dicho fondo había un patinillo con una graciosa fuente y su ornacina (vacía) lavaderos y un precioso jardín con un limonero, un melocotonero, dos frutales que producían nísperos (ignoro el nombre de estos árboles) y dos palmeras. Mas al fondo, un gallinero que surtía de huevos a mi madre. My madre se frotaba el globo ocular con un huevo. Decía “que era bueno para la vista”. Vaya usted a saber.

El piso principal era bonito y alegre. Tenía un amplio dormitorio conyugal y al lado uno pequeño donde dormían mis hermanas. Había un comedor, el dormitorio de mi hermano y mío y una cocina bastante grande. Mi padre mando instalar un toldo que daba rica sombra al patio. La sombra mejoró aun mas cuando una cubierta de color azul quedó adosada al toldo. En el piso tercero estaban el cuarto de las muchachas, otro que mas tarde fue mio y el de mi hermano, un trastero y un cuarto de baño con ducha (una novedad entonces). También había una azotea. Desde la misma pudimos ver, alla por los anos 33 y 34 el majestuoso vuelo del Graf Zeppelin, al famoso dirigible alemán, de paso para Rio de Janeiro.

Nuestra casa en Juan Rabadán, construida en el XIX (me parece que en mil ochocientos setenta y tantos, según aparecía en la cancela) debería haber sido la casa de alguien relacionado con la enseñanza. En el rellano de la escalera que conducía al principal había un precioso retablo de azulejos con la efigie de un tal Friedrich Fröebel, quien según pude averiguar mas tarde, (ah, divino Espasa) fue un famoso pedagogo alemán quien reconociendo la aptitud para aprender de los niños desde los primeros años de su infancia fue el creador del “kindergarten”: De nuestra querida casa no queda mas que la fachada. Ahora es una casa de pisos moderna. Vaya usted a saber que fue del precioso retablo de Herr Fröebel.

El tercer tramo de Juan Rabadán iba de calle Miguel del Cid a san Vicente. El lado izquierdo en dirección a Torneo estaba casi todo ocupado por un muro que pertenecía al Convento de Santa María la Real, donde unas pocas ancianas dominicas veían pasar la
vida en tenebrosa clausura. El lado derecho lo ocupan unas cuantas casas de poca monta. El último tramo, de San Vicente a Torneo, presentaba haciendo esquina con San Vicente, (Vicente) la mansión de los Bethencourt. Uno de estos Bethencourt, más joven que yo, y también fallecido, llegó a ser destacado periodista taurino. Que yo recuerde no había en este tramo, descontando la casa de los Bethencourt, mas edificación que una fábrica de toldos, almacenes, talleres, etc. En el lado izquierdo en dirección a Torneo existía un local bastante grande, que incluía una serie de garajes individuales y un enorme solar que se dedicaba a cine de verano.

FERIA DE ABRIL, 1935

Mi padre era entusiasta partidario del Real Betis Balompié. (Al llegar la República le apearon “Real”) Y ese .entusiasmo lo heredaron tanto mi hermano como yo. En el año 1929 mi padre había sido Tesorero del club coincidiendo con el afamado torero Ignacio Sánchez Mejías (“A las cinco de la tarde”) en la presidencia del mismo. Tengo una foto en la que aparece mi padre y el presidente en el antiguo campo del Patronato Obrero, en el barrio del Porvenir. Por aquellas calendas el campeonato de Liga tenía solo 10 o 12 equipos en Primera División, de suerte que empezando en Octubre la Liga terminaba en Abril. En el año 1935 el Betis se proclamó campeón de Liga tras derrotar al Rácing de Santander, en su casa, por cinco a cero. El entusiasmo de los béticos fue inenarrable.
La conquista del campeonato de Liga coincidió con la Feria de Abril. Una noche mis padres se preparaban para ir a la Feria. La Tertulia (Cultural) Bética, que tuvo durante muchos años un local en la calle Velázquez (hoy en La Campana) y de la que mi padre fue socio fundador tenia una caseta en la Feria. Le pedí a mis padres que me llevara. “No”. Organicé un berrenchin tal que al fín consintieron en llevarme. El motivo del escándalo era que aquella noche el flamante campeón de Liga estaba invitado para acudir a la caseta de Feria. Y asi fue como llegué personalmente a conocer a aquellos futbolistas legendarios, tales como Peral, que probablemente era el único jugador sevillano en el equipo, casi todo formado por vascos: Lecue, Areso, Aedo, Larrinoa,Unamuno, Saro., etc.

VIAJE DE LOS PADRES A BARCELONA

En la primavera de 1935 mi padre organizó un viaje a Barcelona, para visitar a sus representados. Decidió llevarse con el a mi madre, cosa rara. Mi madre saltaba de júbilo como una niña.

Mi hermano y yo, con la criada, Rosarito que estuvo con nosotros muchos años, fuimos a despedirlos a la estación de Córdoba, que estaba en la Plaza de Armas. Mi padre apalabró un taxi, el taxi de Montes. Montes era un taxista de confianza. Era un hombrón cuya figura física correspondía en un todo con su nombre. El coche era un enorme Hudson, de siete plazas, con asientos corridos delante y detrás y dos pequeños asientos desplegables adosados al asiento anterior. Mi padre se sentó al lado de Montes, yo detrás con Rosarito y mi madre y Manolo en uno de los asientos desplegables. Montes, sin esfuerzo alguno, levantó la pesada maleta y la coloco en la baca del coche, sujetándola con gruesas correas.

Al llegar a la estación mi padre sacó tres tickets que permitían el acceso al interior de los no viajeros. También contrató a un mozo que colocó la maleta en su carretilla. La estación de Córdoba (y en menor escala la de Cádiz, que era regional) era por aquellos años tan divertido como eran los aeropuertos antes de que la crisis terrorista le convirtieran en una cosa desagradable. Conforme se entraba había a la izquierda un restaurante, bastante bueno, que lo regentaba Don Juan Amador, el amigo de mi padre. Aquel dia, nada mas llegar entramos todos en el restaurante . El mozo y la maleta quedaron fuera. Mi padre pidió unas cervezas. Pero Manolo y yo no estábamos interesados en cervezas, lo que queríamos era “explorar la estación.. Pedimos permiso. “Os quiero de vuelta en quince minutos” –“Si, papá”. Salimos corriendo y nos dirigimos al andén donde se estaba formando el tren de mis padres. Corrimos a lo largo de los numerosos vagones y por fin alcanzamos la locomotora. La mirábamos como se mira a un largo y negro bicho en un zoológico. Era como una fiera en reposo, echando resoplidos, y chorros de vapor que nos hacía retroceder ante las risas del maquinista y el fogonero que contemplaban el gentío en el andén desde la locomotora. Un empleado del ferrocarril, ya entrado en años, recorría el andén con una barra de hierro con la que daba un ligero toque a las ruedas de la locomotora y vagones. Nos preguntábamos para qué. Yo, que he sido siempre muy curioso, me dirigí al buen hombre. “Maestro (maestro era el titulo universal con el que había que dirigirse a un obrero ya mayor cuando sorprendido en su trabajo), “Maestro, pa que le dá uste a las ruedas”. “Pa ve si van entera” –“¿Entera?”, le pregunte sin comprender. “Zi, niño, pa ve si tiene una raja no sea que se rompa la ruea en er camino y se desgrasie er viaje”. “Ah, ya me entero.” Satisfechos, volvimos, otra vez corriendo al restaurante Por todas partes, en el restaurante y en la estación aparecían tres siglas: MZA. Nos tropezamos con los padres, que salían del restaurante precedidos del mozo con la maleta. Curioso otra vez “¿Papá que significa MZA”? -“ Significa Madrid Zaragoza y Alicante. Es el nombre de la compañía propietaria del tren” (Faltarian algunos años para que naciera la RENFE). Viajaban a Madrid, donde tomarían otro tren para Barcelona, en el “Express” que salía a las nueve de la noche e invertía doce largas, larguísima horas en el trayecto. (Corriendo el tiempo, yo haría ese viaje varias veces).

El andén estaba de bote en bote. Por fin llegamos al vagón, de primera clase. El mozo consultó los billetes para averiguar los numeros del compartimento y de los asientos, subió los empinados estribos, penetró en el compartimento asignado a mis padres y colocó la maleta en la rejilla. Mi padre le dio dos pesetas. Mi hermano y yo admiramos el compartimento, todo en maderas nobles, con elegantes asientos azules (y comprobamos su comodidad sentándonos en los mismos) adornados con unos pañitos para reclinar la cabeza, bordados con las sempiternas MZA. “Eah,para abajo”, ordeno mi padre.
Faltaban algunos minutos. Algunos viajeros ya estaban en el vagón y apoyados en la ventanilla se dirigian a sus familiares. “Que no se te olvide de pagar el colegio” “ Descuida. Y los que se quedaban: “Que me llames tan pronto como llegues” “Descuida’. Mi madre nos besaba y me decía: “Que no te pelees con Rosalía” Rosalia era la mayor de mi hermanas, con la que siempre estábamos a la greña. A Manolo: “Que te portes bien, que te laves las orejas” Manolo era un desastrado. Y a Rosarito: “Que no se te olvide darles el aceite de hígado de bacalao”.

La locomotora daba un silbido, señal de que estaba a punto de partir. . Mis padres por fin subian al vagón y desde la ventanilla mi madre, los ojos empañados se despedía de nosotros. Era la primera vez que se separaba de sus hijos.

En casa debe haber una foto, tomada en Barcelona en la que aparece mi madre con una pareja catalana. Eran novios. El era el gerente de ventas de un importante tostadero de café que mi padre representaba. Mi padre, que era agente comercial y representaba a muchos fabricantes del gremio de la alimentación decía que sólo esta representación cafetera le proporcionaba, en comisiones, diez “duros” (cincuenta pesetas) diarios. Era en aquellos tiempos un dineral. Consultando en el Internet no hace mucho averigüé que una habitación, con pensión completa (desayuno, almuerzo y cena) en el hotel Majestic (hoy Colón) costaba en 1935 quince pesetas diarias. Era y es un hotel de primera clase.

Mi madre aparece en la foto muy guapa, con su vestido estampado hasta casi los tobillos, zapatos bicolores, el bolsito en la mano, el pelo corto y un sombrero negro en forma de casquete. Mi madre quedó maravillada con Barcelona. Mientras mi padre estaba en sus reuniones ella en tranvía o a pié, con ese maravilloso sentido de la orientación que tenía (y que yo no he heredado) correteaba de un sitio para otro y así llegó a conocer los mas importante de la urbe.

Pocas semanas después del regreso de mis padres de su viaje se presentó en casa la pareja catalana en la foto. Se habían casado y venían en viaje de novios. Evidentemente mis padres les habian invitado a quedarse en casa durante su estancia en Sevilla. El era un hombre bajito, muy nervioso. Fumaba como un desesperado. Se llamaba Andrés. Ella era mas alta que el, rubia, de ojos azules, delgada, muy dulce. Se llamaba Carmen. Hizo muchas migas con mi madre. Le contaba cosas de su marido. Andrés estaba muy politizado. Era de la Ezquerra Republicana y furibundo anticlerical. El quería casarse por lo civil. Ella se plantó y le dijo que por la iglesia o nada. El bebía los vientos por ella y capituló. Cuando fueron a la parroquia a registrar el matrimonio el cura les hacia las preguntas de rigor. Cuando le tocó el turno a ella Carmen contestaba: “Si, Padre”. A la tercera o cuarta vez de “Si, padre” Andres le espetó: “Carmencita, este señor no es tu padre. Es un funcionario de la iglesia”. Mi madre se reía.

