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HAY CLASES SOCIALES EN USA?

 

En los años cincuenta, España y los Estados Unidos concertaron una serie de acuerdos diplomáticos que cubrían un amplio abanico de ayudas de orden económico y militar a nuestro país.  Era la época de la “guerra fría”.  USA había descubierto  que la España de Franco, un régimen autoritario con escasas libertades cívicas, era, sin embargo  un baluarte anticomunista.

Para el año 1956  la Fuerza Aérea de los Estados Unidos tenía en construcción varias bases aéreas y la naval de Rota. En Sevilla se instaló una pequeña unidad administrativa que operaba en unos terrenos situados  en el barrio del Porvenir. Esta unidad convocó una plaza de asesor jurídico (en derecho español) adscrito a su propio  cuerpo jurídico  militar. Yo era por entonces abogado en ejercicio. Me presenté con otros al concurso y me llevé la plaza.

A poco de incorporarme a mi puesto, un día,  a media mañana, a la hora del “coffee break”   me dirigi con otro muchos a la cantina del destacamento a tomar un café. Se formó una cola delante de la cantina  y cuál no sería mi sorpresa cuando vi  como el coronel jefe de  la base (un hombre muy culto, graduado de la prestigiosa academia West Point) se incorporó a la cola detrás de varios sargentos,  cabos y algunos civiles como yo. Me quedé atónito. “Esto debe ser la democracia” pensaba yo. Todo el mundo igual.

Algún tiempo más tarde y de fuentes fidedignas me entere que algunos de estos militares americanos sentaban a sus sirvientas andaluzas en la mesa a comer con sus señores. No había distinción de clases.

Comparaba yo esto con mi experiencia militar en el cuartel jerezano donde serví como alférez procedentes de las  por entonces llamada Milicia Universitaria. Allí no existía esta mescolanza. Había una cantina para oficiales y otra para suboficiales. Se daba el caso que esta era superior en todos conceptos a la de oficiales. Yo y mis compañeros frecuentábamos la de suboficiales. Ni que decir tiene  que si “nuestra” cantina hubiera sido la mejor  los suboficiales no hubieran podido tener acceso a la misma. Algo sorprendente y grato (y pocas cosas gratas ofrecía entonces el servicio militar, obligatorio, por supuesto) para nosotros, alféreces universitarios,  fue que siguiendo la tradición en el ejército español de la época  no más incorporarnos al cuartel nos asignaron  a cada uno un asistente. El asistente, algo que ya no existe en nuestro ejército, era sencillamente un recluta que servía a un oficial  como criado. Un criado que vivía en el cuartel pero que estaba exento de todo servicio excepto el que prestaba a sus oficiales de forma exclusiva. Yo nunca me enteré como el mando elegía estos asistentes y como podrían aspirar estos quintos a tal privilegio. El mío respondía al tipo del “quinto” de la época. Semi-analfabeto, pueblerino, con pocas  luces pero bueno como el pan. Yo no sabía qué hacer con él.  Los  únicos deberes que le asigné fueron  betunarme  las botas y liarme cigarrillos. Algunos compañeros los utilizaban para otros menesteres. Había uno que  lo tenía ocupado todo el día. Lo había convertido en su valet de chambre. Le afeitaba, le planchaba el uniforme, guisaba, etcétera. Un día fuí a verle y me quede atónito al ver que lo estaba vistiendo, tal y como si fuera un torero.

Esta plaza de asistente era común a varios ejércitos europeos. Pero nunca existió en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Recuerden  que la Declaración de Independencia del país lo proclama bien claro: all men are created equal, todos los hombres son iguales.

 Como en el caso del coronel haciendo fila con los suboficiales y la criada comiendo con sus señores  pensé, de nuevo. Esto deber ser la democracia. No hay clases.

Más tarde descubrí que incluso en una democracia eso de que todos somos iguales era, y es, un mito. La India, la más grande democracia del mundo tiene sus infamantes castas. El Reino  Unido, una antigua democracia,  tiene su impenetrable  aristocracia y  su Oxbridge elite. Es un país donde el habla, por si sola, puede condenar a un parvenu al ostracismo .Pero es que además  no me refiero con ello a la tradicional e inevitable estratificación entre ricos y pobres. Ni siquiera entre blancos y negros. Lo importante es que entre gente de la misma raza y no gran diferencia económica existen diferencias de gustos y estilos que los mantienen aparte. Un “blue collar” (digamos un fontanero, oficio hoy raro y por ende, entre los mejores pagados  en USA)  vive al lado de un modesto empleado de banco (“white collar”)  en una barriada de clase media.   Ambos tienen más  o menos los mismos ingresos. Sin embargo Mrs. White (collar) le compra a su marido, por su cumpleaños,  las obras completa de Hemingway mientras que Mrs. Blue (collar) le compra al suyo un juego de herramientas de carpintero. Viven en la misma zona, ganan aproximadamente lo  mismo pero la educación, el lenguaje que hablan y sus gustos son tan diferentes que nunca podrán ser iguales. Mr. y Mrs. White  pueden que sean unos cursis pero esa es otra historia.

En cuanto a las clases altas (altísimas) hay diferencia entre” old  money” (dinero heredado) y “new money” (dinero ganado). Un Rockefeller no puede ser amigo de un Bill Gates.  Podrán sentarse juntos en banquete  a 10,000 dólares  el plato para recaudar fondos a fines benéficos, intercambiar chistes, etcétera pero cuando llegue la hora de reunirse con sus amigo Rockefeller buscará a gente de su propio círculo. (En España la comparación seria el duque del Infantado  y  Amancio Ortega).

Ríos de sangre se vertieron en las revoluciones americana y francesa. Ganaron para el hombre de la calle la liberty y la liberte. ¿Pero la  equality y la  egalite?  Eso es harina de otro costal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAS SOBRE CERNUDA

Luis Cernuda

Luis Cernuda

 

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

Como es sabido en 2013 se cumplieron cincuenta años desde el fallecimiento en Méjico del  ilustre poeta sevillano. Un amigo,  sabedor de que tuve la ocasión de intervenir en un episodio concerniente a él con posterioridad a su muerte,  me ha insistido en que lo cuente y después de pensarlo un  poco he decidido a hacerlo con la salvedad de que tendré que ocultar nombres para no herir la intimidad de  los principales actores  en este relato, quienes, que yo sepa, aún viven.

En  1964 después de haber terminado (por segunda vez) la carrera de derecho y cumplido con todos los trámites burocráticos empecé a ejercer como abogado en esta ciudad de Dallas (Texas). Un día recibió una carta de España, acontecimiento éste que me llenaba de alegría pues casi siempre era de la familia o amigos. Esta vez se trataba de un amigo, un colega además, abogado de mi familia. Me contaba en ella que un su cliente era el heredero universal de Luis Cernuda, que había fallecido el año anterior, en Méjico.

Yo sabía muy poco de Luis Cernuda. Sabía que era poeta de fama, que era de Sevilla, pero no sabía si vivía,  o, si vivía, donde vivía. Había leído poco de él y sobre él. Cernuda, como tantos otros escritores e intelectuales que se exiliaron durante (como fue el caso de Cernuda) o a la terminación de la guerra era, en aquellas fechas, uno  de los “malditos” del régimen, de los que se hablaba y escribía poco. Sabía, por mi mujer, que había vivido y trabajado  en Escocia y en Inglaterra e incluso teníamos en casa una foto en la que aparecía él con el cuadro de profesores del Instituto Español de Londres y un grupo de alumnos, entre ellos la que más tarde vendría a ser mi mujer, que asistía  a un cursillo de cultura española. Esto era en 1946. Tengo que decir, como algo curioso, que este Instituto Español, fundado  en 1944 por Juan Negrín, el último jefe del gobierno de la Republica le hacía la competencia, con ventaja, al Instituto de España, que, fundado en el mismo 1946 por otro poeta, Leopoldo Panero,  era el que representaba al régimen de Franco.

Me decía en su carta mi amigo y colega que Luis Cernuda  había fallecido en Coyoacán, un distrito autónomo dentro de la capital de Méjico con fecha  5 de Noviembre de 1963. Que estaba soltero y no tenía hijos. Que había muerto sin testar y que según la legislación española en aquellas fechas, el caudal hereditario iría a las manos de un sobrino. También que, aparte de libros y papeles  Cernuda había dejado una cuenta de ahorros en un banco en Santa Mónica, California, donde el poeta había vivido hasta desplazarse a Méjico. Mi amigo y abogado del heredero, me mando una fotocopia de la cartilla de ahorros  y otra de la partida de defunción del poeta.   El heredero reclamaba el saldo de dicha cuenta más los libros y papeles y su abogado me pedía le ayudara a conseguirlo.  Acepté el encargo. Yo barruntaba que la cuenta no tendría que tener mucho dinero pues nunca había oído que un poeta se pusiera rico con sus versos. Así es  que por ese lado el caso no era para entusiasmarse. Pero  había el tema de sus libros y papeles. Tomar posesión, siquiera temporalmente de tales libros y papeles y, posiblemente, de originales,  era otra cosa.

Lo primero que hice fue dirigirme al banco, también situado en Santa Mónica, y manifestarle que Luis Cernuda había fallecido en Méjico y que en nombre de mi cliente, el heredero universal de Luís, reclamaba el importe de una cuenta de ahorros en tal banco, evitando, a ser posible, la necesidad de acudir a los tribunales. El Banco me contestó que, efectivamente  existía tal cuenta de ahorros en el nombre de Cernuda, pero que el poeta  había designado a un señor como beneficiario de la misma. También me daba el nombre del tal beneficiario e instrucciones sobre cómo el tal beneficiario podría cobrar el saldo de la tal cuenta de ahorros. Extrañado, me apresure a informar a mi amigo el abogado sobre la existencia de un beneficiario de la dicha cuenta de ahorros. Resultó que mi amigo, y por supuesto su cliente (y “mío”) sabían de la existencia del tal beneficiario.  Para entonces el tal beneficiario, alertado por el banco, había cobrado  el importe de la cartilla, de lo que no tuve noticias sino muchos meses después, por el propio banco y confirmado, en cuanto a la fecha, por el propio beneficiario.

Llegaba pues la hora de dirigirme al beneficiario, del que ya tenía su dirección. Le escribí y le pedí me dijera cuando cobró el saldo de la cartilla de ahorros, que título o títulos tenia para haber sido designado como beneficiario, qué destino habían tenido los papeles de Luís, etcétera. Por último le invitaba, por mi conducto,  a dirimir sus diferencias con el heredero.

El beneficiario me contesto a vuelta de correo. Primero me daba una nota biográfica. Español, estudió y se doctoró en derecho por  la Universidad de Madrid. Entro por oposición en el ministerio de Asuntos Exteriores. Pero luego, como muchos otros abogados,  se desvió por la literatura. Becado, hizo un doctorado en lenguas y literaturas románicas en la universidad de Berkeley, California. Al tiempo de escribirme creo, aunque no estoy seguro, tenía un puesto de profesor (en la Facultad de Letras) en la Universidad de California en Los Ángeles. Después, entrando en materia, me explicó cómo había hecho gran amistad con Luis Cernuda, que, gracias a él, el poeta sevillano había conseguidos contratos (no explicaba que clase de “contratos”) por valor de unos treinta y cinco mil dólares, y que no tenía otro título que la voluntad del muerto. “Tanto trabajo (me decía) cuesta escribir xxxxxxx (aquí su propio nombre) como xxxxxxx” (aquí el nombre del heredero sevillano).

En cuanto a los libros y papeles me dijo que había que distinguir entre los que Cernuda les había donado personalmente y los que había depositado en un almacén a entregar al depositante, el propio Cernuda o a  quien estuviera facultado para ello, o sea el propio beneficiario, que poseía un poder ad hoc otorgado por el poeta. Según me explicaba él había entrado en posesión de tales papeles y no estaba dispuesto a renunciar a los mismos. En  esto había cambiado de opinión después de cierta agria correspondencia que se había cruzado con el heredero y a la que no tuve acceso.

Después de esta carta me puse a pensar. Aquí había un problema agudo. Según las leyes de California el beneficiario tenía pleno derecho a cobrar los ahorros de Cernuda. Por otra parte, según la legislación española había un único y universal heredero abintestato.  Dicha legislación era la aplicable puesto que Cernuda, al no haber renunciado a su nacionalidad española, estaba sujeto al derecho español. Es decir estábamos frente a un espinoso problema de derecho internacional privado, un conflicto de leyes Yo era abogado en Texas, y en asuntos que tocaran a leyes federales podía ejercer libremente en toda la nación. Pero este era un asunto totalmente regido por las leyes del estado de California. Para yo poder ejercer en California tendría que darme de alta como tal abogado en tal  estado de California, previo a presentarme y aprobar el examen de reválida del Derecho de California tal y como yo había tenido que hacer en Texas.  Suponiendo que tal hiciera y consiguiera tendría que viajar con cierta frecuencia a California, que no está precisamente a la vuelta de la esquina. No hay más que mirar en el mapa. Había sin embargo un remedio. Podría buscarme un abogado en California quien, previo pago de honorarios a convenir, se prestara a firmar los escritos y formularios que fuera necesario presentar ante el juzgado correspondiente y estar presente cada vez que yo compareciera frente al juez de la jurisdicción. La otra alternativa seria contratar a un abogado californiano y que él se encargara totalmente del asunto. En cualquiera de tales alternativas, el importe de la reclamación era tan modesto, menos de seis mil dólares,  que los gastos a originar superarían con creces lo que se pudiera cobrar, si se cobraba.

