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FUE UN 22 DE NOVIEMBRE

John F. Kennedy

John F. Kennedy

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

El día se presentó lluvioso. Pero para la legión de gentes que le admiraban era un día especial. John F. Kennedy visitaba  Dallas. El público se movilizó: algunas escuelas (las católicas) y algunas oficinas, y algunos talleres cerraron por varias horas para poder contemplar al presidente y a su bella esposa en su campaña electoral para un segundo trecho en la Casa Blanca.

Yo me encontraba a la sazón, ya terminada mi carrera de abogado ´´americano¨,(ya lo era español) haciendo  prácticas con una firma de abogados que tenía su bufete en un edificio justamente situado en la calle Main por donde desfilaría la cabalgata presidencial. Estábamos atentos a la radio que describía, con un fondo de gritos y aplausos,  el paso de la  caravana de camino hacia el lugar donde se le ofrecería al presidente Kennedy un banquete por su partido, fieles y algunas autoridades. Para entonces había escampado y gozábamos de un cielo azul y luminoso que debería abrillantar la jornada.

Cuando el locutor indicó que la cabalgata enfilaba la calle Main mis colegas , secretarias, algunos  clientes y por supuesto yo bajamos y en escasos minutos y a corta distancia, desde la acera, pudimos ver  a la pareja: joven, sonriente, satisfecha   ante el júbilo y demostraciones de afecto de la multitud. El, con un terno  azul, ella con un traje de lana  rosa, tocada con un sombrerito del mismo color. Nadie podía sospechar  que rodaban hacia  la muerte.

Nos alegraba ver tanta demostración de afecto por el público. Antes de ser elegido, la Casa Blanca había estado presidida durante décadas por hombres  ya caducos. Ver en la misma a uno joven, que  traía al país  aire fresco, nuevos horizontes, nuevas perspectivas, entusiasmaba a la gente de buena fe. Pero sabíamos que al lado de tanta admiración existía en la ciudad un siniestro clima de odio y resentimiento. John F. Kennedy era liberal, adverso a la segregación, iniciador de una campaña en pro de los derechos civiles. Sin ser pusilánime ante la amenaza soviética prefería olvidarse de las armas  nucleares y  buscar  una concordia. Era católico, pero había demostrado no ser un lacayo del Vaticano.

El “establishment” de la ciudad de Dallas, excepto contadas figuras, opinaba, no obstante. que Kennedy era la personificación del demonio. Lo consideraban como un  agente soviético, presto a rendirse al poderío ruso, como decían lo  había demostrado llegando a un entendimiento con la Unión Soviética  en vez de aplastar a  Cuba y sus misiles. La Dallas radical  veía una conspiración  comunista detrás de cualquier cosa que contradijera sus creencias: se resistía, en contra de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, a acabar con la segregación,  odiaba las Naciones Unidas, y  la política de contención en la “guerra fría”. Esta oposición  llegaba a extremos ridículos. Había un político que denunciaba a los vegetarianos por preferir una opción que consideraba  de inspiración comunista. Según él lo patriótico era comer carne de vaca tejana. La Dallas radical se oponía también a la iglesia católica, y  Kennedy, considerado un papista declarado,  amenazaba con poner  fin a  las libertades de Tejas.  Se predicaba contra la política del presidente y contra su misma persona en los pulpitos, en los editoriales del  Dallas Morning News , en las campañas políticas de la extrema derecha y  en los panfletos  de la John Birch Society (que, en su paranoia,  ya había calificado  a los presidentes Roosevelt, Truman y Eisenhower como agentes del Soviet). El estado de Tejas, en su conjunto,  lo había votado pero Dallas, que había votado por Nixon,   había  fracasado en cerrarle la puerta  a la casa Blanca. El resentimiento era general en tan influyente sector, en el que figuraban  entre otros,  personajes tan poderosos como el obispo W.A. Criswell,  líder de la Iglesia baptista más grande del mundo,    el senador republicano Bruce Alger, el general Edwin  Walker, Ted Dealy  editor y propietario del diario mas importante de Tejas,   The Dallas Morning News,  y el billonario (entonces el hombre más rico del mundo) H.L Hunt.