EXAMEN DE INGRESO AL BACHILLERATO

Aquella primavera del 35 me examiné de ingreso al bachillerato en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza “San Isidoro”. El instituto era un caserón que databa del siglo XIX . Tenia grandes verjas a la calle y un bello jardín con varias y altas palmeras. Me asignaron una enorme aula. Habían largos bancos y pupitres donde cada alumno disponía de un tintero y una pluma, no recuerdo si de ”hacha” o de “corona” que eran los dos estilos de pluma corrientes en la época. . También disponíamos de un par de hojas donde ya estabn escritas las preguntas que teniamos que contestar. El examen era estrictamente por escrito. Yo tuve suerte y tanto en el ejercicio de la mañana como en el de la tarde me tocaron unas preguntas que pude contestar con facilidad. Como terminé antes del tiempo fijado para cada examen me dediqué a “éxplorar” el instituto. Lo que mas me llamó la atención, mas aun, me hechizaba, fueron los “graffiti” dejados para la posteridad por los alumnos. Entonces, y aunque viviamos en plena Republica democrática y parlamentaria, en plena libertad de expresión no existían las pintadas murales que hoy desgracian a España y a Sevilla. Los amantes de la posteridad, sin embargo, no vacilaban en dejar sus huellas vegetales donde podían, y a falta de árboles ahí estaban las macizas puertas del Instituto. Algunos románticos limitaban sus incisiones a sus nombres, Jose y Lola (entonces no se estilaban Kevin y Jennifer) rodeando el clásico corazón atravesado por una flecha. Hoy se es mas práctico: litrona y cama y hala, a vivir que es un día (o una noche). Los artísticos dejaban notables huellas de sus habilidades. Entre su obras figuraban desnudos femeninos que encandilaban mis ojos y los de mis compañeros. Costaba trabajo alejarse de aquellas puertas.

Corrian los dias y los meses, lentos y sin sobresaltos. En mi entorno familiar todo era paz y tranquilidad. Mis padres se querían. Gozabamos de buena salud. Los negocios le iban bien a mi padre, no careciamos de nada. Teniamos incluso una radio que mi padre acababa de comprar. Era un aparato pequeñito, marca “Pilot”. La teniamos encendida gran parte del dia. En Sevilla había una estación de radio, la EAJ 5, que siempre abría las emisiones (que no eran continuas) con los compases de “Sevilla” de Albéniz.. Los programas eran mayormente musicales (música clásica, zarzuela, opera, etc) y noticias locales o de Madrid. Habia bastante publicidad, algunas veces cantadas. Grabada en mi memoria había una cancioncilla que decía así:

“Que es lo que te ha pasado, querido mío
Parece que vienes de un desafío
Es muy sencillo, querida Inés.
Que me estaba afeitando…y me corté.

Así anunciaban las hojas de afeitar “Iberia:”.

Pero si mi entorno familiar era plácido y tranquilo fuera, en la calle, rugían vientos de odio político y fratricida, presagio de lo que vendría solo meses mas tarde. Acribillado a balazos cain empresarios y obreros, ambos victimas de pistoleros a sueldo de organizaciones sindicales de la extrema izquierda o derecha. Además, había huelgas sin cesar, manifestaciones de toda índole y por supuesto un enorme paro obrero y especialmente agrícola que paralizaba al país. A dos años de gobierno liberal sucedieron otros dos años de gobierno de las derechas (que los adversarios llamaban “el bienio negro” )durante los cuales tuvo lugar la sangrienta revolución de Asturias y la intentona separatista de Cataluña. Por supuesto todo esto ocurría sin que yo con solo 9 o 10 años pudiera apercibirme de ello sino hasta mucho después.

DON JOSÉ Y SUS PANOS CALIENTES

Una mañana amanecí con una tosecilla. La tosecilla no amainaba. Yo era la niña de los ojos de mis padres. Yo era el niño aplicado, dócil, seriecito.. (Mi padre me decía: “¿Pero tú nunca te ríes?). Mi madre se alarmaba. “Federico, hay que llamar a Don José”. Don José era el médico de cabecera de hacía muchos años. Don José, un hombre ya muy mayor llegaba….en coche de caballos. Entonces no se conocía el “stress”. “A ver, niño, abre la boca”. Yo obedecía.. “Saca la lengua”. Yo sacaba la lengua. Don José me tomaba el pulso, la temperatura, me auscultaba.’No es nada, Antonia. Paños calientes”. Don José no prescribía sino paños calientes. “Pero Don José”:, protestaba mi madre. “Nada, Antonia, paños calientes” “Como usted diga, Don José”, decía mi madre, no muy convencida. “Cuanto se le debe, Don José”:. “Lo de siempre, cinco pesetas”. Mi madre le daba un reluciente duro, que Don José introducía en el bolsillo inferior izquierdo del chaleco. El inferior derecha ya estaba abultado, lleno de duros. Terminada la visita mi madre accionaba un tirador que desde . el piso principal, donde nos encontrábamos abría la cancela. Don José bajaba despacio la escalera y a poco oíamos el trote cansino del caballo que se alejaba. Mi madre puso una olla de agua caliente a hervir y yo continué mi lectura de “El Conde de Montecristo”.

FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE

Recientemente, con motivo de la publicación del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia se ha desatado una polémica en torno a la biografía del General Franco. Según el Diccionario Franco no fue totalitario, sino “autoritario”.

Tuve la ocasión de ver el en programa “59 segundos” de Televisión Española a varios periodistas de la cuerda socialista que se mostraban indignados con el Diccionario. Todos coincidían en calificar a Franco como “dictador”, aparte de asesino, criminal de guerra y otras lindezas por el estilo.

A mí esta discusión me parece lo que los anglosajones describen como una tempestad en una tetera. Las definiciones de estos conceptos, dictador, totalitario, autoritario, admiten pocas diferencias, ¿Fue Felipe II un dictador? ¿Un autoritario? Luis Suárez, eminente historiador y autor de la biografía, al ser interrogado por TVE sobre el tema matizó que al calificar a Franco como “autoritario” se había dejado llevar por la “conciencia histórica” no por la llamada “memoria histórica”

En la actuación del general Franco a partir de la sublevación militar de 1936 hay que distinguir tres períodos: el de la guerra propia (1936-1939); las dos décadas que siguen a la guerra (1940-1960) y finalmente, los últimos quince años de su mandato (1960-1975).
Vamos a asumir, complaciendo así a la jauría socialista, que tal actuación durante casi esos cuarenta años fue, sin tapujos, la de un dictador.

El período de la guerra apenas nos da pié para configurar la figura de Franco como “dictador”. Su primordial propósito era ganar la guerra. Hubo matanzas (en ambos bandos) en los primeros meses a cargo de organizaciones incontroladas. Franco se desentendió de los desórdenes de tal tipo que se produjeron en la zona llamada nacional. Como queda dicho, su único interés era proseguir la guerra hasta la victoria total.

Una vez terminada la guerra entramos en los horribles años cuarenta, quizás una de las épocas mas desastrosas en la historia de España. Para los que la vivimos fueron años de miseria, de hambres y también de epidemias (el tifus exantemático o “piojo verde” que mató a miles). Continuaron las alpargatas de tiempos de la Republica y, en el campo, el burro como medio de transporte del campesinado. La represión fue terrible. La Ley de` Represión contra el Comunismo y la Masonería se cobró a pocos comunistas que estaban o muertos, o escondidos o exiliados, pero hizo estragos entre los ilusos masones, quienes, en el mejor de los casos, perdieron sus carreras, o fueron condenados a largos años de prisión. También hubo muchas condenas a muerte. Pero (y esto lo ocultan los socialistas) también hubo muchos indultos. Y yo soy testigo de excepción. . Durante mi paso por la Auditoria de Guerra de la Segunda Division Militar, donde servi durante varios meses como Alférez de complemento (procedente de las Milicias Universitarias) pasaron por mis manos muchas “sumarias” (los militares llaman sumarias a lo que en el orden civil son sumarios) que hacían referencia a tales indultos. Los sumariados, conmutadas sus penas, salvaron sus vidas. Podría dar nombres pero ni es necesario ni lo aconseja la prudencia. Pero Franco, dictador, encuentra tiempo para hacer cosas que enriquecen al pais. Por ejemplo, vista la ausencia de inversiones privadas funda el Instituto Nacional de Industrias (INI) que sienta las bases para la creación de una sólida infraestructura. Nace la RENFE, fruto de la nacionalización de las antiguas compañías de ferrocarriles., como también se nacionalizarán los servicios telefónicos dando lugar a la creación de Telefónica. Internacionalmente, y asegurada la victoria de los aliados contra la Alemania “nazi” España parece dejada de la mano de Dios. Las potencias occidentales retiran sus embajadores. Francia cierra sus fronteras. Pero España no está para la política. Aunque el dictador dicta duramente los españoles no se rebelan. No seré yo un cínico como aquel (Stalin) que al preguntársele “¿Y la libertad?, repuso “¿Libertad? ¿Para qué?” Pero francamente, con la libertad no se come. Y los españoles de los años cuarenta lo que querían por encima de todo era comer. Por eso, cuando unos cuantos miles de españoles procedentes unos del “maquis”: francés y otros licenciados del ejército del general Leclerc, con el que liberaron a Paris, se infiltran por el Pirineo aragonés vitoreando a la República y creyendo que el pueblo se sumaría a los “libertadores, ¿qué hace el pueblo? Pues el pueblo lo que hace es delatar su presencia a la Guardia Civil, que hace escabechina de ellos.

Pero a pesar de una rígida censura nada ni nadie pudo sellar la boca de los españoles. En cafés,en los tranvías, en la calles y plazas y doquiera se reúnan, los españoles despotrican contra el gobierno y las autoridades, muy a menudo al alcance de los oídos de agentes de la policía, uniformados o no que pululan por todas partes y que manifiestan una aguda sordera. El espionaje doméstico organizado por manzanas típico de la Cuba comunista (que tanto ama Izquierda Unida) y por el que los padres denuncian a los hijos y los esposos recíprocamente cualquier desviación de la línea del partido jamás existió en España. La España de Franco nunca fue un “Police State”, o sea un país donde la vida de sus habitantes está estrechamente vigilada por las fuerzas del Estado. El que no se metía en política era libre de hacer y decir lo que le diera la gana.

