En 1962, cuando me faltaban poco meses para concluir mis estudios de derecho en la Southern Methodist University (SMU), en Dallas (Texas), descubrí que a pesar de ser residente legal de los EE.UU. y que estaría en posesión del equivalente americano a la Licenciatura en Derecho española no podría ejercer la carrera de abogado por una y única razón: no era ciudadano de los Estados Unidos. Para ello necesitaba completar cinco años de residencia (había llegado en 1958) aprobar el reglamentario examen para la ciudadanía y prestar el consabido juramente de lealtad a los Estados Unidos en un tribunal federal. Este requisito de la ciudadanía para ejercer como abogado era (y es) una cuestión estatal, no del gobierno federal. Cada estado tenía su propio criterio no solo para el ejercicio de la abogacía sino para otras profesiones. Y los criterios eran anárquicos y arbitrarios. Así, por ejemplo, en Texas se requería la ciudadanía norteamericana, no solo para los abogados, sino también para los agentes de la propiedad; pero no, sin embargo, para ejercer la medicina. Este tema es ya historia. En los años setenta un residente del estado de Nueva York, de origen italiano, demandó al gobierno del Estado, alegando la inconstitucionalidad del requisito. Ganó el pleito y consiguió que el tal requisito fuera abolido en dicho estado. Sucesivamente todos los estados siguieron el ejemplo neoyorquino y hoy un residente no tiene que hacerse ciudadano para ejercer como abogado. Recientísimamente, California, tan pionera en tantos aspectos, ha llegado a anular el requisito de la residencia con el resultado de que un emigrante sin papeles puede tener acceso al ejercicio de cualquier profesión. Pero a mí me tocaron otros tiempos.
Porque ahí no terminaban mis problemas. En España un licenciado Derecho entra en la carrera sin más que darse de alta en Hacienda. Por lo menos así era en mis tiempos. No en los Estados Unidos. Aquí, la simple posesión de la licenciatura no le vale a uno para colgar el título de “abogado”. Aquí había (y hay) que pasar por un duro examen de reválida de la carrera. Este examen se administraba dos veces al año en la capital del estado, o sea, en Austin. Consulté el calendario y comprobé que mis cinco años de residencia finalizaban el cinco de Septiembre de 1963, que era sábado. A partir de tal fecha yo podía comenzar los trámites para solicitar la ciudadanía, a cuya finalización sucedía un término mínimo de espera de treinta días. Al final de estos treinta días de espera, o sea el 6 de Octubre habría de celebrarse la solemne ceremonia de prestación del juramento de lealtad a los EE.UU. delante de un juez federal. Pero el examen de reválida de la carrera, el “bar exam”, un ejercicio que duraba día y medio, comenzaba, en Austin, al siguiente día, el lunes 7. O sea que si quería tomar el examen de reválida el día 7 no me quedaba otra fecha para la prestación del juramento que el domingo día 6. En este país como en cualquier otro excepto Israel y el mundo musulmán, el domingo es día inhábil para todos los efectos, incluidos los tribunales.
Yo tenía mucha prisa por reanudar el ejercicio de la abogacía, que después de ejercer en Sevilla durante diez años había interrumpido por cinco. No diría que desesperado, pero frustrado sí que me sentía. Dándole vueltas la cabeza se me ocurrió una salida. Solicitaría autorización para, sin posesión de la ciudadanía, tomar el “bar exam” el día siete, ofreciendo como contraprestación, esperar la licencia o permiso para ejercer la carrera hasta que no hubiera obtenido dicha ciudadanía. Me dirigí al presidente de la junta que administraba el examen y casi de rodillas le supliqué hiciera un excepción en los términos que ofrecía. Me dijo que no. ¿Qué hacer? ¿Cómo, por los clavos de Cristo, sería posible concluir los trámites de la ciudadanía antes del 5 de Octubre, prestar el juramento el 6, domingo, y viajar a Austin el 7? La alternativa era esperar seis meses y presentarme en Abril de 1964 para el examen de reválida. Y yo no quería esperar seis meses mas.