Pero sobre todo aquí había una cuestión moral. Como me dijo el beneficiario, había la voluntad del muerto. Cernuda prefirió dejar dineros y papeles a un extraño en vez de a un sobrino, a quien no conocía, o a algún amigo. ¿Pero tenía amigos Cernuda? Si los tuvo no parece que retuvieran su amistad. Desde luego en Sevilla no los tenía. En realidad, una vez que dejó Sevilla, y antes de la guerra, cuando pudo,  nunca volvió a ella, a pesar de tener allí a dos hermanas. En sus años de Madrid, antes de la guerra, conoció a muchos literatos y artistas. De la generación del 98, conoció a muchos de sus miembros. De Ortega, que le abrió las páginas de su Revista de Occidente no tuvo nada positivo que decir. Lo mismo tenemos que decir de los poetas, tantos los que le precedían en edad, como Salinas y J.R. Jiménez, como los de su generación. A quien no desdeñaba, por conducirse como “burgueses”, caso de Salinas y Guillén, tildaba de “señorito”,  caso de Lorca. Con Salinas fue ingrato. No le perdonó que hiciera reparos a su primera obra, “Perfil del Aire”. Y sin embargo, fue Salinas quien le descubrió y alentó como poeta en sus años de estudiante en la Universidad de Sevilla, quien le recomendó a Altolaguirre para que le publicara su citada primera obra, y quien le buscó un lectorado en Toulouse. No obstante, hubo dos mujeres, Concha Albornoz y otra Concha, Concha Méndez, a quienes, al parecer guardaba algún afecto.  Pero tampoco se acordó de ellas al tiempo de abrir la cuenta de ahorros en Santa  Mónica. Y sin embargo, Concha Albornoz le busco un empleo como secretario de su padre, el embajador Álvaro de Albornoz, en Paris, a principios de la guerra, y fue ella quien le sacó de Inglaterra, donde no se encontraba a gusto, y le ofreció una bien pagada plaza de profesor en un centro universitario de señoritas en Mount Holyoke, en EE.UU. El mismo reconoció que nunca se había encontrado tan desahogado hasta que obtuvo este profesorado. Y en cuanto a Concha Méndez, fueron amigos y vecinos en Madrid en 1931 y se alojó muchas veces en su casa en Méjico donde finalmente, viviendo en ella,  encontró la muerte.

A toro pasado es fácil hacer conjeturas.   Al parecer, su exilio en Escocia e Inglaterra fueron años  de penuria. Pero después, a partir de Septiembre 1947 vivió y trabajó durante cinco años seguidos en los Estados Unidos, y después durante varias temporadas en cursos aislados (en California)donde tendría que estar bien remunerado.  A menos que fuera un manirroto un hombre sin una familia a quien mantener  debería haber reunido algo más de seis mil dólares que podría haber tenido en algún banco diferente del de la cuenta en Santa Mónica. Según el beneficiario ciertos “contratos” le habían devengado treinta y cinco mil dólares.  Cabe la posibilidad, pues,  de que se hubiera acordado de estas  dos mujeres o de cualquier otra persona antes de su fallecimiento.  Pero en fin, en  1964, muchos años  antes de documentarme sobre la vida y obras del poeta,  yo  no tenía más elementos de juicio a los que atenerme sino los que tenía a la vista. El caso es que algo vio Cernuda en el beneficiario que le indujo a mostrarle su agradecimiento.

Me dirigí pues al abogado en Sevilla poniéndole en antecedentes de todas estas dudas y problemas. Mi compañero, inteligente, advirtió  al reclamante las dificultades del caso y este, también inteligente,  se avino a desistir, lo que así me lo comunicó mi compañero.

Para concluir,  me dirigí al beneficiario contándole que el heredero sevillano se avenía a no impugnar sus derechos y  ya en un terreno personal y confidencial le manifesté que mi mayor  interés habría sido, caso de prevalecer el heredero sevillano, entrar en posesión de los libros y papeles, sobre todo , los inéditos, si los hubiera habido. El beneficiario me contesto y me dijo que Cernuda no dejo nada inédito  y que no había escrito ninguna prosa sino la contenida en el segundo tomo de “Poesía y Literatura” publicado poco antes por Seix Barral, en Barcelona. En cuanto a poesía- me informaba- el último poema escrito por Cernuda fue el titulado “A sus  paisanos”, escrito en San Francisco el 7 de Febrero de 1962, como publicó el dicho beneficiario en un artículo que había publicado recientemente en Ínsula.

Concluía  con otras consideraciones de orden personal que no vienen al caso para esta historia.

Así terminó este episodio que no he hecho público en cincuenta años.  Mi colega sevillano se interesó por mis honorarios y gastos incurridos por mí.  Los gastos eran mínimos, solo un par de conferencias telefónicas a California. Decliné cobrarlos como también decliné percibir honorarios. El frustrado heredero  me obsequió con una estupenda billetera de piel. Si mal no recuerdo provenía de una elegante tienda en la sevillana calle Cuna, “Luque”, creo que se llamaba.

 

 

 

 

 

 

 

PERSONAJES Y PERSONAJILLOS

Marlene Dietrich

Marlene Dietrich

 

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

Yo he vivido en Dallas (Texas), fundada en 1856,  más  de un tercio de su existencia. En estos más de cincuenta años he tenido la oportunidad de ver, oír y a veces tratar a numerosas personas  foráneas o del país,  de diverso pelaje, y  buena o mala fama y disposición. La mayoría pasaron a mejor vida. Corrigiendo a Bécquer, ¡Dios mío, que solo se quedan los vivosļ

 Cuando yo llegué aquí, en 1958, portando una beca de graduado para cursar  estudios de derecho comparado,  estudios que solo dos  años antes había también cursado en la misma Universidad mi amigo e ilustre poeta y novelista sevillano Aquilino Duque, Dallas no era precisamente el ombligo del mundo.   Aquí no venía nadie de fuera. Las cosas cambiarían en 1963, a raíz del asesinato del presidente Kennedy, lo que, tristemente, contribuyó a poner  a Dallas en el mapa.

No obstante, alguien  venía. Poco  después de mi llegada pude gozar con la presencia y actuación  de dos estrellas, una en pleno ascenso, la otra en los comienzos de su declive. Oí (e incluso saludé en su camerino) a María Callas

Maria Callas

Maria Callas

en su debut americano de la ópera “Medea”, un éxito sensacional. La Callas arrastraba consigo una vida de escándalos profesionales que luego llegarían a ser personales cuando abandonando a su marido se emparejó con el mega billonario  griego Aristóteles Onassis, quien luego la substituiría   con Jacqueline, la viuda del presidente Kennedy. La otra estrella, la bella Marlene Dietrich , de  voz cálida, subyugante y unas deslumbrantes piernas  había sido  un verdadero mito del cine. Verla en persona fue una experiencia inolvidable.

Y mentando la opera por aquí recaló un cantante madrileño de segunda o tercera fila que había emigrado de la zarzuela (entonces en total decadencia) a la ópera. No tenía mala voz y ello le proporciono la oportunidad de cantar  no solo en España sino en el extranjero. Había reunido unos ahorrillos que había invertidos en un taxi. Era hombre bueno, dicharachero,  de pocas letras. “Oh, aquel Paternon,” refiriéndose a una visita a la Acrópolis después de cantar  en Atenas lo que él llamaba “un Nabuco”.

La primera personalidad española que pude conocer y tratar fue Blas Piñar, fundador en la transición (quizás un poco antes) de “Fuerza Nueva” un partido político disconforme con la democracia. Cuando yo le conocí, a poco de yo llegar aquí, era director del Instituto de Cultura Hispánica del que luego sería defenestrado.  Le trate  poco, pero recuerdo como su mirada ardiente  denotaba ya  el fuego ultraderechista que le consumía.

También pude conocer a varios políticos americanos en aquellos primeros años. Fue durante la campaña presidencial de John F Kennedy para su segunda vuelta en la Casa Blanca.  Conocí a algunos de sus fieles o conmilitones: Adlai Stevenson,  Lyndon B Johnson, que luego sucedería a Kennedy a raíz del magnicidio, y Harry S. Truman, que sucedió al General Eisenhower en la Casa Blanca y resolvió afirmativamente  el terrible dilema de si mandar arrojar la bomba atómica sobre Japón  o no. Truman, liberal antifranquista, había tenido mala prensa (falangista) en España  en sus tiempos de presidente. Por curiosidad fui a escucharlo. Era un hombre más bien bajo, de apariencia vulgar. Pero eso era solo la fachada. Tenía una voz poderosa y convincente.  Nó, no  era el alfeñique de las corbatas “Truman” que nos habían pintado los acerbos editoriales de la prensa del “Movimiento”.

Y por supuesto, poco después, desde  una acera en una calle del centro de Dallas  y a escasos metros vi a pasar en un coche abierto, al candidato, John F. Kennedy, y su esposa Jacqueline,  jóvenes, sonrientes, llenos de vida en su camino hacia la muerte. Véanse mis recuerdos sobre este triste episodio en este blog (Eugenio Cazorla’s blog, en Google, o  http://Eugenio Cazorla.com/blog) bajo el título “Fue un 22 de Noviembre”.

La opulenta Universidad de Texas en Austin (la  capital del estado) posee un Departamento de Español famoso en el país, con una biblioteca riquísima. Por allí han desfilado numerosas personalidades del mundo literario español e hispanoamericano. A poco del asesinato de Kennedy, en enero o febrero de 1964,  tuve la oportunidad de conocer a Ricardo Gullón, eminente crítico de la obra de Juan Ramón Jiménez, en la propia Austin. Almorzamos juntos. Por aquellas fechas barría las cifras de venta la novela de José M. Gironella “Los Cipreses Creen en Dios”. Su traducción en los EE.UU tuvo un éxito clamoroso, en parte debido a haber sido apadrinada por varios círculos católicos. Como le preguntara que opinaba de la novela me respondió tajante “Es un  bodrio”. “Pero don Ricardo, es Premio Nacional de Literatura”. “Nada, es un bodrio”. Aquello me impresionó.

No sé si fue la curiosidad pero el caso es que mucha gente empezó a venir a Dallas, que ya “estaba” en el mapa. Fueron muchas las personalidades españolas (y algunas extranjeras)  a las que pude conocer: políticos, escritores, arquitectos, artistas, aristócratas (reales o ficticios), periodistas, diplomáticos y hasta la realeza.

Sin duda alguna el político español más importante que visito Dallas fue don Manuel Fraga Iribarne. Yo le trate dos veces, una en Dallas y la otra en San Antonio, ambas siendo ministro de Información y Turismo, en 1964 y 1966. Doy las detalles de este conocimiento en mi citado  blog  en un artículo publicado  a raíz de su fallecimiento. Solo apunto ahora a su descripción, una vez que le puse en antecedentes,  de la ultraderechista Dallas, en noviembre de 1963, como “una Pamplona protestante”.  

Ya después de la transición el gobierno de Euskadi envió aquí una delegación de su departamento de Turismo y Cultura que nos obsequiaron con un espléndido banquete y una proliferación de suntuosos folletos repletos de literatura nacionalista. El delegado de Cultura, un tal Joseba Aguirre dio una conferencia sobre el País Vasco y amparándose en la ignorancia del público americano que aguantaba su deplorable inglés tuvo la desfachatez de anunciar que Euskadi era un país “situado” entre España y Francia. 

Muchos años más tarde conocí a Francisco Camps, presidente de la comunidad valenciana. Eso fue antes de la tragicomedia de los “tres tristes trajes”. 

Escritores conocí a muchos: Julián Marías, Jorge Guillen, Juan Marichal (después de comprar en Méjico las Memorias de Azaña que él editó y que andaban prohibidas en España), Felix Grande, el mejicano Carlos Fuentes, etcétera.  Uno que no me cayó bien fue el argentino Jorge Luis Borges. Me pareció un hombre frio, indiferente, pagado de sí mismo. También conocí a Pablo Beltrán de Heredia, ya retirado como profesor en la Universidad de Texas en Austin, reuniéndome con él en Dallas y en su Santander. Sin embargo no pude conocer al famoso poeta y ex falangista  Dionisio Ridruejo, que también fue profesor de la citada institución en Austin. Y hablando de falangistas conocí y  traté a un vieja guardia y miembro de la Junta Política de Falange Española, amigo de su fundador José Antonio Primo de Rivera. Me refiero a José Sainz Nothnagel, que después de hacer  la guerra y vivir  parte de la posguerra en España se retiró de la política y ancló en Dallas, donde murió. Una completa semblanza de este personaje puede también encontrarse en mi citado blog. 

