Al terminar mis estudios de derecho comparado en Southern Methodist University (SMU), los me valieron un titulo de Master, Judy, mi mujer, y yo deliberamos y coincidimos en la conveniencia de quedarnos en Dallas, por lo menos por tiempo indefinido. Esto ocurría en 1959. Claro es, si nos quedábamos, yo, que no tenía un duro tendría que trabajar. Yo había ejercido de Abogado en Sevilla durante diez años. No se me ocurrió, ni por pienso, que pudiera hacer otra cosa que no fuera sino continuar ejerciendo de abogado, esta vez….en inglés. Hice indagaciones y me informaron que los estudios de derecho comparado no suponían, para mi preparación, sino un ligero barniz de cultura jurídica que no me llevaba a ninguna parte. Si quería ejercer la profesión de abogado tendría que estudiar el derecho angloamericano a fondo. En otras palabras tendría comenzar de nuevo la carrera, desde el primer año. Dudaba. Tenía ya 36 años. Una cosa era el curso de nueve meses de “comparative law”, con un curriculo agradable, ligero, rodeado de becarios de mi generación, experimentados abogados, jueces, etc y otra era embarcarme en una dura tarea de varios años, compitiendo con jóvenes listos a afrontar un pesado programa de estudios.
Lo pensé y retequepensé y finalmente, amigo que siempre he sido de la aventura, me lié la manta a la cabeza y una mañana fría de enero de 1960 me matriculé en el primer curso de derecho, sesión nocturna, lo que me dejaba las manos libres para trabajar en algo que me agradase y traer algún dinero a casa.
No teniendo nada que hacer, esa misma mañana tomé un autobús, me apeé en el centro y dirigí mis pasos a la Oficina Nacional Española de Turismo. Esta Oficina se había inaugurado haría como tres años. Para mi era una fuente preciosa de periódicos, revistas e incluso algún que otro libro, que se distribuían gratuitamente al público. He de aclarar que la ciudad de Dallas era, por aquellas fechas eminentemente provinciana. Aquí no llegaba casi nada del exterior, incluido periódicos y revistas. Tardaría muchos años en convertirse en la ciudad cosmopolita que es hoy. En la Oficina lo que me atraía más que nada era el ABC “aéreo”. Lo pongo entre comillas porque de “aéreo” no tenia mas que el nombre. Siempre llegaba por lo menos con una semana de retraso. Pero al menos me enteraba, aunque no fuera al día, de lo que iba pasando en España. Ya había desistido de escuchar las emisiones del servicio exterior de Radio Nacional de España. Aparte de que la audición era penosísima debido a los parásitos que infestaban el éter, los temas constituían un aburrimiento espantoso. El triunfalismo de la época, salpicado con las consignas del régimen era insoportable.
No había nadie en la oficina, o sea en el área de entrada a la misma. A través de un largo ventanal que dividía dicha área y la zona reservada a la administración de la oficina fui observado por el jefe de la misma, Enrique, que salió a saludarme. Yo ya le conocía. Hablamos de varias cosas, incluido mi decisión de quedarme y estudiar y al rato me pregunta:
– ¿A ti te gustaría trabajar aquí?
– Hombre, por supuesto. Además, me he matriculado para las clases nocturnas; así es que tengo el dia libre.
-Pues nada, puedes comenzar mañana. Te advierto que el sueldo es mas bien cortito.
-¿Y que es lo que tengo que hacer?
– Bueno el presupuesto fijado por el Ministerio (de Información y Turismo) cubre la plaza de director, que soy yo, otra para la secretaria y otra para el ordenanza, o sea, tú.
– Ordenanza? Pero, oye,¿ tengo que ponerme la librea?
– No, hombre, no. Esas antiguallas no se estilan aquí. Lo que ocurre es que la burocracia española esta aún anclada en el siglo XIX. Tu ni vas a usar la librea ni vas a ejercer como tal ordenanza, sirviendo cafés y abriendo la puerta a los visitantes. Mira, yo paso mucho tiempo fuera de la oficina y necesito a alguien buen conocedor de España, culto, de buena presentación, para informar al público. Hasta ahora no he encontrado a persona idónea para este propósito y tu eres la persona ideal.
– Pues muchas gracias
Y así es como me convertí, de la noche a la mañana en funcionario del Ministerio de Información y Turismo (He de aclarar que en mi primer viaje a Méjico, visité la Oficina Nacional Española de Turismo de la capital azteca, muchísimo mayor que la de Dallas, y pude comprobar que quien ostentaba allí el puesto de ordenanza, sí que lucía la librea. El hombre, un mejicanazo de enormes bigotes estaba hasta orgulloso de vestirla).