Pensando y requetepensando de pronto se encendió una lucecita en mi cerebro. Sarah Hughes. Pero para continuar tengo que retroceder en el tiempo. Yo habia obtenido una beca de graduado (”fellowship”) para cursar una maestria (“Master”) en Derecho Comparado en SMU. Normalmente debería haber salido para los EE.UU. con un visado de estudiante. Sin embargo, por razones ajenas al hilo de esta historia y que puede que cuente en otra ocasión porque no deja de ser interesante, salí de Sevilla con un visado de residente, o sea como un inmigrante, aunque ni yo ni mi mujer pensábamos entonces en radicarnos en USA sino volver a Sevilla. (Al obtener el Master, en Mayo de 1959 cambiamos de opinión y optamos por quedarnos). Aunque portador de mi visado de residente y nó de estudiante, yo estaba incluido en el contingente de becarios extranjeros en SMU y participaba con ellos de todos los eventos, funciones, invitaciones, incluso viajes por el estado de Texas, generosamente subsidiados, como tal estudiante extranjero. De vez en cuando una personalidad de relieve en la comunidad nos reunía y nos daba una charla sobre tópicos que nos podía interesar. Una de estas personalidades fue Sarah Hughes. Esto seria a finales de 1958 o principios del 1959. Sarah Hughes era una mujer ya sesentona, bajita, de apariencia débil en su persona. Pero esto era solo una apariencia, que se disolvía tanto pronto hacia uso de la palabra. Tenía una vez poderosa y un aire así como de “ordeno y mando”. Sarah Hughes era juez federal. A diferencia de los jueces estatales, que son elegidos periódicamente y están a la merced del electorado y sujetos a los vaivenes de la política, los jueces federales son designados de por vida por el presidente de los Estados Unidos y confirmados por el Senado. Siendo vitalicios, gozando de total independencia y ajenos a la presión política (aunque esto no quiere decir que en sus decisiones no se inclinen por una determinada línea de pensamiento y conducta) los jueces federales poseen un extraordinario poder de decisión del que carecen los jueces estatales. Al terminar su charla Sarah Hughes nos manifestó que si en cualquier momento necesitáramos de su ayuda para algo que valiera la pena que no dudáramos en contar con ella. Aquella se me quedo grabado en la cabeza. En el transcurso de los años que sucedieron a ese primer contacto seguí sus actuaciones a través de los medios, donde su nombre figuraba a menudo en decisiones en los que siempre se inclinaba por los pobres, por los necesitados, por las minorías raciales y religiosas. Eran aquellos tiempos de gran conmoción política pues lo tribunales federales, empezando por el Supremo habían forzado al gobierno a ceder en su pugna por negar derechos civiles a tales minorías. En ello Sarah Hughes descollaba en la comunidad. Pensé que ésta era la persona que me podía ayudar, maxime cuando siendo el Servicio de Inmigración una agencia federal, solo un juez federal podría ordenar lo que fuera necesario. Así pues, averigüé su número de teléfono, hablé con una de sus asistentes en su juzgado y me dio una cita. Acudí a la cita, me invito a sentarme en una salita adjunta a la sala de juicios y me oyó atentamente. “Muy bien, no se preocupe, estará usted en Austin el día 7. “Pero, señora, si la ceremonia es el domingo día 6”, alegué respetuosamente. “Le he dicho, que no se preocupe. Yo lo arreglare todo. Usted lo único que tiene que hacer urgentemente es presentar su solicitud de ciudadanía. Una vez que el Servicio le acuse recibo me llama y me dá usted el número que se le ha asignado al caso. Del resto me encargo yo”.
Contentísimo regresé a casa y efectivamente al día siguiente presente la solicitud y a los pocos días pude notificar al juez el número del caso.
Sería como el 3 o 4 de Octubre que recibí la notificación de la celebración de la ceremonia del juramento, fijada para el domingo día 6 de Octubre a las nueve de la mañana. Esta ceremonia, que obligatoriamente tiene lugar en día hábil implica a varios y a veces muchos candidatos a la ciudadanía. Es costumbre que asista una representación de las Daughters (Hijas) of the American Revolution”, una organización patriótica femenina que acude a acontecimientos de esta índole y reparte banderas americanas en miniatura. Generalmente hay discursos, asiste la prensa, radio y televisión. Aquella mañana dominguera del 6 de Octubre no había alli nadie más que el Juez, su asistente, yo con mi familia y unos pocos amigos y, con caras largas, dos funcionarios del Servicio de Inmigración que se preguntaban quien es este tipo tan importante que nos ha hecho sacarnos de la cama en un domingo.
