MEMORIA DE LOS ANOS TREINTA: MONARQUIA, REPUBLICA Y GUERRA CIVIL

A mi querida hermana “Chica”
superviviente, conmigo,
de una familia feliz

PRIMERA PARTE

MONARQUĺA

RES, 39

Mis padres se casaron en 1923. Al casarse tomaron en arrendamiento un piso en la calle Res, número 39. Esta calle, por razones que desconozco vino en llamarse después, y se sigue llamando, Redes. Allí nacimos, yo en 1924, mi hermano Manolo y mi hermana Rosalía, ambos fallecidos y mi hermana Antonia (“Chica”) que sobrevive. La calle Res arrancaba en Alfonso XII y moría en Baños, justo enfrente del cuartel llamado Del Carmen (Infantería de Granada número 8), que hoy creo que es un centro cívico-cultural.
Nuestro piso era un tercero. Por supuesto no había ascensor, ni creo que en aquellas fechas existiera un ascensor en toda Sevilla Desde sus balcones se veía la que entonces se denominaba Plaza de Cuba adornada con hermosos castaños y unos sólidos bancos de hierro con respaldos de una complicada ornamentación a base de unos anillos que si al instalarse eran fijos para entonces giraban sobre sus goznes lo que no dejaba de ser un entretenido pasatiempo para la chavalería.

REPŮBLICA

PLAZA DE LA MATA, 3

Creo que fue a fines de 1930 o principios del 31 cuando nos mudamos a Plaza de la Mata, a espaldas de la Alameda de Hércules. Tiene que haber sido por aquellas fechas porque recuerdo perfectamente que regresando una noche a casa, algún tiempo después de la mudanza y en compañía de mi madre, vi., en la calle Peris Mencheta, muy cerca de donde ya vivíamos a un militar, sargento o cabo, que se nos cruzó en bicicleta y que me llamó la atención porque iba llorando. Extrañado le pregunté a mi madre por qué lloraba.”No sé” me contestó. “Quizá por “lo” del Rey”. Era que se acababa de proclamar la II Republica: 14 de abril de 1931. Lo que no supimos era si lloraba de pena o de alegría.

Cómo se le ocurrió a mi padre comprar una casa (me enteré después que pagó por la misma siete mil duros, o treinta y cinco mil pesetas) en la Plaza de la Mata fue algo que nunca supe. Tiene que haber sido por que el precio pudo haber sido una ganga. Además la casa era bonita, sólida y de reciente construcción. Lo malo es que la Plaza de la Mata y sus aledaños eran un foco de prostitución. Y además de prostitución barata. Al anochecer pululaban por la zona mujeres (como se decía entonces, “de la vida”) casi todas de mediana edad, pintarrajeadas y emperifolladas con lo que por entonces era un verdadero escándalo: las uñas de los piés pintadas y los tobillos circundados por cadenitas de bisutería. Y todas fumando.

LA ALAMEDA DE HÉRCULES

La Alameda de Hércules era, sobre todo en las noches de verano, un verdadero centro de atracciones. El puterío apenas se notaba porque las mujeres buscaban las sombras y la Alameda estaba muy bien iluminada. Había tres cines al aire .libre de los que recuerdo el nombre de dos: el Villa Sol y el Hispano. En ellos vi películas que ponían los pelos de punta: “El Cuarto `Amarillo”, “La Voluntad del Muerto”, “Horror en el Cuarto Negro”, y otras. Había varios kioscos donde expendían una cerveza riquísima (de La Cruz del Campo, por supuesto) con patatas fritas. Y tiovivos, tómbolas, casetas del tiro al blanco, etc. etc. También había murgas (especie de varietés) de las que la más famosa era la de un tal “Regaera”.

La Alameda corría de Norte a Sur. Al extremo Sur del paseo, enfrentado con la embocadura de la calle Trajano había un chalet más bien en decadencia. Reverencialmente, cada vez que pasábamos por el chalet me padre me decía: “Ahí vivió Joselito El Gallo”. Joselito el Gallo fue José Gómez Ortega, gitano, quizás el mejor torero de la historia. Murió en 1920 de un cornalón en la plaza de Talavera de la Reina. Para mi padre no había nada ni nadie sino su Joselito.

LOS SALESIANOS

Mi instrucción primaria estuvo cargo de los Salesianos, que tenían un colegio en la calle Calatrava. El colegio constaba de unas cuantas naves antiquísimas, con un mobiliario viejo y pobre y extensos campos de recreo. Saltaba a la vista que los Salesianos no andaban bien de cuartos. El director del colegio, Don José, era un viejecito (al menos así aparecía a mis siete años de edad) de pelo blanco. Cuando hablaba se le formaban unas burbujas de saliva en las comisuras de los labios. Había un maestro, Don José, que para distinguirlo del director llamábamos Don José Ferrer. Don José Ferrer, hombre joven era lo que por entonces describíamos como un “chicarrón del norte”. Para los enclenques andaluces de la época todo hombre bien musculado tenía forzosamente que proceder del norte, o sea, del País Vasco. Yo no sé si Don José Ferrer era vasco o no, pero si que era un hombre de muchas fuerzas y que jugaba muy bien al fútbol. Jugaba sin quitarse la sotana. Cuando terminaba el partido la sotana estaba blanca de polvo. Yo le caía bien y me llamaba “Euge”. Otro profesor era Don Antonio. Don Antonio no era cura. Era un joven bien vestido, de pelo rizado y bastante amable con la chiquillería.

Don José venía a hablarnos de vez en cuando, casi siempre a pedir dinero. Nos daba a cada uno un sobrecito y nos decía que se lo entregáramos a nuestras mamás y ellas sabrían que es lo que tenían que hacer. Yo le entregaba a mi madre el sobrecito que iba acompañado de un ruego. Mi madre ponía dos pesetas dentro del sobre, lo cerraba y me lo devolvía. Al día siguiente se lo entregábamos a Don Antonio.

MI PRIMERA COMUNIÓN

El año 1932, tenia yo ocho años, hice la primera comunión. Mi madre encargó un traje muy bonito, de pantalón largo, seguramente obra de una sastra. Era de color crema, chaqueta cruzada y una camisa blanca abierta, sin cuello. Cruzaba la chaqueta una cinta con bordados en oro. Pendía de la cinta una bolsita de raso, blanca. La bolsita era para los regalos, siempre dinero .En la mano, un devocionario con las tapas de nácar y el clásico broche en plata sobredorada. Entonces las primeras comuniones no eran lo que son ahora. No había fiesta ni celebración alguna.Lo obligado, una vez terminada la ceremonia religiosa, que en la mía tuvo lugar en la capilla de los Salesianos, era ir a visitar a parientes y amigos. Mi madre alquiló un coche de caballo y así empezó un peregrinaje que no terminó sino al anochecer. A las dos de la tarde hicimos un descanso para comer. Estábamos citados con mi padre en el Pasaje del Duque, uno de los mejores restaurantes de Sevilla, ubicado, como su nombre indica, en la Plaza del Duque (de la Victoria). Allí disfrutamos de un almuerzo opíparo, pagado con el producto de nuestras visitas, que fueron de lo más generosas. Terminado el almuerzo montamos de nuevo mi madre y yo en el coche de caballos y continuamos con el visiteo. Para mi fue de lo mas aburrido, si bien me atiborré de los caramelos, chocolatinas, dulces. y demás golosina con los aquella buena gente me obsequiaba. (Al día siguiente mi madre me administró un purgante). Los “beneficios” fueron en total unos cincuenta duros, cifra más que respetable en aquellos tiempos. Después de pagar el almuerzo y el coche de caballos sobraron unos cuantos duros. Cuando hice gesto de apropiármelos mi padre se adelantó y me los arrebató. “Pero es mi dinero”, me quejé. Mi padre me dijo: “Es tu dinero, pero yo te lo guardo” Hasta la vista….

