Este tema de nombres y apellidos siempre ha despertado mi curiosidad. ¿Por qué uno se llama José y no Juan? (Ojo: nombres estos llamados a extinción. El gran público prefiere Kevin o Mark) ¿Por qué María Teresa? Otrosí digo: idem de lo mismo: Vanesa (también Vanessa, que es mas “distinguido”) o Jenifer (mejor aún Jennifer). ¿Y por qué una familia se llama De la Cámara o, popularmente, Rodríguez, como nuestro Primer Ministro, también a punto de extinción (se entiende políticamente)?
No deja de ser curioso el hecho de que la selección de nombres y apellidos es una de las pocas actividades en que el usuario de los mismos no tiene ni arte ni parte. El tan cacareado “libre albedrío” no cuenta para nada en esta actividad. Es, primordialmente, la mama del bebé quien se atribuye exclusivamente el privilegio de llamarle a la criatura como le venga en gana. Otras veces influyen parientes, padrinos, etc., Tradicionalmente ha habido poca imaginación para seleccionar estos nombres. Casi siempre se escogía el nombre de un familiar: abuelos, padres, tíos, etc. Esta práctica daba lugar a la repetición del mismo nombre en el seno de la familia. Concretamente, en la mía, entre muertos y vivos cuento con tres Federico (nombre de mi padre), tres Antonia/o (nombre de mi madre y hermana), tres Manolo (nombre de mi hermano) y cuatro Rosalía (nombre de mi hermana la mayor).
Por supuesto, hasta hace pocos años los nombres se extraían del inmenso surtido del santoral católico. Brevemente, en tiempos de la segunda república (1931-1939) algunas familias laicas registraron a sus descendientes (casi siempre niñas) con nombres republicanos, tales como Libertad, Fraternidad, etc. Estas niñas tuvieron al crecer problemas cuando, terminada la guerra e impuesto el nacional catolicismo, se encontraron con las dificultades que cabe suponer.
Hoy en día primero la radio y después la televisión, ambos con sus culebrones, acabaron por eliminar a las María del Carmen, Rosario, y Luisa, y a los José, Pedro, y Julián. Hoy lo que priva son las Vanesa, Rebeca, y Mirna o Kevin, Jason y Tommy.
Por supuesto que las regiones con el dichoso factor diferencial o sea Cataluña y País Vasco, una vez que se convirtieron en autonomías se apresuraron a arrinconar la versión española del santoral y hala, nos han llenado el país de Josep, Lluis, y Xavi y Koldo, Iker e Izaskun. Nunca la letra K, otrora en el limbo, ha gozado de tanto prestigio en nuestro moderno alfabeto.
En países con mas liberalidad de la que existía en España la adopción de nombres obedecía a corrientes impuestas por novedades (literarias, entre ellas) o tradiciones o el prestigio asociado con las casas reinantes. Así en el Reino Unido abundaban los “George” o “Edward”, monarcas en sus épocas. (En las antiguas posesiones británicas del Caribe esta adhesion a la Corona llego a
extremos inverosímiles: yo llegue a conocer a un individuo que se llamaba “Prince Albert Smith” El príncipe Alberto fue el consorte de la Reina Victoria).
Muchos “Emile” existieron en Francia atraídos por el prestigio del famoso escritor Zola. En Alemania era popular, y lo sigue siendo, el nombre de “Martin”, por Martin Lutero, el autor de la Reforma eclesiástica.
En los Estados Unidos hubo una época en que a los niños de raza negra se les imponían nombres de personajes célebres en la historia del país: Washington, Jefferson (curiosamente ambos poseían centenares de esclavos) y sobre todo Lincoln, el que los emancipó de la esclavitud. Este interés por los nombres de personajes famosos no se limitaba a los nacionales. A veces traspasaban las fronteras. A finales del siglo XIX muchos negritos norteamericanos eran bautizados o registrados con el nombre de Maceo. Extrañado, pregunté y descubrí que era por Antonio Maceo, un negro cubano que se distinguió en la guerra de la independencia contra España. Yo conocí a un betunero en una peluquería que frecuentaba que se llamaba Napoleón. Los peluqueros (y clientes) con esa obsesión norteamericana por abreviar nombres, tanto largos (“Mort:” por “Mortimer” o cortos, “Norm” por Norman) le llamaban “Napo”.
