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TRES AMIGOS

Una de las desdichas de la vejez es la soledad. Aunque yo no me puedo quejar. Con mi Judy es mas llevadero. Compartimos juntos la tristeza de ver como años tras años van desapareciendo los amigos de nuestra infancia, adolescencia y primera juventud. Como he dicho y escrito tantas veces. Becquer se equivocó rimando qué sólo se quedan los muertos. Y de los vivos, ¿qué?

Hace unos años un conocido mío, me dijo algo que se me quedó grabado en la cabeza: que sólo se hace amigos en la infancia. No es del todo verdad. Judy y yo hemos hecho muy buenas amistades despues de cumplir los cincuenta años; y después. Pero la excepción confirma la regla.

Con verdera nostalgia traigo hoy a mi blog las semblanzas de tres queridos amigos. Disfruto muchísimo contando sus vidas y mi interacción con ellos.

Antonio Marcos Estrada

Nos conocimos en el año 1935, hace la friolera de ochenta y siete años. Él era algo menor que yo, casi un año. Cursábamos el primer año de bachillerato en el colegio San Fernando, una institución, francesa de origen, regentada por los hermanos Maristas. La República de 1931,en vez de expulsarlos, castigo que reservó para la Compañía de Jesus, vulgo los jesuítas, los dejó vivos bajo la condición de abandonar la sotana, la que volvieron a usarla (como también regresaron los jesuitas) al producirse la sublevacion militar en 1936 y quedar Sevilla, desde el primer día, en la zona “nacional” dominada por el general Franco. Con todo, como estábamos en plena república y el gobierno no convalidaba los exámenes de fin de curso realizado por las órdenes religiosas, tuvimos que examinarnos en el instituto estatal de segunda enzeñanza “San Isidoro”, en la calle Trajano.

Antonio era altísimo, algo si como un metro ochenta (como lo era su padre). Era muy moreno y el pelo ensortijado. Antonio vivía en la calle Santa Clara y yo en Juan Rabadán, ambas en el barrio de San Lorenzo Así pues caminábamos juntos dos veces al dia, coincidiendo con las dos salidas del colegio,al medio día, para almorzar, y a las seis, fin de la jornada escolar. Nos despedíamos a medio camino, en la plaza de San Lorenzo. El padre de Antonio era funcionario municipal. Lo veo ahora como si estuviera presente: alto, muy delgado, fumador empedernido, con los dedos manchados de nicotina, vistiendo un traje de rayadillo y tocado con un sombrero de paja. La madre de Antonio era una mujer bellísima. Tambien alta y delgada, siempre sonriente. Era maestra nacional, y, por lo que oía, de gran reputación profesional. Antonio tenía un hermano, mas joven, a quien, sorprendendentemente, jamás conocí. ¿Donde se metía? Fuí a su casa infinidad de veces pero nunca coincidimos. Ahora que lo pienso quiza habría algo oscuro en todo eso. ¿Tendría algo que ver con el hecho de que su tal hermano (cuyo nombre no recuerdo) murió prematuramente alcoholizado?

Tambien tenía Antonio una hermana, la mas pequeña de los tres, también bella como su madre. Se llamaba Maruja. Con el tiempo casó con Enrique Sánchez Pedrote, profesor adjunto en la Universidad de Sevilla, musicólogo y de una simpatía extraordinaria. Era muy querido en Sevilla.

Aquellos años del bachillerato, excepto los jueves, nos veíamos poco. Al despedirnos en la plaza de san Lorenzo , a la caída de la tarde, y continuar yo para mi casa, sabía que no podríamos vernos hasta el día siguiente porque Antonio estudiaba la interminable (siete años) carrera de piano. Esta era una labor en la que la madre de Antonio, doña María, tenía sumo interés. Antonio la obedecía pero yo sabía que él no ponía su alma en ello. Terminó la carrera y abandonó para siempre el piano. En reuniones y fiestas y si había uno disponible, y solo después de insistentes ruegos accedía a tocarlo y con bastante destreza pero poco interés. Ya de casado, que yo recuerde, no tenía un piano en su casa. Sin embargo, le gustaba la música clásica, y la ópera, y más de una vez le acompañé a conciertos y representaciones.

A mï me encantaba reunirme con Antonio los jueves, en los que no teniamos clases por la tarde. La casa de Antonio (aun recuerdo su número en Santa Clara, el 33) estaba frente por frente al conocidísimo convento de Santa Clara. Era tan conocido porque en uno de sus jardines se alzaba la famosa torre de Don Fadrique, que databa del siglo XIII. Don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio (quien terminó por ajusticiarlo, como era costumbre en la época) construyó esta espléndida torre de unos sesenta metros de altura y estilo románico/gótico como vigía contra las incursiones de la morisma. Hay varias leyendas sobre esta torre y don Fadrique, pero no nos desviemos de nuestro tema.

Lo que nos atraía de la torre era que podíamos acceder a la cima (que ofrecía una espléndida vista de la Sevilla pequeñita de hace ochenta y ocho años) escalando una escalera de espiga, cosa facilísima a nuestra edad. Antes de arribar al tope de la torre nos estremecía un estruendoso ruido de alas en vuelo. Eran las palomas que anidaban en el rellano de la última planta.

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La Torre de Don Fadrique

Antonio era muy inteligente (genio matemático) y terminó el bachillerato con altas notas. Antes o poco después de terminarlo murió su padre. La familia quedó en exiguas circunstancias. Antonio tuvo que trabajar para ayudar a la familia sin dejar por ello sus estudios universitarios (estudiaba Química, quizás por libre). Recuerdo muy bien verlo, a bordo de una ruidosa Guzzi, moto de baja cilindrada, dirigiéndose a gran velocidad hacia su trabajo. Creo recordar, que este, su primer empleo, fue con la fábrica de cerámicas Pickman donde era jefe o quizas subjefe, de personal ( ¡a los 19 años! ) Me contaba los apuros que pasó en una ocasión al enfrentarse con un grupo de cien obreros que amenazaban con un plante. Supo dominarlos. Porque Antonio, entre sus varios talentos, poseía el de saber mandar.

Al terminar la carrera Antonio encontró trabajo en el Instituto de la Grasa, una Institución dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que operaba en un imponente edificio de nueva planta contiguo al campo de fútbol del Real Betis, en Heliópolis. Al cabo de varios años Antonio encontró un empleo mas afines a su vocación. Porque a Antonio no le interesaba gran cosa la Quimica. Quizás debido a influencia de su padre, que era lo que entonces llamábamos perito aparejador y que trabajaba para el Ayuntamiento de Sevilla como inspector de obras, lo que le interesaba a mi amigo era la arquitectura. Antonio fue un arquitecto frustrado. Porque en aquellos tiempos, en los que Sevilla no contaba con una escuela de arquitectura, para ser arquitecto habia que mudarse a Madrid o Barcelona algo que su familia no se lo podía permitit. Su nuevo empleo fue con una constructora sevillana, SAIRU, que a la sazón llevaba a cabo la construcción de unos bloque de pisos de lujo en el Prado, a la trasera del recinto reservado para la Feria de Sevilla, antes de su reubicación en el barrio de los Remedios. SAIRU pronto descubrio su valía, tanto que además de un puesto en el consejo de administración y un generoso sueldo le ofreció, a precio de costo, uno de los pisos en construcción. Antonio aceptó la oferta y una vez terminado el piso lo alquiló a una pareja de aquellos norteamericanos que se asentaron en Sevilla a raiz del tratado de Mutua Ayuda y Defensa que el gobierno español y el de los EE.UU. concluyeron el año 1952. Se acabaron las penurias. Antonio había alcanzado un nivel de afluencia muy superior al resto de sus amigos y compañeros universitarios, pero a costa de un régimen de trabajo brutal que apenas le daba tiempo para el ocio. Pero Antonio no se quejaba; al contrario, disfrutaba. No he conocido a nadie, en mi larga vida, con tanta dedicación y amor a su trabajo.

Ya en edad militar Antonio y yo coincidimos en el campamento de las Milicias Universitarias en Ronda (IMálaga) en i946, el de alférez (de complemento) de artillería y yo con el mismo grado pero en infantería. Incluyo una orden del dia en Julio de tal año en el que nuestros nombres aparecen juntos con expresión de los deberes que nos corrrespondía

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Un desgraciado noviazgo me aisló de Antonio durante varios años. Fue un noviazgo a la antigua usanza, con visitas diarias después de mis estudios o trabajo, y paseos dominicales con la “carabina”. Fueron años estériles, la peor época de mi vida. Cuando rompí con mi novia y dispuse libremente de mi tiempo reanudé contacto con Antonio. Para entonces el había formado amistad con varios sus compañeros universitarios. Me uní al grupo, que me acogió con curiosidad y luego con afecto. Algunos de ellos llegaron a ser buenos amigos míos.

En 1953 conocí a Judy, hoy mi mujer, con la que llevo casado 66 años. En aquel entonces Judy era profesora del Instituto Británico y vivía, sola, en Sevilla. Nos hicimos novios y pronto se unió conmigo al grupo de amigos de Antonio

Judy en 1953.

Unos cuantos de este grupo eran, sin ser capillitas, entusiastas de la Semana Santa. Veíamos las cofradías no sentados en la carrera oficial sino en lugares estratégicos seleccionados por Antonio, quien tenía la rara habilidad de calcular con precisión a qué hora un determinado paso,de virgen o cristo, tendría que pasar por el lugar escogido. El efecto era mágico: un ángulo especial en cierta esquina, un crucifijo midiendo la estrecha calle de Placentines, los rayos de un sol decadente traspasando los varales de un paso de virgen, en fin, esos momentos que hacen a la Semana Santa de Sevilla única y especial.

Entre paso y paso entrábamos en algun bar a degustar vino de jerez con sus correspondientes tapitas. A esto, en consonancia con lo que estábamos celebrando, le llamábamos hacer el via crucis. Después del tentepié salíamos a la carrera hacia siguiente lugar, Antonio liderando el grupo con la guia oficial en la mano. Y así hasta el otro dia. Llegábamos a casa derrengados pero felices.

El grupo universitario al que pertenecía Antonio y al que me uní, con Judy, estaba abonado a una caseta de la feria de abril, para cuyo sostenimiento mantenía un fondo al que cada socio contribuía una cantidad mensual a través de los años. Las festividades de feria eran de un gozo infinito. La genta llegaba a su recinto en el Prado de San Sebastián sobre las doce del mediodía a contemplar el desfile de coches y caballos. Después, a almorzar en la caseta. Los que no iban a los toros se iban a casa, a dormir la siesta de rigor y aparecian en la caseta sobre las ocho o así. Las chicas iban vestidas de flamenca; las mayores, algunas de ellas, lucían su mantón de manila, Los hombres, cómo les daba la gana. No existia la costumbre actual, que juzgo absurda de usar chaqueta y corbata. Los mas jóvenes bailaban las sevillanas, hasta el hartazgo, a los acordes de un piano alquilado. Siempre había alguno (nó Antonio) que sabía tocarlas. Nadie se emborrachaba, o muy pocos, ni habia necesidad de mantener el orden para garantizar una noche de paz y regocijo.

A todo esto Antonio estaba desemparejado. Creo que fué en 1954 o 1955 que Antonio conoció a Maruja Ortiz, quien pronto se unió al grupo durante la Semana Santa o Feria, pues ella residía en Madrid. Maruja era diez años mas joven que mi amigo, una verdadera cría. Su padre era un eminente sevillano, don Luis Ortíz Muñoz. Don Luis era profesor de griego (clásico) en un destacado instituto de segunda enseñanza de Madrid. En los tiempos a que nos estamos refiriendo don Luis estaba en excedencia de su profesorado y ostentaba el cargo político de Subsecretario de Educación Popular, a las órdenes del ministro Ibáñez Martín. A él de debe, en parte, la creación de la Universidades Laborales. Maruja nos contaba como había acompañado a su padre a un viaje por Estados Unidos. Don Luis llevaba el encargo de de inspeccionar varias universidades y estudiar su organización y funcionamiento.

Un año el grupo decidimos ir al Rocío. Alquilamos un camión y llevábamos provisiones y bebidas para los tres días que pasaríamos juntos. Por la noche las novias dormían en la batea del camión, asegurada su privacidad con una improvisada cortina, y los hombres descansaban debajo del camión, vestidos y bajo mantas, para resguardarnos, en lo posible, del relente de la madrugada. El Rocio eran entonces un sencillo festival primordialmente religioso con una pincelada folklórica. En la aldea habia poquísimas edificaciones. Alli no había sino sevillanos y onubenses. No era el acontecimiento multinacional y frívolo que recogen las páginas del !HOLA¡ de nuestros días.

en 1956 me casé con Judy, en la Macarena, de cuya cofradía habia sido fiscal primero, siguiendo la tradición, pues mi padre había sido un mayordomo de leyenda. Como regalo de boda Antonio mandó construir una estantería para libros, de hierro, pintada en blanco que aún conservo.

En 1957 nació nuestra primera hija, Victoria (Vicky). Antonio fué su padrino de bautismo. Mi hermana Rosalía (q.e.p.d.) fué la madrina.

Le conocí varios coches. El primero fue el mítico SEAT 600, con el que, después de casarse, creo que en 1959 o 1960, estando ya nosotros en Estados Unidos, hizo el viaje de novios. Me escribía que su intención, y la de Maruja fué llegar a Roma. Pero se les acabó el dinero al lleg ar a la frontera italiana y tuvieron que regresar a casa. Que por cierto yo no le conocí otra casa, aparte de su piso en Jerez, al que viajé una vez en uno de mis viajes a España, que la de su piso en la calle Virgen de la Antigua, en los Remedios.

Después de varios años trabajando para SAIRU Antonio recibió una oferta que no podía rehusar: trabajar como director de obras para una firma de alcance global: González Byass. Como en SAIRU, se hizo indispensable. Al cabo de algun tiempo formó parte del consejo de administración . Encontró un piso en Jerez e iba a Sevilla a su otro piso en los Remedios para encontrarse con sus hijos, enfrascado entonces en sus tareas escolares. Una fiel sirvienta, a quien llamaban la Tata, cuidaba de los hijos e imponía orden y concierto. La Tata, adorada por Antonio y su familia murió en el seno d e ella.

Hice varios viajes con Antonio. El primero, que yo recuerde, fue a Mazagón, y nos acompañó su buen amigo, quien también lo llegó a ser mio, Serafin Márquez. Serafín vivía en Sevilla, donde enseñaba matemáticas. Luego sería profesor de la misma materia en la Universidad Laboral de Sevilla.Serafín, años mas tarde se casaria con Rocío, prima hermana de Maruja. Ambos, Serafin y Rocío, han pasado a mejor vida. El motivo de ir a Mazagon era, primero, el deseo de Serafin de saludar a su familia, pues él era natural de ese pueblo y segundo, pasar dos noches en la playa de Mazagón, que entonces estaba totalmente virgen. Serafin, con varios listones y sábanas construyó en un santiamén una cómoda y amplia tienda de campaña donde dormimos en unos colchones, que, como las sábanas, provenían de su casa. Recuerdo que fueron noches de luna llena. Caminábamos a lo largo de la orilla charlando de mil cosas y volviamos derrengados a la tienda, nos tumbábamos en los colchones……..y seguíamos hablando hasta que el monótono rugido de las olas en un marea creciente nos inducía al sueño.

No fué esta la única vez que visité Mazagón. Muchos años despues pasé unos días con Antonio y Maruja en el chalet que se habían construido en dicha playa. Y una tercera vez, años mas tarde, con Judy.

Con Antonio en Mazagón

Otro viaje, también con Serafín fué a un lugar, que no recuerdo, en la provincia de Huelva. A este viaje vino también mi novia, Judy. Viajamos en tren de única clase (tercera) rodeado de labriegos con sus correspobdientes gallinas. Nos alojamos en una fonda, limpia, pero sin cuarto de baño, ni agua caliente ni calefacción. ¡Y estábamos en el mes de Diciembre! Por aquellas calendas los novios no compartían la cama. Cada mochuelo a su olivo. Es decir, cada uno a su (gélido) cuarto. Pero éramos jóvenes y felices.

Con Antonio y Serafín en la provincia de Huelva (Foto tomada por Judy)

Otro viaje fué a la raya con Portugal, en la provincia de Huelva. Fuímos con un arquitecto de SAIRU. Yo estaba aquel verano de 1957 de “Rodríguez”. Judy estaba embarazada de Vicky y habia volado a Inglaterra buscando la compañia de su madre a la hora del parto. Villareal do Santo Antonio era un pueblecito como otro cualquiera de Andalucía con el mismo nivel de población. Con una diferencia; España no había salido aún de la autarquía, sin contacto, o mínimo, con el exterior. Así que nos encontramos en las modestas tiendas de Villareal artículos desconocidos en España: aspiradoras, aparatos de televisión, etcetera. Yo me compré una afeitadora eléctrica.

El añó 1958 viajé a lo Estados Unidos con una beca Fullbright de graduado (fellowship). Para evitar engorrosos trámites burocráticos Judy y yo acordamos volar para USA desde Londres. Yo me quedé en Sevilla un par de semanas atando cabos. Dió la casualidad, cuando me disponía a volar desde Madrid a Londres, que Antonio se encontraba en la capital de España. Pasé con él dos dias. Recuerdo que me acompañó a las oficinas de Iberia, que estaban en la planta baja del hotel Palace (el que por cierto fué la primera etapa en mi luna de miel) y me regaló un “best seller”, Memorias de un Señorito, de Darío Fernández Flores y que me lo dedicó recordándome que viajaba a un país donde se desconocía este género de la especie humana.

El verano de 1962, nuestra primera visita a España desde que salimos en el 58 para Estados Unidos, viajamos los dos matrimonios por la Castilla profunda. Seleccionamos Segovia y Ávila. No recuerdo si lo hicimos en SEAT 600 u otro coche. Disfrutamos mucho y al regreso, en Madrid asistimos a una representacion teatral, La Sirena Varada, de Alejandro Casona. Alejandro Casona era un autor republicano que había vuelto del exilio aprovechándose de la tímida política aperturista del ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne quien había sucedido al meapilas Salgado (todo tapado) que con Fraga, muy exageradamente, devenía en hasta la braga.

Mas tarde,creo que a fines de los ochenta,estando ya Antonio trabajando para González Byass me invitó mi amigo (Judy no vino a España aquel año) a hacer un viaje de inspeccion de las obras en curso en varias bodegas que su empleador poseía en otros lugares de España y que producían bebidas que no tenían nada que ver con los caldos jerezanos. Fué entonces que supe que González Byass, como otros bodegueros de Jerez, diversificaban su producción para proteger sus inversiones.

Salimos de Sevilla, no recuerdo en que coche y nuestra primera parada fuén Chinchón, un pintoresco pueblo en la provincia de Madrid. Entonces GB era propietaria del Anis Chinchón. Recorrimos el pueblo y pasamos la noche en su atractivo parador. Antonio mandó hacer una preciosa botella con los nombres de Judy y mío inscritos sobre la misma, que aún conservamos.

De Chinchón pasamos a Guadalajara, donde admiramos el palacio del Duque del Infantado, que creo hoy es un museo y de alli directo a Sigüenza donde contemplamos en su catedral la estatua del famoso Doncel de Sigüenza, Martín Vázquez de Arce, un militar de la guerra de Granada (siglo XIV).

Habíamos proyectado parar en Burgo de Osma y visitar su afamada catedral pero nos sorprendió una tempestad. Llovía a cántaros y no pudimos encontrar un aparcamiento. Desistimos y proseguimos hacia Soria. A todo se me ocurre ahora si esta “visita de inspección”, sin prisas y con tantas paradas, no era sino un pretexto que Antonio, que gozaba de plena autonomía en su trabajo,se había buscado para echar conmigo varios días disfrutando del turismo cultural que tanto nos gustaba.

En Soria paramos en su bello parador, lleno de evocaciones del paso por la ciudad de Antonio Machado. Y por fin llegamos a Logroño y a la bodega Beronia, nuestro proyectado destino, productora de un afamado vino de Rioja.

Nos despedimos en Madrid, donde yo tenía que hacer unas gestiones antes de embarcar para Estados Unidos.

En Septiembre de 1998, y después de muchos ruegos Antonio y my hermana Antonia (“Chica”) con sus respectivos cónyuges, Maruja y José Antonio Gómez Calleja, se decidieron venir a Estados Unidos a visitarnos. Confeccionamos un programa de viajes con los yo querïa mostrarles la honda influencia de España sobre EE.UU. Falló la visita a Nueva Orleans pues las fechas elegidas coincidieron con un huracán de esos que se lo lleva todo por delante. Pero aún quedaba Texas y Nuevo Méjico.

Alquilé un Volkswagen de siete plazas. Conmigo al volante, visitamos antes que nada la vecina Fort Worth, a 47 kms de Dallas, que se supone ser la entrada al Far West (Lejano Oeste). Desafortunadamente se desancadenó sobre nosotros una espantosa ola de calor que nos acompaño todo el tiempo de la visita.

Después de Fort Worth proseguimos en coche hacia San Antonio, Texas. San Antonio es una pintoresca ciudad cruzada por el rio San Antonio, cuyas orillas estgan plagadas de restaurantes de toda índole. Es eminentemente hispanoparlante, fuertemente influenciada por la cultura mejicana. San Antonio es la ciudad donde las señoras ricas mejicanas de la rica ciudad de Monterrey (Estado de Nuevo León) vienen a comprar ropa y cosmética. Mas importante San Antonio alberga un mito tejano y hasta nacional: El Álamo, que había sido una misión dieciochesca en el Virreinato de Nueva España

Para 1820 Méjico, que incluía Texas, se había independizado de España y en 1836,Texas, a su vez, se había proclamado independiente de Méjico.En dicho año y en El Álamo, por entonces secularizada y convertida en un fuerte, un puñado de tejanos resistieron el acoso de un numeroso ejército mejicano. El Álamo es un trasunto de nuestro Alcázar de Toledo en nuestra guerra civil, con la diferencia de que los que resistieron en el Alcázar fueron eventualmente liberados mientras que en El Álamo todos fueron masacrados. Hoy (y en 1998) el mito está conservado por las Daughters of the Texas Revolution (Hijas de la Revolución de Texas y recibe nutrido turismo estatal y nacional.

Pasamos la noche en San Antonio donde devolvimos el coche a la agencia que nos lo había alquilado y volamos a Alburquerque (sí, con dos erres en vez de la una nuestra), la capital de Nuevo Méjico (New México). Alli alquilamos otro coche, un Land Rover. Nuestro destino era Santa Fe. A pesar de su elevada altitud, hacía bastante calor. Santa Fe es una mis ciudades favoritas en Estados Unidos. Si la huella española en San Antonio está fuertemente erosionada por la cultura mejicana, en Nuevo Méjico, lo está, aunque bastante menos, por la de los indios nativos, los que en mi niñez llamábamos pieles rojas. Hay varias tribus en Nuevo Méjico: Apaches, Navajos (la mas numerosa) y otras. Aunque muchos estan integrados en la cultura de la mayoría, muchos también viven agrupados en reservas con su propio gobierno y cultura, protegidos por tratados entre las tribus y Estados Unidos. Algunas de estas reservas estan acotadas. Otras están abiertas al publico a determinadas horas pero no gratuitas.

Lo que mas llama la atencion en Santa Fe es el estilo de construcción llamado adobe, que impera en iglesias, oficinas públicas, hoteles, centros culturales,etcétera, agrupados en el centro de la ciudad, seguramente en obediencia a edictos municipales y para mostrar, con orgullo, esta expresión de la cultura indígena. Adobe son ladrillos hechos a base de agua, arena, arcilla y paja cocidos no al horno, sino al sol. A veces las vigas maestras, (y no maestras) de madera, por supuesto, sobresalen de la estructura proporcionando una inusual y atractiva imagen.

Nos alojamos en un maravilloso hotel, La Fonda. El exterior conformaba con el estilo adobe pero los espacios públicos del interior imitaba, con raro acierto, un palacio español del siglo XVII. Todo, mueblaje, ornamentos, cuadros, esculturas, tapices, armaduras posicionados con exquisito gusto lo transportaba a uno a una ensoñación de la época de la casa de Austria.

De Santa Fe pasamos a Taos, una encantadora y pequeña ciudad, estación de esquiaje y meta de las clases adineradas de Texas en busca de vacaciones invernales. Alli visitamos una reserva de la tribu de los navajos. Judy y yo la conocíamos pero nuestros huéspedes quedaron maravillados ante una experiencia unica.

Regresamos a Dallas desde donde nuestros visitantes volaron a Washington, D.C. donde se encontraron con Vicky y John, su marido y luego visitaron Nueva York como último destino.

Y un dia todo vino a su fin. Coincidentalmente me cogió en Sevilla. Judy no había venido a España en esta ocasión. Antonio venía maleando. Alguien me dijo que se encontraba muy grave. Volando me fuí a su casa. Cuando llegué estaba muerto. Fué el 5 de Octubre de 2004. Entré en su dormitorio a verle. Estaba solo. Su rostro aparecia sereno, plácido, tal y como si estuviera durmiendo. Besé su fria frente y de pronto arranqué a llorar como no había llorado desde que murió mi madre.

Yo tuve veneración por Antonio. Era bueno, generoso, sencillo. Ganaba mucho dinero pero no se le notaba. A mi tambien me quería. En realidad yo me sentía muy a gusto con Maruja y Antonio, como si estuviera en mi propia casa. Tan de la casa me consideraban que, como en los matrimonios de larga vida, no se retraían en enzarzarse en simples rencillas domésticas a las que yo asistía alborozado a sabiendas de que pronto terminarían como agua de borrajas. Todos los años me acuerdo de él el 18 de Diciembre, el dia de nuestra Esperanza Macarena: era el dia de su cumpleaños.

En su jubilación me buscaba y regalaba libros, me escribía largas cartas en las que me describía qué era lo que hacían el y su familia, y sus muchos nietos, algunos adoptados, procedentes de la India, y yo, a veces, le pedía consejo, como si fuera el padre que se me había ido. Por eso se me vienen a la memoria los legendarios versos de amor filial:

Dió el alma a quien se la dió

el cual la ponga en el cielo

y en la gloria

y aunque la vida murió

nos dexó harto consuelo

su memoria

José Manuel Jiménez Hoyuela

Su familia y los amigos le llamábamos “Josele”. Josele era bien parecido, mas bien bajo, pálida su tez, pero su cabello no era el oro undoso del Felipe IV de Manuel Machado. Era negro como ala de cuervo. Débil de constitución, nunca pudo saltar el potro en los ejercicios gimnásticos del veraniego campamento militar en Ronda (1944-1945). Era extremadamente nervioso. Tan nervioso era que no aprendió a conducir. Una vez que se ponía detrás del volante se echaba a temblar y no daba pié con bola. Tuvo que dejarlo. Cuando llegó a tener coche lo conducía su mujer o algunos de sus hijos.ü

Dios que tan avaro fue en negarle un físico y temperamento normales le compensó largamente dotándole con una inteligencia prodigiosa. Por supuesto que en el bachillerato fué el primero de la clase pero es que luego, en la carrera (Derecho) sacó sobresaliente en todas las asignaturas y ganó el Premio Extraordinario, lo que en los paises anglosajones llaman summa cum laude.

Josele, Antonio y yo en la Plaza de San Francisco., en Sevilla.Domingo de Ramos, 1942

Josele y yo éramos parientes lejanos. Así me lo dijo un dia el mismo. Yo no lo sabía. Por lo visto, los Hoyuela procedían de la provincia de Santander. Lo pude comprobar en una visita que hice hace varios años a la capital de Cantabria. De golpe y porrazo me encontré en plena calle con un poster que anunciaba el hotel Hoyuela . La conexión era a través de mi abuela paterna, Eugenia Martínez Bajuelo, cuya familia, y ella misma, procedían también de la misma región. Un apellido común, Gómez, enlazaba ambas familias.

Josele vivía en la calle Prada. Quién iba a decirnos que este nombre llegaría a ser, con el tiempo, uno de los iconos mundiales de la moda. La calle Prada, más que calle era una calleja sombría y maloliente, poblada de gatos sin dueños, a la espalda de lo que entonces llamábamos la plaza de los Carros (porque alli se alquilaban carrillos de mano), hoy, creo, plaza de Montesión. Su casa era, no maloliente, pero tan sombría como la calleja. Su padre juntamente con un hermano, Fernando, eran propietarios de una fábrica de muebles con una tienda de exposición y venta en la calle Sagasta. La fábrica estaba contigua a la casa.

En el primero o segundo año de la carrera Josele nos propuso a Manolo Morales y a mí que nos reuniéramos en su casa a estudiar. Lo pongo en cursiva porque en realidad de estudiar era poco lo que hacíamos. Después de dos o tres horas de incesante charla, (con un paréntesis para merendar), nos acordábamos del objeto de la reunion y a prisa y corriendo repasábamos los temas.

El padre de Josele, se llamaba también José. Era un hombre de la misma talla que Josele, delgado pero de fuerte constitución. Había como un rictus de amargura en su rostro. Don José había sido oficial de la Armada. Tuvo que renunciar a la carrera para hacerse cargo del negocio de los muebles al morir su padre prematuramente. Nunca le ví sonreír, aunque siempre fue muy afectuoso conmigo. De vez en cuando venía a saludarnos al cuartito donde “estudiábamos”‘ vestido como un obrero, él que era el director del negocio. Tampoco veíamos mucho a la madre de Josele, Matilde, una señora de gesto avinagrado y pocas palabras. Cuando lo hacía se dirigía casi siempre a Manolo, con quien tenía algo en comun: el abuelo materno de Josele, y el abuelo materno de Manolo fueron dos eminencias en la cúspide del poder y del saber locales. El abuelo materno de Josele, el padre de doña Matilde, don Manuel Hoyuela y Gómez fué en el último cuarto del siglo XIX y principios del XX un brillante abogado y renombrado político del partido liberal que fué alcalde de Sevilla, y el abuelo materno de Manolo, don Gabriel Lupiáñez Esteve, fue catedrático de Patología en la facultad de medicina de la Universidad de Sevilla, decano del colegio de médicos, y rector de la Universidad en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera. Evidentemente, dado los ilustres ancestros de mis amigos. yo no daba la talla.