LOS VECINOS

La casa de la Plaza de la Mata era bonita. Tenía una planta baja, toda alicatada, con una salida de estar y el despacho donde trabajaba mi padre. Una escalera de mármol conducía al piso principal donde había dormitorios y cuarto de baño En la tercera planta el cuarto de las muchachas, lavadero, etc.
No nos tratábamos con nuestros vecinos de la izquierda, a quien nunca veiamos, quizás porque la entrada a su casa era por la calle de la esquina, que creo se llamaba (y puede que aún se llame) Vulcano.. Pero si nos relacionábamos con nuestros vecinos a la derecha, los Oña. Se trataba de un matrimonio con dos hijos. Los hijos eran mas chicos que yo, así que no jugaba con ellos.. El marido era Don Antonio, in hombre de baja estatura, regordete, semi-calvo. Era fotógrafo y su estudio lo tenía en la planta baja de la casa. Era un hombre de pocas palabras, “buenos días”, “buenas noches” y pare usted de contar. Su mujer, en cambio, Clara, era muy simpática y nos quería bien. Clara tenia un como aire antiguo en su persona. Era alta, muy delgada, la cara alargada, como en los cuadros de Modigliani, tez muy pálida, el pelo negrísimo y peinado para atrás. Quizás su aspecto anticuado se lo daba el rodete que lucía en la parte posterior de su cabeza, algo que se consideraba en aquellas fechas muy pasado de moda.

La hija se llamaba Clarita. Era preciosa. Años después me enasmoriqué de ella. El niño un vivo retrato de su madre, se llamaba Antoñin.

Mi madre era el paño de lágrimas de Clara (doña Clara para los chicos). Ella quería a su marido pero el marido parecía no echarle mucha cuenta.

LECTURAS

Cuando hacía calor a fines de la primavera, mi madre se sentaba en los frescos escalones de mármol de la escalera y se ponía a remendar calcetines. . “Anda, Eugenio, léeme las noticias” .De mala gana, buscaba el ABC, al que estábamos suscrito, y lo abría casi siempre por la página de noticias internacionales que eran noticias cortitas, de vez en cuando interrumpidas por un anuncio. “Berlín, 24.(Reuters) Los cascos de acero han desfilado por las calles de Berlín ante las grandes protestas de miembros del partido comunista que han irrumpido en las filas de la organización militarista enarbolando palos ,navajas, etc.y causando varios heridos., Intervino la policía que practicó numerosas detenciones”
-Mamá, ¿que son los cascos de aceros?
-Son unos .gorros de metal para protegerse de las balas
-Y de los palos, también, ¿nó?
-Me figuro. Sigue leyendo.

“ENFERMEDADES VENÉREAS. Las enfermedades venéreas se curan rápidamente….
-Mamá, ¿que son enfermedades venéreas?
-Bah, guarrerías..
-¿Guarrerias?
-Pues si, guarrerias. Anda, sáltate el anuncio y lee otra noticia

Mi madre era así, algo autoritaria.

Lo que no tenía que leerle era el TBO. Todos los jueves, y cuando ya estaba en casa del colegio (donde no había clases ese día) llegaba un señor a la puerta que anunciaba:
-“EL TBO”, por el que había estado suspirando toda la semana.
Rápidamente le pedía a mi madre una “gorda”: (diez céntimos), abría la cancela, pagaba y todo correr subía la escalera con mi TBO, me encerraba en mi cuarto y lo devoraba. Después se lo pasaba a mi hermano.

VERANEOS EN GALAROZA

Loa veranos del 33, 34 y 35 los pasábamos en Galaroza, ,(Huelva) un pueblecito en la carretera que une Sevilla con la raya portuguesa en Rosal de la Frontera. Es tierra de robles, encinas, pinos y castaños. Abundan los cerdos y es tierra de jamones, y Jabugo, frontero a Galaroza era y es la capital de tan afamado manjar. Pero entonces el jamón era eso, jamón, y riquísimo al paladar, no el producto internacionalizado, casi mítico (y prohibitivo) que ha llegado a ser hoy en dia, con laboratorios, técnicos de bata blanca y coeficientes de humedad.

Mi padre alquiló una casa en la calle principal del pueblo. La familia que la vivía estaba compuesta por Daniel y su esposa Ángeles. Tenían un hijo, Ricardo, que era carpintero y su hermana, cuyo nombre siento no recordar. Ellos se retiraron a una parte de la casa y nos dejaron como vivienda la parte noble de la misma.

En Galaroza lo pasábamos fenomenal. Había excursiones en burro por la comarca, visitábamos las grutas de Aracena, veíamos como se herraba un caballo, pasábamos un dia entero viendo en la era como dos poderosas mulas arrastraban un rastrillo que trillaba el trigo. En fin, veíamos en el campo las cosas que no podíamos ver en la ciudad. Una de las cosas que me llamó la atención fue el Concejo (sí, con “c”, no con “s”). El Concejo era una asociación de propietario de ganado de cerda que se unían para ayudarse y proteger sus intereses. Apalabraban con el dueño de un encinar, durante la época de la caída de la bellota el uso de la finca por sus sus cerdos, que eran centenares. El propietario de la finca, bajo la mirada atenta de un representante del Concejo pesaba a los cerdos el dia que los mismos empezaban a comer. Cuando se terminaba la temporada los volvía a pesar. La diferencia de peso en más, o sea, el engorde de los animales determinaba la cantidad a pagar. Si el kilo, por ejemplo, valía 5 pesetas, 20 kilos de sobrepeso vendrían a valer 100 pesetas. El Concejo pagaría al propietario del encinar veinte duros por cerdo. Esto era una práctica, llamada montanera, que databa del medioevo. Todo se hacía sin contrato; un apretón de manos bastaba. Hoy, los abogados, los reglamentos y la ecología contribuyen a poner el precio del jamón en las nubes.
Había que ver la vuelta del Concejo (así llamábamos a la piara de cerdos), varios centenares, a su paso de vuelta por la calle donde vivíamos. Entonces, en pleno verano no era época de montanera. Pero los cerdos no podían parar de comer. De madrugada el guardián de la piara los recogía de las casas de sus propietarios. Pasaban en el monte, comiendo, (que para eso ha nacido el cerdo) todo el día. A la caída de la tarde la piara, con un gruñerío descomunal, como esas estampidas en las películas del Oeste, bajaba por la calle en pendiente y aquí viene lo extraordinario: cada cerdo (y había uno justo enfrente de nuestra casa) se paraba enfrente de la suya y por un portalón que se abría de fuera adentro (no a la inversa) penetraba en la casa, presumiblemente atravesando los
dormitorios, etc de sus dueños. y se refugiaba en sus “habitaciones” donde, también presumible continuaría comiendo la cena que su amo le habría preparado.