Como decía antes el usuario de un nombre, cuya opinión, por razones obvias, nunca se tuvo en cuenta, se ve obligado a cargar toda su vida con el nombre que le impusieron. Hay gentes que ya temprano en sus vidas hacen saber a parientes, amigos y allegados que les llamen por el nombre o apodo que han elegido extra oficialmente. Pero cuando llega la hora de firmar documentos tienen que volver a aquél con el que figuran registradas. Yo creo que debería haber una ley que autorizara a estos Homobono o Tiburcio a que llegada la mayoría de edad le autorizaran adoptar el nombre que les guste (incluso “Kevin”, !qué le vamos a hacer!) simplemente con hacerlo constar en el Registro Civil que corresponda y sin necesidad de explicar la razón por el cambio.
En cuanto a los apellidos es bien sabido que la terminación ez en Rodríguez (o en Rodrigues) denota “hijo de Rodrigo” y así en Sánchez, Martínez, Pérez (hijo de Pero, Pere en catalán), etc. Esto es común con muchos idiomas: en inglés, Johnson es hijo de John, en alemán, Peterson, hijo de Peter (Pedro) o en Suecia Pedersen, hijo de Pedro, o en Rusia, Ivanov, hijo de Iván (Juan).
Muchas veces los apellidos denotan el lugar o inmediaciones donde el titular nació: Burgos, Sevilla, etc., o el oficio: Carpintero, Herrero, etc.
En España, como se sabe, el primero apellido corresponde al del padre del titular y el segundo al de la madre. El orden cambia en algunos países. En los Estados Unidos, los norteamericanos no entienden de madre. Ellos tienen su propio orden: primero (o dado: bien en la pila bautismal o en el registro civil) el del medio y último. El último es el que controla. Así, John Luke Thompson es oficialmente Mr. Thompson. Antes de radicarme en los Estados Unidos, yo, que sabía de tal costumbre, opté por olvidarme del nombre de mi madre, Bermúdez y oficialmente figuraba, y figuro, como Eugenio Cazorla. Sin “middle name” o nombre de en medio, que es lo corriente y popular en este país. Es raro no disponer de un nombre a caballo entre el primero y el último.
La diferencia entre la práctica española y la norteamericana fue causa de una irritación que tuve que aguantar en una de las oficinas de correo en Dallas a poco de llegar de España, en 1958.
Mi familia me había enviado un paquete y correos me había notificado su llegada y que me pasara a recogerlo. Al llegar me pidieron documentación. Yo aún no había sacado un permiso de conducir pues no habíamos comprado un coche todavía. (En los Estados Unidos, donde no existe un documento nacional de identidad, el permiso de conducir sirve como tal. Hay un documento especial para los que no conducen). Mi único documento de identificación, aparte del pasaporte, era la tarjeta universitaria que saqué tan pronto como me matriculé en la Facultad de Derecho de la Southern Methodist University. Esta tarjeta estaba expedida a nombre de Eugenio Cazorla. El oficial de correos se negó a entregarme el paquete porque el mismo venía dirigido a nombre de DON EUGENIO CAZORLA BERMUDEZ. El oficial de correos me exigía que le mostrara identificación como Don (abreviatura de Donald) Bermúdez. Esto fue precisamente el motivo por el cual decidí, aún antes de llegar a este país, llamarme simplemente Eugenio Cazorla. Tardé como veinte minutos en convencer no al oficial, sino a su superior, que Don Eugenio Cazorla Bermúdez y Eugenio Cazorla eran una misma persona.