Los años cincuenta son testigos de una lenta pero segura recuperación de las calamidades de los catastróficos cuarenta. El INI crea fábricas de cemento, de productos químicos, de abonos. Se construyen pantanos, astilleros, se crean (o robustecen) siderurgias. Nace IBERIA y la RENFE repone el material ferroviario perdido en la guerra. Los Estados Unidos ven en España a un sólido aliado contra la guerra “fría” y el general Eisenhower, mas o menos entusiásticamente se abraza con Franco en Madrid. Vuelven los embajadores, se abre la frontera francesa. Se eliminan las cartillas de racionamiento. Los españoles ya no pasan hambre. Desaparecen las alpargatas. Los obreros industriales abandonan el tranvia y se desplazan a bordo de la “Guzzi” una motocicleta de baja cilindrada. En el campo desparece el burro y el campesino lo reemplaza por el “Mosquito” una bici con un motorcito de penetrantes decibeles que arruinan las siestas

Franco se rodea de un equipo de tecnócratas que sacan al país de la autarquía. La peseta sube, las reservas de oro y divisas crece. Empieza a vislumbrarse una clase media antes inexistente. ¿Y el dictador? La censura sigue siendo férrea Pero más que a la política dirige sus dardos a la creación literaria y sobre todo al cine y toda la parafernalia que le rodea. Un ministro de Información y Turismo, un meapilas llamado Gabriel Arias Salgado elimina segmentos de novelas y películas considerados “pecaminosos” , alarga faldas y bañadores en periódicos y revistas e incluso prohibe a los bañistas masculinos lucir sus torsos (“bajo multa de cinco pesetas”) obligándoles a cubrirse con un albornoz.

Y así llegamos al tercer período. Durante los años sesenta continúa, arrollador, el progreso económico. Son los años del “milagro español”. Franco se asesora por verdaderas eminencias. (Cuando uno compara a un Ullastres, a un López Rodó o a un Fernández de la Mora con la “Trini” (Trinidad González, actual ministra de Exteriores) Bibiana Aido (ex ministra “de Igual-Da”, la “miembra”:) o Pepiño Fernández Blanco (actual ministro de Fomento) nos damos cuenta a qué abismos hemos caído). Crece la infraestructura, Se construyen autopistas,y aeropuertos. La Seguridad Social funda hospitales y clinicas. Se crean Universidades laborales. . Crece y se ensancha la clase media. En sus peldaños inferiores los que tenían motos ahora tienen un SEAT 600. Los que prosperan arriba se compran una segunda residencia, en la playa o en la montaña. ¿Y el dictador? Pues el dictador cada vez dicta menos. El ministro Fraga Iribarne, autor de una nueva ley de prensa crea la auto censura. A su amparo nacen publicaciones tales como Cuadernos Para el Diálogo y Cambio 16 que se atreven a abordar temas que no mucho antes eran tabú. Como consecuencia de tal amago de libertad comienzan las disensiones. Los estudiantes se manifiestan y el clero joven (la Iglesia por fin ha reconocido sus errores del pasado) se acerca al obrero.

Durante los últimos cinco años de su vida Franco fue de nuevo objeto de repulsa internacional. Nueve terroristas fueron juzgado y condenados a muerte. Muchos jefes de estado, incluido el Papa protestan o piden clemencia. Entre los que protestaron se encontraba Luis Echeverria (el de la viga en el propio ojo) presidente de la República de Méjico. Bajo su mandato y obedeciendo sus órdenes fuerzas del ejército mejicano masacraron a muchos estudiantes que se manifestaban contra su gobierno en la Plaza de l;as Tres Culturas en la capital mejicana. Pero entonces (1969) esto no se conocía porque durante muchos años la matanza se mantuvo en secreto. En fin, Franco presidió el Consejo de Ministros que analizó las peticiones de clemencia. Hubo una votación. El resultado de la misma fue que cuatro de los terroristas fueron indultados.y sus condenas de muerte conmutadas por cadena perpetua. La sentencia de muerte impuesta a los restantes por los tribunales (no firmadas por Franco, como no se cansan de decir sus detractores) fue confirmada por el Consejo. Llovieron las protestas. ¿Qué hizo el pueblo español? ¿Se unió a la indignación internacional?. Ni por supuesto. . Como una piña se adhirió a Franco y cientos de miles le aclamaron en Madrid. El Jefe del Estado
correspondió a los vítores en el balcón del Palacio Real alzando su mano parkinsoniana con gesto de acusada fatiga.

Pasado este triste acontecimiento Franco declina a ojos vistas. Ya no dicta nada. Se duerme en los Consejos. Ni hace ni deshace. Su agonía es lenta. En los Estados Unidos algún cómico hace un chiste fácil: “Franco esta todavía muerto” Fallece el 20 de` Noviembre de 1975. La opinión internacional no le ama. Pero le respeta.

Se me preguntará qué tiene que ver la polémica sobre si fue o no fue un dictador (que nosotros, para cortar por lo sano, hemos convenido en que si lo fue) con los logros de su régimen. Muy sencillo. Sus enemigos coinciden, en afirmar, “ad nauseam”, que fue, no solo un dictador, sino un asesino, culpable de cientos de miles de fusilamientos, un genocida. Más aún, en su inquina pretenden hacer creer a los incautos que le escuchan que calamidades tales como las que acaecieron en los años cuarenta, se manifiestan, repetidamente, a lo largo de los casi cuarenta años de su mandato. Por el contrario, ocultan los inmensos beneficios que el régimen de Franco proporcionó al país. Lo grave es que los que así le escuchan son, cada vez en mayoría, gentes que nacieron después de la muerte de Franco. Desaparecida la verdad en los libros de texto la gente joven está a merced de embusteros y falsificadores de la Historia. Es necesario, por tanto, poner los puntos sobre la íes.

Dos cosas hay que los falsificadores de la Historia no le perdonan a Franco: uno, que murió en la cama, y no colgado de un gancho carnicero, como Mussolini. La otra, que no se llevó un duro de las arcas del Estado.

Podrán derribar sus estatuas, erradicar medallones, cambiar los nombres de las calles, vilipendiar su nombre, si es que le nombran, en libros de texto, exhumar sus restos del Valle de los Caidos (algunos sugieren dinamitar el monumento), e incluso “revisar” el Diccionario Biográfico. Pero hay algo que no podrán desvirtuar ni negar. Y es que Franco, el mejor gobernante de la historia de España desde Carlos III, recibió una España feudal, agrícola y semi analfabeta y la dejó moderna, industrializada e instruida. . Y sobre todo, construyó, de la nada, una robusta clase media , que por ironías de la vida, engendró a nietos que hoy pretenden desconocer que sus ancestros se beneficiaron, y mucho, de las oportunidades que gozaron durante el franquismo. Eso fue lo que hizo Francisco Franco Bahamonde.

Como eramos y como somos

 

Debo la primera mitad del título de este trabajo a una película norteamericana, muy buena, estrenada en el año 1973, llamada The way we were  e interpretada por Robert Redford y Barbra Streisand. Desconozco su título en su versión española pero la traducción correcta del original en inglés es “cómo éramos”. La película trata de los amores  de una pareja en Washington, la capital federal de los Estados Unidos,  que comienzan en los años sombríos de la depresión causada por el crash bursátil del 29 y transcurren a lo largo  de los años treinta y la segunda guerra mundial. Brevemente, al final de la película,  la pareja se re-encuentra a comienzos de los años setenta.

El asunto que voy a tratar no tiene nada que ver con el  de la película. Me voy a referir hoy a la demografía de España, y concretamente, de Sevilla antes de la última guerra mundial y en la actualidad. En otra ocasión tocaré el tema de los usos y costumbres pertinentes a tales tiempos.

Antes de la última guerra mundial los países de la Europa occidental, España incluida, no eran receptores de inmigrantes. Los nativos de los países que hoy mandan millones a la Europa occidental; estaban muy quietecitos en su entorno familiar. Los situados en África, Asia y Oceanía la mayoría colonias, estaban sujetas a sus respectivas metrópolis. Por otra parte, los países de Hispanoamérica no parecían estar sumidos en la pobreza que azota  hoy  a algunos de ellos. Algunos incluso eran ricos. La Argentina gozaba de un nivel de vida superior a la de algunos países europeos, incluido España. Disponía de reservas de oro sólo superada por Gran Bretaña y Estados Unidos.

Nó, el flujo migratorio corría en dirección inversa. Los países imperiales  europeos mandaban a sus hijos a sus  colonias, más que en busca de trabajo, a invertir en explotaciones agrícolas o industriales, atraídos por la abundancia y baratura de la mano de obra. El Reino Unido, Francia, Holanda, Bélgica, controlaban  inmensas posesiones en varios continentes. Italia sólo disponía de Libya,  prácticamente un desierto. Su pujante población se derramaba, por  millones, en  la Argentina. España, la España de la alpargata, mandaba sus nacionales  a sus antiguas colonias en el Norte (Méjico) Centro y Suramérica y por supuesto, Cuba. Algunos catalanes se establecieron en islas Filipinas, donde ya en el siglo XIX habían ya creado la cerveza San Miguel. Alemania, despojadas de sus colonias después de la primera guerra mundial, se orientaba hacia los Estados Unidos, que ya contaba con un importante contingente alemán al tiempo de su independencia.

Todo cambió a la terminación de la segunda  guerra mundial. Primero tímidamente luego por oleadas el Reino Unido, Francia, Holanda, Bélgica y Alemania recibieron millones de nativos de las Indias Occidentales (las colonias y excolonias británicas del Caribe), pakistanis (los “Pakis’), turcos (concentrados en Alemania) cuando restablecidas, gracias al Plan Marshall, de las heridas de la guerra sus vigorosas economías necesitaban la mano de obra que sus mercados laborales no podían satisfacer. Fue en los años sesenta que miles y miles de españoles e italianos se desplazaron a la Europa central con contratos laborales. Muchos volvieron. Otros se quedaron. En los años ochenta  pude ver en Frankfurt calles enteras pobladas por turcos. La selección alemana de futbol cuenta hoy con un tal Gómez que probablemente es un nieto de un antiguo español que emigró a Alemania por los años sesenta. Otro tanto puede decirse del conocido actor británico Alfredo Martínez, hijo de un camarero andaluz que trabajó en Londres.

Y a España, ¿quién  venía? Pues a España, para quedarse,  no venía nadie. Algunos turistas, pocos al principio, masivamente mas tarde. La normalización de la economía en España, después de la hecatombe de la guerra civil se iba haciendo muy, muy lentamente. No fue sino hasta 1952 que la fabricación de acero llegó a igualar la del año 1929, en la que se superaron todos los récords. El primer automóvil que se fabricó en España (aparte del mítico Hispano Suiza de los año 20, hecho a mano para unos cuantos ricos) salió de la SEAT (léase FIAT) en el ano 1953. Recuerdo que recién casado, en el año 1956, tuvimos mi mujer y yo que guardar cola para comprar una olla a presión, que se acababa de lanzar al mercado. Más aún. Había pedido un teléfono dos años (entonces los noviazgos eran largos) antes de casarme. El teléfono no me fue adjudicado hasta el 1957, ya casado,  y después de pagar una especie de prima (1,000 pesetas) tuve que aguardar aún un mes para que el teléfono pudiera entrar en servicio. Con este tipo de economía se explica que a nadie le interesara emigrar a España.