Mi padre llegaba todos los sábados en el ”Saurer” el autobús de la línea de “los Amarillos” que servia la ruta y volvía a Sevilla los Lunes por la mañana. Hubo un evento que trastornó esta rutina. Fue en el ano 34. Mi padre me había regalado una bicicleta, preciosa, francesa, marca Alcyon. Una mañana me cai en la carretera. Traté de levantarme y sentí un dolor espantoso en la pierna derecha. Me había fracturado la tibia. Un transeúnte me vió. Le di los datos precisos y al rato llegaba mi madre, naturalmente
alarmada, con el médico del pueblo. El médico me entablilló la pierna y aconsejó que me llevaran a Sevilla. Mi madre corrió a la centralilla de la compañía telefónica (no teníamos teléfono) y llamó a mi padre, que se puso en marcha inmediatamente en un taxi. El viaje a Sevilla, hacia la que partimos a media noche fue dolorosísímo. La carretera como la mayoría en España por aquellos tiempos estaba infame. Cada bache daba lugar a un grito. Por fin llegamos hacia la madrugada y mis padres me internaron en la clínica de la Cruz Roja, (creo que hoy se llama Hospital Victoria Eugenia) en la calle María Auxiliadora, un centro muy atractivo y moderno. Allí me visitó el Dr. Don Eduardo Talegón, un hombre afable y barrigón con fama de buen cirujano. Estuve allí solo dos días. Al día siguiente de llegar tuvo lugar la “operación”. La “operación” consistía en que mientras un enfermero me asía los brazos, el doctor, agarraba mi pierna rota y tiraba con todas sus fuerzas, que eran muchas, hasta que los dos trozos del hueso fracturado encajaban y la tibia tornaba a su posición normal. Antes del proceso el Dr. Talegón, cuya inmensa barriga quedaba hendida en dos mitades al apoyarse sobre la mesa de operaciones me dio a escoger entre anestesiarme o no. Yo le pregunté que diferencia había entre uno y otro procedimiento. El doctor me explicó que con la anestesia no sentiría nada pero su efecto me causaría al despertar grandes y desagradables mareos que durarían varias horas. Si no me anestesiaba sufriría dolor, pero solo unos minutos. Opté por prescindir de la anestesia. El dolor fue horrible, pero relativamente rápido. Al encajar los trozos del hueso sentí un alivio infinito. Desde entonces gané fama de valiente.

Durante los dos días que estuve hospitalizado recibí muchas visitas y algunos regalos. El que más me gustó fue un elefante mecánico. Lo ponía en una superficie plana, le daba cuerda y andaba majestuosamente levantando una pata tras la otra y así hasta que se le acababa la cuerda. Lo encontraba fascinante.

Esta fue la primera vez en mi vida que dormía en un hospital. No volví a hacerlo hasta cincuenta años mas tarde, en 2005, cuando después de sufrir un ataque al corazón me hicieron un cuádruple “by-pass”. El cirujano que me operó no me ofreció esta vez la opción de 1934. Y en los seis días que pasé en el hospital recibí algunos regalos, pero ninguno como mi elefantito mecánico…….

Volvimos a Galaroza, yo con la pierna enyesada. Así pasé casi todo el resto del verano. No lo pasé mal, porque siendo lector empedernido y habiendo recibido muchos libros y
revistas se me pasaban las horas y los días con relativa rapidez. Cuando el médico local me quito el yeso, Ricardo, el carpintero, me hizo un par de magnificas muletas, un regalo. Mi padre, maravillado por su maestría le encargó que nos hiciera una mesa camilla para ocho personas. Ricardo dijo que le cobraría un duro por la camilla. Ricardo la estuvo lista para el tiempo de despedirnos hasta el próximo año. Mi padre le dio cinco duros.

JUAN RABADAN, 24

La República entro con mala fortuna. El “crash” bursátil del 29 desencadenó una depresión de la economía y la consiguiente caída del empleo cuyos efectos se hicieron notar en todo el mundo, incluido España. Hubo una deflación general. Con bajo consumo los precios bajaron vertiginosamente. Los sindicatos laborales, UGT, CNT, urgieron a sus afiliados que no pagaran los alquileres. El valor de la propiedad urbana cayó por los suelos. Mi padre no lo pensó y puso la casa en venta. Tuvo suerte y encontró un comprador en poco tiempoi. En 1934 nos mudamos a Juan Rabadán 24, en el barrio de San Lorenzo, donde vivimos hasta poco después de la muerte de mi madre, en 1952. Esta casa mi ;padre la tomó en alquiler. El precio del alquiler eran trescientas pesetas mensuales.

Al mudarnos a Juan Rabadán mi padre hizo indagaciones sobre cual sería el colegio donde mi hermano y yo podríamos continuar con nuestros estudios. En particular yo estaba ya en trances de comenzar la segunda enseñanza o secundaria. En Sevilla, por aquellas fechas, la burguesía no mandaba a sus hijos al Instituto. Prefería los colegios privados. Entre ellos los había religiosos o laicos. Entre los primeros, las familías pías, que muchas veces coincidía con la aristocracia escogían el colegio de la Compañía de Jesús, o sea, los Jesuitas. Después, estaban en esta categoría, los Escolapios y, por supuesto, los Salesianos Entre los laicos estaba y yo creo que era el mejor colegio de Sevilla, el colegio San Francisco, en la calle Alcáceres, (hoy Santa Ángela de la Cruz). No estoy seguro si funcionaba por entonces en Sevilla el prestigioso Instituto-Escuela. Mi padre se decidió por un colegio religioso, el Colegio “San Fernando” de los Hermanos Maristas Yo creo que en su decisión el único factor que entró en juego fue simplemente que era el que nos cogía mas a la mano.

El COLEGIO “SAN FERNANDO”

Los Hermanos Maristas, una orden francesa creada por el Venerable Marcelino Chanpagnat llevaban poco tiempo en Sevilla. Su primera casa, que abrieron en 1931, estaba situada en la calle San Eloy. Allí instalaron una placa conmemorativa no hace mucho tiempo. De calle San Eloy se trasladaron a la calle Jesús del Gran Poder, o simplemente Jesús, que por entonces se llamaba Palmas. La orden tomó (o quizás compró a través de terceros para burlar la constitución republicana que vetaba a las órdenes religiosas la propiedad de bienes raíces) una hermosa casa que había sido construida como hotel y fue en realidad el Hotel Bristol en tiempos de la Exposición Ibero-Americana (1929). Los Hermanos Maristas, obedeciendo a la República, vestían de paisano.

El colegio “San Fernando” tenía una amplia entrada o “hall”, donde antes estaba la recepción del hotel. Se continuaba con un hermoso patio pavimentado con grandes losas de mármol blanquísimo que imitaba a los del Alcazar sevillano o la Alhambra de Granada, todo circundado por arcos de medio punto sostenidos por esbeltas columnas también de mármol. Tanto el techo de este pasillo cuadrangular rodeado de columnas así como la pared exterior sostenida por tales columnas ostentaban las filigranas propias de la arquitectura árabe. Las paredes interiores del patio estaban todas pintadas de rojo granate.. Tengo la impresión, de que hubo una fuente en medio del patio, como habría sido de rigor. Pero sería suprimida para permitir la congregación del alumnado en ocasiones solemnes. Una fuente, si bien bella, hubiera sido un estorbo.