Esta diferencia es causa de constante problemas para los recién llegados que no han tomado previamente las debidas precauciones. El servicio nacional de inmigración ante la oleada de latinoamericanos que legal o ilegalmente han poblado el país ha resuelto el problema simplemente colocando un guión entre el apellido paterno (que ellos llaman “middle name” y el materno (“last name”) de suerte que un Juan Pérez Rodríguez se convierte en Juan Pérez-Rodríguez. Esto está bien para el servicio de inmigración. Cuando se dirigen a el le llaman Mr. Perez-Rodriguez. Pero fuera de este contexto este señor Pérez-Rodriguez sera conocido en todas partes como Mr. Rodríguez.
Y a propósito de la inmigración, el punto de entrada en los Estados Unidos para los inmigrantes europeos, hasta mediados de los años cincuenta estuvo situado en Ellis Island, una islita frente al puerto de Nueva York donde los recién llegados eran sometidos a examen medico e interrogatorios sobre su pasado, etc., Al tomarle el nombre los oficiales de inmigración caprichosamente decidían como el inmigrante se iba a llamar en los Estados Unidos si el nombre era muy largo o difícil de pronunciar. Y así un Fedorowkirkenski entra como Fedorow. El pobre inmigrante (y muchos lo eran de solemnidad) que había orgullosamente usado su nombre durante generaciones se encontraba con un nuevo nombre y, anonadado, ni se atrevia a rechistar Pero el oficial se quedaba tan campante.
El apellido Cazorla es bastante raro. Cuando yo era chico, antes de la guerra (la nuestra) la guía de teléfonos de Sevilla no registraba mas Cazorla que nuestra familia y un señor, que sabíamos era militar y que vivía en el barrio del Porvenir. Al estallar la guerra una noche de aquel sangriento verano del 36 regresábamos mi hermano Manolo y yo a casa después de haber estado jugando en la Plaza de San Lorenzo. El general Queipo de Llano (“El Virrey de Andalucía”) todas las noches sobre las once daba una charla por radio sobre las noticias de guerra del día. Las aceras del primer tramo de la calle Juan Rabadán, calle en donde vivíamos, o sea el que va de la Plaza a la calle Teodosio estaban ocupadas por familias de la vecindad que, sentadas en sillas y sillones escuchaban la radio de uno de los vecinos (no todos disponían de una radio en aquellas fechas) que la había puesto a todo volumen. En esto oímos la potente voz del general aludiendo “al canalla de José Cazorla” y que “ya le ajustaremos las cuentas”. Despavoridos mi hermano y yo echamos a correr y no paramos hasta llegar a casa. Se daba la circunstancia de que un hermano de mi padre (por el que teníamos especial cariño) se llamaba José. Al llegar a casa, donde mis padres también estaban escuchando la radio y habían oído la noticia, hicimos preguntas y mi padre nos tranquilizó. No era nadie de nuestra familia. Después nos enteramos que el “canalla” de José Cazorla era un comunista (José Cazorla Maure) que tenía a su cargo el Orden Público de Madrid y que estaba haciendo estragos entre mucha gente de la derecha en la capital de España. El general se salió con las suyas. Cazorla fue fusilado en 1940.
En 1942 mi padre me invitó a hacer un viaje por España. Paseando un día por la Gran Vía en Madrid vi. un gran letrero en un balcón anunciando SASTRERIA CAZORLA. Eran ya tres Cazorla fuera de mi familia.
Al trasladarme a vivir a los Estados Unidos adquirí la costumbre de consultar las guías de teléfonos de las ciudades a las que viajaba. Jamás encontré a un Cazorla. Esta costumbre la seguí viajando por España, con escasos resultados, aunque curiosamente, la guía de teléfonos del pueblo de Cazorla (Jaén) no incluye a ningún Cazorla.
Volviendo a los Estados Unidos, y concretamente a Dallas, hace muchos años y estando yo trabajando en la Oficina Nacional de Turismo de España (véase “Los tres Enriques en este blog) se presentó un día un señor que no venia sino para curiosear. Hablé con él, en inglés, y me contestó en un español. que si nó perfecto era aceptable, Al preguntarle donde y como había aprendido el idioma me contestó que en el seno de su familia, donde siempre se había hablado español. Como no tenía aspecto de ser ni español ni hispanoamericano, perplejo, le miraba con atención en busca de una clave que me indicara sus orígenes. El se dio cuenta de mi desorientación y, riendo, me sacó de dudas y me aclaró que el era judío sefardita. Me quedé patidifuso. Era la primera vez que tenía delante de mí a un judío sefardita. Pero cuando casi me caigo de sorpresa es cuando me da su tarjeta y veo que se llama !Edwin CASSORLA!
