Por Eugenio Cazorla Bermúdez
El día se presentó lluvioso. Pero para la legión de gentes que le admiraban era un día especial. John F. Kennedy visitaba Dallas. El público se movilizó: algunas escuelas (las católicas) y algunas oficinas, y algunos talleres cerraron por varias horas para poder contemplar al presidente y a su bella esposa en su campaña electoral para un segundo trecho en la Casa Blanca.
Yo me encontraba a la sazón, ya terminada mi carrera de abogado ´´americano¨,(ya lo era español) haciendo prácticas con una firma de abogados que tenía su bufete en un edificio justamente situado en la calle Main por donde desfilaría la cabalgata presidencial. Estábamos atentos a la radio que describía, con un fondo de gritos y aplausos, el paso de la caravana de camino hacia el lugar donde se le ofrecería al presidente Kennedy un banquete por su partido, fieles y algunas autoridades. Para entonces había escampado y gozábamos de un cielo azul y luminoso que debería abrillantar la jornada.
Cuando el locutor indicó que la cabalgata enfilaba la calle Main mis colegas , secretarias, algunos clientes y por supuesto yo bajamos y en escasos minutos y a corta distancia, desde la acera, pudimos ver a la pareja: joven, sonriente, satisfecha ante el júbilo y demostraciones de afecto de la multitud. El, con un terno azul, ella con un traje de lana rosa, tocada con un sombrerito del mismo color. Nadie podía sospechar que rodaban hacia la muerte.
Nos alegraba ver tanta demostración de afecto por el público. Antes de ser elegido, la Casa Blanca había estado presidida durante décadas por hombres ya caducos. Ver en la misma a uno joven, que traía al país aire fresco, nuevos horizontes, nuevas perspectivas, entusiasmaba a la gente de buena fe. Pero sabíamos que al lado de tanta admiración existía en la ciudad un siniestro clima de odio y resentimiento. John F. Kennedy era liberal, adverso a la segregación, iniciador de una campaña en pro de los derechos civiles. Sin ser pusilánime ante la amenaza soviética prefería olvidarse de las armas nucleares y buscar una concordia. Era católico, pero había demostrado no ser un lacayo del Vaticano.
El “establishment” de la ciudad de Dallas, excepto contadas figuras, opinaba, no obstante. que Kennedy era la personificación del demonio. Lo consideraban como un agente soviético, presto a rendirse al poderío ruso, como decían lo había demostrado llegando a un entendimiento con la Unión Soviética en vez de aplastar a Cuba y sus misiles. La Dallas radical veía una conspiración comunista detrás de cualquier cosa que contradijera sus creencias: se resistía, en contra de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, a acabar con la segregación, odiaba las Naciones Unidas, y la política de contención en la “guerra fría”. Esta oposición llegaba a extremos ridículos. Había un político que denunciaba a los vegetarianos por preferir una opción que consideraba de inspiración comunista. Según él lo patriótico era comer carne de vaca tejana. La Dallas radical se oponía también a la iglesia católica, y Kennedy, considerado un papista declarado, amenazaba con poner fin a las libertades de Tejas. Se predicaba contra la política del presidente y contra su misma persona en los pulpitos, en los editoriales del Dallas Morning News , en las campañas políticas de la extrema derecha y en los panfletos de la John Birch Society (que, en su paranoia, ya había calificado a los presidentes Roosevelt, Truman y Eisenhower como agentes del Soviet). El estado de Tejas, en su conjunto, lo había votado pero Dallas, que había votado por Nixon, había fracasado en cerrarle la puerta a la casa Blanca. El resentimiento era general en tan influyente sector, en el que figuraban entre otros, personajes tan poderosos como el obispo W.A. Criswell, líder de la Iglesia baptista más grande del mundo, el senador republicano Bruce Alger, el general Edwin Walker, Ted Dealy editor y propietario del diario mas importante de Tejas, The Dallas Morning News, y el billonario (entonces el hombre más rico del mundo) H.L Hunt.
Unos días antes un virulento pasquín circulaba en Dallas y sus alrededores. Tenía el formato de aquellos pasquines del viejo Far West que veíamos en las películas, donde se anunciaba una recompensa por la captura de un cuatrero o, modernamente, un gánster perseguido por el F.B.I. Presentaba la foto del presidente de frente y de perfil y al pie la frase, en gruesos caracteres, WANTED FOR TRAITOR (Se busca por traidor) seguido por una serie de acusaciones tildándole de comunista, prevaricador, traidor, etc. etc. Y el mismo 22 de Noviembre el Dallas Morning News publicaba un mensaje que ocupaba toda una página en la que bajo una sarcástica bienvenida le hacia una serie de preguntas que encerraban acusaciones similares a las del pasquín. Pero lo insólito del mensaje es que iba enmarcado por una gruesa franja negra como las que se utilizan en las mortuorias de personas importantes. Presentía una tragedia.
Y la tragedia tuvo lugar. Como en casos similares, da igual a quien se debió la autoría de la misma. En este caso fue un psicópata que sediento de fama y nombradía discurrió que qué mejor medio de alcanzar notoriedad mundial que eliminar al hombre más poderoso del planeta. Tres disparos fue todo lo que necesitó. Aunque efímera, consiguió la fama que buscaba. Infinidad de teorías, en periódicos, revistas, libros y hasta películas, surgieron a posteriori encaminadas a analizar la conducta de Harvey L Oswald y tejer una tupida maraña sobre siniestras conspiraciones de todo tipo, cuantos proyectiles le alcanzaron, si Oswaldo actuó solo o acompañado. Inútil ejercicio. Nada importa el cómo y el por qué.
Hubo recriminaciones y explicaciones, dolor y sentimiento, propósitos de enmienda, pero lo cierto es que Dallas conservó durante muchos años la triste fama de ser una ciudad maldita. Ostentó un estigma del que tardo mucho tiempo en desprenderse. Entretanto miles de visitantes, llevados por una curiosidad malsana, afluyeron a una ciudad, antes casi desconocida y hoy, fatalmente, puesta en el mapa.
La conmoción fue universal. Un muy querido amigo me escribió desde Santander: “Con la muerte de Juan todos hemos muerto un poco…….”
Mientras hacia la cola del autobús que me llevaría a casa aquella tarde de Noviembre de 1963 un vientecillo arremolinaba por las calles desiertas páginas sueltas del perverso Dallas Morning News que en pronta edición recogían noticias del magnicidio. Un cielo rojo de ira parecía como que condenase a una ciudad que acababa de ser cómplice en un horror de época.
Así acabó la vida de un claro varón, de un personaje de leyenda. Como en los inmortales versos de Jorge Manrique,
“Dio el alma a quien se la dió
El cual la ponga en el cielo en su gloria
Que aunque la vida perdió
Nos dejó harto consuelo su memoria”
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