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ASI SE ESCRIBE LA HISTORIA

En las contiendas militares, entre países o facciones, lo corriente es que al final de las mismas haya vencedores y vencidos. Pero no siempre ocurre así. La primera guerra mundial (la “Gran Guerra”, como se le llamaba hasta que estalló el conflicto de 1 de Septiembre de 1939) terminó con un armisticio pedido por los alemanes, no con una derrota militar. El tratado de paz de Versalles de 1919, sin embargo consideró a Alemania como vencida y fue redactado en términos tales como para dar lugar a que un endemoniado Hitler, clamando venganza, impulsara una segunda guerra mundial que destrozó a países por generaciones y causó millones de muertes.

Pero la Gran Guerra no fue una guerra de ideologías. Las causas de la guerra se concentraban en la pugna entre Alemania y la Gran Bretaña por la hegemonía mundial. Por eso a la terminación de la misma cada país de entre los que participaron en la misma fue libre de analizar sus errores y aciertos y la historia de la guerra, sus prolegómenos y sus consecuencias se compuso con cierto grado de imparcialidad. Plumas autorizadas de ambas potencias contendientes gozaron, a la terminación de las hostilidades, de absoluta libertad para fijar e incluso aprobar el punto de vista del país que anteriormente constituyera “el enemigo”. En literatura fueron “betsellers” las novelas “Al Quiet in the Western Front” (Sin novedad en el frente Occidental) del alemán Erich María Remarque, obra prohibida bajo el nazismo y “Goodby To All That”, (Adiós a Todo Eso) del inglés Robert Graves. Ambas representan una desesperada protesta contra la carnicería y la inutilidad de la guerra.

La guerra de secesión en los Estados Unidos fue causa de una mortandad como no se habia visto en ninguna época del pasado. Por primera vez en la historia se utilizaron fusiles que permitían impactar objetivos a larga distancia. Fue una guerra ideológica (el tema de la esclavitud) mezclada con hostilidades de tipo económico. Pero fue una guerra desprovista de odio cainita entre hermanos tanto antes como después de la guerra. Vencidos los estados del sur no hubo persecución ni contra militares ni contra civiles por parte del triunfante norte, aunque sí se sucedieron algunas sanciones de tipo económico. Irónicamente la única víctima apenas terminada la guerra fue el victorioso presidente Lincoln, asesinado por un vengativo sudista. Pero a la terminación de la guerra el bando vencedor no prohibió los símbolos que representaban a la Confederación del Sur, los once estados que intentaron su secesión. No se arrancaron estatuas, escudos, monumentos y toda la parafernalia simbólica del vencido. Más aún: en los ciento cincuenta años desde la terminacion de tal guerra (1865), centenares de estatuas y recuerdos fueron erigidos por todo el país como homenaje a caudillos de la confederación sin que el estado federal, gobernado por la constitución que los estados del sur intentaron modificar de por fuerza, moviera un dedo para prohibirlos. Es sólo hace unos meses que la bandera de combate sudista ha sido retirada de algunos centros públicos a raíz de una matanza causada por un psicópata que enarbolaba dicha bandera.

No ocurrió lo mismo con la segunda guerra mundial. Ésta sí que fue una guerra de ideologías. Francia e Inglaterra, luego los Estados Unidos, (y, paradójicamente, la Unión Soviética) no podían permitir que la agresión nazi-japonesa perturbara una visión democrática de la humanidad. La razón estuvo de parte de los aliados aunque al final cometieron una torpeza. Los triunfantes aliados culparon a los causantes del genocidio judío amañando una legislación que no existía al tiempo de que tal genocidio tuviera lugar, condenando a los mismos con efecto retroactivo así contraviniendo conceptos elementales del derecho penal.(“Nulla pena sine lege”). La historia de esta segunda guerra fue escrita por los que, justamente, la ganaron, si bien, como queda dicho, empañando su triunfo con una artimaña legalista a la que se recurrió para castigar a los culpables de tan tremenda matanza. Tan seguros se creían los vencedores de esta contienda que no permitieron voces disidentes que pusieran en duda no la realidad de tales matanzas de los nazis en sus campos de exterminio sino el número de los asesinados. Se creó paralelamente una legislación en varios paises que calificaría tales disensos no solo políticamente incorrectos, sino delictivos, lo que llevó a la persecución y penas carcelarias de algunos que insistían, en su derecho de libre expresión, en opiniones que contradecían la versión oficial de tales exterminios.

Por eso se suele decir que la historia la escriben los vencedores.

Nuestra guerra civil (1936-39) fue de un cainismo sin igual. El odio mutuo entre las dos Españas comenzó antes de la guerra, durante la segunda república. La desaparición del órden público, con una secuela de asesinatos, huelgas y desmanes por doquier constituyó un prolegómeno del recrudecimiento que abocó en una guerra sin cuartel. Los asesinatos en la retaguardia de ambos bandos llegaron a ser rutina, atribuidos unas veces a bandas incontroladas otras a ejecuciones ordenadas por las autoridades. Una vez terminada la guerra con la victoria de los nacionales, el gobierno de Franco ordenó una cruel represión en la que fueron ejecutados miles de personas. Con el transcurso de los años las aguas volvieron a su cauce y aunque la represión bajó en intensidad continuaron la censura, la supresión de partidos políticos, en fin todas las etiquetas de un régimen dictatorial bajo el aparato pro forma de un simulacro de Cortes y unos “procuradores” disfrazados de diputados.

A todo eso puso fin el advenimiento de la democracia y la monarquía. Lo primero que se hizo fue cambiar los nombres de calles y plazas, una constante histórica en España con nuestra manía de bautizar tales calles y plazas con los nombre de los políticos de turno. Pronto se legislaron ayudas a los excombatientes de la república; se reconocieron pensiones a los mismos (la dictadura los tuvo totalmente desamparados) y hasta hubo un decreto que a mí me parece ridículo cual fue el conceder la nacionalidad española a los ex miembros de las Brigadas Internacionales. Aparte de estas medidas algunas justas, otras de dudoso valor tales como este concerniente a los brigadistas, durante los veinte años siguientes a la transición los gobiernos que se sucedieron acordaron enterrar los antiguos odios y sed de venganza hasta que llegó el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero con su ley de Memoria Histórica de 2007. El objeto de esta legislación fue primordialmente ayudar a los familiares de la víctimas de la persecución franquista a localizar y desenterrar los cadáveres de tales víctimas, lo cual fue encomiable y justo. Los cadáveres de las víctimas de la persecución republicana fueron en su dia localizados y desenterrados y dado toda clase de reconocimiento y honores. Fue justo pues, que, vueltas las tornas, se hiciera lo mismo con las víctimas republicanas.

Pero la ley mandaba eliminar todo lo que oliese al régimen anterior. Asi pues se arrancaron estatuas, monumentos (aunque todavía no le han tocado al del Valle de los Caídos, por ser uno de carácter religioso) efigies, escudos (llamados “pre-constitucionales”) aunque muchos consistían simplemente en el águila de San Juan y el escudo de España de toda la vida, cuyo yugos y flechas del tiempo de los Reyes Católicos llegaron a ser considerados, tal es la ignorancia que priva hoy en España, como “fascistas”. Todo esto en contra de la tradición porque no creo que históricamente se haya observado tal erradicación de símbolos de un régimen al ser sustituido por otro. Por ejemplo, dudo que al haber sido reemplazada la Casa de Austria por la de los Borbones este régimen sustituyera los símbolos del anterior aunque ambas dinastías lucharon entre sí en la Guerra de Sucesión. Y remontándonos unos siglos más no se le ocurrió, al rey San Fernando, (Fernando III de Castilla y León) conquistador de Córdoba (1236) y de Sevilla (1248) destruir la grandiosa mezquita en la primera y el minarete que luego sería la Giralda en la segunda, aunque ambos eran monumentos de carácter eminentemente religioso y representativos de la fe musulmana que los caudillos cristianos y el propio rey Fernando (excepto en períodos de “convivencia”) habían combatido ferozmente durante siglos. Tuvo el rey y sus seguidores suficiente sentido común para comprender que tales monumentos eran historia. Que fue precisamente el comentario de Felipe González, primer ministro en la primera etapa socialista al ser preguntado por su opinión sobre la retirada de estatuas del generalísimo Franco.

Porque la Memoria Histórica (Memoria Histérica la llaman algunos) lo que está haciendo es, cuando no borrar, falsificar la historia. ¿Cómo se atreve la izquierda a reputar como modelo de democracia a la segunda república española (1931-39)? Para los que la vivimos, aquello era de todo menos democracia. Tan inseguro se consideraba el gobierno Azaña sobre su legitimidad que tuvo que sacarse de la manga una Ley Para la Defensa de la Republica. ¿Necesitan (o necesitaron) democracias tales como las de la Gran Bretaña, o los Estados Unidos legislación del tal tipo para sentirse fuerte? Al amparo de esta Ley de Defensa de la República se implantó un régimen de censura que dia tras dia nos traía a los periódicos con páginas enteras en blanco cuando no eran suspendidos. ¿Cabe la censura en una auténtica democracia?

Los incendios de iglesias y cosechas, la revolución de Asturias que ocasionó 2.000 muertos y la destrucción de la Universidad de Oviedo, entre otros desmanes, la proclamación de la República independiente de Cataluña, miles de huelgas, asesinatos de políticos, empresarios y policías, algunos en plena calle, saqueos…etc. ¿es esta la Republica que sirve de modelo democrático a la izquierda española de nuestros días?

Otro desatino es el afán de presentar a una España ensombrecida en su vida cotidiana durante el régimen de Franco pintándola una veces como sometida a un régimen de terror, otras como a un país hambriento y aun otras como un desierto cultural.

Lo cierto es que terminada la guerra España no fue un estado policía, ni hubo hambre (excepto en el año 40) ni, a pesar de una deplorable censura, fue España un desierto cultural. Muy al contrario florecieron la literatura, las ciencias y las artes en todas sus manifestaciones.

Otra manía es la de falsear la situación de la mujer en la España de Franco describiéndola, si casada, como una esclava de su marido que necesitaba su venia para abrir una cuenta de banco o para vender sus propios bienes. En su ignorancia desconocen que tal era la legislación vigente en muchos paises en aquella época, incluida esta Texas donde vivo.

Pero ya he expuesto en otras ocasiones en este blog, que la historia la están escribiendo en este caso no los vencedores sino los vencidos. Esta negación o falseamiento de la historia ha pasado y está pasando a los libros de texto escolares y por eso tenemos una juventud a la que se ha venido y se viene engañando vilmente y sin remedio y cree a pies juntilla lo que se le viene enseñando en cátedras y escuelas.

Yo, y otros de mi edad y aún mayores, vivimos esa época que ahora se viene tergiversando y proclamamos que esa España en la que crecimos no es la España que se quiere presentar por ignorantes o desalmados. Desafortunadamente (o quizá afortunadamente) no somos inmortales. La historia oral de ese periodo de la pre y post guerra está a punto de extinguirse. Bajo la amenaza de las consecuencias de insistir en una versión histórica “políticamente incorrecta”, pocos son los espíritus libres que se atreven a predicar la verdad. Los que estamos en posesión de la misa pasaremos a otra vida y no quedara más que la versión “oficial” de esa historia plagada de mentiras que se está escribiendo por los que no pueden, por ignorancia, o no quieren, por mala fe, ceñirse a la verdad.

¡VAE VICTORES!

Según cuenta Tito Livio, los galos, que habían declarado la guerra a los romanos, descendieron por la península italiana y en 390 (a.C.) ocuparon Roma. Los romanos negociaron con Breno, el jefe galo, recobrar la ciudad pagando un rescate en oro. Breno aceptó la oferta y fijó una cantidad. Los romanos notaron, cuando los galos se disponían a pesar el oro, que las pesas habían sido manipuladas. Los romanos protestaron. Breno, despectivamente, coloco su espada sobre las pesas para asi aumentar aun el peso exigido y exclamó Vae victis, Ay de los vencidos, frase esta que refleja las tribulaciones que se precipitan sobre todos los que han sido vencidos en una contienda.

El 1 de Abril de 1939 el general Franco anuncio que la guerra civil española (1936-1939) habia terminado. Fue una guerra cruenta, con atrocidades por ambos bandos, con fusilamientos a mansalva, con o sin encausamiento previo. Los perseguidos que no fueron asesinados perdieron bienes, carreras y honores. Nombres de calles y plazas, símbolos, y todo lo que reflejara el espíritu y las creencias de los contendientes en lucha fueron cambiados, destruidos o borrados.

Una vez la guerra terminada sobrevinieron veinte años de dictadura y casi otros veinte de “dictablanda”. Durante la primera las atrocidades y salvajadas continuaron su curso. Aun asi muchos de los que se exiliaron volvieron a España. Por de pronto el grueso de los centenares de miles que huyó a Francia a la caída de Cataluña volvió a casa. También retornaron, durante esta época dura del nuevo régimen y entre otros muchos, varias personalidades, entre ellas el famoso novelista Pio Baroja y los fundadores de la Agrupación al Servicio de la Republica, es decir, el afamado médico y ensayista Gregorio Marañón, el filósofo José Ortega y Gasset, y el novelista Ramón Pérez de Ayala, dándose la circunstancia de que los hijos de estas tres lumbreras de la intelectualidad republicana pelearon en la guerra con las fuerzas de Franco desde los primeros días.

También volvió, en 1957, el general Vicente Rojo Lluch, jefe del Estado Mayor del Ejército de la Republica, creador del ejercito popular, artífice de las batallas de Brunete, Guadalajara, y Teruel, y planificador del famoso paso del Ebro, que, por audaz, sorprendió a los nacionalistas.

Durante la dictablanda siguieron volviendo a España personalidades tales como Segismundo Casado, el coronel republicano que se sublevó contra el último gobierno de la Republica, presidido por Juan Negrín y que intentó un armisticio en los últimos días de la guerra. Recordemos también a Claudio Sanchez Albornoz, eminente historiador, que llegó a ser nada menos que presidente de la Republica Española en el exilio.

Quiero con todo esto decir que no sería la España de Franco el país siniestro que quieren hacernos creer, cuando todo el que no tuviera un sangriento historial daría por seguro no ser perseguido (aunque algunos fueron vigilados e incluso encausados previo a ser puestos en libertad) si elegía regresar a la patria. Ciertamente todos murieron en libertad.

Y por último, también en esta época de la dictablanda las Cortes promulgaron, en 28 de Marzo de 1969, una Amnistía por la que se perdonaban todos los crímenes cometidos con anterioridad al 1 de Abril de 1939, casi exactamente treinta años después de la terminación de la guerra. No tengo noticia de ningún pez gordo que hubiera vuelto como consecuencia de tal Amnistía. Pero llamo poderosamente la atención los casos de algunos republicanos que se reintegraron a la sociedad, que no volvieron porque nunca salieron ni de España ni de sus encierros, después de haber pasado treinta años sin salir a la superficie.