Este patio, de “honor” podríamos llamarlo, conducía por la izquierda a otro patio enormemente grande, donde tenían lugar los recreos (15 minutos) de mañana y tarde. A la derecha había una capilla. Había también un comedor para los internos y medio pensionistas. En los pisos principal y primero (para aclararnos, planta segunda y tercera) las antiguas habitaciones del “Bristol” habían sido sustituidas por aulas para todos los cursos de bachillerato en ingreso en el mismo.

Yo ingresé en este colegio en el otoño de 1934 cuando cursé el grado de ingreso al bachillerato y lo aprobé en Junio de 1935 tras sufrir el correspondiente examen en el Instituto Provincial “San Isidoro” que estaba entonces en lo que hoy es la calle Amor de Dios La República no autorizaba a las ordenes religiosas a someter a examen a sus alumnos, los que forzosamente habrían de examinarse en el Instituto.

MIS AMIGOS

Guardo de mi colegio recuerdos gratos e imborrables. Allí hice amigos que me acompañaron con su amistad hasta la muerte, pues, triste es decirlo, todos (aquellos que aquí describo) han pasado a mejor vida.

Entre ellos figuraba Manuel (Manolo) Morales Lupiánez. Manolo vivía, cuando yo le conocí, en la calle Miguel del Cid, muy cerca de casa, a la vuelta de la esquina. Eran cinco o seis hermanos. Una hembra murió con corta edad. La madre de Manolo era una mujer feísima. Tenía una gran nariz y esa nariz la heredaron todos los hermanos, en mayor o menor proporción. La de un hermano de Manolo, Gabriel, era descomunal, parecía una batata. La madre de Manolo era mas bien desaliñada, gorda ,deformada por tanto parto (o quizás descuidaba su apariencia). Jamás la vi. en la calle o vestida sino con
una bata siempre llamando a gritos a cualquiera de sus hijos. La madre de Manolo era hija de un eminente y rico doctor, Don Gabriel Lupiáñez, ya muerto en aquellos tiempos, que había sido Alcalde de Sevilla bajo la monarquía. .El padre de Manolo era un hombre de mediana estatura, rubio. de buenos modales, de voz meliflua. Era un antiguo dependiente de tejidos que había escalado hacia la cima ejecutiva no recuerdo si en el almacén Los Caminos o en su rival, la Ciudad de Sevilla, ambos en calle Francos. Manolo era algo mas bajo que yo, rubio (como todos sus hermanos). Tartamudeaba al tiempo de conocerle y aunque aminorado conservó este problema de comunicación toda su vida. Era inteligente, simpático y hablaba por los codos. Hizo buena carrera y durante varios años fue concejal del Ayuntamiento de Sevilla siendo Alcalde el Marqués de Contadero (o Marqués de Contaduros, como le llamaban algunos).

Otro muy querido amigo fue José (Josele para los amigos) Giménez Hoyuela. Josele era corto de estatura, de débil constitución, la tez blanca, el cabello muy negro. Su poca entidad física se lo compensó Dios con una poderosa inteligencia. Josele ra un estudiante de bandera. Sacaba con facilidad matrículas de honor en todas las asignaturas. Años mas tarde terminaría la carrera de Derecho con Premio Extraordinario.(Lo que hoy llaman Summa Cum Laude). Josele vivía lejos de casa, en la calle Prada, una calleja que daba a la Plaza de los Carros, frontera con calle Feria. Josele era el único varón de tres hijos. Una hermana mayor, muy guapa, Magdalena moriría en los cuarenta. Otra hembra, menor, Matilde, aun vive. La madre de Josele era hija de Don Antonio Hoyuela, que fue, como el abuelo de Manolo Morales, Alcalde de Sevilla. Los Hoyuelas eran oriundos de Santander (hoy Cantabria) . Josele decía que éramos parientes lejanos. Lo diría por mi abuela materna, Eugenia Martínez, que había nacido en el Valle del Pas (Cantabria).
La madre de Josele era mujer de gesto avinagrado, y hablaba poco. Menos aún hablaba su marido, José Giménez, el padre de Josele. Parecía un hombre amargado. Había sido en su juventud oficial de la Armada y se vio forzado a dejar la carrera al morir su padre y tener que encargarse del negocio familiar, una fabrica de muebles de estilo sevillano. (“La Exposición”, con una tienda en calle Cerrajería ). Años mas tarde Manolo y yo iríamos a la casa de Josele a “estudiar”. Lo pasábamos muy bien y lo menos que haciamos era, por supuesto, estudiar.

Pero mi mejor amigo era Antonio Marcos Estrada. Antonio era muy alto (llegó a medir uno noventa), con un cierto aspecto negroide, el pelo negro y ensortijado. Cuando en 1940 se cumplió el centenario de la muerte del entonces Venerable (hoy santo) Marcelino Champagnat, el fundador de la orden de los Maristas, el director del colegio (que se llamaba Don Aurelio Garín, y era navarro) ideó conmemorar tal evento encargando a Don Enrique Orce, notable pintor y profesor de dibujo del colegio, que diseñara un retablo, a instalar en el patio principal. . El retablo que habría de ser de cerámica, representaba al Venerable rodeado de cinco niños procedente de los cinco continentes. El negrito, todo desnudo excepto un taparrabos, que posó para Don Enrique Orce representando el continente africano fue Antonio. Este retablo puede todavía verse en el patio del colegio que ahora está en Los Remedios. Por cierto que el niño representando a Europa fue Santiago Martínez Caro, dos cursos inferiores al mío.
Santiago hizo una brillante carrera, fue diplomático y representó a España en las Naciones Unidas.

Antonio vivía en el barrio, en la calle Santa Clara, justo enfrente del Convento de Santa Clata. Su padre, Don Antonio, era un hombre también muy alto, también de rasgos negroides y empedernido fumador, lo que llevó a la sepultura. Su madre, Doña Maria, era una mujer guapa, muy inteligente. Era maestra nacional. Antonio tenía una hermana, Maria, que aún vive.

A Antonio le veía poco, siempre en el colegio, pues además de cursar el bachillerato estudiaba la carrera de piano, carrera larga y dura que requería muchas horas de estudio y práctica. Le veía algunos Domingos; iba a su casa donde tenía una colección preciosa de la Revista Hispano Americana que me encantaba ojear. Lo que mas me gustaba era visitar el convento, no por el convento, sino porque a la entrada del mismo estaba la famosa Torre de Don Fadrique que tenia una espiga que escalábamos peldaño tras peldaño hasta llegar a la cima.

LA CALLE JUAN RABADÁN: LOS VECINOS

La calle Juan Rabadán arrancaba en la Plaza de San Lorenzo y terminaba en la de Torneo. Tenía tres tramos. El primero iba desde la Plaza hasta Teodosio. Este tramo era eminentemente comercial, con pequeñas casitas con comercios en la planta baja. Había una tienda de comestibles, una frutería, una mercería, una tortería todos en la planta baja de modestas casitas. En los pisos altos de estas casitas vivían menestrales, escribientes de oficinas, en fin una buena representación de la clase media baja. . Había también una taberna grande, la Bodega de San Lorenzo donde servían vinos de Valdepeñas en unos grandes y gruesos vasos, sin apenas tapas. Era un sitio para borrachines solitarios pero en el duro verano de Sevilla los gruesas cortinajes de gutapercha que guarecían el local del solazo exterior proporcionaban un ambiento relativamente fresco y umbroso que era de agradecer durante las escasas ocasiones que, acompañando a mi padre penetraba en la taberna.