Unos días antes  un virulento  pasquín  circulaba  en Dallas y sus alrededores. Tenía el formato de aquellos pasquines del viejo Far West que veíamos en las películas,  donde se anunciaba  una recompensa por la captura de un cuatrero o, modernamente,  un gánster perseguido por el F.B.I.  Presentaba la foto del presidente de frente y de perfil y al pie la frase,  en gruesos caracteres, WANTED FOR TRAITOR  (Se busca por traidor) seguido por una serie de acusaciones tildándole de comunista, prevaricador, traidor, etc. etc. Y el mismo 22 de Noviembre  el Dallas Morning News publicaba  un mensaje que ocupaba toda una página en la que bajo una sarcástica bienvenida le hacia una serie de preguntas que encerraban acusaciones  similares a las del pasquín. Pero lo insólito del mensaje es que iba enmarcado por  una gruesa franja negra como  las que se utilizan  en las mortuorias de personas importantes.  Presentía una tragedia.

Y la tragedia tuvo lugar. Como en casos similares, da igual a quien se debió la autoría de la misma. En este caso fue un psicópata que sediento de fama y nombradía  discurrió que qué mejor medio de alcanzar notoriedad mundial que eliminar al hombre más poderoso del planeta. Tres disparos fue  todo lo que necesitó. Aunque efímera, consiguió la fama que buscaba. Infinidad de  teorías, en periódicos, revistas, libros  y hasta películas, surgieron  a posteriori encaminadas a analizar la conducta de Harvey L Oswald y tejer una tupida maraña sobre  siniestras  conspiraciones de todo tipo, cuantos proyectiles le alcanzaron, si Oswaldo actuó solo o acompañado.  Inútil ejercicio.  Nada importa  el cómo y el por qué.

Hubo recriminaciones y explicaciones, dolor y sentimiento, propósitos de enmienda, pero lo cierto es que  Dallas conservó durante muchos años la triste fama de ser una ciudad maldita. Ostentó un estigma del que tardo mucho tiempo en desprenderse. Entretanto miles de visitantes, llevados por una curiosidad malsana, afluyeron a una ciudad, antes casi desconocida y hoy, fatalmente,  puesta en el mapa.

La conmoción fue universal. Un muy querido amigo me escribió desde Santander: “Con la muerte de Juan todos hemos muerto un poco…….”

Mientras hacia la cola del autobús que me llevaría a casa aquella tarde de Noviembre de 1963  un  vientecillo  arremolinaba  por las calles desiertas páginas sueltas del perverso Dallas Morning News que en pronta edición recogían noticias del magnicidio. Un cielo rojo de ira  parecía como que condenase  a una ciudad que acababa de ser cómplice en un horror de época.

Así acabó la vida de un claro varón,  de un personaje de leyenda. Como en los inmortales versos de Jorge Manrique,

                                     “Dio el alma a quien se la dió

                                      El  cual la ponga  en el cielo en su gloria

                                      Que aunque la vida perdió

                                      Nos dejó harto consuelo su memoria”

 

 

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El Futuro de España

EL FUTURO DE ESPAÑA 

Hace varias noches en el programa de Televisión Española “El debate de la Una” tuve ocasión de ver y escuchar al líder de Ezquerra Republicana Oriol Junquera perorar en términos  nada histéricos sino comedidos y con modulada voz como ve él  la independencia de Cataluña. Sostenía y supongo sigue sosteniendo que la segregación catalana del resto de España sería  cosa normal y corriente y puso como ejemplo el caso de Kosovo .  la pendiente consulta escocesa y los intentos de Quebec. Hizo muchas apelaciones a la democracia, al dialogo  y ninguna a la realidad legal de la constitución nacional, que obliga a Cataluña. 