Franco murió en 1975 e inmediatamente, como prescribía la ley, se entronizó la Monarquía. Después vino la Transición donde después de mucho dimes y diretes se llegó a una conclusión: mejor enterrar para siempre la guerra y olvidarse de ellas. No ha habido ni vencedores ni vencidos. Hubo una Amnistía General, en Octubre de 1977. Pero antes de la Amnistía, dos importantes personajes de la Republica aterrizaron en Barajas. Uno fue Dolores Ibárruri, La Pasionaria, ardiente paladín del comunismo, y otro su compañero de partido (aunque en los últimos años habia renegado del modelo soviético y se habia declarado Eurocomunista,) el camarada Santiago Carrillo. La primera llegó a Madrid en Mayo de 1977 y el segundo se adelantó a ella y apareció en 1976. Las fuerzas que componía la Transición tuvieron que aguantar carros y carretas para llegar a un acuerdo. La gente de la derecha se tuvo que conformar con aceptar la legalización del Partido Comunista y la presencia (y eventualmente escaños en el Congreso de los Diputados) de la Pasionaria, la bête noir del franquismo, y Santiago Carrillo eminentemente sospechoso de la autoría de la matanza de Paracuellos del Jarama. La izquierda también tuvo que transigir con prestar acatamiento a la Monarquía y dejarse de la Republica, por lo menos de momento.

Y asi es como vino la Constitución de 1978 y entramos en una democracia para todos los gustos.

Pero el espíritu cainita no duerme en España

Gradualmente empezaron a publicarse y oírse tramañas acerca de cómo fue la España de Franco y como fue la segunda República. En una palabra: se venía a distorsionar la Historia con mayúscula. Esta situación se exacerbó durante el largo periodo del gobierno socialista bajo Felipe González.

Finalmente la bomba explotó bajo la égida del presidente socialista Rodríguez Zapatero y su Ley de la Memoria Histórica de 28 de Octubre de 2007. Bajo esta ley, entre otras cosas, la izquierda española intentó implantar la legalidad democrática alcanzada no con la transición sino con la implantación de la Republica en 1931.

Ya antes de esta ley empezaron a eliminarse los vestigios del franquismo. Asi, en Madrid se retiró una estatua ecuestre del general Franco. La ley, una vez promulgada, ordenaba la retirada de toda la simbología franquista, incluido escudos, insignias, placas, y por supuesto las estatuas ecuestres del “caudillo “de las que se retiraron entre otras las de Burgos y Santander, que yo recuerde. Preguntado el ex jefe del gobierno Felipe González sobre su opinión sobre la retirada o demolición de tales estatuas se manifestó opuesto a ello: “Es historia”, manifestó. El afán por destruir todo lo que estuviera ligado con la época franquista llego a tal extremo que muchos urgieron dinamitar todo el entramado del Valle de los Caídos.

Pero el rencor y el espíritu de venganza no descansaban. Habia que humillar al “enemigo”, hacerle ver que la guerra no estaba terminada, como intentaba el espíritu de la transición. Y asi empezó a construirse una historia de la República y de la época franquista totalmente falsa. Los tópicos eran numerosos. La República fue una democracia. La España de Franco fue un sinestro infierno, un estado policía. La España de Franco era un país atrasado, cerrado al progreso en todos los órdenes. Etcétera, etcétera. Pero de todas estas falsedades, las me más me solivianta es el bulo de que la España de Franco fue un “páramo cultural”.

Veamos. Desaparecidas o exiliadas algunas brillantes figuras de las letras, las artes y la ciencia, (algunas voluntariamente) España no quedo desprovista, en absoluto, de otras igualmente brillantes estrellas. Viejas plumas, unas interiormente exiliadas otras partidarias del régimen, tales como Baroja, Azorín, Pérez de Ayala, Sánchez Maza, y Eugenio D’Ors se vieron sucedidas por una constelación de jóvenes novelistas que contra viento y marea (léase censura) florecieron en aquel que nos hacen creer desierto cultural :Agustín de Foxá (también poeta), Carmen Laforet, Luis Martin Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Carmen Martin Gaite , Rafael García Serrano, Aquilino Duque y los grandes Miguel Delibes y Camilo José Cela, Premio Nobel.

¿Quién osa decir que con la muerte de Lorca y el exilio de Cernuda, Guillen, Salinas, Alberti y León Felipe se extinguió la poesía en la España de Franco? Ahí están, para desmentirlo, Manuel Machado, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre (otro Premio Nobel) Leopoldo Panero, José Hierro, Gabriel Celaya, Blas de Otero y Dionisio Ridruejo.

¿Pero es que hay hoy un dramaturgo que se pueda comparar con Antonio Buero Vallejo?¿O un compositor como Joaquín Rodrigo?¿O un maestro de la guitarra como Andrés Segovia?

Todos ellos crearon e interpretaron en ese “páramo cultural” de la España de Franco.

Podría seguir y enumerar grandes figuras, algunas verdaderos genios en la pintura, la escultura, la arquitectura, la danza, el canto y la música popular y en varios otros campos de la creación incluidos la ciencia y la filosofía.

Pero ¿para qué? Cuarenta años de falsificación de la Historia han influido poderosamente en varias generaciones de españoles que creen a pie juntilla lo que leen (incluso en libros de texto) y escuchan de plumas y labios envenenados por el rencor y sumidos en la ignorancia. Tantos años de que lo que cuento han transcurrido que casi nadie de tales embaucadores y mentirosos llegaron a conocerlo. Yo, como superviviente, (nacido en 1924) testigo ocular y auditivo puedo atestiguar sobre la falsedad de tales patrañas. Pero una derecha cobarde, que pudo salir al paso de tanta mentira “ab initio” y escogió no hacerlo, y una tendencia a cortar por lo sano todo lo que huela como “políticamente incorrecto” han contribuido a dar la puntilla a todo lo que sea restablecer la verdad.

Por lo tanto los vencedores han, después de todo, perdido la guerra. ¡Vae victores! ¡Ay de los vencedores!

EL MUNDO VISTO A LOS NOVENTA AÑOS: EL TEATRO

Continuando con nuestro relato de vivencias a lo largo de mis noventa años iba a titular este segmento OTROS ESPECTÁCULOS, o sea actividades culturales, (más o menos), orientadas hacia los grandes públicos. Pero después de pensarlo decidí que espectáculos es una palabra muy larga y muy fea, con un acento esdrújulo absolutamente necesario si no queremos caer en un vocablo nada de elegante. Curioso, jamás en mi vida he oído a nadie, letrado o analfabeto que haya al pronunciarla desplazado el acento de su sitio. Aunque sí recuerdo una noche, en el teatro San Fernando, cómo la inmortal Lola Flores, de jovencilla, en sus comienzos, al finalizar una maravillosa actuación junto a su compañero de entonces el no menos grande Manolo Caracol dio las gracias al público comiéndose la S y la primera C saliendo la cosa como “epetáculo”. Bien, dejemos la ortografía y vayamos a lo que íbamos, al teatro.

En el siglo XX el teatro nacional llego a su más alta expresión después de la brillante explosión del siglo XVII porque el XVIII queda reducido a los Moratín, padre e hijo (Nicolás y Leandro) y el XIX, a grandes rasgos, a Adelardo López de Ayala, andaluz, de Guadalcanal, y al inmenso Echegaray, nuestro primer premio Nobel.

No por nada el siglo XX viene siendo conocido como nuestro siglo de plata. En el brillaron antes de la guerra, Valle Inclán, Benavente, (otro premio Nobel), y García Lorca fusilado en nuestra guerra civil por los nacionales como lo fué, pero por el bando contrario otro dramaturgo de nota, Pedro Muñoz Seca. También Carlos Arniches y los hermanos Alvarez Quintero. Después de la guerra también tuvieron fama, entre otros, Alfonso Paso, Alfonso Sastre, Edgard Neville, Calvo Sotelo, Jardiel Poncela y dos grandes estrellas, Antonio Gala (también novelista y poeta) y Antonio Buero Vallejo. En el exilio, Max Aub, Alejandro Casona y la actriz Margarita Xirgu, quien, que yo sepa fue, entre actores y actrices, la única que se exilió, aunque para mí que fue un exilio voluntario.

En los años cuarenta y cincuenta venían por Sevilla caso todos los años varias compañías teatrales de fama entre las que descollaban las de Rafael Rivelles y María Fernández Ladrón de Guevara, Valeriano León y Aurora Redondo, y Tina Gascó y Fernando Granada . Todos representaban piezas de evasión, astracanadas y género ligero e intrascendente. El teatro de Benavente estaba ya anticuado y el de García Lorca, que se habia convertido en un mito republican, era todavía, en plena dictadura franquista, irrepresentable. Durante los años cuarenta e incluso cincuenta el país estaba aún muy marcado por los horrores de la guerra y ansiaba divertirse. Habia excepciones. Una fue “La muralla”, de Joaquín Calvo Sotelo con Rafael Rivelles y María Fernández Ladrón de Guevara, una llamada a la conciencia donde se cuestionaba la ética de los vencedores en la guerra civil. Esta obra la vi en el venerable teatro Cervantes y dio bastante que hablar. Por cierto que vi a la misma compañía en San Sebastián (Guipuzcoa), en un inolvidable viaje que hice con mi padre en 1942, en la obra de Juan Ignacio Luca de Tena “Yo Soy Brandel”, la segunda parte de “¿Quien Soy yo”? , del mismo autor, una obra de corte psicológico. De la compañía de Valeriano León y Aurora Redondo presencie en el casi estrenado teatro Álvarez Quintero, en calle Laraña, “Manda tu Madre a Sevilla”, de José Lucio, con una desternillante actuación de Rafaela Rodríguez. Por aquellas fechas, principios de los cincuenta, vi paseando por “la avenida” (lugar obligatorio del paseo nocturno de la juventud) a un jovencísimo Fernando Fernán Gómez, que por aquellos días actuaba en una obra que no recuerdo. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo, y de esto hace más de sesenta años: muy alto, esbelto, pelo rojo vistiendo un “Príncipe de Gales”, como entonces se le llamaba a un traje a cuadros (sin duda popularizado por el frustrado Eduardo VIII de Inglaterra). Iba pontificando en compañía de dos amigos o colegas.

Obligatoriamente en el día de los difuntos se representaba en toda España el Tenorio. Yo asistí en el teatro Cervantes a una representación del mismo por el famoso Enrique Rambal, ya muy mayor y tan gordo que a duras penas podía uno imaginarse que estaba representando la gallarda figura del apuesto Don Juan.

Durante varios años el Estado subsidiaba los muy estimados Festivales de España, una serie de representaciones del teatro clásico (asi como la danza clásica). En Sevilla tales representaciones tenían lugar en el verano en el marco maravilloso del Parque de María Luisa. Era estupendo presenciar estas obras bajo un cielo estrellado en un silencio impresionante y a veces una brisa refrescante. Recuerdo con delectación representaciones muy buenas de “La Dama Duende”, y “Don Gil de las Calzas Verdes”.

Por aquellos años los teatros en Sevilla eran pocos: el San Fernando, de gloriosa memoria, desgraciada e ignominiosamente derribado, el ya citado Cervantes, el nuevo Álvarez Quintero, el teatro de la Exposición, que apenas se usaba y un teatrito Juan de la Cueva que se utilizaba mayormente para representaciones infantiles.

En 1958 traslade mi residencia a los Estados Unidos. Desde entonces he viajado a España muy frecuentemente. Asi pude conocer el teatro de Buero Vallejo (“Historia de una Escalera”) Antonio Gala, (“Porque corres Ulises”?) Alejandro Casona (que acababa de volver del exilio) y que montó en Madrid “La dama del Alba”, José Luis Alonso de Santos, (“Bajarse al Moro”) y muchas otras, una veces en Sevilla, otras en Madrid o donde quiera que coincidiera con una obra que me apeteciera.

También he visto mucho teatro en Inglaterra y en los Estados Unidos. De los tres países que conozco íntimamente creo que es Inglaterra donde mejor se hace teatro. El teatro tiene en este país una profunda raigambre, debido, sobre todo a la extraordinaria influencia de la obra de Shakespeare. No hay en el teatro español un autor que se pueda comparar con Shakespeare. El único que podría aproximársele sería Calderón de las Barca excepto que la mayoria de sus obras (autos) van impregnadas de la preocupación teológica. Shakespeare, por el contrario, toca todas las fibras del hombre y la mujer de carne y hueso. En Inglaterra todas las escuelas y por supuesto todas las universidades tienen la materia del drama en sus planes de estudios. Fuera del mundo académico existen en Inglaterra afamados centros (algunos subsidiados por el Estado) para el aprendizaje de actores y actrices y rara es la gran empresa (e incluso pequeñas) donde muchos de sus empleados no se asocian para ofrecer a la nómina representaciones teatrales en plan amateur. Existen también innumerables asociaciones y clubes que tienen el teatro como norte de sus actividades. Es por ello que los actores de cine británicos son casi todos procedentes del teatro y han adquirido una formación básica teatral que los hacen irrepetibles. Por consiguiente creo que los actores y actrices británicos son unos profesionales diríamos, con “más tablas” que sus colega españoles y americanos. Una cosa que me llamó la atención, tanto en USA como en Inglaterra fue comprobar que no existía el apuntador, personaje entonces indispensable en la escena española. Me parece, aunque no estoy totalmente seguro que ya no se utiliza esta figura en el moderno teatro español. Como no creo que los elencos hayan incrementado su memoria debo atribuirlo a novedades tecnológicas que hacen innecesario la contribución de una voz humana.

En Inglaterra, en frecuentes viajes he disfrutado de magnifico teatro, tanto en Londres como en provincias. En Strafford-upon-Avon, la cuna del mismísimo Shakespeare presencié ” El sueño de una Noche de Verano” producida por la Royal Shakespeare Company.

También he visto mucho teatro en los Estados Unidos; en Nueva York, varias ciudades en California, Washington, D.C. y por supuesto Dallas, donde resido, y otros lugares en Texas. En Fort Worth, por ejemplo, asistí a una muy buena representación, en inglés de “El Maleficio de la Mariposa” de Garcia Lorca. Este autor ha sido muy popular en este país. Hoy parece ser algo desfasado. He visto varias de sus obras, además de la ya citada: “Bodas de Sangre” y “La Casa de Bernarda Alba” también en traducciones al inglés. Algunas veces en producciones universitarias. Otras en teatros comerciales.

Hoy dia no asisto al teatro comno lo hacia cuando mi oído era bueno. Mi creciente sordera me impide gozarlo como antes. Pero en fin, aun me queda resuello para contar lo que vi y oí en mis mejores días.

EL MUNDO VISTO A LOS NOVENTA AÑOS: INVENTOS Y DESCUBRIMIENTOS

Santiago Ramon y Cajal, (Petilla de Aragón, 1952), uno de nuestros pocos Premio Nobel publicó “El Mundo visto a los Ochenta Años” en 1934. Tenía entonces 82 años y murió en Octubre del mismo 1934. Su muerte fue muy sentida por el minúsculo mundo científico español pero pasó casi inadvertida para el gran público, mesmerizado a la sazón por la cruenta revolución de Asturias que tenía lugar en aquellos días.

