Recientemente, con motivo de la publicación del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia se ha desatado una polémica en torno a la biografía del General Franco. Según el Diccionario Franco no fue totalitario, sino “autoritario”.
Tuve la ocasión de ver el en programa “59 segundos” de Televisión Española a varios periodistas de la cuerda socialista que se mostraban indignados con el Diccionario. Todos coincidían en calificar a Franco como “dictador”, aparte de asesino, criminal de guerra y otras lindezas por el estilo.
A mí esta discusión me parece lo que los anglosajones describen como una tempestad en una tetera. Las definiciones de estos conceptos, dictador, totalitario, autoritario, admiten pocas diferencias, ¿Fue Felipe II un dictador? ¿Un autoritario? Luis Suárez, eminente historiador y autor de la biografía, al ser interrogado por TVE sobre el tema matizó que al calificar a Franco como “autoritario” se había dejado llevar por la “conciencia histórica” no por la llamada “memoria histórica”
En la actuación del general Franco a partir de la sublevación militar de 1936 hay que distinguir tres períodos: el de la guerra propia (1936-1939); las dos décadas que siguen a la guerra (1940-1960) y finalmente, los últimos quince años de su mandato (1960-1975).
Vamos a asumir, complaciendo así a la jauría socialista, que tal actuación durante casi esos cuarenta años fue, sin tapujos, la de un dictador.
El período de la guerra apenas nos da pié para configurar la figura de Franco como “dictador”. Su primordial propósito era ganar la guerra. Hubo matanzas (en ambos bandos) en los primeros meses a cargo de organizaciones incontroladas. Franco se desentendió de los desórdenes de tal tipo que se produjeron en la zona llamada nacional. Como queda dicho, su único interés era proseguir la guerra hasta la victoria total.
Una vez terminada la guerra entramos en los horribles años cuarenta, quizás una de las épocas mas desastrosas en la historia de España. Para los que la vivimos fueron años de miseria, de hambres y también de epidemias (el tifus exantemático o “piojo verde” que mató a miles). Continuaron las alpargatas de tiempos de la Republica y, en el campo, el burro como medio de transporte del campesinado. La represión fue terrible. La Ley de` Represión contra el Comunismo y la Masonería se cobró a pocos comunistas que estaban o muertos, o escondidos o exiliados, pero hizo estragos entre los ilusos masones, quienes, en el mejor de los casos, perdieron sus carreras, o fueron condenados a largos años de prisión. También hubo muchas condenas a muerte. Pero (y esto lo ocultan los socialistas) también hubo muchos indultos. Y yo soy testigo de excepción. . Durante mi paso por la Auditoria de Guerra de la Segunda Division Militar, donde servi durante varios meses como Alférez de complemento (procedente de las Milicias Universitarias) pasaron por mis manos muchas “sumarias” (los militares llaman sumarias a lo que en el orden civil son sumarios) que hacían referencia a tales indultos. Los sumariados, conmutadas sus penas, salvaron sus vidas. Podría dar nombres pero ni es necesario ni lo aconseja la prudencia. Pero Franco, dictador, encuentra tiempo para hacer cosas que enriquecen al pais. Por ejemplo, vista la ausencia de inversiones privadas funda el Instituto Nacional de Industrias (INI) que sienta las bases para la creación de una sólida infraestructura. Nace la RENFE, fruto de la nacionalización de las antiguas compañías de ferrocarriles., como también se nacionalizarán los servicios telefónicos dando lugar a la creación de Telefónica. Internacionalmente, y asegurada la victoria de los aliados contra la Alemania “nazi” España parece dejada de la mano de Dios. Las potencias occidentales retiran sus embajadores. Francia cierra sus fronteras. Pero España no está para la política. Aunque el dictador dicta duramente los españoles no se rebelan. No seré yo un cínico como aquel (Stalin) que al preguntársele “¿Y la libertad?, repuso “¿Libertad? ¿Para qué?” Pero francamente, con la libertad no se come. Y los españoles de los años cuarenta lo que querían por encima de todo era comer. Por eso, cuando unos cuantos miles de españoles procedentes unos del “maquis”: francés y otros licenciados del ejército del general Leclerc, con el que liberaron a Paris, se infiltran por el Pirineo aragonés vitoreando a la República y creyendo que el pueblo se sumaría a los “libertadores, ¿qué hace el pueblo? Pues el pueblo lo que hace es delatar su presencia a la Guardia Civil, que hace escabechina de ellos.