Habia como un aire de tristeza en la casa de Josele. Yo pensaba que por un lado don José habia tenido que renunciar a su carrera de marino para dirigir un negocio forzado por las circunstancias y por otro una hermana de Josele (bellísima segun pude comprobar por fotografías) de nombre Magdalena, habia fallecido pocos años antes en plena juventud, cuando estaba a punto de casarse. Ambas tristes circunstancias podrían explicar la amargura que reinaba en el entorno de mi amigo.

En el segundo y tercer año de la carrera hicimos el obligado servicio militar en las Milicias Universitarias un programa bajo el que los estudiantes universitarios recibirían instruccion en dos veranos consecutivos en el campament militar en Ronda (Málaga). Coincidimos ambos y dormíamos (tambien con Manolo Morales) en la misma tienda de campaña.

Cuando me deshice del noviazgo que me amarró lejos de mis amigos descubrí que Josele y Manolo habían estrechado su amistad y estaban siempre juntos, frecuentando el Ateneo, un círculo que no me explico por qué no me había hecho yo socio porque a mi gustaba el ambiente y además tenía un gran biblioteca.

Al terminar la carrera Manolo y yo pronto encontramos bufetes donde hacer el aprendizaje de la abogacía. A esta labor le llamamábamos entonces la pasantía y al aprendiz, pasante. Esto creo que ha pasado a la historia. Josele estuvo un par de años sin trabajar y finalmente empezó a hacerlo con un maestro inigualable: el catedrático de Derecho Civil don Alfonso de Cossio, quien, por cierto, fué, al cabo de los años , mi contrincante en un caso de arrendamiento rústico.

Pero Josele, inteligentísimo como era, carecía totalmente de ambición. Y de fuerza de voluntad. Le tiraba más el ocio que el trabajo. Podría, si hubiera querido, haber tenido acceso, sin dificultades, no ya la as ordinarias (aunque bien retribuidas) plazas de Notarías o Registro y en Madrid o Barcelona, y no en un pueblacho o pequeña capital de provincia, destino usual para los menos dotados, sino a superiores posiciones tales como Letrado del Consejo de Estado, o de las Cortes, o a la carrera diplomática, o a una cátedra. Todo ello sin embargo requiere un esfuerzo, meses o años de duro estudio. Pero Josele no estaba para esa labor.

Además Josele era un hombre muy tímido, huidizo. Mi padre me contaba que algunas veces, aburrido, o esperando impacientemente a alguien, se apostaba a la puerta de su negocio en la calle Aranjuez a ver pasar la gente. La calle Aranjuez era paralela a la calle Imagen. Antes del ensanche de la última, Aranjuez era paso obligado para llegar a los Juzgados, en la calle Almirante Apodaca, porque Imagen era, por estrechísima, dificultosa para caminar sin riesgo de ser aplastado por el tranvía. Como es natural, pasaban por allí muchos abogados.Mi padre me contaba que cuando Josele pasaba por allí, en vez de pararse y saludarlo, como era de esperar tratándose del padre de un íntimo amigo, seguía su camino saludándole de reojo y sin parar. Mi padre le llegó a cobrarle antipatía. Yo le defendía alegando su timidez y alabando su inteligencia y lo buen abogado que era. Y mi padre decía:

-Será muy buen abogado pero como siga así no va a ganar un duro

Mi padre tenía razon. El ejercicio libre de la carrera es, y ya lo era, más que profesión, un negocio. Para triunfar en ella hace falta no solo inteligencia; hay que tener un modicum de lo que en mis tiempos llamábamos don de gentes que no sé a ciencia cierta si equivale o no a lo que hoy llamamos carisma. Es decir, algo que tienen los extravertidos, o sea, simpatía, agrado de tratar con el público (clientes en este caso) facilidad en hacerse de amistades y un largo etcetera. En los grandes bufetes de abogados en EE.UU. con los que estoy familiarizado, a esa capacidad de atraer clientes le llaman rain making, y al individuo, hombre o mujer dotado con esa capacidad, rain maker; literalmente, haciendo lluvias y hacedor de lluvia, respectivamente. En muchas de esas grandes firmas hay socios que pasan mas tiempo jugando al golf que trabajando en sus despachos. Por que es en sus clubs de elite donde se relacionan con potentados y,potencialmente, futuros clientes.

Josele carecía de tales dotes. Yo no se cómo estaba retribuido en el bufete de don Alfonso de Cossio. Por supuesto que no pasaba apuros. Vivia con sus padres, como la mayoría de nosotros, pero no podïa independizarse, Pero hete aqui que queda vacante la atractiva plaza de letrado jefe del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla. Esto ocurrió estando yo en los EE.UU. y, casi seguro, coincidiendo con el nombramiento (a dedo, como era de rigor en aquellos tiempos de dictadura) de Manuel Morales, el tercer amigo en esta historia. como teniente de alcalde del Ayuntamiento. Yo no se si Manolo influenció en el nombramiento de Josele para dicha plaza o si Josele tuvo un rival o rivales en aquel concurso oposición, si es que se convocó, o no. Pero da igual. En cualquier caso Josele, dado su enorme capacidad y preparacion, se hubiera llevado la plaza de todos modos.

Esta fue la salvación de Josele. El puesto de Letrado jefe, con una remuneración que sería adecuada le proporcionó una vida holgada y la posibilidad de casarse y crear una familia. El Ayuntamiento, además le permitía retener y apropiarse los honorarios de abogado con los que los jueces condenaban (no siempre) a las personas o entidades con los que litigaba el Ayuntamiento. Josele me contaba que en el resonado pleito que el Consistorio mantuvo con el hotel Alfonso XIII (entonces Hotel Andalucía), que ganó el Ayuntamiento, el juez condenó al hotel a pagar la minuta de abogado que Josele presentó al juzgado y que ascendía a un millón de pesetas, mismas que fueron al bolsillo de mi amigo, una cantidad más que respetable en aquellos tiempos.

Josele, tan tímido, encontraba difícil (término que hoy llaman complicado) relacionarse con mujeres. Con todo, encontró a una encantadora joven, Amparito, hija de un alto funcionario municipal con quien tuvo una feliz vida matrimonial. Los hijos tardaron en llegar pero una vez que encontró la tecla, llegaron en rápida sucesión, tres hembras y dos varones. Todo esto sucedió durante mi ausencia de Sevilla.

En 1952, en Abril, murió mi madre. Josele y Manolo Morales tenían proyectado viajar a Paris, porque por aquellas fechas las Naciones Unidas habían levantado el veto contra el gobierno de Franco y Francia habia reabierto su frontera con España. Viéndome tan desconsolado y para levantar mi espíritu ambos me propusieron viajar con ellos.

El viaje fue sensacional. Pasamos tres semanas en Paris (un verdadero lujo hoy con visitas turisticas que se miden por horas) la que pateamos de arriba abajo sin dejar nada que ver. En los últimos dias de nuestra estancia en Paris deliberáramos si cruzar el canal de la Mancha y visitar Londres. Nos preocupaba el costo pues nuestras bolsas estaban cada vez mas flacas. Estábamos hablando de esto en un café y decidimos visitar una agencia de viajes. En esto un fulano sentado en una mesa próxima a la nuestra y que por lo visto había escuchado la conversación arrastró su silla y sin pedir permiso se sentó a la nuestra. Después de excusarse se presentó con nombre y apellidos y como español de nacimiento. Quiero ayudaros, nos dijo. Advertidos que tuviéramos cuidado con sinvergüenzas y embaucadores le mirábamos con desconfianza. Pero pronto nos tranquilizó. Lo que quería, como compatriota (era un exiliado) era ayudarnos a ahorrar gastos innecesarios. No necesitan una agencia de viajes. Todo lo que tienen que hacer es tomar un tren en la estacion Gare du Nord y sacar un billete de ida a vuelta desde Boulogne-sur-Mere a Newhaven, en Inglaterra que incluía el paso del estrecho en un ferry. Desde allï a Londres toman ustedes otro tren. En Londres se alojan ustedes en el Spanish Club. (Nos dió hasta la dirección). Por ser ustedes españoles les cobrarán un precio baratísimo: una guinea (una libra y un chelín, en la denominación monetaria de la época) por noche, que incluye el desayuno. Así lo hicimos (previo visado consular) y todo salió tal y como nos lo había indicado aquel desconocido compatriota. Lo pasamos muy bien en Londres y visitamos lo imprescindible en los cuatro dias que pasamos alli. Una de las cosas que más nos llamó la atencion fue la cantidad de solares en el mismo cogollo de Londres, incluso contiguos a la catedral de San Pablo. Eran fruto de los bombardeos alemanes durante la segunda guerra mundial, que había concluido sólo siete años antes.

En mis visitas anuales a España no dejaba de visitar a Josele. Teníamos un ritual. Quedábamos en su oficina en el Ayuntamiento sobre la una de la tarde. Desde allí caminábamos un corto trecho a un bar en la calle General Polavieja, una paralela a Tetuán, llamado Mestres, hoy desaparecido, diagonalmente opuesto a la capillita de San José. Allí nos reuníamos con su cuñado Pepe García Guzmán, alto funcionario del Ayuntamiento y simpatiquísimo. Tomábamos un vino generoso de Jerez bastante caro, Don Zoilo, de Pedro Ximénez. La reunion, de pié en el bar, duraba, como mínimo dos horas y nos bebíamos tres y hasta cuatro catavinos. Gracias a las ricas tapas y el aguante que teníamos los tres, podíamos caminar ellos a sus casas y yo a mi casa (la de mi padre) o al hotel. Esto fue antes de que Judy y yo compráramos nuestro piso.

Después vino la jubilación. Me contaba , años después de jubilarse, que pasaba verdaderos apuros monetarios. Esto, en parte, era por su propia culpa, me contaba un amigo común que le asesoraba en el capítulo financiero. Por lo visto Josele mostraba la mayor indiferencia a invertir sus ahorros adecuadamente.

Ya no íbamos a Mestres. Nos citábamos en un café enfrente de su casa. en la calle Rioja. Algunas veces venía Amparito, su mujer, sola o acompañada por una o varias de sus hijas, y pasábamos un buen rato hablando de mil cosas

Después cayó en las garras del Opus Dei, del que, por cierto, yo supe y pude evadíirme bastantes años antes, viviendo yo en España. Josele había sido siempre liberal, abierto, y devino dogmático, rígido, inflexible. Me escribía cartas de diez y doce carillas por ambos lados que eran verdaderos sermones. Esto duró varios años. Yo le contestaba, con toda franqueza, que a mí me interesaba más su persona y su entorno que sus sermones. Hacía caso omiso e insistía. Una vez me dijo que que yo era el que más se le resistía a su labor de proselitismo. Por lo visto, yo no era el único de sus objetivos. Lo que me chocaba era que en estas prédicas no personalizaba, no se amoldaban a mi persona, parecian sacadas de un manual, que seguro reproduciría cuando dirigidas a otros de su rebaño.

Copio, en parte, de una carta que le dirigí el 28 de Diciembre de 1999, contestando a una suya en la que me instaba a que le escribiese a vuelta de correo. Lo hice el mismo día en el que la recibi:

Josele, lamento, aunque sé que lo haces con la mejor intención , que tu correspondencia se centre casi exclusivamente, (hoy totalmente), en la misma (no te ofendas) cantinela. Cuánto me agradaría que te olvidaras de vez en cuando de lo que tu llamas tu apostolado y me trataras como lo que soy, como un querido amigo de la niñez y no como un experimento de laboratorio (espiritual, conforme), una “presa” que se te resiste y que te está “dejando mal”. Cuánto más me agradaría que me hablaras de tí, de tu familia, de cómo fue la boda de tu hijo, quien es su mujer, etc., digamos por caso.

En vano. Siguió escribiendo en el mismo tenor hasta su muerte.

Creo que fué mi hermana la que me dijo que Josele había muerto. Murió el dos de Mayo del 2003 a los ochenta años. Un amigo común, Teodoro Carballo, me contó que a fines del año anterior sufrió una caida con fractura de la cadera. Después de haberse operado empezó a malear hasta su fallecimiento. Inmediatamente le escribí a su viuda, quien, como él me apreciaba mucho. Mas de una vez había comido en su casa y apreciado el riquísimo cocido que cocinaba a petición mia. Recientemente me he reunido en Sevilla con sus hijas, que son un encanto, quienes me regalaron uno de sus rosarios.

Yo quise mucho a Josele. Y el me quería a a mi. En más, me buscaba. Recuerdo que al terminar el bachillerato, y como yo dudase entre elegir derecho o medicina, Josele, que ya se había matriculado en derecho, me urgió: Coge derecho: asi estamos juntos. Sus sermones evidenciaban que se interesaba mucho por mi. Era una magnifica persona, buena, cariñosa, desprendida. A mí me hizo favores que no olvido. Que en paz descanse.

Manuel Morales Lupiánez

Lo que más llamaba la atención en su persona era su prominente nariz, heredada sin duda de su madre, una señora no muy bien parecida y cuyo nombre no viene a mi memoria. En unos de sus hermanos, Gabriel, la nariz llegaba a proporciones grotescas.

Por lo demás, Manolo era de mediana estatura, bien proporcionado de cuerpo, rubio y de ojos azules. Era ligeramente tartamudo. Manolo vivía muy cerca de mí, en la calle Teodosio una casa moderna, pequeña, constrastando con la mía, en Juan Rabadán grande, destartalada y construida a mediados del siglo XIX.

El padre de Manolo era más bien alto y, como él, rubio y de ojos azules. Muy caballeroso, cada vez que pasaba por mi casa, camino de su trabajo, y si mi madre estaba en el balcón viendo pasar la gente, saludaba sonriente alzando su sombrero. Don Manuel, que así se llamaba era dependiente de un importante comercio de tejidos llamado La Ciudad de Sevilla. Era un modesto empleo aunque él era unos de los seniors en la plantilla. Evidentemente con el sueldo, que calculo no daría para mucho, no podría mantener una familia de esposa y cuatro hijos. Pero su mujer no era una cualquiera. La señora de Morales era hija de don Gabriel Lupiáñez, a quien hemos descrito más arriba refiriéndome a Josele. Con toda seguridad habría aportado al matrimonio una importante dote.

¿Cómo un mero dependiente vino a casarse con la hija del rector de la Universidad de Sevilla? Indudablemente no podrían coincidir en los círculos de amistades de ambos jóvenes. Esto requiere una digresión. Don Manuel Morales, como queda dicho, era dependiente del almacén de tejidos más importante de la capital, Ciudad de Sevilla. Antes de la disponibilidad de prendas confeccionadas de calidad, lo que no tendría lugar sino a fines de de los sesenta, las señoras compraban telas en estos almacenes que luego llevarían a sus modistas para convertirlas en vestidos y demás. El acto de comprar estas telas era todo un rito. Y lo conozco de primera mano porque yo acompañé a mi madre muchas veces (más tarde serían mis hermanas) a la Ciudad de Sevilla de la que era clienta. Habia que telefonear y pedir cita con el dependiente favorito. El de mi madre se llamaba Flores. (Tengo referencias, que no provenían de mi madre, de que el Sr. Flores estaba secretamente enamorado de mi madre. Se me ocurre ahora si el llevarme a mí a sus compras no era sino una especie de escudo para disuadir al buen señor de insinuaciones románticas)

Una vez la cliente y el dependiente se encontraban cara a cara había primero unos minutos, más o menos largos, donde cliente y dependiente intercambiaban primero noticias de las respectivas familias y luego de la sociedad en general: Quien se casaba, quien se separaba, (no existía el divorcio) pedidas de novia quien se arruinaba, etcétera, una especie de ¡HOLA! viviente. Hay que tener en cuenta que la Sevilla a la que me estoy refiriendo era un pueblo grande donde se conocía todo el mundo. Cuando uso el término todo me refiero a la clase media alta.

Una vez satisfecha la curiosidad el dependiente inquiría sobre el objeto de la visita: un vestido,o un abrigo, o una blusa o todo a la vez. El dependiente tocaba un timbre y al momento venía un aprendiz quien recibia instrucciones sobre qué traer al mostrador, uno de madera noble y como de un metro y pico de ancho. Al rato el mocito aparecia cargado con varias piezas de diferentes texturas y color que colocaba en el mostrador. La clienta desechaba una o dos o todas estas piezas. Vuelta a empezar. Por fin la cliente encontraba lo que quería y el dependiente medía la cantidad de tela que la prenda requería y con un jaboncillo de color azul trazaba una linea vertical sobre el corte elegido. Me fascinaba ver como el dependiente, usando una grandes tijeras cortaba el principio de la raya y sin accionar las tijeras cortaba con destreza todo el ancho del corte de tejido.

Ahora bien. Yo me imagino que la señorita Lupiáñez, acompañada de su madre o sola y por si misma, frecuentaría la Ciudad de Sevilla donde llegaría a conocer al dependiente Sr. Morales y no es descabellado pensar que su buena planta y exquisitos modales cautivarian a la nariguda hija del rector de la Universidad de Sevilla; y en cuanto a él ¿donde iba a encontrar la posibilidad de salir de su menguado entorno y entrar en un ambiente de prestigio y afluencia? Ea, al altar!

Los Morales eran monárquicos a machamartillo. Manolo nos contaba, orgulloso, como sus padres, en tiempos de Franco, viajaban a El Estoril, en Portugal, para rendir homenaje al pretendiente a la Corona don Juan de Borbón, abuelo de nuestro actual monarca.

Como Josele y Antonio, Manolo se incorporó a mi clase en el colegio de los maristas desde el primer año de bachillerato. Manolo era listo y, sobre todo, muy simpático. Manolo era mandón, con un ego que no le cabía en el pecho. Durante la guerra civil jugábamos en el despacho de mi padre. Él hacía de general Franco y repartía condecoraciones a Josele y a mi y a otros estudiantes de los Maristas quienes éramos meros oficiales. Yo, que era el que tenia más imaginación, confeccionaba las cruces y medallas copiándolas de la inagotable Enciclopedia Espasa-Calpe.

En el bachillerato y durante la segunda guerra mundial, casi todos los compañeros, o por lo menos aquellos de mi entorno, eran partidarios de los alemanes. Yo me inclinaba al lado de los aliados. Manolo contaba para impresionarnos como el cónsul alemán y su esposa habían invitado a almorzar a sus padres. Esto siempre me ha intrigado.¿ A santo de qué viene esta invitación en el piso consular (supongo que lujoso) en el edificio Aurora, en la Avenida de Jose Antonio, un bloque moderno de pisos en el cogollo de la ciudad? La familia Morales, aunque holgada, no representaba a la aristocracia ni a una gran fortuna para merecer un almuerzo con el diplomático mas importante en Sevilla en aquellos tiempos en que la Alemania nazi dominaba la vida española. No era lo que hoy llaman una influencer. Aunque como la mayoria de las clases altas simpatizaban con los alemanes, no hay que olvidar que, como monárquicos, eran adictos al pretendiente don Juan de Borbon, adicto a la causa aliada como ex oficial de la Royal Navy. Pensando, aventuro una teoría. Don Manuel Morales, como dependiente de la importante Ciudad de Sevilla, tenia, con su porte refinado y exquisitos modales una clientela de señoras ricas. No es aventurado suponer que entre ellas se encontrara la señora del cónsul aleman, a quien-y sigo aventurando, quizás reservaba algunas piezas de gran calidad antes de que se agotaran. La señora del cónsul simplemente estaba agradecida y de ahi la invitación. Perdón por la digresión.

También Manolo hizo las Milicias Universitarias en el campamento de Ronda y convivía con nosotros en la misma tienda de campaña. Manolo, parlanchin, comentaba las cartas que recibía de una supuesta novia, Malena. Según él era la mujer mas guapa del mundo. Oyéndole hablar con su tartamudeo, nos hacía reir a carcajadas. Pero él no se inmutaba.

Al terminar la carrera (derecho, como Josele y yo) Manolo fue pasante de un prominente y supercatólico abogado, don Alfredo Camacho Baños, quien, por supuesto, según el, era el mejor abogado de Sevilla. Porque para Manolo, todo lo que giraba en torno a él, familia, amigos (yo dudaba encontrarme en esa esfera), jefes, ocupaciones, diversiones, objetos de su pertenencia, etcetera, etcetera, era lo mejor de lo mejor.

En 1952, y como queda dicho, viajamos a Paris y Londres. Ahí va una foto como recuerdo de tan feliz viaje.

Josele, Manolo y yo en el cafe Les Deux Magots, Paris, October 1952

Por mor de aquel noviazgo que me retrajo de los amigos estuve distanciado de él varios años. Josele y Manolo se habían hecho socios del Ateneo. Manolo ya manifestaba una tendencia a reunirse con gente adinerada. En el Ateneo empezó a frecuentar una tertulia presidida por el marqués de Contadero (a quien sus enemigos politicos vinieron en llamarle de contaduros).A buen seguro que Manolo adularía al marqués especialmente cuando se rumoreaba que en la próxima vacante en la alcaldia él sería el titular del consistorio. Y asi fue. Don Jerónimo Domínguez y Pérez de Vargas, que así se llamaba el arístócrata, un rico terrateniente, fue designado y nombrado alcalde de Sevilla en 1952. Y don Jerónimo tiró de él y lo incluyó como teniente de alcalde en su gobierno municipal. Ya tenía el poder en sus manos. El dinero no tardaría en llegar.

Fué en esta época, antes de yo viajar para los Estados Unidos cuando Manolo contrajo matrimonio. En las pocas ocasiones en las que nos reuníamos Manolo siempre traía a colación su amistad con los Fernández. Los Fernández eran dos hermanos muy ricos. Sus padres eran propietarios de los Almacenes del Duque un antiguo y acreditado negocio de venta de tejidos situado, como el nombre indica, en la Plaza del Duque, contiguo al palacio de Sánchez-Dalp. Sin duda tratándose del mismo gremio, el padre de Manolo los pondría en contacto. Manolo, siempre tan fantasioso cuando se trataba de la aristocracia y el dinero se extasiaba describiendo el lujo de los Fernández, la maravilla de sus coches, en especial de un flamante Cadillac que les acababa de llegar de Norteamérica y al que había sido invitado hacer un viaje a Madrid, etcétera, etcétera. Unos cortos años después leí en la prensa que Manolo se habia casado……con una de las hermanas de los Fernández.

No me invitó a su boda. No le culpo por ello. Hacía años que no nos veíamos. Cuando rompí con mi novia Manolo era ya teniente de alcalde. No le busqué. Manolo vivia en un mundo que no era el mío. Supongo que creería que nuestra amistad era una cosa del pasado aunque jamás habíamos cruzado palabras entre nosotros. O quizás, aunque me cuesta trabajo creerlo, creyó que yo no era lo suficientemente importante para merecer una invitación.

La boda se celebró en la catedral, ante el altar de la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, y la ofició un purpurado. Después hubo un banquete en el hotel Andalucía, hoy Alfonso XIII, el más lujoso de Sevilla. No sé si Josele fue invitado pero estoy casi seguro que sí.

Nuestro curso de derecho (1942-47) en la Universidad de Sevilla del que tanto Josele como Manolo y el que suscribe formábamos parte. organizó un banquete para celebrar el 50 aniversario de nuestra graduación. Me perdí tal reunión porque la invitación fue dirigida a una señas incorrectas. En aquella reunión se acordó repetir la reunión cada diez años. Así es que asistí a la segunda reunión, que tuvo lugar en Badajoz para así complacer a uno de los compañeros que vivia en la capital extremeña y que ofrecía el aliciente de desplazarnos a tomar unas copas a la ciudad portuguesa de Elvas que está a minutos de Badajoz. En aquella reunión y en vista del alarmante descenso de compañeros que no acudieron a la cita por fallecimiento propuse que estas reuniones se celebraran cada cinco. El grupo acordó organizar las reuniones en las fechas que yo encontrara conveniente para viajar a España. Con este motivo reanudé mis encuentros con Manolo Morales y tuve la oportunidad de conocer a su encantadora esposa, de nombre Gracia, en varios de estas reuniones.

Aparte de estas reuniones del curso, en mis viajes a España, yo le llamaba y nos citábamos, casi siempre en su oficina de abogado del Banco Mercantil, nombramiento que tuvo lugar al cesar de su puesto en la alcaldía. Como siempre, Manolo no podía resisitir (estaba en su naturaleza) hacer alarde de prepotencia y afluencia. Después de hacerme pasar a su despacho me hacia esperar mientras, por teléfono, negociaba con su corredor de bolsa la compra y venta de acciones y obligaciones. Para aquellas fechas, la época de los ochenta, Manolo era ya un hombre rico. La llegada a España en los sesenta de los supermercados y la ropa confeccionada de calidad supuso la puntilla para las tiendas de ultramarinos (como la de mi padre) y los almacenes de tejidos, como los Almacenes del Duque, que comenzaron a decaer terminando sus dueños ya clausurados los almacenes, por vender la propiedad a lo que vino a ser el Corte Inglés. Esto supuso muchos millones para la familia Fernández, y para Gracia, la mujer de Manolo, un buen pellizco. Y aunque no fueran bienes gananciales esto le daba a Manolo para vivir en la opulencia.

Como teniente de alcalde del (Excelentísimo) Ayuntamiento de Sevilla Manolo tenía derecho ex officio a utilizar uno de los palcos que el Ayuntamiento instalaba cada año en los andenes situados en la fachada que da a la plaza de San Francisco para contemplar el paso de las procesiones de Semana Santa. Varias familias ricas de Sevilla estaban abonadas a estos palcos al uso de los cuales sucedía año tras año durante generaciones. Cuando Manolo cesó en el cargo conservó el palco a título particular, abonado al mismo. Otros se ofrecían libremente a quien estuviera dispuesto a pagar la elevada tasa de alquiler. Una vez pasados los pasos de las cofradías los ocupantes de estos palcos, muchos de los cuales se conocían mutuamente. se dedicaban a socializar pasándose de palco a palco, deleitándose, de paso, con ricas viandas y Veuve de Clicquot servidos por camareros de librea. En las procesiones de la madrugada el chocolate con churros era de rigor. En una de estas ocasiones Manolo y su familia tuvieron de vecinos de palco al famoso senador norteamericano Ted Kennedy, hermano del no menos famoso presidente Kennedy, asesinado en Dallas en 1963, y su esposa.

Manolo se entusiasmaba describiéndome la feliz coincidencia. Tanto le admiraba que invitó al matrimonio a comer en su casa.

Tambien me invitó a mi en una ocasión. Vivia en una casa suntuosa, , en el barrio de Santa Cruz, contigua a la muralla trasera del Alcázar, con entrada por los jardines de Murillo. Admiré los fastuosos muebles, tapices, alfombras y elegantes porcelanas chinas. La comida fue servida con criadas de cofia. Tambien figuraba como invitada una señorita portuguesa, muy fina. Hablando de las relaciones entre los paises vecinos me contó aquello de

De Espanha, ni bon vento ni bon casamento

Creo recordar que esta fué la última vez que le ví.

Fue Josele quien me comunicó su muerte, acaecida el 27 de Julio de 1997 a sus 73 años.

Manolo era fantasioso, dado a la hipérbole. Ya de chico mostró tener un ego descomunal que le llevaba a creerse superior a compañeros y amigos. Ya mayor buscó a quien le ayudara a conseguir el poder (el Marques de Contadero) y a quien le sacara de la medianía de su padre (su mujer). Una vez conseguido sus dos objetivos nunca volvió la vista atrás. Con todo esto yo lo incluyo en estos tres amigos porque aunque nunca podría sentirme cómodo en su entorno e incluso intuía que él no me consideraba como parte de su mundo, a pesar de todo esto yo le guardaba, y le guardo, no el afecto que sentia por Antonio y Josele, pero sí un cariñoso hueco en mi corazón, quizas en recuerdo de momentos felices de nuestra adolescencia. Descanse en paz.

LA MOCITA PUDOROSA

Los que estudian inglés habrán notado que mientras la contestación afirmativa a una pregunta en español o inglés, o sea, SI y YES se escribe y pronuncia de forma diferente, se da la pajolera casualidad de que la contestación negativa, NO, es idéntica en ambos idiomas. Algo tajante y seca en español, suave y resbaladiza en inglés. Parece como si ambas lenguas se hubieran puesto de acuerdo para conseguir una identidad idiomática que, a veces, elimina ambiguedades al contestar a preguntas sobre actividades que no son de recibo en un país determinado. Así, en control de pasaportes en Barajas, o en Heatrow (Londres), o en JFK (Nueva York), el recién llegado turista pregunta en cualquier de tales idiomas: – Puedo trabajar?-NO; Puedo quedarme todo el tiempo que quiera?-NO

En tiempos de Franco NO estaba muy de moda.-Puedo pasearme en bañador por la playa?- NO. (En los años cuarenta, había que hacerlo en albornoz); Puedo bailar al “agarrao”.-NO. (En los años cuarenta, pecado mortal en Sevilla bajo el látigo del Cardenal Segura. Mas tarde, cuando el Cardenal entraba en la senectud, tolerado en Huelva donde un recién nombrado obispo miraba hacia el otro lado. Paquita es una mocita pudorosa de las que había muchas en aquella época. Su novio, estudiante de medicina, le pregunta:- Anda Paquita, enséñame la cicatriz de la apendicitis; es por curiosidad profesional, sabes?-NO. Bonito coche, este SEAT 600; dígame, si lo compro hoy, me lo pueden entregar en el acto?-NO.(Años cincuenta.Había una lista de espera de tres meses). Se solicitaba una teléfono. -Comprendo que hay mucha demanda, pero me lo pueden instalar en dos meses?-NO. En los años cincuenta había una lista de espera. Al año de solicitarlo se recibía una carta de la Telefónica: Su teléfono ha llegado. Lo instalaremos dentro de treinta días a partir de la fecha. A las dos semanas otra cartita: Su teléfono será instalado el 15 de Julio de nueve a doce. Tres horas perdidas de trabajo (que llegaban a cuatro), pero qué le vamos a hacer: un teléfono es un teléfono. Llega el día de la instalación. Alborozo.-Ea, aquí tiene usted (por aquellas fechas no existía el tuteo, éramos unos insensibles) su teléfono, dice el operario de la Telefónica una vez terminada la instalación. Emocionado el flamante usuario pone el dedo en el disco y trata de llamar a su padre para que compartiera su gozo. El operario le mira fijamente:-Qué hace usted?, le pregunta.-Trato de llamar a mi padre. -NO, no tendrá servicio en un mes. Y así fue, previo pago de mil “pelas”.