En Nueva York conocí al famoso bailarín “Antonio”, que con su pareja “Rosario” habían formado parte de la “troupe” de Carmen Amaya,  y en Dallas a otro bailarín, José “Greco”, que yo suponía español hasta que me confesó que había nacido y se había criado en Brooklyn, Nueva York.

Hubo también un  escritor que también visitó Dallas, invitado por el Departamento de Estado de USA a raíz de haber recibido el premio  Nadal por su novela “El Cuajarón (1971). Esta fue una visita emotiva porque  el autor fue mi entrañable amigo y compañero en la Facultad de Derecho de Sevilla José María Requena, poeta, periodista y escritor. De él guardo unas letrillas que dice: 

                                                     “Aquel que nunca fué ”cosa”

                                                       Y de pronto cosa le hacen

                                                       Desde que le han hecho cosa

                                                        ¡Jesús, cuantas “cosas”  haceļ 

Al cumplirse los diez años del asesinato de Kennedy, en 1973 un equipo de Radio Televisión Española vino a Dallas a hacer un reportaje sobre el asesinato. Me encontraron y pidieron que les ayudara, a lo que no tuve ningún inconveniente. Hicieron muchas tomas y yo les organicé entrevistas con abogados fiscales y defensores y algunos testigos en el caso contra  Jack Ruby, presunto asesino de Lee Harvey Oswald, a su vez presunto asesino del presidente.  Cuando terminaron, Mariñas, que era el jefe del grupo me pidió le presentara un español “atípico” a quien entrevistar como colofón de la visita. Yo le presente a José Rodríguez, un gallego afilador de cuchillos  que recorría  algunos barrios de la ciudad empujando su rueda medieval, algo que me llevaba a mi niñez en Sevilla. Mariñas quedo encantado. La entrevista terminó de forma jocosa pues habiendo pedido Mariñas que enviara un mensaje a los varios millones de oyentes que le escucharían (la entrevista se estaba grabando) no se le ocurrió, en pleno régimen franquista,  sino gritar ¡Viva la Republica! Todo esto lo publiqué en el Diario de Sevilla en Noviembre de 2012  bajo el título “Se le había parado el reloj”. 

Tuve  también la oportunidad de conocer a la Infanta Pilar y, más tarde, a nuestros reyes siendo José M.  Aznar  presidente del Gobierno. Venían acompañados del por entonces ministro de Estado  Josep Piqué. El motivo de la visita fué la inauguración del nuevo edificio del importante museo Meadows, que alberga una estupenda colección de arte español. Les acompañaba también el arquitecto Santiago Calatrava, hombre popular en Dallas, que tiene una pieza escultórica en dicho museo y ha diseñado dos puentes sobre nuestro mini-Manzanares, el rio Trinity, uno de ellos ya abierto al tráfico. 

Del cuerpo diplomático he conocido en tantos años a infinidad de embajadores, cónsules, vice-cónsules, agregados de lo uno y de lo otro con varia fortuna. Guardo especial recuerdo de Ricardo Martín-Fluxá, cónsul en Houston (Texas) quien me ayudó a recuperar mi nacionalidad española y del embajador de España en Washington,  Antonio Oyarzábal que quedó impresionado cuando le dije que sabía dónde. cuando y como murieron sus padres. [Su padre era diplomático en la embajada española en Berlín. En las Navidades de 1944 acompañado de su esposa viajó en tren desde Berlín hacia España. Atravesando Francia una escuadrilla de la RAF bombardeó el tren y terminó con las vidas del diplomático Oyarzabal y su esposa. Me enteré leyendo las memorias  (“Berlín Diaries”)  de la Princesa  Marie Vassilchikov  una rusa “blanca” que vivía en Berlín y era amiga de los Oyarzabal]. 

En los años ochenta hubo une exposición monográfica dedicada a El Greco en el Museo de Bellas Artes de Dallas. Con este motivo vino a Dallas el actual duque de Medinaceli, entonces duque de Segorbe, quien  había prestado al museo algunos de los Grecos de su anciana casa ducal. Coincidimos en una fiesta y como le preguntara que opinaba de  los actuales  Borbones me contestó: “Son unos advenedizos”. 

Ha conocido a muchas otros personajes y personajillos  pero mencionarlos a todas haría este relato interminable.  

Dallas sigue sin ser el ombligo del mundo (ningún Papa se ha acercado por aquí, aunque sí la reina de Inglaterra y su ministra Margaret Thatcher)   pero el  caso es que por una cosa o por otra (ha producido en los últimos treinta años tres premios Nobel, de los que dos aún viven y trabajan aquí en biología y bioquímica) ya todos saben dónde está y yo estoy aquí para contarlo.

 

 

  

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR….

 DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CESÁR……..

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

Hace cien años, en 1913, un ajuste (“amendment”) de la Constitución de los Estados Unidos creó el impuesto sobre la renta siguiendo el voto favorable del congreso y de los estados,  que autorizaban la imposición de  un tributo  sobre los ingresos, cualesquiera que fuera su origen,  de  ciudadanos y residentes. El centenario ha pasado desapercibido. Es natural, los duelos no se festejan. 

Previo a la incorporación de tal precepto las arcas federales se nutrían de los ingresos que proporcionaban las tarifas aduaneras y tributos especiales sobre algunos artículos, particularmente alcohol y tabaco. Aún sin contar con el fruto del trabajo de sus ciudadanos los Estados Unidos no dejaron de progresar. Entre otras cosas crearon una marina de guerra que liquidó de mala muerte a   los restos de nuestro imperio (1898). Evidentemente los yanquis bebían y fumaban a destajo. 

Recién llegado a este país pude notar que en algunas de las carreteras en construcción o reparación aparecía un mensaje dirigido al viajero en el que se anunciaba que la tal carretera se construía o reparaba gracias al dinero que pagaba el propio viajero, como contribuyente. (Este mensaje lo he visto luego en España, copiado, como todo,  por supuesto). El mensaje me impresionó. Podía colegir que las arcas federales (el circuito nacional de carreteras es en gran  parte federal) estaban repletas. Comparaba yo esto  con la situación en España en aquellos tiempos. Aquellas carreteras miserables. Como abogado en Sevilla, en donde  ejercí como tal durante diez años, mis impuestos eran minúsculos. Todos los años Hacienda designaba a tres síndicos, miembros del Colegio de Abogados, quienes a ojo de buen cubero calculaban los ingresos profesionales de los 400 y pico de colegiados. Estoy hablando de los años cincuenta.  Exceptuando  tres o cuatros eminencias del foro la inmensa mayoría de los profesionales de aquel colegio no tenían sino un modesto pasar. Su contribución a la hacienda nacional no daba  ciertamente para algo como las  autopistas tejanas; si acaso, para una vereda de cabras. Por cierto, y antes que se me olvide,  hubo un año en el que los tres síndicos colocaron  a un compañero que alardeaba de sus ganancias en la categoría mas alta, donde  pagaría la cuota máxima. “A este a la 12, por bocazas”, acordaron. Por la boca muere el pez. 

Tenía yo un amigo en Dallas, ya fallecido,  que solía decir que solo había dos cosas a temer: el cáncer y que lo empitonara a uno el IRS (Internal Revenue Service, la agencia federal tributaria). El cáncer ha perdido virulencia. Pero el IRS sigue robusto, vivo y coleando.  El IRS era  temible. No se casaba con nadie. Las deducciones son, a veces, materia a debatir. Todos tenemos derecho a soñar. Otras son justas, legítimas e indiscutibles.  Tenía yo otro amigo, también muerto, (Dios mío, que solo se quedan los vivos) que como tenía nueve hijos hizo las correspondientes deducciones. Un  día se vio sorprendido con la visita de un agente del IRS. Quería comprobar si tenía nueve hijos. Llegó a contar las literas donde dormían. Pero no declarar ingresos o evadir los impuestos, eso es harina de otro costal.   Aquí en Texas,   el ciudadano está especialmente protegido contra sus acreedores desde los tiempos de la frontera.  El acreedor de un tejano no podía embargarle ni su casa, ni su caballo, ni sus aperos de labranza, ni sus armas de fuego (una).  Como en tantos otros aspectos Texas, que llego a ser una república independiente, era, y en parte lo sigue siendo, única comparada con el resto de la nación. El blindaje estatal  contra los acreedores sigue existiendo aunque  adaptado a los tiempos y exigencias modernas. La casa sigue exenta  aunque no por impagos hipotecarios.  El caballo es ahora el automóvil,  los aperos, el ordenador y el Remington de leyenda  es ahora el letal AK-47 . Llega el IRS sediento de dólares después del ajuste constitucional de 1913 y, señores y señoras, el IRS, un organismo federal,   no entiende de barcos, Texas o no Texas. El IRS, si no se le paga lo suyo se lo lleva todo y lo deja a uno como a el gallo de Morón. Y si ha defraudado al fisco u ocultado ingresos lo mete a uno  en la cárcel. Tan temible y temido es el IRS que el presidente Nixon, en su particular paranoia, se fabricó una “enemy list” y no se le ocurrió, para castigarlos, sino echarle los perros tributarios. 

Con el “descubrimiento”  de los llamados derechos humanos y presionados por el Congreso el IRS se ha humanizado algo. Se ha creado una Carta de los Derechos del Contribuyente. Se terminaron las visitas` domiciliarias, se acomodan a los morosos para que paguen a plazos, etcétera. 

Aun así, esta leyenda feroz hace que el IRS tenga pocos amigos. Algunos lo desafían y optan por no hacer la declaración u ocultan  ingresos. Otros  declaran a su manera. Hay quien el día 15 de Abril (fecha límite)  aparece a las 11 y pico de la noche  en la oficina recaudadora con un saco lleno de calderilla. Y como las leyes comerciales de este país dan como válido un talón escrito sobre cualquier materia o sustancia además de papel (madera, tejido, etcétera) un contribuyente apareció un año en  la tal oficina y cumplió con la ley pagando su impuesto con una cantidad escrita sobre la tapa de madera de un inodoro. 

Hay quien  pregona la bonanza de pagar impuestos, siguiendo el “dictum” de un famoso juez, Oliver W. Holmes quien dijo que “pagar los impuestos es lo que nos hace civilizados”. (Frase por cierto esculpida en bronce en las puertas del IRS en Washington, D.C.).  El que en este sentido ha ganado fama estos días es  el billonario  Warren Buffet, uno de  los hombres más ricos del mundo, quien lamenta el hecho de que, gracias a las  deducciones y exenciones (legales) que originan sus inversiones,   paga proporcionalmente  menos impuestos  que su secretaria. Y no está solo. Le acompañan los más de 300,000 vecinos de la ciudad de Nueva York que declaran ingresos como millonarios.

PARA QUE SIRVE UN TITULO UNIVERSITARIO

 

PARA QUE SIRVE UN TÍTULO UNIVERSITARIO

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

 

El comunismo tuvo un profeta, Karl  Marx y un “santo”, Lenin, quien momificado y en una urna se venera (o veneraba) en Moscú en olor de “santidad”  tal y como nuestro rey y patrón San Fernando en la catedral de Sevilla.  El capitalismo en USA (patria del sistema) también  tiene  sus “santos” (algunos más bien bandidos), a saber: Rockefeller (petróleo), Guggenheim (minas), Carnegie (acero), Ford (automóviles), Duke (tabaco), Gould (ferrocarriles) etcétera. Con el tiempo todos ellos se avergonzaron  de sus riquezas y haciendo acto de contrición las invirtieron en crear fundaciones, museos y hasta una universidad, (Duke) para solaz de la humanidad. En nuestros días la revolución electrónica ha creado  héroes, que no santos: Gates (Microsoft),  Zuckerberg (Facebook) Dorsey (Twitter), Dell (Dell). Pero uno de ellos, Jobs (Apple) murió en olor de santidad y está hoy en los altares del capitalismo cibernético. Hay algunas diferencias entre los antiguos y los nuevos santos y héroes.  Los primeros procedían, casi todos, de la clase obrera. Estaban  sedientos de riqueza. Los nuevos son, casi  todos, “hijos de papa” y han buscado  no hacerse billonarios (aunque algunos han terminado siéndolo) sino investigar y  crear algo nuevo para su propia satisfacción y, eventualmente, la del prójimo. Para ellos, triunfar en la vida no significa  acumular riquezas. Para ellos, triunfar en una  profesión, no en el comercio o la industria supone sumar originalidad a la ambición para así escalar a un nivel de excelencia difícilmente superable. A los nombres citados podemos añadir el del famoso arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959) a quien el American Institute of Architects calificó en 1991 como el “más grande arquitecto de todos los tiempos”. Todos ellos, absolutamente todos,  tan diferentes, tienen algo en común: jamás pisaron una universidad, y, si la pisaron, salieron de ellas sin un título.