En España, y concretamente en Sevilla seguíamos los de siempre. Apenas se veían  caras extranjeras. Había una, la de un tal Silgestrom, un sueco alto, fornido, el pelo corto, a quien veíamos  andar por el centro con un paso elástico. Tenía un hijo que era compañero de colegio en los Hermanos Maristas Pero sí  se oían y veían nombres extranjeros. En la calle Alfonso XII había un médico (no recuerdo su especialidad) que se llamaba Zbi  kokski, o algo así. Mi padre tenía dos amigos, hermanos, ambos oficiales de artillería llamados, también de origen polaco, Wesouloski.  Había nombres  franceses: Valois, Dupont, Petit, Soult, Peyre (fundadores y propietarios del almacén de tejidos Los Caminos, en calle Francos), Marvizón (probablemente hispanizado, quizás Marviçon en el original francés). Había un irlandés. O’Neill  miembro de la aristocracia sevillana (creo que era marqués)  Alto, el pelo de color de zanahoria, la tez blanca y pecosa. Habían muchos nombres italianos: Conradi, Parodi, Astolfi, Batista, Polo, Manfredi, Ferraro, etc. E  ingleses: Pickman, Brakenbury, Pitcairn, Henderson, Kith,  etc. Pero todos estos nombres correspondían a personas (algunas de las  cuales conocí,  traté y trato) que llevaban generaciones viviendo en Sevilla.

Ya antes de que  la  Sevilla imperial se quedara con el monopolio del comercio con América negociaban en la misma muchos europeos, mayormente italianos y alemanes. Testimonio de ello son los nombres de algunas de nuestras calles: Alemanes, Génova (hoy Avenida de la Constitución), Placentines, etc.Desde mediados del XVI el tráfico comercial con  las Américas incrementó el número de tales comerciantes, muchos de los cuales permanecieron en Sevilla y no regresaron a sus tierras.

¿Y las razas? Pues le verdad es que éramos blancos en inmensa mayoría. Había un chino (quizá fueron  varios pero a nosotros siempre nos parecía el mismo), el “chino de los collares” que vendía baratijas casi siempre en la calle Puente y Pellón, siempre de pié, nada de manta en el suelo como es costumbre ahora.

También había un negro, y sólo uno, y por cierto bien  conocido  y  querido. No recuerdo su nombre de pila, pero se apellidaba  Machín y era hermano del famoso Antonio Machín, el cantante de boleros y de los “angelitos negros”, quien tenia casa en Sevilla (aunque raramente viajaba a ella) y que creo incluso tiene hoy  una calle. Y esto me trae a la memoria una anécdota. Allá para el año 1957 yo ya dominaba el inglés. Tanto el consulado británico como el de Norteamérica solían mandar clientes a mi bufete de abogado. Un dia el cónsul norteamericano  me encomendó el caso de un compatriota suyo que se encontraba en apuros. Se trataba de un ex soldado de la USAF (fuerza aérea)  que había prestado servicios en Alemania y se había licenciado. En vez de regresar a su país, se trasladó a España, país  que le gustaba, y se asentó en Sevilla. Con sus ahorros (y el dólar entonces era todopoderoso) montó un cabaret en la calle Federico Sánchez Bedoya. Según pude comprobar el local era muy atractivo y el sitio no estaba mal en absoluto, casi en la misma avenida (de José Antonio). No obstante, el público no entraba. El ex soldado (no recuerdo su nombre pero llamémosle Tom), aburrido, mataba las horas emborrachándose a base  de su bebida favorita, “bourbon” o whiskey americano. Pasaban los días y las semanas y aquello no andaba. En fin, después de varios meses sin ganar un duro, y de haberse bebido varias cajas de whiskey empezaron a llover  las facturas  de proveedores., apremios de las compañías de agua, electricidad, ayuntamiento, etc. Tom, angustiado, buscó amparo en el consulado de su país. El consulado, no obstante,  no estaba dispuesto a tapar agujeros.  Lo que hizo fue ponerse en contacto conmigo y pedirme que  ayudara al ciudadano Tom a  salir del atolladero. Era un caso claro de quiebra. Acepté el caso y presenté en el Juzgado la debida solicitud. Llego el día de la primera comparecencia. Fui a recogerlo al cabaret y nos dirigimos a los Juzgados, que entonces estaban en la calle Almirante Apodaca, en un edificio entonces cochambroso, hoy creo que dedicado al Registro de Protocolos del Notariado.

Distraído con la conversación, en vez de cortar por la Plaza del Salvador, Puente y Pellón, la Encarnación, etc. que aunque bien transitadas no ofrecían un tráfico abrumador, tomamos la calle Tetuán. La comparecencia era a la una de la tarde y la calle Tetuán, a la hora del aperitivo, estaba abarrotada de transeúntes.. Se daba la circunstancia además de que entonces circulaban por la misma y continuaban por la Campana, no sólo coches sino aquel estrepitoso y gratamente recordado  tranvía, lo que obligaba al tráfico humano a arracimarse en las estrechas aceras. Por aquellas calendas Sevilla no pasaba de 400,000 habitantes, casi la mitad de ahora y creo que yo era persona  conocida porque “nos conocíamos todos”. Yo notaba que la gente me miraba y miraban, con curiosidad, a mi y a mi acompañante.

¿Y por qué esas miradas curiosas, casi descaradas? Sencillamente porque mi acompañante……era negro. ¡Ya había dos negros en Sevilla!

A mediados de los cincuenta empezaron a llegar a Sevilla, como consecuencia de un Pacto de Ayuda y Mutua Defensa (creo que asi se llamaba el acuerdo) entre España y Estados Unidos, fuerzas militares del Aire y de la Armada de USA. Se crearon  en los  terrenos de la antigua  Compañía Exportadora,  en el barrio del Povenir, unas instalaciones
que eran complementarias (se ocupaban sólo de asuntos de orden administrativo y legal) de la base aérea que se construyó en Morón de la Frontera. Estos individuos, unos cuantos centenares, a penas se notaban en Sevilla  excepto que al venir, algunos de ellos,  casados y con hijos, despojaron a más de una familia de sus sirvientas. La peseta, bastante vapuleada en aquellas fechas no podía competir con el dólar. La  criada (que así le llamábamos)  que yo tenia vino  a nosotros  de rebote. Había servido en la casa de un soldado  de la USAF  pero entre otros motivos  no le agradaba la idea de sentarse a comer con sus señores, tan democráticos ellos.  Como quiera que un “master sergeant” o sargento mayor tenía un sueldo equivalente al de un general de brigada español, algunos de estos militares norteamericanos se casaron con señoritas  sevillanas de la clase media deslumbradas ante tanta opulencia. Después tuve ocasión de verlas en los Estados Unidos, algunas mal casadas, otras  aún unidas a sus  “ricos” maridos y extrañadas que  sus tales maridos tuvieran que tener dos empleos para subsistir. Pero, como decía antes, estos militares eran tan pocos que apenas se notaban.

Pero fue a fines del siglo XX, ya España injertada en Europa y sus instituciones cuando masas de extranjeros se asentaron en España

Parece ser el destino de nuestro país que cuando entra el oro a espuertas no es debido al trabajo personal de sus hijos sino a circunstancias externas e imprevisibles. En el siglo XVI los galeones entraban en Sevilla cargados de oro y platas procedentes de un mundo cuyo descubrimiento no había sido previsto por su descubridor y debido al trabajo de los pobres indios que lo sacaban de la tierra. A fines del siglo XX la entrada de España en el Mercado Común, luego llamada la Unión Europea, algo que no existía a la terminación de la guerra mundial, llenó los cofres vacíos de la economía nacional gracias a los esfuerzos de nuestros co-europeos alemanes, franceses, etc. Con una diferencia: en el siglo XVI la súbita riqueza fue a parar a manos de intermediarios y banqueros extranjeros que prestaban dinero a la corona. El pueblo siguió siendo pobre. Los dineros de la Unión Europea se quedaron  en España y se repartió entre muchos. Tengo yo un amigo agricultor que ya no tenia que mirar al cielo en espera de la lluvia ni que desesperarse por los gastos de semillas, jornales, etc. “Nunca he estado tan desahogado de dinero…”

Decía antes que millones vinieron a España cuando entramos en la prosperidad. Unos para trabajar. Otros simplemente para vivir de sus rentas, quizás más barato que en sus países de origen. Fue entonces cuando las costas mediterráneas se inundaron de británicos y alemanes por centenares de miles. En cuanto a  los trabajadores hoy los tenemos, también en centenares de miles de los cinco continentes. Algunos la actual crisis le ha hecho volver a sus países. La mayoría se ha quedado. Unos malviven, otros se defienden como pueden. Otros se dedican a  raterías en el Metro.

En Sevilla, poco industrializada quizás  se note menos que en otras ciudades y partes del país. Pero cuando salgo a la calle y veo gentes de todos las etnias  y vestimentas tradicionales, restaurantes de comidas exóticas, templos protestantes, mezquitas, etc.  pienso en lo que éramos y lo que somos. Qué hubiera pensado de todo esto aquel legendario Cardenal Segura, de Sevilla. Recuerdo  haber asistido a una sabatina en la Catedral, una tarde de verano  a mediados de los años cincuenta. Don Pedro, que así se llamaba  se lamentaba,  de la grave amenaza que se desencadenaba sobre España con ocasión del Pacto con EE.UU. a que antes me refería. El Cardenal, totalmente aferrado a esquemas medievales (llegó a prohibir el baile “al agarrao”)  pronosticaba que los norteamericanos que vendrían a vivir con nosotros iban a corrompernos con su religión protestante, sus divorcios y sus costumbres depravadas…… Y cosas por el estilo.

Yo el cambio demográfico español lo pude percibir…..fuera de España. Concretamente en Dallas, donde vivo. Hace varios años fui designado por el Colegio de Abogados de Dallas para dar un discurso a un grupo de personas de muchos países con ocasión de recibir la ciudadanía norteamericana. Los  Estados Unidos es un país muy nacionalista. El ciudadano norteamericano medio cree a pié juntillas (lo ha oído y leído constantemente desde que alcanzó el uso de razón) que su país es único. Una tierra escogida por Dios para brillar como una lumbrera en el concierto de las naciones. Con esta premisa, ser ciudadano de los Estados Unidos es algo por todos conceptos extraordinario. Alcanzar la ciudadanía norteamericana no es fácil. Lo que en muchos países no deja de ser una rutina burocrática, en los Estados Unidos es un “Tour de force” Además de un minimum periodo de residencia hay que someterse a un examen de ingles hablado y escrito y otro sobre la  constitución de los Estados Unidos, su geografía y su historia que no es moco de pavo. Los que pasan participaran en una ceremonia donde habrá profusión de banderitas, señoras de (en Texas)  la organización Hijas de la  República de Texas (Texas fue, brevemente, un país   independiente antes de anexionarse a la Unión Americana) y un representación de las fuerzas vivas de la localidad. Estos actos se celebran varias veces al año y generalmente en un amplio auditorio (en ocasiones incluso en un estadio deportivo) pues los candidatos pueden llegar a ser varios centenares.

En la ocasión en que me correspondió pronunciar el discurso el acto se celebró en el auditorio de la Universidad de Texas en Arlington, una ciudad equidistante entre Fort Worth y Dallas. Los candidatos eran setecientos u ochocientas personas procedentes  de una multitud de naciones. Es costumbre empezar el acto con un ruego a los dichos candidatos que se levanten de sus asientos al oir el nombre del país de origen.  Así, por orden alfabético empezando por Albania, con sólo tres  solicitantes y después muchos países, entre ellos China, Méjico, India cada uno  con varios centenares de candidatos y así  hasta llegar a la S de Spain.. Mi curiosidad era intensa. Se levantó solo una persona, un hombre. El hecho de que fuera sólo una persona no me llamó la atención. La inmigración a los Estados Unidos es mínima y es mayormente temporal: graduados sobre todo en las ciencias, mayormente medicina y biología que tras unos años de investigación vuelven a España .El fenómeno  de la huida de cerebros, por lo menos en la época  a la que nos estamos refiriendo, había perdido actualidad. (La grave crisis que azota a España estos días podría, sin embargo, trastocarlo todo.