La Oficina de Turismo en Dallas, funciónó desde 1957 a 1966 . Yo trabajé en la misma de Enero de 1960 a Mayo de 1962, año en que terminé mi “segunda carrera”. Fueron años divertidos. Por la Oficina pasaban muchísima gente. Algunas estaban genuinamente interesadas en viajar a España y necesitaban información. Habia también muchos curiosos, y gentes que no tenían nada que hacer e iban a a charlar o a practicar el español. Había un tipo que siempre recordaré. Era un tejano joven, corpulento, el pelo rapado a la usanza de la época. Se le había metido en la cabeza aprender a torear. A mi me tenia frito a preguntas. Yo le aconsejaba que se fuera a vivir a Méjico o a España. Me contestaba que no iría hasta que no estuviera “preparado”. Un dia se presento con una montera que un amigo le había comprado en Ciudad Juárez. Otro día me mostró, orgulloso, un capote. Pero lo mejor fue que un día se presentó con un grueso volumen. Jubiloso, me decía ”Con esto ya no necesito información alguna. Todo lo que tengo que hacer es estudiar este libro a fondo y un día seré torero. Claro es que tengo que estudiarme todos los volúmenes que me he dejado en casa.” Se estaba refiriendo a “El Cossio”, concretamente a la Enciclopedia Taurina de José Maria de Cossio que entonces contaba con cuatro grandes tomos. ¿Qué iba a decirle? Le felicité y le animé para que estudiara para torero.
La Oficina de Turismo estuvo regentada desde su creación por tres funcionarios del Ministerio que, por pura coincidencia, compartían el mismo nombre de pila: Enrique. Los nostálgicos acabamos por llamarles Enrique I, Enrique II y Enrique III. De ahí el título de esta semblanza. Me referiré a ellos omitiendo apellidos.
Enrique I llegó a Dallas con uno o dos años de experiencia en la Oficina de Chicago. Era un hombre joven, bien parecido, bien proporcionado de cuerpo. Tendría 32 o 33 años, era rubio, de ojos azules. Madrileño y licenciado en derecho. Era vanidosillo, algo narcisista; le encantaba mirarse al espejo cada vez que tenía ocasión. Inteligente y capaz, montó, decoró y organizó la Oficina con gusto y eficacia. Como era soltero y le gustaban las faldas (entonces no había tanto pantalón) pronto tuvo una legión de admiradoras que le acosaban por teléfono. Al final terminó casándose con una chica belga, pero eso fue después de dejar Dallas. Hizo buena carrera Enrique I. En 1962 fue trasladado a Madrid, al Ministerio, y de allí pasó a las Canarias, para volver de director a Nueva York (en donde le saludé en una ocasión) cuya Oficina regentó durante muchos años. Después le perdí de vista. Dejó muchos amigos en Dallas, particularmente entre personas del sexo antes llamado débil.
Enrique II era aragonés, mas bien bajo de estatura, muy moreno, el pelo negrísimo, largas pestañas. Era un hombre joven y guapo. En contraste con su antecesor su figura personificaba el estereotipo que el mundo anglosajón se ha formado sobre el; aspecto físico del español típico. Era también un auténtico universitario, culto y de muchas lecturas. Hablaba de filosofía, de derecho (era también licenciado en derecho), de arte, de arquitectura. Pero mientras Enrique I había escogido Turismo como una carrera corta, por convicción, Enrique II hizo tal oposición con desgana, después de haber fracasado como. opositor tras anos de preparación para otras carreras de mas enjundia, como Notarías o Registro. No tenía el menor interés por el turismo ni le cayó bien Dallas, que por otra parte, como hemos notado antes era por aquellas calendas una ciudad provinciana y sin mayores atractivos.
Enrique II llevaba la oficina erráticamente. Yo no trabajaba ya en la misma pero como frecuentaba la Oficina le observaba y notaba sus deficiencias. Muy nervioso, sin método y escasa capacidad de organización dejaba la marcha de la Oficina a subordinados..Era soltero y le gustaban las mujeres, que también le buscaban. Pero mientras el primer Enrique sabía como seducirlas su sucesor era torpe en su trato con ellas. Algo le atormentaba, tendía a aislarse. De vez en cuando se encerraba en su apartamento, se olvidaba de la Oficina y se cegaba bebiendo. Tenía muy mala bebida y cuando se intoxicaba se volvía agresivo y pendenciero. Cuando sobrio era muy agradable en su trato. Yo le cobré mucho afecto. Una vez apareció con una enorme cicatriz en una mejilla que se le quedó para toda la vida. Rehusó dar explicaciones. Supimos mas tarde que fue fruto de una reyerta en un cabaret.