Y así es como me hice ciudadano americano. Quizas sea yo la única persona en este país que ha recibido la nacionalidad norteamericana en un domingo. Algunos de mis amigos me comentaban en broma (y yo creo que también en serio) que la tal ceremonia era nula por haberse celebrado en domingo. No lo sé. Pero en fin, hasta ahora nadie se ha quejado.
La legislación americana entonces y ahora, penaliza (salvo algunas excepciones) a los nacionalizados con la pérdida de su ciudadanía de origen. Como también lo disponía y creo dispone el Código Civil español. Asi es que perdí la nacionalidad española. Algunos años más tarde se promulgó una reforma del dicho Código Civil que autorizaba a los ciudadanos españoles que habían perdido la nacionalidad por razón de trabajoa recuperarla aduciendo las correspondientes pruebas. Me acogí a esta ley y en esto me ayudó bastante el quizás mejor cónsul español que ha aparecido por estos lares: Ricardo Martí-Fluxá, con quien hice buena amistad. Más tarde regresó a España y ocupó el puesto de jefe de los servicios de seguridad del palacio de la Zarzuela desde el que me envió, cuando fui presidente de la Casa de España, un foto dedicada de Su Majestad el Rey.
No puedo olvidarlo. Semanas mas tarde, el 23 de Noviembre de 1963, tuvo lugar el asesinato del Presidente Kennedy. Siguiendo el precepto constitucional el vice-presidente, Lyndon B. Johnson, le sucedia automáticamente en la presidencia una vez prestado el necesario juramento delante de un juez federal. Rapidamente alguien busco, y encontró una Biblia. Faltaba un juez. Entonces Lyndon B. Johnson recordó que aquí en Dallas habia una juez de ideales democráticos y que además era amiga suya. Y fue asi a bordo del Air Force One, aparcado en el aeropuerto de Dallas, el Love Field, que Lyndon B. juró el cargo de presidente. ¿Y quien fue la juez que le tomó el juramento? Mi protectora, Sarah Hughes.
En los años cincuenta, España y los Estados Unidos concertaron una serie de acuerdos diplomáticos que cubrían un amplio abanico de ayudas de orden económico y militar a nuestro país. Era la época de la “guerra fría”. USA había descubierto que la España de Franco, un régimen autoritario con escasas libertades cívicas, era, sin embargo un baluarte anticomunista.
Para el año 1956 la Fuerza Aérea de los Estados Unidos tenía en construcción varias bases aéreas y la naval de Rota. En Sevilla se instaló una pequeña unidad administrativa que operaba en unos terrenos situados en el barrio del Porvenir. Esta unidad convocó una plaza de asesor jurídico (en derecho español) adscrito a su propio cuerpo jurídico militar. Yo era por entonces abogado en ejercicio. Me presenté con otros al concurso y me llevé la plaza.
A poco de incorporarme a mi puesto, un día, a media mañana, a la hora del “coffee break” me dirigi con otro muchos a la cantina del destacamento a tomar un café. Se formó una cola delante de la cantina y cuál no sería mi sorpresa cuando vi como el coronel jefe de la base (un hombre muy culto, graduado de la prestigiosa academia West Point) se incorporó a la cola detrás de varios sargentos, cabos y algunos civiles como yo. Me quedé atónito. “Esto debe ser la democracia” pensaba yo. Todo el mundo igual.
Algún tiempo más tarde y de fuentes fidedignas me entere que algunos de estos militares americanos sentaban a sus sirvientas andaluzas en la mesa a comer con sus señores. No había distinción de clases.