Que un título universitario no ha sido ni es garantía de éxito en el porvenir de una persona  es algo antiguo y bien conocido. Los ejemplos arriba citados son casos extraordinarios. En España podríamos citar a Amancio  Ortega, uno de los hombres más ricos del mundo y al “ultimo pirata del Mediterráneo”, Juan March. Todos  sus conocimientos se reducían a leer y escribir y a  las cuatro reglas. ¡Pero qué bien las aprendieron! Pero en fin,  no hace falta ser un Rockefeller o un March para vivir bien y hasta muy bien, sin un título universitario.

 Al terminar la última guerra mundial millones de ex-soldados de los EE.UU., provistos de las becas “GI bills” ingresaron  masivamente en  la universidad. Eran los años cincuenta. Las universidades tuvieron un crecimiento esplendoroso. Surgió entonces una clara divisoria entre la clase obrera y la clase  universitaria.  La clase obrera, no obstante,  se desenvolvía bien. Las industrias basicas del país, fabricación de acero y automóviles, minas de carbón, astilleros, etcetera, proporcionaban abundante trabajo y buenos  salarios. Eventualmente, sin embargo,  una concienciación de clase despertó en estos obreros un deseo de progresar, pasar del “cuello azul” al “blanco” Por otra parte las empresas empezaron a saturarse de egresados de la universidad con un grado de “Bachelor” (licenciatura) e incapaces de dar trabajo a todos comenzaron a exigir una titulación superior.  Así  nació el mítico “Master”, que llego a ser indispensable en muchos casos. Esto dio más impulso si cabe a lo que llegaron a convertirse en meras   fábricas de títulos universitarios. Nuevas facultades, como las de mercadotecnia (“Marketing”) Publicidad (“advertising”) y Administración de Empresas o Empresariales (“Business Administration”) profesionalizaron actividades que siempre habían existido  en el mundo de los negocios sin necesidad de titulación. En el mundo académico, por otra parte, no había (ni hay)  forma de conseguir un puesto en la enseñanza superior a menos de poseer un doctorado. Era, y lo sigue siendo,  una  sociedad de credenciales.  El gobierno federal ayudaba, y sigue ayudando,  a los que querían una educación universitaria concediéndoles préstamos con un largo plazo  de devolución pero a intereses casi leoninos. Para dar más oportunidades a los hijos de los obreros se crearon  en todas las grandes y medianas ciudades una especie de  mini-universidades, sostenidas por  impuestos locales  que ofrecían “carreritas cortas”, de dos años de duración en vez de los cuatro que requiere el titulo de “Bachelor”. Muchas empresas que antes requerían, cuando mucho, un grado de secundaria,  empezaron a exigir la titulación que expedían  estos County o Junior Collages para puesto tales como dependientes de comercios,  taquimecas, cajeros/as, mecánicos, etc. Surge la picaresca  y proliferan  “universidades” donde se expiden, a precios a veces exorbitantes, títulos a cualquier nivel con la simple aportación de “experiencia de trabajo”. Algunos funcionarios cuyo ascenso en el escalafón dependía de la posesión de un título académico  se apresuraban a comprarlos. Otros lo inventaban e incorporaban  a sus “resumes” (currículum  vitae).

En España la gloria que fue Salamanca, una de los cuatro focos de cultura en el renacimiento, cayó, con  unas pocas más,  en un obscurantismo de siglos y no fue hasta mediados del XIX cuando la universidad recupero algo del prestigio perdido. A mediados del siglo XX la enseñanza universitaria era elitista. No porque la matricula fuera exorbitante, que no lo era, sino porque la universidad, doce centros para todo el país, era algo para los “señoritos”. Pero en España se desconoce el término medio.  Lo que ocurrió con “la moral y las buenas costumbres” en tiempos de Franco, cuando los hombres no podían pasear por la playa en bañador,  para pasar con la democracia a las más cruda pornografía, ha sucedido con la enseñanza. Del elitismo universitario, donde para estudiar arquitectura había que irse a vivir a Madrid o a Barcelona,  y un monopolio profesional,  hemos pasado a 50 universidades públicas y 29 privadas, el mismo número que en el  Reino Unido, que tiene una población bastante mayor a la nuestra. Como en el caso de los aeropuertos fantasmas, se crearon  centros universitarios a tontas y a locas,  sin pensar si el mercado laboral podría absorber a tanto graduado. Vino la crisis y estamos viviendo el mayor paro intelectual de todos los tiempos.

Volviendo a los EE.UU. y coincidiendo con  la revolución digital de fines del XX las industrias básicas y con ellas los salarios pingues de la época desaparecieron y pasaron a las economías emergentes. Sus obreros han sido o pensionados o reeducados para otros menesteres, a menudo sin éxito. Muchas ocupaciones han desaparecidos. Otras son de nueva creación. Algunas herramientas de búsqueda e investigación han quedado obsoletas. Un  ejemplo. Yo soy (o era) orgulloso poseedor (y dueño) de uno de los tres  ejemplares de la monumental Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe, 80 pesados volúmenes más los tomos suplementarios, que existen en Dallas (Texas).   Los otros poseedores son  una universidad y una  biblioteca pública. Cuando quiero consultar algo ya no tengo que cargar con  un pesado tomo (dos quilos),  descifrar con la ayuda de una lupa el texto microscópico que me interesa y luego devolver  el  volumen o volúmenes a  la estantería. Todo un alarde muscular.  Para eso tengo mi ultra ligero IPad donde calibro a mi gusto el tamaño de la impresión y satisfago mi curiosidad en segundos.

Ha cambiado el mercado laboral. Ya no hay secretarias ni dictáfonos. Los ejecutivos escriben su propia carta  en sus  ordenadores. Los grandes bufetes ya no emplean a jóvenes abogados cuya única misión era bucear entre los millones de casos civiles o criminales en inmensas bibliotecas jurídicas  en busca de la rara decisión judicial que  encaje con el asunto que tienen entre manos. Tanto la biblioteca como el puesto del joven  abogado han desaparecido.  La respuesta la da  rápidamente un artefacto que no percibe ni  un respetable sueldo ni pagas extraordinarias, ni seguro médico ni bonificaciones de fin de año. La robotización  ha destruido empleos en todos los órdenes de actividades, desde la fabricación industrial hasta la misma cirugía.

En la última crisis económica en este país, ya casi superada, las empresas que despidieron a miles de trabajadores cuando la desocupación alcanzó el 10 % descubrieron que podían seguir funcionando con menos empleados. Tales empresas se han “acostumbrado” a este relativamente bajo nivel de empleo y pudiera ocurrir que el nivel normal de desempleo que en tiempos de bonanza había sido siempre  el 5% se convierta en un nivel “nuevo normal” del 7% sin detrimento para la economía. Por otra parte y a pesar del crecimiento demográfico, las cifras máximas de empleo en el sector manufacturero, alcanzadas en 1979, siguen sin ser superadas.

Entretanto las universidades siguen vomitando al mercado laboral miles de graduados que se encuentran con un incierto futuro.

A todo esto el lector se preguntará: bueno, muy bien, pero,   como anuncia el epígrafe del  articulo ¿para qué sirve un título universitario? Pues, dado el presente estado de cosas, para muy poco. El caso es que hay muchas empresas norteamericanas a las que ya no les interesa si el que solicita empleo posee un título universitario a cualquier nivel. Lo que la empresa hoy busca no son títulos ni  conocimientos teóricos sino qué es lo que el candidato puede ofrecer en términos de habilidades prácticas  o técnicas adquiridas en cualquier parte, no necesariamente en la universidad. Títulos tales como maestrías en mercadotecnia, periodismo o empresariales van perdiendo utilidad.

En efecto, ¿para qué ir a la universidad? Antes de que existieran las universidades y existiendo, cuando su entrada a las mismas o era o costosa   o inaccesible por las  distancias, existían profesiones en los que los conocimientos que capacitaban para su ejercicio se adquirían siguiendo las enseñanzas prácticas de un veterano en la misma. No hay que remontarse a la antigüedad clásica, repleta de matemáticos, médicos y filósofos ni a la gloria que fué la Córdoba musulmana.  Cuando yo llegué a Dallas (1958) era posible conseguir la licencia para ejercer la abogacía con la simple certificación de un profesional que atestiguaba que el aspirante al ejercicio de la carrera había, tras años de aprendizaje, acumulado suficientes conocimientos para presentarse al “Bar exam” o examen de reválida de la carrera. Si aprobaba el examen, el profesional así preparado resultaba tan competente como el que se graduó de una facultad de Derecho. .  La “sociedad de credenciales”, no obstante,  liquidó una práctica  que, en parte,  vuelve a tener vigencia en nuestros días. Hoy el que quiera documentarse en cualquier ramo del conocimiento  no tiene más que enchufar su ordenador y conectar con el internet. Hay organizaciones que ofrecen cursos “on line”  en una miríada de disciplinas a precios razonables. Esto por lo que se refiere a conocimientos teóricos. Hay hoy muchas personas que apenas se gradúan de “high school” entran a trabajar y aprenden (vía ordenadores, por supuesto) multitud de cosas que les hacen aptos para desempeñar puestos de responsabilidad. Pero es que a veces ni siquiera hay que terminar la educación secundaria. Ahí tenemos el caso  Edward Snowden, el espía  que desveló al mundo los secretos de la inteligencia norteamericana. Después de trabajar primero con  la Agencia de Seguridad Nacional (NSA)  y luego con la CIA encontró trabajo con Booz Allen Hamilton, una compañía de consultores que presta al gobierno de los Estados Unidos servicios de seguridad en materia de defensa. Su sueldo en esa empresa, según la misma, era de $120,000 al año. Snowden manifestó a la prensa, una vez descubierto el escándalo, que su anterior patrono, la temida CIA le pagaba $200,000. Todo esto SIN HABER TERMINADO LA EDUCACION SECUNDARIA. (‘High School”).

Ante este panorama es obvio que una educación universitaria no tiene mucho futuro. La universidad no obstante, no desaparecerá. Volverá a ser cómo comenzó. En el medioevo era un islote cultural en un océano  de analfabetos. En el futuro, un islote cultural en un océano de especialistas. La “barbarie de la especialización”, que decía Ortega y Gasset. Alguien definió un especialista como alguien que sabe cada vez más y más sobre cada vez menos y menos. “El médico que solo sabe medicina, ni siquiera sabe medicina”, dijo otro de nuestros gigantes, Gregorio Marañón. La universidad, pues, quedará como un reducto minoritario de personas interesadas, mayormente, en las despreciadas Humanidades (Filosofía, Literatura, Economía, Lenguas Clásicas, Historia, etcétera) y otras disciplinas que en el sentir de algunos (mal informados) “no sirven para encontrar empleo”. Serían personas  interesadas en descubrir, si es posible, el “porqué” de las cosas e ideas en vez del “para qué”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FUE UN 22 DE NOVIEMBRE

John F. Kennedy

John F. Kennedy

Por Eugenio Cazorla Bermúdez

El día se presentó lluvioso. Pero para la legión de gentes que le admiraban era un día especial. John F. Kennedy visitaba  Dallas. El público se movilizó: algunas escuelas (las católicas) y algunas oficinas, y algunos talleres cerraron por varias horas para poder contemplar al presidente y a su bella esposa en su campaña electoral para un segundo trecho en la Casa Blanca.

Yo me encontraba a la sazón, ya terminada mi carrera de abogado ´´americano¨,(ya lo era español) haciendo  prácticas con una firma de abogados que tenía su bufete en un edificio justamente situado en la calle Main por donde desfilaría la cabalgata presidencial. Estábamos atentos a la radio que describía, con un fondo de gritos y aplausos,  el paso de la  caravana de camino hacia el lugar donde se le ofrecería al presidente Kennedy un banquete por su partido, fieles y algunas autoridades. Para entonces había escampado y gozábamos de un cielo azul y luminoso que debería abrillantar la jornada.

Cuando el locutor indicó que la cabalgata enfilaba la calle Main mis colegas , secretarias, algunos  clientes y por supuesto yo bajamos y en escasos minutos y a corta distancia, desde la acera, pudimos ver  a la pareja: joven, sonriente, satisfecha   ante el júbilo y demostraciones de afecto de la multitud. El, con un terno  azul, ella con un traje de lana  rosa, tocada con un sombrerito del mismo color. Nadie podía sospechar  que rodaban hacia  la muerte.