En su larga vida y con la excepción del ferrocarril el telégrafo y el globo que ya llevaban años en uso al tiempo de su nacimiento, Ramon y Cajal llegó a conocer de primera mano algunos inventos o descubrimientos de nota, tales como, en transportes, el automóvil, el aeroplano (como se le llamaba al avión por aquellos días) y en los últimos años de su vida el autogiro, invento español (Juan de la Cierva); en medicina, los rayos X, y el bacilo de Koch; en comunicaciones, el teléfono y la radio; en la esfera militar el submarino y el torpedo, amén de la luz eléctrica, el gramófono y por supuesto la fotografia,de la que llegaria a ser un destacado aficionado, y el cinematógrafo entre otros elementos de comodidades y entretenimiento. También tendría que haber conocido, puesto que eran contemporáneos y de la misma edad, a Leonardo Torres Quevedo, inventor par excellence, siendo el más famoso de sus inventos el transbordador sobre las cataratas del Niágara, inaugurado en 1916 y que aún sigue funcionando. Por supuesto que él mismo fue un máximo descubridor, con sus hallazgos pioneros en el campo de su especialidad, la histología.

Santiago Ramon y Cajal, Premio Nobel en Medicina, 1905

Santiago Ramon y Cajal, Premio Nobel en Medicina, 1905

No mucho en ochenta y dos años. En mis noventa años de vida los inventos y descubrimientos se han sucedido con bastante mayor aceleración. Pero en esto de los inventos hay que guardarse con cuidado. Allá a principios de los años cuarenta, del pasado siglo, los años de la penuria en España, mi madre, que era un gran lectora se suscribió a una revista argentina que se llamaba, PARA TI y a mí, que, como ella, era ya un voraz lector, me suscribió a una revista infantil, también argentina, llamada BILLIKEN. Según he averiguado, y sorprendentemente, estas dos revistas aún se siguen publicando. He de decir que el famoso TBO, popularísimo antes de nuestra guerra civil (1936-39) y que mi hermano y yo leíamos con fruición dejo de publicarse con motivo de dicha guerra asi que estábamos horros de publicaciones infantiles. El Billiken lo devoraba en un santiamén. Cuando me aburría y a sabiendas que Para Ti era una revista para mujeres la hojeaba porque me atraían los anuncios. Por aquellas fechas España era un país paupérrimo, lo que hoy llamamos del tercer mundo. Aunque mi familia estaba acomodada y no carecíamos de nada (excepto que algunos días, especialmente en el “año del hambre”(1940) no habia pan y nos conformábamos con batatas) reinaba la escasez en todos los órdenes.

Leonardo Torres Quevedo y su transbordador sobre el Niagara

Leonardo Torres Quevedo y su transbordador sobre el Niagara

Por el contrario, Argentina era entonces un país rico, con una poderosa clase media. Me atraían los anuncios en Para Ti. Por ejemplo, entre los artículos electrodomésticos la revista anunciaba aspiradoras norteamericanas, algo que no existía en España ni existió por muchos años. Pensaba yo al verlas anunciadas que se trataba de un invento reciente. Pero he averiguado gracias al Internet (que ha terminado con el Espasa y todas las enciclopedias en cualquier lengua) que se trata de un artilugio que ya existía incluso con anterioridad a la primera guerra mundial (1914-18). Otro ejemplo es la máquina de afeitar eléctrica. En las películas norteamericanas de los años treinta, que llegaban España con algunos años de retraso, veíamos como algunos de los protagonistas masculinos se afeitaban con una máquina eléctrica. En 1957 hice una excursión de un día con unos amigos al Algarbe portugués y pasando la raya onubense almorzamos en Vila Real de Santo Antonio. Fuimos de compras y, maravillado, me compre una de tales maquinillas, que eran inasequibles en España y que yo creía que se habia inventado en los años treinta. Resulta que nó, que existían mucho antes de tales años treinta, por supuesto en los Estados Unidos. Aun otro ejemplo. Leyendo en los años ochenta las memorias de guerra de un ayudante de Winston Churchill (“The Fringes of Power”, por John Colville) relataba Mr. Colville, que una tarde salió de su oficina en Londres por un par de horas para ir a su oculista para que le ajustase sus “lentillas”. ¡Esto era en 1940! Me quedé asombrado puestos que tales lentillas no alcanzaron popularidad en Espana hasta los años setenta.

John Colville. Usaba lentillas en 1940

John Colville. Usaba lentillas en 1940

Ya en los EE.UU. donde me asenté en 1958 los nuevos inventos eran cosa de cada dos tres años. Recuerdo la revolución de los transistores, las calculadoras (muchas en miniatura), etc. que quizás llegaron al público en Dallas, donde yo vivía y vivo, antes que en ninguna otra parte del mundo puesto que fue Jack (John) Kilby, un ingeniero en Texas Instruments, con su casa matriz en Dallas, quien en ese mismo 1958 descubrió el microchip, elemento electrónico que, eventualmente, revoluciono la tecnología de la información. Mr. Kilby fue galardonado en 2000 con el premio Nobel.

John Kilby, Premio Nobel en Fisica, 2000.

John Kilby, Premio Nobel en Fisica, 2000.

Siendo abogado me interesaba, como es natural, todos los nuevos procedimientos puestos en uso por los descubrimientos e invenciones en material de oficinas. Antes de los modernos ordenadores, y hasta fines de los setenta el tradicional medio de preparar correspondencia era el dictado. Fue la apoteosis de la estenografía. Las oficinas corporativas y de abogados disponían de taquimecas prestas siempre a tomar al dictado lo que fuese necesario. A fines de los setenta llegaron al mercado los sistemas de dictado a través de micrófono y casette. Aquello fue una liberación. En las oficinas pequeñas donde habría una o a lo más dos taquimecas, el ejecutivo o abogado se veía, en, en situaciones de ausencia de la taquimeca por enfermedad o vacaciones, de posponer la correspondencia a menos de contratar una secretaria con carácter temporal para salir del problema.

Otro gran adelanto fueron las fotocopiadoras. La palabra “Xerox”, nombre de la compañía pionera en este tipo de máquina en los años sesenta, se convirtió en un verbo. La gente hablaba de “Xerox” tal página. “Xerox” que trabajaba en seco reemplazó al anticuado ciclostilo que generaba copias que rezumaban humedad por la tinta fresca que corriéndose producía textos a veces ilegibles.

En los años setenta un grupo de abogados (partnership) del que yo formaba aparte adquirimos nuestro primer ordenador. Aquello era un monstruo lleno de botones, discos y luces que nadie entendía. Lo compramos quizás más por estar “al día’ que por pura necesidad. Nadie aprendió a manejarlo eficientemente siglo XIX. Las primitivas maquinas eran grandes y costosas y solo las grandes compañías y el gobierno se pidan permitir el lujo de poseerlas. Pero en los años ochenta salieron al mercado tipos de tamaño relativamente pequeño (detalle, este del tamaño, de gran importancia dado el elevado precio del pie cuadrado en oficinas en USA) y a precios asequibles al gran público.

Hasta los años setenta la inmensa mayoría de las oficinas de todo tipo en los Estados Unidos no tenía otro tipo de máquina de escribir sino las tradicionales fabricadas por varias compañías: Remington, Underwood, Smith-Corona, etc. Las copias se hacían con un papel carbón que manchaban los dedos. Si la “escribidora” erraba en una palabra no habia más recurso que echar mano de la goma de borrar que dejaba el original echo una lástima y la copia al carbón una mancha que dejaba el texto ilegible. Pero hete aquí que a una secretaria en Dallas,, Betty Nesmith Graham, cansada de borrar y borrar se le ocurrió crear un líquido que aplicándose con un pincel sobre la palabra o frase errónea reproducía el color blanco(o amarillo o rosa) de la hoja (que no habia necesidad de sacarla de la maquina) y que al secarse casi instantáneamente (tenía un componente de alcohol) permitía imprimir sobre el espacio cubierto por el líquido la palabra o frase correcta. La secretaria patentó su invento llamado “Liquid Paper” (papel líquido) y en pocos meses se puso rica. En el primer año de producción vendió un millón de botellitas. No habia oficina sin aquellas botellitas con etiquetas de diversos colores indicando el de la hoja donde habría que colocar “el borrador liquido”). Este fue el fin de las gomas de borrar. Años después la secretaria de Dallas vendió su patente a una multinacional engrosando asi el club de los millonarios.

Bette Nesmith Graham, inventora del "liquid Paper" (papel liquid)

Bette Nesmith Graham, inventora del “liquid Paper” (papel liquid)

Pero sale la poderosa IBM y pone en el mercado su famosa “Selectric” que reemplazaba el rodillo tradicional por una bola en la que figuraba las letras del alfabeto y que giraba sobre el papel en casi silencio absoluto lo que era de agradecer pues en las salas destinada a las taquimecanógrafas (este gremio raramente incluía varones) el ruido era infernal. La Selectric II tenía además la ventaja de venir equipada con una cinta especial que accionada corregía los errores de impresión. Y con el advenimiento de las fotocopiadoras el papel carbón dejo de existir.

Y después, la revolución. Primero las procesadoras de palabras, una mezcla de máquina de escribir y ordenador que fue más o menos rápidamente sustituida por nuestros modernos ordenadores. Desaparecieron con ello muchos puesto de trabajo en taquimecanografía pues raro hoy es el día en el que un ejecutivo o abogado no escribe personalmente sus propias cartas o documentos o escritos literarios en el caso de novelistas, ensayistas y poetas. Y después, en aluvión, APPLE, con sus teléfonos móviles e inteligentes, el texting, el Internet la correspondencia digital, el “scanner” que también en el mundo de habla española (tan pobre en el lenguaje cientifico) produjo el feísimo verbo de “escanear” y en nuestros días y casi ya en el mercado los automóviles que no necesitan conductor……el acabóse.

No hay que olvidar los prodigiosos avances en medicina, como la invención de la píldora anticoncepcionista, que causó una auténtica revolución social, la vacuna que acabó con la poliomelitis, los trasplantes de corazón y otras vísceras etc, etc. Ni la aventura espacial, con la llegada a la luna y la exploración de otros planetas.

Si, hemos cubierto un largo trecho desde el ferrocarril, el avión y el telégrafo. Y Ramón y Cajal se murió sin conocer estos nuevos descubrimientos e invenciones del siglo XX y XXI pues el movimiento creador no cesa.

De todos estos descubrimientos ¿podríamos señalar uno como el más importante para la humanidad? Esa misma pregunta se la hicieron a Miguel de Unamuno, figura señera de la generacion del 98: “La cama”, contestó sin pestañar. El por qué no figura en el texto que leí hace muchos años, no recuerdo donde, aunque sabemos, por que hay una famosa fotografía que lo demuestra, que a don Miguel (afición que comparto), le gustaba leer en la cama. Pero si se pone uno a pensar la cama es un mueble donde suceden muchas cosas importantes: en ellas nacemos en ella procreamos (o nó, según los gustos), y en ella morimos. ¿Hay cosas mas importantes en la vida que nacer, multiplicarse y morir?

Miguel de Unamuno (1864-1936). Para el la cama ha sido el invento mas importante para la humanidad.

Miguel de Unamuno (1864-1936). Para el la cama ha sido el invento mas importante para la humanidad.

Hoy día desde que se inventó el feminismo, las labores domésticas se reparten (por lo menos esa es la teoría ) entre hombre y mujer. Pero allá por los años setenta, antes de que el feminismo empezara a crearnos problemas, las mujeres celebraron la llegada de la “fregona” ese humilde artefacto que terminó con la condena a la mujer de tener que limpiar de rodillas.

La fregona: una aliada del feminismo

La fregona: una aliada del feminismo

Dolores Ibárruri, “Pasionaria” una líder comunista en nuestra guerra civil arengaba a los suyos con proclamas tales como “más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Pues bien, la fregona ha conseguido que la mujer (y algunas veces el hombre) viva (léase trabaje) de pie y muera, de humillación, de rodillas. Pero lo sorprendente y es algo que ignoraba es que la dichosa fregona fue inventada por un español, un tal Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico (?), y que el fruto de su caletre ha tenido más trascendencia no solo en Espana sino en el extranjero (porque la fregona se exportó a todo el mundo) que, digamos, el invento del autogiro por Juan de la Cierva.

Manuel Jalon Corominas, inventor de la fregona.

Manuel Jalon Corominas, inventor de la fregona.

“Que inventen ellos…” se desesperaba Unamuno (no en la cama sino quizá en una charla de café) refiriéndose a la pobre imaginación que padecíamos por aquellas calendas (aunque le verdad sea dicha no hemos progresado mucho). Pues, no Don Miguel, inventamos nosotros también y cuando nos ponemos a inventar no hay suelo que se ponga de por medio…

LA TERTULIA BETICA (de Sevilla)

 

De vez en cuando pulso mi nombre en Google con la idea de averiguar que tráfico genera los artículos que publico en mi blog (“Eugenio Cazorla’s blog”). El otro día, enfrascado en esta tarea encontré  mi nombre ligado al de “Tertulia Bética”, cosa que no me extrañó  pues que estando en Sevilla en Marzo de 2013  Don Alfonso del  Castillo me propuso una entrevista para la sección Historia del Real Betis Balompié de  la página web “Manquepierda”, una creación  digital dirigida al  beticismo, entrevista que se publicó ya yo de regreso a Dallas. En dicha entrevista mencionaba a la Tertulia, que conocí y frecuenté de 1940 a 1958 en su ubicación sevillana de la calle Velázquez y después de radicarme en Dallas (Texas), en numerosas ocasiones en mis visitas anuales a España, hasta el fallecimiento de mi padre, en 1991.

Pero el enlace no era el de una institución u organismo bético. Era una  página web titulada La Palangana Mecánica”, que bajo su título ostenta como consigna, “Sevilla FC: un nombre, una ciudad, un club”. Esta publicación digital, también como Manquepierda de carácter no oficial advierte a sus lectores que se trata de un blog particular y que “las opiniones que en él se vierten son las de sus autores”. Me alegro saberlo porque las opiniones y conceptos que aquí voy a exponer, van dirigidas a sus autores y no al club sevillista. Entre dichos autores figura un tal Carlos Romero, que se prodiga que da gusto y otro que se oculta en el anonimato bajo el seudónimo “Guardianes de la Memoria”.