El segundo tramo, que iba de Teodosio a Miguel del Cid comenzaba comercial, con una pescadería y una carnicería en los bajos de una moderna casa de pisos que hacia esquina con Teodosio. Pasados estos dos locales el vecindario era mayormente de clase media alta. En la casa de pisos, en el principal, vivía un hermano de mi padre, el mayor de todos los hermanos, que eran cinco varones y mi tía Coral. Se llamaba Faustino y vivía allí con su mujer y tres hijos, dos varones y una hembra. Hacia finales de los años veinte había regresado de la Argentina, donde vivió ocho o diez anos. Había formado un capitalito. Había una obscura historia acerca de las razones que le impulsaron a emigrar pero nunca conseguir ponerlo en claro. En el piso de arriba al de mi tío vivía un señor bastante mayor, de una familia adinerada (el no trabajaba, vivía de sus rentas) casado con la que según se rumoreaba había sido su criada, una mujer basta pero de buenas carnes, bastante mas joven que él. Don Ignacio Vázquez, que así se llamaba parecía que no había
salido de su infancia, siempre llevaba en la mano algunos de los juguetes de sus hijos, todo pequeños. En el lado izquierdo de nuestra casa vivía y tenia su ,consulta Don Vicente Cacace, medico oculista, de facciones como achinadas, y su mujer, alta y atractiva, morena, de buena figura. Sin ser una belleza, se asemejaba a uno de los modelos que utilizaba Julio Romero de Torres para sus cuadros. Cacace tenia dos hijas, una guapa, Mercedes de mediana altura, algo fresca y su hermana, María, alta, desgarbada, con cara de bobalicona. Había también un varón, también alto de habla gangosa con quien coincidí en el campamento de las Milicias Universitaria, pero con quien no hice amistad. El Dr. Cacace tenía un precioso Opel, descapotable, que metía y sacaba de su garaje con rara habilidad. En el lado derecho de nuestra casa vivían los Esquivias. El jefe de la familia, un hombre que en todos los años en que viví en Juan Rabadán jamás pude verle la cara era Ingeniero de Montes. Tenia un aluvión de hijos casi todos varones y una o dos hijas con tipo de catequista. Entre los varones había varios militares (uno de ellos, Manuel, llego a ser Capitán General de la II Región Militar y muy querido en Sevilla). Había también un tal Francisco (“Curro”) que fue abogado y que enamoraba a todas las criadas del barrio. Otro, Enrique fue escritor y poeta, autor de un precioso libro, “Los Años Triunfales”. Que yo sepa todos estos Esquivias, menos quizás las mujeres, han fallecido.

Enfrente de nosotros había un caserón muy viejo, destartalado donde vivía un carpintero, un tipo mal encarado, con gruesos bigotes, que se rumoreaba era comunista. Entrada ya la guerra dejamos de verle. A su izquierda había una casita pequeña, estrecha. La habitaba Antonio García Lacalle, un jerarca de la Falange, y a la izquierda de esta casita, una casa grande, de buenas proporciones, como la nuestra y la de los Esquivias con un gran patio andaluz y su macetón en el centro. Era la casa de Don Juan Ramírez, agricultor, con varios hijos de los que con quien mas traté fue Ramón, que también asistía a mi colegio de los Hermanos Maristas. Don Juan no tenía hijas. Uno de los hijos, Enrique, alto y guapo, fue ya con la guerra capitán de Regulares, una unidad de tropas marroquíes. De vez en cuando, cuando gozaba de permiso, aparecía por la calle de uniforme con una capa de vuelos azules muy elegante. Las mozas del barrio se lo comían con los ojos.

Al lado de los Ramírez, en dirección a la Plaza de San Lorenzo había un modesto piso al que se subía por una empinada escalera. Allí vivía un hombre que era cocinero de Hernal, un buen restaurante situado en la calle Tetuán, en pleno centro. Este hombre creo que era viudo y tenia numerosos hijos e hijas. Entre las ultimas estaba Maria Teresa, la mayor de todos los hijos e hijas. María Teresa era menudita, rubia, ojos azules y ensoñadores. Estaba enamorada del amor. Hacía buenas migas con mi madre, a quien admiraba y visitaba con frecuencia. Mi madre le pasaba todas las novelas “rosas” de Rafael Pérez y Pérez y luego las comentaban juntas. Otras hijas eran Gloria, Mari Pepa y Encarnita. La última se metió monja y encontrándose en los Estados Unidos vino a visitarme. Gloria y Mari Pepa pusieron un kiosco de periódicos en la Plaza de San Lorenzo y consiguieron salir de la pobreza. .

LA CALLE JUAN RABADÁN: COMERCIO AMBULANTE

La calle Juan Rabadán era muy siglo diecinueve. El pavimento consistía de grandes adoquines de granito, algunos medio hundidos por efecto de los pesadísimos carros de la basura con llantas de hierro que la transitaban a diario. Todos los días al anochecer uno de los empleados de la Catalana de Gas y Electricidad aparecía con una pértiga que disponía de un dispositivo con el que abría cada uno de los dos o tres bellos faroles de gas que adornaban nuestra manzana. (Los otros tramos de Juan Rabadán, y puede que me equivoque, tenían alumbrado eléctrico) Una vez abierto el farol, accionaba una llave que daba paso al gas. Acto seguido prendía otro extremo de la pértiga y encendía el pabilo de no sé qué material. Después lo cerraba. Con las primeras claras del día procedía a hacer la misma operación a la inversa. Teníamos unos de estos faroles casi al alcance de la mano desde nuestro cierro, entre la casa de los Cacace y la nuestra.

Había abundante comercio ambulante en nuestra calle. Por las mañanas, cada uno de los vendedores pregonando su mercancía o servicio, la visitaban un afilador de cuchillos,con su clásica rueda y piedra de afilar, que anunciaba su llegada tocando una flauta de cañas y un lañador,( o latero) que procedía, como el afilador, a prestar sus servicios en plena calle. Las criadas bajaban con cuchillos, perolas, cazos, etc., y se entretenían dándole cháchara al que proveía los servicios.. También pasaban vendedores de frutas, de hortalizas y hasta un quincallero voceando la mercancía que llevaba en una enorme caja de cartón piedra.

En el verano La siesta la dormía todo el mundo menos la chavalería y los vendedores de helados, barquillos y palomitas de maíz.

-“Mama, dáme una chica” (cinco céntimos) le pedía a mi madre que daba su “cabezada” en un sillón. Mi madre, adormilada me preguntaba para qué. “Para un helao” Mi madre buscaba y me daba una gorda. “Anda, para ti y para tu hermano” El helado mas chico costaba cinco céntimos. El heladero usaba un artefacto que calibraba el grosor del helado. Mirábamos con envidia a los que porque quince céntimos se llevaban un helado que hoy llamaríamos “jumbo”, o sea el de máximo volumen.