Nos alegraba ver tanta demostración de afecto por el público. Antes de ser elegido, la Casa Blanca había estado presidida durante décadas por hombres  ya caducos. Ver en la misma a uno joven, que  traía al país  aire fresco, nuevos horizontes, nuevas perspectivas, entusiasmaba a la gente de buena fe. Pero sabíamos que al lado de tanta admiración existía en la ciudad un siniestro clima de odio y resentimiento. John F. Kennedy era liberal, adverso a la segregación, iniciador de una campaña en pro de los derechos civiles. Sin ser pusilánime ante la amenaza soviética prefería olvidarse de las armas  nucleares y  buscar  una concordia. Era católico, pero había demostrado no ser un lacayo del Vaticano.

El “establishment” de la ciudad de Dallas, excepto contadas figuras, opinaba, no obstante. que Kennedy era la personificación del demonio. Lo consideraban como un  agente soviético, presto a rendirse al poderío ruso, como decían lo  había demostrado llegando a un entendimiento con la Unión Soviética  en vez de aplastar a  Cuba y sus misiles. La Dallas radical  veía una conspiración  comunista detrás de cualquier cosa que contradijera sus creencias: se resistía, en contra de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, a acabar con la segregación,  odiaba las Naciones Unidas, y  la política de contención en la “guerra fría”. Esta oposición  llegaba a extremos ridículos. Había un político que denunciaba a los vegetarianos por preferir una opción que consideraba  de inspiración comunista. Según él lo patriótico era comer carne de vaca tejana. La Dallas radical se oponía también a la iglesia católica, y  Kennedy, considerado un papista declarado,  amenazaba con poner  fin a  las libertades de Tejas.  Se predicaba contra la política del presidente y contra su misma persona en los pulpitos, en los editoriales del  Dallas Morning News , en las campañas políticas de la extrema derecha y  en los panfletos  de la John Birch Society (que, en su paranoia,  ya había calificado  a los presidentes Roosevelt, Truman y Eisenhower como agentes del Soviet). El estado de Tejas, en su conjunto,  lo había votado pero Dallas, que había votado por Nixon,   había  fracasado en cerrarle la puerta  a la casa Blanca. El resentimiento era general en tan influyente sector, en el que figuraban  entre otros,  personajes tan poderosos como el obispo W.A. Criswell,  líder de la Iglesia baptista más grande del mundo,    el senador republicano Bruce Alger, el general Edwin  Walker, Ted Dealy  editor y propietario del diario mas importante de Tejas,   The Dallas Morning News,  y el billonario (entonces el hombre más rico del mundo) H.L Hunt.

Unos días antes  un virulento  pasquín  circulaba  en Dallas y sus alrededores. Tenía el formato de aquellos pasquines del viejo Far West que veíamos en las películas,  donde se anunciaba  una recompensa por la captura de un cuatrero o, modernamente,  un gánster perseguido por el F.B.I.  Presentaba la foto del presidente de frente y de perfil y al pie la frase,  en gruesos caracteres, WANTED FOR TRAITOR  (Se busca por traidor) seguido por una serie de acusaciones tildándole de comunista, prevaricador, traidor, etc. etc. Y el mismo 22 de Noviembre  el Dallas Morning News publicaba  un mensaje que ocupaba toda una página en la que bajo una sarcástica bienvenida le hacia una serie de preguntas que encerraban acusaciones  similares a las del pasquín. Pero lo insólito del mensaje es que iba enmarcado por  una gruesa franja negra como  las que se utilizan  en las mortuorias de personas importantes.  Presentía una tragedia.

Y la tragedia tuvo lugar. Como en casos similares, da igual a quien se debió la autoría de la misma. En este caso fue un psicópata que sediento de fama y nombradía  discurrió que qué mejor medio de alcanzar notoriedad mundial que eliminar al hombre más poderoso del planeta. Tres disparos fue  todo lo que necesitó. Aunque efímera, consiguió la fama que buscaba. Infinidad de  teorías, en periódicos, revistas, libros  y hasta películas, surgieron  a posteriori encaminadas a analizar la conducta de Harvey L Oswald y tejer una tupida maraña sobre  siniestras  conspiraciones de todo tipo, cuantos proyectiles le alcanzaron, si Oswaldo actuó solo o acompañado.  Inútil ejercicio.  Nada importa  el cómo y el por qué.

Hubo recriminaciones y explicaciones, dolor y sentimiento, propósitos de enmienda, pero lo cierto es que  Dallas conservó durante muchos años la triste fama de ser una ciudad maldita. Ostentó un estigma del que tardo mucho tiempo en desprenderse. Entretanto miles de visitantes, llevados por una curiosidad malsana, afluyeron a una ciudad, antes casi desconocida y hoy, fatalmente,  puesta en el mapa.

La conmoción fue universal. Un muy querido amigo me escribió desde Santander: “Con la muerte de Juan todos hemos muerto un poco…….”

Mientras hacia la cola del autobús que me llevaría a casa aquella tarde de Noviembre de 1963  un  vientecillo  arremolinaba  por las calles desiertas páginas sueltas del perverso Dallas Morning News que en pronta edición recogían noticias del magnicidio. Un cielo rojo de ira  parecía como que condenase  a una ciudad que acababa de ser cómplice en un horror de época.

Así acabó la vida de un claro varón,  de un personaje de leyenda. Como en los inmortales versos de Jorge Manrique,

                                     “Dio el alma a quien se la dió

                                      El  cual la ponga  en el cielo en su gloria

                                      Que aunque la vida perdió

                                      Nos dejó harto consuelo su memoria”

 

 

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El Futuro de España

EL FUTURO DE ESPAÑA 

Hace varias noches en el programa de Televisión Española “El debate de la Una” tuve ocasión de ver y escuchar al líder de Ezquerra Republicana Oriol Junquera perorar en términos  nada histéricos sino comedidos y con modulada voz como ve él  la independencia de Cataluña. Sostenía y supongo sigue sosteniendo que la segregación catalana del resto de España sería  cosa normal y corriente y puso como ejemplo el caso de Kosovo .  la pendiente consulta escocesa y los intentos de Quebec. Hizo muchas apelaciones a la democracia, al dialogo  y ninguna a la realidad legal de la constitución nacional, que obliga a Cataluña. 

A mí esto de la intentona separatista de Cataluña me parece una catetada  y de un provincianismo atroz. La realidad futura mira hacia una mas intensa  integración europea. En pocos  años España y por supuesto Cataluña seguirán siendo una nación la primera y una autonomía la segunda pero sus habitantes pensaran y se sentirán ciudadanos  de un entre supranacional que dejaran los nacionalismos a un lado para concentrar sus esfuerzos en remar todos juntos  no como españoles y, por supuesto,  catalanes, sino como europeos. 

Hace varias semanas el New York Times publicó un artículo debido a las conjuntas plumas de Daniel Cohn-Bendit y Felix Marquardt. El primero es un eurodiputado por el Partido Verde. El segundo se dedica a las relaciones públicas. Ambos son fundadores de un grupo de opinión llamado Europeans Now (Europeos Ahora). Para los jóvenes o los flojos de memoria Daniel Cohn-Bendit alcanzo fama como unos de los líderes estudiantiles en la famosa revuelta parisina  de 1968 en la que crearon el mensaje de “Interdit  l’interdit”  o Prohibido Prohibir. 

Como lo creo  de interés me tome el trabajo de traducir tal artículo que  bajo el título “ The Fix for Europe: People Power” , que yo traduzco libremente como  LA CURACION DE EUROPA es como sigue: 

“En las elecciones europeas del próximo año tendremos que poner en claro que el concepto nación-estado como esencia y finalidad del buen gobernar, y que nuestros políticos guardan como su mejor secreto, se va rápidamente convirtiendo en una estructura política obsoleta. 

En Europa una nueva generación llega a la mayoría de edad con niveles de bienestar inferiores a los de sus padres. Está abocada a un dilema: o rápida integración o un lento camino hacia la irrelevancia. Y sin embargo el plan más ambicioso para afrontar tal peligroso dilema es hacer coincidir en la misma fecha las elecciones europeas en toda  la Unión Europea y que el presidente de la  Comisión Europea  sea elegido por votación popular.  No es esto precisamente  el  Big Bang  que Europa necesita. 

Ha llegado  la hora para un movimiento, masivamente financiado, de orden trasnacional, trasgeneracional, traspartisano,  y surgido desde las raíces (“grassroots”) que impulse la integración  europea a un nivel  superior. Y antes de crear un partido deberíamos considerar los éxitos europeos para concretar  cómo sería nuestra plataforma. Invitemos  a los finlandeses a que nos adiestren sobre educación, a los franceses sobre sanidad pública  a los alemanes sobre flexibilidad en el empleo, a los suecos sobre igualdad de género. 

En la actualidad los países europeos  se contentan con sus símbolos del Viejo Mundo. Nos envanecemos de nuestras gloriosas historias y bellos monumentos y atraemos un turismo mundial que admira nuestra cultura, modas y gastronomía. Pero nuestros símbolos del Viejo Mundo no salvarán a Europa. Puede que  salven  a Paris, Berlín,  Roma, Londres, como salvarían al valle del Loire, Bavaria, Toscana o el condado de Oxford. Sin embargo, al lado  de capitales llenas de museos e históricos lugares el resto de Europa sufre de crónico desempleo, mínimo crecimiento y  envejecimiento de la población. 

No es que nuestros políticos sean malévolos o incapaces de enfrentarse a un reto. Lo que ocurre es que no están preparados para penetrar en  el meollo de la realidad política de nuestros días. Es ingenuo suponer que políticos tradicionales elegidos para cuatro o cinco años  por un electorado doméstico sean capaces de enfrentarse con temas tales como la escasez de recursos, deforestación, crónico desempleo, el calentamiento de  la tierra, o  la disminución de la pesca, que son de naturaleza global y que requieren décadas para su resolución. Hoy las soluciones  tienen que ser trasnacionales ; en otro caso no serán soluciones en absoluto. 

Continuemos, por supuesto, apoyando a nuestras selecciones nacionales de futbol. Pero cesemos  de dejarnos embaucar por  políticos  que llevados de egolátricas visiones  creen que  el concepto nación-estado es aun el vehículo apropiado para crear la  política que nuestros tiempos requiere.  Lo que debemos hacer, y que ya presentimos, es darnos cuenta de que estamos en el umbral de una nueva era postnacional en la que los europeos podemos pasar  de ser remolones a ser líderes. Si no lo hacemos nos convertiremos en un estereotipo de USA, un país con los mejores hospitales pero con millones de sus ciudadanos que carecen de seguro de enfermedad, con una de las más adelantadas tecnologías en el mundo y muchos sin poder acceder a la misma, con renombradas universidades y generaciones retrógradas por aferrarse a una mezquina visión del mundo. 

Somos, lo que es extraño, los últimos que aun dudan de nuestro propio proyecto político. Nos quejamos de que Europa sea considerada como  algo abstracto por  sus ciudadanos y sin embargo aún estar sin aprobar las leyes que creen un pasaporte europeo digno de su nombre o el marco que permita a todo europeo a verdaderamente abrazar el proyecto de la Unión Europea. 

Hay un viejo adagio judío que dice: “Si tienes solo dos alternativas, escoge una tercera”. La cuestión no es substituir las geriatricracias  por las dictaduras de los jóvenes.  Este movimiento tiene que estar respaldado por todos aquellos que sin distinción de  edad estén de acuerdo en ceder el poder a la juventud si queremos  reducir la deuda con la que estamos gravando a  futuras generaciones. La juventud europea, digital de nacimiento, crece en la austeridad y está familiarizada con recortes presupuestarios. A diferencia de nuestros líderes está capacitada para  cambios rápidos y su instinto es utilizar creativos y eficientes métodos para conseguir sus objetivos. 

En Europa la política de cada nación se ocupa mucho  en especular como el mundo debería ser y muy poco en cómo lograr resultados tangibles. En vez de enzarzarnos en  rencillas sobre qué clase de política seria la preferida,   lo que necesitamos  es un esfuerzo paneuropeo que determine el mejor método europeo  a utilizar en cada sector y adoptarlo en todo el continente. ¿Qué es lo mejor que cada país hace? ¿Qué modelos de éxito pueden adoptarse? ¿Cómo podemos aprovechar la suma total de experiencias, recursos y soluciones  homologadas  de todas las naciones europeas? 

Europa no va  cambiar tras  las elecciones de 2014. Sólo cambiará si los políticos con mentalidad europea que resulten elegidos se ponen  de acuerdo en transferir el poder a genuinas  instituciones europeas. Necesitamos que nuestros  políticos sepan que ya no aceptamos sus arrebatos nacionalistas, ni que no compartimos su temor a terminar en la irrelevancia si conferimos a la  Comisión Europea y al Parlamento Europeo el poder que merecen. O canalizamos el poder y los ricos recursos de la red europea o dejamos que la marcha  de la globalización termine por ignorarnos. 