El paso de Enrique II por Dallas fue fugaz y el final de su “reinado” trágico-cómico. Coincidiendo con la Feria del Estado de Texas, que se celebra anualmente en Octubre, (nos estamos refiriendo a 1963) arribó por Dallas el “jefe” de nuestro Enrique II, nada menos que el todopoderoso Don Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Información y Turismo, años después Embajador en Londres, y con la democracia, Ministro del Interior, fundador del Partido Popular, Presidente de la Comunidad de Galicia y hoy jubilado. Aquel año participaron varios países en la Feria, incluyendo España, que montó un modesto tinglado. Don Manuel había sido designado como invitado de honor por el Ayuntamiento de Dallas. A una hora predeterminada el representante de España recibiría un homenaje de manos del Alcalde. . En vez de la clásica llave de la ciudad lo que se estilaba por entonces era, a título de obsequio, un enorme y típico sombrero de Texas de no sé cuantos galones (el galón equivale a cuatro litros). Se le había asignado a nuestro Enrique II la misión de elegir y comprar el sombrero (cuyo importe le reembolsaría el ayuntamiento) que habría de colocarse Don Manuel después de haber obtenido, presumiblemente del propio Don Manuel, las correspondientes medidas. Antes de lo que, al parecer, desencadenó su final, Enrique II, nerviosísimo, habia cometido varias torpezas que no escaparon a Don Manuel. En fin, cuando llegó el momento solemne del homenaje que contó con la presencia del Alcalde y demas dignatarios, prensa, radio y TV y unos pocos españoles, incliudo el que suscribe y Don Manuel aceptó el enorme sombrero, y se lo puso a la cabeza, resultó que el sombrero le quedaba bastante chico, lo que provocó la hilaridad de los concurrentes al acto y, por supuesto, de la audiencia televisiva.
Don Manuel, que es una buenísima persona (tuve ocasión de tratarle en varias ocasiones) cuando se enfada es una fiera. La destitución fue fulminante.
Hay que decir en honor a la verdad que la comedia del sombrero no fue quizás el único determinante de ,la caída de Enrique II. Creo suponer que fue el punto final de una serie de desaciertos que habrían llegado a oídos del Ministerio.
Enrique II salió rápidamente de Dallas. No se despidió de nadie. Durante muchos años no supe nada de él. Mis cartas me fueron devueltas. Después supe que lo habían recluido en un manicomio. Muy recientemente me informaron que ya no está entre los vivos. Descanse en paz.
Enrique III, a quien cupo la triste suerte de clausurar la Oficina era un tipo totalmente diferente a sus antecesores. Era ya un hombre maduro, cincuentón, padre de familia. Pertenecia a la quizás primera promoción de la carrera, cuando únicamente se exigía cultura general y algo de idiomas. Era asturiano, moreno, pelo negro. Era un burócrata cien por cien. Metódico, organizado, cumplidor de sus deberes. Había sido durante muchos años director de la Oficina de Londres, ciudad donde dejó muchos amigos. Como consecuencia de su larga estadía en Inglaterra, de la que tenía un feliz recuerdo, había adquirido modales, y por supuesto, el acento británico. Hasta el pequeño bigote que lucía respondía a un “British” canon. Texas y Dallas le tenían desconcertado. Esperaba algo diferente. Acostumbrado a las brumas londinenses el poderoso sol de Texas (como le pasaba a Pío Baroja con el sol andaluz) le hería la vista. Una cosa que le irritaba era vivir en una calle que se llamaba “La Cosa” o algo así. No comprendía que Texas ,vecina de Méjico estaba fuertemente influenciada por su cultura, , incluido el idioma, muy estudiado pero pésimamente aprendido , y que semi-analfabetos urbanistas municipales encontraran pintoresco bautizar a nuevos vecindarios con nombres españoles perfectamente absurdos. Le resultaba imposible creer que esto ocurriera en un pais que se titulaba anglosajón. Tenia un principio de barriguita burguesa, producto sin duda de su afición al jerez (“Dry Sack” por supuesto) y a las estupendas fabadas que le cocinaba su buena esposa, asturiana como él.
Enrique III tenia una hija que era un belleza. Alta, morena, escultural. Una hembra de tronío. A poco de llegar se enamoró de un tejano de dos metros y pico de estatura, bien parecido. Se me escapa de la memoria tanto el nombre de la chica como el de su novio pero no se me olvida que la esposa de Enrique III acordó llamarle “el maizón”. El flechazo caló tan hondo que se casaron en cuestión de semanas. Los padres de la chica estaban desolados. La chica era hija única y les costaba creer que un “maizón cualquiera (el chico tenía un modesto pasar) pudiera arrebatársela. .La tragedia fué que después de la consabida luna de miel la pareja no se llevaba bien. El pobre Enrique se desesperaba. Me preguntaba sobre la posibilidad de un divorcio (yo ya empezaba a ejercer como abogado). Entonces en época de Franco el divorcio era un “nó nó´en España, pero Enrique y sobre todo su mujer, que así veían la posibilidad de “recuperar:” a la hija, no desechaban la idea.
En medio de estas cavilaciones llegó de repente la orden ministerial de cerrar la Oficina, lo que tuvo lugar precipitadamente. Enrique y su mujer, muy pesarosos por el futuro de su hija salieron para Madrid y dejaron a la chica y a su “maizon en Louisiana, donde vivian. Creo que le destinaron a una Oficina de provincias. Me cartee con él en un par de ocasiones y después le perdí la pista. Nunca supe que pasó con aquel matrimonio. Enrique III era muy buena persona, amable y de buen trato. Desde estas líneas, si es que vive, le deseo a él y a su familia, lo mejor de lo mejor.
Y colorín, colorado……