Lo que me llamó la atención fué que la persona que se levantó del asiento al oir “España” fue……un negro. Por supuesto  que no lo esperaba. Lo primero que me pasó por la cabeza fue pensar si los asistentes  norteamericanos,  que no se distinguen precisamente por un conocimiento, ni siquiera superficial de geografía (una disciplina que apenas se enseña ni se enseñaba por aquellas fechas) podrían quizás suponer que España está incrustada en África.  En fin,  continuó la lectura de países, continuaron los candidatos levantándose de sus asientos y pronto después comenzó la ceremonia,  que incluyó mi discurso para finalizar con la entrega de los certificados de nacionalización.

Cuando por fin terminó todo busqué a nuestro ex-compatriota. Era un hombre simpático, procedente de Guinea Ecuatorial, nuestra antigua colonia. Había recibido una beca para estudiar en España (no recuerdo qué), vivió allí  varios años y al casarse con una norteamericana se trasladó  a  este país.

Así somos hoy y, en realidad, así son todos los países industrializados: una mescolanza de razas, religiones. lenguas y culturas que por una parte nos hace mas tolerantes pero por otra desdibujan las señas de identidad con las que nacimos.

La Victoria sin Alas

Asi calificó Jose Antonio Primo de Rivera el triunfo electoral de las derechas en la España republicana de 1933. Hacia notar Jose Antonio que la abstención obrera había llegado en algunos lugares hasta el 60 por ciento. Creian firmemente los obreros de entonces que su futuro no estaba en las urnas sino en la revolucion social.

El 22 de Mayo de 2011 el Partido Popular ha vencido de forma contundente pero esta vez con gran participación electoral. Un triunfo que nos deja insatisfechos. Es una victoria (sin alas) debida no al voto de los ingenuos que aun creen en promesas sino al del que nunca le votó pero ahora, desganado, se alía a los peperos a ver si le toca la lotería. Algo asi como el jugador sin suerte que en su desesperación apuesta sus últimos euros a ver si cambia su fortuna. La fortuna le ha sonreído esta vez.

Pero mas que sonrisa es una mueca. Es el Partido Socialista el que ha perdido, no el Partido Popular el que ha ganado.

.Ahora el PP se encuentra con una España hundida y un sombrío porvenir. Mariano Rajoy ha prometido a los que nunca hasta ahora habían votado por su partido que no se arrepentirán. Vamos a ver si es verdad. Yo lo dudo.

EL PRESIDENTE OBAMA Y SU PARTIDA DE NACIMIENTO

La elección de Barack Hussein Bahama para presidente de los Estados Unidos fue una conmoción en este país.

Los demócratas, que le votaron,  le aceptaron entusiásticamente Obama tenía un verbo y estilo que subyugaba. En cuanto a los republicanos se escindieron en dos grupos… Un ala, moderada, se limitaba a rechazar  sus ideales. Otra ala, minoritaria y rabiosamente extremista, aprendió a odiarle.

El cainismo republicano, está concentrado en el llamado “Tea Party”. El “Tea Party” no es un partido oficial ni tiene nada que ver con la infusión (“tea” es té en inglés). Los organizadores de este movimiento, que carece de jefatura,  reglamento, locales, etc. acordaron  llamarle así  en  recuerdo  al  llamado “Boston Tea Party”, el  incidente que tuvo lugar en Boston en 1773  cuando unos colonos norteamericanos  se alzaron contra la corona británica en señal de protesta por exigírseles  un tributo sobre el té  sin su consentimiento. Los dichos colonos se resistían  a pagar impuestos porque carecían de  voto  en la Cámara de los  Comunes en Londres. Como se sabe, este incidente fue la chispa que originó la guerra de la independencia norteamericana… En señal de rebeldía abordaron un buque anclado en el puerto de Boston  y arrojaron al mar las sacas de té que Inglaterra exportaba a sus colonias. . El nombre no tiene nada que ver con la ausencia de representación en el congreso. Denota simplemente una actitud rebelde.

El Tea Party no existía antes de las última elección presidencial. Fue cuando la Casa Blanca inició el debate en el congreso en torno a la reforma del sistema sanitario cuando empezaron las primeras protestas. Desde entonces todas las iniciativas provenientes del presidente y del partido demócrata han encontrado las más férrea oposición por parte del partido republicano y del Tea Party. Pero con una variante: El Tea Party ha concentrado sus ataques sobre la persona del presidente Obama. ¿Por qué? Sencillamente, por que el presidente  Obama  es negro.

Para explicar mejor el tema conviene primero esbozar aquí la historia familiar del presidente Obama.  Su madre,  Ann Dunham, natural de Wichita, (Kansas)  era una estudiante en la Universidad de Hawai, donde se matriculó a  los 17 años. Allí conoció a Barack Obama, Sr., un estudiante negro, de Kenya, de 23 años de edad y de religión islámica. Se casan  y el presidente de los Estados Unidos nace el 4 de Agosto de 1961. Por supuesto que nació en Honolulu, Hawai. A partir de aquí  empiezan las complicaciones.

Ann y Barack no se llevaban bien. Se separan. Ann y su crío vuelven al continente y se asientan en el estado de Washington donde Ann asiste a  un curso en la Universidad de Washington, en Seattle. Mientras tanto, Barack Sr. ha terminado sus estudios en la Universidad de Hawai. Le ofrecen una beca para estudiar en Nueva York pero prefiere Harvard University, donde también le espera una beca. Ann y el pequeño Barack vuelven a Hawai donde la madre reanuda sus estudios de antropología. Al poco Ann presenta demanda de divorcio contra Barack a la que éste no se opone. Barack Sr. gana una maestría en Harvard sobre economía y viaja a Hawai en 1971 donde visita a su ex mujer y al pequeño Barack. Esta seria la última vez que se ven padre e hijo, pues Barack Sr. muere en 1982 en Kenya, en  un accidente automovilístico.

Ann, ya divorciada,  conoce en la Universidad de Hawai a un compañero de estudios, Loro  Soetoro, que es de Indonesia. Se casan y en 1967 cuando el pequeño  Barack tiene seis años de edad, viajan a Indonesia donde se asientan en una pequeña población en las afueras de la capital, Jakarta. Allí permanece el futuro presidente hasta cumplir los diez años. Por supuesto asiste a la escuela en Indonesia donde presumiblemente aprende el idioma del país. Hay que advertir que su padrastro, Loro es mahometano puesto que Indonesia es un país islámico.

En 1971 Barack regresa a Hawai, donde aun residen  sus abuelos maternos y vive con ellos hasta 1979, año en que se gradúa de “High School” (bachillerato). Entretanto su madre había regresado desde Indonesia en 1972. Posteriormente ella viaja entre Hawai e Indonesia en repetidas ocasiones  y finalmente muere de cáncer de ovario en Hawai en 1995.

El futuro presidente, después de su graduación, en 1979,  se traslada a California donde estudia en un “college”, después pasa a Columbia University. Posterior a su graduación de Columbia,  trabaja en Chicago, pasa luego a la facultad de derecho de  Harvard, (donde se gradúa magna cum laude) y trabaja como abogado, y en otras actividades hasta que finalmente entra en la política.

Al comenzar su campaña presidencial un grupo del Tea Party, aparte de tildarle corrupto, comunista, etc.,  apuntó a la idea de que Obama no había nacido en los Estados Unidos y por consiguiente según el artículo II de la Constitución no era elegible para la presidencia. Esta facción del Tea Party vino en llamarse los birthers un vocablo de difícil traducción (“birth” significa nacimiento) y su único propósito es impugnar el hecho de que el candidato a la presidencia  haya nacido en los Estados Unidos. Con tal fin,  un reportero afín a la táctica de los birthers se desplazó a Kenya con la idea de entrevistarse con la abuela paterna de Barack Obama. El reportero se reúne con la buena señora y después de unas preguntas amables, astuto que es él, que obligaban a una respuesta afirmativa, le lanza la pregunta terrible. “la piece de resistance”, Y BARACK NACIO AQUÍ, ¿VERDAD? La abuela, sonriente (imaginamos) y encarrilada en una serie de inocuas preguntas que contesta rutinariamente con un SI, contesta:  OH YES. Por supuesto la entrevista se grabaría y la abuela no puso inconveniente alguno a tan amable señor que venia de tan lejos a hablar con  ella. El reportero, satisfecho de haber conseguido lo que buscaba, cortó la grabación, con una sonrisa que se le salía de la boca. No sabemos cómo la abuela cayó en la cuenta de que se había equivocado, (quizás alguien le advirtió)  pero si que tuvo la valentía de rectificar: – “Señor, me he equivocado. Mi nieto nació en Hawai”. . Pero ya era demasiado tarde, y, ya sabemos,  no hay mas sordo el que el que no quiere oir. Para entonces el reportero de marras había enfundado su grabadora.

Y así fue  como la noticia se anuncio en los Estados Unidos. BARACK OBAMA, EL CANDIDATO A LA PRESIDENCIA NACIO EN KENYA.

Inmediatamente el equipo de  Barack Obama se apresuró a publicar su partida de nacimiento en los medios de comunicación.  Pero qué verdad es que el que da primero da dos veces.

¿Por qué los birthers, y el Tea Party ,no están conformes en que una persona de raza negra ocupe la Casa Blanca?

Para ello hay que remontarse hacia 1861, o sea, hace ciento cincuenta años. Algunos pensarán que esta es una fecha remotísima. Pero aparte de que en la historia de la Tierra y del Hombre  ciento cincuenta años no pasa de ser un instante, dicho espacio de tiempo no es tan distante que pueda escapar a dimensiones humanas. El ferrocarril y la fotografía fueron inventados con anterioridad a dicha fecha. Mi abuelo paterno, a quien conocí y  quise mucho, nació también antes de dicha fecha. Pues bien, en 1861, en los Estados Unidos,  un individuo de raza negra era un esclavo. Más aún. Un esclavo negro no era una persona. Era una cosa. Como tal cosa era susceptible de venta y compra y alquiler. Se legaba en testamentos como se pueda legar un piano o una vaca. Las grandes plantaciones de algodón del sur del país requerían cientos de esclavos, que cuidadosamente quedaban incluidos en los activos comerciales del negocio junto a aperos de labranza,  ganado, semillas, etc. La prensa de la época anuncia  subastas de esclavos con interesantes fotografías de los  sujetos en venta y descripción de su físico: peso, altura, edad, etc. Las mujeres embarazadas competían en precio con los varones jóvenes y fuertes.

En 1863 el presidente Lincoln emancipó al negro y puso fin a la esclavitud. Pero el negro siguió discriminado en multitud de aspectos de la vida cotidiana: en  acceso al voto, acceso a la propiedad, acceso a establecimientos públicos tales como hoteles, restaurantes, lugares de recreo, etc. Algunas de estos tipos de discriminación, como la educación segregada,  fueron corregidos por la justicia. Otros no. Cuando los Estados Unidos entraron en guerra en 1941 contra las contra las potencias del Eje  y Japón, el negro, considerado cobarde, y analfabeto no fue permitido entrar en combate y fue  relegado a servicios auxiliares. Fué solo en los últimos meses de la guerra ya muerto el presidente  Roosevelt y bajo la presidencia de Harry S. Truman cuando este ordenó se le permitiera combatir pero segregados de las fuerzas blancas. También se organizo una unidad  aérea compuesta exclusivamente de pilotos negros pero actuaba  segregada de sus compañeros blancos.