A mí esto de la intentona separatista de Cataluña me parece una catetada  y de un provincianismo atroz. La realidad futura mira hacia una mas intensa  integración europea. En pocos  años España y por supuesto Cataluña seguirán siendo una nación la primera y una autonomía la segunda pero sus habitantes pensaran y se sentirán ciudadanos  de un entre supranacional que dejaran los nacionalismos a un lado para concentrar sus esfuerzos en remar todos juntos  no como españoles y, por supuesto,  catalanes, sino como europeos. 

Hace varias semanas el New York Times publicó un artículo debido a las conjuntas plumas de Daniel Cohn-Bendit y Felix Marquardt. El primero es un eurodiputado por el Partido Verde. El segundo se dedica a las relaciones públicas. Ambos son fundadores de un grupo de opinión llamado Europeans Now (Europeos Ahora). Para los jóvenes o los flojos de memoria Daniel Cohn-Bendit alcanzo fama como unos de los líderes estudiantiles en la famosa revuelta parisina  de 1968 en la que crearon el mensaje de “Interdit  l’interdit”  o Prohibido Prohibir. 

Como lo creo  de interés me tome el trabajo de traducir tal artículo que  bajo el título “ The Fix for Europe: People Power” , que yo traduzco libremente como  LA CURACION DE EUROPA es como sigue: 

“En las elecciones europeas del próximo año tendremos que poner en claro que el concepto nación-estado como esencia y finalidad del buen gobernar, y que nuestros políticos guardan como su mejor secreto, se va rápidamente convirtiendo en una estructura política obsoleta. 

En Europa una nueva generación llega a la mayoría de edad con niveles de bienestar inferiores a los de sus padres. Está abocada a un dilema: o rápida integración o un lento camino hacia la irrelevancia. Y sin embargo el plan más ambicioso para afrontar tal peligroso dilema es hacer coincidir en la misma fecha las elecciones europeas en toda  la Unión Europea y que el presidente de la  Comisión Europea  sea elegido por votación popular.  No es esto precisamente  el  Big Bang  que Europa necesita. 

Ha llegado  la hora para un movimiento, masivamente financiado, de orden trasnacional, trasgeneracional, traspartisano,  y surgido desde las raíces (“grassroots”) que impulse la integración  europea a un nivel  superior. Y antes de crear un partido deberíamos considerar los éxitos europeos para concretar  cómo sería nuestra plataforma. Invitemos  a los finlandeses a que nos adiestren sobre educación, a los franceses sobre sanidad pública  a los alemanes sobre flexibilidad en el empleo, a los suecos sobre igualdad de género. 

En la actualidad los países europeos  se contentan con sus símbolos del Viejo Mundo. Nos envanecemos de nuestras gloriosas historias y bellos monumentos y atraemos un turismo mundial que admira nuestra cultura, modas y gastronomía. Pero nuestros símbolos del Viejo Mundo no salvarán a Europa. Puede que  salven  a Paris, Berlín,  Roma, Londres, como salvarían al valle del Loire, Bavaria, Toscana o el condado de Oxford. Sin embargo, al lado  de capitales llenas de museos e históricos lugares el resto de Europa sufre de crónico desempleo, mínimo crecimiento y  envejecimiento de la población. 

No es que nuestros políticos sean malévolos o incapaces de enfrentarse a un reto. Lo que ocurre es que no están preparados para penetrar en  el meollo de la realidad política de nuestros días. Es ingenuo suponer que políticos tradicionales elegidos para cuatro o cinco años  por un electorado doméstico sean capaces de enfrentarse con temas tales como la escasez de recursos, deforestación, crónico desempleo, el calentamiento de  la tierra, o  la disminución de la pesca, que son de naturaleza global y que requieren décadas para su resolución. Hoy las soluciones  tienen que ser trasnacionales ; en otro caso no serán soluciones en absoluto. 