El pobre hombre vino a la oficina durante su “lunch break”, o sea, durante la hora del almuerzo. Pero como no había aún almorzado cuando se le ocurrió pasarse por la Oficina aquel día se quedó sin su “lunch”. (Le invité a almorzar otro día).Porque lo tuve atosigado a preguntas. Y no tuve más remedio que dejarlo ir porque su hora de permiso terminaba y tenía que regresar a su puesto de trabajo.
Años y años intrigado por el origen del apellido Cazorla y ahora resulta que disfrazado con doble esse es el nombre de un judío sefardita. ¿Qúe podía significar esto?
Esto me trajo al recuerdo algo que presencié en Sevilla antes de la guerra. Mi padre, agente comercial, representaba una marca de turrones, “El Almendro” con fábrica en Jijona (Alicante). Entre sus clientes figuraba una larga familia de turroneros, los Soto, quienes recorrían España de feria en feria, incluida la de abril de Sevilla, vendiendo los turrones que les vendía mi padre. Estos Sotos se llamaban Moisés, Abraham, Aaron etc. Mi padre y los Sotos tenían buena amistad. Una tarde, seria el años 1934, mi; padre me dijo que íbamos a asistir a un bautizo hebreo. La casa estaba pasando el final de la Alameda de Hércules, en la calle Calatravas. Me llamó la atención ver, al llegar a la casa un lujoso automóvil en la puerta con una extraña matrícula, GBZ. Luego me enteré que procedía de Gibraltar. En la casa había mucha gente. Al rato de llegar veo que se forma un corro de personas, todos hombres. Oí el llanto de un bebé. Yo, de escasa estatura, poco podía ver, pero al rato alguien salía del corro con una palangana con un charquito de sangre. Le pregunté a mi padre que significaba todo esto pero se encogió de hombros. Estuvimos algún tiempo mas, entramos en otra sala donde había vinos, pastas y por supuesto turrones. Después nos fuimos a casa. Mi padre no supo explicarme que es lo que había pasado. Pero yo, que siempre he sido muy curioso, hice indagaciones y descubrí que el coche de Gibraltar era propiedad de un rabino que había venido ex profeso a dirigir la ceremonia y que la ceremonia a la que habíamos asistido, y, por lo menos yo, mal presenciado había sido una circuncisión, o sea el equivalente a un bautizo católico. Y que, por supuesto, los Sotos eran judíos (en Sevilla y en España le llamábamos entonces “hebreos”) lo que no obstaba para que se sintieran macarenos y que incluso llorasen al paso de la Virgen por la cercana calle Feria,
Me reuní varias veces con Edwin Cassorla. Yo le atosigaba a preguntas. ¿Cuándo vinieron ustedes a los Estados Unidos? ¿De dónde? No sabía nada. Lo único que sabía era que antes de trasladarse a Dallas, donde llevaba poco tiempo, había vivido en Indianápolis, (Indiana) donde había nacido, donde se había criado y donde desde hacia mucho tiempo existía (y existe) una colonia de judíos sefarditas. “Mire usted” me dijo “quien sabe todo eso que usted me pregunta es mi padre, Joe Cassorla. Escríbale usted”. Joe Cassorla estaba jubilado y vivía en la Florida. Me dio una dirección y le escribí preguntándole detalles sobre el origen de su apellido. Nunca me contestó. Después de muchos años, y reflexionando, me hago cargo de que mi pregunta no es fácil de contestar. Los judíos españoles, expulsados por los Reyes Católicos en 1492, se esparcieron por muchos puntos. Muchos se fueron a países en el Mediterráneo oriental donde no existía sentimiento antijudío, tales como la moderna Turquía. . Otros se fueron a países protestantes del norte de Europa, tales como Holanda. De aquí pasaron algunos a Inglaterra y de allí al Nuevo Mundo.