Era España entonces una sociedad encorsetada, llena de tabúes y de NO, de prohibiciones y restricciones.

En 1958 traladé mi residencia a los Estados Unidos. El contraste fue abismal. Lo de la prosperidad ya lo sabíamos. Un master seargent de las fuerzas aéreas de USA de los que por cierto, habían unos cuantos en Sevilla por los años cincuenta, ganaba mas que un general de brigada español. Mas de una criada desertó al general y entró al servicio del sargento. No era sólo eso. Era que los EE.UU. era una sociedad libre, con menos NO, aunque algunos grotescos, y muchos YES, incluido algunos siniestros. Pero lo sorprendente era, por ejemplo: -“Puedo insultar al presidente de los Estados Unidos? -YES. -Puedo quemar la bandera de los Estados Unidos?-YES.-Puedo escribir y publicar lo que me de la gana?-YES. Puedo hablar y chillar en público lo que me de la gana?-YES (excepto gritar fuego en un teatro abarrotado de público). Me encontré con una sociedad en la que las leyes básicas , common law o ley común, habían emanado del pueblo y ascendian a los tribunales mientras que en España derivaban del derecho romano donde el pretor (ordeno y mando) dictaba las leyes al pueblo. Todo era mas libre. Hasta el idioma andaba (y anda) suelto, sin trabas, sin Real Academia, pero rico, flexible, y hoy, debido a la tecnología, imperial. Había (y hay) una impresionante solidaridad. Siendo un pais federal, el gobierno central y su muy respetada bandera mantenian y mantienen al pais unido, aparte de la politica polarizante.

Han pasado mas de sesenta años. Todo ha cambiado en España. Hay ua Constitución. Hay menos NO. Ya no hay mocitas pudorosas ni listas de espera para un coche o un teléfono. Hay demasiados SI, pero mas vale no meneallo. Pero con mas de doscientos años de constitución americana y mas de mil desde la Magna Carta de Inglaterra (por nombrar a las dos democracias par excellence, nuestra constitución aun está en rodaje. Tenemos aun mucho que aprender.Los experimentos del siglo XIX (una primera república con cuatro presidentes en once meses) y el XX aquella segunda república de sangre y lágrimas que algunos aun añoran, fueron atroces. Y hoy? Miré los muros de la patria mia….

(NOTA_ Este articulo, con algunas modificaciones, fue publicado en en Diario de Sevilla en 2010)

Memoria de los Años Treinta : Monarquia, Republica y Guerra Civil (II)

Segunda Parte

1936

El año 1936 no comenzó bien. Una mañana de Enero, en aquel dormitorio gélido que compartía con mi hermano, al levantarme para ir al colegio sentí una dolorosa punzada en el costado. Grité de dolor y, al oírme, mi madre,

Mi madre (1931)
Mi madre (1931)

que trasteaba en la cocina, acudió a mi cama “Que te Pasa”. Le dije que me dolia el costado. Mi madre  corrió a su dormitorio donde mi padre aun dormía. “Federico, Eugenio está malo. Hay que llamar a un medico, pero nada de Don José, estoy harta de sus paños calientes, esto parece serio”. Oí como mi padre hacía varias llamadas telefónicas. Seguramente que estaba preguntando a amigos y conocidos sobre un buen médico.

Dos horas más tarde llegaba el médico a casa. Resulto ser Don Emilio Piqueras Antolín, hombre con cara de listo, simpático. Se presentó y mi madre le condujo a mi dormitorio. Me auscultó, tomó la temperatura, a ver, tose. Lanzaba un grito. Bien, este niño tiene una pleuresía ¿Y eso que es Don Emilio? Pues es una inflamación de la pleura, una especie de forro de los pulmones. ¿Y es grave? Señora, es grave si no se atiende a ello. Pero como vamos a cuidarle pues no hay peligro, así es que tranquilícese usted. Mi madre sonrió agradecida. Don Emilio sacó su recetario y escribió algo. Le entregó a mi madre la receta. Nada de colegio y tápelo usted bien. Hace mucho frio en este cuarto. Al oír que no tenía que ir al colegio me puse contentísimo. Se estaba tan a gusto en la cama. Mi padre: ¿Que le debo, Don Emilio? Cinco duros. Mi padre le dio un billete. Volveré en diez días. Una vez ido mis padres cambiaron impresiones. Mi padre: Cobra cinco veces más que Don José. Mi madre: porque lo vale. ¿No te fijaste lo pronto que supo lo que tenia? Igualito que Don José.

Durante aquellos días en la cama me harté de leer novelas, cuentos, revistas, tebeos y cuanto mi madre y algunos amigos que vinieron a verme me traían. También vinieron a verme algunas personas mayores. Una de ellas fue Julia la mujer de mi padrino, Juan Alfonseca Caro, antiguo amigo de mi padre. Juan era dueño de la mejor tienda de comestibles (entonces se le llamaban “ultramarinos”) de Sevilla. Se llamaba “La Nueva Paz” y estaba situada en la calle O’Donnell justo enfrente a la joyería de Félix Pozo, que todavía existe. Mi hermano y yo íbamos a veces con mis padres a la tienda. Mis padrinos vivían en el piso principal de la casa. Los pisos tercero y cuarto estaban dedicados a almacén. Mientras ellos visitaban a los padrinos Manolo y yo subíamos al cuarto piso y allí, atrincherados detrás de sacos de azúcar y garbanzos y por un ventanuco veíamos (con dificultad porque los cristales del tal ventanuco hacia años que no lo limpiaban) veíamos la sala de fiestas del Kursaal, el mejor y mas caro de los cabarets de Sevilla. Este cabaret lo tiraron después de la guerra para construir el Palacio Central, que también llegó a ser el mejor cine de Sevilla. Hoy no existe. Creo que es una tienda de tejidos o modas.

Julia era regordeta, guapa, con unos ojos verdes preciosos, tan preciosos como los de su hija Isabelita, algunos años mayor que yo. Julia era la que proveía a mi madre de novelas eróticas. Mi madre, que suspiraba (y lloraba) con las novelas rosas de Rafael Pérez y Pérez de vez en cuando leía las novelas que Julia le traía, obras de El Caballero Audaz, Felipe Trigo, Alberto Insúa, etc. Estas novelas estaban en un anaquel en el piso bajo de Juan Rabadán, en donde mi padre tenia su despacho. Años más tarde allí me refugiaría allí a leer a hurtadillas aquellas novelas….

Don Emilio Piqueras volvió a los diez días. M encontró prácticamente curado. –Puede dejar la cama. Pero nada de colegio por ahora. Además este niño esta flaco, pálido. Necesita salir de Sevilla y pasar un mes en el campo, al aire libre. Mi padre: ¿Pero ahora, o en el verano? No, ahora. Muy bien, Don Emilio. Pasaron varios días mientras mi padre buscaba donde llevarme. Fueron días aburridos. Mi padre habia decidido que mi hermano no asistiera al colegio, a mi colegio. No sé por qué. Un día se recibió una carta del director del San Fernando preguntando por qué Manolo no asistía a clases. No sé si mi padre le contesto. Aquellos días llovió mucho en Sevilla. Un domingo, aburrido veía pasar a la gente desde nuestro cierro De pronto vimos a una masa de mujeres que torcían de la calle San Vicente y venían en nuestra dirección, por Juan Rabadán. Eran mas bien mujerucas, desgreñadas, hasta sucias, algunas. Llevaban unas pancartas con letreros: CNT, UHP. Gritaban: Hijos sí, maridos no.

Mi padre encontró un lugar donde ir a respirar “aire fresco” en Carmona. Se trataba de una casa de recreo que constaba de una casita de una planta y un jardín. Alrededor de la casa habia unos terrenos y cerca la carretera a Madrid. Allí estuvimos como un mes. Llovió la mayor parte del tiempo, así es que nos aburrimos mucho. Mi padre venia los fines de semana. No recuerdo si fue a la ida o a la vuelta presenciamos en plena calle unas fiestas de carnaval, que han sido las únicas que he presenciado en mi vida. No hubo carnavales a partir del año 1937 y en los 55 años que vivo en Dallas, Texas nunca he visitado España en el mes de Febrero. Desde luego que lo que vi no valía gran cosa.

A la vuelta a Sevilla mi padre y fuimos a la consulta del Dr. Piqueras en la Puerta de la Carne. Me examinó y me encontró totalmente curado y en condiciones de volver al colegio. Terminado el examen el doctor y mi padre hablaron de política. El 16 de Febrero el Frente Popular, una coalición de los partidos de izquierda habia ganado las elecciones para las Cortes. Habia habido un reajuste en el Ayuntamiento de Sevilla y el Dr. Piqueras, socialista, habia sido elegido concejal. Hablaba a mi padre de una fiesta a celebrar en un buque ruso, llamo “Konsomol, “anclado en el puerto. El Dr. Piqueras quería que mis padres asistieran a la fiesta. Le dio dos invitaciones. Mi padre le dio las gracias. A la salida, ya en la calle, mi padre tiró las invitaciones a un carro de la basura parado frente a una casa más allá de la del Dr. Piqueras. “Yo no voy a esas cosas” explicó mi padre.

Mis padres quedaron encantados con el Dr. Piqueras y acordaron olvidarse de Don José. El destino quiso que aquella tarde fuera la última vez que le veríamos. El Dr. Piqueras fue fusilado en aquel verano sangriento de 1936.

Riada de 1936. Calle de Palmas (o Jesus)en Sevilla

Mi vuelta al colegio fue pintoresca. Fue en…..barca. Llevaba sin parar desde hacia varias semanas. El Guadalquivir estaba desbordado. Las partes bajas de la ciudad estaban inundadas. Esto fue lo que pasó en nuestro barrio. El cruce entre las calles Palmas (después y hoy Jesús) y Conde de Barajas era infranqueable a pie. Por Conde de Barajas el agua llegaba hasta la casa del Dr. González Ceferino (quien andando el tiempo llegaría a ser suegro de mi hermano Manolo). Por cierto que esta era y es una casa histórica. En ella nació y así lo atestigua una placa en la fachada el famoso poeta Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel punto nos embarcamos mi hermano y yo rumbo al colegio. Era casi emocionante. A la vuelta la misma operación. Creo recordar que costaba una “gorda” el viaje.-

Varias cosas sucedieron en aquella lluviosa primavera. Una noche nos despertó un tiroteo cercano. . Por los periódicos nos enteramos que unos pistoleros de izquierda asesinaron a mansalva a un estudiante falangista que pegaba pasquines de su partido en la fachada de la casa del maestro de baile “Realito”, en la calle San Vicente, casi esquina a Juan Rabadán. Otra noche otro tiroteo. Esta vez no tuvimos que esperar a los periódicos. El suceso tuvo lugar en nuestra propia calle y la (casi) víctima fue…..mi tío Faustino, hermano de mi padre. Mi tío, director del Matadero Municipal, tenia por costumbre salir de casa hacia las cinco de la mañana y tomar un taxi que le esperaba a la puerta de su casa. Unos pistoleros de izquierda, apostados en la esquina de Miguel del Cid y Juan Rabadán dispararon contra el. Aunque un periódico, “La Unión”, relataba el incidente el relato omitió el hecho de que mi tío, que resultó ileso, repelió la agresión con su propia pistola.

Yo, con once años cumplidos, andaba por Sevilla por mi cuenta, unas veces con encargos de mi madre, otras por reunirme con amigos o ver cosas. El mundo era para mí un espectáculo. Una vez yendo por la Plaza del Duque vi como un joven le arrancó a una señora una cadenita de oro (seguramente con una medalla religiosa) que llevaba al pecho. Todo a la vista del público que transitaba por la Plaza. Yo me preguntaba “qué” estaba pasando.

Me encantaba ir a la barbería de la Plaza de San Lorenzo a que me cortaran el pelo. En la barbería hojeaba la revista deportiva Campeón, que editaba ABC. También editaba ABC la estupenda revista Blanco y Negro, que compraba mi madre. También hojeaba en la barbería un periódico que se acaba de lanzar en aquellos días, llamado “Ahora” que traía unas fotografías estupendas y una revista, “Crónica” que traía en la portada unos desnudos femeninos que encandilaban mi ojos de adolescente… A pesar, según pude leer más adelante, de la grave crisis económica por la que pasaba Sevilla, y España en general, había algún progreso. En Sevilla, por ejemplo, se inauguró por aquellos días una línea de autobuses para el transporte urbano. Recuerdo que la parada en el barrio era en la puerta de la farmacia de Don Cástulo Pérez Pascual, que estaba situada en la Plaza de san Lorenzo esquina a Cardenal Espínola. Los autobuses iban pintados de verde y a veces lo cogíamos para bajarnos en la Campana. Todo el mundo estaba encantado con estos autobuses, que preferían a los tranvías.

También mis padres progresaban económicamente. Por aquellos días (primavera de 1936) mi padre se compró un coche, un flamante FIAT, “Balilla”.

Fiat Balilla
Fiat Balilla

No era su primer coche. Recuerdo que viviendo en calle Res, donde nací, tenia un descapotable Renault. Para mí que era de segunda mano. Las ventanas no eran de cristal, sino de una materia parecida al plástico, que llamaban “talco”. Estas ventanas no cerraban bien y cuando llovía entraba el agua en el coche. El FIAT era otra cosa. Nuevecito, le habia costado a mi padre siete mil quinientas pesetas. Su matricula, recuerdo, era SE-17.591. El “Balilla” era un coche pequeño, lo que ahora llaman “compacto”, de cuatro puertas y cabida para cuatro personas. Era de color crema. El “Balilla” le hacia la competencia a un modelo FORD, también pequeño. Ambos coches gozaban de gran popularidad. Los partidarios del “Balilla” decían que FORD significaba “Fabricación Ordinaria Rotura Diaria”. Con este coche hicimos varios viajes a Morón de la Frontera, donde mi padre tenía un compadre, (era padrino de mi hermana “Chica”) Juan Valdivia Bellido, propietario de una importante tienda de comestibles y buen cliente de mi padre. Los viajes a Morón eran una odisea. La carretera a Morón era infame. Cada vez que íbamos pinchábamos, a veces más de una vez. Además los cuatro hermanos nos mareábamos y dejábamos el coche que era una lástima.

Mi padre usaba el coche a diario, para su negocio. Algunas veces viajaba por Andalucía, a visitar clientes en los pueblos bien para vender, bien para cobrar facturas atrasadas. Algunas veces me llevaba a mí, coincidiendo con vacaciones escolares. Recuerdo, ya avanzada primavera del 36 que hicimos un viaje a la provincia de Córdoba, visitando, que yo recuerde, La Carlota y la Rambla, donde compramos un botijo precioso, en forma de gallo, que conservamos en casa durante muchos años.(Los botijos de La Rambla eran famosos en toda España). Lo que mejor recuerdo de este viaje es que al regreso nos paró en la carretera un grupo de hombres, gente de campo, que llevaban anudado al cuello un pañuelo rojo. El que parecía ser jefe de este grupo, un tipo alto, delgado, mal encarado, se acerca a la ventanilla portando una hucha de latón y le dijo a mi padre: -Un donativo para el Socorro Rojo Internacional. Mi padre, sin rechistar, depositó una peseta en la hucha. –No es bastante. Mi padre, sin protestar, sacó de nuevo el monedero y colocó un duro de plata en la ranura de la hucha. El tipo, sin pronunciar una palabra, hizo un gesto de dejarnos libre el paso y mi padre arrancó y proseguimos el viaje. “Sinvergüenzas”, fue el comentario de mi padre una vez que nos encontramos a prudente distancia del grupo. (Sin aire acondicionado, los automovilistas viajaban, excepto en invierno, con las ventanillas abiertas).

Mi padre decía que tenía el coche más limpio de Sevilla. Y era verdad. Para conseguir tal cosa empleó a un mecánico de nombre Paco (nunca supe su apellido). Paco era alto y muy delgado, y muy simpático. Mi padre encerraba el coche en unas cocheras en la calle Juan Rabadán, cerca de Torneo. Paco iba todas las mañanas a la cochera, lavaba el coche y limpio y reluciente lo dejaba a la puerta de nuestra casa a la nueve de la mañana. Después Paco se presentaba en casa hacia la una de la tarde. Mi madre le daba de comer. Paco comía en la cocina. Cuando mi padre llegaba a casa sobre las dos o así Paco llevaba el coche a la cochera. Y así todos los días excepto Domingos. Mi padre no usaba el coche por las tardes generalmente. Pero un día si lo sacó y fue al colegio a recogernos a Antonio Marcos, mi mejor amigo y a mi. Ya en el coche camino de casa mi padre sacó de un bolsillo una pistola pequeña y apretando el gatillo la disparó apuntando al suelo del coche. Era un regalo para mí, una preciosa pistola detonadora. Recuerdo que estaba fabricada en Éibar y su marca era “La Bellota”.

Después del incidente del tiroteo mi tío Faustino dejó de usar un taxi para ir a su trabajo y se compro un precioso coche, más grande que el de mi padre. Era un coche inglés, de color granate, marca Vauxhall.

Como creo haber dicho antes mi padre era agente comercial. Representaba fabricantes y productores de artículos alimenticios de toda España. Uno de sus representados más importantes era un tostador de café bastante grande, de Barcelona. La marca era Cafés a la Crema Marcilla, S.A. y tenía una gran aceptación comercial en todo el país. Con objeto de preservar su clientela Marcilla (el dueño se llamaba Juan Marcilla) inicio una idea de marketing que consistía en incluir en los paquetitos de café un cupón que podían canjearse por regalos. Los regalos eran juguetes, mantelerías, juegos de cama, etc. A tal fin mi padre propuso almacenar tales regalos en nuestra casa. Para ello se habilito una gran sala en la planta baja de la casa, que con el tiempo, después de la guerra, sería el dormitorio de mi hermano y mío. Mi padre hizo construir una estantería grande, que ocupaba totalmente una de las paredes de la sala. En una de las dos puertas de dicha sala, situada frente a la cancela, se instaló un mostradorcillo detrás del cual, dos días por semana, aparecía mi madre quien asistida por una de las criadas canjeaban los cupones por regalos a los consumidores. Mi madre y la criada se divertían de los lindo mientras yo despanzurraba los paquetes de regalos de juguetes para jugar con los mismos.

GUERRA CIVIL

El dieciocho de Julio era sábado. Era también el santo de mi padre, San Federico. El día de su santo me padre encargaba a la confitería de la Campana una garrafa de helado. No era propiamente una garrafa pero no encuentro palabra para nombrar la vasija o envase en que venia el helado. Era un cilindro de corcho de gran espesor, quizás medio decímetro y como un metro de alto y una circunferencia de treinta centímetros. Tenía una tapadera, también de corcho y dentro una cápsula de acero donde venía el helado, casi siempre de vainilla. Mi hermano

Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)
Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)

y yo pasábamos el tiempo tumbados en los frescos mármoles del patio de entrada, ricamente protegido del sol por un toldo de lona que contribuía a hacer el patio el sitio de reunión de la familia en las horas tórridas del mediodía y primeras horas de la tarde. Jugábamos a la guerra. Cada uno colocaba quince o veinte soldados de plomo y nuestra misión era derribar a los soldados utilizando como arma un tirador de goma, es decir, una horquilla de madera accionada por una goma que estirábamos para luego dejar escapar un “balín”, generalmente un pedazo de papel doblado y redoblado hasta alcanzar` cierta consistencia, en forma de U para acomodarse en la goma sujeta por los dos cabos de la horquilla… Así pasábamos las horas. Mi padre llegó sobre las dos y media” “Hay carreras “dijo a mi madre no mas llegar a la casa. (“Carreras” era la expresión común en aquellos tiempos para indicar turbulencias en la calle, gente corriendo (de ahí “carreras”) perseguida por la policía). “Voy a cerrar la puerta de la calle”. “Espera hasta que llegue el helado”, dijo mi madre. Al rato el empleado de la Campana cargado con el helado. Mi padre le dio una propina y acto seguido cerró la puerta de la calle. Subimos todos a la planta principal, donde se encontraba el comedor y cocina y nos sentamos a la mesa. “A ver si la radio dice algo”. Pero la radio no decía nada. Transmitía un programa que llamaban “bailables” o sea música de baile, como pasodobles, tangos etc. Mi madre, como día especial había preparado arroz con pollo. La carne de pollo era entonces algo excepcional, que no se comía sino en días señalados. No era barato. Yo (y me figuro que todos) estaba deseando terminar para tomar el helado. Cuando terminamos mi padre decidió que el helado lo íbamos a tomar en el patio. Con mucho misterio mi padre abrió aquel cacharro y con una cuchara grande nos iba dando a cada uno una porción de helado que depositaba en unas copas de cristal. Yo devore el helado en un santiamén. Cuando presente la copa a mi padre para repetir mi padre me dijo: “Tragón, tendrás que esperar hasta la noche”. Y así fue. Me pareció una eternidad.

Manolo y yo seguimos jugando, y mis hermanas con sus muñecas, mientras mis padres dormían la siesta. Y así transcurrió el día, la radio sin dar noticias y con sus músicas. Hacia las once llego la hora de acostarse. Mi madre tenia un miedo atroz.” Vamos a dormir todos juntos”. Mis padres colocaron unos colchones en el suelo de su dormitorio para los niños y así pasamos la noche los seis.

Mis Hermanas Antonia ("Chica") y Rosalia (1939)
Mis Hermanas Antonia (“Chica”) y Rosalia (1939)

A la mañana siguiente pusimos la radio y el locutor anunciaba a gritos que el Ejército había salvado a Sevilla, que dominaba la situación y que el General Queipo de Llano se había hecho cargo del gobierno de la ciudad. Todos intercalados con Vivas a España, Vivas a la República y Vivas al Ejército. Después, los himnos de la Legión, “Los Voluntarios”” El Novio de la Muerte” y otros himnos y marchas militares. Así pasamos todo el día, al lado de la radio. Era Domingo y el siguiente día Lunes, lo mismo. Mirábamos la calle desde el “cierro” y no se veía a nadie, totalmente desierta. Se nos había acabado el pan. La radio anunció el martes que había vuelto la normalidad y que todos los establecimientos de comestibles, panaderías, lecherías, etc. deberían abrir al público. En vista de ello mi madre mando a una de las muchachas y a mi, ambos provistos de canastos salir a la calle a comprar pan. Nuestra panadería era una que se llamaba Pidal, que estaba situada en la Alameda de Hércules, esquina a Relator. Había una cola inmensa. Nos llevamos dos horas en la cola. Hambriento me comí medio “bobo” camino de casa, lo que me costó una regañina de mi madre. No recuerdo si mi padre salió aquel día. Pero al siguiente miércoles todo parecía normal, excepto que la radio no paraba de emitir proclamas, anuncios, órdenes de la autoridad y marchas militares sin parar.

Tuvimos una visita en aquellos primeros días del “Movimiento” como empezó a llamarse el Alzamiento. Fue Paco, el mecánico que utilizaba mi padre para su coche. Ya había lavado el coche y mi padre no estaba en casa. Paco y mi madre se encerraron en el despacho de mi padre. Al rato se despidió de todos. Curioso que he sido toda la vida, le pregunté a mi madre. Mi madre, en voz baja, me dijo que Paco era miembro del Partido Comunista, que temía por su vida, y que por favor le guardara su carnet del Partido. Mi madre me enseñó el carnet, que decidió guardar en una ranura del contador de gas. Jamás volví a ver tal carnet, pero si volvimos ver a Paco, como un año mas tarde, gordo y sonriente, embutido en un mono azul y con la insignia del Cuerpo Automovilista del Ejército. Había tenido suerte y lograr emboscarse. Pero no rompió el carnet del partido comunista. Nunca supe que fue del carnet.

Carnet de Falange de mi padre
Carnet de Falange de mi padre
Portada del carnet de Falange con el "cangrejo"
Portada del carnet de Falange con el “cangrejo”

Mi padre reanudó su vida normal en aquellos primeros días. Esto duró poco porque un día mi padre apareció vestido de mono caqui y con un gorro cuartelero. Se había alistado a la Guardia Cívica una organización cuyo único fin, por lo menos para la gente de la edad de mi padre, 40 años, era servir como centinela en las puertas de edificios destinados a la Causa. Esto también duró poco. El grueso de la población masculina, excepto los muy mayores se iba alistando a la Falange (Falange Española y de las J.O.N.S.) un partido que no era ni de izquierdas ni de derechas, antirrepublicano, y antidemocrático, es decir totalitario.  -Un día mi padre salió a la calle en su coche vestido con su uniforme de falangista: zapatos y pantalón negro, camisa azul Mahón y gorro cuartelero negro y correaje también negro. En una funda su pistola STAR del nueve corto con su nombre esmaltado en oro. Sobre el bolsillo izquierdo de la camisa, y bordado en rojo, el emblema de la Falange, que con el tiempo llamarían el “cangrejo”, cinco flechas sobre un yugo. Mi padre era totalmente apolítico; se había alistado a la Falange para así evitar que le requisaran su coche. Le habían dicho que si se alistaba y ponía su coche a disposición del partido podría conservarlo si se ofrecía a prestar servicio de chófer a los jerarcas falangistas. Y así fue. Mi padre llegaba a casa contando que había llevado al camarada Fulano de Tal, un pez gordo en el partido a tal sitio, o al General X a este otro sitio, etcétera.

Un día la radio emitió un comunicado invitando a los niños varones de 10 a 17 años a alistarse a una sección juvenil de la Falange. Sus componentes se llamaban “Balillas”, el mismo nombre del modelo FIAT del coche de mi padre. Mi madre no estaba muy dispuesta pero Manolo y yo le dábamos la tabarra a diario y al fin cedió. Mi madre fue primero a la “Ciudad de Sevilla”, que era el almacén de tejidos de la clase media de Sevilla (el de la clase alta se llamaba Peyré y Cía., vulgarmente “Los Caminos”). En la Ciudad de Sevilla el dependiente que siempre atendía a mi madre se llamaba Flores, y para mi que este hombre estaba enamorado de mi madre. Mi madre compró unos cortes para camisas y pantalones. De allí nos dirigimos a una sastra que tenia su taller a la espalda de la iglesia de san Nicolás. No me acuerdo del nombre de la sastra, que lo fue para mi hermano y yo por varios años, pero si que era gorda, fea y lucia un bigote fenomenal.

A los pocos días nuestros uniformes estaban listos. Previamente mi padre nos había llevado a un guarnicionero que no daba abasto cortando, perforando y vendiendo correaje para chicos y mayores. Aun hoy me parece oler aquellos correajes, todavía húmedos del recién aplicado tinte negro. Que emoción vestirse y colocarse aquellos correajes. Mi padre me había comprado, como parte del correaje, una funda en la que coloqué la pistola detonadora. El mensaje de la radio decía que una vez uniformados nos deberíamos presentar en cuartel de los Balillas de nuestro barrio, que no era otro sino el gran solar parte del cual se destinaba a las cocheras en las que mi padre encerraba su coche En aquel solar hacíamos la instrucción que se llevaba como dos horas. Después de esas dos horas cantábamos el “Cara al Sol” que era el himno de la Falange y nos dispersábamos hasta el día siguiente.

Un día después de terminar la instrucción uno del grupo del que yo formaba parte, gente de mi edad propuso que fuéramos a ver un “ muerto” en la Barqueta. Explicó el que ya lo había visto que era un “rojo” a quien habían matado aquella misma madrugada. Nos dirigimos al lugar, que era un pasadizo subterráneo con entrada por la calle Torneo y que pasando bajo las vías del tren a Córdoba y Madrid (que entonces salía de la desaparecida estación de Córdoba, en la Plaza de Armas) salía a las márgenes d el rio, una gran extensión de terreno que la gente llamaban la Barqueta. Allí en ese pasadizo, un lugar frecuentado por vagabundos y lleno de inmundicias, se encontraba el cadáver. Este primer contacto con la muerte, y muerte violenta produjo un choque tremenda en la mentalidad infantil de mis doce años. Me parece recordarlo como si fuera hoy. Era un hombre de cierta corpulencia, vestido de blanco, como vestían entonces muchos de los hombres de Sevilla en el verano. Recuerdo, como caso curioso, que calzaba unos zapatos bicolores, blancos y marrones, y a juzgar por las suelas eran completamente nuevos. Tenía un orificio en la nuca, donde había penetrado la bala que terminó con su vida. Fue una ejecución rápida, sin derramamiento de sangre. Estuvimos un rato contemplando el cadáver. Sin decir una sola palabra y en completo silencio volvimos nuestros pasos y yo a mi casa. No me atreví a contárselo a nadie en casa porque estoy seguro mis padres me habrían reñido. Fue meses después que mi padre mencionó su muerte y me dijo que era el autor de un libro que él me había regalado años antes, titulado “El Niño que Robó un Libro”. Su nombre fue Agustín Veguilla. Durante algunos años he investigado el porqué de su muerte sin haberlo conseguido. El hombre era apolítico. Mis investigaciones me condujeron a localizar la familia de Veguilla. En Octubre de 2012 conocí en Sevilla a unos de sus nietos y después mantuve correspondencia con una hermana del nieto (peluquero de profesión) quien me dio detalles adicionales sobre Veguilla. Debo decir que el autor de este asesinato fue eventualmente juzgado en consejo de Guerra y fusilado.