Comparaba yo esto con mi experiencia militar en el cuartel jerezano donde serví como alférez procedentes de las por entonces llamada Milicia Universitaria. Allí no existía esta mescolanza. Había una cantina para oficiales y otra para suboficiales. Se daba el caso que esta era superior en todos conceptos a la de oficiales. Yo y mis compañeros frecuentábamos la de suboficiales. Ni que decir tiene que si “nuestra” cantina hubiera sido la mejor los suboficiales no hubieran podido tener acceso a la misma. Algo sorprendente y grato (y pocas cosas gratas ofrecía entonces el servicio militar, obligatorio, por supuesto) para nosotros, alféreces universitarios, fue que siguiendo la tradición en el ejército español de la época no más incorporarnos al cuartel nos asignaron a cada uno un asistente. El asistente, algo que ya no existe en nuestro ejército, era sencillamente un recluta que servía a un oficial como criado. Un criado que vivía en el cuartel pero que estaba exento de todo servicio excepto el que prestaba a sus oficiales de forma exclusiva. Yo nunca me enteré como el mando elegía estos asistentes y como podrían aspirar estos quintos a tal privilegio. El mío respondía al tipo del “quinto” de la época. Semi-analfabeto, pueblerino, con pocas luces pero bueno como el pan. Yo no sabía qué hacer con él. Los únicos deberes que le asigné fueron betunarme las botas y liarme cigarrillos. Algunos compañeros los utilizaban para otros menesteres. Había uno que lo tenía ocupado todo el día. Lo había convertido en su valet de chambre. Le afeitaba, le planchaba el uniforme, guisaba, etcétera. Un día fuí a verle y me quede atónito al ver que lo estaba vistiendo, tal y como si fuera un torero.
Esta plaza de asistente era común a varios ejércitos europeos. Pero nunca existió en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Recuerden que la Declaración de Independencia del país lo proclama bien claro: all men are created equal, todos los hombres son iguales.
Como en el caso del coronel haciendo fila con los suboficiales y la criada comiendo con sus señores pensé, de nuevo. Esto deber ser la democracia. No hay clases.
Más tarde descubrí que incluso en una democracia eso de que todos somos iguales era, y es, un mito. La India, la más grande democracia del mundo tiene sus infamantes castas. El Reino Unido, una antigua democracia, tiene su impenetrable aristocracia y su Oxbridge elite. Es un país donde el habla, por si sola, puede condenar a un parvenu al ostracismo .Pero es que además no me refiero con ello a la tradicional e inevitable estratificación entre ricos y pobres. Ni siquiera entre blancos y negros. Lo importante es que entre gente de la misma raza y no gran diferencia económica existen diferencias de gustos y estilos que los mantienen aparte. Un “blue collar” (digamos un fontanero, oficio hoy raro y por ende, entre los mejores pagados en USA) vive al lado de un modesto empleado de banco (“white collar”) en una barriada de clase media. Ambos tienen más o menos los mismos ingresos. Sin embargo Mrs. White (collar) le compra a su marido, por su cumpleaños, las obras completa de Hemingway mientras que Mrs. Blue (collar) le compra al suyo un juego de herramientas de carpintero. Viven en la misma zona, ganan aproximadamente lo mismo pero la educación, el lenguaje que hablan y sus gustos son tan diferentes que nunca podrán ser iguales. Mr. y Mrs. White pueden que sean unos cursis pero esa es otra historia.
En cuanto a las clases altas (altísimas) hay diferencia entre” old money” (dinero heredado) y “new money” (dinero ganado). Un Rockefeller no puede ser amigo de un Bill Gates. Podrán sentarse juntos en banquete a 10,000 dólares el plato para recaudar fondos a fines benéficos, intercambiar chistes, etcétera pero cuando llegue la hora de reunirse con sus amigo Rockefeller buscará a gente de su propio círculo. (En España la comparación seria el duque del Infantado y Amancio Ortega).
Ríos de sangre se vertieron en las revoluciones americana y francesa. Ganaron para el hombre de la calle la liberty y la liberte. ¿Pero la equality y la egalite? Eso es harina de otro costal.
Como es sabido en 2013 se cumplieron cincuenta años desde el fallecimiento en Méjico del ilustre poeta sevillano. Un amigo, sabedor de que tuve la ocasión de intervenir en un episodio concerniente a él con posterioridad a su muerte, me ha insistido en que lo cuente y después de pensarlo un poco he decidido a hacerlo con la salvedad de que tendré que ocultar nombres para no herir la intimidad de los principales actores en este relato, quienes, que yo sepa, aún viven.