Entre ambos (y alguien más, como un tal Cornelio) se ocupan, en mucho de sus artículos,  más que en glorificar a su equipo, a denigrar al eterno rival. Por ejemplo, derrochan  tiempo y esfuerzo en analizar y desmenuzar detalles tan nimios e intrascendentes como  afirmar que el Betis nunca fue el equipo de la clase obrera, como se ha venido diciendo, sino de aristócratas (de ahí lo de “Real”) y golpistas (aludiendo al Alzamiento del 18 de Julio de 1936), que si el campo de futbol de la Exposición, hoy Benito Villamarín,  fué o no pagado al ayuntamiento (Palangana opina que, a faltas de prueba, fue un “regalo”), etcétera, etcétera. En uno de estos artículos Carlos Romero hace prodigios de investigación para tratar de demonstrar que la fundación del Real Betis no fue en 1907, que es la versión oficial bética, sino varios años más tarde. Y yo me pregunto: ¿es esto tan importante y trascendental como para llenar páginas y páginas en lo que con un poco de perspectiva no pasa de ser una bagatela? Qué mas dá si el Real Betis fue fundado en 1907 o varios años después?  Dentro de mil años 1492 se recordará y celebrará como la fecha del descubrimiento  de América y una gloria de España.  Dentro del mil años, ¿qué quedará del Betis, o del Sevilla o del  todopoderoso Real Madrid?

Pero lo que verdaderamente me solivianta son los conceptos vertidos en el artículo titulado “La Tertulia Bética, nido de……” bajo la firma cobarde, por anónima, de “Guardianes de la Memoria”, fechado en 12 de noviembre de 2013 y seguramente inspirada por la entrevista que  me hizo Don Alfonso del Castillo en cuanto se menciona en el mismo a mi persona. En dicho artículo se califica  la Tertulia Bética como un lugar en el que se conspiró y prácticamente se planeó el golpe militar del 18 de Julio de 1936 en Sevilla bajo la batuta de su presidente a la sazón, Don Francisco Bohórquez Vecina, coronel jurídico militar, asistidos por  su compañeros en la junta y socios de la entidad entre los que encontraba mi padre, Federico Cazorla, “íntimo de Bohórquez (lo llevaba consigo a todas partes, ya fuese al Patronato, a la Tertulia o a la junta de gobierno de la Macarena”). Refiriéndose luego a la cesión del campo de futbol de la Exposición por el Ayuntamiento de Sevilla al Betis, lo que tuvo lugar el 16 de Julio, un día antes a la fecha del Alzamiento en África, Palangana suple una foto del acto de la firma de cesión y describe quienes asistieron al acto de la firma y en representación de quien o de qué, figurando entre los mismos  mi padre, con otros socios en nombre  de la Tertulia. Y, literalmente, continua:” A estas alturas (16 de Julio de 1936) los conspiradores tenían perfectamente definido su plan, incluida la rebelión en Sevilla en la fueron protagonistas decisivos socios y miembros¿ de la cúpula directiva del Real Betis Balompié, asi como de la propia Tertulia Bética, a saber, José Cuesta Monereo, Eduardo Benjumea, José Sanchez-Laulhe, Adolfo Cuellar Rodríguez-Jurado y Francisco Bohórquez Vecina, [(a quien por cierto Palangana describe como “el  bandolero”, por lo de los bandos (de guerra) suponemos)], entre otros.

Desde la altura de mis noventa años de edad, esto, si no fuera trágico, me haría reír. Yo no sé dónde estaban los “conspiradores’ y  “golpistas” de la Tertulia Bética el 18 de Julio de 1936. Pero yo, que tenía entonces 11 años sé muy bien donde estaba mi padre. En nuestra casa, Juan Rabadán 24,  festejando el día de su santo, porque da la pajolera casualidad que San Federico coincide con la fecha del Alzamiento en la península. Y no salió de la casa en tres días.¡ Menudo conspirador!

En varios de estos artículos en  Palangana  se vierten estupideces tales como que el Betis no era, como aducen algunos béticos, el equipo de los obreros, sino de señoritos y aristócratas, cuando no “golpistas”,  que la Tertulia Bética era un “nido de….” mientras que la sede  del sevillismo, el círculo Mercantil era republicano y liberal. Mal republicano sería el Círculo Mercantil cuando las turbas que ayudaron a traer la república trataron de incendiarlo, quemando solo la fachada (hay abundante prueba fotográfica) el 10 de Agosto de 1932, como represalia por la “sanjurjada” de la misma fecha. Y mal podría ser republicano el Círculo Mercantil cuando don José Calvo Sotelo, el jefe de la oposición  en la Cortes contra el gobierno del Frente Popular (según Palangana, el gobierno del sevillismo) fue invitado por la  junta directiva del mismo a pronunciar un discurso en Abril de 1936,  discurso que no llegó a pronunciarse por haberlo asi aconsejado el gobernador civil “para evitar males mayores”  sustituyendo el discurso por una entrevista que le concedió al ABC de Sevilla. (“Sevilla fue la Clave”, Nicolás Salas, (1992) tomo I, pagina 144,). Y en cuanto a “señoritos y aristócratas,” ¿Olvida Palangana que el Marqués de Contadero, fue presidente del Sevilla desde 1942 a 1948?  Y que Ramon de Carranza y Gómez,  Marqués de Sotohermoso lo fue cuatro años, de 1957 a 1961? ¿Olvida Palangana que Ramon de Carranza fue designado alcalde de Sevilla el 19 de Julio de 1936 por el militar retirado Pedro Parias González, (quien a su vez habia sido  nombrado gobernador de Sevilla por su íntimo amigo Gonzalo Queipo de Llano) y que Carranza  tuvo una activísima y personal actuación en la lucha contra los obreros republicanos en Sevilla en los primeros días del alzamiento? Por lo visto la Memoria que Palangana proclama guardar tan bien se atiene a la clásica ley del embudo.

Si Don Francisco Bohórquez, Don José  Cuesta Monereo Don José Sánchez -Lauhle, Don Adolfo Cuellar y Don Eduardo Benjumea eran tan amantes de la Tertulia ¿como se explica que en los casi veinte años en que la frecuenté JAMAS vi a los mismos en dicha Tertulia? Mi padre y yo tuvimos mucha amistad con  Don Francisco Bohórquez, a quien serví en la Auditoria de Guerra como Alférez de Complemento y en la Hermandad de la Macarena como Fiscal Primero, en la que él era Hermano Mayor. Pues bien, en todos esos  años JAMAS me habló Don Francisco del Betis, JAMAS vi a Don Francisco presenciando un partido del Betis. Es curioso que en la nota necrológica publicada por ABC a su fallecimiento, 11 de Noviembre de 1955, se resalta su devoción a la Virgen Macarena y sus magníficos  servicios a la Hermandad de la misma, pero hace caso omiso de su paso por la Tertulia Bética y el haber sido presidente de la misma. A Don   Adolfo Cuéllar, que era muy bético, lo veía con frecuencia en los juzgados más aun  en la Audiencia, como abogados que éramos los dos. Pero jamás lo ví en la Tertulia.

La Tertulia  era un casino de juego  fundado por béticos pero que contaba como socios tanto a béticos como a no béticos. A la larga estos últimos figuraron en mayoría. En los años en que la frecuenté conocí a muchos socios a quienes el Betis les traía sin cuidado. Mis tíos José y Faustino,  hermanos de mi padre,  asiduos de la Tertulia, eran algunos de ellos. Jamás los  vi presenciando un partido de futbol. Puedo citar nombres  de socios absolutamente desinteresados del Betis, todos socios antes de la guerra: Francisco Sanabria, Joaquín Bors, Martín Periñan, Luis Romero Sánchez,  Diego Marín, Enrique Marin, Diego Urbina  etcétera, etcétera. Todos estos señores iban a la Tertulia a jugar al julepe, al tute, al póker,  o a lo que se terciara. Por el contrario, había grandes béticos  que no eran socios de la tertulia (o si lo eran nunca la frecuentaban). Uno de ellos era Manolo Simó, gran amigo mío, quizás, es un suponer,  porque siendo un alto ejecutivo del banco de Bilbao (hoy BBVA) estaría mal visto el que se le viera asistiendo a un casino de juego. Otro, era mi padrino de bautismo, Juan Alfonseca Caro, bético de la primera hora. En la clásica fotografía en la que aparecen viendo un partido del Real Betis en el Patronato Ignacio Sánchez Mejías, a la sazón presidente y mi padre, a su izquierda, tesorero, mi padrino aparece en la segunda fila, fumándose un puro. Lo que pasa es que mi padrino no era aficionado al juego.

Nó, Palangana yerra. En la Tertulia no se conspiró nada ni se coció nada. Palangana publica una foto de una nota  publicada en la prensa por la Tertulia Bética en 1968   y dirigida  al Ayuntamiento adhiriéndose a una iniciativa para que se erigiera una estatua a la memoria del General Queipo de Llano. Lo firma Juan Polledo Pérez-Villamil como presidente de la Tertulia.  Yo conocí a Juan Polledo. Procedía de Madrid y se incorporó a la Tertulia en los anos cincuenta, posterior a la muerte de Queipo de Llano (1951). Si conocía a Don Francisco Bohórquez sería por ser hermano de la Macarena, no por su afiliación a la Tertulia por la que nunca aparecía aparte de la comparecencia de ambos con motivo de la inauguración del local en calle Velázquez.  De modo que la afirmación que hace Polledo  en la nota  de que Queipo y Bohórquez “frecuentaban” la Tertulia es totalmente gratuita. ¿Cabe imaginar al “Virrey de Andalucía “en mangas de camisa enfrascado en una partida de julepe? Porque en la Tertulia se podría hablar del Betis (y del Sevilla también), de mujeres, del juego, de negocios, etcétera, pero lo que fundamentalmente se hacía era jugar a las cartas. Antes, durante, y después de la guerra. Y no a conspirar una sublevación  ni a adular al régimen franquista. Por cierto que existe una foto, que conservo,  de la ceremonia de la inauguración del local de la Tertulia en calle Velázquez en la que figura como asistente  Don Ramón Sanchez Pizjuán, presidente a la sazon del Sevilla F.C. (primera etapa). No sería muy adverso Don Ramón a los aires que corrian en tiempos de la guerra cuando se avino (seguramente que invitado) a asistir a tal inauguración.

No es bueno ni aconsejable mezclar la política con el deporte. Palangana, absolutamente carente de pruebas, envenena a sus seguidores desvirtuando la historia. Ahora resulta que los que ganaron la guerra son los “malos” y los que la perdieron los “buenos”. Lo curiosos es que los que asi pontifican no vivieron ni conocieron la realidad de los hechos. La guerra fue una calamidad para España. En la guerra no hubo vencedores ni perdedores. Todos perdimos y todos debemos avergonzarnos de tan triste episodio en nuestra historia. De acuerdo,  fue una canallada que los sublevados fusilaran a Horacio Hermoso, alcalde de Sevilla  a Joaquín Puelles,  presidente de la Diputación y a mi tío (político) Eduardo Santana Carbonell detenido por un grupo de falangistas y asesinado en la carretera de Sevilla  a Huelva donde mi padre se hizo cargo de su cadáver, tirado en una cuneta. Pero ¿no fue también una canallada el asesinato del sacerdote  José Vigil Cabrerizo, en la calle Conde Ibarra, el  del estudiante falangista  José Ignacio Benjumea Medina muerto a tiros por la espalda cuando cruzaba en un coche de la Plaza Nueva a calle Tetuán y el de Manuel de la Osa, cobrador de la Falange, en Triana? La fotografía del  cadáver de este, con una nota prendida en su cuerpo que decía “Po fascista UHP” dio la vuelta al mundo. Los tres últimos asesinatos fueron cometidos por republicanos defensores de la “legalidad”. Todos tales asesinatos  los de los buenos y los de los malos claman al cielo. La represión de los sublevados  en Sevilla y en su provincia fue durísima. No la justificamos pero, a menos que uno tenga hielo en las venas, como reaccionar ante la vista de 23 cadáveres, entre ellos mujeres y niños, calcinados en la cárcel del Arahal, a la que los republicanos prendieron fuego antes de su huida a la llegada de las fuerzas sublevadas? Sobre esto ha caído un telón que nadie se atreve a levantar por miedo a ser tachado de fascista.

La represión fue, repito, durísima,, pero volviendo a Don Francisco Bohórquez él no era sino el Auditor de Guerra al tiempo de la sublevación. La atribución de los fusilamientos que se produjeron en aquel tiempo a Bohórquez no es verdad. Él era el que disponía si un acusado debería o no ser juzgado por un consejo de guerra. Si el encausado era condenado a la última pena, eso era atribuible al consejo que le juzgó, no al Auditor. La verdad es que Bohórquez salvó muchas vidas,  de lo que yo fui testigo de excepción en el tiempo en que serví en la Auditoria en cuanto  por mis mano pasaron muchas sumarias (no es un error tipográfico: en la esfera militar son sumarias y en el civil sumarios) de encausados que languidecían en las cárceles nueve años después de terminar la guerra. Muchos de estos encausados habian inicialmente sidos condenados a muerte. Fue Bohórquez el que intervino a favor de aquellos que no habian sido favorecidos por el indulto general de 1945 conmutándoseles la pena capital por determinados años de prisión.

Pero hay más. En Septiembre de 1936, yo, en compañía de otras flechas (la organización juvenil de la Falange) presencié un cadáver en un paraje conocido con  el nombre de “Los Humeros”. Los Humeros era un pasadizo subterráneo que unía la calle Torneo con la banda occidental del rio, bajo las vías férreas del tren Sevilla-Madrid. Pues bien, este cadáver habia sido en vida Agustín Veguilla Alcántara, un agente de seguros y escritor. Yo ignoraba, al tiempo de presenciar el cadáver  quien podría haber sido este pobre fusilado. Fue algo más tarde que mi padre me reveló la identidad de Veguilla, lo que sentí en el alma porque él habia sido el autor de una colección de cuentos para niños y yo tenía (y conservo) un ejemplar de tal libro. Pues bien, un falangista con pésimos antecedentes, de nombre Pablo Fernández Gómez, habia detenido a Veguilla en Septiembre de 1936, en el Altozano, y en compañía de otro falangista, lo habia conducido al citado Los Humeros y allí lo despachó con un tiro en la nuca. Hubo una investigación y el Auditor, Bohórquez, ordenó se le formara Consejo de Guerra y en este Consejo de Guerra se demostró que la muerte de Veguilla  fue un asesinato a mansalva. El falangista Pablo Fernández Gómez fue hallado culpable y fusilado en 27 de Junio de 1942. (“La justicia de Queipo”, (2006) por Francisco Espinosa, pagina 180, 2006). Así era Don Francisco Bohórquez.

En esto de guerras civiles yo siempre pongo por ejemplo la diferencia entre lo ocurrido en la guerra de secesión de los  Estados Unidos (1861-1865) y la de España. La guerra civil española fue un juego de niños comparada con la guerra de secesión de los Estados Unidos. Nuestra  guerra duro 32 meses, la de secesión 49. En la guerra americana se combatió con una ferocidad que no existió en la nuestra. Según Thomas Hughes, el mejor historiador de nuestra guerra, las bajas sufridas en ambos bandos no pasaron de 200,000. En la guerra americana excedieron del millón. Nuestra batalla del Ebro duró cuatro meses y causó veinte mil muertos. En la batalla americana de Antetiam hubo el mismo número de muertos. Pero sólo duró….¡un  día!

Pues bien, ni un sólo militar, ni un sólo civil fueron represaliados en la guerra de secesión americana. Irónicamente el único represaliado fue el Presidente Lincoln, asesinado por un espía sudista días antes de la victoria de los “yanquis”, es decir los partidarios de la Unión.