Francisco Franco Bahamonde

La radio anuncio que el 15 de Agosto, coincidiendo con la salida procesional de la Virgen de Los Reyes se entronizaría en la vida oficial la bandera de la monarquía, la bandera roja y gualda desde el balcón del Ayuntamiento. Yo asistí a este evento. La Plaza Nueva esta atestada de público. Tuve suerte y logré colocarme relativamente cerca del balcón. Presencié como se izaba la nueva bandera (la de la Republica dejo de izarse a partir del 18 de Julio) y oí los discursos de Queipo de Llano

General Queipo de Llano
General Queipo de Llano

y del General Franco. La gente aplaudía a rabiar.

A las pocas semanas del Alzamiento llegaron a casa los “compadres de Morón”, Juan Valdivia Bellido y su mujer, María. a los que aludí antes. Llegaron despavoridos, y con visiones de horror en sus semblantes. Pocos días antes habían llamado a mi padre por teléfono y le pidieron que les dejaran estar con nosotros algún tiempo hasta que se repusieran y recobraran las fuerzas para seguir con sus vidas. Por lo que nos contaron habían pasado un calvario. Al estallar la guerra los sindicatos obreros, especialmente los anarquistas de la FAI y la CNT se adueñaron del pueblo e implantaron el anarquismo libertario. Abolieron la moneda y fabricaron en su lugar unos vales con el sello y firma del jefe. Estos vales los utilizaban en lugar de dinero para comprar lo que se les antojaban. Llegaban a la estupenda tienda de Valdivia cargados de vales. “A ver, un kilo de arroz”, decía uno o una. “Pa mí un kilo de café”, decía otro. Todo a base de vales. Un día se presentó en la tienda uno de los jefes acompañado de dos de sus compañeros. Venían armados hasta los dientes. “Dáme un jamón”, dijo el sicario. Juan se apresuró a descolgar uno del techo, donde habían colgado veinte o treinta de tales jamones. “No, este no. Dáme ese”, apuntado con su pistola al jamón más grande del establecimiento. Juan, muerto de miedo, le entregó el jamón. Esto continuó sucediendo durante cerca de dos meses, hasta que Morón fue liberado. Dejaron el establecimiento completamente vacío. Juan llego a casa con varias cajas de cartón repletas de vales. Tenían allí una fortuna, toda una vida de trabajo y sacrificios. Juan lloraba. Los dos habían perdido peso, estaban destrozados. El gobierno de Franco aseguro a personas como Juan, que habían sido desvalijadas de tal forma, que serían eventualmente resarcidos de sus pérdidas. Se murieron (de viejo) esperando ser compensados.

En Septiembre u Octubre mi padre hizo uno de sus viajes en su coche actuando de chofer y transportando a falangistas y fueron a Toledo, días después de la liberación del Alcázar. El Alcázar era la academia de infantería. Al estallar la guerra unos cientos de cadetes, militares y miembros de la guardia civil, estos con sus esposas e hijos, se hicieron fuerte en el Alcázar y se negaron a entregarlo a los republicanos. El asedio duro hasta Octubre. El Alcázar fue semidestruido pero los defensores, al mando del coronel Moscardó, resistieron y al fin fueron liberados por fuerzas de La Legión, mandadas por el General Varela. Esta epopeya del Alcázar tuvo una resonancia mundial y al año o dos siguientes hicieron una película muy buena, rodada en Roma. Bueno, mi padre regreso de Toledo y nos contó lo que vio, y también que se confundieron de carretera y estuvieron a punto de penetrar en territorio “rojo”. Como regalo trajo a casa las vainas de algunos obuses del calibre 12 1/2 que encontró donde la artillería roja cañoneaba el Alcázar. Estas vainas estuvieron muchos años en casa pero desaparecieron no sé cómo.

A medida que se liberaban algunas plazas llegaban a Sevilla trofeos de guerra algunos obtenidos como legítimos trofeos de guerra. Por ejemplo, durante varias semanas estuvo aparcado en la Plaza del Duque un enorme camión blindado con gruesas chapas de acero con varias troneras para que los ocupantes dispararan desde ellas sus fusiles o ametralladoras. Hasta entonces ninguno de los dos bandos disponía de tanques. Otros “trofeos” no habían sido legítimamente adquiridos. Durante varias semanas los poyetes que rodean el jardincillo alrededor de la estatua de Velázquez en la plaza del Duque, en la parte que miran hacia la Campana aparecían ocupados por máquinas de escribir, gramófonos, máquinas de coser, radios y variedad de otros objetos. Estaban custodiados por moros. Eran fruto de sus saqueos en los pueblos de la provincia conquistados por ellos como fuerzas de choque. Allí habían establecido su zoco y los ofrecían a la venta. Jamás vi a nadie comprándolos.

En Septiembre u Octubre tuvimos una desgracia en la familia. Mi padre tenía cuatro hermanos y una hermana. La hermana era la tía Coral.

Mi tia Coral Cazorla (1946)
Mi tia Coral Cazorla (1946)

La tía Coral era una mujer guapa (aunque debido sin duda a su desgraciada vida envejeció rápidamente) de mediana estatura, con una sonrisa brillante. Estaba casaba con Eduardo Santana. El tío Eduardo había nacido en Cuba, de una familia de militares. Nunca supe cuál era su profesión u oficio aunque al parecer entendía mucho de radiotelefonía. Una vez, en las escasas ocasiones en que nos vimos lo vi arreglando una radio de galena, que fue el modelo de radio antecesora de la radio inalámbrica. Eduardo y Coral vivian en Madrid y los veíamos de higos a brevas. Por lo que paso después supe se habían trasladado a Andalucía, donde el tío Eduardo había conseguido una plaza de secretario municipal en un pueblo de la provincia de Huelva llamado El Almendro. Una mañana noté agitación en la casa. Muchas llamadas telefónicas, mi padre entrando y saliendo. Pasada esta conmoción y también varios días esto es lo que pude poner en claro. Como queda dicho, el tío Eduardo era secretario municipal de El Almendro. Este pueblo queda en manos de las autoridades republicanas al estallar la guerra. Fue liberado a los pocos días del alzamiento. El tío Eduardo y su mujer se presentaron en Sevilla y se alojaron en la casa de mi tío José. A los pocos días unos cuantos falangistas de uniforme aporrearon la puerta de la casa, de madrugada y preguntaron por Eduardo. El tío Eduardo se levantó de la cama y salió a la puerta acompañada de mi tía, ambos en pijama. Uno de los falangistas le dijo a mi tío que se vistiera y que les acompañaran a la jefatura para prestar declaración. Nada se supo de él hasta que al día siguiente un desconocido llamo a mi Tío José y le dijo que el tío Eduardo había sido fusilado y que el cadáver se encontraba en El Almendro. Mi padre acompañado de mis tíos José y Faustino se desplazaron a El Almendro, se hicieron cargo del cadáver y, presumiblemente dispusieron su enterramiento en el mismo cementerio del El Almendro. Aquellos fueron días trágicos. No se por qué pero el caso es que mi tía Coral y su hija, dos años mayor que yo, Angelita, se quedaron en casa y mi primo Eduardo, cuatro años mayor que yo se quedó en casa de mi tío José.

Desde el Alzamiento las actividades comerciales de mi padre eran casi nulas. Con casi todos los fabricantes de productos alimenticios situados en zona republicana, a saber. Madrid, Barcelona, Valencia y toda la costa mediterránea, y Bilbao no quedaban sino Galicia para los envasados de pescados (sardinas, etc.) y Asturias (mantequilla) y los pocos que podían ofrecer en la parte de Andalucía en poder de los nacionales (aceite, chacinas, jamones, etc.). Como todas las comunicaciones en tiempo de guerra eran extremadamente difíciles los transportes por camión eran prácticamente inexistente y los de ferrocarriles, lentísimos debidas a las prioridades militares. Ya en Agosto o Septiembre vi a mis padres enzarzados en una bronca. Mi madre lloraba. Cuando mi padre se fue de la casa mi madre me explicó que “tu padre está acostumbrado a ganar mucho dinero y ahora no gana nada. Y esto lo trae siempre de mal humor”.

Las cosas iban a cambiar, pronto. Mi padre, que tenía muchos amigos tenia uno que se llamaba José Batista. De pronto, en casa no se hablaba más que de Batista. Un día vino a casa a comer. Era un hombre gordo, rubio, ojos azules, con una gran cabeza. José Batista tenía mucha experiencia en el negocio de hostelería y restaurantes. Había trabajado como tal desde niño en toda España. Aunque había nacido en Sanlúcar de Barrameda él le decía a todo el mundo que era de Bilbao, en donde había trabajado muchos años. Batista tenía don de gentes, era de una simpatía extraordinaria. Por lo que pude enterarme más tarde, un día Batista (que no tenía dinero) le dijo a mi padre (que lo tenía): “Federico, ahora es la ocasión de ganar mucho dinero”. “Como”. “Montando un cabaret” Mi padre no tenía idea de cómo funcionaba un cabaret como tal negocio. “Mire usted, Federico (siempre se hablaron de usted) con esto de la guerra, con los italianos, los alemanes, y los propios españoles jugándose la vida en el frente, cuando les dan permiso vienen a la capital a divertirse y gastar dinero. Saben que se juegan la vida y mientras están vivos lo que quieren es disfrutar”. Siguió explicando que en Sevilla desde que el Kursaal cerró no había un sitio medio decente como tal cabaret, dos o tres en la Alameda, lugares de esparcimiento de putas de baja estofa, maleantes y gente con poco dinero para gastar. Había que montar un cabaret de lujo, con una clientela de altos vuelos, no la cochambre de las Siete Puertas o Zapico.

Mi padre se dejó convencer. Tomaron en alquiler un salón de fiestas que se había llamado “Variedades”, situado en la calle Trajano, frente a la iglesia y casa de los jesuitas y con salida por Amor de Dios y le pusieron un nombre exótico: Excelsior. Este local había sido requisado a poco de estallar el Movimiento por la Jefatura de Policía, que no teniendo suficiente espacio para tantas detenciones utilizaba dicho local para mantener en el mismo a cientos de detenidos, algunos pero no todos por actividades políticas adversas al nuevo Régimen. De allí pasaban a declarar y luego o quedaban en libertad o desgraciadamente pasaban a mejor vida. (“Pasados por las armas”). Creo recordar que el negocio se abrió en Diciembre. Así empezó un negocio para mi padre que duraría desde fines del 36 hasta principios del 40 y donde ganaría mucho dinero. Mi padre salía de casa hacia las cuatro o cinco de la tarde y no volvía hasta la madrugada. Así es que apenas nos veíamos pues el cabaret abría siete días a la semana.Algunas tardes a la salida del colegio, que eran las seis iba a verlo. A aquellas horas el cabaret aun no tenía público. Mi padre me daba un bocadillo de jamón y un limpia me lustraba los zapatos.

Mientras tanto la guerra seguía su curso. Nosotros los balillas durante el año escolar hacíamos la nstrucción los jueves por la tarde (que no había clases). Los domingos íbamos todos a misa a la Iglesia de San Vicente. Después desfilábamos por el barrio y pasábamos frente a mi casa donde mi madre mis hermanas y las criadas nos veían desde la acera. Yo iba delante, dándomelas de importante (por ser alto me habían hecho gastador) y Manolo casi a la cola, jaleado por la familia. Por la tarde o íbamos al cine o a pasear en uniforme por el centro. Sevilla estaba entonces atestada de refugiados y soldados. Había soldados de tres países. Nos atraía poderosamente los brillantes uniformes de los cuerpos de nuestro ejército procedentes de Marruecos: los Regulares, Tiradores de Ifni, etc. Aparte de estos uniformes multicolores los de color caqui de las fuerzas nacionales e italianas y el tornando a verduzco de los alemanes apenas llamaban atención. Los italianos tenían su cuartel en la Plaza de la Magdalena en los que antes había sido un hotel, esquina a Rioja. En la puerta había un centinela sobre una tarima. Cada vez que entraba o salía un oficial pegaba unos zapatazos que retumbaban en la Plaza. Los italianos paseaban siempre en cuadrilla gritando o hablando a voces o riendo a carcajadas Los uniformes eran poco vistosos, de mala hechura. Ellos mismos iban despeinados, a veces sin el gorro, mal afeitado, las botas sucias. No nos atraían mucho. Contrastaban con los alemanes, siempre en parejas, silenciosos, observándolo todo. Los uniformes bien cortados, limpios, las botas y el correaje relucientes. Bien afeitados, bien peinados. Causaban una enorme impresión. Los nuestros, como siempre. También en cuadrilla, menos escandalosos que los italianos pero con unos uniformes que eran un desastre. Pero eran los nuestros…Caso aparte eran nuestros aviadores y marinos, siempre impecables. Los que se veían poco eran los moros que aunque barbudos y sucios y algunos muy mayores vestían, como queda dicho, unos uniformes exóticos.

1937

Un Domingo, en Enero o Febrero de 1937 fui al cine, al Coliseo España. En medio de la película interrumpieron la misma y alguien por un altavoz anuncio que las fuerzas nacionales habían tomado a Málaga. La persona que hizo el anuncio manifestó que se suspendía la proyección para que todos nos echáramos a la calle a festejar el triunfo nacionalista. Así lo hicimos y pude ver como en la avenida un oficial italiano de pie en un descapotable FIAT disparaba su pistola al cielo gritando Viva Franco y Viva il Duce.

Por aquellas fechas se inauguró en el Pabellón de la Argentina una exposición de guerra. Se exhibían al público toda clase de objetos de la zona republicana. Armas, incluso piezas de artillería tomadas al enemigo, los nuevos billetes de banco de la Republica, horripilantes fotos de víctimas de la represión roja. Exponían también los famosos vales con los que se adquirían artículos de todas clases, como aquellos de los que los compadres de Morón acumularon en varias cajas de zapatos. Uno de tales vales, refrendados por sellos de la FAI y la CNT rezaba así:” Vale por una novia y por una noche”. Lo habían utilizado en una casa de prostitución. Lo que más llamaba la atención eran los objetos procedentes del asedio del Alcázar de Toledo. Allí aparecía la motocicleta, que una vez en marcha, a falta de energía eléctrica ayudaba, con una de las ruedas sirviendo para mover un  molino,  a molturar trigo con que hacer pan para los sitiados. Lo que nos asombraba era que el pan era casi negro. Era el pan integral que nadie comía entonces. Quien iba a decirnos que con el tiempo llegaría a ser tan popular.

Muchos domingos después de la misa en San Vicente desfilábamos por la avenida. Éramos cientos y cientos. El público aplaudía a rabiar. Después del desfile paseábamos por la Avenida. Un día el jefe de los balillas, que entonces habían cambiado el nombre por “flechas” un hombre bajito que se llamaba Cabezas me vio destocado, con el gorro metido en una de los galones y me dijo al pasar : ¡Ese gorrito! Temiendo un arresto me lo puse inmediatamente en la cabeza.

Un día no recuerdo por qué llegue al colegio vestido de flecha. Al cabo el profesor me pasó una nota cuando ya estábamos en clase: el director quería verme. El director era Don Aurelio, un hombre más bien gordo, con gafas montadas al aire. Era navarro y rezumaba autoridad. “Eugenio, me dijo al llegar, hazme el favor de ir a casa y quitarte el uniforme. Que no vuelva a ocurrir”. No se me ocurrió preguntarle por qué. Después de toda una vida me pregunto si hubiera procedido lo mismo si hubiera aparecido con el uniforme de los Pelayos, la organización carlista que era profundamente religiosa. Para mí, que se hubiera portado lo mismo.

La radio nos daba instrucciones sobre qué hacer en caso de bombardeo aéreo. Un día, ya con la primavera avanzada, mi padre llego a casa y se encontró el patio casi inundado, y el toldo todo combado y lleno de agua, el sobrante cayendo al patio en forma de cascada. Mi padre a grandes voces preguntó a que se debía esto. Mi madre explicó que había sonado la alarma aérea y que todo lo que había hecho fue seguir las instrucciones. No, replicó mi padre las instrucciones son humedecer la lona para que en caso de que tiren bombas de gases la lona húmeda impida que tales gases penetren en la casa, no que la inundemos. Como casi siempre la alarma resulto ser infundada.

Una vez, según se averiguo después, la alarma fue necesaria. Me cogió en clase. También siguiendo instrucciones, se apagaron las luces y nos curvamos sobre los pupitres en silencio total. La alarma duro como unos quince minutos. A la noche la radio comunico que dos o tres bombarderos rojos habían tirado unas bombas que cayeron en Heliópolis sin causar bajas y solo pequeños desperfectos. Esta fue la primera y única incursión aérea que tuvimos en Sevilla en toda la guerra.

En la zona roja las milicias descontroladas realizaban toda clase de desmanes contra la gente de derechas, curas, monjas y frailes, incluidos asesinatos, violaciones y robos. Unos de los cabecillas que mas se distinguieron en tal siniestra labor fue Agapito Garcia Atadell a quien el gobierno republicano encomendo la direccion de una “cheka” o camara de tortura .Los detenidos ingresaban en estas chekas donde se les torturaban hasta que “cantaban” . Garcia Atadell creo la tristemente celebre “Brigada del Amanecer” que se ocupaba en visitar domicilios de madrugada para proceder a detenciones y robos. Garcia Atadell tenia mucho interes en ponerse rico y en Noviembre del 36, cuando juzgo que habia reunido lo suficiente para “retirarse”, sin dar cuenta a nadie huyo a Francia con nombre supuesto y compro un pasaje para Cuba embarcandose en St. Nazaire , con escala en la Islas Canarias. Alguien lo notifico a la Embajada de la Republica en Paris y esta por conducto de un tercer pais al gobierno de Franco. Cuando el barco fondeo en Las Palmas la guardia civil penetro en el barco, hizo un registro y detuvo a Garcia Atadell y lo condujo a Sevilla.

Mi padre tenia amistad con Don Francisco Bohorquez Vecina, el auditor de Guerra de la Segunda Region Militar. A don Francisco le servi yo en dos ocasiones: como alferez de complemento al hacer parte de mi servicio military con el cuerpo juridico en la Auditoria, en la Plaza de Espana y como Fiscal Primero en la Hermandad de la Macarena de la que Don Francisco era el Hermano Mayor. Un dia Don Francisco llamo a mi mi padre y le dijo que tenia dos “invitaciones” una para el y otra para mi para asistir a la ejecucion por garrote de Garcia Atadell, quien habia sido juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a muerte. La pena de garrote era medieval. El reo era atado a un poste y metia la cabeza en una argolla sujeta al poste. Detras del poste habia una manivela que el verdugo (quien vino especialmente de Burgos para esta ejecucion) accionaba. Cada golpe de manivela estrechaba la argolla. La ultima estrangulaba al reo y le causaba la muerte. Mi padre, cortesmente, declino la “invitacion”.

Llegado el verano nos encontramos con la sorpresa de que los padrinos de Morón nos invitaban a pasar el verano en su casa. Pasada la novedad de los primeros días fueron unas vacaciones más bien aburridas. Sin embargo pronto descubrí que el Casino de Morón tenía una biblioteca bien abastecida. Mi afición a leer impidió el aburrimiento total. Iba caso todas tardes y me leí varias novelas sobre Tarzán de Edgar Rice Burroughs, autor inglés que fue el creador de famoso hombre de los monos. De noche algunas veces íbamos al cine. Una noche fuimos al estreno de “King Kong”. Aquello fue increíble. Cuando King Kong encaramado en la cúspide del Empire State Building empieza a despojar lentamente de su ropa a la heroína, lentamente, como deshojando una margarita, el público de catetos del gallinero rugía: “Acaba ya, puto mono, déjala en pelotas”. Y cosas por el estilo.

La casa de los padrinos era un enorme y destartalado caseron diseñado quizá por un maestro de obras sin idea de orden y proporción. Los dormitorios eran enormes pero solo habían dos. Uno para los Valdivia y el otro para mis padres y las niñas, aunque mi padre solo estuvo con nosotros dos o tres días. Así que no había dormitorio para Manolo y para mí. Nos mandaron a un vasto almacén en el segundo piso donde mi hermano y yo dormíamos en dos improvisados catres. Como compensación estábamos rodeados de grandes sacos de azúcar. La tela de los sacos era de inferior calidad, con grandes agujeros donde enormes terrones pugnaban por escaparse del saco. La tentación era formidable. No había más que dar un tironcito y a la boca. Y después de este gran terrón, otro y otro. Manolo y yo estábamos deseando que llegara la hora de irse a la cama. Volvimos a casa con unos cuantos kilos extra.

Entretanto la guerra continuaba su curso, más bien monótono. A los sonados triunfos de la toma de Bilbao y Santander que era imposible ignorar porque la radio nos lo pregonaba a todas las horas del día siguió un periodo de paralización. Y sin embargo en este caluroso verano de 1937 se estaba desarrollando la terrible batalla de Brunete, según pude enterarme mucho más tarde pues aunque leía periódicos los partes de guerra los encontraba aburridos. Era más interesante seguir la vuelta ciclista a Francia, por ejemplo.

En el otoño volvimos a las clases y el tiempo se hacía larguísimo para las vacaciones de Navidad, que por fin llegaron. El último día de clase era el 22 de Diciembre, día en que los profesores leían el resultado de los exámenes parciales e infortunadamente nos daban tarea a ejecutar durante el periodo de vacaciones. Yo lo dejaba todo hasta el último día. El día 22 se reducía a medio día. Nos dejaban libres a las 12 y a esa hora de camino a casa, felices y contentos, podíamos escuchar por los altavoces de las radios a los niños de no recuerdo que orfelinato cantando los números de la lotería del Gordo: 25.419, diez mil pesetas, 67.532, diez mil pesetas…

Los padrinos de Morón volvieron a invitarnos para pasar las Navidades en su casa de Morón. Salimos el 23. Mi padre había vendido el Balilla y fuimos en un taxi enorme de grande, un taxi cuyo dueño era un tal Montes, un hombrón tan grande como su vehículo, muy popular en Sevilla y que tenía la parada en la plaza del Duque. Otra vez Manolo y yo fuimos destinados al almacén donde con gran alborozo descubrimos que los que nos rodeaba ahora no eran sacos de azúcar sino cajas de madera llenas de polvorones, mantecados, figuritas de mazapán, etc. Más comilonas nocturnas. Lo asombroso era que ni el padrino ni María su mujer notaron los grandes huecos en las cajas.

De esta estancia navideña en Morón recuerdo algo interesante. Una noche estábamos todos alrededor de la camilla, después de cenar, y Juan, el padrino, nos contó que estaba preocupado porque los rojos,  que no hacían más que perder terreno habían, de sorpresa, tomado Teruel. Se había enterado escuchando a Radio Madrid, cuyos programas aunque interferidos por la censura era posible oírlos. (Mi madre me tenía terminantemente prohibido cogerlos en nuestra radio). Juan temía que la guerra pudiera dar un vuelco y que se viera de nuevo en la situación de que fue víctima en el verano del 36.

1938

Pasaron las Navidades, pasaron los reyes, volvimos a las clases y todo continuo con la rutina de siempre. Pero no todo era rutina. Una fría noche, creo que fue en Enero, sobre las diez y pico de la noche, ya cenados, mi madre me dijo “Ponte el abrigo que vamos a salir”. “A donde vamos, mama”. “Tu ponte el abrigo y no hagas preguntas”. Dócil, hice lo que me había mandado. Ella se puso su abrigo y tomó su bolso. Salimos y en la plaza del Duque tomamos un taxi. Mi madre dio una dirección, al final de la Alameda frente a lo que entonces era la Pila del Pato. El taxi se detuvo y mi madre ordeno al taxista que le esperase. Yo me dispuse a salir y mi madre me dijo: No, tú te quedas aquí, vuelvo enseguida. Por la ventanilla del taxi vi cómo mi madre subía una empinada escalera. Como diez minutos después la vi bajar, se metió en el taxi y dio la dirección de casa. La miraba y aparecía todo acalorada. Yo no me atreví a preguntar ni ella dijo palabra. Llegamos a casa y mientras yo escuchaba la radio ella se cambió de ropa. A la media hora o así, oímos una llamada a la puerta de la casa, que mi madre había cerrado al volver a la misma. Mi madre me dijo, Anda baja a ver quién es. Yo extrañado por la hora intempestiva para visitas baje, abrí la puerta y me encontré con dos hombres con abrigo y sombrero. Hola, chaval, dijo uno de ellos. ¿Está tu mama? Si, dije. Los hombres habían entrado en la casa y permanecían en el zaguán. Dile que queremos hablar con ella. Mama, llame a voces, Aquí hay dos hombres que quieren hablar contigo. Desde una de las ventanas del principal que daban al patio me dijo: dile que pasen, que ahora bajo. Los hombres entraron al patio. Al rato, mi madre que se había colocado algo sobre su ropa de casa, bajaba. Señora, dijo el hombre que me saludo al llegar, somos agentes de policía. Tenemos una denuncia contra usted. Usted dirá, dijo mi madre, que aparecía toda tranquila. Usted ha visitado esta noche a una señora en la calle Calatravas. Si, repuso mi madre. Pues esta señora la ha denunciado a usted porque dice que la ha amenazado con una pistola. Es verdad, dijo mi madre. A ver, dijo el otro agente, deme esa pistola. La tengo arriba. Pues vaya arriba y tráigamela. Al rato mi madre baja con algo en la mano. Esta es la pistola. Los agentes quedaron asombrados. Como yo a todo esto permanecía muy próximo a mi madre y a los agentes no perdía detalle y así pude ver la cara de asombro de los policías. Mi madre le había entregado a la policía la pistolita de juguete marca La Bellota que mi padre me había regalado en la primavera del 36, antes de la guerra y que era un prodigio de realismo. Era un calco, excepto en el tamaño de una pistola autentica. Bueno, está bien, dijo una de los policías. Quédese usted con la pistola. ¿Pero-pregunto uno de los agente, que es lo que le pasa a usted con esa mujer? Entonces mi madre hizo señas a la pareja y se alejaron unos pasos de mí. En voz baja mi madre les dijo algo que no pude oir. Los agentes sonrieron. Muy bien señora, muchas gracias y no se preocupe. Ya lo arreglaremos todo. No se preocupe. Los agentes se retiraron y yo cerré la puerta. Al subir la escalera y penetrar en el dormitorio de mis padres , donde estaba ella, ví como mi madre sacaba del bolso con el que había salido en nuestra visita nocturna la pesada pistola STAR de mi padre y la ponía donde solía estar, en el cajón de la mesilla de noche de mi padre. No cambiamos palabras ni nunca mencionamos este episodio en nuestras vidas.Naturalmente yo interpreté esta visita nocturna como un “aviso” de mi madre a una amiguita de mi padre de las que visitaba o trabajaba en el “Excelsior”.

Los días y lo meses pasaban y pronto llegamos a la primavera con sus dos grandes acontecimientos, la Semana Santa y la Feria. Para la Semana Santa mi padre había alquilado sillas, según la costumbre de la burguesía en aquellas fechas. Las sillas estaban situadas en la calle Sierpes junto a la puerta de uno de los mejores restaurantes de Sevilla en aquella época: El Pasaje Oriente, un enorme local con entradas por Sierpes y Tetuán, frente a Casa Rubio, que vendía afamados abanicos. Mi padre venia todas las tardes, veía una o dos procesiones y se marchaba a su negocio. No más desaparecer que Manolo y yo dejábamos las sillas que, atornillados a ellas por varias horas, encontrábamos más bien aburridas y nos íbamos a “explorar” el restaurante, incluyendo salida a Tetuán donde incluso veíamos pasar alguna que otra procesión de camino a la Campana. El caso era recobrar nuestra “independencia”. Una cosa sí que nos gustaba. Era ver de vez en cuando un escuadrón de caballería de un regimiento local acompañar a una procesión. Los caballos iban detrás del paso. El estruendo de las cornetas interrumpido de vez en vez por lo floreos de un solista era impresionante. Como la ubicación de las sillas estaba en unos de los tramos más estrecho de Sierpes podíamos casi tocar a los poderosos caballos del escuadrón. Ocasionalmente un caballo resbalaba a causa de la cera acumulada en el pavimento y entonces se desencadenaba el pánico en el público.

Cartel de Feria
Cartel de Feria

La Feria estaba situada en el Prado de San Sebastian. Era mucho más pequeña que la actual y las calles no tenían nombre pero nadie se perdía. Nosotros asistíamos a la caseta de la Tertulia Bética de la que mi padre era socio fundador. Por lo general se iba a la Feria hacia mediodía, a ver el paseo de caballos. Después nos íbamos a casa hacia las tres. Las niñas no volvían (Chica tenía ocho años). Mi padre se echaba un rato y se levantaba para la corrida que generalmente comenzaba a las cinco de la tarde. Mano lo y volvíamos a la Feria con mi madre hasta las diez, a menos que mi padre fuera, en cuyo caso mi madre se quedaba. Los niños de aquella época, excepto los de familia “aflamencadas” no solían aprender a bailar sevillanas, pero las niñas eran otra cosa. Mis hermanas habían aprendido a bailarlas en el estudio de los hermanos Otero que estaba casi a la vuelta de la esquina de mi casa. Por supuesto que iban vestidas de gitana. A mi hermano y a mí lo que más nos gustaba de la Feria era la calle del Infierno. Nunca olvidare aquella barraca donde se exponían las tragedias del toreo. En una sala toda blanca, reproduciendo la sala de cirugía de un hospital, aparecía en una cama cubierto por una sabana que le dejaba al descubierto los pies, el pecho y la cabeza la figura de un hombre con una palidez marmórea. Uno de los ojos era un enorme y sanguinolento agujero. Era la efigie en cera del famoso matador valenciano “Granero” corneado y muerto en Madrid en los años veinte. El asta del toro que lo mato penetro en uno de sus ojos y le destrozo la masa encefálica.