Continué con mis pesquisas y consulté la Enciclopedia Judaica (Jewish Encyclopedia) y allí encontré numerosos Cassorla, desperdigados en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, America del Sur, etc. Y me preguntaba: ¿es el apellido Cazorla un apellido judío? O, por el contrario, ¿somos y hemos sido los Cazorla siempre cristianos en tanto que los Cassorla (que originalmente serían Cazorla también, deformándose la ortografía del apellido tras cientos de años de exilio) fueron judíos siempre y desde antes de que se asentaran en España (probablemente en Cazorla, Jaén)? ¿O eran los Cazorla judíos que optaron por bautizarse para evitar el destierro, como los Sotos, pero que renegaron del judaismo?
Para incrementar mi perplejidad descubrí al revisar la historia de la ciudad de Cazorla (Jaén) algo que me dejo asombrado: el escudo de la ciudad ostenta la estrella de David, la estrella judaica de seis puntas, icono emblemático dc Israel. ¿Cómo una ciudad, conquistada a los moros por Fernando III de Castilla y entregada a y gobernada por el Arzobispado de Toledo ostenta en su escudo la estrella de David? ¿Pura casualidad? Consulté con un experto cazorlense y descubrí que el origen de la estrella es una alusión a la Virgen Maria, una de cuyas advocaciones, según la letanía es Estrella de la Mañana (Stella Matutina). De acuerdo, pero ¿pero por qué una estrella de seis puntas? Normalmente el símbolo de la estrella en banderas, emblemas, anuncios, etc. es la de cinco puntas. Esto es un misterio. Por lo menos para mí.
Pasó algún tiempo y un amigo (judío) me contó que acababa de regresar de Londres y que había visto en la televisión un programa de la BBC en la que había sido entrevistada una famosa psicóloga (luego catedrática en la Universidad de California en Los Ángeles). Su nombre era (y es) Irene K. KASSORLA. Había publicado un libro, que, por supuesto, compré inmediatamente. Averigüé su dirección en Los Ángeles y le hice las mismas preguntas que le hice en su día a Joe Cassorla: qué sabía de sus orígenes, de donde procedía su nombre, etc., etc. No me contestó. Indudablemente los Cassorla/Kassorla no tienen ni idea de las reglas de urbanidad.
Con el tiempo averigüé que hay muchos Cassorla y Kassorla, todos judíos, en los Estados Unidos, en Europa y en la América hispana. Al parecer emigraron de España al Oriente Medio y desde allí se inició la segunda diáspora que les ha llevado a todas partes.
Y ¿qué de los Cazorla? Pues seguimos siendo pocos. No he oído de ningún Cazorla en los Estados Unidos en muchos años. Allá por los años ochenta, estando en Santa Fé, Nuevo Méjico, sentí como un dolor muscular (bursitis) que me traía de cabeza. Desesperado pregunté en el hotel donde me hospedaba por el doctor más próximo. Si, me dijeron, justamente en la esquina de la calle, el Dr.”Cazorla”. Me quedé boquiabierto. Como se quedó la recepcionista al preguntarme por mi nombre y que dio lugar a la sonrisa abierta del buen doctor. Era de Méjico y había emigrado a los Estados Unidos.
Unos años mas tarde una llamada telefónica a altas horas de la noche me dio a conocer que un tal Luis Cazorla se encontraba preso en Fort Worth, y por favor que lo sacara de la cárcel donde se encontraba recluido por conducir embriagado. Por aquellas fechas mi práctica en la esfera penal se limitaba a extraer de la cárcel a delincuentes usando el famoso “Habeas Corpus”. Fort Worth esta como a 45 km. de Dallas. Para otro individuo hubiera declinado el servicio pero conocer a un raro Cazorla me intrigaba. Total que fui y lo pusieran en libertad bajo fianza. Resultó ser un peruano borrachín, que hacía de camarero en Fort Worth. Le he perdido la pista totalmente.
En fin, que si no fuera por nuestro incomparable Santi Cazorla nuestro apellido suena poco y sigue siendo raro.