Y lo primero que tenemos que hacer es empezar a votar no como ciudadanos franceses, alemanes o griegos sino como ciudadanos europeos. 

Hasta aquí la traducción del artículo del New York Times. El mensaje es claro.  Si queremos vivir mejor y terminar con la angustia de la crisis y el desempleo y otros males tenemos que integrarnos profundamente en Europa y, entre otras cosas,   adoptar los sistemas y métodos en los hemos fracasado. Por ejemplo, arrinconemos nuestros criterios  en la enseñanza y adoptemos el modelo finlandés. Es una vergüenza que estemos a la cola de Europa en educación. Es una vergüenza que la Junta de Andalucía se niegue a publicar cuales son los mejores colegios y escuelas, de donde  salen los mejores estudiantes en Andalucia.  Se enaltece  la mediocridad, no le excelencia. 

Al lado de este futuro europeo los arrebatos nacionalistas catalanes me parecen una majadería. 

©Copyright 2013. Incluida la traducción)

eugeniocazorla@cs.com

 

NI MOROS NI JUDIOS

Conste que no soy un especialista en relaciones internacionales, ni un historiador ni un experto en Gibraltargibraltar. Lo que sigue está basado en datos reales que cualquiera puede verificar, un poco de imaginación y sentido común.
Para empezar no sé cómo se le ocurre a algunos pensar y hasta vociferar que Gran Bretaña nos ha robado un pedazo de España. No hay tal. La corona española y los políticos que la representaban acordaron por el Tratado de Utrecht (1713) ceder a la Gran Bretaña el Peñón a perpetuidad. Culpémonos, pues, por su perdida y no demonicemos a quien por su poderío sacó tajada en unas negociaciones en las que no éramos sino lacayos de Francia. Culpemos también a nuestra tradicional incompetencia el no haber podido recuperarlo a pesar de numerosos asedios. El dicho “plaza sitiada plaza tomada” no acertó en esta ocasión. Ni tampoco en el famoso asedio del Alcázar de Toledo, en nuestra guerra civil, que también fracasó por la incompetencia de los milicianos republicanos que intentaron tomarlo.

El caso es que Gibraltar permanece como una zona irredenta en la geografía española. Su recuperación es quizás la única cosa en que están de acuerdos todos los españoles (excepto los separatistas vasco-catalanes, a quienes este tema les importa un comino) sin distinción de credo político. Recuerdo que en Julio de 1942 mi padre y yo hicimos un viaje por mar de Cádiz a Barcelona. Tenía yo 17 años. Navegábamos en el “Ciudad de Palma”, un buque de la Transmediterránea. Por cierto que unos de los pasajeros era el famoso escritor y tocayo Eugenio D’Ors. Ya de noche, a la hora o así de zarpar de Cádiz estaba yo en la cubierta gozando de una deliciosa brisa y contemplando las estrellas en una noche oscurísima y silenciosa. De pronto noto que el buque pierde velocidad y finalmente se para. Oigo voces. Me aproximo a donde provienen y veo como a luz de unos focos varios militares suben por una escala hacia la cubierta. Que eran militares era fácil de apreciar por sus gorras de plato, correaje y pistola al cinco. Sin embargo era la primera vez, fuera de las películas, que veía militares con pantalón corto. Entonces supe que estábamos frente a Gibraltar y los militares, británicos, venían a inspeccionar carga y pasajeros. Sentí indignación.

Los expertos en el tema opinan que el Tratado de Utrecht ha sido violado por Gran Bretaña. Hay un ejemplo de incumplimiento que creo no se pondrá sobre el tapete. Cuando la plaza fue ocupada (1704) en el transcurso de la Guerra de Sucesión por un contingente anglo-holandés, los vecinos de Gibraltar huyeron y se asentaron en lo que hoy es San Roque (Cádiz). Al acordase el Tratado y a petición de España, el Reino Unido se comprometió a no sustituir la población que había evacuado el Peñón “ni por moros ni por judíos”. Lo cierto es que hoy viven en Gibraltar numerosos moros y judíos. ¿Pero, como va España a protestar si España está llena de moros y alberga a algunos judíos?

Entre otras cláusulas que se han infringido la más importante es la construcción del aeropuerto (1938) en el istmo que separa la península de la frontera con Gibraltar, en tierra española. Gran Bretaña construyo este aeropuerto aprovechándose de que estando España envuelta en una guerra civil, pensó, y estaba en lo cierto que España (cualquiera de las dos en la contienda) no estaba en condiciones para montar una protesta. Tenía otros problemas más urgentes.

Y como España es parte de la Unión Europea parece ser que se infringen determinados reglamentos europeos tales como aquellos que afectan al medio ambiental.

Las relaciones entre España y el Reino Unido se han venido deteriorando y últimamente ha habido quejas españolas contra determinados restricciones a los pescadores españoles, el contrabando, el blanqueo de dinero, etc.

¿Cuál es el futuro de Gibraltar? Para mí que Gibraltar será un día español. ¿Cuándo? Ni idea. ¿Cómo? Tampoco lo sé. Pero uno tiene imaginación y puede barajar con ciertos esquemas que darían las respuesta a cómo la recuperación podría producirse.

Hay, en primer lugar dos hechos fundamentales. El primero es que los “llanitos” como así llamamos a los habitantes de la plaza, no quieren ser españoles. Por tres veces, en 1967, 2002 y 2006 los llanitos han votado en este sentido. No por un desmedido amor a la metrópoli. Bien mirado, los llanitos son ciudadanos británicos de segunda clase. Excepto que son blancos, tienen el mismo “status”: que los indígenas de las islas Pitcairn en el Pacifico o los de las Islas Vírgenes en el Caribe. La inmensa mayoría jamás han visitado el Reino Unido, ni tienen parientes en el mismo. Para ellos la metrópoli es una entelequia. Los llanitos no quieren ser españoles porque España no puede darles el mismo nivel de bienestar al que están acostumbrados. En tiempos de Franco alegaban la falta de libertad. Hoy el tema que predomina es la economía. Gibraltar es próspera y siempre lo ha sido. Temen perder esa prosperidad.

Otro factor es que Gran Bretaña ha perdido interés en conservar Gibraltar. Ha perdido su imperio. La Royal Navy ya no domina los mares. Por diversos factores geopoliticomilitares Gibraltar yo no es para el Reino Unido “la llave del mediterráneo”. Es más, Gibraltar ya no es su colonia. En 2006 Gibraltar se dio a sí misma una Constitución y se convirtió en una región autónoma con sus propio gobierno, policía, tributos, franquicias, etc. Gibraltar es ahora, desde el punto de vista británico, un “British Overseas Territory”, o Territorio Británico de Ultramar. Gran Bretaña solo se ocupa de su defensa y sus relaciones exteriores. La ya ex colonia no tiene otro nexo de unión con la metropoli que su gobernador, que representa a la Reina Isabel II y que puede ser un ciudadano británico o simplemente un llanito.

Es, en este aspect, en que los expertos e Gibraltar se apoyan para opinar que Gibraltar ha hecho dejación de su ex colonia. Según el Tratado España tendría la primera opción para la recuperación de la plaza si Gran Bretaña “vendiera, cediera o de cualquier manera enajenara el Peñón”. Opinan los expertos que aunque El Reino Unido no ha vendido ni enajenado Gibraltar, sí que la ha “cedido” desde el momento que al dejar de ser una colonia ha permitido que la plaza se gobierne por sí misma.

Con estas premisas uno puede pensar en la posibilidad de que un día España y el Reino Unido podrían llegar a un acuerdo en virtud del cual el Tratado de Utrecht, en lo que respecta a Gibraltar, seria anulado. Excepto el aeropuerto y el puerto de Gibraltar, que pasarían inmediatamente a la soberanía de España, nuestro país se comprometería a respetar el presente estatus de Gibraltar durante cien años. Lo de los cien años es por aquello de “dentro de cien años todos calvos.” La idea sería amortiguar el trauma de un repentino cambio de banderas. Bajo este esquema la presente generación y muchas de las que le sucedieran vivirían exactamente igual que ahora. España permitiría que Gibraltar conservara su régimen gubernativo, sus leyes, impuestos e incluso sus privilegios tales como sus casinos, su condición de paraíso fiscal, la opción de conservar la nacionalidad Britania o elegir la española, etc. España no recibiría de Gibraltar un duro. Más aun, podría, incluso, ofrecerle los mismos subsidios o contribución económica (pero no mas) que los que estarían recibiendo de la metrópoli, si los hubiera. Excepto el control del aeropuerto y el puerto, España lo dejaría todo como está en la actualidad. Para dejarle le dejaría hasta sus monos.

Hay un antecedente. En 1898 la misma Gran Bretaña arrendó a los chinos unas tierras contiguas a Hong Kong, y por tratado, se comprometió devolver a la China tales territorios más la totalidad de la colonia de Hong Kong en cien años, lo que tuvo efecto en 1998.

Volviendo a Gibraltar habria una condición sine qua non para que dicha transmisión pudiera tener efecto. Los llanitos tendrían, por referéndum, dar su conformidad a la misma.

Uno pensaría que bajo tales condiciones la población de Gibraltar tendría que dar la conformidad. No tendría nada que perder. Más aun el primer ministro de Gibraltar y su gobierno entenderían, por los términos de este acuerdo o tratado que el Reino Unido estaba manifestando claramente haber perdido todo interés en conserva la soberanía sobre Gibraltar.

Pero todo pudiera ocurrir. Cabe la posibilidad, que juzgo remota, que Gibraltar se opusiera a la transmisión de soberanía. En ese caso, en el esquema que estoy construyendo España ocuparía la plaza de Gibraltar, eso sí, manteniendo su compromiso de respetar su presente estatus.

También hay precedente. Es el caso de Goa. Goa era una diminuta región en el noroeste de la India ocupada por Portugal en el siglo XVI. Era parte de su extenso imperio colonial. Ganada su independencia de la Gran Bretaña, en 1950, la India comenzó a hacer ruido protestando contra la continuada existencia de la colonia portuguesa, alegando que era una violación de su soberanía y que su mera existencia infringía la doctrina anticolonial de las Naciones Unidas. Las relaciones indo portuguesas se fueron tensando en el curso de los años hasta que en 1961, sin previo aviso ni declaración de guerra un fuerte y numeroso contingente militar indio que incluía fuerzas navales y aéreas, invadió la minúscula colonia que no contaba para su defensa sino con unos pocos miles de soldados y policías. La “guerra” duró dos días. Hubo más de cien muertos por ambos lados. La India fue objeto de universal oprobio. Hubo manifestaciones en su contra, protestas en la Naciones Unidas, etc. El Presidente Kennedy hizo resaltar la hipocresía de la India que, siguiendo la táctica de Gandhi de la desobediencia civil, llevaba años predicando contra la violencia en las relaciones internacionales. Poco a poco todo se fue calmando. Pasado uno meses nadie se acordaba de Goa.

La anexión de Gibraltar se haría cautelosamente. Una fuerza lo suficientemente poderosa para dar a entender a la débil defensa de la plaza que sería inútil resistir haría posible ocuparla sin pegar un tiro. Al mismo tiempo el gobierno español proclamaría su intención de mantener la promesa dada antes de la ocupación de respetar el estatus de la plaza en todos los órdenes excepto el control del aeródromo y del puerto.

¿Y qué haría el Reino Unido? ¿Tendríamos otras Malvinas? Las Malvinas (Falklands para los británicos) antigua posesión española pasaron a la Argentina al declararse esta ultima una república independiente. Para entonces las Malvinas, una agrupación de islas en el Atlántico sur, azotadas por un viento gélido y escasamente poblada, estaba ocupada por la Gran Bretaña. La Argentina ha venido clamando por su devolución durante doscientos años. En 1982, como en el caso de Goa, un contingente militar argentino, sin previo aviso ni declaración de guerra, invadió las Malvinas. Por aquellas calendas la Gran Bretaña estaba gobernada por la Premier Margaret Thatcher (“La Dama de Hierro”), quien,al enterarse de la noticia, montó en cólera e invocando las glorias del ya inexistente Imperio británico y usando de todos sus resortes demagógicos movilizó la opinión pública y con la ayuda (algo encubierta) de USA mandó una poderosa fuerza aeronaval a enfrentarse con los argentinos. La operación duro setenta y dos días y terminó con la derrota de los invasores y la total recuperación de las islas. La vuelta de las fuerzas británicas a casa fue triunfal.