En 1936 como parte de los actos a celebrar con motivo del centenario de la fundación del Estado de Texas el entonces presidente Roosevelt asistió como tal presidente a la inauguración de un parque en la ciudad de Dallas, en la que vivo, dedicado a la memoria del famoso general Robert E. Lee, el “generalísimo “de los sublevados, los separatistas, que habían organizado la Confederación de los Estados de Sur. Habían transcurridos 71 años desde que las fuerzas que mandaba Lee fueron derrotadas. Figuraba, y figura en dicho parque un bella estatua ecuestre del general Lee. Texas formó parte de los estados sublevados del Sur, que, como se sabe, se  oponían  a la eliminación de la esclavitud de los negros. El parque y la estatua fueron honrados por un representante del gobierno federal, heredero del vencedor en la contienda. Sesenta y siete años han transcurrido desde el final de nuestra guerra civil (1939) y  la promulgación de la Ley de la Memoria Histórica( 2006). A partir de esa fecha se han derribado todas las estatuas del general, cambiados los nombres de  miles de calles y plazas y destruidas placas, emblemas y todo lo que recordara a la época de la dictadura. Es, decir, se ha destruido la Historia.

Pero nadie vandaliza  el parque Lee ni  osa tocar  la estatua ecuestre del General Lee, que se encuentra limpia de pintadas, a pesar de que Dallas cuenta  con una larga población de raza negra, cuyos ancestros consideraban a dicho general como representante en su día de la oposición a la emancipación de los esclavos. Es decir, se ha respetado la Historia.

Volviendo a la Tertulia Bética los alegatos, repito, totalmente desprovistos de pruebas, de que en dicha Tertulia se conspiro y planeó el levantamiento militar del 18 de Julio de 1936 en Sevilla son una serie de patrañas con las que se pretende denigrar  al club que inspiro su formación. Lo cierto es que ambos clubs, Sevilla y Betis se han nutrido con el correr de los tiempos, tanto en sus directivas como en sus respectivas  masas sociales  de  gentes de todas las clases sociales y de todas las profesiones y oficios: obreros y artesanos, aristócratas y burgueses, profesionales y artistas,  liberales y conservadores, monárquicos y republicanos  y un largo etcétera. Eso de que el Sevilla y no el Betis ha sido el equipo de los obreros me parece una idiotez. Y a todo esto ¿a quien se le ocurrió alinear al lado del Real Betis al proletariado? A mi esta afiliación me parece de lo más absurdo. Por cierto que la primera vez que oí tal afiliación fue en los años cuarenta, ya terminada la segunda guerra mundial, en una emisión de la llamada Radio Republicana Independiente, estación Pirenaica. En realidad esta emisora era una emisora soviética emitiendo sus programas no en los Pirineos sino en la antigua Republica Checoeslovaca, al otro lado del famoso Telón de Acero.

Termino con un consejo a Palangana: por el amor de Dios, no mezclen la política con el fútbol.

 

 

Septiembre, 2014

 

MAS SOBRE EL APELLIDO CAZORLA

 

En 2012 publiqué en este blog un par de artículos sobre mi apellido. Contaba en el primero como Cazorla es un apellido relativamente raro, pues que de niño, en la guía telefónica de Sevilla no había mas Cazorlas que mi familia y un señor militar que vivía en el barrio del Porvenir. Después surgió durante  la guerra un Cazorla (José), comunista, que despanzurraba a gentes de la  derecha en Madrid, ciudad ésta  que en mi primer viaje a la capital de España, en 1942 vi en plena Gran Vía un letrero enorme, “Sastrería Cazorla”. También contaba que ya viviendo en  Estados Unidos, buscaba con curiosidad, en las guías de teléfono  de diversas ciudades a las que viajaba, por mi apellido con escasa, por no decir  ninguna, fortuna. Un día en Santa Fe, Nuevo Méjico, necesitando consultar con un médico,  dio la pajolera casualidad que el doctor que me atendió se llamaba Cazorla, procedente de Méjico, y en la misma Dallas, donde vivo, tuve la ocasión de ayudar como abogado a otro Cazorla, este del Perú.

Pero lo que de verdad me sorprendió fue conocer a un señor en Dallas que me hablaba en un no muy fluido español y con un  acento que no llegaba a identificar. Por su aspecto no me parecía ni español ni hispanoamericano. Por curiosidad le pregunte donde habia aprendido a hablar el castellano. Me respondió que tal era el lenguaje de su familia desde siempre y, después de entregarme su tarjeta de visita con el nombre de Mike (y no Edwin como por error le identifiqué anteriormente) y mi propio apellido pero con dos eses (CASSORLA), me preciso que era sefardita de origen, como lo era una numerosa colonia en Indianápolis (Indiana) de donde procedía.

Esto me hundió en un mar de confusiones. Si este señor y su familia eran sefarditas se supone que sus antepasados fueron expulsados de España en 1492 por el edicto de los Reyes Católicos. Entonces los Cazorla como yo, ¿que éramos? ¿Eramos judíos conversos, es decir aquellos judíos que para evitar el exilio optaron por  bautizarse en la fe católica? O seguíamos siendo judíos practicantes de su religión en la clandestinidad?

Esto me trajo a la memoria una ceremonia que tuvo lugar en el seno de la  familia sevillana de los Sotos, comerciantes en turrones, familia muy conocida en Sevilla y que ostentaba nombres tan poco españoles como Abraham, Aaron, (pero tambien Moises y David) a la que tuve ocasión de asistir en la  casa de uno de ellos, en la calle Calatravas. Yo tendría como 10, anos, esto fue antes de la guerra. No pude ver la ceremonia propia  porque un grupo de mayores que formaban un corro me impedía verla pero si pude oír el llanto de un bebé y ver, momentos después,  a alguien que retiraba una palangana con sangre. Curioso ante lo que si no habia visto (excepto la sangre del bebé) habia oído,  pregunte a mi padre, quien  no supo contestarme. Fue mucho después que descubrí habia asistido a una circuncisión bajo el rito hebreo, que por cierto dirigió un rabino que vino nada menos que desde Gibraltar, a juzgar por la matrícula de su coche. Pues bien, estos Sotos, ¿eran judíos conversos (puesto que no marcharon al exilio) que habían renegado   de su “conversión”? O eran genuinos cristianos (algunos fieles macarenos) que seguían una tradición cultural y combinaban una circuncisión con un bautismo católico?

Volviendo a Dallas y a los años sesenta del pasado siglo, este hallazgo, o sea el conocer a un Cassorla sefardita,  me encaminó a una labor de pesquisas en el curso de las cuales descubrí que habia muchos Cazorlas (casi siempre con la doble ese como Mike Cassorla) en muchos lugares y en muchos países, como, por ejemplo,  un ilustre rabino en Paris y una catedrática de Psicología en una universidad en California, aunque esta usaba no la C sino la K,  Kassorla. Por cierto que acababa de  publicar un libro que naturalmente compré.

En una segunda parte explicaba que el nombre Cazorla no solo es  raro sino de documentada antigüedad. Y publicaba en mi blog  el árbol genealógico de nada menos que Pablo Ruiz Picasso, sacado de quizás la mejor biografía que de él se ha escrito, la de John Richardson. Según este árbol genealógico Picasso tenía como ancestro a un Cazorla que vivió en el siglo XVI.

Este descubrimiento no dio lugar a ninguna reacción pero la rareza del apellido y sobre todo la posibilidad  de que haya sido,  en sus orígenes, un nombre judío, ha suscitado algunos  comentarios de lectores de España y del extranjero. En concreto he recibido  comentarios directos o indirectos de personas con mi apellido desde  Israel, Venezuela (dos), Almería (cuatro), Islas Canarias (tres), Perú, y Panamá. De un  almeriense, Julián Cazorla recibo un interesante comentario en el que alude a la posibilidad de que nuestro apellido tenga un origen morisco con el significado de “castillo de Allah”. Creo que esta interpretación puede que sea correcta. En efecto, castillo en latín es “castrum” raíz de la que proceden muchos nombres de poblaciones de España. Es muy posible que Cazorla sea una corrupción de castrum o de su plural “castra’ y la terminación  “la” podría coincidir con  el Allah islámico. Se me ocurre que Caz-alla (de la Sierra), pueblo andaluz, tenga el mismo origen.

Otro comentarista, éste desde Israel, Aarón Bardaví, me escribe que, como dice literalmente, “Cazorla es un apellido sefardita cien por cien” y comenta que hay numerosos Cassorla, Kassorla y Kasarla desperdigados por Israel.

O sea, resumiendo un poco, podríamos aventurar que los Cazorlas (bajo otro nombre hebreo) emigraron en tiempos de la Diáspora (antes de Cristo) a España, entre otros países. En España es muy posible que se agruparan en el lugar que hoy es Cazorla (Jaén) y que siguiendo un bien documentado costumbre adoptaran el nombre de la población en la que vivía. Cazorla fue liberada de la morisma por Fernando III el Santo en 1235 y hasta 1492 mal o buenamente los judíos convivieron con los cristianos y con los moros que continuaron viviendo en Cazorla después de haber perdido el dominio de la misma. Pero  llega 1492 y el edicto de los Reyes Católicos y en este momento en la historia se presenta un hecho interesante. Resulta que tenemos los judíos Cazorla, que se quedaron en la península o bien convertidos al catolicismo u ocultos en el interior o en puertos desde deberían haber partido hacia el destierro ( Almería, de donde tantos proceden?) o evadidos de la Santa Hermandad  (la policía de los Reyes Católicos) y aquellos  que optaron por el exilio,  devinieron “sefarditas” (de Sefarad, que en lengua hebrea significa España) y  se desparramaron por el norte de África  las regiones costeras del Mediterráneo oriental. Los primeros, los Cazorla, se extendieron por toda la península (nuestro famoso Santi Cazorla es asturiano) con una gran concentración, según me informan mis lectores, en Almería. De España, en el curso de los siglos pasaron a las islas Canarias y a los diversos países de Hispanoamérica. Los segundos, los sefarditas, ya con el nombre convertido en Cassorla o Kassorla , Cassarla o Kassarla, se desplazaron, voluntariamente o nó a la Europa Occidental, incluyendo Francia (como el rabino  de Paris), Holanda e Inglaterra. Desde Europa se trasladaron  a los Estados Unidos. Como Mike Cassorla en Indianapolis o Irene Kassorla, la catedrática,  en California.

Pero quizás el mas interesante comentario me viene de Bertrán Cazorla, catalán, de Barcelona.

Me dice que su padre fue un Cazorla almeriense, de donde según el proceden la mayoría de los Cazorla españoles. Y que muchos Cassorla, Cassarla, Kassorla y Kassarla fueron víctimas del Holocausto cuando los nazis alemanes ocuparon Yugoeslavia y Grecia en la segunda guerra mundial. A tal efecto me facilita un enlace, un poco largo pero que es como sigue: http://db.yadvashem.org/names/nameResults.html?lastnameAdv=Cazorla&lastNameAdvType=THESAURUSlanguage=en

Si el lector pulsa en este enlace se le abrirá una página de una publicación judía perteneciente a una organización israelita domiciliada en Jerusalén que honra la memoria de los cientos de  Cazorlas (en su variante sefardita) asesinados por los nazis en ciudades tales como Bitola y Visoko,  en la entonces  Yugoslavia (hoy Macedonia)  y en Salónika (Grecia).

Con todos estos antecedentes no me cabe duda de la procedencia judía de los Cazorlas. Esto no ni bueno ni es malo, solo curioso. Ahora quedo a la espera de algún lector que nos ofrezca una versión diferente.

 

 

 

Don Indalecio Prieto y Tuero

 

Indalecio Prieto en 1936

Indalecio Prieto en 1936

 

La Guerra civil (1936-39) me impactó para toda la vida. Yo tenía once años cuando estalló la guerra. Los dos primeros años, 1936 y 1937 fueron años, con la inconsciencia propia de la edad, felices. Sevilla rebosaba de gente. Miles y miles de refugiados de la zona roja, ricos y pobres se mezclaban por las calles del centro con tropas de varias naciones. Contemplaba a los italianos, desaliñados y ruidosos y los comparaba con los alemanes, silenciosos, con uniformes impecables. Admiraba los vistosos uniformes de nuestras tropas coloniales. Todos los domingos bandas de música militares de Italia, Alemania actuaban en el andén del ayuntamiento, en la Plaza Nueva.  En la Semana Santa disfrutaba contemplando los poderosos caballos de la artillería montada con sus bandas de cornetas acompañando a los pasos en las procesiones.

Fue toda una orgia visual y auditiva. Poco a poco esas vivencias iniciales se fueron transformando. Para Septiembre de 1938 a los  14 años, era ya un adolescente a quien no le interesaba  mucho los que pasaba en nuestra zona. Los partes de guerra eran aburridos, siempre lo mismo. Las crónicas, triunfales y repetitivas. Descubrí que  mí lo que me interesaba de verdad era “lo” que pasaba en la otra zona, en la zona roja. Cómo era la vida allí, como eran los personajes militares y civiles que dirigían sus tropas y su gobierno. Pero, claro la censura no dejaba pasar ninguna información. Cuando intentaba escuchar las radios de Madrid y Barcelona apenas podía oírlas porque las autoridades bloqueaban todas las retransmisiones. Y aunque asi no hubiera sido mi madre me obligaba a cerrar la radio. Tal era su temor a que nos viéramos envueltos en un lio.

Por eso cuando una tarde vi en los escaparates de la antigua (y desaparecida) librería de Pascual Lázaro, en la calle Sierpes, un pequeño volumen titulado “Yo serví un año con  la Brigada del “Campesino” me apresure a comprarlo. El Campesino (Valentín González) era un comunista extremeño, ex minero, que enrolado en las milicias madrileña llego a  ser jefe de una división durante la guerra. El autor era un delineante que tan pronto tuvo la ocasión se pasó a nuestras líneas. Quitando esta oportunidad nada llegaba a mis manos que me documentara sobre  lo que a mí me interesaba.

Sí tuve la ocasión de oír de ciertas personas como era la vida en la otra zona. Pero las más  de la veces esto ocurrió cuando ya la guerra estaba terminada  El más importante relato fue de boca de José Estrada, concejal del ayuntamiento de Sevilla en 18 de Julio de 1936 y tío carnal de mi querido amigo Antonio Marcos Estrada. Dimos un largo paseo en una tarde de domingo y nos contó cómo pudo escaparse disfrazado de monja vía Gibraltar desde donde tras una fugaz visita a Paris se trasladó a Barcelona, donde pasó ya toda la guerra. El año 1941 o 1942 volvió a España y después de algunos meses de encarcelamiento (tenía buenas recomendaciones de la Iglesia  y era después de todo una persona de orden sin más culpa que haber sido miembro del partido socialista) fué puesto en libertad y pudo reorganizar su vida.