En 1962 estando yo ya viviendo en los Estados Unidos publiqué un artículo sobre el de tratamiento jurídico del negro en todos los aspectos de la vida cotidiana  en la Revista de Estudios Hispano-Americanos, una publicación afecta al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Tenia yo un ejemplar de la revista en la que se publico tal articulo (“El Negro en los Estados Unidos”) y como quiera que la extraviara  uno de mis  sobrinos-nietos, Álvaro Cuñado Aguilar tuvo la gentileza de buscar, encontrar,  comprar en una librería de viejo y regalarme una separata de la dicha revista. Desde estas líneas y públicamente (ya lo he hecho en privado) agradezco a Álvaro tal hallazgo y obsequio. Como apuntaba Álvaro,  escribía  yo en mi artículo que  “si la solución (de los problemas raciales de aquellos tiempos) es difícil, no es imposible. Día llegará en que los viejos prejuicios serán cosas del pasado”. Y Álvaro  me escribe: “No sé si ese dia habrá llegado ya o no, pero cuatro décadas después el cuadragésimo presidente de los Estados Unidos es de raza negra”.

Ciertísimo, pero ¿se han  resuelto los prejuicios? Dos  años después de publicar yo el dicho artículo, bajo la presidencia de L.B. Johnson, en 1964  tuvo  lugar la promulgación de la trascendente legislación sobre los Derechos Civiles. Esta legislación acabó con la  discriminación en materia de empleos, acceso al voto, a la propiedad y a hoteles, restaurantes, clubs (excepto si son privados), lugares de recreo, etc.  Pero los prejuicios son difíciles de erradicar. Pocos meses después de entrar dichas leyes en vigor, el recientemente inaugurado Statler-Hilton,  un hotel de lujo en Dallas,  rehusó alojamiento al delegado en las Naciones Unidas de un país africano y a su séquito. El escándalo fue formidable.  Tuvo que intervenir la Casa Blanca. El hotel se vio forzado a cumplir con la ley,

Hoy en día el negro de la calle, el hombre medio no tiene los problemas raciales de sus antepasados. Puede votar, adquirir una propiedad, alojarse donde quiera, etc. Pero  ¿ocupar la Casa Blanca? Eso es harina de otro costal.

Así pues, al airear su partida de nacimiento los birthers inmediatamente la tildaron de falsa. En los Estados Unidos, como en España, hay dos clases de actas o partidas  de nacimiento. Las norteamericanas se corresponden con nuestras partidas  en extracto o literales. La partida que los ayudantes del candidato  Obama mandaron publicar en los medios de comunicación fue la versión breve o en extracto. Alguien pidió que se publicara la literal. La literal incluye datos que no aparecen en la breve,  tales como la hora del nacimiento, el nombre del hospital o centro médico donde tuvo lugar el parto, la edad de los padres y su raza, etc. Por supuesto el nombre y firma del funcionario del registro civil donde se inscribió el nacimiento.

Transcurrieron dos años antes que  tal extensa versión de la partida se publicara.  Parte de la tardanza se debe a la resistencia del  propio presidente a hacerlo. Lo encontraba humillante e innecesario. También a la lenta maquinaria burocrática. Para poder pasar al dominio público el registro donde se inscribió el nacimiento del presidente  tendría que obtener una dispensa de estado de Hawai. El plumífero a cuyo cargo está la concesión de tal dispensa se tomó todo el tiempo que le vino en gana. Mientras tanto el vociferío de los birthers alcanzaba límites inverosímiles

Por fin, muy recientemente el presidente Obama hizo una apariencia  televisiva en el curso de la cual presentó a la nación la versión larga o literal de su partida de nacimiento. El presidente pidió excusas de perder su tiempo en asunto tan banal cuando el país se ve atosigado con problemas de gran  importancia pero manifestó que se vio obligado a ello para dar fin  a “los ladridos carnavalescos”  de quienes todavía mantienen que nació fuera de los Estados Unidos y al público en estado de confusión.

¿Cómo reaccionaron los birthers? ¿Aceptaron la realidad de la partida literal? En absoluto. La reacción oscila  entre  “Si, pero….”. “No sabemos, habrá que investigar………y, rotundamente,  “Es una falsificación”

¿Se hubieran presentado estos problemas si el ocupante de la Casa Blanca hubiera sido de la raza blanca?   Bien, hay está el caso del  senador por Arizona, John  McCain, quien precisamente fue candidato republicano en la misma campaña que elevó a Obama a la presidencia. McCain no nació en los Estados Unidos. Al completarse la construcción del Canal de Panamá los Estados Unidos, que lo construyeron y era (y es) el “big boy” en la región,  se auto adjudicó (sí, hubo tratados y toda la parafernalia diplomática para endulzar la píldora) se quedó con un área en el país, la llamada Panamá Canal Zone donde los Estados Unidos establecieron una base naval. La propiedad del Canal ha pasado a Panamá pero la zona reservada a USA existe todavía. Bien, el Senador McCain, hijo de un oficial de la marina norteamericana que servía en dicha base,  nació en esa Zona.  De acuerdo con la ley las personas nacidas en la Panamá Canal Zone  son automáticamente ciudadanos de los Estados Unidos.

Qué  poco trabajo le hubiera costado a la gente del Tea Party argüir, por ejemplo, que los servicios sanitarios, clínica u hospital en la Zona estaba de obras y que el nacimiento del futuro senador tuvo lugar en otro centro médico fuera de la dicha  Zona, o cualquier otra descabellada historia , y que por consiguiente no era ciudadano de los Estados Unidos. . Al fin y al cabo estos extremistas han difundido y  siguen difundiendo fábulas tales como que Barack Hussein Obama no es cristiano y que practica, en secreto,su religión mahometana. Lo increíble es que una gran parte de la población se lo cree.

¿Se planteó la cuestión del lugar del nacimiento del Senador McCain como candidato para la presidencia? En absoluto. ¿Y por qué no? Sencillamente porque McCain es tan blanco como la leche.

Está fuera de duda que Obama ganará una segunda vuelta en la próxima campaña presidencial. Y como todavía faltan dos años para dicha campaña presidencial serán seis los que le quedan al presidente en la Casa Blanca. Vamos a ver que otras patrañas inventan  sus enemigos en esos seis años.  Imaginación no les falta.

UN “CAMISA VIEJA” EN DALLAS

Jose Sainz

Hoy me voy a referir a la Falange y mas concretamente a un personaje estrechamente vinculado a sus orígenes. Cuando digo “Falange” me refiero al partido que se fundó antes de nuestra guerra civil: a Falange Española de las J.O.N.S. (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista). Lo que exista o pueda existir ahora no me interesa.