Muchas de las vituallas nos las vendían “a domicilio”. Diariamente venían los repartidores de pan y leche. El pan venía a Sevilla desde Alcalá de Guadaira. Un tren llegaba a la estación de Cádiz (hoy desparecida) a la madrugada. En los andenes esperaban decenas de repartidores que transportaban el pan, todavía caliente, a unas poderosas mulas que esperaban fuera de la estación. La mula cargaba con unas enormes angarillas tapadas por unas gruesas cubiertas de gutapercha que mantenian caliente el pan. Cuando llegaban a casa mi madre decidía que tipo de pan íbamos a comer. Había tanto a elegir. Teleras, roscas, bollos, bobos, “regañás”, etc. La leche procedía de cualquiera de las muchas granjas que rodeaban a la ciudad. Naturalmente venía convenientemente aguada. El negocio es el negocio. Posiblemente existían reglamentos creados para impedir tal fechoría pero nadie hacía caso de los mismos. Tamben nos traían el vino, doce botellas de vino tinto (Valdepeñas) cada quince días. El vino era superior, venia del buen reputado Sótano H, en la calle Villasís, cuyo dueño, Don Juan Amador, (que tenía un gran parecido al famoso actor de cine Charles Boyer) era un buen amigo de mi padre. En el verano nos traían hielo, de la fábrica de Gironés, en la calle Alcáceres hoy Santa Angela de la Cruz. El hielo venia en barras de dos metros de larga, envueltas en arpillera para conservar su congelación. La criada bajaba y pedia un cuarto de barra. Costaba un “real’”, o sea veinticinco céntimos. El hombre encargado de venderlo diestramente y con un cuchillo especial y con una sola incisión cortaba el cuarto de la barra que la tomaba con dos ganchos aplicado a cada una de las extremidades y lo desprendía en la canasta que le tendía la criada. Esta después depositaba la barra en la “nevera” . La nevera era la antecesora del frigorífico, que aun no había llegado a España. Era un mueblecito pintado de blanco que constaba de dos secciones revestidas de corcho. En la superior en contacto con la barra de hielo iban también los alimentos mas críticos, la leche, la fruta, la carne y el pescado. . En el inferior, el agua y otros alimentos mas duraderos.

NUESTRA CASA EN JUAN RABADÁN

Cocinábamos con gas. Teníamos un contador y de vez en cuando echábamos una “gorda” (diez céntimos) para avivar los remanentes de gas. Una vez al mes un empleado de la Catalana, con una herramienta especial abría el receptáculo de las”gordas” y se las llevaba en una bolsa de cuero.

Nuestra casa era también decimonónica. Grande, destartalada, y extremadamente húmeda, abundaba mas la madera que el hierro. Tenía tres pisos. En el bajo había un despacho que mi padre utilizó en sus años de agente comercial y fue el mío cuando me licencié d abogado. Había también un dormitorio (que fue mío y el de mi hermano cuando pasado el tiempo, ya en los años cuarenta, mi madre determinó que ya éramos lo suficientemente mayorcitos para dormir en el tercer piso contiguo al dormitorio de las criadas). Había también una lóbrega cocina con una primitiva estufa de hierro que llamaban “económica” Yo no veía la economía .por ningún lado. Mi madre no utilizaba esta cocina, que no tenia mas utilidad que servir de tránsito hacia el fondo de la casa.En dicho fondo había un patinillo con una graciosa fuente y su ornacina (vacía) lavaderos y un precioso jardín con un limonero, un melocotonero, dos frutales que producían nísperos (ignoro el nombre de estos árboles) y dos palmeras. Mas al fondo, un gallinero que surtía de huevos a mi madre. My madre se frotaba el globo ocular con un huevo. Decía “que era bueno para la vista”. Vaya usted a saber.

El piso principal era bonito y alegre. Tenía un amplio dormitorio conyugal y al lado uno pequeño donde dormían mis hermanas. Había un comedor, el dormitorio de mi hermano y mío y una cocina bastante grande. Mi padre mando instalar un toldo que daba rica sombra al patio. La sombra mejoró aun mas cuando una cubierta de color azul quedó adosada al toldo. En el piso tercero estaban el cuarto de las muchachas, otro que mas tarde fue mio y el de mi hermano, un trastero y un cuarto de baño con ducha (una novedad entonces). También había una azotea. Desde la misma pudimos ver, alla por los anos 33 y 34 el majestuoso vuelo del Graf Zeppelin, al famoso dirigible alemán, de paso para Rio de Janeiro.

Nuestra casa en Juan Rabadán, construida en el XIX (me parece que en mil ochocientos setenta y tantos, según aparecía en la cancela) debería haber sido la casa de alguien relacionado con la enseñanza. En el rellano de la escalera que conducía al principal había un precioso retablo de azulejos con la efigie de un tal Friedrich Fröebel, quien según pude averiguar mas tarde, (ah, divino Espasa) fue un famoso pedagogo alemán quien reconociendo la aptitud para aprender de los niños desde los primeros años de su infancia fue el creador del “kindergarten”: De nuestra querida casa no queda mas que la fachada. Ahora es una casa de pisos moderna. Vaya usted a saber que fue del precioso retablo de Herr Fröebel.

El tercer tramo de Juan Rabadán iba de calle Miguel del Cid a san Vicente. El lado izquierdo en dirección a Torneo estaba casi todo ocupado por un muro que pertenecía al Convento de Santa María la Real, donde unas pocas ancianas dominicas veían pasar la
vida en tenebrosa clausura. El lado derecho lo ocupan unas cuantas casas de poca monta. El último tramo, de San Vicente a Torneo, presentaba haciendo esquina con San Vicente, (Vicente) la mansión de los Bethencourt. Uno de estos Bethencourt, más joven que yo, y también fallecido, llegó a ser destacado periodista taurino. Que yo recuerde no había en este tramo, descontando la casa de los Bethencourt, mas edificación que una fábrica de toldos, almacenes, talleres, etc. En el lado izquierdo en dirección a Torneo existía un local bastante grande, que incluía una serie de garajes individuales y un enorme solar que se dedicaba a cine de verano.

FERIA DE ABRIL, 1935

Mi padre era entusiasta partidario del Real Betis Balompié. (Al llegar la República le apearon “Real”) Y ese .entusiasmo lo heredaron tanto mi hermano como yo. En el año 1929 mi padre había sido Tesorero del club coincidiendo con el afamado torero Ignacio Sánchez Mejías (“A las cinco de la tarde”) en la presidencia del mismo. Tengo una foto en la que aparece mi padre y el presidente en el antiguo campo del Patronato Obrero, en el barrio del Porvenir. Por aquellas calendas el campeonato de Liga tenía solo 10 o 12 equipos en Primera División, de suerte que empezando en Octubre la Liga terminaba en Abril. En el año 1935 el Betis se proclamó campeón de Liga tras derrotar al Rácing de Santander, en su casa, por cinco a cero. El entusiasmo de los béticos fue inenarrable.
La conquista del campeonato de Liga coincidió con la Feria de Abril. Una noche mis padres se preparaban para ir a la Feria. La Tertulia (Cultural) Bética, que tuvo durante muchos años un local en la calle Velázquez (hoy en La Campana) y de la que mi padre fue socio fundador tenia una caseta en la Feria. Le pedí a mis padres que me llevara. “No”. Organicé un berrenchin tal que al fín consintieron en llevarme. El motivo del escándalo era que aquella noche el flamante campeón de Liga estaba invitado para acudir a la caseta de Feria. Y asi fue como llegué personalmente a conocer a aquellos futbolistas legendarios, tales como Peral, que probablemente era el único jugador sevillano en el equipo, casi todo formado por vascos: Lecue, Areso, Aedo, Larrinoa,Unamuno, Saro., etc.