Yo seguía con los Flechas, pero de no muy buenas ganas. En la primavera los jerarcas montaron un espectáculo en la Plaza de Toros. Era un simulacro de una acción de guerra. Intervenian los flechas como “combatientes” y las “Margaritas” que eran las niñas del Carlismo, como “enfermeras”. Los soldados lucían cascos de cartón piedra. Había también una piezas de artillería hechas de madera pero bastante realistas. Dado comienzo habían unas escamaruzas, tiros, cañonazos, heridos…y allí era donde yo entraba en acción. No sé porque a mí me hicieron de camillero y tenía que cargar con los soldados “muertos” o “heridos” que llevábamos a un puesto sanitario para ser atendido por las “enfermeras”. A mí me pareció aquello un tostón pesadísimo en todos los sentidos de la palabra, no solo por tener que cargar con los “heridos” y “muertos” sino por el peso de las varas de la camilla, que eran reales y pesaban los suyo. Hubo también otra concentración de flechas y margaritas en la Plaza de España. De este evento solo recuerdos dos cosas: que hacía un calor tremendo y que varias Margaritas cayeron desmayadas por el calor y tuvieron que ser evacuadas También hubo otro acontecimiento en la primavera del 38. Mi padre y José Batista dejaron el local del Excélsior en la calle Trajano y alquilaron del Ayuntamiento el antiguo Pabellón de Castilla y León de la Exposición Iberoamericana de 1929 que estaba a la espalda del actual Consulado de Portugal en la Plaza del Cid. Después de ser remodelado quedo muy bonito. Yo tuve la ocasión de verlo una vez, naturalmente a una hora en que no estaba abierto al público.

Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda
Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda

En Mayo o Junio mi padre anuncio que íbamos a pasar el verano en Sanlúcar de Barrameda. El fin del curso se me hizo larguísimo. Por fin llego, el 30 de Junio, día de san Fernando, Santo patrón de Sevilla y nombre del colegio. Hubo las fiestas consabidas, lecturas de las notas del curso y a las doce nos dejaron libres…. ¡hasta Octubre!

Salimos para Sanlúcar a primeros de Julio. Mi padre alquilo una camioneta en la que llevábamos los colchones, juegos de cama, toallas, algunos muebles, utensilios de cocina, etc. etc. Yo, aventurero, quise ir en la camioneta y me tumbe encima de los colchones. El viaje fue cómodo pero mi aventura resultó algo dolorosa. Una avispa se enfadó conmigo y me dejo la nariz hecha una batata. Detrás de la camioneta nos seguía mi familia y las criadas en el taxis de Montes, de ocho plazas, un taxi favorito entre los toreros.

Sanlúcar era una de las tres playas elegidas por la burguesía sevillana para pasar el verano. Las otras eran Rota y Chipiona. Estas tenían mejores playas pero Sanlucar era un pueblo grande con ciertas atracciones de las que Rota y Chipiona, entonces pueblos pequeños, carecían.

Mi padre había alquilado un piso en lo que quizás era el mejor sitio en el pueblo. En plena Plaza del Cabildo, una hermosa plaza rectangular, flanqueada por palmeras y bancos y teniendo como cabecera el edificio del Ayuntamiento estaba en el mismo centro de Sanlucar. Cuando llegamos le plaza estaba totalmente ocupada por un inmenso montón de chatarra compuesta por toda clase de objetos de hierro y metal, todo oxidado después de haber estado expuesto a la intemperie e humedad por semanas y semanas. Estos cacharros eran donativos de la ciudadanía para ayudar al esfuerzo de la guerra. Por lo visto nadie pensaba que era hora de retirarla.

Sanlucar era (y supongo que sigue siendo) un pueblo bonito y alegre, con calle limpias y frescas, bien regadas. La gente amable aunque algo fría con los forasteros. No frecuentaban la playa. Al lado del ayuntamiento había una tienda en la que vendían material de escritorio, o sea papel y tinta, gomas de borrar, sobres y también periódicos, revistas y algunos libros. Yo iba a allí a diario. Mas adelante había un hotel y bar, llamado “El 9”, punto de reunión de algunos amigos de mi padre cuando pasaba algunos días con nosotros.

El piso nuestro era grande, con tres o cuatro dormitorios, cocina y una hermosa sala de estar con dos balcones a la plaza pero sin cuarto de baño. Cada dormitorio tenía su correspondiente lavabo con su correspondiente jarra para las abluciones superficiales. El que quisiera bañarse tenía que recurrir a la clásica bañera circular de zinc, todo muy siglo XIX.

Generalmente mi hermano y yo éramos los primero en llegar a la playa, sobre las diez. El pueblo y la playa estaban separadas por un largo paseo llamada La Calzada (quizás tuviera un nombre “oficial” y “patriótico” (como Calzada del Caudillo, etc.) pero todo el mundo la conocía simplemente como La Calzada. A la playa se iba a pie (que es lo que, a la ida, hacíamos mi hermano y yo), en autobús o en coche de caballo. Mi madre y las niñas llegaban sobre las doce, en coche de caballo. Y las criadas sobre las dos, cargadas con dos grandes canastas donde traían el clásico almuerzo de tres platos más fruta del tiempo, manteles, cubiertos, vasos, vino, etc. Las criadas cogían el autobús. Mi padre había alquilado una caseta con su toldo. Las casetas eran de madera, con cuatro ruedas. En la caseta guardábamos el toldo, que montábamos nada más llegar por la mañana, mesas y sillas los bañadores, cubos y palas para jugar, algunas toallas, artículos de limpieza, etc., que dejábamos al marcharnos cerrados con un candado. Al llegar las criadas instalábamos las mesas y sillas, poníamos los manteles y nos disponíamos a almorzar. Pero antes había un protocolo diario. Los médicos aconsejaban la playa. Treinta baños era por lo visto garantía de salud para el futuro. Pero los baños, si prolongados, como eran los nuestros (no habían quien pudiera sacarnos del agua) tendían a debilitar. Para remediar esto mi madre religiosamente nos administraba a los cuatro una cucharada de quinina, que no estaba mal, en comparación con la repugnante cucharada de hígado de bacalao que nos hacia tragar en el invierno y la no menos repugnante de aceite de ricino, como purgante, una vez al año antes de que empezaran las clases en el otoño. Después de la comida dejábamos pasar dos horas (según decían los entendidos bañarse inmediatamente después del almuerzo tendía a “cortar” la digestión”). Y de vuelta al agua. Algunos días en vez de volver al gua hacíamos largos paseos por la playa. El destino favorito era La Jara, una playa como a un kilómetro de donde teníamos la caseta. Aquella era una playa abierta, mientras que la teníamos al frente de nuestra caseta tenía el horizonte cortado por lo que entonces considerábamos como algo misterioso, el Coto de Doñana a donde, cosa curiosísima nunca fuimos y lo que es más grande, nadie nos invitó a ir por más que no había medios de ir, a menos que fuera desde tierra. En fin, el Coto para nosotros era un misterio.

La casetas están alineadas a unos 50 metros de la orilla del mar y a lo largo de quizás doscientos metros. Las mejores situadas (y de alquiler más caros) eran las que, como la nuestra, estaban más próximas a la Calzada. La caseta a la derecha de la nuestra estaba ocupada por una familia acomodada de Sanlucar. Era un matrimonio con un hijo pequeño que nos pareció monstruoso en cuanto que tenía la cara que parecía una careta. Entonces esta anomalía era rara. Hoy es corriente y se llama el síndrome de Down. La caseta de la izquierda no estaba alquilada por la temporada de verano y así cada semana o así- veíamos caras nuevas, pues habitualmente se alquilaban para una o varias semanas. Una de la familias que ocupo esta caseta por algún tiempo estaba encabezada por un comandante de infantería que llegaba cada mañana de uniforma. Un día aproximaron su mesa de comer a la nuestra y nos entretuvo hablando sus experiencias de la guerra. Alguien le pregunto si había tenido contacto con las Brigadas Internacionales. Nos dijo que si, y que les había hecho muchos prisioneros. “Yo los mando a fusilarlos a todos”. Esto me impresiono muchísimo.

Y hablando de la guerra yo tenía por aquellos días escaso interés por la guerra y apenas si leía los partes, pero por aquellas fechas se estaba desarrollando la terrible batalla del Ebro, que comenzó el 25 de Julio. Pero de esta fecha lo más importante para mí fue que en esa fecha empezaban las famosas mareas de Santiago. Empezábamos a notar que las mareas iban siendo cada vez mayores y para el 25 de Julio las olas eran inmensas y el fragor nos hacía chillar para oírnos mutuamente. Disfrutábamos con el espectáculo.

Un domingo por la mañana mi padre nos aviso que un torero iba a visitarnos. Efectivamente, después de almorzar, sobre las tres de la tarde un grupo de hombres, entre los que se encontraba mi tío José, hermano de mi padre, se presentaron en el piso acompañando a un joven tres o cuatro años mayor que yo, de mediana estatura, tirando para lo bajo, rubio, de ojos azulencos y pocas palabras. El torero tenía una corrida, una novillada, aquella misma tarde en la plaza de Sanlucar. Acababan de llegar de Sevilla todos sudorosos. La idea era que el torero se diera una ducha y se vistiera en nuestro piso en vez de en un hotel. Mi tío era amigo del novillero, que estaba empezando y no tenía mucho dinero. Como dije antes no teníamos ni cuarto de baño ni ducha. Una criada trajo una bañera a la sala de estar. Mi madre no me dejaba asistir a este ceremonia pero yo insistí y me cole y lo vi todo. La criada trajo tres o cuatro jarras de agua. El torero en cueros vivos metió los pies en la bañera y mi tío, que tenía dos metros de alto alzaba la jarra de agua más bien caliente que fría y así se ducho el torero. Acto seguido lo vistieron, se llamó a un taxi y torero, su cuadrilla, mi padre y mi tio marcharon a la plaza. El torero, que luego fué famosísimo y que ha muerto hace unos días (escribo esto en Julio de 2013) era nada mas ni nada menos que Pepe Luis Vázquez.

Pepe Luis Vazquez
Pepe Luis Vazquez

Aquel verano hice una buena amistad con un joven dos o tres años mayores que yo. Se llamaba Fernando Lara.

Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938
Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938

Siempre estábamos juntos. Él tenía dos hermanas que también pasaban mucho tiempo con mis hermanas. Fernando estaba estudiando Náutica y se estaba preparando para ingresar en la marina mercante. Sabía mucho de barcos. Desde la playa veíamos entrar por el estuario en Bonanza muchos barcos mercantes que iban a Sevilla. Dominaban los alemanes e ingleses. También había americanos, italianos, griegos, etc. Fernando sabía si eran petroleros o iban cargados de trigo, o abonos, cuál era su tonelaje. Yo creo que entonces nació mi interés por las cosas del mar. Me dio a leer una novela que encontré (y aun encuentro) maravillosa. Se llamaba Motín en el Bounty , un hecho histórico que narra el motín, en el siglo XVIII en un buque (llamado Bounty ) de la armada británica habilitado para transporte comercial contra su tiránico capitán. Esta novela fue trasladada al cine (lo que yo entonces ignoraba) con gran éxito, película que fue censurada en España y no se proyectó hasta los años sesenta  bajo el titulo “Rebelion a Bordo”. El motivo de haber sido censurada fue desternillante: era, según el censor, “un canto a la rebelión”. Esta novela se imprimió en una editorial de Barcelona muy popular y me extrañaba que los dibujos que acompañaban a la novela fueron reproducciones de las facciones de los artistas en la película: Glark Gable (el cabecilla del motín), Franchot Tone y el tiránico capitán Charles Laughton.

Pelicula Rebelion a Bordo , 1935 (Motin en el Bounty)
Pelicula Rebelion a Bordo , 1935
(Motin en el Bounty)

En Julio 16 era la festividad de la Virgen del Carmen y todos los barcos de pesca en Sanlucar hacían una procesión marítima que resultaba muy bonita. Y en Agosto eran las fiestas del pueblo. Se celebraban muchos festejos tanto en la playa como en el pueblo lo, todo muy bonito y alegre. Los aviones de caza (FIAT italianos) de una base próxima, quizás Jerez, volaban a vuelo rasante sobre la playa, tan bajos que parecía podíamos tocarlos, con un ruido de motores estruendoso. También había carreras de caballos en la playa. Años más tarde me entere que estas carreras son las más antiguas de España.

De noche íbamos al cine, un cine muy agradable, mucho más que el de Morón. La entrada costaba una peseta. Las películas eran mayormente alemanas, inglesas y francesas, con unas pocas españolas e italianas. Las películas de Méjico aún no habían llegado a España. Llegarían, con un éxito arrollador, en los cuarenta. Cuando no íbamos al cine paseábamos por el paseo de la Calzada, varias veces para arriba y para abajo, las hembras separadas de los varones. Los novios también paseaban pero acompañados y vigilados por la “carabina”, generalmente la madre o una hermana mayor de la novia.

En fin, fue un verano maravilloso por todos conceptos. Ademas, descubri el amor. Me enamore de una muchacha del pueblo. Pero eso es harina de otro costal.

Volvimos a Sevilla unos días después del 8 de Septiembre, que era la festividad de la Virgen de Regla. Patrona de Rota y que marcaba el final de las vacaciones playeras para las tres playas, Rota, Sanlucar y Chipiona.

De vuelta a Sevilla reanudamos las clases el 2 de Octubre. El primero había sido declarado fiesta, era la fiesta del Caudillo en este II Año Triunfal. Un día caminando por la calle Sierpes me pare en el puesto de Curro el de los periódicos, que entonces estaba en un chaflán donde tenía como vecina a “Dolorcitas la del agraz” una mujer famosa en Sevilla por los ricos jarabes y bebidas refrescantes que vendía en su puesto, situado en el tal chaflán que conduce a un callejón cuyo nombre escapa a mi memoria, muy cerca de la Campana. Ojeando la prensa me llamo la atención un nuevo periódico llamado “España”. Le eche un vistazo y vi que traía unas fotos estupendas. Cuando llegue a casa llame por teléfono a una oficina y empezaron a traer el periódico todas las tardes al anochecer. Una vez terminados los deberes del colegio me lanzaba a leer el periódico. El diario España se publicaba en Tánger, ciudad internacional nido de espías de muchos países e insuperable fuente de información. Su director era Gregorio Corrochano, prestigioso periodista y gran crítico taurino (“Es de Ronda y se llama Cayetano”…). Lo que más me llamaba la atención era que traía fotografías de la zona roja. Las páginas centrales daban noticias de la guerra. La página de la izquierda (como tenía que ser) se titulaba ELLOS y la de la derecha NOSOTROS. En la de la izquierda traía noticias del “otro lado” con muy interesantes fotografías. En mi imaginación infantil me veía transportado a Madrid llevado de mi incansable curiosidad y un sentido de la historia que jamás me ha abandonado. Porque presentía que estábamos viviendo acontecimientos trascendentales en la historia del país.

Después de la batalla del Ebro el ejército nacional empezó a avanzar por Cataluña. El España traía todos los días estupendos reportajes fotográficos. El diario también publicaba las memorias de un arrepentido voluntario belga de las Brigadas Internacionales llamadas “Memorias de un Mercenario’ que eran interesantísimas.

Yo ya no tenía interés en los Flechas y no recuerdo como deje de acudir a los llamamientos. En cambio mi primo Eduardo, que habia aprobado el examen de revalida y se habia matriculado en la facultad de Derecho, carrera que nunca termino, mostraba un inusitado interes por el movimiento falangista y no hablaba mas que del  SEU (Sindicato Espanol Universitario), que era la rama universitaria del falangismo y en que llego a tener algun cargo. Yo no me explicaba esto. Los falangistas le matan al padre y el se hace falangista. Mucho tiempo despues puse el tema sobre el tapete. Como es posible?. No decia nada, se sonreia. Cuando le estrechaba a preguntas me contestaba que era dificil explicar y que preferia no sacar el tema a relucir. Lo deje por imposible.

Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)
Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)

1939

Los partes de guerra de este Tercer Año Triunfal decribian el rapido avance de las tropas nacionales y el desmoronamiento de loa resistencia republicana. Aquello era una desbandada. Por fin las tropas ocuparon Barcelona el 26 de Enero. El entusiasmo en Sevilla fue formidable. El Diario España traía un reportaje fotográfico fenomenal, incluido las siniestras “checas” o cámaras de torturas comunistas.

Después vino un periodo de dos meses, Febrero y Marzo en el que nada pasaba. Los partes de guerra, una vez ocupada totalmente Cataluña, no decían nada substancial. La realidad es que en la otra zona ocurrían muchas cosas de ls que no nos enteramos sino hasta mucho más tarde. El presidente Azaña, evacuado a Paris se negó a volver a la zona central del país, todavía en poder de la Republica y dimitió la presidencia. Negrin,

Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)
Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)

el primer ministro, un pelele en manos de los soviéticos regreso a Madrid decidido a continuar la lucha a la espera de que la inestabilidad europea se revolviera en un conflicto bélico del que la Republica podría beneficiarse. Pero el sector anticomunista en Madrid se opuso a los planes de Negrin. El coronel Casado se rebeló contra él y formo una Junta de Defensa presidida por él y con algunos otros partidarios de un armisticio con las fuerzas de Franco, entre ellos el socialista Besteiro. Las fuerzas comunistas se opusieron a la Junta y así se desencadenó en Madrid y sus alrededores una guerra civil dentro de otra guerra civil. Casado

Coronel Segismundo Casado  Se rebelo contra  la Republica (Marzo, 1939)
Coronel Segismundo Casado
Se rebelo contra la Republica (Marzo, 1939)

pidió una paz honrosa. Franco le exigió una rendición sin condiciones.

De todo esto no sabíamos nada en la zona nacional y el diario España, el mejor informado, daba solo retazos incoherentes sobre lo que iba pasando.

A principios de Enero, sin embargo, los rojos iniciaron una ofensiva en el sur que cogió a los nacionales desprevenidos. Rompieron el frente y ocuparon algunos pueblos en Extremadura, entre ellos Granja de Torre Hermosa, donde saquearon casas y negocios, de lo que nos dio cuenta una amiga de mi familia, Dolores, la mujer de un íntimo amigo de mi padre, Juan Amador. La familia de Dolores fue víctima de tales saqueos y destrucción por parte de los rojos. La ofensiva fue detenida y los nacionales recuperaron el terreno perdido en Marzo.

A mediados de Marzo las tropas naciones comenzaron a avanzar sobre terreno republicano y por fin entraron en Madrid el 28 de Marzo. Al día siguiente entraron en Valencia, Alicante en los días siguientes en otras y muchas ciudades y pueblos. Todos esperábamos el final de la guerra de un día a otro. El 1 de abril de 1938, las once de la noche me detuve en la escalera de camino para mi dormitorio. Sonó en la radio el clarín que anunciaba el parto de guerra y me quede a la expectativa. El parte (que me lo aprendí de memoria) decía así” “EN EL DIA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJERCITO ROJO, LAS TROPAS NACIONALES HAN OCUPADOI SUS ULTIMOS OBJETIVOS MILITARES. LA GUERRA HA TERMINADO. CUARTEL GENERAL DEL GENERALISIMO. FIRMADO FRANCISCO FRANCO. Cuenta la historia que el Generalísimo no lo pudo celebrar. Estaba en la cama con un fuerte resfriado.

Mi padre y unos cuantos amigos organizaron un viaje a Barcelona. Volvieron horrorizados de lo que habían visto. El gerente de la compañía Cafés a la Crema Marcilla que era de Izquierda Republicana y que había parado en casa en viaje de novios (como cuento en la primera parte de esta historia) había muerto pero no pudo enterarse si en el frente o de muerte natural o fusilado. Los anarquistas requisaron el negocio, desplazaron al Sr. Marcilla e implantaron una cooperativa que termino con la ruina total del negocio. Encontraron a Barcelona, sucia, hambrienta. Las fábricas de tejidos, con enormes existencias sin vender casi regalaban la mercancia. Mi padre volvió con cortes de traje para toda la familia.

En la primavera se celebraron varios actos para celebrar la despedida de varios regimientos de fuerzas italianas (eufemísticamente llamados “voluntarios”) que se embarcaban en el puerto para volver a su país. Vino el Conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Italia (y yerno de Mussolini, el dictador y jefe de gobierno, quien lo mando asesinar en 1943) a quien vimos por la Avenida en un coche descapotable acompañado de nuestro ministro de Asuntos Exteriores (el “Cuñadísimo) Ramón Serrano Suñer, a quien algunas mujeres, considerándole guapo, le llamaban “jamón serrano”. Fuimos al puerto y vimos a los italianos embarcando en un buque de mediano tamaño entre vítores, músicas, himnos, discursos, etc…

Aquel verano volvimos a Sanlúcar y fue como el año anterior una experiencia inolvidable. Reanude mi amistad con Fernando Lara, y gozamos enormemente de la playa, el pueblo, cine, paseos y hasta bailes.

También hubo torero este verano. Pero en vez de visitarnos fuimos nosotros, mi padre y yo, los que lo visitamos a él. Pepe Luis Vázquez era de condición modesta. Su padre era un obrero en el Matadero Municipal. Este torero del verano del 39, Jose Ignacio Sanchez Mejias,  era rico. Su padre había sido nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, inmortalizado por Garcia Lorca (“A las cinco de la tarde, eran las cinco de la tarde….”). Mi padre conocía a este torero, que como Pepe Luis, estaba empezando de novillero. Su padre fue presidente del Real Betis Balompié cuando mi padre fue tesorero del mismo. Hay una foto en el campo del Patronato, año 1930 en el que aparecen los tres. Toreó en Sanlucar en este verano y fuimos verlo torear. Después fuimos a verlo al hotel, al hotel “El 9”. Estaba en la cama, descansando. “Anda, llama a mi madre para que se tranquilice” le dijo a su mozo de espadas. Las conferencias telefónicas las daba mas rápidas en la central de teléfonos que en el hotel. El mozo de espadas no sabia donde estaba la central. Mi padre me dijo, “anda, acompaña a (Fulano) a la central”. La central estaba a dos pasos. Llegados a la misma la jefa de la central lo puso en contacto con la madre del torero en cuestión de minutos. Cosa rarísima en aquellos tiempos. El mozo de espadas entró en la cabina y yo me quede a la puerta y le oía a hablar. Hablaba a gritos. Le describía la actuación del torero. “Pues, na,  ha estado superio”. “En el primero le dio unos lances de maravillas.” “ Y en el segundo lo mismo. Ha gustado mucho. “No, no ha tenido ni siquiera un roce”. Yo le escuchaba asombrado. Jose Ignacio  había estado desastroso. Pitos. A punto de salir custodiado. Mi padre decía que no le tenía afición. Que yo recuerde se retiró de los toros al poco tiempo.

Vilallonga
El actor y novelista Jose Luis Vilallonga

Durante las fiestas de Agosto, un famoso jugador del Betis (todavía no había recobrado el “Real”), Peral,

Peral, jugador del Real Betis Balompie
Peral, jugador del Real Betis Balompie

a quien mi padre llamaba Peralillo, visitó Sanlucar por aquellos días y yo le acompañe en varias ocasiones. Una noche me invitó a una fiesta de gala dada por el Infante Don Alfonso de Orleans, primo hermano del rey Alfonso XIII en su palacio de Sanlúcar. Al llegar la República el Infante se exilio y volvió a España con la guerra donde ocupaba un puesto importante en la aviación nacional, pues había sido piloto en la guerra de Marruecos. Peral no tenía invitaciones pero algo le dijo al portero que nos dejó entrar inmediatamente. Era una fiesta de lujo, los asistentes eran en su mayoría aristócratas, algunos llegados expresamente de Inglaterra donde el Infante tenía muchas amistades. El Infante era padrino de bautismo de Pip Scott-Ellis, una aristócrata inglesa que habia conducido  una ambulancia (donada por su padre) con las fuerzas de Franco durante la guerra. Años mas tarde esta Pip se casaría, en el mismo palacio de Sanlucar, con el aristócrata y novelista español Jose Luis Vilallonga,

Jose Luis Vilallonga, actor en "Desayuno con diamantes"
Jose Luis Vilallonga, actor en “Desayuno con diamantes”

que, también actor, tuvo un pequeño papel en la película americana ” Desayuno con diamantes” ( “Breakfast at Tiffany” ) con Audrey Hepburn. Estoy casi seguro que la tal Pip estaba aquella noche con Peral y conmigo en aquella maravillosa fiesta, en la que la orquesta tocó, el “Lambeth Walk”, un nuevo estilo de baile de origen inglés y muy conocida por entonces Disfrutamos mucho Peral y yo.

Poster de "Desayuno co Diamantes"
Poster de “Desayuno co Diamantes”

El 2 de Septiembre los periódicos trajeron la noticia del estallido de lo que vendría a ser la segunda guerra mundial , por aquellos días limitada a Alemania, Inglaterra, Francia y Polonia., aunque ya hacia algún tiempo que existía otra guerra: la declarada por Rusia contra Finlandia. Yo me hice de una agenda y empecé a escribir un diario, un intento que he comenzado muchas veces en mi vida hasta abandonarlo a los pocos días.

Pasada Regla, como en el año anterior volvimos a Sevilla, a las clases y a la rutina de siempre.

Al terminar el año 1939 me preguntaba que nos traería la próxima década. Una España nueva en una Europa en guerra y la incertidumbre de si nos veríamos envuelta en ella.

FIN
Julio, 2013

MEMORIA DE LOS ANOS TREINTA: MONARQUIA, REPUBLICA Y GUERRA CIVIL

A mi querida hermana “Chica”
superviviente, conmigo,
de una familia feliz

PRIMERA PARTE

MONARQUĺA

RES, 39

Mis padres se casaron en 1923. Al casarse tomaron en arrendamiento un piso en la calle Res, número 39. Esta calle, por razones que desconozco vino en llamarse después, y se sigue llamando, Redes. Allí nacimos, yo en 1924, mi hermano Manolo y mi hermana Rosalía, ambos fallecidos y mi hermana Antonia (“Chica”) que sobrevive. La calle Res arrancaba en Alfonso XII y moría en Baños, justo enfrente del cuartel llamado Del Carmen (Infantería de Granada número 8), que hoy creo que es un centro cívico-cultural.
Nuestro piso era un tercero. Por supuesto no había ascensor, ni creo que en aquellas fechas existiera un ascensor en toda Sevilla Desde sus balcones se veía la que entonces se denominaba Plaza de Cuba adornada con hermosos castaños y unos sólidos bancos de hierro con respaldos de una complicada ornamentación a base de unos anillos que si al instalarse eran fijos para entonces giraban sobre sus goznes lo que no dejaba de ser un entretenido pasatiempo para la chavalería.

REPŮBLICA

PLAZA DE LA MATA, 3

Creo que fue a fines de 1930 o principios del 31 cuando nos mudamos a Plaza de la Mata, a espaldas de la Alameda de Hércules. Tiene que haber sido por aquellas fechas porque recuerdo perfectamente que regresando una noche a casa, algún tiempo después de la mudanza y en compañía de mi madre, vi., en la calle Peris Mencheta, muy cerca de donde ya vivíamos a un militar, sargento o cabo, que se nos cruzó en bicicleta y que me llamó la atención porque iba llorando. Extrañado le pregunté a mi madre por qué lloraba.”No sé” me contestó. “Quizá por “lo” del Rey”. Era que se acababa de proclamar la II Republica: 14 de abril de 1931. Lo que no supimos era si lloraba de pena o de alegría.

Cómo se le ocurrió a mi padre comprar una casa (me enteré después que pagó por la misma siete mil duros, o treinta y cinco mil pesetas) en la Plaza de la Mata fue algo que nunca supe. Tiene que haber sido por que el precio pudo haber sido una ganga. Además la casa era bonita, sólida y de reciente construcción. Lo malo es que la Plaza de la Mata y sus aledaños eran un foco de prostitución. Y además de prostitución barata. Al anochecer pululaban por la zona mujeres (como se decía entonces, “de la vida”) casi todas de mediana edad, pintarrajeadas y emperifolladas con lo que por entonces era un verdadero escándalo: las uñas de los piés pintadas y los tobillos circundados por cadenitas de bisutería. Y todas fumando.

LA ALAMEDA DE HÉRCULES

La Alameda de Hércules era, sobre todo en las noches de verano, un verdadero centro de atracciones. El puterío apenas se notaba porque las mujeres buscaban las sombras y la Alameda estaba muy bien iluminada. Había tres cines al aire .libre de los que recuerdo el nombre de dos: el Villa Sol y el Hispano. En ellos vi películas que ponían los pelos de punta: “El Cuarto `Amarillo”, “La Voluntad del Muerto”, “Horror en el Cuarto Negro”, y otras. Había varios kioscos donde expendían una cerveza riquísima (de La Cruz del Campo, por supuesto) con patatas fritas. Y tiovivos, tómbolas, casetas del tiro al blanco, etc. etc. También había murgas (especie de varietés) de las que la más famosa era la de un tal “Regaera”.

La Alameda corría de Norte a Sur. Al extremo Sur del paseo, enfrentado con la embocadura de la calle Trajano había un chalet más bien en decadencia. Reverencialmente, cada vez que pasábamos por el chalet me padre me decía: “Ahí vivió Joselito El Gallo”. Joselito el Gallo fue José Gómez Ortega, gitano, quizás el mejor torero de la historia. Murió en 1920 de un cornalón en la plaza de Talavera de la Reina. Para mi padre no había nada ni nadie sino su Joselito.