En 1964 después de haber terminado (por segunda vez) la carrera de derecho y cumplido con todos los trámites burocráticos empecé a ejercer como abogado en esta ciudad de Dallas (Texas). Un día recibió una carta de España, acontecimiento éste que me llenaba de alegría pues casi siempre era de la familia o amigos. Esta vez se trataba de un amigo, un colega además, abogado de mi familia. Me contaba en ella que un su cliente era el heredero universal de Luis Cernuda, que había fallecido el año anterior, en Méjico.
Yo sabía muy poco de Luis Cernuda. Sabía que era poeta de fama, que era de Sevilla, pero no sabía si vivía, o, si vivía, donde vivía. Había leído poco de él y sobre él. Cernuda, como tantos otros escritores e intelectuales que se exiliaron durante (como fue el caso de Cernuda) o a la terminación de la guerra era, en aquellas fechas, uno de los “malditos” del régimen, de los que se hablaba y escribía poco. Sabía, por mi mujer, que había vivido y trabajado en Escocia y en Inglaterra e incluso teníamos en casa una foto en la que aparecía él con el cuadro de profesores del Instituto Español de Londres y un grupo de alumnos, entre ellos la que más tarde vendría a ser mi mujer, que asistía a un cursillo de cultura española. Esto era en 1946. Tengo que decir, como algo curioso, que este Instituto Español, fundado en 1944 por Juan Negrín, el último jefe del gobierno de la Republica le hacía la competencia, con ventaja, al Instituto de España, que, fundado en el mismo 1946 por otro poeta, Leopoldo Panero, era el que representaba al régimen de Franco.
Me decía en su carta mi amigo y colega que Luis Cernuda había fallecido en Coyoacán, un distrito autónomo dentro de la capital de Méjico con fecha 5 de Noviembre de 1963. Que estaba soltero y no tenía hijos. Que había muerto sin testar y que según la legislación española en aquellas fechas, el caudal hereditario iría a las manos de un sobrino. También que, aparte de libros y papeles Cernuda había dejado una cuenta de ahorros en un banco en Santa Mónica, California, donde el poeta había vivido hasta desplazarse a Méjico. Mi amigo y abogado del heredero, me mando una fotocopia de la cartilla de ahorros y otra de la partida de defunción del poeta. El heredero reclamaba el saldo de dicha cuenta más los libros y papeles y su abogado me pedía le ayudara a conseguirlo. Acepté el encargo. Yo barruntaba que la cuenta no tendría que tener mucho dinero pues nunca había oído que un poeta se pusiera rico con sus versos. Así es que por ese lado el caso no era para entusiasmarse. Pero había el tema de sus libros y papeles. Tomar posesión, siquiera temporalmente de tales libros y papeles y, posiblemente, de originales, era otra cosa.
Lo primero que hice fue dirigirme al banco, también situado en Santa Mónica, y manifestarle que Luis Cernuda había fallecido en Méjico y que en nombre de mi cliente, el heredero universal de Luís, reclamaba el importe de una cuenta de ahorros en tal banco, evitando, a ser posible, la necesidad de acudir a los tribunales. El Banco me contestó que, efectivamente existía tal cuenta de ahorros en el nombre de Cernuda, pero que el poeta había designado a un señor como beneficiario de la misma. También me daba el nombre del tal beneficiario e instrucciones sobre cómo el tal beneficiario podría cobrar el saldo de la tal cuenta de ahorros. Extrañado, me apresure a informar a mi amigo el abogado sobre la existencia de un beneficiario de la dicha cuenta de ahorros. Resultó que mi amigo, y por supuesto su cliente (y “mío”) sabían de la existencia del tal beneficiario. Para entonces el tal beneficiario, alertado por el banco, había cobrado el importe de la cartilla, de lo que no tuve noticias sino muchos meses después, por el propio banco y confirmado, en cuanto a la fecha, por el propio beneficiario.