Continuemos, por supuesto, apoyando a nuestras selecciones nacionales de futbol. Pero cesemos  de dejarnos embaucar por  políticos  que llevados de egolátricas visiones  creen que  el concepto nación-estado es aun el vehículo apropiado para crear la  política que nuestros tiempos requiere.  Lo que debemos hacer, y que ya presentimos, es darnos cuenta de que estamos en el umbral de una nueva era postnacional en la que los europeos podemos pasar  de ser remolones a ser líderes. Si no lo hacemos nos convertiremos en un estereotipo de USA, un país con los mejores hospitales pero con millones de sus ciudadanos que carecen de seguro de enfermedad, con una de las más adelantadas tecnologías en el mundo y muchos sin poder acceder a la misma, con renombradas universidades y generaciones retrógradas por aferrarse a una mezquina visión del mundo. 

Somos, lo que es extraño, los últimos que aun dudan de nuestro propio proyecto político. Nos quejamos de que Europa sea considerada como  algo abstracto por  sus ciudadanos y sin embargo aún estar sin aprobar las leyes que creen un pasaporte europeo digno de su nombre o el marco que permita a todo europeo a verdaderamente abrazar el proyecto de la Unión Europea. 

Hay un viejo adagio judío que dice: “Si tienes solo dos alternativas, escoge una tercera”. La cuestión no es substituir las geriatricracias  por las dictaduras de los jóvenes.  Este movimiento tiene que estar respaldado por todos aquellos que sin distinción de  edad estén de acuerdo en ceder el poder a la juventud si queremos  reducir la deuda con la que estamos gravando a  futuras generaciones. La juventud europea, digital de nacimiento, crece en la austeridad y está familiarizada con recortes presupuestarios. A diferencia de nuestros líderes está capacitada para  cambios rápidos y su instinto es utilizar creativos y eficientes métodos para conseguir sus objetivos. 

En Europa la política de cada nación se ocupa mucho  en especular como el mundo debería ser y muy poco en cómo lograr resultados tangibles. En vez de enzarzarnos en  rencillas sobre qué clase de política seria la preferida,   lo que necesitamos  es un esfuerzo paneuropeo que determine el mejor método europeo  a utilizar en cada sector y adoptarlo en todo el continente. ¿Qué es lo mejor que cada país hace? ¿Qué modelos de éxito pueden adoptarse? ¿Cómo podemos aprovechar la suma total de experiencias, recursos y soluciones  homologadas  de todas las naciones europeas? 

Europa no va  cambiar tras  las elecciones de 2014. Sólo cambiará si los políticos con mentalidad europea que resulten elegidos se ponen  de acuerdo en transferir el poder a genuinas  instituciones europeas. Necesitamos que nuestros  políticos sepan que ya no aceptamos sus arrebatos nacionalistas, ni que no compartimos su temor a terminar en la irrelevancia si conferimos a la  Comisión Europea y al Parlamento Europeo el poder que merecen. O canalizamos el poder y los ricos recursos de la red europea o dejamos que la marcha  de la globalización termine por ignorarnos. 

Y lo primero que tenemos que hacer es empezar a votar no como ciudadanos franceses, alemanes o griegos sino como ciudadanos europeos. 

Hasta aquí la traducción del artículo del New York Times. El mensaje es claro.  Si queremos vivir mejor y terminar con la angustia de la crisis y el desempleo y otros males tenemos que integrarnos profundamente en Europa y, entre otras cosas,   adoptar los sistemas y métodos en los hemos fracasado. Por ejemplo, arrinconemos nuestros criterios  en la enseñanza y adoptemos el modelo finlandés. Es una vergüenza que estemos a la cola de Europa en educación. Es una vergüenza que la Junta de Andalucía se niegue a publicar cuales son los mejores colegios y escuelas, de donde  salen los mejores estudiantes en Andalucia.  Se enaltece  la mediocridad, no le excelencia. 

Al lado de este futuro europeo los arrebatos nacionalistas catalanes me parecen una majadería. 

©Copyright 2013. Incluida la traducción)

eugeniocazorla@cs.com