LOS SALESIANOS

Mi instrucción primaria estuvo cargo de los Salesianos, que tenían un colegio en la calle Calatrava. El colegio constaba de unas cuantas naves antiquísimas, con un mobiliario viejo y pobre y extensos campos de recreo. Saltaba a la vista que los Salesianos no andaban bien de cuartos. El director del colegio, Don José, era un viejecito (al menos así aparecía a mis siete años de edad) de pelo blanco. Cuando hablaba se le formaban unas burbujas de saliva en las comisuras de los labios. Había un maestro, Don José, que para distinguirlo del director llamábamos Don José Ferrer. Don José Ferrer, hombre joven era lo que por entonces describíamos como un “chicarrón del norte”. Para los enclenques andaluces de la época todo hombre bien musculado tenía forzosamente que proceder del norte, o sea, del País Vasco. Yo no sé si Don José Ferrer era vasco o no, pero si que era un hombre de muchas fuerzas y que jugaba muy bien al fútbol. Jugaba sin quitarse la sotana. Cuando terminaba el partido la sotana estaba blanca de polvo. Yo le caía bien y me llamaba “Euge”. Otro profesor era Don Antonio. Don Antonio no era cura. Era un joven bien vestido, de pelo rizado y bastante amable con la chiquillería.

Don José venía a hablarnos de vez en cuando, casi siempre a pedir dinero. Nos daba a cada uno un sobrecito y nos decía que se lo entregáramos a nuestras mamás y ellas sabrían que es lo que tenían que hacer. Yo le entregaba a mi madre el sobrecito que iba acompañado de un ruego. Mi madre ponía dos pesetas dentro del sobre, lo cerraba y me lo devolvía. Al día siguiente se lo entregábamos a Don Antonio.

MI PRIMERA COMUNIÓN

El año 1932, tenia yo ocho años, hice la primera comunión. Mi madre encargó un traje muy bonito, de pantalón largo, seguramente obra de una sastra. Era de color crema, chaqueta cruzada y una camisa blanca abierta, sin cuello. Cruzaba la chaqueta una cinta con bordados en oro. Pendía de la cinta una bolsita de raso, blanca. La bolsita era para los regalos, siempre dinero .En la mano, un devocionario con las tapas de nácar y el clásico broche en plata sobredorada. Entonces las primeras comuniones no eran lo que son ahora. No había fiesta ni celebración alguna.Lo obligado, una vez terminada la ceremonia religiosa, que en la mía tuvo lugar en la capilla de los Salesianos, era ir a visitar a parientes y amigos. Mi madre alquiló un coche de caballo y así empezó un peregrinaje que no terminó sino al anochecer. A las dos de la tarde hicimos un descanso para comer. Estábamos citados con mi padre en el Pasaje del Duque, uno de los mejores restaurantes de Sevilla, ubicado, como su nombre indica, en la Plaza del Duque (de la Victoria). Allí disfrutamos de un almuerzo opíparo, pagado con el producto de nuestras visitas, que fueron de lo más generosas. Terminado el almuerzo montamos de nuevo mi madre y yo en el coche de caballos y continuamos con el visiteo. Para mi fue de lo mas aburrido, si bien me atiborré de los caramelos, chocolatinas, dulces. y demás golosina con los aquella buena gente me obsequiaba. (Al día siguiente mi madre me administró un purgante). Los “beneficios” fueron en total unos cincuenta duros, cifra más que respetable en aquellos tiempos. Después de pagar el almuerzo y el coche de caballos sobraron unos cuantos duros. Cuando hice gesto de apropiármelos mi padre se adelantó y me los arrebató. “Pero es mi dinero”, me quejé. Mi padre me dijo: “Es tu dinero, pero yo te lo guardo” Hasta la vista….

LOS VECINOS

La casa de la Plaza de la Mata era bonita. Tenía una planta baja, toda alicatada, con una salida de estar y el despacho donde trabajaba mi padre. Una escalera de mármol conducía al piso principal donde había dormitorios y cuarto de baño En la tercera planta el cuarto de las muchachas, lavadero, etc.
No nos tratábamos con nuestros vecinos de la izquierda, a quien nunca veiamos, quizás porque la entrada a su casa era por la calle de la esquina, que creo se llamaba (y puede que aún se llame) Vulcano.. Pero si nos relacionábamos con nuestros vecinos a la derecha, los Oña. Se trataba de un matrimonio con dos hijos. Los hijos eran mas chicos que yo, así que no jugaba con ellos.. El marido era Don Antonio, in hombre de baja estatura, regordete, semi-calvo. Era fotógrafo y su estudio lo tenía en la planta baja de la casa. Era un hombre de pocas palabras, “buenos días”, “buenas noches” y pare usted de contar. Su mujer, en cambio, Clara, era muy simpática y nos quería bien. Clara tenia un como aire antiguo en su persona. Era alta, muy delgada, la cara alargada, como en los cuadros de Modigliani, tez muy pálida, el pelo negrísimo y peinado para atrás. Quizás su aspecto anticuado se lo daba el rodete que lucía en la parte posterior de su cabeza, algo que se consideraba en aquellas fechas muy pasado de moda.

La hija se llamaba Clarita. Era preciosa. Años después me enasmoriqué de ella. El niño un vivo retrato de su madre, se llamaba Antoñin.

Mi madre era el paño de lágrimas de Clara (doña Clara para los chicos). Ella quería a su marido pero el marido parecía no echarle mucha cuenta.

LECTURAS

Cuando hacía calor a fines de la primavera, mi madre se sentaba en los frescos escalones de mármol de la escalera y se ponía a remendar calcetines. . “Anda, Eugenio, léeme las noticias” .De mala gana, buscaba el ABC, al que estábamos suscrito, y lo abría casi siempre por la página de noticias internacionales que eran noticias cortitas, de vez en cuando interrumpidas por un anuncio. “Berlín, 24.(Reuters) Los cascos de acero han desfilado por las calles de Berlín ante las grandes protestas de miembros del partido comunista que han irrumpido en las filas de la organización militarista enarbolando palos ,navajas, etc.y causando varios heridos., Intervino la policía que practicó numerosas detenciones”
-Mamá, ¿que son los cascos de aceros?
-Son unos .gorros de metal para protegerse de las balas
-Y de los palos, también, ¿nó?
-Me figuro. Sigue leyendo.

“ENFERMEDADES VENÉREAS. Las enfermedades venéreas se curan rápidamente….
-Mamá, ¿que son enfermedades venéreas?
-Bah, guarrerías..
-¿Guarrerias?
-Pues si, guarrerias. Anda, sáltate el anuncio y lee otra noticia

Mi madre era así, algo autoritaria.

Lo que no tenía que leerle era el TBO. Todos los jueves, y cuando ya estaba en casa del colegio (donde no había clases ese día) llegaba un señor a la puerta que anunciaba:
-“EL TBO”, por el que había estado suspirando toda la semana.
Rápidamente le pedía a mi madre una “gorda”: (diez céntimos), abría la cancela, pagaba y todo correr subía la escalera con mi TBO, me encerraba en mi cuarto y lo devoraba. Después se lo pasaba a mi hermano.

VERANEOS EN GALAROZA

Loa veranos del 33, 34 y 35 los pasábamos en Galaroza, ,(Huelva) un pueblecito en la carretera que une Sevilla con la raya portuguesa en Rosal de la Frontera. Es tierra de robles, encinas, pinos y castaños. Abundan los cerdos y es tierra de jamones, y Jabugo, frontero a Galaroza era y es la capital de tan afamado manjar. Pero entonces el jamón era eso, jamón, y riquísimo al paladar, no el producto internacionalizado, casi mítico (y prohibitivo) que ha llegado a ser hoy en dia, con laboratorios, técnicos de bata blanca y coeficientes de humedad.

Mi padre alquiló una casa en la calle principal del pueblo. La familia que la vivía estaba compuesta por Daniel y su esposa Ángeles. Tenían un hijo, Ricardo, que era carpintero y su hermana, cuyo nombre siento no recordar. Ellos se retiraron a una parte de la casa y nos dejaron como vivienda la parte noble de la misma.

En Galaroza lo pasábamos fenomenal. Había excursiones en burro por la comarca, visitábamos las grutas de Aracena, veíamos como se herraba un caballo, pasábamos un dia entero viendo en la era como dos poderosas mulas arrastraban un rastrillo que trillaba el trigo. En fin, veíamos en el campo las cosas que no podíamos ver en la ciudad. Una de las cosas que me llamó la atención fue el Concejo (sí, con “c”, no con “s”). El Concejo era una asociación de propietario de ganado de cerda que se unían para ayudarse y proteger sus intereses. Apalabraban con el dueño de un encinar, durante la época de la caída de la bellota el uso de la finca por sus sus cerdos, que eran centenares. El propietario de la finca, bajo la mirada atenta de un representante del Concejo pesaba a los cerdos el dia que los mismos empezaban a comer. Cuando se terminaba la temporada los volvía a pesar. La diferencia de peso en más, o sea, el engorde de los animales determinaba la cantidad a pagar. Si el kilo, por ejemplo, valía 5 pesetas, 20 kilos de sobrepeso vendrían a valer 100 pesetas. El Concejo pagaría al propietario del encinar veinte duros por cerdo. Esto era una práctica, llamada montanera, que databa del medioevo. Todo se hacía sin contrato; un apretón de manos bastaba. Hoy, los abogados, los reglamentos y la ecología contribuyen a poner el precio del jamón en las nubes.
Había que ver la vuelta del Concejo (así llamábamos a la piara de cerdos), varios centenares, a su paso de vuelta por la calle donde vivíamos. Entonces, en pleno verano no era época de montanera. Pero los cerdos no podían parar de comer. De madrugada el guardián de la piara los recogía de las casas de sus propietarios. Pasaban en el monte, comiendo, (que para eso ha nacido el cerdo) todo el día. A la caída de la tarde la piara, con un gruñerío descomunal, como esas estampidas en las películas del Oeste, bajaba por la calle en pendiente y aquí viene lo extraordinario: cada cerdo (y había uno justo enfrente de nuestra casa) se paraba enfrente de la suya y por un portalón que se abría de fuera adentro (no a la inversa) penetraba en la casa, presumiblemente atravesando los
dormitorios, etc de sus dueños. y se refugiaba en sus “habitaciones” donde, también presumible continuaría comiendo la cena que su amo le habría preparado.

Mi padre llegaba todos los sábados en el ”Saurer” el autobús de la línea de “los Amarillos” que servia la ruta y volvía a Sevilla los Lunes por la mañana. Hubo un evento que trastornó esta rutina. Fue en el ano 34. Mi padre me había regalado una bicicleta, preciosa, francesa, marca Alcyon. Una mañana me cai en la carretera. Traté de levantarme y sentí un dolor espantoso en la pierna derecha. Me había fracturado la tibia. Un transeúnte me vió. Le di los datos precisos y al rato llegaba mi madre, naturalmente
alarmada, con el médico del pueblo. El médico me entablilló la pierna y aconsejó que me llevaran a Sevilla. Mi madre corrió a la centralilla de la compañía telefónica (no teníamos teléfono) y llamó a mi padre, que se puso en marcha inmediatamente en un taxi. El viaje a Sevilla, hacia la que partimos a media noche fue dolorosísímo. La carretera como la mayoría en España por aquellos tiempos estaba infame. Cada bache daba lugar a un grito. Por fin llegamos hacia la madrugada y mis padres me internaron en la clínica de la Cruz Roja, (creo que hoy se llama Hospital Victoria Eugenia) en la calle María Auxiliadora, un centro muy atractivo y moderno. Allí me visitó el Dr. Don Eduardo Talegón, un hombre afable y barrigón con fama de buen cirujano. Estuve allí solo dos días. Al día siguiente de llegar tuvo lugar la “operación”. La “operación” consistía en que mientras un enfermero me asía los brazos, el doctor, agarraba mi pierna rota y tiraba con todas sus fuerzas, que eran muchas, hasta que los dos trozos del hueso fracturado encajaban y la tibia tornaba a su posición normal. Antes del proceso el Dr. Talegón, cuya inmensa barriga quedaba hendida en dos mitades al apoyarse sobre la mesa de operaciones me dio a escoger entre anestesiarme o no. Yo le pregunté que diferencia había entre uno y otro procedimiento. El doctor me explicó que con la anestesia no sentiría nada pero su efecto me causaría al despertar grandes y desagradables mareos que durarían varias horas. Si no me anestesiaba sufriría dolor, pero solo unos minutos. Opté por prescindir de la anestesia. El dolor fue horrible, pero relativamente rápido. Al encajar los trozos del hueso sentí un alivio infinito. Desde entonces gané fama de valiente.

Durante los dos días que estuve hospitalizado recibí muchas visitas y algunos regalos. El que más me gustó fue un elefante mecánico. Lo ponía en una superficie plana, le daba cuerda y andaba majestuosamente levantando una pata tras la otra y así hasta que se le acababa la cuerda. Lo encontraba fascinante.

Esta fue la primera vez en mi vida que dormía en un hospital. No volví a hacerlo hasta cincuenta años mas tarde, en 2005, cuando después de sufrir un ataque al corazón me hicieron un cuádruple “by-pass”. El cirujano que me operó no me ofreció esta vez la opción de 1934. Y en los seis días que pasé en el hospital recibí algunos regalos, pero ninguno como mi elefantito mecánico…….

Volvimos a Galaroza, yo con la pierna enyesada. Así pasé casi todo el resto del verano. No lo pasé mal, porque siendo lector empedernido y habiendo recibido muchos libros y
revistas se me pasaban las horas y los días con relativa rapidez. Cuando el médico local me quito el yeso, Ricardo, el carpintero, me hizo un par de magnificas muletas, un regalo. Mi padre, maravillado por su maestría le encargó que nos hiciera una mesa camilla para ocho personas. Ricardo dijo que le cobraría un duro por la camilla. Ricardo la estuvo lista para el tiempo de despedirnos hasta el próximo año. Mi padre le dio cinco duros.

JUAN RABADAN, 24

La República entro con mala fortuna. El “crash” bursátil del 29 desencadenó una depresión de la economía y la consiguiente caída del empleo cuyos efectos se hicieron notar en todo el mundo, incluido España. Hubo una deflación general. Con bajo consumo los precios bajaron vertiginosamente. Los sindicatos laborales, UGT, CNT, urgieron a sus afiliados que no pagaran los alquileres. El valor de la propiedad urbana cayó por los suelos. Mi padre no lo pensó y puso la casa en venta. Tuvo suerte y encontró un comprador en poco tiempoi. En 1934 nos mudamos a Juan Rabadán 24, en el barrio de San Lorenzo, donde vivimos hasta poco después de la muerte de mi madre, en 1952. Esta casa mi ;padre la tomó en alquiler. El precio del alquiler eran trescientas pesetas mensuales.

Al mudarnos a Juan Rabadán mi padre hizo indagaciones sobre cual sería el colegio donde mi hermano y yo podríamos continuar con nuestros estudios. En particular yo estaba ya en trances de comenzar la segunda enseñanza o secundaria. En Sevilla, por aquellas fechas, la burguesía no mandaba a sus hijos al Instituto. Prefería los colegios privados. Entre ellos los había religiosos o laicos. Entre los primeros, las familías pías, que muchas veces coincidía con la aristocracia escogían el colegio de la Compañía de Jesús, o sea, los Jesuitas. Después, estaban en esta categoría, los Escolapios y, por supuesto, los Salesianos Entre los laicos estaba y yo creo que era el mejor colegio de Sevilla, el colegio San Francisco, en la calle Alcáceres, (hoy Santa Ángela de la Cruz). No estoy seguro si funcionaba por entonces en Sevilla el prestigioso Instituto-Escuela. Mi padre se decidió por un colegio religioso, el Colegio “San Fernando” de los Hermanos Maristas Yo creo que en su decisión el único factor que entró en juego fue simplemente que era el que nos cogía mas a la mano.

El COLEGIO “SAN FERNANDO”

Los Hermanos Maristas, una orden francesa creada por el Venerable Marcelino Chanpagnat llevaban poco tiempo en Sevilla. Su primera casa, que abrieron en 1931, estaba situada en la calle San Eloy. Allí instalaron una placa conmemorativa no hace mucho tiempo. De calle San Eloy se trasladaron a la calle Jesús del Gran Poder, o simplemente Jesús, que por entonces se llamaba Palmas. La orden tomó (o quizás compró a través de terceros para burlar la constitución republicana que vetaba a las órdenes religiosas la propiedad de bienes raíces) una hermosa casa que había sido construida como hotel y fue en realidad el Hotel Bristol en tiempos de la Exposición Ibero-Americana (1929). Los Hermanos Maristas, obedeciendo a la República, vestían de paisano.

El colegio “San Fernando” tenía una amplia entrada o “hall”, donde antes estaba la recepción del hotel. Se continuaba con un hermoso patio pavimentado con grandes losas de mármol blanquísimo que imitaba a los del Alcazar sevillano o la Alhambra de Granada, todo circundado por arcos de medio punto sostenidos por esbeltas columnas también de mármol. Tanto el techo de este pasillo cuadrangular rodeado de columnas así como la pared exterior sostenida por tales columnas ostentaban las filigranas propias de la arquitectura árabe. Las paredes interiores del patio estaban todas pintadas de rojo granate.. Tengo la impresión, de que hubo una fuente en medio del patio, como habría sido de rigor. Pero sería suprimida para permitir la congregación del alumnado en ocasiones solemnes. Una fuente, si bien bella, hubiera sido un estorbo.

Este patio, de “honor” podríamos llamarlo, conducía por la izquierda a otro patio enormemente grande, donde tenían lugar los recreos (15 minutos) de mañana y tarde. A la derecha había una capilla. Había también un comedor para los internos y medio pensionistas. En los pisos principal y primero (para aclararnos, planta segunda y tercera) las antiguas habitaciones del “Bristol” habían sido sustituidas por aulas para todos los cursos de bachillerato en ingreso en el mismo.

Yo ingresé en este colegio en el otoño de 1934 cuando cursé el grado de ingreso al bachillerato y lo aprobé en Junio de 1935 tras sufrir el correspondiente examen en el Instituto Provincial “San Isidoro” que estaba entonces en lo que hoy es la calle Amor de Dios La República no autorizaba a las ordenes religiosas a someter a examen a sus alumnos, los que forzosamente habrían de examinarse en el Instituto.

MIS AMIGOS

Guardo de mi colegio recuerdos gratos e imborrables. Allí hice amigos que me acompañaron con su amistad hasta la muerte, pues, triste es decirlo, todos (aquellos que aquí describo) han pasado a mejor vida.

Entre ellos figuraba Manuel (Manolo) Morales Lupiánez. Manolo vivía, cuando yo le conocí, en la calle Miguel del Cid, muy cerca de casa, a la vuelta de la esquina. Eran cinco o seis hermanos. Una hembra murió con corta edad. La madre de Manolo era una mujer feísima. Tenía una gran nariz y esa nariz la heredaron todos los hermanos, en mayor o menor proporción. La de un hermano de Manolo, Gabriel, era descomunal, parecía una batata. La madre de Manolo era mas bien desaliñada, gorda ,deformada por tanto parto (o quizás descuidaba su apariencia). Jamás la vi. en la calle o vestida sino con
una bata siempre llamando a gritos a cualquiera de sus hijos. La madre de Manolo era hija de un eminente y rico doctor, Don Gabriel Lupiáñez, ya muerto en aquellos tiempos, que había sido Alcalde de Sevilla bajo la monarquía. .El padre de Manolo era un hombre de mediana estatura, rubio. de buenos modales, de voz meliflua. Era un antiguo dependiente de tejidos que había escalado hacia la cima ejecutiva no recuerdo si en el almacén Los Caminos o en su rival, la Ciudad de Sevilla, ambos en calle Francos. Manolo era algo mas bajo que yo, rubio (como todos sus hermanos). Tartamudeaba al tiempo de conocerle y aunque aminorado conservó este problema de comunicación toda su vida. Era inteligente, simpático y hablaba por los codos. Hizo buena carrera y durante varios años fue concejal del Ayuntamiento de Sevilla siendo Alcalde el Marqués de Contadero (o Marqués de Contaduros, como le llamaban algunos).

Otro muy querido amigo fue José (Josele para los amigos) Giménez Hoyuela. Josele era corto de estatura, de débil constitución, la tez blanca, el cabello muy negro. Su poca entidad física se lo compensó Dios con una poderosa inteligencia. Josele ra un estudiante de bandera. Sacaba con facilidad matrículas de honor en todas las asignaturas. Años mas tarde terminaría la carrera de Derecho con Premio Extraordinario.(Lo que hoy llaman Summa Cum Laude). Josele vivía lejos de casa, en la calle Prada, una calleja que daba a la Plaza de los Carros, frontera con calle Feria. Josele era el único varón de tres hijos. Una hermana mayor, muy guapa, Magdalena moriría en los cuarenta. Otra hembra, menor, Matilde, aun vive. La madre de Josele era hija de Don Antonio Hoyuela, que fue, como el abuelo de Manolo Morales, Alcalde de Sevilla. Los Hoyuelas eran oriundos de Santander (hoy Cantabria) . Josele decía que éramos parientes lejanos. Lo diría por mi abuela materna, Eugenia Martínez, que había nacido en el Valle del Pas (Cantabria).
La madre de Josele era mujer de gesto avinagrado, y hablaba poco. Menos aún hablaba su marido, José Giménez, el padre de Josele. Parecía un hombre amargado. Había sido en su juventud oficial de la Armada y se vio forzado a dejar la carrera al morir su padre y tener que encargarse del negocio familiar, una fabrica de muebles de estilo sevillano. (“La Exposición”, con una tienda en calle Cerrajería ). Años mas tarde Manolo y yo iríamos a la casa de Josele a “estudiar”. Lo pasábamos muy bien y lo menos que haciamos era, por supuesto, estudiar.

Pero mi mejor amigo era Antonio Marcos Estrada. Antonio era muy alto (llegó a medir uno noventa), con un cierto aspecto negroide, el pelo negro y ensortijado. Cuando en 1940 se cumplió el centenario de la muerte del entonces Venerable (hoy santo) Marcelino Champagnat, el fundador de la orden de los Maristas, el director del colegio (que se llamaba Don Aurelio Garín, y era navarro) ideó conmemorar tal evento encargando a Don Enrique Orce, notable pintor y profesor de dibujo del colegio, que diseñara un retablo, a instalar en el patio principal. . El retablo que habría de ser de cerámica, representaba al Venerable rodeado de cinco niños procedente de los cinco continentes. El negrito, todo desnudo excepto un taparrabos, que posó para Don Enrique Orce representando el continente africano fue Antonio. Este retablo puede todavía verse en el patio del colegio que ahora está en Los Remedios. Por cierto que el niño representando a Europa fue Santiago Martínez Caro, dos cursos inferiores al mío.
Santiago hizo una brillante carrera, fue diplomático y representó a España en las Naciones Unidas.

Antonio vivía en el barrio, en la calle Santa Clara, justo enfrente del Convento de Santa Clata. Su padre, Don Antonio, era un hombre también muy alto, también de rasgos negroides y empedernido fumador, lo que llevó a la sepultura. Su madre, Doña Maria, era una mujer guapa, muy inteligente. Era maestra nacional. Antonio tenía una hermana, Maria, que aún vive.

A Antonio le veía poco, siempre en el colegio, pues además de cursar el bachillerato estudiaba la carrera de piano, carrera larga y dura que requería muchas horas de estudio y práctica. Le veía algunos Domingos; iba a su casa donde tenía una colección preciosa de la Revista Hispano Americana que me encantaba ojear. Lo que mas me gustaba era visitar el convento, no por el convento, sino porque a la entrada del mismo estaba la famosa Torre de Don Fadrique que tenia una espiga que escalábamos peldaño tras peldaño hasta llegar a la cima.

LA CALLE JUAN RABADÁN: LOS VECINOS

La calle Juan Rabadán arrancaba en la Plaza de San Lorenzo y terminaba en la de Torneo. Tenía tres tramos. El primero iba desde la Plaza hasta Teodosio. Este tramo era eminentemente comercial, con pequeñas casitas con comercios en la planta baja. Había una tienda de comestibles, una frutería, una mercería, una tortería todos en la planta baja de modestas casitas. En los pisos altos de estas casitas vivían menestrales, escribientes de oficinas, en fin una buena representación de la clase media baja. . Había también una taberna grande, la Bodega de San Lorenzo donde servían vinos de Valdepeñas en unos grandes y gruesos vasos, sin apenas tapas. Era un sitio para borrachines solitarios pero en el duro verano de Sevilla los gruesas cortinajes de gutapercha que guarecían el local del solazo exterior proporcionaban un ambiento relativamente fresco y umbroso que era de agradecer durante las escasas ocasiones que, acompañando a mi padre penetraba en la taberna.

El segundo tramo, que iba de Teodosio a Miguel del Cid comenzaba comercial, con una pescadería y una carnicería en los bajos de una moderna casa de pisos que hacia esquina con Teodosio. Pasados estos dos locales el vecindario era mayormente de clase media alta. En la casa de pisos, en el principal, vivía un hermano de mi padre, el mayor de todos los hermanos, que eran cinco varones y mi tía Coral. Se llamaba Faustino y vivía allí con su mujer y tres hijos, dos varones y una hembra. Hacia finales de los años veinte había regresado de la Argentina, donde vivió ocho o diez anos. Había formado un capitalito. Había una obscura historia acerca de las razones que le impulsaron a emigrar pero nunca conseguir ponerlo en claro. En el piso de arriba al de mi tío vivía un señor bastante mayor, de una familia adinerada (el no trabajaba, vivía de sus rentas) casado con la que según se rumoreaba había sido su criada, una mujer basta pero de buenas carnes, bastante mas joven que él. Don Ignacio Vázquez, que así se llamaba parecía que no había
salido de su infancia, siempre llevaba en la mano algunos de los juguetes de sus hijos, todo pequeños. En el lado izquierdo de nuestra casa vivía y tenia su ,consulta Don Vicente Cacace, medico oculista, de facciones como achinadas, y su mujer, alta y atractiva, morena, de buena figura. Sin ser una belleza, se asemejaba a uno de los modelos que utilizaba Julio Romero de Torres para sus cuadros. Cacace tenia dos hijas, una guapa, Mercedes de mediana altura, algo fresca y su hermana, María, alta, desgarbada, con cara de bobalicona. Había también un varón, también alto de habla gangosa con quien coincidí en el campamento de las Milicias Universitaria, pero con quien no hice amistad. El Dr. Cacace tenía un precioso Opel, descapotable, que metía y sacaba de su garaje con rara habilidad. En el lado derecho de nuestra casa vivían los Esquivias. El jefe de la familia, un hombre que en todos los años en que viví en Juan Rabadán jamás pude verle la cara era Ingeniero de Montes. Tenia un aluvión de hijos casi todos varones y una o dos hijas con tipo de catequista. Entre los varones había varios militares (uno de ellos, Manuel, llego a ser Capitán General de la II Región Militar y muy querido en Sevilla). Había también un tal Francisco (“Curro”) que fue abogado y que enamoraba a todas las criadas del barrio. Otro, Enrique fue escritor y poeta, autor de un precioso libro, “Los Años Triunfales”. Que yo sepa todos estos Esquivias, menos quizás las mujeres, han fallecido.

Enfrente de nosotros había un caserón muy viejo, destartalado donde vivía un carpintero, un tipo mal encarado, con gruesos bigotes, que se rumoreaba era comunista. Entrada ya la guerra dejamos de verle. A su izquierda había una casita pequeña, estrecha. La habitaba Antonio García Lacalle, un jerarca de la Falange, y a la izquierda de esta casita, una casa grande, de buenas proporciones, como la nuestra y la de los Esquivias con un gran patio andaluz y su macetón en el centro. Era la casa de Don Juan Ramírez, agricultor, con varios hijos de los que con quien mas traté fue Ramón, que también asistía a mi colegio de los Hermanos Maristas. Don Juan no tenía hijas. Uno de los hijos, Enrique, alto y guapo, fue ya con la guerra capitán de Regulares, una unidad de tropas marroquíes. De vez en cuando, cuando gozaba de permiso, aparecía por la calle de uniforme con una capa de vuelos azules muy elegante. Las mozas del barrio se lo comían con los ojos.

Al lado de los Ramírez, en dirección a la Plaza de San Lorenzo había un modesto piso al que se subía por una empinada escalera. Allí vivía un hombre que era cocinero de Hernal, un buen restaurante situado en la calle Tetuán, en pleno centro. Este hombre creo que era viudo y tenia numerosos hijos e hijas. Entre las ultimas estaba Maria Teresa, la mayor de todos los hijos e hijas. María Teresa era menudita, rubia, ojos azules y ensoñadores. Estaba enamorada del amor. Hacía buenas migas con mi madre, a quien admiraba y visitaba con frecuencia. Mi madre le pasaba todas las novelas “rosas” de Rafael Pérez y Pérez y luego las comentaban juntas. Otras hijas eran Gloria, Mari Pepa y Encarnita. La última se metió monja y encontrándose en los Estados Unidos vino a visitarme. Gloria y Mari Pepa pusieron un kiosco de periódicos en la Plaza de San Lorenzo y consiguieron salir de la pobreza. .

LA CALLE JUAN RABADÁN: COMERCIO AMBULANTE

La calle Juan Rabadán era muy siglo diecinueve. El pavimento consistía de grandes adoquines de granito, algunos medio hundidos por efecto de los pesadísimos carros de la basura con llantas de hierro que la transitaban a diario. Todos los días al anochecer uno de los empleados de la Catalana de Gas y Electricidad aparecía con una pértiga que disponía de un dispositivo con el que abría cada uno de los dos o tres bellos faroles de gas que adornaban nuestra manzana. (Los otros tramos de Juan Rabadán, y puede que me equivoque, tenían alumbrado eléctrico) Una vez abierto el farol, accionaba una llave que daba paso al gas. Acto seguido prendía otro extremo de la pértiga y encendía el pabilo de no sé qué material. Después lo cerraba. Con las primeras claras del día procedía a hacer la misma operación a la inversa. Teníamos unos de estos faroles casi al alcance de la mano desde nuestro cierro, entre la casa de los Cacace y la nuestra.