No, no creo que tendríamos otras Malvinas. Francamente yo no veo a la Royal Navy cañoneando Vigo ni a los Royal Marines desembarcando en Cádiz, como ya lo hizo en el siglo XVI el Conde Essex, quien entre otras cosas saqueó varias bodegas y de ahí proviene la afición desmedida de los británicos por el vino de Jerez. Las cosas han cambiado. Ni el Reino Unido está gobernado por una Thatcher, ni el público británico está para aventuras coloniales. Gibraltar es poca cosa para el público británico. Apostaría a que muchos no saben ni siquiera donde está situado. La guerra de las Malvinas, pasados los primeros excesos chauvinistas dejo un mal sabor de boca. Para liberar a unas islas situadas donde Cristo dio las tres voces y con más ovejas que humanos, la Gran Bretaña perdió varios buques y lo que, es peor 255 vidas de los suyos. Un alto precio para tan poca cosa. La Gran Bretaña ha proclamad varias veces que no permitirá que su ex colonia pase a las manos de España. Suena bien, pero en realidad son latiguillos para la galería.

El Reino Unido, visto que no habría pérdidas humanas y que Gibraltar continuaría gozando de su particular estatus haría algunas débiles (pro forma) protestas en los tradicionales foros contra la anexión manu militari. Habría algún revuelo en las Naciones Unidas, algunos editoriales anti españoles y ahí quedaría todo. Como el soldado en los versos de Cervantes (“Al Túmulo de Felipe II en Sevilla”) el Reino Unido miraria al soslayo, fuese, y no hubo nada. La nación que haría más ruido seria posiblemente Marruecos, que se vería “copado” teniendo a un Gibraltar español enfrente y los enclaves engarzados de en su territorio de Ceuta Y Melilla.

Puestos a imaginar, nada seria de extrañar que el Reino Unido, por protocolo secreto, acordara con España no usar de la fuerza si esta se viera en el caso de anexionar su ex colonia.

Pasados cien años Gibraltar pasaría a ser otra ciudad más en la autonomía andaluza. ¿Y de los monos, qué? Ah, pues vaya usted a saber. A los mejor se apuntarían al PSOE.

DE NOMBRES Y APELLIDOS: EL APELLIDO CAZORLA (Continuación)

En la primera parte de este trabajo haciamos constar qué horrible tiene que ser cargar toda la vida con un nombre de pila (mil perdones a aquellos lectores, si los tengo, que no sean cristianos) desagradable y que no tenia noticias de que fuese factible cambiarlo oficialmente. Evidentemente no estaba al dia. Recientemente he descubierto que, efectivamente.es posible, a través de la Dirección General del Registro Civil.

Sí hacia constancia de que era posible, y lo sigue siendo, el cambio oficial del apellido. Al fin y al cabo es el apellido lo que identifica al individuo en sociedad. Como advertia anteriormente el cambio se opera asimismo a traves del mismo organismo antes citado y con las debidas cautelas pues no puede uno impunemente cambiar de apellido para defraudar al Fisco o a terceros.

En los años cuarenta o cincuenta circulaba por España una copia mimeográfica (aun no se habia inventado la copiadora Xerox) de una página del Boletín Oficial del Estado que incluia un aviso de la Direccion General del Registro Civil dando un plazo perentorio a todas aquellas personas o entidades que se opusieran al cambio de apellido de un hombre (el solicitante) alegando en qué medida podrían sufrir daños y perjuicios si tal cambio se llevara a efecto. A continuación transcribia los hechos que según el solicitante justificaban dicho cambio. Resulta que el tal solicitante era un italiano de los miles que envió Mussolini a guerrear al lado de Franco y contra la República en tiempos de la Guerra civil (1936-1939). Este buen hombre se enamoró de una española, con la que se casó y decidió no volver a Italia. Lo que afligia a estr hombre era su apellido. Su apellido, italiano, por supuesto, coincidia en un todo con uno de los muchos nombres con que se identifica el miembro viril. Concretamente, uno que empieza con P y termina con A. Alguno de mis lectores se preguntarán a santo de qué vienen tanto remilgos.En la España de hoy no hay mas que subirse a aun autobus y escuchar la conversaciones (a voces) entre adolescentes, varones y hembras para curarse de espanto. Pero uno es chapado a la antigua y piensa que quiza pudiera haber entre sus lectores alguna que otra virginal doncella. No es que este género abunde. Ya Enrique Jardiel Poncela en los remotos veinte se lo preguntaba en su desternillante novela “Pero hubo alguna vez 11,000 vírgenes”? si bien queda la duda de si referia al número, en verdad exhorbitante o a la condición.

En fin, el hombre se quejaba de que cada vez que pronunciaba su nombre, al presentarse,por ejemplo, causaba ocasion de regocijo y pullas que le hacian la vida nada agradable. Lo peor era cuando en presencia de público se leia su apellido en voz alta por ejemplo, para entregarle una carta en correos o para comunicarle su turno en una variedad de situaciones, etc. En Italia, donde su apellido era mas o menos corriente no habia problemas. En España era un infierno. No me cabe duda que su solicitud prosperó, sin que recuerde cual fuese el nombre que pedía para sustituir al suyo.

Despues de publicada la primera parte de este trabajo algunos lectores me han comunicado que el apellido Cazorla no es tan raro., después de todo. Es cierto que no faltan Cazorlas no solo en España, sino en las Americas e incluso en Europa (algunos en Francia, Portugal e Italia). Aun asi, insisto en que es raro.

No solo es raro: es tambien antiquísimo. Hace varios años compré lo que segun los expertos es la mejor biografia de Pablo Ruiz Picasso que se ha escrito, de la pluma de un inglés llamado John Richardson. La obra es monumental, consta de 4 grandes volúmenes de los que hasta la fecha se han publicado tres. Al final del tomo segundo el autor ha, pacientemente, investigado los nombres de los ancestros de nuestro genial pintor. Y, de nuevo, cual no sería mi sorpresa al ver que entre allos figura un CAZORLA, Francisco de Leon y CAZORLA ,que existio nada menos que en siglo XVI (nacido en 1579). Reproduzco aqui el árbol genealógico de Picasso – haz click on the image para verla en alta resolucion:

NOMBRES Y APELLIDOS: EL APELLIDO CAZORLA

Este tema de nombres y apellidos siempre ha despertado mi curiosidad. ¿Por qué uno se llama José y no Juan? (Ojo: nombres estos llamados a extinción. El gran público prefiere Kevin o Mark) ¿Por qué María Teresa? Otrosí digo: idem de lo mismo: Vanesa (también Vanessa, que es mas “distinguido”) o Jenifer (mejor aún Jennifer). ¿Y por qué una familia se llama De la Cámara o, popularmente, Rodríguez, como nuestro Primer Ministro, también a punto de extinción (se entiende políticamente)?

No deja de ser curioso el hecho de que la selección de nombres y apellidos es una de las pocas actividades en que el usuario de los mismos no tiene ni arte ni parte. El tan cacareado “libre albedrío” no cuenta para nada en esta actividad. Es, primordialmente, la mama del bebé quien se atribuye exclusivamente el privilegio de llamarle a la criatura como le venga en gana. Otras veces influyen parientes, padrinos, etc., Tradicionalmente ha habido poca imaginación para seleccionar estos nombres. Casi siempre se escogía el nombre de un familiar: abuelos, padres, tíos, etc. Esta práctica daba lugar a la repetición del mismo nombre en el seno de la familia. Concretamente, en la mía, entre muertos y vivos cuento con tres Federico (nombre de mi padre), tres Antonia/o (nombre de mi madre y hermana), tres Manolo (nombre de mi hermano) y cuatro Rosalía (nombre de mi hermana la mayor).

Por supuesto, hasta hace pocos años los nombres se extraían del inmenso surtido del santoral católico. Brevemente, en tiempos de la segunda república (1931-1939) algunas familias laicas registraron a sus descendientes (casi siempre niñas) con nombres republicanos, tales como Libertad, Fraternidad, etc. Estas niñas tuvieron al crecer problemas cuando, terminada la guerra e impuesto el nacional catolicismo, se encontraron con las dificultades que cabe suponer.

Hoy en día primero la radio y después la televisión, ambos con sus culebrones, acabaron por eliminar a las María del Carmen, Rosario, y Luisa, y a los José, Pedro, y Julián. Hoy lo que priva son las Vanesa, Rebeca, y Mirna o Kevin, Jason y Tommy.

Por supuesto que las regiones con el dichoso factor diferencial o sea Cataluña y País Vasco, una vez que se convirtieron en autonomías se apresuraron a arrinconar la versión española del santoral y hala, nos han llenado el país de Josep, Lluis, y Xavi y Koldo, Iker e Izaskun. Nunca la letra K, otrora en el limbo, ha gozado de tanto prestigio en nuestro moderno alfabeto.

En países con mas liberalidad de la que existía en España la adopción de nombres obedecía a corrientes impuestas por novedades (literarias, entre ellas) o tradiciones o el prestigio asociado con las casas reinantes. Así en el Reino Unido abundaban los “George” o “Edward”, monarcas en sus épocas. (En las antiguas posesiones británicas del Caribe esta adhesion a la Corona llego a
extremos inverosímiles: yo llegue a conocer a un individuo que se llamaba “Prince Albert Smith” El príncipe Alberto fue el consorte de la Reina Victoria).

Muchos “Emile” existieron en Francia atraídos por el prestigio del famoso escritor Zola. En Alemania era popular, y lo sigue siendo, el nombre de “Martin”, por Martin Lutero, el autor de la Reforma eclesiástica.

En los Estados Unidos hubo una época en que a los niños de raza negra se les imponían nombres de personajes célebres en la historia del país: Washington, Jefferson (curiosamente ambos poseían centenares de esclavos) y sobre todo Lincoln, el que los emancipó de la esclavitud. Este interés por los nombres de personajes famosos no se limitaba a los nacionales. A veces traspasaban las fronteras. A finales del siglo XIX muchos negritos norteamericanos eran bautizados o registrados con el nombre de Maceo. Extrañado, pregunté y descubrí que era por Antonio Maceo, un negro cubano que se distinguió en la guerra de la independencia contra España. Yo conocí a un betunero en una peluquería que frecuentaba que se llamaba Napoleón. Los peluqueros (y clientes) con esa obsesión norteamericana por abreviar nombres, tanto largos (“Mort:” por “Mortimer” o cortos, “Norm” por Norman) le llamaban “Napo”.

Como decía antes el usuario de un nombre, cuya opinión, por razones obvias, nunca se tuvo en cuenta, se ve obligado a cargar toda su vida con el nombre que le impusieron. Hay gentes que ya temprano en sus vidas hacen saber a parientes, amigos y allegados que les llamen por el nombre o apodo que han elegido extra oficialmente. Pero cuando llega la hora de firmar documentos tienen que volver a aquél con el que figuran registradas. Yo creo que debería haber una ley que autorizara a estos Homobono o Tiburcio a que llegada la mayoría de edad le autorizaran adoptar el nombre que les guste (incluso “Kevin”, !qué le vamos a hacer!) simplemente con hacerlo constar en el Registro Civil que corresponda y sin necesidad de explicar la razón por el cambio.

En cuanto a los apellidos es bien sabido que la terminación ez en Rodríguez (o en Rodrigues) denota “hijo de Rodrigo” y así en Sánchez, Martínez, Pérez (hijo de Pero, Pere en catalán), etc. Esto es común con muchos idiomas: en inglés, Johnson es hijo de John, en alemán, Peterson, hijo de Peter (Pedro) o en Suecia Pedersen, hijo de Pedro, o en Rusia, Ivanov, hijo de Iván (Juan).

Muchas veces los apellidos denotan el lugar o inmediaciones donde el titular nació: Burgos, Sevilla, etc., o el oficio: Carpintero, Herrero, etc.

En España, como se sabe, el primero apellido corresponde al del padre del titular y el segundo al de la madre. El orden cambia en algunos países. En los Estados Unidos, los norteamericanos no entienden de madre. Ellos tienen su propio orden: primero (o dado: bien en la pila bautismal o en el registro civil) el del medio y último. El último es el que controla. Así, John Luke Thompson es oficialmente Mr. Thompson. Antes de radicarme en los Estados Unidos, yo, que sabía de tal costumbre, opté por olvidarme del nombre de mi madre, Bermúdez y oficialmente figuraba, y figuro, como Eugenio Cazorla. Sin “middle name” o nombre de en medio, que es lo corriente y popular en este país. Es raro no disponer de un nombre a caballo entre el primero y el último.

La diferencia entre la práctica española y la norteamericana fue causa de una irritación que tuve que aguantar en una de las oficinas de correo en Dallas a poco de llegar de España, en 1958.

Mi familia me había enviado un paquete y correos me había notificado su llegada y que me pasara a recogerlo. Al llegar me pidieron documentación. Yo aún no había sacado un permiso de conducir pues no habíamos comprado un coche todavía. (En los Estados Unidos, donde no existe un documento nacional de identidad, el permiso de conducir sirve como tal. Hay un documento especial para los que no conducen). Mi único documento de identificación, aparte del pasaporte, era la tarjeta universitaria que saqué tan pronto como me matriculé en la Facultad de Derecho de la Southern Methodist University. Esta tarjeta estaba expedida a nombre de Eugenio Cazorla. El oficial de correos se negó a entregarme el paquete porque el mismo venía dirigido a nombre de DON EUGENIO CAZORLA BERMUDEZ. El oficial de correos me exigía que le mostrara identificación como Don (abreviatura de Donald) Bermúdez. Esto fue precisamente el motivo por el cual decidí, aún antes de llegar a este país, llamarme simplemente Eugenio Cazorla. Tardé como veinte minutos en convencer no al oficial, sino a su superior, que Don Eugenio Cazorla Bermúdez y Eugenio Cazorla eran una misma persona.