Aquí nos encontramos con un problema de comprensión generacional. Para uno, que es de edad avanzada, conceptos tales como la guerra civil, y específicamente este de la Falange, que el vivió y le dejaron marcado de por vida, son para la gente joven hechos remotos si nó desconocidos. Llamo gente joven a la nacida bajo la presente monarquía. Para algunos de mis lectores, si los tengo, tales conceptos están fosilizados en la historia, aparecen tan distantes como, digamos, la Reconquista.
Por ello, me parece bien que antes de entrar en materia enmarquemos nuestro relato con un breve repaso histórico.
La revolución de 1917 implantó en Rusia el régimen comunista. Basado en parte en las teorías de Karl Marx, no dejaba de tener su atractivo.” De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Rápidamente cobró prestigio y se extendió por la Europa occidental. Pronto surgieron, también en Europa, movimientos que se enfrentaban al comunista. Este era un movimiento de izquierda, dictatorial, que anulaba a la Iglesia (“la religión es el opio del pueblo”) y a la propiedad privada. Los que se le enfrentaron, empezando por el fascismo de Benito Mussolini en Italia, el nacional socialismo alemán de Adolf Hitler y nuestra Falange no eran movimientos ni de izquierda ni de derecha. Negaban el sufragio universal y preconizaban un sistema totalitario y de caudillaje. Sin embargo, respetaban la propiedad privada, toleraban a la Iglesia (caso de Alemania en Italia) o la ensalzaban (caso de España) e incluso aceptaban coexistir con una monarquía, como en la fascista Italia.
Estos movimientos anticomunistas también prendieron rápidamente y con mas o menos fuerza surgieron además de en los paises nombrados, en Rumania (“La Guardia de Hierro”), Bélgica, con Degrelle, la “Action Francaise”, e incluso en Inglaterra con la “British Union of Fascists, de Oswald Mosley.
En España, la Falange fue creada por un joven y brillante Abogado, José Antonio Primo de Rivera, quien con el tiempo llegó a ser conocido simplemente por José Antonio, y asi le llamaremos nosotros. José Antonio era hijo del General Miguel Primo de ‘Rivera, quien en 1923 se pronunció en Barcelona y se erigió dictador con el beneplácito del Rey, Alfonso XIII, lo que, con el tiempo, le costaría la corona. Jose Antonio se había criado en un hogar rico con institutrices y privilegios aristocráticos. No en vano ostentaba un
marquesado, heredado de su padre. La jauría jacobina en las Cortes le tildaba de “señorito”.
Falange Española, mas tarde Falange Española de las J.O.N.S. se constituyó en Octubre de 1933. Fue un movimiento que detestaba la democracia y el sufragio universal. “El destino mas noble de las urnas es hacerlas .añicos” decía José Antonio. Era también violenta y agresiva, propugnando, en boca de su jefe “la dialéctica de los puños y las pistolas” en vez de los debates parlamentarios. En sus principios atrajo a muchos intelectuales e universitarios, a semejanza del fascismo italiano, que divulgaba un lema que reflejaba la combinación de estudio y violencia y rezaba así: “Libro e moschetto fascista perfetto” “Moschetto” es, por supuesto, mosquetón, una arma larga que si no recuerdo mal, usaba en España el cuerpo de artillería.
De todo los movimientos que se oponían al comunismo ruso solo dos, el partido “nazi” de Adolf Hitler y el fascio italiano alcanzaron el poder. En España, la Falange malvivía de forma mas bien raquítica y fue sólo después del triunfo del Frente Popular en Febrero de 1936 cuando sus filas se engrosaron hasta llegar a varias decenas de miles de afiliados. Al estallar la guerra civil, en Julio del mismo año, el partido creció en forma espectacular y pronto se adhirió a las fuerzas insurgentes que acaudillaba el general Franco. Este no dudó en aceptar su colaboración (mientras que rechazó la de otros partidos que aunque de derechas creían aun en la democracia) porque la Falange no sólo era antidemocrática, anticomunista y antianarquista, sino que se prestaba propicia a facilitar abundante carne de cañón. Otro partido que Franco no dudó en aceptar fue el de la Comunión Tradicionalista, vulgarmente conocido como el de los “Requetés”. Este partido nació como consecuencia.de las guerras dinásticas del siglo XIX. Al morir Fernando VII le sucedió su hija Isabel II. El hermano de Fernando, Carlos, se sintió preterido [( basándose en la Ley Sálica, que primaba para el Trono a los varones tanto en linea descendiente (hijos) o laterales (hermanos) contra las hembras, y que Fernando derogó)] y se alzó contra el gobierno liberal bajo el lema de Dios Patria y Rey. Carlos encontró muchos adeptos (de ahí que se denominaran “carlistas).en el norte de España y desencadenó varias guerras primero contra la Regente María Cristina durante la minoría de edad de Isabel y luego contra la propia Isabel II. Franco aceptó a los carlistas, pese a que su adhesión se mantenía a favor de una rama dinástica diferente de la que él pensaba habría de ser restaurada en su día (como así sucedió andando el tiempo) porque los tales carlistas creían en el absolutismo, o sea, no creían en las urnas democráticas y aunque muy inferiores en números de afiliados a los de la Falange también ofrecían fuerzas que utilizar en su rebelión. Pronto Falange y Requetés descubrieron que no podían co-existir.
Hubo enfrentamientos. Al morir Jose Antonio, fusilado en Alicante en Noviembre de 1936 su desaparición no fué anunciada, convirtiéndose en “El Ausente”. Sin embargo en Abril de 1937,divulgada ya oficialmente su muerte, descabezada la Falange y tras sucesos que pasaremos por alto para no hacer esta narración demasiado larga, Franco unificó a ambos partidos creando lo que vino en llamarse Falange Española Tradicionalista de las J.O.N.S. Este fue el principio del final de la Falange, que, con el
tiempo devino en una sumisa burocracia de camisa azul y consignas triunfalistas (“Por el Imperio Hacia Dios”, etc.) bajo la férrea jefatura de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Pero esto es otra historia.
En 1935 Jose Antonio organiza una “Junta Politica” que constituia una panoplia de individuos de toda clase y condición en la que se mezclaban un famoso aviador, hombres de letras, profesionales de la medicina y el derecho, un deportista notable, hacendados, obreros y un tal José Sainz, a la sazón director de la Oficina del Patronato Nacional de Turismo en Toledo. Con el tiempo estos individuos y en general todos los que se afiliaron a la Falange antes de la guerra vinieron en llamarse “camisas viejas”.
Una mañana cualquiera, allá por el ano 1973 abrí el Dallas Morning News y lei que se acaba de inaugurar una oficina de la compañía aérea Mexicana de Aviación en Dallas
y que la encabezaba un tal José Sáinz. El diario especificaba que el Sr. Sainz era de nacionalidad española. Acompañaba una fotografía.
Si tengo una habilidad es la de poseer una memoria visual en grado superlativo. Aquella cara me era conocida. Y ese nombre, José Sainz….. Como mencionaba antes, la guerra civil y todas sus derivaciones es algo que me ha marcado de por vida. Conocía y sabía todo lo que la censura permitía publicar en España.y todo lo que leí, aprendí y adquirí en el extranjero. Sabía quien era José Sainz. Me faltaba sólo comprobar que era el “Camisa Vieja”.
Dejé pasar varias fechas y un día llamé a la oficina de Mexicana de Aviación.
Mr. Jose Sáinz?
-Quién le llama, por favor?
-Dígale que un compatriota.
Al momento el Sr. Sáinz se puso al teléfono. Le manifesté que yo era un español con muchos años de residencia en los Estados Unidos, y que tenía la costumbre de saludar a cualquier compatriota que recalara en Dallas, que eran bien pocos. Total quedamos en vernos para almorzar y fijamos una fecha.
El día en cuestión me encaminé a la oficina, tres o cuatro manzanas de donde yo tenía la mía. Entro, pregunto por el Sr. Sáinz. La recepcionista le avisa e inmediatamente, pase usted y me indica una puerta.
Sainz, cortésmente, me recibió de pié. Una simple ojeada a su persona me confirmó que mi memoria visual no me había fallado. Este era el hombre –o se parecía mucho, al “Camisa Vieja” de la Junta Política de Falange. Pero necesitaba una confirmación.-Siéntese, por favor.
-Muchas gracias. Don José (siempre he guardado la vieja costumbre de prescindir del tuteo con desconocidos).-Nada de Don y nada de José. Simplemente Pepe.
No le retiraba los ojos de la cara. Tenía ante mí un hombre alto, robusto, musculoso. Su cara morena (en parte debido a muchas horas al aire libre) presentaba facciones regulares, bien modeladas, hasta bellas. Casi un ario. Digo “casi un ario” porque Sáinz era hispano-alemán. Su apellido materno era Nothnagel.
-Digame usted, Pepe: usted es………… el José Sainz de la Falange de los primeros dias……(No me dejó terminar)
-Si señor, el Pepe Sáinz de la Vieja Guardia.
Me quedé estupefacto. Casi se me saltaron las lágrimas. Durante algunos segundos no abrí la boca. Le miraba fijamente. -Pero, hombre ¿que le pasa?, me preguntaba sonriendo.-Perdóneme usted Pepe. Es que es usted un pedazo viviente de la Historia de España. ¡Cuantas veces he visto su foto¡ ¡En periódicos de la época, en revistas, en libros casi de texto!
Aquella ocasión fue la primera de las muchas veces que nos reunimos para almorzar.
Simpatizamos y, naturalmente, terminamos tuteándonos.
Pepe Sáinz era un hombre jovial, lleno de optimismo, no vivía en el pasado sino en los acontecimientos del dia y siempre con cara al futuro. Pronto me percaté que no ponía gran interés en hablar de su pasado y aunque siempre contestaba a mis numerosas preguntas se refería a su pasada vida como algo desprovisto de interés.
-Pero, Pepe, le decía, ¿no eres consciente de que alguna vez viviste aquellos dias dramáticos de los años 30, de los primeros meses de la guerra, que conviviste con personajes, como José Antonio y tantos otros que han pasado a la Historia, con hache mayúscula, como figuras capitales de una época importantísima en la vida de España?-Bah, no es para tanto. Yo cumplí con mi deber, como creía entonces que debía. Me siento orgulloso de mi pasado que no dudaría en repetirlo si la ocasión se produjera de nuevo, pero todo eso pasó y ahora lo que me interesa es vivir en el presente y planear un buen futuro para mí y para mi familia.
De lo que me contaba, lo que luego he sabido con la ayuda de su hijo Rick Sáinz (a quien desde estas líneas le doy las gracias) y a los datos biográficos sacados del Internet,
no siempre exactos, he podido pergeñar, a grandes rasgos y con muchas lagunas los orígenes y algunas de las vicisitudes en la vida de Pepe Sáinz.
En el tercer tercio del siglo XIX arriba a Santander Frederick Nothnagel, alemán de nación, ingeniero electricista (o, posiblemente, mecánico). Llega para trabajar en la instalación de una línea de tranvías eléctricos En Santander conoce y eventualmente casa con Leonor Fernández. Al terminar sus trabajos en Santander Herr Nothnagel y su esposa santanderina se trasladan a Alemania y se radican en Munich (según Rick Sáinz). Otras fuentes dicen que en Berlin. Frau Nothnagel, o sea Leonor Fernández, da a luz a una niña a quien llama Frieda. Frau Nothnagel debería haber tenido añoranza de la Montaña pues viaja con frecuencia a Santander, sola o con Fräulein Frieda. Ignoramos cómo, cuando y donde pero lo cierto es que Fräulein Frieda se casa, en Santander, con un natural de la región, José Sáinz Sierra. La Señora de Sáinz prefiere Santander a Alemania y a su debido tiempo nace nuestro Pepe Sáinz en Santa Maria de Meruelo, Santander, el 3 de Agosto de 1907.
Cuando Pepe tiene siete años (según su hijo Rick, según otras fuentes cinco, pero nos decantamos por la versión de Rick) su padre decide emigrar a los Estados Unidos. Se embarcan los tres y se asientan en Nueva York, en el distrito del Bronx. Alli permanecen diez años, en los que, por supuesto, Pepe se educa en las escuelas públicas. (Ya me extrañaba a mi, antes de conocer el dato de su emigración a este país, que Pepe hablase inglés no solo con fluidez, sino con un marcado acento neoyorquino. Uno no adquiere acentos foráneos sino a muy temprana edad). Rick Sáinz me facilitó uno foto en la que la familia Sáinz-Nothnagel aparece sentada (Pepe incluido) delante de la fachada de un negocio, un garaje público donde tambíén se dan clases de conducir. Esto al parecer fue la fuente de ingresos de la familia. La estancia en el nuevo mundo, como queda dicho, duró diez años.
En 1924, cuando Pepe tiene 17 años la familia regresa a España. José Sainz regresa enfermo, victima de la epidemia de encefalitis letárgica (la enfermedad del sueño) que azotó los Estados Unidos por aquellas fechas. Moriría en el año 1929.
Pepe no se queda en España. Se traslada a Alemania donde vive la abuela española, Leonor, con la que vive, no sabemos si en Berlin o en Munich. Rick cree que fue en Munich. Si fué Munich quiza alcanzó e incluso vivió .los acontecimientos políticos que dieron origen al mitin que organizó (forzó, mejor dicho) Adolf Hitler en una cervecería, el famoso “putsch” que le catapultó a la cima de la política nacional. Fuera en Munich, fuera en Berlín, el caso es que Pepe Sáinz absorbió los principios del nacional socialismo alemán y se adhirió a los mismos con todo entusiasmo.