VIAJE DE LOS PADRES A BARCELONA

En la primavera de 1935 mi padre organizó un viaje a Barcelona, para visitar a sus representados. Decidió llevarse con el a mi madre, cosa rara. Mi madre saltaba de júbilo como una niña.

Mi hermano y yo, con la criada, Rosarito que estuvo con nosotros muchos años, fuimos a despedirlos a la estación de Córdoba, que estaba en la Plaza de Armas. Mi padre apalabró un taxi, el taxi de Montes. Montes era un taxista de confianza. Era un hombrón cuya figura física correspondía en un todo con su nombre. El coche era un enorme Hudson, de siete plazas, con asientos corridos delante y detrás y dos pequeños asientos desplegables adosados al asiento anterior. Mi padre se sentó al lado de Montes, yo detrás con Rosarito y mi madre y Manolo en uno de los asientos desplegables. Montes, sin esfuerzo alguno, levantó la pesada maleta y la coloco en la baca del coche, sujetándola con gruesas correas.

Al llegar a la estación mi padre sacó tres tickets que permitían el acceso al interior de los no viajeros. También contrató a un mozo que colocó la maleta en su carretilla. La estación de Córdoba (y en menor escala la de Cádiz, que era regional) era por aquellos años tan divertido como eran los aeropuertos antes de que la crisis terrorista le convirtieran en una cosa desagradable. Conforme se entraba había a la izquierda un restaurante, bastante bueno, que lo regentaba Don Juan Amador, el amigo de mi padre. Aquel dia, nada mas llegar entramos todos en el restaurante . El mozo y la maleta quedaron fuera. Mi padre pidió unas cervezas. Pero Manolo y yo no estábamos interesados en cervezas, lo que queríamos era “explorar la estación.. Pedimos permiso. “Os quiero de vuelta en quince minutos” –“Si, papá”. Salimos corriendo y nos dirigimos al andén donde se estaba formando el tren de mis padres. Corrimos a lo largo de los numerosos vagones y por fin alcanzamos la locomotora. La mirábamos como se mira a un largo y negro bicho en un zoológico. Era como una fiera en reposo, echando resoplidos, y chorros de vapor que nos hacía retroceder ante las risas del maquinista y el fogonero que contemplaban el gentío en el andén desde la locomotora. Un empleado del ferrocarril, ya entrado en años, recorría el andén con una barra de hierro con la que daba un ligero toque a las ruedas de la locomotora y vagones. Nos preguntábamos para qué. Yo, que he sido siempre muy curioso, me dirigí al buen hombre. “Maestro (maestro era el titulo universal con el que había que dirigirse a un obrero ya mayor cuando sorprendido en su trabajo), “Maestro, pa que le dá uste a las ruedas”. “Pa ve si van entera” –“¿Entera?”, le pregunte sin comprender. “Zi, niño, pa ve si tiene una raja no sea que se rompa la ruea en er camino y se desgrasie er viaje”. “Ah, ya me entero.” Satisfechos, volvimos, otra vez corriendo al restaurante Por todas partes, en el restaurante y en la estación aparecían tres siglas: MZA. Nos tropezamos con los padres, que salían del restaurante precedidos del mozo con la maleta. Curioso otra vez “¿Papá que significa MZA”? -“ Significa Madrid Zaragoza y Alicante. Es el nombre de la compañía propietaria del tren” (Faltarian algunos años para que naciera la RENFE). Viajaban a Madrid, donde tomarían otro tren para Barcelona, en el “Express” que salía a las nueve de la noche e invertía doce largas, larguísima horas en el trayecto. (Corriendo el tiempo, yo haría ese viaje varias veces).

El andén estaba de bote en bote. Por fin llegamos al vagón, de primera clase. El mozo consultó los billetes para averiguar los numeros del compartimento y de los asientos, subió los empinados estribos, penetró en el compartimento asignado a mis padres y colocó la maleta en la rejilla. Mi padre le dio dos pesetas. Mi hermano y yo admiramos el compartimento, todo en maderas nobles, con elegantes asientos azules (y comprobamos su comodidad sentándonos en los mismos) adornados con unos pañitos para reclinar la cabeza, bordados con las sempiternas MZA. “Eah,para abajo”, ordeno mi padre.
Faltaban algunos minutos. Algunos viajeros ya estaban en el vagón y apoyados en la ventanilla se dirigian a sus familiares. “Que no se te olvide de pagar el colegio” “ Descuida. Y los que se quedaban: “Que me llames tan pronto como llegues” “Descuida’. Mi madre nos besaba y me decía: “Que no te pelees con Rosalía” Rosalia era la mayor de mi hermanas, con la que siempre estábamos a la greña. A Manolo: “Que te portes bien, que te laves las orejas” Manolo era un desastrado. Y a Rosarito: “Que no se te olvide darles el aceite de hígado de bacalao”.

La locomotora daba un silbido, señal de que estaba a punto de partir. . Mis padres por fin subian al vagón y desde la ventanilla mi madre, los ojos empañados se despedía de nosotros. Era la primera vez que se separaba de sus hijos.

En casa debe haber una foto, tomada en Barcelona en la que aparece mi madre con una pareja catalana. Eran novios. El era el gerente de ventas de un importante tostadero de café que mi padre representaba. Mi padre, que era agente comercial y representaba a muchos fabricantes del gremio de la alimentación decía que sólo esta representación cafetera le proporcionaba, en comisiones, diez “duros” (cincuenta pesetas) diarios. Era en aquellos tiempos un dineral. Consultando en el Internet no hace mucho averigüé que una habitación, con pensión completa (desayuno, almuerzo y cena) en el hotel Majestic (hoy Colón) costaba en 1935 quince pesetas diarias. Era y es un hotel de primera clase.

Mi madre aparece en la foto muy guapa, con su vestido estampado hasta casi los tobillos, zapatos bicolores, el bolsito en la mano, el pelo corto y un sombrero negro en forma de casquete. Mi madre quedó maravillada con Barcelona. Mientras mi padre estaba en sus reuniones ella en tranvía o a pié, con ese maravilloso sentido de la orientación que tenía (y que yo no he heredado) correteaba de un sitio para otro y así llegó a conocer los mas importante de la urbe.

Pocas semanas después del regreso de mis padres de su viaje se presentó en casa la pareja catalana en la foto. Se habían casado y venían en viaje de novios. Evidentemente mis padres les habian invitado a quedarse en casa durante su estancia en Sevilla. El era un hombre bajito, muy nervioso. Fumaba como un desesperado. Se llamaba Andrés. Ella era mas alta que el, rubia, de ojos azules, delgada, muy dulce. Se llamaba Carmen. Hizo muchas migas con mi madre. Le contaba cosas de su marido. Andrés estaba muy politizado. Era de la Ezquerra Republicana y furibundo anticlerical. El quería casarse por lo civil. Ella se plantó y le dijo que por la iglesia o nada. El bebía los vientos por ella y capituló. Cuando fueron a la parroquia a registrar el matrimonio el cura les hacia las preguntas de rigor. Cuando le tocó el turno a ella Carmen contestaba: “Si, Padre”. A la tercera o cuarta vez de “Si, padre” Andres le espetó: “Carmencita, este señor no es tu padre. Es un funcionario de la iglesia”. Mi madre se reía.