Había abundante comercio ambulante en nuestra calle. Por las mañanas, cada uno de los vendedores pregonando su mercancía o servicio, la visitaban un afilador de cuchillos,con su clásica rueda y piedra de afilar, que anunciaba su llegada tocando una flauta de cañas y un lañador,( o latero) que procedía, como el afilador, a prestar sus servicios en plena calle. Las criadas bajaban con cuchillos, perolas, cazos, etc., y se entretenían dándole cháchara al que proveía los servicios.. También pasaban vendedores de frutas, de hortalizas y hasta un quincallero voceando la mercancía que llevaba en una enorme caja de cartón piedra.

En el verano La siesta la dormía todo el mundo menos la chavalería y los vendedores de helados, barquillos y palomitas de maíz.

-“Mama, dáme una chica” (cinco céntimos) le pedía a mi madre que daba su “cabezada” en un sillón. Mi madre, adormilada me preguntaba para qué. “Para un helao” Mi madre buscaba y me daba una gorda. “Anda, para ti y para tu hermano” El helado mas chico costaba cinco céntimos. El heladero usaba un artefacto que calibraba el grosor del helado. Mirábamos con envidia a los que porque quince céntimos se llevaban un helado que hoy llamaríamos “jumbo”, o sea el de máximo volumen.

Muchas de las vituallas nos las vendían “a domicilio”. Diariamente venían los repartidores de pan y leche. El pan venía a Sevilla desde Alcalá de Guadaira. Un tren llegaba a la estación de Cádiz (hoy desparecida) a la madrugada. En los andenes esperaban decenas de repartidores que transportaban el pan, todavía caliente, a unas poderosas mulas que esperaban fuera de la estación. La mula cargaba con unas enormes angarillas tapadas por unas gruesas cubiertas de gutapercha que mantenian caliente el pan. Cuando llegaban a casa mi madre decidía que tipo de pan íbamos a comer. Había tanto a elegir. Teleras, roscas, bollos, bobos, “regañás”, etc. La leche procedía de cualquiera de las muchas granjas que rodeaban a la ciudad. Naturalmente venía convenientemente aguada. El negocio es el negocio. Posiblemente existían reglamentos creados para impedir tal fechoría pero nadie hacía caso de los mismos. Tamben nos traían el vino, doce botellas de vino tinto (Valdepeñas) cada quince días. El vino era superior, venia del buen reputado Sótano H, en la calle Villasís, cuyo dueño, Don Juan Amador, (que tenía un gran parecido al famoso actor de cine Charles Boyer) era un buen amigo de mi padre. En el verano nos traían hielo, de la fábrica de Gironés, en la calle Alcáceres hoy Santa Angela de la Cruz. El hielo venia en barras de dos metros de larga, envueltas en arpillera para conservar su congelación. La criada bajaba y pedia un cuarto de barra. Costaba un “real’”, o sea veinticinco céntimos. El hombre encargado de venderlo diestramente y con un cuchillo especial y con una sola incisión cortaba el cuarto de la barra que la tomaba con dos ganchos aplicado a cada una de las extremidades y lo desprendía en la canasta que le tendía la criada. Esta después depositaba la barra en la “nevera” . La nevera era la antecesora del frigorífico, que aun no había llegado a España. Era un mueblecito pintado de blanco que constaba de dos secciones revestidas de corcho. En la superior en contacto con la barra de hielo iban también los alimentos mas críticos, la leche, la fruta, la carne y el pescado. . En el inferior, el agua y otros alimentos mas duraderos.

NUESTRA CASA EN JUAN RABADÁN

Cocinábamos con gas. Teníamos un contador y de vez en cuando echábamos una “gorda” (diez céntimos) para avivar los remanentes de gas. Una vez al mes un empleado de la Catalana, con una herramienta especial abría el receptáculo de las”gordas” y se las llevaba en una bolsa de cuero.

Nuestra casa era también decimonónica. Grande, destartalada, y extremadamente húmeda, abundaba mas la madera que el hierro. Tenía tres pisos. En el bajo había un despacho que mi padre utilizó en sus años de agente comercial y fue el mío cuando me licencié d abogado. Había también un dormitorio (que fue mío y el de mi hermano cuando pasado el tiempo, ya en los años cuarenta, mi madre determinó que ya éramos lo suficientemente mayorcitos para dormir en el tercer piso contiguo al dormitorio de las criadas). Había también una lóbrega cocina con una primitiva estufa de hierro que llamaban “económica” Yo no veía la economía .por ningún lado. Mi madre no utilizaba esta cocina, que no tenia mas utilidad que servir de tránsito hacia el fondo de la casa.En dicho fondo había un patinillo con una graciosa fuente y su ornacina (vacía) lavaderos y un precioso jardín con un limonero, un melocotonero, dos frutales que producían nísperos (ignoro el nombre de estos árboles) y dos palmeras. Mas al fondo, un gallinero que surtía de huevos a mi madre. My madre se frotaba el globo ocular con un huevo. Decía “que era bueno para la vista”. Vaya usted a saber.

El piso principal era bonito y alegre. Tenía un amplio dormitorio conyugal y al lado uno pequeño donde dormían mis hermanas. Había un comedor, el dormitorio de mi hermano y mío y una cocina bastante grande. Mi padre mando instalar un toldo que daba rica sombra al patio. La sombra mejoró aun mas cuando una cubierta de color azul quedó adosada al toldo. En el piso tercero estaban el cuarto de las muchachas, otro que mas tarde fue mio y el de mi hermano, un trastero y un cuarto de baño con ducha (una novedad entonces). También había una azotea. Desde la misma pudimos ver, alla por los anos 33 y 34 el majestuoso vuelo del Graf Zeppelin, al famoso dirigible alemán, de paso para Rio de Janeiro.

Nuestra casa en Juan Rabadán, construida en el XIX (me parece que en mil ochocientos setenta y tantos, según aparecía en la cancela) debería haber sido la casa de alguien relacionado con la enseñanza. En el rellano de la escalera que conducía al principal había un precioso retablo de azulejos con la efigie de un tal Friedrich Fröebel, quien según pude averiguar mas tarde, (ah, divino Espasa) fue un famoso pedagogo alemán quien reconociendo la aptitud para aprender de los niños desde los primeros años de su infancia fue el creador del “kindergarten”: De nuestra querida casa no queda mas que la fachada. Ahora es una casa de pisos moderna. Vaya usted a saber que fue del precioso retablo de Herr Fröebel.

El tercer tramo de Juan Rabadán iba de calle Miguel del Cid a san Vicente. El lado izquierdo en dirección a Torneo estaba casi todo ocupado por un muro que pertenecía al Convento de Santa María la Real, donde unas pocas ancianas dominicas veían pasar la
vida en tenebrosa clausura. El lado derecho lo ocupan unas cuantas casas de poca monta. El último tramo, de San Vicente a Torneo, presentaba haciendo esquina con San Vicente, (Vicente) la mansión de los Bethencourt. Uno de estos Bethencourt, más joven que yo, y también fallecido, llegó a ser destacado periodista taurino. Que yo recuerde no había en este tramo, descontando la casa de los Bethencourt, mas edificación que una fábrica de toldos, almacenes, talleres, etc. En el lado izquierdo en dirección a Torneo existía un local bastante grande, que incluía una serie de garajes individuales y un enorme solar que se dedicaba a cine de verano.

FERIA DE ABRIL, 1935

Mi padre era entusiasta partidario del Real Betis Balompié. (Al llegar la República le apearon “Real”) Y ese .entusiasmo lo heredaron tanto mi hermano como yo. En el año 1929 mi padre había sido Tesorero del club coincidiendo con el afamado torero Ignacio Sánchez Mejías (“A las cinco de la tarde”) en la presidencia del mismo. Tengo una foto en la que aparece mi padre y el presidente en el antiguo campo del Patronato Obrero, en el barrio del Porvenir. Por aquellas calendas el campeonato de Liga tenía solo 10 o 12 equipos en Primera División, de suerte que empezando en Octubre la Liga terminaba en Abril. En el año 1935 el Betis se proclamó campeón de Liga tras derrotar al Rácing de Santander, en su casa, por cinco a cero. El entusiasmo de los béticos fue inenarrable.
La conquista del campeonato de Liga coincidió con la Feria de Abril. Una noche mis padres se preparaban para ir a la Feria. La Tertulia (Cultural) Bética, que tuvo durante muchos años un local en la calle Velázquez (hoy en La Campana) y de la que mi padre fue socio fundador tenia una caseta en la Feria. Le pedí a mis padres que me llevara. “No”. Organicé un berrenchin tal que al fín consintieron en llevarme. El motivo del escándalo era que aquella noche el flamante campeón de Liga estaba invitado para acudir a la caseta de Feria. Y asi fue como llegué personalmente a conocer a aquellos futbolistas legendarios, tales como Peral, que probablemente era el único jugador sevillano en el equipo, casi todo formado por vascos: Lecue, Areso, Aedo, Larrinoa,Unamuno, Saro., etc.

VIAJE DE LOS PADRES A BARCELONA

En la primavera de 1935 mi padre organizó un viaje a Barcelona, para visitar a sus representados. Decidió llevarse con el a mi madre, cosa rara. Mi madre saltaba de júbilo como una niña.

Mi hermano y yo, con la criada, Rosarito que estuvo con nosotros muchos años, fuimos a despedirlos a la estación de Córdoba, que estaba en la Plaza de Armas. Mi padre apalabró un taxi, el taxi de Montes. Montes era un taxista de confianza. Era un hombrón cuya figura física correspondía en un todo con su nombre. El coche era un enorme Hudson, de siete plazas, con asientos corridos delante y detrás y dos pequeños asientos desplegables adosados al asiento anterior. Mi padre se sentó al lado de Montes, yo detrás con Rosarito y mi madre y Manolo en uno de los asientos desplegables. Montes, sin esfuerzo alguno, levantó la pesada maleta y la coloco en la baca del coche, sujetándola con gruesas correas.

Al llegar a la estación mi padre sacó tres tickets que permitían el acceso al interior de los no viajeros. También contrató a un mozo que colocó la maleta en su carretilla. La estación de Córdoba (y en menor escala la de Cádiz, que era regional) era por aquellos años tan divertido como eran los aeropuertos antes de que la crisis terrorista le convirtieran en una cosa desagradable. Conforme se entraba había a la izquierda un restaurante, bastante bueno, que lo regentaba Don Juan Amador, el amigo de mi padre. Aquel dia, nada mas llegar entramos todos en el restaurante . El mozo y la maleta quedaron fuera. Mi padre pidió unas cervezas. Pero Manolo y yo no estábamos interesados en cervezas, lo que queríamos era “explorar la estación.. Pedimos permiso. “Os quiero de vuelta en quince minutos” –“Si, papá”. Salimos corriendo y nos dirigimos al andén donde se estaba formando el tren de mis padres. Corrimos a lo largo de los numerosos vagones y por fin alcanzamos la locomotora. La mirábamos como se mira a un largo y negro bicho en un zoológico. Era como una fiera en reposo, echando resoplidos, y chorros de vapor que nos hacía retroceder ante las risas del maquinista y el fogonero que contemplaban el gentío en el andén desde la locomotora. Un empleado del ferrocarril, ya entrado en años, recorría el andén con una barra de hierro con la que daba un ligero toque a las ruedas de la locomotora y vagones. Nos preguntábamos para qué. Yo, que he sido siempre muy curioso, me dirigí al buen hombre. “Maestro (maestro era el titulo universal con el que había que dirigirse a un obrero ya mayor cuando sorprendido en su trabajo), “Maestro, pa que le dá uste a las ruedas”. “Pa ve si van entera” –“¿Entera?”, le pregunte sin comprender. “Zi, niño, pa ve si tiene una raja no sea que se rompa la ruea en er camino y se desgrasie er viaje”. “Ah, ya me entero.” Satisfechos, volvimos, otra vez corriendo al restaurante Por todas partes, en el restaurante y en la estación aparecían tres siglas: MZA. Nos tropezamos con los padres, que salían del restaurante precedidos del mozo con la maleta. Curioso otra vez “¿Papá que significa MZA”? -“ Significa Madrid Zaragoza y Alicante. Es el nombre de la compañía propietaria del tren” (Faltarian algunos años para que naciera la RENFE). Viajaban a Madrid, donde tomarían otro tren para Barcelona, en el “Express” que salía a las nueve de la noche e invertía doce largas, larguísima horas en el trayecto. (Corriendo el tiempo, yo haría ese viaje varias veces).

El andén estaba de bote en bote. Por fin llegamos al vagón, de primera clase. El mozo consultó los billetes para averiguar los numeros del compartimento y de los asientos, subió los empinados estribos, penetró en el compartimento asignado a mis padres y colocó la maleta en la rejilla. Mi padre le dio dos pesetas. Mi hermano y yo admiramos el compartimento, todo en maderas nobles, con elegantes asientos azules (y comprobamos su comodidad sentándonos en los mismos) adornados con unos pañitos para reclinar la cabeza, bordados con las sempiternas MZA. “Eah,para abajo”, ordeno mi padre.
Faltaban algunos minutos. Algunos viajeros ya estaban en el vagón y apoyados en la ventanilla se dirigian a sus familiares. “Que no se te olvide de pagar el colegio” “ Descuida. Y los que se quedaban: “Que me llames tan pronto como llegues” “Descuida’. Mi madre nos besaba y me decía: “Que no te pelees con Rosalía” Rosalia era la mayor de mi hermanas, con la que siempre estábamos a la greña. A Manolo: “Que te portes bien, que te laves las orejas” Manolo era un desastrado. Y a Rosarito: “Que no se te olvide darles el aceite de hígado de bacalao”.

La locomotora daba un silbido, señal de que estaba a punto de partir. . Mis padres por fin subian al vagón y desde la ventanilla mi madre, los ojos empañados se despedía de nosotros. Era la primera vez que se separaba de sus hijos.

En casa debe haber una foto, tomada en Barcelona en la que aparece mi madre con una pareja catalana. Eran novios. El era el gerente de ventas de un importante tostadero de café que mi padre representaba. Mi padre, que era agente comercial y representaba a muchos fabricantes del gremio de la alimentación decía que sólo esta representación cafetera le proporcionaba, en comisiones, diez “duros” (cincuenta pesetas) diarios. Era en aquellos tiempos un dineral. Consultando en el Internet no hace mucho averigüé que una habitación, con pensión completa (desayuno, almuerzo y cena) en el hotel Majestic (hoy Colón) costaba en 1935 quince pesetas diarias. Era y es un hotel de primera clase.

Mi madre aparece en la foto muy guapa, con su vestido estampado hasta casi los tobillos, zapatos bicolores, el bolsito en la mano, el pelo corto y un sombrero negro en forma de casquete. Mi madre quedó maravillada con Barcelona. Mientras mi padre estaba en sus reuniones ella en tranvía o a pié, con ese maravilloso sentido de la orientación que tenía (y que yo no he heredado) correteaba de un sitio para otro y así llegó a conocer los mas importante de la urbe.

Pocas semanas después del regreso de mis padres de su viaje se presentó en casa la pareja catalana en la foto. Se habían casado y venían en viaje de novios. Evidentemente mis padres les habian invitado a quedarse en casa durante su estancia en Sevilla. El era un hombre bajito, muy nervioso. Fumaba como un desesperado. Se llamaba Andrés. Ella era mas alta que el, rubia, de ojos azules, delgada, muy dulce. Se llamaba Carmen. Hizo muchas migas con mi madre. Le contaba cosas de su marido. Andrés estaba muy politizado. Era de la Ezquerra Republicana y furibundo anticlerical. El quería casarse por lo civil. Ella se plantó y le dijo que por la iglesia o nada. El bebía los vientos por ella y capituló. Cuando fueron a la parroquia a registrar el matrimonio el cura les hacia las preguntas de rigor. Cuando le tocó el turno a ella Carmen contestaba: “Si, Padre”. A la tercera o cuarta vez de “Si, padre” Andres le espetó: “Carmencita, este señor no es tu padre. Es un funcionario de la iglesia”. Mi madre se reía.

EXAMEN DE INGRESO AL BACHILLERATO

Aquella primavera del 35 me examiné de ingreso al bachillerato en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza “San Isidoro”. El instituto era un caserón que databa del siglo XIX . Tenia grandes verjas a la calle y un bello jardín con varias y altas palmeras. Me asignaron una enorme aula. Habían largos bancos y pupitres donde cada alumno disponía de un tintero y una pluma, no recuerdo si de ”hacha” o de “corona” que eran los dos estilos de pluma corrientes en la época. . También disponíamos de un par de hojas donde ya estabn escritas las preguntas que teniamos que contestar. El examen era estrictamente por escrito. Yo tuve suerte y tanto en el ejercicio de la mañana como en el de la tarde me tocaron unas preguntas que pude contestar con facilidad. Como terminé antes del tiempo fijado para cada examen me dediqué a “éxplorar” el instituto. Lo que mas me llamó la atención, mas aun, me hechizaba, fueron los “graffiti” dejados para la posteridad por los alumnos. Entonces, y aunque viviamos en plena Republica democrática y parlamentaria, en plena libertad de expresión no existían las pintadas murales que hoy desgracian a España y a Sevilla. Los amantes de la posteridad, sin embargo, no vacilaban en dejar sus huellas vegetales donde podían, y a falta de árboles ahí estaban las macizas puertas del Instituto. Algunos románticos limitaban sus incisiones a sus nombres, Jose y Lola (entonces no se estilaban Kevin y Jennifer) rodeando el clásico corazón atravesado por una flecha. Hoy se es mas práctico: litrona y cama y hala, a vivir que es un día (o una noche). Los artísticos dejaban notables huellas de sus habilidades. Entre su obras figuraban desnudos femeninos que encandilaban mis ojos y los de mis compañeros. Costaba trabajo alejarse de aquellas puertas.

Corrian los dias y los meses, lentos y sin sobresaltos. En mi entorno familiar todo era paz y tranquilidad. Mis padres se querían. Gozabamos de buena salud. Los negocios le iban bien a mi padre, no careciamos de nada. Teniamos incluso una radio que mi padre acababa de comprar. Era un aparato pequeñito, marca “Pilot”. La teniamos encendida gran parte del dia. En Sevilla había una estación de radio, la EAJ 5, que siempre abría las emisiones (que no eran continuas) con los compases de “Sevilla” de Albéniz.. Los programas eran mayormente musicales (música clásica, zarzuela, opera, etc) y noticias locales o de Madrid. Habia bastante publicidad, algunas veces cantadas. Grabada en mi memoria había una cancioncilla que decía así:

“Que es lo que te ha pasado, querido mío
Parece que vienes de un desafío
Es muy sencillo, querida Inés.
Que me estaba afeitando…y me corté.

Así anunciaban las hojas de afeitar “Iberia:”.

Pero si mi entorno familiar era plácido y tranquilo fuera, en la calle, rugían vientos de odio político y fratricida, presagio de lo que vendría solo meses mas tarde. Acribillado a balazos cain empresarios y obreros, ambos victimas de pistoleros a sueldo de organizaciones sindicales de la extrema izquierda o derecha. Además, había huelgas sin cesar, manifestaciones de toda índole y por supuesto un enorme paro obrero y especialmente agrícola que paralizaba al país. A dos años de gobierno liberal sucedieron otros dos años de gobierno de las derechas (que los adversarios llamaban “el bienio negro” )durante los cuales tuvo lugar la sangrienta revolución de Asturias y la intentona separatista de Cataluña. Por supuesto todo esto ocurría sin que yo con solo 9 o 10 años pudiera apercibirme de ello sino hasta mucho después.

DON JOSÉ Y SUS PANOS CALIENTES

Una mañana amanecí con una tosecilla. La tosecilla no amainaba. Yo era la niña de los ojos de mis padres. Yo era el niño aplicado, dócil, seriecito.. (Mi padre me decía: “¿Pero tú nunca te ríes?). Mi madre se alarmaba. “Federico, hay que llamar a Don José”. Don José era el médico de cabecera de hacía muchos años. Don José, un hombre ya muy mayor llegaba….en coche de caballos. Entonces no se conocía el “stress”. “A ver, niño, abre la boca”. Yo obedecía.. “Saca la lengua”. Yo sacaba la lengua. Don José me tomaba el pulso, la temperatura, me auscultaba.’No es nada, Antonia. Paños calientes”. Don José no prescribía sino paños calientes. “Pero Don José”:, protestaba mi madre. “Nada, Antonia, paños calientes” “Como usted diga, Don José”, decía mi madre, no muy convencida. “Cuanto se le debe, Don José”:. “Lo de siempre, cinco pesetas”. Mi madre le daba un reluciente duro, que Don José introducía en el bolsillo inferior izquierdo del chaleco. El inferior derecha ya estaba abultado, lleno de duros. Terminada la visita mi madre accionaba un tirador que desde . el piso principal, donde nos encontrábamos abría la cancela. Don José bajaba despacio la escalera y a poco oíamos el trote cansino del caballo que se alejaba. Mi madre puso una olla de agua caliente a hervir y yo continué mi lectura de “El Conde de Montecristo”.

UN “CAMISA VIEJA” EN DALLAS

Jose Sainz

Hoy me voy a referir a la Falange y mas concretamente a un personaje estrechamente vinculado a sus orígenes. Cuando digo “Falange” me refiero al partido que se fundó antes de nuestra guerra civil: a Falange Española de las J.O.N.S. (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista). Lo que exista o pueda existir ahora no me interesa.