En Alemania vivió tres años. Pepe me decía que fueron tres años inolvidables. Según me contó allí estudió ingenieria. La biografía de Pepe en el Internet ( Wikipedia, verdadera “Espasa” virtual) menciona que obtuvo un título de Ingeniero Eléctrico en la compañia Siemens.
En Alemania (el sistema no ha cambiado) asi como en Inglaterra, Suiza, etc la ingeniería mecánica o electricista se puede, no estudiar, sino “practicar” a nivel vocacional bajo los y la enseñanza de una compañía lo suficientemente grande para prestar tales servicios. El aprendiz, a la terminación del curso vocacional, normalmente dos o tres anos obtiene una certificación, o un título (pero no universitario) que le capacita para acreditar su aprendizaje en el mercado laboral. Sin duda, la poderosa Siemens estaba mas que facultada para capacitar a sus aprendices en ingeniería Lo curioso es que Pepe Sáinz jamás me habló de haber cursado tal aprendizaje. El sólo me dijo que había estudiado ingeniería. Lo que si es totalmente cierto es que al regresar a España nunca trabaja como tal ingeniero. Lo suyo son los tres idiomas que manejaba a la perfección. Y así, después de varios empleos se presenta a un concurso oposición que ofrece el recientemente fundado Patronato Nacional del Turismo y gana una plaza de técnico (suponemos que como intérprete/traductor). El Patronato lo destina a la también recientemente fundada oficina en Toledo.
No sabemos cuando, donde y cómo conoció Pepe Sáinz a José Antonio. Debió sertemprano en la vida de la Falange porque ya sabemos que fué elegido para la Junta Politica, lo que hace suponer que para merecer tal nombramiento José Antonio lo habría calibrado bien para dicho puesto. El resto de su actuación en la época de la preguerra y de la guerra misma, incluido el “affaire” Hedilla, que estuvo a punto de costarle la vida se puede consultar en enciclopedias o en el Internet. Pepe apenas hablaba de tales temas. Si me habló de que la jerarquía sindical de la Falange le encomendó la organización de lo que vino en llamarse Educación y Descanso una versión descafeinada del Kraft durch Freude ( A La Fuerza por la Alegría) alemán. Con este motivo viajó a Alemania donde pasó algun tiempo estudiando la organización. A su regreso se fundó el programa del que fue su primer director. Educación y Descanso estaba pensada para los obreros , “productores”, según la terminologia falangista, pues el término “obrero” adolecía de un tufillo marxista que era inadmisible. (Mis jóvenes lectores podrán comprobar así que lo que hoy en dia se considera como lenguage “políticamente incorrecto” ya existía en aquella época: Nihil sub solum novum). .Durante las guerras, la nuestra y la de “ellos” viajo a Alemania varias veces, no sólo para el estudio del dicho programa sino para otras actividades, casi siempre para labores de intérprete. Hizo amistad alli con Dr. Robert Ley, el fundador de A la Fuerza por la Alegria. En España asistió con su interpretación al siniestro Heinrich Himmler en una fugaz visita que hizo este por nuestro país.
-Qué te pareció Himmler, le pregunté.
-Normal, un poco seco pero normal.
(“Normal”, pensé para mí).
También me habló de su casamiento y de los dos hijos que tenia en Madrid y de que su vida con su esposa se convirtió en un infierno. Según me dijo su matrimonio fue un completo fracaso.
En 1948 Pepe conoce en Madrid a un Mr. Guest, millonario americano propietario de una línea aérea, Aerovias Guest con mucho tráfico en las Américas y que por entonces volaba a España. Mr. Guest le ofrece el cargo de director de la oficina de la compañía en la ciudad de Méjico. Pepe ve el cielo abierto. Es una ocasión pintiparada para salir del calvario en que su vida conyugal se había convertido. Pepe, por supuesto acepta la oferta. Aquí de nuevo nos encontramos con una contradicción. Rick Sáinz me dice que se trasladó a Méjico con su esposa y sus dos hijos y que al poco la esposa vuelve a España “porque no se encontraba a gusto en Méjico”. Lo que Pepe me dijo no conforma con la versión de Rick. Pepe me dijo que salió de Madrid sin despedirse de su familia. Esto me parece a mí que concuerda más con el cuadro que Pepe me pintaba de hasta que punto su vida con su mujer habia llegado a ser insostenible.
En 1956 se vuelve a casar. Casamiento este no reconocido en España, donde, como sabemos no existia el divorcio por aquellas fechas. Su segunda mujer, Jeanette (Gina) a la que conocí en 1973 es una muchacha de la República Dominicana. Bonita, buen tipo.
Gina le da tres hijos. Rick uno de ellos. No sabemos nada de cómo se solucionó, si es que se solucionó el tema de dos matrimonios que hacían de Pepe un bígamo.
Después de casarse, Pepe viajó a España, que yo sepa, en dos ocasiones. Ambas a visitar a su madre, en Santander. En la primera ocasión, antes de su segundo casamiento, Pepe sabía que había una orden de detención contra él. Según Wikipedia el motivo fué que en 1948, fecha de la salida de Pepe de España, se cometió un crimen en Santander. La policía en el curso de la investigación por dicho crimen descubrió un alijo de armas enterrado en la granja propiedad de su madre, en la provincia de Santander. La policía dedujo que este alijo de armas, cuyo propiedad atribuyó a Pepe, tenía conexión con el crimen que investigaba. Pepe me dijo que en esa primera vuelta a España tuvo que evadir la orden de detención no por el susodicho alijo de armas sino porque su primera esposa le había denunciado por abandono de familia, que entonces, y quizas ahora también, era un delito penado por la ley. La segunda vez fue con motivo de la muerte de su madre.
En el curso de nuestras muchas conversaciones pude descubrir que Pepe Sáinz era un “nazi” cien por cien. Se extasiaba con las “glorias” de la Alemania de Hitler, de cómo el pueblo alemán le adoraba y le adoró hasta el final. Estaba convencido de que el gran error del cancillr alemán fue el declararle la guerra a los Estados Unidos. Si no le hubiera declarado la guerra estaba seguro-me decía, que Alemania hubiera podido con los rusos y habria ganado la guerra.
-Pero Roosevelt, opinaba yo, no habría dejado sola a Inglaterra
-Correcto, pero Inglaterra, sin la ayuda de los Estados Unidos, habría sido incapaz de doblegar a Alemania Le habría ayudado para defenderse pero nada más.
-Entonces según tu opinión, ¿cómo habría terminado la guerra?
-Habrían llegado a un arreglo. Hitler no quería destruir a Inglaterra. En el fondo, la admiraba.
Un día le planteé el tema del Holocausto.
-Mentira, todo mentira. Una invención de los judíos.
-Pero Pepe, si se ha demostrado. Si ahí están las cámaras de gas.
-Bah, todo amañado.
-Pero…
-Mira, Eugenio, ¿cómo es posible “liquidar seis millones de judíos en seis años”
Estábamos comiendo en un restaurante. Sacó de la chaqueta una calculadora que me entregó.
-A ver, la guerra empezó el 1 de Septiembre del 39 y terminó en Junio del 45. Para redondear pongamos que duró seis años. Ahora multiplica 6 por 365. ¿Cuánto te sale?
-2, 190
-Ahora divide 6 millones por 2, 190
-Me sale 2,739.72
-¿Tú crees que cabe en cabeza humana que se pueda exterminar a dos mil setecientos judios diariamente, dia por dia, durante seis años? Yo no puedo creerlo.
-Pues los Estados Unidos acepta esa cifra como verídica, le repuse.
-Los Estados Unidos no se atreven a cuestionar esa cifra porque este país esta dominado por un “lobby” judío poderosísimo. Gran parte de los medios de comunicación, la prensa, TV, radio, además de la banca, Wall Street, todo eso está casi en manos de los judíos. Mira, en la ciudad de Nueva York, el cuarenta por ciento de los abogados son judíos. La presión es enorme.
Opté por no seguir la discusión.
Un día me llevó a su casa. Allí me presentó a su mujer, Gina, y a sus hijos. En una vitrina lucían las condecoraciones que habia ganado en la guerra, incluida la Medalla de Sufrimientos por la Patria pues haba sido herido en combate varias veces. En realidad había perdido un dedo en una mano. Me mostró muchas fotos tomadas tanto en España como en Alemania.
-Mira, ahora te voy a mostrar algo que no has visto nunca,
Gina, tráeme el “estuche”.
(Me preguntaba que pudiera contener tal “estuche”).Al rato vuelve Gina con un estuche grande, forrado en terciopelo de color azul.Con mucho misterio abre Pepe el estuche y, efectivamente, veo algo que no había visto nunca excepto en el NO-DO, el documental; de obligada proyeccion en todos los cines de España en la era franquista, colgado del cuello de los jerarcas de la Falange. ¡Era la Cruz de Caballero de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas!
Que vió José Antonio en Pepe Sáinz para elevarlo a la Junta Política/? Aparte de Manuel Mateo, un simple obrero, asesinado por los rojos, como lo fueron Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo Ortega, todos miembros de la dicha Junta Politica, choca comprobar, si comparamos a Pepe con el famoso piloto, con Ledesma Ramos y con Redondo, los escasos méritos de Pepe para tan alta designación. Porque Ruiz de Alda, extraordinario piloto, era un héroe nacional. Ramiro Ledesma y Onesimo Redondo eran teóricos de la ciencia política, fundadores de programas políticos que terminaron fusionándose con el de Falange Espanola. A los citados hay que añadir, tambien miembros de la Junta, a Rafael Sánchez Mazas, distinguido escritor, Raimundo Fernandez Cuesta, Notario y Manuel Valdes Larrañaga, prominente arquitecto y campeón nacional de natación .Para completar el cuadro tenemos a Francisco Bravo Martinez, periodista, Jose Manuel Aizpurua, arquitecto de nota. Jose Maria Alfaro, poeta y Alejandro Salazar‘ Salvador, uno de los fundadores del SEU (Sindicato Español Universitario) también asesinado por los rojos, con Julio Ruiz de Alda, en Paracuellos del Jarama.
Para mi que José Antonio vió en Pepe, aparte de un espíritu combativo (me referia a sus enfrentamientos con los grupos marxistas en Toledo a base de puños y pistolas, poniendo en práctica la predicada dialéctica falangista) y su fidelidad a los principios del partido, su dominio de idiomas, especialmente el alemán. ¿Porque quien hablaba en España alemán aparte de Don Jose Ortega y Gasset y algún que otro académico? Las lenguas extranjeras dominantes en España en aquella época eran el inglés (“British version”) y el francés, las lenguas que manejaba Jose Antonio. Cuando yo hice el bachillerato las lenguas extranjeras seleccionadas por el Plan de Estudios republicano de 1934 eran el inglés y el francés, que fueron automáticamente reemplazados por el alemán y el; italiano por el Plan de 1938, en vigor en la zona nacional, en plena contienda. Poseer el alemán era una herramienta valiosísima para la Falange en los años treinta (y lo fue muchísima más en los cuarentas) porque la Alemania de Hitler era un pais con el que la Falange habria de tener estrecho contacto.
El lento pero inexorable triunfo de las armas aliadas en la Segunda Guerra Mundial dio un giro a la política gubernamental española. Alemania no iba a ganar la guerra. La Falange, ya en si ni sombra de lo que fue en los primeros meses de la guerra y que debia en parte su prestigio a presentar un programa que se asemejaba al de las potencias otrora triunfantes, Alemania e Italia (aunque ésta bien poco hizo) se vió postergada. Poco tenia ya que hacer Pepe Sáinz. Dejado de lado por sus compañeros en la Junta Política, poco a poco se fue apartando de la Falange. Mientras tantos sus compañeros medraron, y mucho, en la política o en el sector privado. Algunos fueron ministros y embajadores. Otros triunfaron en la letras o en sus profesiones. Pepe tornó su atención a obscuros trabajos de escaso rendimiento. Uno de los últimos que tuvo fue la concesión de las barcas de recreo en el parque del Retiro, en Madrid. En la España paupérrima de los años cuarenta no creo que fuera un negocio de campanillas. Algo parece claro, sin embargo. Pepe no se dejó corromper. Su nombre, aunque cada vez con menos peso
tenia, al terminar la guerra española cierto valor. Pudo haberlo usado para negocios mas o menos inconfesables, como muchos hicieron. Pero no, Pepe no se hizo rico. Que yo sepa, nunca se vió envuelto en escándalos de corrupción, aunque aquellos tiempos, con una prensa amordazada no pueden compararse con los actuales. Fue sólo cuando se trasladó Méjico cuando Pepe consiguió una importante mejora económica y, eventualmente, su felicidad conyugal y familiar.
Un dia Pepe me dijo que lo trasladaban a Puerto Rico. Nos despedimos y me dijo que viajaría con cierta frecuencia a Dallas por los intereses que dejaba aquí. Dejaba su casa alquilada y tenia, además de su empleo, un negocio inmobiliario:: compraba casas en mal estado, las restauraba y luego vendía a un precio tal que enjugaba los gastos y aun salia con una ganancia. En tal seguridad nos despedimos a la espera de vernos en el futuro. Fue la última vez que le ví.
Al cabo de unos años lei su obituario. Habia muerto en Dallas, ya retirado el 26 de junio de 1984. Le sobreviven su mujer, muy enferma (Alzeheimer) y sus hijos. Que yo sepa su
muerte pasó desapercibida en España.