Esta diferencia es causa de constante problemas para los recién llegados que no han tomado previamente las debidas precauciones. El servicio nacional de inmigración ante la oleada de latinoamericanos que legal o ilegalmente han poblado el país ha resuelto el problema simplemente colocando un guión entre el apellido paterno (que ellos llaman “middle name” y el materno (“last name”) de suerte que un Juan Pérez Rodríguez se convierte en Juan Pérez-Rodríguez. Esto está bien para el servicio de inmigración. Cuando se dirigen a el le llaman Mr. Perez-Rodriguez. Pero fuera de este contexto este señor Pérez-Rodriguez sera conocido en todas partes como Mr. Rodríguez.

Y a propósito de la inmigración, el punto de entrada en los Estados Unidos para los inmigrantes europeos, hasta mediados de los años cincuenta estuvo situado en Ellis Island, una islita frente al puerto de Nueva York donde los recién llegados eran sometidos a examen medico e interrogatorios sobre su pasado, etc., Al tomarle el nombre los oficiales de inmigración caprichosamente decidían como el inmigrante se iba a llamar en los Estados Unidos si el nombre era muy largo o difícil de pronunciar. Y así un Fedorowkirkenski entra como Fedorow. El pobre inmigrante (y muchos lo eran de solemnidad) que había orgullosamente usado su nombre durante generaciones se encontraba con un nuevo nombre y, anonadado, ni se atrevia a rechistar Pero el oficial se quedaba tan campante.

El apellido Cazorla es bastante raro. Cuando yo era chico, antes de la guerra (la nuestra) la guía de teléfonos de Sevilla no registraba mas Cazorla que nuestra familia y un señor, que sabíamos era militar y que vivía en el barrio del Porvenir. Al estallar la guerra una noche de aquel sangriento verano del 36 regresábamos mi hermano Manolo y yo a casa después de haber estado jugando en la Plaza de San Lorenzo. El general Queipo de Llano (“El Virrey de Andalucía”) todas las noches sobre las once daba una charla por radio sobre las noticias de guerra del día. Las aceras del primer tramo de la calle Juan Rabadán, calle en donde vivíamos, o sea el que va de la Plaza a la calle Teodosio estaban ocupadas por familias de la vecindad que, sentadas en sillas y sillones escuchaban la radio de uno de los vecinos (no todos disponían de una radio en aquellas fechas) que la había puesto a todo volumen. En esto oímos la potente voz del general aludiendo “al canalla de José Cazorla” y que “ya le ajustaremos las cuentas”. Despavoridos mi hermano y yo echamos a correr y no paramos hasta llegar a casa. Se daba la circunstancia de que un hermano de mi padre (por el que teníamos especial cariño) se llamaba José. Al llegar a casa, donde mis padres también estaban escuchando la radio y habían oído la noticia, hicimos preguntas y mi padre nos tranquilizó. No era nadie de nuestra familia. Después nos enteramos que el “canalla” de José Cazorla era un comunista (José Cazorla Maure) que tenía a su cargo el Orden Público de Madrid y que estaba haciendo estragos entre mucha gente de la derecha en la capital de España. El general se salió con las suyas. Cazorla fue fusilado en 1940.

En 1942 mi padre me invitó a hacer un viaje por España. Paseando un día por la Gran Vía en Madrid vi. un gran letrero en un balcón anunciando SASTRERIA CAZORLA. Eran ya tres Cazorla fuera de mi familia.

Al trasladarme a vivir a los Estados Unidos adquirí la costumbre de consultar las guías de teléfonos de las ciudades a las que viajaba. Jamás encontré a un Cazorla. Esta costumbre la seguí viajando por España, con escasos resultados, aunque curiosamente, la guía de teléfonos del pueblo de Cazorla (Jaén) no incluye a ningún Cazorla.

Volviendo a los Estados Unidos, y concretamente a Dallas, hace muchos años y estando yo trabajando en la Oficina Nacional de Turismo de España (véase “Los tres Enriques en este blog) se presentó un día un señor que no venia sino para curiosear. Hablé con él, en inglés, y me contestó en un español. que si nó perfecto era aceptable, Al preguntarle donde y como había aprendido el idioma me contestó que en el seno de su familia, donde siempre se había hablado español. Como no tenía aspecto de ser ni español ni hispanoamericano, perplejo, le miraba con atención en busca de una clave que me indicara sus orígenes. El se dio cuenta de mi desorientación y, riendo, me sacó de dudas y me aclaró que el era judío sefardita. Me quedé patidifuso. Era la primera vez que tenía delante de mí a un judío sefardita. Pero cuando casi me caigo de sorpresa es cuando me da su tarjeta y veo que se llama !Edwin CASSORLA!

El pobre hombre vino a la oficina durante su “lunch break”, o sea, durante la hora del almuerzo. Pero como no había aún almorzado cuando se le ocurrió pasarse por la Oficina aquel día se quedó sin su “lunch”. (Le invité a almorzar otro día).Porque lo tuve atosigado a preguntas. Y no tuve más remedio que dejarlo ir porque su hora de permiso terminaba y tenía que regresar a su puesto de trabajo.

Años y años intrigado por el origen del apellido Cazorla y ahora resulta que disfrazado con doble esse es el nombre de un judío sefardita. ¿Qúe podía significar esto?

Esto me trajo al recuerdo algo que presencié en Sevilla antes de la guerra. Mi padre, agente comercial, representaba una marca de turrones, “El Almendro” con fábrica en Jijona (Alicante). Entre sus clientes figuraba una larga familia de turroneros, los Soto, quienes recorrían España de feria en feria, incluida la de abril de Sevilla, vendiendo los turrones que les vendía mi padre. Estos Sotos se llamaban Moisés, Abraham, Aaron etc. Mi padre y los Sotos tenían buena amistad. Una tarde, seria el años 1934, mi; padre me dijo que íbamos a asistir a un bautizo hebreo. La casa estaba pasando el final de la Alameda de Hércules, en la calle Calatravas. Me llamó la atención ver, al llegar a la casa un lujoso automóvil en la puerta con una extraña matrícula, GBZ. Luego me enteré que procedía de Gibraltar. En la casa había mucha gente. Al rato de llegar veo que se forma un corro de personas, todos hombres. Oí el llanto de un bebé. Yo, de escasa estatura, poco podía ver, pero al rato alguien salía del corro con una palangana con un charquito de sangre. Le pregunté a mi padre que significaba todo esto pero se encogió de hombros. Estuvimos algún tiempo mas, entramos en otra sala donde había vinos, pastas y por supuesto turrones. Después nos fuimos a casa. Mi padre no supo explicarme que es lo que había pasado. Pero yo, que siempre he sido muy curioso, hice indagaciones y descubrí que el coche de Gibraltar era propiedad de un rabino que había venido ex profeso a dirigir la ceremonia y que la ceremonia a la que habíamos asistido, y, por lo menos yo, mal presenciado había sido una circuncisión, o sea el equivalente a un bautizo católico. Y que, por supuesto, los Sotos eran judíos (en Sevilla y en España le llamábamos entonces “hebreos”) lo que no obstaba para que se sintieran macarenos y que incluso llorasen al paso de la Virgen por la cercana calle Feria,

Me reuní varias veces con Edwin Cassorla. Yo le atosigaba a preguntas. ¿Cuándo vinieron ustedes a los Estados Unidos? ¿De dónde? No sabía nada. Lo único que sabía era que antes de trasladarse a Dallas, donde llevaba poco tiempo, había vivido en Indianápolis, (Indiana) donde había nacido, donde se había criado y donde desde hacia mucho tiempo existía (y existe) una colonia de judíos sefarditas. “Mire usted” me dijo “quien sabe todo eso que usted me pregunta es mi padre, Joe Cassorla. Escríbale usted”. Joe Cassorla estaba jubilado y vivía en la Florida. Me dio una dirección y le escribí preguntándole detalles sobre el origen de su apellido. Nunca me contestó. Después de muchos años, y reflexionando, me hago cargo de que mi pregunta no es fácil de contestar. Los judíos españoles, expulsados por los Reyes Católicos en 1492, se esparcieron por muchos puntos. Muchos se fueron a países en el Mediterráneo oriental donde no existía sentimiento antijudío, tales como la moderna Turquía. . Otros se fueron a países protestantes del norte de Europa, tales como Holanda. De aquí pasaron algunos a Inglaterra y de allí al Nuevo Mundo.

Continué con mis pesquisas y consulté la Enciclopedia Judaica (Jewish Encyclopedia) y allí encontré numerosos Cassorla, desperdigados en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, America del Sur, etc. Y me preguntaba: ¿es el apellido Cazorla un apellido judío? O, por el contrario, ¿somos y hemos sido los Cazorla siempre cristianos en tanto que los Cassorla (que originalmente serían Cazorla también, deformándose la ortografía del apellido tras cientos de años de exilio) fueron judíos siempre y desde antes de que se asentaran en España (probablemente en Cazorla, Jaén)? ¿O eran los Cazorla judíos que optaron por bautizarse para evitar el destierro, como los Sotos, pero que renegaron del judaismo?

Para incrementar mi perplejidad descubrí al revisar la historia de la ciudad de Cazorla (Jaén) algo que me dejo asombrado: el escudo de la ciudad ostenta la estrella de David, la estrella judaica de seis puntas, icono emblemático dc Israel. ¿Cómo una ciudad, conquistada a los moros por Fernando III de Castilla y entregada a y gobernada por el Arzobispado de Toledo ostenta en su escudo la estrella de David? ¿Pura casualidad? Consulté con un experto cazorlense y descubrí que el origen de la estrella es una alusión a la Virgen Maria, una de cuyas advocaciones, según la letanía es Estrella de la Mañana (Stella Matutina). De acuerdo, pero ¿pero por qué una estrella de seis puntas? Normalmente el símbolo de la estrella en banderas, emblemas, anuncios, etc. es la de cinco puntas. Esto es un misterio. Por lo menos para mí.

Pasó algún tiempo y un amigo (judío) me contó que acababa de regresar de Londres y que había visto en la televisión un programa de la BBC en la que había sido entrevistada una famosa psicóloga (luego catedrática en la Universidad de California en Los Ángeles). Su nombre era (y es) Irene K. KASSORLA. Había publicado un libro, que, por supuesto, compré inmediatamente. Averigüé su dirección en Los Ángeles y le hice las mismas preguntas que le hice en su día a Joe Cassorla: qué sabía de sus orígenes, de donde procedía su nombre, etc., etc. No me contestó. Indudablemente los Cassorla/Kassorla no tienen ni idea de las reglas de urbanidad.

Con el tiempo averigüé que hay muchos Cassorla y Kassorla, todos judíos, en los Estados Unidos, en Europa y en la América hispana. Al parecer emigraron de España al Oriente Medio y desde allí se inició la segunda diáspora que les ha llevado a todas partes.

Y ¿qué de los Cazorla? Pues seguimos siendo pocos. No he oído de ningún Cazorla en los Estados Unidos en muchos años. Allá por los años ochenta, estando en Santa Fé, Nuevo Méjico, sentí como un dolor muscular (bursitis) que me traía de cabeza. Desesperado pregunté en el hotel donde me hospedaba por el doctor más próximo. Si, me dijeron, justamente en la esquina de la calle, el Dr.”Cazorla”. Me quedé boquiabierto. Como se quedó la recepcionista al preguntarme por mi nombre y que dio lugar a la sonrisa abierta del buen doctor. Era de Méjico y había emigrado a los Estados Unidos.

Unos años mas tarde una llamada telefónica a altas horas de la noche me dio a conocer que un tal Luis Cazorla se encontraba preso en Fort Worth, y por favor que lo sacara de la cárcel donde se encontraba recluido por conducir embriagado. Por aquellas fechas mi práctica en la esfera penal se limitaba a extraer de la cárcel a delincuentes usando el famoso “Habeas Corpus”. Fort Worth esta como a 45 km. de Dallas. Para otro individuo hubiera declinado el servicio pero conocer a un raro Cazorla me intrigaba. Total que fui y lo pusieran en libertad bajo fianza. Resultó ser un peruano borrachín, que hacía de camarero en Fort Worth. Le he perdido la pista totalmente.

En fin, que si no fuera por nuestro incomparable Santi Cazorla nuestro apellido suena poco y sigue siendo raro.