Aquí nos encontramos con un problema de comprensión generacional. Para uno, que es de edad avanzada, conceptos tales como la guerra civil, y específicamente este de la Falange, que el vivió y le dejaron marcado de por vida, son para la gente joven hechos remotos si nó desconocidos. Llamo gente joven a la nacida bajo la presente monarquía. Para algunos de mis lectores, si los tengo, tales conceptos están fosilizados en la historia, aparecen tan distantes como, digamos, la Reconquista.
Por ello, me parece bien que antes de entrar en materia enmarquemos nuestro relato con un breve repaso histórico.
La revolución de 1917 implantó en Rusia el régimen comunista. Basado en parte en las teorías de Karl Marx, no dejaba de tener su atractivo.” De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Rápidamente cobró prestigio y se extendió por la Europa occidental. Pronto surgieron, también en Europa, movimientos que se enfrentaban al comunista. Este era un movimiento de izquierda, dictatorial, que anulaba a la Iglesia (“la religión es el opio del pueblo”) y a la propiedad privada. Los que se le enfrentaron, empezando por el fascismo de Benito Mussolini en Italia, el nacional socialismo alemán de Adolf Hitler y nuestra Falange no eran movimientos ni de izquierda ni de derecha. Negaban el sufragio universal y preconizaban un sistema totalitario y de caudillaje. Sin embargo, respetaban la propiedad privada, toleraban a la Iglesia (caso de Alemania en Italia) o la ensalzaban (caso de España) e incluso aceptaban coexistir con una monarquía, como en la fascista Italia.
Estos movimientos anticomunistas también prendieron rápidamente y con mas o menos fuerza surgieron además de en los paises nombrados, en Rumania (“La Guardia de Hierro”), Bélgica, con Degrelle, la “Action Francaise”, e incluso en Inglaterra con la “British Union of Fascists, de Oswald Mosley.
En España, la Falange fue creada por un joven y brillante Abogado, José Antonio Primo de Rivera, quien con el tiempo llegó a ser conocido simplemente por José Antonio, y asi le llamaremos nosotros. José Antonio era hijo del General Miguel Primo de ‘Rivera, quien en 1923 se pronunció en Barcelona y se erigió dictador con el beneplácito del Rey, Alfonso XIII, lo que, con el tiempo, le costaría la corona. Jose Antonio se había criado en un hogar rico con institutrices y privilegios aristocráticos. No en vano ostentaba un
marquesado, heredado de su padre. La jauría jacobina en las Cortes le tildaba de “señorito”.
Falange Española, mas tarde Falange Española de las J.O.N.S. se constituyó en Octubre de 1933. Fue un movimiento que detestaba la democracia y el sufragio universal. “El destino mas noble de las urnas es hacerlas .añicos” decía José Antonio. Era también violenta y agresiva, propugnando, en boca de su jefe “la dialéctica de los puños y las pistolas” en vez de los debates parlamentarios. En sus principios atrajo a muchos intelectuales e universitarios, a semejanza del fascismo italiano, que divulgaba un lema que reflejaba la combinación de estudio y violencia y rezaba así: “Libro e moschetto fascista perfetto” “Moschetto” es, por supuesto, mosquetón, una arma larga que si no recuerdo mal, usaba en España el cuerpo de artillería.
De todo los movimientos que se oponían al comunismo ruso solo dos, el partido “nazi” de Adolf Hitler y el fascio italiano alcanzaron el poder. En España, la Falange malvivía de forma mas bien raquítica y fue sólo después del triunfo del Frente Popular en Febrero de 1936 cuando sus filas se engrosaron hasta llegar a varias decenas de miles de afiliados. Al estallar la guerra civil, en Julio del mismo año, el partido creció en forma espectacular y pronto se adhirió a las fuerzas insurgentes que acaudillaba el general Franco. Este no dudó en aceptar su colaboración (mientras que rechazó la de otros partidos que aunque de derechas creían aun en la democracia) porque la Falange no sólo era antidemocrática, anticomunista y antianarquista, sino que se prestaba propicia a facilitar abundante carne de cañón. Otro partido que Franco no dudó en aceptar fue el de la Comunión Tradicionalista, vulgarmente conocido como el de los “Requetés”. Este partido nació como consecuencia.de las guerras dinásticas del siglo XIX. Al morir Fernando VII le sucedió su hija Isabel II. El hermano de Fernando, Carlos, se sintió preterido [( basándose en la Ley Sálica, que primaba para el Trono a los varones tanto en linea descendiente (hijos) o laterales (hermanos) contra las hembras, y que Fernando derogó)] y se alzó contra el gobierno liberal bajo el lema de Dios Patria y Rey. Carlos encontró muchos adeptos (de ahí que se denominaran “carlistas).en el norte de España y desencadenó varias guerras primero contra la Regente María Cristina durante la minoría de edad de Isabel y luego contra la propia Isabel II. Franco aceptó a los carlistas, pese a que su adhesión se mantenía a favor de una rama dinástica diferente de la que él pensaba habría de ser restaurada en su día (como así sucedió andando el tiempo) porque los tales carlistas creían en el absolutismo, o sea, no creían en las urnas democráticas y aunque muy inferiores en números de afiliados a los de la Falange también ofrecían fuerzas que utilizar en su rebelión. Pronto Falange y Requetés descubrieron que no podían co-existir.
Hubo enfrentamientos. Al morir Jose Antonio, fusilado en Alicante en Noviembre de 1936 su desaparición no fué anunciada, convirtiéndose en “El Ausente”. Sin embargo en Abril de 1937,divulgada ya oficialmente su muerte, descabezada la Falange y tras sucesos que pasaremos por alto para no hacer esta narración demasiado larga, Franco unificó a ambos partidos creando lo que vino en llamarse Falange Española Tradicionalista de las J.O.N.S. Este fue el principio del final de la Falange, que, con el
tiempo devino en una sumisa burocracia de camisa azul y consignas triunfalistas (“Por el Imperio Hacia Dios”, etc.) bajo la férrea jefatura de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Pero esto es otra historia.
En 1935 Jose Antonio organiza una “Junta Politica” que constituia una panoplia de individuos de toda clase y condición en la que se mezclaban un famoso aviador, hombres de letras, profesionales de la medicina y el derecho, un deportista notable, hacendados, obreros y un tal José Sainz, a la sazón director de la Oficina del Patronato Nacional de Turismo en Toledo. Con el tiempo estos individuos y en general todos los que se afiliaron a la Falange antes de la guerra vinieron en llamarse “camisas viejas”.
Una mañana cualquiera, allá por el ano 1973 abrí el Dallas Morning News y lei que se acaba de inaugurar una oficina de la compañía aérea Mexicana de Aviación en Dallas
y que la encabezaba un tal José Sáinz. El diario especificaba que el Sr. Sainz era de nacionalidad española. Acompañaba una fotografía.
Si tengo una habilidad es la de poseer una memoria visual en grado superlativo. Aquella cara me era conocida. Y ese nombre, José Sainz….. Como mencionaba antes, la guerra civil y todas sus derivaciones es algo que me ha marcado de por vida. Conocía y sabía todo lo que la censura permitía publicar en España.y todo lo que leí, aprendí y adquirí en el extranjero. Sabía quien era José Sainz. Me faltaba sólo comprobar que era el “Camisa Vieja”.
Dejé pasar varias fechas y un día llamé a la oficina de Mexicana de Aviación.
Mr. Jose Sáinz?
-Quién le llama, por favor?
-Dígale que un compatriota.
Al momento el Sr. Sáinz se puso al teléfono. Le manifesté que yo era un español con muchos años de residencia en los Estados Unidos, y que tenía la costumbre de saludar a cualquier compatriota que recalara en Dallas, que eran bien pocos. Total quedamos en vernos para almorzar y fijamos una fecha.
El día en cuestión me encaminé a la oficina, tres o cuatro manzanas de donde yo tenía la mía. Entro, pregunto por el Sr. Sáinz. La recepcionista le avisa e inmediatamente, pase usted y me indica una puerta.
Sainz, cortésmente, me recibió de pié. Una simple ojeada a su persona me confirmó que mi memoria visual no me había fallado. Este era el hombre –o se parecía mucho, al “Camisa Vieja” de la Junta Política de Falange. Pero necesitaba una confirmación.-Siéntese, por favor.
-Muchas gracias. Don José (siempre he guardado la vieja costumbre de prescindir del tuteo con desconocidos).-Nada de Don y nada de José. Simplemente Pepe.
No le retiraba los ojos de la cara. Tenía ante mí un hombre alto, robusto, musculoso. Su cara morena (en parte debido a muchas horas al aire libre) presentaba facciones regulares, bien modeladas, hasta bellas. Casi un ario. Digo “casi un ario” porque Sáinz era hispano-alemán. Su apellido materno era Nothnagel.
-Digame usted, Pepe: usted es………… el José Sainz de la Falange de los primeros dias……(No me dejó terminar)
-Si señor, el Pepe Sáinz de la Vieja Guardia.
Me quedé estupefacto. Casi se me saltaron las lágrimas. Durante algunos segundos no abrí la boca. Le miraba fijamente. -Pero, hombre ¿que le pasa?, me preguntaba sonriendo.-Perdóneme usted Pepe. Es que es usted un pedazo viviente de la Historia de España. ¡Cuantas veces he visto su foto¡ ¡En periódicos de la época, en revistas, en libros casi de texto!
Aquella ocasión fue la primera de las muchas veces que nos reunimos para almorzar.
Simpatizamos y, naturalmente, terminamos tuteándonos.
Pepe Sáinz era un hombre jovial, lleno de optimismo, no vivía en el pasado sino en los acontecimientos del dia y siempre con cara al futuro. Pronto me percaté que no ponía gran interés en hablar de su pasado y aunque siempre contestaba a mis numerosas preguntas se refería a su pasada vida como algo desprovisto de interés.
-Pero, Pepe, le decía, ¿no eres consciente de que alguna vez viviste aquellos dias dramáticos de los años 30, de los primeros meses de la guerra, que conviviste con personajes, como José Antonio y tantos otros que han pasado a la Historia, con hache mayúscula, como figuras capitales de una época importantísima en la vida de España?-Bah, no es para tanto. Yo cumplí con mi deber, como creía entonces que debía. Me siento orgulloso de mi pasado que no dudaría en repetirlo si la ocasión se produjera de nuevo, pero todo eso pasó y ahora lo que me interesa es vivir en el presente y planear un buen futuro para mí y para mi familia.
De lo que me contaba, lo que luego he sabido con la ayuda de su hijo Rick Sáinz (a quien desde estas líneas le doy las gracias) y a los datos biográficos sacados del Internet,
no siempre exactos, he podido pergeñar, a grandes rasgos y con muchas lagunas los orígenes y algunas de las vicisitudes en la vida de Pepe Sáinz.
En el tercer tercio del siglo XIX arriba a Santander Frederick Nothnagel, alemán de nación, ingeniero electricista (o, posiblemente, mecánico). Llega para trabajar en la instalación de una línea de tranvías eléctricos En Santander conoce y eventualmente casa con Leonor Fernández. Al terminar sus trabajos en Santander Herr Nothnagel y su esposa santanderina se trasladan a Alemania y se radican en Munich (según Rick Sáinz). Otras fuentes dicen que en Berlin. Frau Nothnagel, o sea Leonor Fernández, da a luz a una niña a quien llama Frieda. Frau Nothnagel debería haber tenido añoranza de la Montaña pues viaja con frecuencia a Santander, sola o con Fräulein Frieda. Ignoramos cómo, cuando y donde pero lo cierto es que Fräulein Frieda se casa, en Santander, con un natural de la región, José Sáinz Sierra. La Señora de Sáinz prefiere Santander a Alemania y a su debido tiempo nace nuestro Pepe Sáinz en Santa Maria de Meruelo, Santander, el 3 de Agosto de 1907.
Cuando Pepe tiene siete años (según su hijo Rick, según otras fuentes cinco, pero nos decantamos por la versión de Rick) su padre decide emigrar a los Estados Unidos. Se embarcan los tres y se asientan en Nueva York, en el distrito del Bronx. Alli permanecen diez años, en los que, por supuesto, Pepe se educa en las escuelas públicas. (Ya me extrañaba a mi, antes de conocer el dato de su emigración a este país, que Pepe hablase inglés no solo con fluidez, sino con un marcado acento neoyorquino. Uno no adquiere acentos foráneos sino a muy temprana edad). Rick Sáinz me facilitó uno foto en la que la familia Sáinz-Nothnagel aparece sentada (Pepe incluido) delante de la fachada de un negocio, un garaje público donde tambíén se dan clases de conducir. Esto al parecer fue la fuente de ingresos de la familia. La estancia en el nuevo mundo, como queda dicho, duró diez años.
En 1924, cuando Pepe tiene 17 años la familia regresa a España. José Sainz regresa enfermo, victima de la epidemia de encefalitis letárgica (la enfermedad del sueño) que azotó los Estados Unidos por aquellas fechas. Moriría en el año 1929.
Pepe no se queda en España. Se traslada a Alemania donde vive la abuela española, Leonor, con la que vive, no sabemos si en Berlin o en Munich. Rick cree que fue en Munich. Si fué Munich quiza alcanzó e incluso vivió .los acontecimientos políticos que dieron origen al mitin que organizó (forzó, mejor dicho) Adolf Hitler en una cervecería, el famoso “putsch” que le catapultó a la cima de la política nacional. Fuera en Munich, fuera en Berlín, el caso es que Pepe Sáinz absorbió los principios del nacional socialismo alemán y se adhirió a los mismos con todo entusiasmo.
En Alemania vivió tres años. Pepe me decía que fueron tres años inolvidables. Según me contó allí estudió ingenieria. La biografía de Pepe en el Internet ( Wikipedia, verdadera “Espasa” virtual) menciona que obtuvo un título de Ingeniero Eléctrico en la compañia Siemens.
En Alemania (el sistema no ha cambiado) asi como en Inglaterra, Suiza, etc la ingeniería mecánica o electricista se puede, no estudiar, sino “practicar” a nivel vocacional bajo los y la enseñanza de una compañía lo suficientemente grande para prestar tales servicios. El aprendiz, a la terminación del curso vocacional, normalmente dos o tres anos obtiene una certificación, o un título (pero no universitario) que le capacita para acreditar su aprendizaje en el mercado laboral. Sin duda, la poderosa Siemens estaba mas que facultada para capacitar a sus aprendices en ingeniería Lo curioso es que Pepe Sáinz jamás me habló de haber cursado tal aprendizaje. El sólo me dijo que había estudiado ingeniería. Lo que si es totalmente cierto es que al regresar a España nunca trabaja como tal ingeniero. Lo suyo son los tres idiomas que manejaba a la perfección. Y así, después de varios empleos se presenta a un concurso oposición que ofrece el recientemente fundado Patronato Nacional del Turismo y gana una plaza de técnico (suponemos que como intérprete/traductor). El Patronato lo destina a la también recientemente fundada oficina en Toledo.
No sabemos cuando, donde y cómo conoció Pepe Sáinz a José Antonio. Debió sertemprano en la vida de la Falange porque ya sabemos que fué elegido para la Junta Politica, lo que hace suponer que para merecer tal nombramiento José Antonio lo habría calibrado bien para dicho puesto. El resto de su actuación en la época de la preguerra y de la guerra misma, incluido el “affaire” Hedilla, que estuvo a punto de costarle la vida se puede consultar en enciclopedias o en el Internet. Pepe apenas hablaba de tales temas. Si me habló de que la jerarquía sindical de la Falange le encomendó la organización de lo que vino en llamarse Educación y Descanso una versión descafeinada del Kraft durch Freude ( A La Fuerza por la Alegría) alemán. Con este motivo viajó a Alemania donde pasó algun tiempo estudiando la organización. A su regreso se fundó el programa del que fue su primer director. Educación y Descanso estaba pensada para los obreros , “productores”, según la terminologia falangista, pues el término “obrero” adolecía de un tufillo marxista que era inadmisible. (Mis jóvenes lectores podrán comprobar así que lo que hoy en dia se considera como lenguage “políticamente incorrecto” ya existía en aquella época: Nihil sub solum novum). .Durante las guerras, la nuestra y la de “ellos” viajo a Alemania varias veces, no sólo para el estudio del dicho programa sino para otras actividades, casi siempre para labores de intérprete. Hizo amistad alli con Dr. Robert Ley, el fundador de A la Fuerza por la Alegria. En España asistió con su interpretación al siniestro Heinrich Himmler en una fugaz visita que hizo este por nuestro país.
-Qué te pareció Himmler, le pregunté.
-Normal, un poco seco pero normal.
(“Normal”, pensé para mí).
También me habló de su casamiento y de los dos hijos que tenia en Madrid y de que su vida con su esposa se convirtió en un infierno. Según me dijo su matrimonio fue un completo fracaso.
En 1948 Pepe conoce en Madrid a un Mr. Guest, millonario americano propietario de una línea aérea, Aerovias Guest con mucho tráfico en las Américas y que por entonces volaba a España. Mr. Guest le ofrece el cargo de director de la oficina de la compañía en la ciudad de Méjico. Pepe ve el cielo abierto. Es una ocasión pintiparada para salir del calvario en que su vida conyugal se había convertido. Pepe, por supuesto acepta la oferta. Aquí de nuevo nos encontramos con una contradicción. Rick Sáinz me dice que se trasladó a Méjico con su esposa y sus dos hijos y que al poco la esposa vuelve a España “porque no se encontraba a gusto en Méjico”. Lo que Pepe me dijo no conforma con la versión de Rick. Pepe me dijo que salió de Madrid sin despedirse de su familia. Esto me parece a mí que concuerda más con el cuadro que Pepe me pintaba de hasta que punto su vida con su mujer habia llegado a ser insostenible.
En 1956 se vuelve a casar. Casamiento este no reconocido en España, donde, como sabemos no existia el divorcio por aquellas fechas. Su segunda mujer, Jeanette (Gina) a la que conocí en 1973 es una muchacha de la República Dominicana. Bonita, buen tipo.
Gina le da tres hijos. Rick uno de ellos. No sabemos nada de cómo se solucionó, si es que se solucionó el tema de dos matrimonios que hacían de Pepe un bígamo.
Después de casarse, Pepe viajó a España, que yo sepa, en dos ocasiones. Ambas a visitar a su madre, en Santander. En la primera ocasión, antes de su segundo casamiento, Pepe sabía que había una orden de detención contra él. Según Wikipedia el motivo fué que en 1948, fecha de la salida de Pepe de España, se cometió un crimen en Santander. La policía en el curso de la investigación por dicho crimen descubrió un alijo de armas enterrado en la granja propiedad de su madre, en la provincia de Santander. La policía dedujo que este alijo de armas, cuyo propiedad atribuyó a Pepe, tenía conexión con el crimen que investigaba. Pepe me dijo que en esa primera vuelta a España tuvo que evadir la orden de detención no por el susodicho alijo de armas sino porque su primera esposa le había denunciado por abandono de familia, que entonces, y quizas ahora también, era un delito penado por la ley. La segunda vez fue con motivo de la muerte de su madre.
En el curso de nuestras muchas conversaciones pude descubrir que Pepe Sáinz era un “nazi” cien por cien. Se extasiaba con las “glorias” de la Alemania de Hitler, de cómo el pueblo alemán le adoraba y le adoró hasta el final. Estaba convencido de que el gran error del cancillr alemán fue el declararle la guerra a los Estados Unidos. Si no le hubiera declarado la guerra estaba seguro-me decía, que Alemania hubiera podido con los rusos y habria ganado la guerra.
-Pero Roosevelt, opinaba yo, no habría dejado sola a Inglaterra
-Correcto, pero Inglaterra, sin la ayuda de los Estados Unidos, habría sido incapaz de doblegar a Alemania Le habría ayudado para defenderse pero nada más.
-Entonces según tu opinión, ¿cómo habría terminado la guerra?
-Habrían llegado a un arreglo. Hitler no quería destruir a Inglaterra. En el fondo, la admiraba.
Un día le planteé el tema del Holocausto.
-Mentira, todo mentira. Una invención de los judíos.
-Pero Pepe, si se ha demostrado. Si ahí están las cámaras de gas.
-Bah, todo amañado.
-Pero…
-Mira, Eugenio, ¿cómo es posible “liquidar seis millones de judíos en seis años”
Estábamos comiendo en un restaurante. Sacó de la chaqueta una calculadora que me entregó.
-A ver, la guerra empezó el 1 de Septiembre del 39 y terminó en Junio del 45. Para redondear pongamos que duró seis años. Ahora multiplica 6 por 365. ¿Cuánto te sale?
-2, 190
-Ahora divide 6 millones por 2, 190
-Me sale 2,739.72
-¿Tú crees que cabe en cabeza humana que se pueda exterminar a dos mil setecientos judios diariamente, dia por dia, durante seis años? Yo no puedo creerlo.
-Pues los Estados Unidos acepta esa cifra como verídica, le repuse.
-Los Estados Unidos no se atreven a cuestionar esa cifra porque este país esta dominado por un “lobby” judío poderosísimo. Gran parte de los medios de comunicación, la prensa, TV, radio, además de la banca, Wall Street, todo eso está casi en manos de los judíos. Mira, en la ciudad de Nueva York, el cuarenta por ciento de los abogados son judíos. La presión es enorme.
Opté por no seguir la discusión.
Un día me llevó a su casa. Allí me presentó a su mujer, Gina, y a sus hijos. En una vitrina lucían las condecoraciones que habia ganado en la guerra, incluida la Medalla de Sufrimientos por la Patria pues haba sido herido en combate varias veces. En realidad había perdido un dedo en una mano. Me mostró muchas fotos tomadas tanto en España como en Alemania.
-Mira, ahora te voy a mostrar algo que no has visto nunca,
Gina, tráeme el “estuche”.
(Me preguntaba que pudiera contener tal “estuche”).Al rato vuelve Gina con un estuche grande, forrado en terciopelo de color azul.Con mucho misterio abre Pepe el estuche y, efectivamente, veo algo que no había visto nunca excepto en el NO-DO, el documental; de obligada proyeccion en todos los cines de España en la era franquista, colgado del cuello de los jerarcas de la Falange. ¡Era la Cruz de Caballero de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas!
Que vió José Antonio en Pepe Sáinz para elevarlo a la Junta Política/? Aparte de Manuel Mateo, un simple obrero, asesinado por los rojos, como lo fueron Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo Ortega, todos miembros de la dicha Junta Politica, choca comprobar, si comparamos a Pepe con el famoso piloto, con Ledesma Ramos y con Redondo, los escasos méritos de Pepe para tan alta designación. Porque Ruiz de Alda, extraordinario piloto, era un héroe nacional. Ramiro Ledesma y Onesimo Redondo eran teóricos de la ciencia política, fundadores de programas políticos que terminaron fusionándose con el de Falange Espanola. A los citados hay que añadir, tambien miembros de la Junta, a Rafael Sánchez Mazas, distinguido escritor, Raimundo Fernandez Cuesta, Notario y Manuel Valdes Larrañaga, prominente arquitecto y campeón nacional de natación .Para completar el cuadro tenemos a Francisco Bravo Martinez, periodista, Jose Manuel Aizpurua, arquitecto de nota. Jose Maria Alfaro, poeta y Alejandro Salazar‘ Salvador, uno de los fundadores del SEU (Sindicato Español Universitario) también asesinado por los rojos, con Julio Ruiz de Alda, en Paracuellos del Jarama.
Para mi que José Antonio vió en Pepe, aparte de un espíritu combativo (me referia a sus enfrentamientos con los grupos marxistas en Toledo a base de puños y pistolas, poniendo en práctica la predicada dialéctica falangista) y su fidelidad a los principios del partido, su dominio de idiomas, especialmente el alemán. ¿Porque quien hablaba en España alemán aparte de Don Jose Ortega y Gasset y algún que otro académico? Las lenguas extranjeras dominantes en España en aquella época eran el inglés (“British version”) y el francés, las lenguas que manejaba Jose Antonio. Cuando yo hice el bachillerato las lenguas extranjeras seleccionadas por el Plan de Estudios republicano de 1934 eran el inglés y el francés, que fueron automáticamente reemplazados por el alemán y el; italiano por el Plan de 1938, en vigor en la zona nacional, en plena contienda. Poseer el alemán era una herramienta valiosísima para la Falange en los años treinta (y lo fue muchísima más en los cuarentas) porque la Alemania de Hitler era un pais con el que la Falange habria de tener estrecho contacto.
El lento pero inexorable triunfo de las armas aliadas en la Segunda Guerra Mundial dio un giro a la política gubernamental española. Alemania no iba a ganar la guerra. La Falange, ya en si ni sombra de lo que fue en los primeros meses de la guerra y que debia en parte su prestigio a presentar un programa que se asemejaba al de las potencias otrora triunfantes, Alemania e Italia (aunque ésta bien poco hizo) se vió postergada. Poco tenia ya que hacer Pepe Sáinz. Dejado de lado por sus compañeros en la Junta Política, poco a poco se fue apartando de la Falange. Mientras tantos sus compañeros medraron, y mucho, en la política o en el sector privado. Algunos fueron ministros y embajadores. Otros triunfaron en la letras o en sus profesiones. Pepe tornó su atención a obscuros trabajos de escaso rendimiento. Uno de los últimos que tuvo fue la concesión de las barcas de recreo en el parque del Retiro, en Madrid. En la España paupérrima de los años cuarenta no creo que fuera un negocio de campanillas. Algo parece claro, sin embargo. Pepe no se dejó corromper. Su nombre, aunque cada vez con menos peso
tenia, al terminar la guerra española cierto valor. Pudo haberlo usado para negocios mas o menos inconfesables, como muchos hicieron. Pero no, Pepe no se hizo rico. Que yo sepa, nunca se vió envuelto en escándalos de corrupción, aunque aquellos tiempos, con una prensa amordazada no pueden compararse con los actuales. Fue sólo cuando se trasladó Méjico cuando Pepe consiguió una importante mejora económica y, eventualmente, su felicidad conyugal y familiar.
Un dia Pepe me dijo que lo trasladaban a Puerto Rico. Nos despedimos y me dijo que viajaría con cierta frecuencia a Dallas por los intereses que dejaba aquí. Dejaba su casa alquilada y tenia, además de su empleo, un negocio inmobiliario:: compraba casas en mal estado, las restauraba y luego vendía a un precio tal que enjugaba los gastos y aun salia con una ganancia. En tal seguridad nos despedimos a la espera de vernos en el futuro. Fue la última vez que le ví.
Al cabo de unos años lei su obituario. Habia muerto en Dallas, ya retirado el 26 de junio de 1984. Le sobreviven su mujer, muy enferma (Alzeheimer) y sus hijos. Que yo sepa su
muerte pasó desapercibida en España.

¿Como era Sevilla en la Belle Epoque?


Los franceses llaman “la belle epoque” al período entre la guerra franco-prusiana (1870) y la primera guerra mundial, o, como la llamábamos antes de 1939, la guerra europea (1914-1918). Durante estos años  todo, o casi todo fue amable y suave en Francia. Sí, hubo escándalos, (el “affaire” Dreyfuss, por ejemplo) y conmociones políticas y sociales, como en todas partes, pero todo en un clima de paz y de crecimiento económico, intelectual y artístico. Por supuesto que las guerras no cesaron; nuestra  guerra de Cuba  (“mas se perdió en Cuba,” solía decir uno de mis abuelos defendiéndome contra mi madre cuando ocasionaba un estropicio),  la guerra Ruso –Japonesa (1904-1905), y otras. Pero eran guerras distantes, que no ensangrentaron los campos de Francia.

Por extensión también se ha venido llamando “belle epoque”, al período también entre guerras que va desde el final de la guerra europea a la segunda guerra mundial (1939-1945). Esta segunda acepción no ha tenido tanta fortuna como la primera aunque se usa e incluso hay una pelicula española con tal nombre que tuvo bastante éxito.

Hace unos meses vino a mis manos una  “Guia de España y Portugal” subtitulada “Manual para Viajeros” , en inglés, en buen uso, publicada por Karl Baedeker en 1913, o sea, en plena “belle epoque”. Baedeker era (y creo que aun existe) una editorial de Leipzig que se hizo famosa por sus guías turisticas. Se publicaban versiones en inglés, y otros idiomas  y eran el “vademecum” del turismo internacional. Estas guías o manuales eran de una minuciosidad increible. Hace bastante tiempo que no consulto una guía moderna, pero dudo que en ellas se divulguen,  como era de rigor en los Baedekers,  los nombres y direcciones de medicos, dentistas, muchos de ellos hablando idiomas, amen de farmacias, iglesias, etc. Datos prácticos que son de agradecer.

Siendo sevillano fue natural que lleno de curiosidad me apresurara a ver que trato recibiría Sevilla. Y como disfruté bastante con la descripción que hace de la misma  pensé que quizás habría algun otro sevillano de mi quinta (la del cuarenta y dos) que quisiera darse un paseo conmigo por la Avenida de la Nostalgia.

¿Cómo era Sevilla hace noventa años? Pero, antes que nada, ¿es lícito aplicar el remoquete de “ belle epoque” a la Sevilla de 1912 (suponemos que los datos en la guía que comentamos antecederían,  a la fecha de su publicación).  Pienso que sí. Por lo que hemos oído y leido Sevilla estaba bastante tranquila por aquellas fechas. No habia desórdenes sociales (el anarquismo no había todavía explosionado). Había paro, sobre todo el endémico rural, como lo había habido siempre y continuaría por muchas décadas, pero la clase obrera no estaba aún envenenada por la política.  En términos de la economía local la inflación apenas existía y tendría que venir la guerra europea para que los precios se dispararan. Fuera de Sevilla (y de España) la guerra de Cuba iba  relegandose al olvido, la de Marruecos no había llegado aún a la virulencia (tragedia podríamos decir con mas propiedad) que alcanzara una década mas tarde. Por otra parte, la Semana Trágica en la lejana Barcelona apenas tuvo repercusión en nuestra ciudad. Así, que verdaderamente, hubo  “belle epoque” también  en Sevilla.

Y de nuevo: ¿como era Sevilla hace noventa años? Por supuesto, mucho mas pequeña. Prácticamente reducida al llamado casco histórico aunque los  tranvías, que estaban en pleno apogeo, llegaban hasta Eritaña, que me figuro estaría en pleno campo. Su población era de 158.000.  Pero antes de visitar Sevilla,  ¿como se llegaba a ella? Ciertamente no por vía area, pues que la aviacion estaba aún en mantillas. Lo sorprendente, sin embargo, es descubrir que Sevilla  recibía no sólo mercancias sino tambien turistas directamente desde  Francia, Alemania,  Inglaterra, Bélgica, etc  por vía maritima/fluvial. Según la guía  entraron y salieron en el puerto de Sevilla,  sólo en 1911,   1.349 barcos con más de millón y medio de tonelaje.  Dudo que las cifras actuales las superen. En cuanto al tren ya existian las tres estaciones que hemos conocido hasta hace poco, donde los viajeros destinados a los mejores hoteles eran transportados por unos autobuses que llegamos a conocer  en nuestra niñez.

Si el pasajero no se alojaba en tales hoteles o se dirigía a su domicilio o al de algun pariente o amigo, como no existían taxis,  tomaba un coche de caballos. Los había de un caballo o de dos. Los de un caballo cobraban una peseta por la carrera, o dos pesetas por hora. También se cobraba por el equipaje y las tarifas doblaban en Semana Santa y Feria aunque el editor de la guia aconsejaba “regatear” el precio.Y aqui viene a pelo  lo de lo reducido de Sevilla.  Como el jueves y viernes santo estaba prohibida la circulación el viajero tenía que caminar hasta su destino y si traía un voluminoso equipaje tendría  que ajustar un (en español  en la guía) “ mozo de cordel”.

Donde alojarse? Algunos de los hoteles todavían existen: Hotel Inglaterra ubicado en  el mismo lugar, “con ascensor”;  Hotel Simón, entonces situado en la calle Velázquez, esquina a Rioja. Otros, como el bello y sevillanísimo Hotel Madrid,  en la calle Méndez Núñez, lugar hoy del Corte Inglés, han desaparecido. Pero ya existía la pension Don Marcos, en la calle Abades.  Como muchos de los cafés y restaurantes, alguno de los cuales hemos llegado a conocer, como el Pasaje Oriente (“frecuentados por señoras para la hora del té”),  el Pasaje del Duque, el Café de París, Las Delicias, La Casa de la Viuda y entre confiterías la  venerable de La Campana.

¿A donde iba el turista para divertirse? Si le gustaba el teatro tenía donde elegir.  En primer lugar la guía incluía nuestro incomparable y desgraciadamente perdido teatro San Fernando, construido, segun la guia, en 1847 para opera y ballet y donde la butaca de patio costaba 18,75 pesetas ( suponemos que sería en las noches de ópera) y el Teatro Cervantes.  Despues venían los populares Teatro del Duque, y el Teatro Eslava, (teatro de verano) todos (menos el del Duque) dentro de nuestra memoria. Estos teatros daba sesiones de una hora de duración. Cuando era chico oía a menudo comentar “la tercera del Duque” donde me figuro la asistencia masculina bramaba por ver un tobillo.  Si el viajero era una señora debería abstenerse de concurrir los espectáculos de variedades. Segun la guía el café Novedades, en la calle de Santa Maria de Gracia, 7,  no era recomendable para señoras. Sin embargo, la guía recomienda calurosamente visitar la academia de baile del Senor Otero, situada donde siempre la conocimos, en la calle de San Vicente. El señor Otero debería estar  poniéndose  las botas al precio que cobraba, que nos parece   exorbitante,  de por lo menos cinco pesetas por persona. (Como comparación, el alojamiento en el hotel Madrid, considerado de lujo, costaba 12.50 ptas diarias, pensión completa).

Si el  turista era devoto (y de nacionalidad británica, como eran en mayoría)  podría ir  a rezar a la Iglesia Anglicana de la Ascensión, en la Plaza del Museo. Esta iglesia desapareció no sé si a raíz o antes del 18 de Julio de 1936. Yo de mozo siempre la conocí en el mismo lugar, esquina a Abad y Gordillo,  como un almacén y aserradero de maderas.

 Si le gustaban los libros podía visitar la librería de Tomás Sanz en la calle Sierpes, de grata memoria y si tenía necesidad de poner una carta en el correo pues se iba a San Acasio (hoy Pedro Caravaca  donde el  actual Círculo de Labradores) o simplemente la depositaba en las fauces del magnifico león de bronce que hacía de buzón en la calle Sierpes, parte del edificio de correos en San Acasio. Y como decía antes, aparecen en la guía los nombres de médicos y dentistas políglotas,  (todos nombres conocidísimos en Sevilla), farmacias y hasta los famosos baños del Dr. Murga, en la calle Marqués de Paradas  que se anunciaban con grandes letras y era casi lo primero que veía el pasajero que salía de la estación de Córdoba.

 La guía describe con profusión las iglesias y monumentos de Sevilla, sus paseos, sus costumbres populares, la semana santa, la feria. Particularmente prolija es la descripcion de la feria donde la afluencia de ganado (su verdadero origen) era enorme, de hasta 80.000 cabezas. Despues divide las casetas entre aquellas de los ricos, las mas humildes de la clase trabajadora y las de los gitanos. El editor se quedo asombrado viendo el desfile de lujosos coches de caballos  que considera “insuperado en cualquir capital moderna” con la atraccion añadida (seguimos traduciendo) de las señoras luciendo sus mantillas y mantones de Manila. También describe las fiestas del Corpus (da incluso el itinerario), las Veladas (la de San Juan, la de San Pedro, en la Alameda (¿desaparecida?)

Pero, curiosamente, no la de Santa Ana. También las romerías: el Rocio, la de la Consolación de Utrera y una de la que nunca he oido hablar: la de Torrijos, que se celebraba a principios de Octubre.

No cabe duda que el redactor de esta guia de España quedó encantado con Sevilla. Se extraña del dicho “Quien no vio Sevilla no vió maravilla” en lugar tan desprovisto de bellezas naturales (mar o montaña). Pero reconoce,  sin embargo, que nuestra ciudad combina las ventajas de un puerto fluvial con un  fértil paisaje meridional ( la eterna atraccion del sur para las gentes del norte) con (y traduzco casi literalmente )”una vida plena, vibrante y armoniosa y una abundancia de artísticos monumentos, indicadores de un brillante pasado”.

Le gusta todo, incluso el clima. Admite que que en el verano el calor puede llegar a ser abrumador. Y sin embargo, “las rosas florecen durante todo el invierno y los jacintos aparecen ya en Enero”. Una prueba de lo que le gusta Sevilla y la importancia que le da esta en el numero de páginas que le dedica la guía. Mientras a Barcelona (poblacion: 587.000) le dedica veintiocho páginas, Sevilla se lleva treinta y dos.  A Valencia (población: 233.000) la despacha con sólo 14 páginas.

Asi fué Sevilla  y lo siguió siendo durante muchos años. Intima, segura. Todo estaba a la mano. La gente andaba de un lado para el otro. Pocos cambios en su casco histórico.  Desaparecieron los teatros del Duque y Eslava, y la famosa pasarela frente al recinto de la feria, en el Prado pero mas o menos todo continuó igual. Creció, si, la demografía y se crearon nuevas barriadas en el extra-radio. La exposición del 29  hermoseó el parque de Maria Luisa, y surgieron pabellones, el barrio de Heliópolis, etc  mientras Aníbal González dejó su impronta en la bella Plaza de España, el Coliseo, etc. Después,  la República, con su desórdenes sociales, la incruenta guerra , los años de penuria….Sevilla ya no era amable y suave. La explosión del desarrollo en los años sesenta y setenta fué testigo de la incuria municipal que permitió los derribos indiscriminados de nobles estructuras. El paisaje urbano se colmó de coches y pintadas. La expo del 92 modernizó Sevilla y la hizo incómoda. Y masiva, insegura. Ya no estaba todo a la mano. Ya la gente no andaba de un lado para el otro. Y así llegamos a nuestros días. ¿Qué se hizo de aquella Sevilla?….. Desapareció la vida plena, vibrante y, sobre todo, armoniosa.

Amigo lector, si ha continuado conmigo en este nostálgico paseo contésteme a esta pregunta: que prefiere: la Sevilla de 1912 o la actual de la masificación, los ruidos, la movida, con sus  botellonas  e inmundicias. ¿Tiene que pensarlo? Yo no. Me quedo con la de la “belle epoque”.

May, 2003