Pero a pesar de una rígida censura nada ni nadie pudo sellar la boca de los españoles. En cafés,en los tranvías, en la calles y plazas y doquiera se reúnan, los españoles despotrican contra el gobierno y las autoridades, muy a menudo al alcance de los oídos de agentes de la policía, uniformados o no que pululan por todas partes y que manifiestan una aguda sordera. El espionaje doméstico organizado por manzanas típico de la Cuba comunista (que tanto ama Izquierda Unida) y por el que los padres denuncian a los hijos y los esposos recíprocamente cualquier desviación de la línea del partido jamás existió en España. La España de Franco nunca fue un “Police State”, o sea un país donde la vida de sus habitantes está estrechamente vigilada por las fuerzas del Estado. El que no se metía en política era libre de hacer y decir lo que le diera la gana.
Los años cincuenta son testigos de una lenta pero segura recuperación de las calamidades de los catastróficos cuarenta. El INI crea fábricas de cemento, de productos químicos, de abonos. Se construyen pantanos, astilleros, se crean (o robustecen) siderurgias. Nace IBERIA y la RENFE repone el material ferroviario perdido en la guerra. Los Estados Unidos ven en España a un sólido aliado contra la guerra “fría” y el general Eisenhower, mas o menos entusiásticamente se abraza con Franco en Madrid. Vuelven los embajadores, se abre la frontera francesa. Se eliminan las cartillas de racionamiento. Los españoles ya no pasan hambre. Desaparecen las alpargatas. Los obreros industriales abandonan el tranvia y se desplazan a bordo de la “Guzzi” una motocicleta de baja cilindrada. En el campo desparece el burro y el campesino lo reemplaza por el “Mosquito” una bici con un motorcito de penetrantes decibeles que arruinan las siestas
Franco se rodea de un equipo de tecnócratas que sacan al país de la autarquía. La peseta sube, las reservas de oro y divisas crece. Empieza a vislumbrarse una clase media antes inexistente. ¿Y el dictador? La censura sigue siendo férrea Pero más que a la política dirige sus dardos a la creación literaria y sobre todo al cine y toda la parafernalia que le rodea. Un ministro de Información y Turismo, un meapilas llamado Gabriel Arias Salgado elimina segmentos de novelas y películas considerados “pecaminosos” , alarga faldas y bañadores en periódicos y revistas e incluso prohibe a los bañistas masculinos lucir sus torsos (“bajo multa de cinco pesetas”) obligándoles a cubrirse con un albornoz.
Y así llegamos al tercer período. Durante los años sesenta continúa, arrollador, el progreso económico. Son los años del “milagro español”. Franco se asesora por verdaderas eminencias. (Cuando uno compara a un Ullastres, a un López Rodó o a un Fernández de la Mora con la “Trini” (Trinidad González, actual ministra de Exteriores) Bibiana Aido (ex ministra “de Igual-Da”, la “miembra”:) o Pepiño Fernández Blanco (actual ministro de Fomento) nos damos cuenta a qué abismos hemos caído). Crece la infraestructura, Se construyen autopistas,y aeropuertos. La Seguridad Social funda hospitales y clinicas. Se crean Universidades laborales. . Crece y se ensancha la clase media. En sus peldaños inferiores los que tenían motos ahora tienen un SEAT 600. Los que prosperan arriba se compran una segunda residencia, en la playa o en la montaña. ¿Y el dictador? Pues el dictador cada vez dicta menos. El ministro Fraga Iribarne, autor de una nueva ley de prensa crea la auto censura. A su amparo nacen publicaciones tales como Cuadernos Para el Diálogo y Cambio 16 que se atreven a abordar temas que no mucho antes eran tabú. Como consecuencia de tal amago de libertad comienzan las disensiones. Los estudiantes se manifiestan y el clero joven (la Iglesia por fin ha reconocido sus errores del pasado) se acerca al obrero.