En el año 1952  Franco abrió la frontera con Francia. La ONU habia levantado el “castigo” que impuso a España, cuando persuadida por la Unión Soviética y sus satélites que era un “peligro para la paz” recomendó la ruptura de relaciones con nuestro país. Francia, Inglaterra y por supuesto la U.R.S.S. retiraron sus embajadores quienes con la excepción de los soviéticos y sus satélites, una vez que habíamos dejado de ser “peligrosos”  regresaron paulatinamnte a España. Dos buenos amigos (ambos fallecidos) y yo decidimos viajar a Paris. En Paris se me iban los ojos cada vez  que pasábamos por las numerosas  librerías de viejo. Allí deberían encontrarse tesoros de información  sobre lo que a mí me interesaba, la guerra civil. Pero a mis amigos no le interesaba eso. Además, francamente, Paris era algo más que libros e historias. Tras tres semanas en Paris, que la pateamos entera, decidimos pasar cuatro días en Londres. Un extraño que sentado a un lado de nuestra mesa nos escuchaba como contactar a un agencia de viaje se acercó a nuestra mesa y nos dió algunos  consejos prácticos que hacían innecesario acudir a un agencia de viaje y que nos ahorró muchas pesetas. Pero lo curioso fué que este hombre era un exiliado español y, lo más grande, que era sevillano. No era un refugiado de la guerra. Se habia ido a Francia  porque quería vivir en libertad y curiosamente no quería volver a Espana ni a tiros.

En Londres siguiendo los consejos de nuestro paisano nos alojamos en el Spanish Club. Esto era una organización fundada en los años veinte, mayormente para uso de los comerciantes españoles (sobre todo los de la naranja)  que viajaban al Reino Unido y era totalmente apolítico. Allí  no habia cuadros de Franco pero tampoco los habia de ningún  personaje republicano.

En el verano de 1954 los padres de mi novia, Judy, que hoy es mi mujer, me invitaron a pasar un mes en su casa de Northampton, Inglaterra. Judy es graduada de la Universidad de Oxford, donde se especializo en lengua y literatura española. Aunque no interesada especialmente en la guerra española, si poseía una pequeña colección de libros que tocaban el tema, y por supuesto, prohibidos en España. Entre ellos figuraba la historia de España (bajo el título “España”) de Salvador de Madariaga, a quien Judy conoció en Oxford. Este volumen en una primera  edición cubría la historia de nuestro país hasta la llegada de la República. En una segunda edición, y esta es la que poseía Judy, cubría ya la guerra. Por supuesto que devore el (grueso) volumen en unos cuantos días. Me impresionó el título de uno de sus capítulos, ya tratando de  la guerra: “La Guerra de los tres Franciscos”, que no eran sino Francisco Franco, Francisco Largo Caballero (un  político del socialismo  radicalizado)  y Francisco Giner  de los Ríos (un educador de fausta memoria). De vez en cuando me “escapaba” de mi novia, que me habia conseguido una tarjeta de transeúnte en la biblioteca local y leía con fruición todo lo que sabía no podría leer en España. También visitaba algunas librerías de viejo. Recuerdo que compre un  libro (que he perdido) de la Duquesa de Atholl (no recuerdo el titulo) a quien llamaban los conservadores británicos “la Duquesa Roja” y que era miembro del Parlamento. Se trataba de un relato del viaje que hizo a España en la primavera de 1937 y en el que visitó, juntamente con su jefe político, el laborista (que luego llegaría a ser primer ministro), Clement Attlee el frente de Madrid donde se encontraba el batallón británico de las Brigadas Internacionales

En 1958 la Southwestern Legal Foundation me otorgó una beca de graduados (“fellowship”) para cursar estudios de derecho comparado en la Southern Methodist University (SMU), en Dallas (Texas). No tenía tiempo que perder. La beca era solo por nueve meses. Cuando terminaba mi “tarea” me refugiaba, de noche, en la biblioteca central de la Universidad y permanecía allí hasta la hora del cierre, las diez de la noche.  Me pasaba horas  y horas en la sección española. Allí me empapé de toda clase de información en libros y revistas. En relación con estas me impresionaban   los reportajes fotográficos de los primeros dias  y meses de la guerra en la francesa “L’Illustration”, la inglesa “The Illustrated London News” y la americana LIFE. Habia pocas o poquísimas librerías de viejo pero nada pude en ellas encontrar. Como compensación debo decir que además de la biblioteca universitaria contaba con la muy rica biblioteca pública.

De todos los personajes de la Republica en guerra los que más me atraían eran Indalecio Prieto y Manuel Azaña. Del primero siempre se me quedó grabada en la memoria una expresión  de labios de Don Manuel Jiménez Fernández. Don  Manuel habia sido profesor mío de derecho canónico en la Universidad de Sevilla. Desde joven se metió en política y fue concejal del ayuntamiento de Sevilla. Tenía fama de polemista. De él se cuenta que llegado tarde a una sesión municipal preguntó a sus colegas en el consistorio: “¿De qué se trata para  oponerme?” No sé si será verdad o no pero la frase  lo retrata. Llegada la República y enrolado en las filas de la Confederación de Derechas Autónomas (CEDA) de Gil Robles éste le llevo al gobierno durante los años que duró lo que la izquierda llamó el “bienio negro”. Como  ministro de Agricultura elaboró una meritoria reforma agraria que dado la brevedad del mninisterio  nunca pudo entrar en vigor.

Don  Manuel, republicano y liberal, se creó muchos enemigos tanto en la izquierda como en la derecha. La derecha le odiaba por republicano, la izquierda, por “carca”. Se libró del fusilamiento gracias a tener  muchos amigos en la Iglesia por ser un  devoto católico de comunión diaria. Irreprimible, sabía que su catedra era el único foro en el que podía expresarse, relativamente, sin cortapisas. De vez en  cuando se enzarzaba en un  monólogo sobre sus vivencias en el gobierno de la República. Una mañana nos dijo que “la diferencia entre Largo Caballero y Prieto era que  Largo odiaba al patrono  y Prieto amaba al obrero. Aquello me impresionó.

En el curso de los años y gracias a mis pesquisas librescas me habia documentado bastante sobre Prieto, es decía conocía su vida y sus obras, pero no habia encontrado ninguna,  en  el extranjero, por supuesto.  En particular me atraía poderosamente un folleto que había publicado al tiempo de ser defenestrado  como ministro de la Guerra (más precisamente, de Defensa) del gobierno del presidente Juan Negrín, en plena guerra. El folleto se titulaba “Como y por qué salí del Ministerio de Defensa. Intrigas de los rusos en España”.  Sabía que vivía desterrado en Méjico y vivía en el distrito federal con sus dos hijas e incluso habia conseguido su dirección postal. Pensé en escribirle y solo la idea me hacía feliz pensando el grado de libertad que disfrutaba,  fuera del alcance de la férrea censura que imperaba en España.  Asi pues el 1 de Diciembre de 1958, escasos meses desde mi llegada a Dallas, le puse un carta en la que le expresaba mi admiración y la de mucha gente de mi edad por su persona, le transmitía el retrato que de él habia hecho Don Manuel Jiménez Fernández en su cátedra sevillana y le pedía me orientase hacia alguna traducción inglesa del folleto pues desesperaba de encontrar en los EE.UU la versión original en castellano.

Rapidamente, concretamente el 11 de Diciembre, recibí su contestación, y lamento no poder ofrecer aquí una reproducción fotográfica porque la desvaída tinta de su mecanografía no ha podido resistir los más de cincuenta años desde que fue escrita. No obstante copio su texto:

Mi estimado compatriota: accediendo al ruego que me hace en su atenta carta de 1 de Diciembre corriente le envió adjunto un ejemplar de mi folleto “Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa.” No tengo noticia de que este folleto haya sido traducido al inglés, aunque si hay una traducción francesa. Cumplo su encargo con muchísimo gusto… Le agradezco lo que me dice en cuanto al concepto de que de mi tiene gran parte de la juventud española libre de todo prejuicio. Asimismo le quedo reconocidísimo por haberme transmitido la opinión de que de mi ha dado a conocer en su cátedra de la Universidad de Sevilla Don Manuel Jiménez Fernández, de quien conservo muy gratos recuerdos. Quedo a sus órdenes, afectísimo s.s. (Firmado) Indalecio Prieto.

 El sobre contenía el folleto cuya cubierta reproduzco aquí.Prieto Me lo dedicaba. La dedicatoria, de su puño y microscópica letra dice así: Al compatriota Eugenio Cazorla, deseoso de documentarse sobre un trágico período de la vida española. (Firmado) Indalecio Prieto. México, D.F. diciembre 1958.I. Prieto

En el verano 1961 hice, con mi familia, mi primer viaje a Méjico. Pasamos allí una semana. No podía dejar pasar la ocasión sin tratar de visitar al Sr. Prieto, que tan amable y generosamente  se habia portado conmigo. Tan pronto como pude disponer de unas horas para tal proyecto, tomé un taxi y me dirijo a su dirección en Nuevo León 103. Se trataba de una modesta casa de pisos. Toque el timbre y me abrió la puerta una señora de mediana edad. Me dijo que era Blanca, una de sus hijas. Le manifesté deseaba hablar con  su padre. Muy amable, me dijo que su padre se encontraba en Francia, en San Juan de Luz, donde participaba  en un congreso del partido socialista.

Prieto murió pocos meses después, en Febrero de 1962.

 De humilde extracción y con pocas letras (jamás pisó una universidad) supo encumbrarse y llegar a las mas altas esferas. Nacido  en Oviedo su madre, que habia sido la criada de su padre, modestísimo funcionario, le llevó a Bilbao con siete años. Fui taquígrafo con un periódico bilbaíno y a los dieciséis  años entro como auxiliar en El Liberal, del que llegó a ser director y propietario. Desde joven se inició en las filas del partido socialista en el que eventualmente militaría como moderado en oposición a la rama  radicalizada y revolucionaria  de Francisco Largo Caballero. Fue diputado a  Cortes con  la Monarquía y con  la República.  Durante ésta fue ministro de Hacienda y de Obras Públicas. Al advenimiento de la guerra fue ministro de Marina y Aviación bajo Largo Caballero y de Defensa con Juan Negrín. En 1938 el partido comunista que ejercía gran influencia  sobre el presidente del Consejo, Negrín, exigió su salida del ministerio. Ello fue debido, en parte, a su profundo pesimismo sobre la marcha  de la guerra, pues estaba convencido que la República no  podía ganarla. Negrín terminó por destituirlo y asumió sus funciones.

Al exiliarse a Méjico estuvo algún tiempo dedicado a la administración  de los cuantiosos bienes, que para atender a las necesidades de los refugiados españoles habían sido   transportado a dicho  país por el famoso yate “Vita”,  bienes que luego paso a administrar el gobierno mejicano.  Después y hasta su muerte se dedicó a la que habia sido su gran amor: el periodismo.

Prieto fue un hombre de gran corazón. Tuvo amigos de la izquierda y de la derecha, como lo demuestra en su librito “Cartas a un escultor”. Salvó algunas vidas en la guerra sin mirar si eran de su bando o del opuesto. Tenía admiración por José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española,  a quien trató de salvarlo de su fusilamiento. José Antonio también lo admiraba hasta el punto de incluirlo en un posible gobierno de concentración ya comenzada la guerra,  en un borrador que se encontró entre sus efectos después de su muerte en la prisión de Alicante.

Su gran error fue el haber participado en el planteamiento de la sangrienta revolución de Asturias, de lo que años mas tarde, ya en el exilio se arrepentiría hasta el punto  de, públicamente, pedir perdón  a los españoles.

Prieto  fué un gran patriota. Lo demostró negándose, mientras fue ministro de Defensa, a doblegarse al partido comunista que obedecía las consignas de la Unión Soviética  y por los propio mandos rusos,  incluido  su embajador en España. Fue un hombre jovial,  español hasta las cachas, amigo de sus amigos, gran orador y con enorme dominio del castellano. Nos hace pensar en la mediocridad de los que le sucedieron en el gobierno de nuestra patria.

 

 

UNA NUEVA RELIGION

 

Hace unos  años fui a España en Octubre, como de costumbre. Y como de costumbre permanecí en la misma varias semanas.  Esperando un avión en el aeropuerto de San Pablo, en Sevilla, cayó en mis manos una edición del diario  Abc que incluía su suplemento cultural. En dicho  suplemento encontré una artículo, que juzgué interesante, debido a la pluma de Don Andrés Ibáñez, bajo el titulo “Estados Unidos  cómo religión”.  Leí el artículo varias veces porque me intrigó las conclusiones a las que el Sr. Ibáñez llega al definir lo que es este país. Que por cierto él denomina, a veces,  América, un nombre que solo utilizan corrientemente los británicos  y lo países de la comunidad británica (“Commonwealth”) y raras veces y en contextos específicos los propios americanos.  Pienso que estoy de acuerdo con algunos de sus hallazgos pero no con otros.

Dice el Sr. Ibáñez que que los americanos son muy religiosos pero que “el verdadero Dios de los americanos es América”. Definitivamente, para el Sr. Ibáñez, “América es Dios”. Según  él “los grandes templos de América no han sido construidos por el hombre sino por el propio Dios-América”   Y son el Gran Cañón (Colorado-Arizona), Monumento  Valley (Utah), el Monte Rushmore (South Dakota)  sus montañas, valles, ríos y hasta su propia gente. Para él,  país,  sus símbolos religiosos no son catedrales  pagodas, o mezquitas, sino  el Cañón del Colorado, el Monte Rushmore, el parque Yosemite, etcétera. . (Se le quedó en el tintero las cataratas del Niágara). Más aun, los americanos, según el Sr. Ibáñez,  no acuden en peregrinaje a Santiago, Lourdes, La Meca o Tierra Santa.  Van a las  citadas bellezas naturales, i.e., Cañón del Colorado. Monte Rushmore, etc.

Como teoría no deja de ser, por lo menos, original. Pero yo creo que el Sr. Ibáñez confunde  religión con  patriotismo.  El Americano medio es patriota (algunos degeneran en patrioteros) y como es natural se siente orgulloso de las  bellezas  naturales que ofrece su país. Los españoles admiran el Tajo de Ronda y los americanos su Gran Cañón y ambos aparecen en guías  turísticas para pasmo de propios y extraños. ¿Pero religión? En el país con  más religiones del mundo el Sr. Ibáñez quiere crear una nueva.

Es cierto que el Gran Cañón del Colorado es visitado por millones pero no en peregrinación por que el visitante no experimenta, a mi juicio, los transportes místicos propios de un  creyente en Lourdes o la devoción de un romero en Santiago o Jerusalén. Para mí que el americano medio, el hombre de la calle es poco dado a especulaciones espirituales.  Carece de imaginación y le atrae más que las bellezas naturales aquellas  que se deben a  la mano del hombre. Tantos visitantes van a recrearse anualmente  con el Cañón como los que ascienden a la plataforma de observación del Empire State  Building en Nueva York.  Estos, según las estadísticas, doblan los que admiran Mount Rushmore (que debe su interés a las efigies esculpidas de varios presidentes americanos) y cuadruplican los que visitan el Yosemite Park.