EXAMEN DE INGRESO AL BACHILLERATO

Aquella primavera del 35 me examiné de ingreso al bachillerato en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza “San Isidoro”. El instituto era un caserón que databa del siglo XIX . Tenia grandes verjas a la calle y un bello jardín con varias y altas palmeras. Me asignaron una enorme aula. Habían largos bancos y pupitres donde cada alumno disponía de un tintero y una pluma, no recuerdo si de ”hacha” o de “corona” que eran los dos estilos de pluma corrientes en la época. . También disponíamos de un par de hojas donde ya estabn escritas las preguntas que teniamos que contestar. El examen era estrictamente por escrito. Yo tuve suerte y tanto en el ejercicio de la mañana como en el de la tarde me tocaron unas preguntas que pude contestar con facilidad. Como terminé antes del tiempo fijado para cada examen me dediqué a “éxplorar” el instituto. Lo que mas me llamó la atención, mas aun, me hechizaba, fueron los “graffiti” dejados para la posteridad por los alumnos. Entonces, y aunque viviamos en plena Republica democrática y parlamentaria, en plena libertad de expresión no existían las pintadas murales que hoy desgracian a España y a Sevilla. Los amantes de la posteridad, sin embargo, no vacilaban en dejar sus huellas vegetales donde podían, y a falta de árboles ahí estaban las macizas puertas del Instituto. Algunos románticos limitaban sus incisiones a sus nombres, Jose y Lola (entonces no se estilaban Kevin y Jennifer) rodeando el clásico corazón atravesado por una flecha. Hoy se es mas práctico: litrona y cama y hala, a vivir que es un día (o una noche). Los artísticos dejaban notables huellas de sus habilidades. Entre su obras figuraban desnudos femeninos que encandilaban mis ojos y los de mis compañeros. Costaba trabajo alejarse de aquellas puertas.

Corrian los dias y los meses, lentos y sin sobresaltos. En mi entorno familiar todo era paz y tranquilidad. Mis padres se querían. Gozabamos de buena salud. Los negocios le iban bien a mi padre, no careciamos de nada. Teniamos incluso una radio que mi padre acababa de comprar. Era un aparato pequeñito, marca “Pilot”. La teniamos encendida gran parte del dia. En Sevilla había una estación de radio, la EAJ 5, que siempre abría las emisiones (que no eran continuas) con los compases de “Sevilla” de Albéniz.. Los programas eran mayormente musicales (música clásica, zarzuela, opera, etc) y noticias locales o de Madrid. Habia bastante publicidad, algunas veces cantadas. Grabada en mi memoria había una cancioncilla que decía así:

“Que es lo que te ha pasado, querido mío
Parece que vienes de un desafío
Es muy sencillo, querida Inés.
Que me estaba afeitando…y me corté.

Así anunciaban las hojas de afeitar “Iberia:”.

Pero si mi entorno familiar era plácido y tranquilo fuera, en la calle, rugían vientos de odio político y fratricida, presagio de lo que vendría solo meses mas tarde. Acribillado a balazos cain empresarios y obreros, ambos victimas de pistoleros a sueldo de organizaciones sindicales de la extrema izquierda o derecha. Además, había huelgas sin cesar, manifestaciones de toda índole y por supuesto un enorme paro obrero y especialmente agrícola que paralizaba al país. A dos años de gobierno liberal sucedieron otros dos años de gobierno de las derechas (que los adversarios llamaban “el bienio negro” )durante los cuales tuvo lugar la sangrienta revolución de Asturias y la intentona separatista de Cataluña. Por supuesto todo esto ocurría sin que yo con solo 9 o 10 años pudiera apercibirme de ello sino hasta mucho después.

DON JOSÉ Y SUS PANOS CALIENTES

Una mañana amanecí con una tosecilla. La tosecilla no amainaba. Yo era la niña de los ojos de mis padres. Yo era el niño aplicado, dócil, seriecito.. (Mi padre me decía: “¿Pero tú nunca te ríes?). Mi madre se alarmaba. “Federico, hay que llamar a Don José”. Don José era el médico de cabecera de hacía muchos años. Don José, un hombre ya muy mayor llegaba….en coche de caballos. Entonces no se conocía el “stress”. “A ver, niño, abre la boca”. Yo obedecía.. “Saca la lengua”. Yo sacaba la lengua. Don José me tomaba el pulso, la temperatura, me auscultaba.’No es nada, Antonia. Paños calientes”. Don José no prescribía sino paños calientes. “Pero Don José”:, protestaba mi madre. “Nada, Antonia, paños calientes” “Como usted diga, Don José”, decía mi madre, no muy convencida. “Cuanto se le debe, Don José”:. “Lo de siempre, cinco pesetas”. Mi madre le daba un reluciente duro, que Don José introducía en el bolsillo inferior izquierdo del chaleco. El inferior derecha ya estaba abultado, lleno de duros. Terminada la visita mi madre accionaba un tirador que desde . el piso principal, donde nos encontrábamos abría la cancela. Don José bajaba despacio la escalera y a poco oíamos el trote cansino del caballo que se alejaba. Mi madre puso una olla de agua caliente a hervir y yo continué mi lectura de “El Conde de Montecristo”.

4 thoughts on “MEMORIA DE LOS ANOS TREINTA: MONARQUIA, REPUBLICA Y GUERRA CIVIL

  1. jose manuel cazorla's avatarjose manuel cazorla

    Querido Tio, leyendo tu historia me he imaginado que estaba leyendo un guion de una pelicula de las que ultimamente se han prodigado de la epoca, de los años de la preguerra ,….pero es nuestra familia. Me ha sorprendido tu fantastica y envidiable memoria, que ojala la tuviera, y despues detalles que no conocía, como los interiores de la casa de Juan Rabadan. He vuelto a recordar el Colegio de los Maristas de Jesus del Gran Poder, en el que estuve los ultimos años antes de que se trasladara a San Pablo y luego a los Remedios. Y despues ,me he imaginado a papá y a ti correteando por la estacion de tren.
    Me ha gustado mucho tu relato, un abrazo

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  2. Luis Fernández de Quincoces Marcos's avatarLuis Fernández de Quincoces Marcos

    Hola Eugenio,

    Me llamo Luis, y soy nieto de Antonio Marcos Estrada, hijo de Rocío. Hace poco han estado mi abuela Maruja y mi madre hablándome de ti y de la relación que tenías con mi abuelo, y por eso se me ocurrió ponerme en contacto contigo, aunque no he encontrado tu e-mail por ninguna parte y no se me ha ocurrido otra forma que hacerlo a través de este blog tuyo que he encontrado. Si pudieras darme tu dirección de e-mail para poder escribirte uno te lo agradecería.

    Un saludo

    Luis Fernández de Quincoces Marcos

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    1. Eugenio Cazorla's avatareugenio Post author

      Luis, que me alegra saber de ti. Mi colaboracion en el Diario de Sevilla, recientemente terminada, me ha tenido alejado de mi blog por algun tiempo y descubro tu mensage. Te escribo inmediatamente para que sepas mi direccion electronica. Un abrazo.

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