Durante los últimos cinco años de su vida Franco fue de nuevo objeto de repulsa internacional. Nueve terroristas fueron juzgado y condenados a muerte. Muchos jefes de estado, incluido el Papa protestan o piden clemencia. Entre los que protestaron se encontraba Luis Echeverria (el de la viga en el propio ojo) presidente de la República de Méjico. Bajo su mandato y obedeciendo sus órdenes fuerzas del ejército mejicano masacraron a muchos estudiantes que se manifestaban contra su gobierno en la Plaza de l;as Tres Culturas en la capital mejicana. Pero entonces (1969) esto no se conocía porque durante muchos años la matanza se mantuvo en secreto. En fin, Franco presidió el Consejo de Ministros que analizó las peticiones de clemencia. Hubo una votación. El resultado de la misma fue que cuatro de los terroristas fueron indultados.y sus condenas de muerte conmutadas por cadena perpetua. La sentencia de muerte impuesta a los restantes por los tribunales (no firmadas por Franco, como no se cansan de decir sus detractores) fue confirmada por el Consejo. Llovieron las protestas. ¿Qué hizo el pueblo español? ¿Se unió a la indignación internacional?. Ni por supuesto. . Como una piña se adhirió a Franco y cientos de miles le aclamaron en Madrid. El Jefe del Estado
correspondió a los vítores en el balcón del Palacio Real alzando su mano parkinsoniana con gesto de acusada fatiga.
Pasado este triste acontecimiento Franco declina a ojos vistas. Ya no dicta nada. Se duerme en los Consejos. Ni hace ni deshace. Su agonía es lenta. En los Estados Unidos algún cómico hace un chiste fácil: “Franco esta todavía muerto” Fallece el 20 de` Noviembre de 1975. La opinión internacional no le ama. Pero le respeta.
Se me preguntará qué tiene que ver la polémica sobre si fue o no fue un dictador (que nosotros, para cortar por lo sano, hemos convenido en que si lo fue) con los logros de su régimen. Muy sencillo. Sus enemigos coinciden, en afirmar, “ad nauseam”, que fue, no solo un dictador, sino un asesino, culpable de cientos de miles de fusilamientos, un genocida. Más aún, en su inquina pretenden hacer creer a los incautos que le escuchan que calamidades tales como las que acaecieron en los años cuarenta, se manifiestan, repetidamente, a lo largo de los casi cuarenta años de su mandato. Por el contrario, ocultan los inmensos beneficios que el régimen de Franco proporcionó al país. Lo grave es que los que así le escuchan son, cada vez en mayoría, gentes que nacieron después de la muerte de Franco. Desaparecida la verdad en los libros de texto la gente joven está a merced de embusteros y falsificadores de la Historia. Es necesario, por tanto, poner los puntos sobre la íes.
Dos cosas hay que los falsificadores de la Historia no le perdonan a Franco: uno, que murió en la cama, y no colgado de un gancho carnicero, como Mussolini. La otra, que no se llevó un duro de las arcas del Estado.
Podrán derribar sus estatuas, erradicar medallones, cambiar los nombres de las calles, vilipendiar su nombre, si es que le nombran, en libros de texto, exhumar sus restos del Valle de los Caidos (algunos sugieren dinamitar el monumento), e incluso “revisar” el Diccionario Biográfico. Pero hay algo que no podrán desvirtuar ni negar. Y es que Franco, el mejor gobernante de la historia de España desde Carlos III, recibió una España feudal, agrícola y semi analfabeta y la dejó moderna, industrializada e instruida. . Y sobre todo, construyó, de la nada, una robusta clase media , que por ironías de la vida, engendró a nietos que hoy pretenden desconocer que sus ancestros se beneficiaron, y mucho, de las oportunidades que gozaron durante el franquismo. Eso fue lo que hizo Francisco Franco Bahamonde.