Cuenta también el Sr. Ibáñez que” América es Dios y el presidente su Único Hijo, su avatar, la encarnación de una idea, de una imagen colectiva y sagrada.”  Con todos los respetos para el autor del artículo, creo que exagera.  Después de vivir en este país más de cincuenta años puedo asegurar que nadie llega a tal nivel de abstracción. ¿Un Cristo reciclado cada cuatro u ocho años? Pero hay más. Para el Sr. Ibáñez, “matar al presidente es como matar a Cristo”. Obviamente el Sr. Ibáñez, está pensando en dos presidentes, Lincoln, asesinado en 1865 y Kennedy, en 1963. Dos héroe, dos  mitos, uno en el siglo XIX, autor de la emancipación de los esclavos  y otro  en el siglo XX, impulsor de la aventura del espacio. Es verdad que el ciudadano americano (y el ciudadano mundial) vio en la muerte de ambos presidentes  cómo moría algo suyo. Pero equiparar  este sentimiento de pérdida irreparable de un mortal al sacrificio del mismísimo  Cristo es pura desfachatez.  Además los presidentes asesinados no fueron solo Lincoln y Kennedy. En el siglo XIX, fueron dos más. El presidente Garfield (1831-1881) murió en la cama mayormente debido a incompetencia médica y el presidente McKinley, que lo fue al tiempo de la desdichada guerra hispanoamericana, también murió en la cama varios días` después de haber sido tiroteado por un anarquista. Históricamente, ambos no son sino  una nota al pie de página. Cristo murió por  salvar a la humanidad a manos del  Imperio Romano. Los cuatro presidentes murieron con honra,  pero  a manos de psicópatas.

Estoy de acuerdo en que según el Sr. Ibáñez los americanos son “muy activos, muy originales, muy atrevidos” y, sobre todo, con su aserto de   que “no existe ningún país donde el mérito personal, la originalidad y el esfuerzo reciban una recompensa tan alta y donde sea reconocido más rápido”. Pero,  continúa,  los americanos “no creen en el azar ni en la incertidumbre” ¿Qué no creen el azar? Entonces ¿qué pitan los casinos de juego? ¿Quién, sino América, creó el emporio que es Las Vegas? Y continúa: “Por eso quieren planearlo todo” “No saben improvisar”. De acuerdo en que la improvisación, fruto de la ineptitud o de la pereza, tan corrientes en España, no es algo normal  en USA. Pero en eso no se diferencian en nada de  los alemanes, los suecos, etcétera.  Aquí, en USA,  se planifica todo con un margen de contingencias negativas debidas al azar. Pero tampoco eso garantiza el éxito.  Varias naves espaciales se han perdido a pesar  del riguroso planeamiento en su lanzamiento.  Otras veces la extensa y profunda planificación queda en aguas de borrajas por una variedad de motivos.    Decidir no fabricar la versión estadounidense del avión supersónico comercial demostró ser un acierto.  Pero discontinuar la construcción  (por cierto muy cerca de Dallas, dónde vivo) del Super Conductor Super Collider o acelerador de partículas atómicas, debido a  exigencias presupuestarias, fue un serio error.

En definitiva, una pieza original pero que, en gran parte, no me convence.

 

 

 

 

 

EL CASAMIENTO ENGANOSO

Una boda como Dios manda

Una boda como Dios manda

EL CASAMIENTO ENGAÑOSO

 

Hace muchos años el Presidente  F.D. Roosevelt (y no recuerdo el contexto) manifestó que “todos nosotros (refiriéndose al pueblo americano) somos inmigrantes”. Y al decir esto decía verdad. Los únicos pobladores de los Estados Unidos que pueden considerarse auténticos americanos son los que antiguamente llamábamos en España “pieles rojas”. El resto vinieron a este país en sucesivas oleadas, empezando, en el siglo XVI,  por nuestros compatriotas (admitido asi a regañadientes por los anglos), luego los ingleses y en el siglo XIX y a partir de los ochenta de dicho siglo y hasta los 30 del XX en masivos desembarcos de nacionales de muchos países europeos. Entre ellos  vinieron también algunos españoles, aunque pocos. ¿Para que emigrar a un país de habla inglesa cuando habían  otros muchos con el español como lengua propia?

Exceptuando  una ley que data de 1917 y que prohibía la inmigración de chinos la emigración a este país apenas estaba regulada. La primera legislación que afronto el hecho de la emigración se promulgo en 1924. Esta ley establecía cuotas por países. Asi España tenía una cuota de 250 inmigrantes al año y la Gran Bretaña otra de 68,000. Esta enorme diferencia reflejaba la proporción de españoles y británicos viviendo en Estados Unidos en el censo de 1920 puesto que el sistema de cuotas se habia elaborada sobre las bases de población ateniendo a cuantos nacionales de países extranjeros habían sido censados en dicho año.

Fue en 1952 y despues en 1967 cuando la legislación migratoria creció en sofisticación y complejidad. En 1952 la exclusión  de chinos fue abolida y se creó un sistema de preferencias, y  en 1967 el sistema de cuotas por países también fue eliminado. Al mismo tiempo se abrieron las puertas a la inmigración latinoamericana incrementando el número anual de visados inmigratorios.

La guerra mundial (1939-1945)  y sus efectos causo una gran éxodo europeo que al tratar de radicarse en los Estados Unidos  se encontró con una valla inmigratoria que forzaba a los que soñaban con vivir  aquí a esperar a que le llegara su turno. Fue entonces, en los años cuarenta que vi en Sevilla una película americana “: Si no Amaneciera” (Charles Boyer,  Olivia de Havilland y  Paulette Goddard)) que me impresionó. El personaje que encarna Charles Boyer  es un cínico“bon vivant”y  bailarín de profesión. La chica que encarna Paulette Goddard es  su compañera tanto de oficio como de cama. Ambos son  rumanos de nacionalidad y desplazados por la guerra. Llevaban meses y meses esperando en Tijuana(Méjico) a que se abriera  el cupo rumano y poder  inmigrar a los Estados Unidos. Era costumbre entonces abrir la frontera en ambos países por un día, el 4 de julio, fiesta de la independencia americana. Ambos americanos y mejicanos podían cruzar libremente la frontera y festejar el día en el país vecino. Asi  es como Charles conoce a una maestrita que con sus pupilos se habia adentrado en   Méjico desde San Diego (USA) para disfrutar de la festividad en un ambiente exótico.   Charles  con su labia y refinados modales europeos encandila  a la inocente y sencilla Olivia. Charles le propone casarse aquella misma tarde. Olivia, enamorada hasta el tuétano  no lo duda. Un juez de paz americano cruza la frontera, y les casa. Esto tiene lugar la víspera del  regreso de Olivia  a San Diego. Pasan la noche de bodas en el hotel donde se hospeda Charles y su amante.  Paulette, enterada de todo, cede su sitio en la cama que ha venido compartiendo con Charles. Este y la inocente y enamorada Olivia lamentan las pocas horas que faltan para su regreso y de ahí el título de la película. Olivia, por supuesto, no sabe que al casarse con Charles este ve abierta la puerta a los EE.UU pues el casamiento con un ciudadano/a americano/a queda fuera de cupo.  Y a Charles lo que le interesa es vivir en este país. Olivia le importa un comino. Olivia regresa a San Diego y Charles le promete reunirse con ella en varios dias mientras el cónsul americano en Tijuana prepara la necesaria documentación. Mientras tanto Olivia descubre la tramoya. De todas formas, todo al final se resuelve favorablemente y dulcemente para todos y el espectador sale del cine con una sonrisa.

Dije antes que la película me impresionó, no por el argumento, sino porque ilustra la desesperación de los miles de europeos que, vapuleados por los avatares de la guerra suenan con un con un futuro llenos de promesas y de paso nos introduce a las peculiaridades del fenómeno inmigratorio de los Estados Unidos.

Quien me iba a decir que muchos años después yo viviría en los EE. UU y que como abogado especialista en derecho de extranjería me vería enfrentado con situaciones como esta  infinidad de veces.

En el “El Casamiento engañoso” una de las  novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, el novio y la novia tratan de engañarse mutuamente. En “Si no amaneciera” y en los centenares de casos que pasaron (y siguen pasando) por mi despacho quien trata de engañar es el novio o la novia y, casi siempre, ambos. Pero el engañado en estos casos no son los contrayentes, sino la ley  de los Estados Unidos a través de su servicio migratorio .Unas veces, las más, por dinero, y otras por hacerle un “favor” al emigrante. Yo conocí el caso de un médico español que me confesó que contrajo un matrimonio de conveniencia con una buena amiga que se prestó a hacer el paripé para ayudarle a proseguir su carrera en este país. Tuvo suerte que el engaño pasó sin ser detectado.  Después de una espera prudencial se divorciaron y cada uno tiró por su lado. Irónicamente, el medico era homosexual.

Cuando yo entre en el ejercicio de esta rama del derecho me encontré con que, en el curso de los años el servicio de inmigración de los EE.UU. había elaborado una serie de esquemas que servían  a sus oficiales como guías para detectar situaciones fraudulentas que no podían  acabar sino en la denegación de las peticiones sometidas por los cónyuges. Estas guías se ajustaban básicamente a  tres conceptos: la edad de los peticionarios, su  raza y, algunas veces, pero raramente, su religión.  Si el marido ciudadano  americano era bastante mayor que la esposa extranjera no debería haber en ello  problema alguno, a menos que la diferencia fuera desproporcionada, por ejemplo, si él tuviera  90 años y ella 25. Pero si la extranjera peticionaria tenía  60 años y el marido americano 25, ahí  sí que podría haber  un problema. Automáticamente se le consideraba un “gigolo”.  En cuanto a las razas el servicio de inmigración no podía concebir que una estadounidense blanca se casara por amor con un extranjero negro, cualesquiera fuera sus edades. Hay que tener en cuenta que la miscegenacion, o sea el matrimonio interracial, prácticamente el matrimonio entre blanco/a y negro/a  era un delito en Texas (y en muchos otros estados) y, aunque raramente perseguido,  (quizás por lo raro) no fue hasta 1967 que tales leyes discriminatorias fueron abolidas.  En cuanto a la religión también presentaba sus problemas aun cuando en menor grado que en el de los factores edad y raza.

Siendo el matrimonio la casi única forma de evadir las demoras (que algunas veces constituían   (y lo sigue siendo)  años y años de espera pasaron (y pasan) por mi despacho infinidad de parejas listas para solicitar sus permisos de residencia permanente.. Con el tiempo adquirí un sexto sentido u olfato para discernir cual era la pareja autentica y cual se presentaba a primera vista como genuina pero que a mi veteranía olía a fraude a ojos vistas. A veces ni siquiera me molestaba en examinar sus credenciales. Un par de preguntas y la forma en que la contestaban me daban a entender que estaba ante un caso inaceptable. Cortésmente les advertía que no podía hacerme cargo de su asunto. Algunos se extrañaban (o hacían como que se extrañaban). En otros casos admitían  un matrimonio de conveniencia que no les llevaba a ninguna parte. Otras veces los papeles denotaban una serie de incongruencias que saltaban  a la vista. Por ejemplo, sin razón para ello, los cónyuges vivian separados y a muchas millas el uno del otro. Tengo que advertir que estos matrimonios artificiales, si descubiertos por el servicio de inmigración  eran y lo siguen siendo duramente castigados con penas de prisión y multa y en tales castigos incurren los abogados que se prestan a tales peligrosos juegos.

En los casos sospechosos el servicio de inmigración  sometía por separado a los cónyuges a un interrogatorio con idénticas preguntas, algunas relativas a su vida en común e incluso a intimidades que a veces dieron lugar a protestas que eventualmente fueron corregidas. Pero preguntas típicas eran en qué lado de la cama dormían uno de los cónyuges relativo al otro (e.g., a su izquierda o a su derecha); o de qué color eran  las cortinas en el dormitorio, etc. Después de este interrogatorio el oficial comparaba las respuestas. Si eran diametralmente difeerentes el tal oficial hacia sus conclusiones.

Frecuentemente el servicio de inmigración, antes de convocar a los cónyuges a la obligatoria “interview”,  hacia  un investigación preliminar. Una  investigación típica consistía  en una visita no anunciada al domicilio conyugal. Pero la visita se practicaba o a la madrugada o a altas horas de la noche. La idea era constatar si el matrimonio vivía junto, si hacían visa matrimonial: francamente si compartían la misma cama. La visita se hacía por dos funcionarios y casi siempre incluía una inspección del dormitorio conyugal. En muchas ocasiones sorprendían casos netamente fraudulentos.

Tuve una vez un caso que me mantuvo ocupado durante largos meses. Un  día se presentó en mi bufete una pareja que inmediatamente levantó mis sospechas. Era ella estadounidense de raza blanca, de cerca de cincuenta años más bien gorda; una obrera, sin más estudios que educación secundaria, si acaso. Él era africano,  de raza negra, alto y esbelto, de menos de treinta años. Estudiaba en una de las universidades del área con visado de estudiante. Llevaba varios años en dicha universidad donde habia hecho una licenciatura, un master y estaba preparando un doctorado. Hablaba inglés perfectamente y por su educación y modales saltaba a la vista que pertenecía a una clase social elevada en su país.

Me presentaron una denegación de su solicitud de residencia permanente emparejada con una citación para comparecer ante un tribunal de deportación a menos que ella, la peticionaria apelara la orden denegatoria ante la Junta de  Apelaciones Inmigratorias (“Board of Immigration Appeals”), situado en Virginia, a las afueras de Washington DC. La pareja, habia sido examinada someramente por el servicio inmigratorio  que  denegó su solicitud sin más explicación que las circunstancias externas que presentaban. Dichas circunstancias, a saber: edad, raza, clase social, educación e incluso aspecto físico estaban en su contra. Tales circunstancias respondían de lleno  a las conclusiones negativas de los esquemas que el servicio migratoria habia elaborado para detectar el fraude. Y sin embargo, después de hablar con ellos detenidamente puede colegir que me encontraba ante un raro y genuino caso de una realidad afectiva. La pareja daba a  entender, a pesar de lo poco que, al parecer, tenía en común, que se quería verdaderamente, que no habia rastros de engaño. En sucesivas visitas pude reafirmarme en mi convicción de que a pesar de las apariencias constituían una pareja que, por extraño que apareciera se amaba y quería vivir juntos con un común futuro.

Acepte el caso y planteamos la apelación. La Junta estimó el recurso, y  aunque no aprobó la solicitud de residencia revocó la orden denegatoria y devolvió el caso a su origen, o sea al servicio migratorio para que se realizara una investigación a fondo.

Dos o tres meses más tarde la pareja se presentó de nuevo en mi bufete. De nuevo traían  una orden del servicio de inmigración negando la petición, y citándole de nuevo a una comparecencia ante  el tribunal de deportación. Los hechos en que se basaban el segundo rechazo de la petición eran contundentes. Dos agentes del servicio se presentaron, como de costumbre sin previo aviso, en el apartamento de mis clientes sobre las cinco de la mañana. Pulsaron el timbre y al cabo de un rato, toda soñolienta, abrió la puerta una joven africana, en pijama y con señas de que se acababa de levantar  de la cama. Le preguntaran por la esposa de mi cliente y la joven les respondió que no se encontraba en el apartamento. Sin más los agentes se despidieron excusándose por lo intempestivo de la hora.

La orden denegatoria, después de este relato concluia que era obvio que mi cliente no solo no cohabitaba con su esposa sino que vivía con una chica que tenía en común con mi cliente, por lo menos,  tanto juventud como raza. La orden deducía que la petición era fraudulenta pues que a vista saltaba que no habia matrimonio autentico  que respaldara la petición. Extrañado pregunte a mi cliente que habia de verdad en todo esto. Mi cliente explico que la joven que abrió la puerta era una prima hermana  que acababa de llegar a Dallas, también con un visado de estudiante y que mientras encontraba alojamiento propio habia sido invitada a pernoctar en el piso de mi cliente por el tiempo que fuera necesario. “Y cómo es que su esposa no se encontraba en el piso”, pregunte. “Sencillamente” me repuso “le han cambiado el horario en su  empleo y ahora trabaja en el turno de noche”. La explicación era lógica y no tenía porque descreer a mi cliente.

La disposición denegatoria incluía también las respuestas de dos vecinos de la casa que habían sido interrogados y que afirmaban no haber visto últimamente a la esposa de mi cliente y si a joven chica africana, que según decían parecía ser la única mujer que habitaba el piso de mi cliente.

Como anteriormente preparé el recurso, que de nuevo me parecía viable. Es costumbre, en casos meritorios, que el abogado comparezca ante el tribunal de apelaciones  personalmente y respalde  la letra del recurso con una alocución supletoria.  El letrado contesta a las preguntas que el tribunal le formule y este se encuentra con más elementos de juicio para llegar a una decisión.  Contrariamente a la práctica forense en España en este país la intervención y comparecencia de abogados en causas tanta civiles como criminales no solo no es  obligatoria, sino que los propios  interesados en tales causas pueden (aunque raramente) presentar sus alegatos, interrogar testigos, etc. Aunque difícilmente  prevalecen dado, casi siempre, su desconocimiento de la ley  y la complejidad del sistema procesal. Como mis clientes carecían de recursos para costear mi viaje a Virginia (unos mil kilómetros) que incluía pasaje de avión y hotel,   propuse a mis clientes que  viajaran ellos mismos y se dirigieran al tribunal. La defensa jurídica estaba asegurada con el recurso de apelación que yo habia preparado cuidadosamente; asi que no tendrían que preocuparse en este aspecto. Lo único que tendrían que hacer es exponer brevemente al tribual la justicia de su causa. Más que nada lo que yo valoraba era la impresión favorable que causaría al tribunal el hecho de  verse dirigidos por una modesta pareja que habia viajado mil kilómetros en un coche desvencijado para reforzar la argumentación del recurso con su propia presencia.

Inmediatamente después de su regreso de Virginia  mi cliente me llamo para manifestarme la simpatía y buenos ojos con que el tribunal habia valorado la presencia física de la pareja. Más tarde me visitaron y me dieron detalles de la comparecencia, incluyendo las preguntas que les hicieron los cinco jueces del tribunal.

Varias semanas después falló el tribunal, que  no sólo estimó el recurso sino que, sin más, ordenó al Servicio que aprobara la petición. Habíamos triunfado.

Después le perdí la vista a estos clientes y no sé qué fue de ellos.

Hoy en día las cosas han cambiado radicalmente El reconocimiento de los derechos humanos, los derechos civiles, la abolición de las leyes contra el matrimonio interracial, la liberación de las costumbres, que ha hecho posible  que  mujeres más que maduras  siguiendo el ejemplo de personalidades del cine y de las altas clases sociales no duden en contraer matrimonio con  jovenzuelos, etcétera, ha dado lugar a  que los antiguas guías diseñada para detectar uniones que entonces se consideraran fraudulentas hayan  pasado a la historia. Cualquier intento en negar una petición siguiendo los antiguos cánones se consideraría no ya  políticamente incorrecto sino ilegal.

Por otra parte la legislación inmigratoria ha creado nuevos controles y medidas contra el fraude que ha hecho posible que la incidencia de tales fraudes haya caído en picado. Se dá aún el fraude, el engaño pero no tiene comparación con lo que era en otros tiempos.

SARAH T. HUGHES

Juez Sarah T. Hughes

Juez Sarah T. Hughes

 

En 1962, cuando me faltaban poco meses para concluir mis estudios de derecho en la Southern Methodist University (SMU), en Dallas (Texas), descubrí que a pesar de ser residente legal de los EE.UU. y que estaría en posesión del equivalente americano a la Licenciatura en Derecho española no podría ejercer la carrera de abogado por una y única razón: no era ciudadano de los Estados Unidos. Para ello necesitaba completar cinco años de residencia (había llegado en 1958)  aprobar el reglamentario examen para la ciudadanía y prestar  el consabido juramente de  lealtad a los Estados Unidos en un tribunal federal. Este requisito de la ciudadanía para ejercer como abogado era (y es) una cuestión  estatal, no del gobierno federal.  Cada estado tenía su propio criterio no solo para el ejercicio de la abogacía sino  para otras profesiones. Y los criterios eran anárquicos y arbitrarios. Así, por ejemplo, en Texas se requería la ciudadanía norteamericana, no solo para los abogados, sino también  para los agentes de la propiedad; pero no, sin embargo,  para ejercer la medicina. Este tema es ya historia. En los años setenta un residente del estado de Nueva York, de origen italiano, demandó al gobierno del Estado, alegando la inconstitucionalidad del requisito. Ganó el pleito y consiguió que el tal requisito fuera abolido en dicho estado. Sucesivamente todos los estados siguieron el ejemplo neoyorquino y hoy un residente no tiene que hacerse  ciudadano para ejercer como abogado. Recientísimamente, California, tan pionera en tantos aspectos, ha llegado a anular el requisito de la residencia con el resultado de que un emigrante sin papeles puede tener acceso al ejercicio de cualquier profesión. Pero a mí me tocaron otros tiempos.

Porque  ahí no terminaban mis problemas. En España un licenciado Derecho entra en la carrera sin más que darse de alta en Hacienda. Por lo menos así era en mis tiempos. No en los Estados Unidos. Aquí, la simple posesión de la licenciatura no le vale a uno para colgar el título de “abogado”. Aquí había (y hay)  que pasar por un duro examen de reválida de la carrera.  Este examen se administraba dos veces al año en la capital del estado, o sea, en Austin. Consulté el calendario y comprobé que mis cinco años de residencia finalizaban  el cinco de Septiembre de 1963, que era sábado. A partir de tal fecha yo podía comenzar los trámites para solicitar la ciudadanía, a cuya finalización sucedía un término mínimo de espera de  treinta días. Al final de estos treinta días de espera, o sea el 6 de Octubre habría de celebrarse la solemne ceremonia de prestación del juramento de lealtad a los EE.UU.  delante de un juez federal.  Pero el examen de reválida de la carrera,  el “bar exam”, un ejercicio que duraba día y medio, comenzaba, en Austin, al siguiente día, el lunes  7. O sea que si quería tomar el examen de reválida  el día 7 no me quedaba otra fecha para la prestación del juramento que el domingo día 6. En este país como en cualquier otro excepto Israel y el mundo musulmán, el domingo es día inhábil para todos los efectos, incluidos los tribunales.

Yo tenía mucha prisa  por  reanudar el ejercicio de la abogacía, que después de ejercer en  Sevilla durante diez años había interrumpido por cinco. No diría que desesperado, pero frustrado sí que me sentía. Dándole vueltas la cabeza se me ocurrió una salida. Solicitaría autorización para, sin posesión de la ciudadanía,  tomar el “bar exam” el día siete, ofreciendo como contraprestación,  esperar la licencia o permiso para ejercer la carrera hasta que no hubiera obtenido dicha  ciudadanía. Me dirigí al presidente de la junta que administraba el examen  y casi de rodillas le supliqué hiciera un excepción en los términos que ofrecía. Me dijo que no.  ¿Qué hacer? ¿Cómo, por los clavos de Cristo, sería posible concluir los trámites de la ciudadanía antes del 5 de Octubre, prestar el juramento el 6, domingo,  y viajar a Austin el 7? La alternativa era esperar seis meses y presentarme en Abril de 1964 para el examen de reválida. Y yo no quería esperar seis meses mas.

Pensando y requetepensando de pronto se encendió una lucecita en mi cerebro. Sarah Hughes. Pero para continuar  tengo que retroceder en el tiempo. Yo habia obtenido una beca de graduado (”fellowship”)  para cursar una maestria (“Master”) en Derecho Comparado en SMU. Normalmente debería haber salido para los EE.UU. con un visado de estudiante. Sin embargo, por razones ajenas al hilo de esta historia y que puede que cuente en otra ocasión porque no deja de ser interesante, salí de Sevilla con un visado de residente, o sea como un inmigrante, aunque ni yo  ni mi mujer pensábamos entonces en radicarnos en USA sino volver a Sevilla. (Al obtener el Master, en Mayo de 1959 cambiamos de opinión y optamos por quedarnos).  Aunque portador de mi visado de residente y nó de estudiante,  yo estaba incluido en el contingente de becarios extranjeros en SMU y participaba con ellos de todos los eventos, funciones, invitaciones, incluso viajes por el estado de Texas, generosamente subsidiados,  como tal estudiante extranjero. De vez en cuando una personalidad de relieve en la comunidad nos reunía y nos daba una charla sobre tópicos que nos podía interesar. Una de estas personalidades fue Sarah Hughes. Esto seria a finales de 1958 o  principios del 1959. Sarah Hughes era una mujer ya sesentona, bajita, de apariencia débil en su persona. Pero esto era solo una apariencia, que se disolvía tanto pronto hacia uso de la palabra. Tenía una vez poderosa  y un aire así como de “ordeno y mando”.  Sarah Hughes era juez federal. A diferencia de los jueces estatales, que son elegidos periódicamente y están a la merced del electorado  y sujetos a los vaivenes de la política, los jueces federales son designados de por vida por el presidente de los Estados Unidos y confirmados por el Senado.  Siendo vitalicios, gozando de total independencia y  ajenos a la presión política (aunque esto no  quiere decir que en sus decisiones no se inclinen por una determinada línea de pensamiento y conducta) los jueces federales poseen un extraordinario poder de decisión del que carecen los jueces estatales. Al terminar su charla Sarah Hughes nos manifestó que si en cualquier momento necesitáramos de su ayuda para algo que valiera la pena que no dudáramos en contar con ella. Aquella se me quedo grabado en la cabeza.  En el transcurso de los años que sucedieron a  ese primer contacto  seguí sus actuaciones a través de los medios, donde su nombre figuraba a menudo en decisiones en los que siempre se inclinaba por los pobres, por los necesitados, por las minorías raciales y religiosas. Eran aquellos tiempos de gran conmoción política pues lo tribunales federales, empezando por el Supremo habían forzado al gobierno a ceder en su pugna por negar derechos civiles a tales minorías. En ello Sarah Hughes descollaba en la comunidad.  Pensé que ésta era la persona que me podía ayudar, maxime cuando siendo el Servicio de Inmigración una agencia federal, solo un juez federal podría ordenar lo que fuera necesario. Así pues, averigüé su número de teléfono, hablé con una de sus asistentes en su juzgado  y me dio una cita. Acudí a la cita, me invito  a sentarme en una salita adjunta a la sala de juicios y me oyó atentamente.   “Muy bien, no se preocupe, estará usted en Austin el día 7. “Pero, señora, si la ceremonia es el domingo día 6”, alegué respetuosamente. “Le he dicho, que no se preocupe. Yo lo arreglare todo. Usted lo único que tiene que hacer urgentemente es presentar su solicitud de ciudadanía. Una vez que el Servicio le acuse recibo me llama y me dá usted el número que se le ha asignado al caso. Del resto me encargo yo”.

Contentísimo regresé a casa y efectivamente al día siguiente presente la solicitud y a los pocos días pude notificar al juez el número del caso.

Sería como el 3 o 4 de Octubre que recibí la notificación de la celebración de la ceremonia del juramento, fijada  para el domingo día 6 de Octubre a las nueve de la mañana. Esta ceremonia, que obligatoriamente tiene lugar en día hábil implica  a varios y a veces muchos candidatos a la ciudadanía. Es costumbre que asista una representación de las Daughters (Hijas)  of the American Revolution”, una organización patriótica femenina que acude a acontecimientos de esta índole y reparte banderas americanas en miniatura. Generalmente hay discursos, asiste la prensa, radio y televisión. Aquella mañana dominguera del 6 de Octubre  no había alli nadie más que el Juez, su asistente, yo con mi familia y unos pocos amigos y, con caras largas, dos funcionarios del Servicio de Inmigración que se preguntaban quien  es este tipo tan importante que nos  ha hecho sacarnos de la cama en un domingo.

Y así es como me hice ciudadano americano. Quizas sea yo la única persona en este país que ha recibido la nacionalidad norteamericana en un domingo. Algunos de mis amigos me comentaban en broma (y yo creo que también en serio) que la tal ceremonia era nula por haberse celebrado en domingo. No lo sé. Pero en fin, hasta ahora nadie se ha quejado.

La legislación americana entonces y ahora, penaliza (salvo algunas excepciones) a los nacionalizados con la pérdida de su ciudadanía de origen. Como también lo disponía y creo dispone  el Código Civil español. Asi es que perdí la nacionalidad española.  Algunos años más tarde se promulgó una reforma del dicho Código Civil  que autorizaba a los ciudadanos españoles que habían perdido la nacionalidad  por razón de trabajo a recuperarla aduciendo las correspondientes pruebas. Me acogí a esta ley y en esto me ayudó bastante el quizás mejor cónsul español que ha aparecido por estos lares: Ricardo Martí-Fluxá, con quien hice buena amistad. Más tarde regresó a España y ocupó el puesto de jefe de los servicios de seguridad del palacio de la Zarzuela desde el que me envió, cuando fui presidente de la Casa de España, un foto dedicada de Su Majestad el Rey.

No puedo olvidarlo. Semanas mas tarde, el 23 de Noviembre de 1963, tuvo lugar el asesinato del Presidente Kennedy. Siguiendo el precepto constitucional el vice-presidente, Lyndon B. Johnson, le sucedia automáticamente en la presidencia una vez prestado el necesario juramento delante de un juez federal.  Rapidamente alguien busco, y encontró una Biblia. Faltaba un juez. Entonces Lyndon B. Johnson recordó que aquí en Dallas habia una juez de ideales democráticos y que además era amiga suya. Y fue asi a bordo del Air Force One, aparcado en el aeropuerto de Dallas, el Love Field, que Lyndon B. juró el cargo de presidente. ¿Y quien fue la juez que le tomó el juramento?  Mi protectora, Sarah Hughes.