Llegaba pues la hora de dirigirme al beneficiario, del que ya tenía su dirección. Le escribí y le pedí me dijera cuando cobró el saldo de la cartilla de ahorros, que título o títulos tenia para haber sido designado como beneficiario, qué destino habían tenido los papeles de Luís, etcétera. Por último le invitaba, por mi conducto, a dirimir sus diferencias con el heredero.
El beneficiario me contesto a vuelta de correo. Primero me daba una nota biográfica. Español, estudió y se doctoró en derecho por la Universidad de Madrid. Entro por oposición en el ministerio de Asuntos Exteriores. Pero luego, como muchos otros abogados, se desvió por la literatura. Becado, hizo un doctorado en lenguas y literaturas románicas en la universidad de Berkeley, California. Al tiempo de escribirme creo, aunque no estoy seguro, tenía un puesto de profesor (en la Facultad de Letras) en la Universidad de California en Los Ángeles. Después, entrando en materia, me explicó cómo había hecho gran amistad con Luis Cernuda, que, gracias a él, el poeta sevillano había conseguidos contratos (no explicaba que clase de “contratos”) por valor de unos treinta y cinco mil dólares, y que no tenía otro título que la voluntad del muerto. “Tanto trabajo (me decía) cuesta escribir xxxxxxx (aquí su propio nombre) como xxxxxxx” (aquí el nombre del heredero sevillano).
En cuanto a los libros y papeles me dijo que había que distinguir entre los que Cernuda les había donado personalmente y los que había depositado en un almacén a entregar al depositante, el propio Cernuda o a quien estuviera facultado para ello, o sea el propio beneficiario, que poseía un poder ad hoc otorgado por el poeta. Según me explicaba él había entrado en posesión de tales papeles y no estaba dispuesto a renunciar a los mismos. En esto había cambiado de opinión después de cierta agria correspondencia que se había cruzado con el heredero y a la que no tuve acceso.
Después de esta carta me puse a pensar. Aquí había un problema agudo. Según las leyes de California el beneficiario tenía pleno derecho a cobrar los ahorros de Cernuda. Por otra parte, según la legislación española había un único y universal heredero abintestato. Dicha legislación era la aplicable puesto que Cernuda, al no haber renunciado a su nacionalidad española, estaba sujeto al derecho español. Es decir estábamos frente a un espinoso problema de derecho internacional privado, un conflicto de leyes Yo era abogado en Texas, y en asuntos que tocaran a leyes federales podía ejercer libremente en toda la nación. Pero este era un asunto totalmente regido por las leyes del estado de California. Para yo poder ejercer en California tendría que darme de alta como tal abogado en tal estado de California, previo a presentarme y aprobar el examen de reválida del Derecho de California tal y como yo había tenido que hacer en Texas. Suponiendo que tal hiciera y consiguiera tendría que viajar con cierta frecuencia a California, que no está precisamente a la vuelta de la esquina. No hay más que mirar en el mapa. Había sin embargo un remedio. Podría buscarme un abogado en California quien, previo pago de honorarios a convenir, se prestara a firmar los escritos y formularios que fuera necesario presentar ante el juzgado correspondiente y estar presente cada vez que yo compareciera frente al juez de la jurisdicción. La otra alternativa seria contratar a un abogado californiano y que él se encargara totalmente del asunto. En cualquiera de tales alternativas, el importe de la reclamación era tan modesto, menos de seis mil dólares, que los gastos a originar superarían con creces lo que se pudiera cobrar, si se cobraba.
Pero sobre todo aquí había una cuestión moral. Como me dijo el beneficiario, había la voluntad del muerto. Cernuda prefirió dejar dineros y papeles a un extraño en vez de a un sobrino, a quien no conocía, o a algún amigo. ¿Pero tenía amigos Cernuda? Si los tuvo no parece que retuvieran su amistad. Desde luego en Sevilla no los tenía. En realidad, una vez que dejó Sevilla, y antes de la guerra, cuando pudo, nunca volvió a ella, a pesar de tener allí a dos hermanas. En sus años de Madrid, antes de la guerra, conoció a muchos literatos y artistas. De la generación del 98, conoció a muchos de sus miembros. De Ortega, que le abrió las páginas de su Revista de Occidente no tuvo nada positivo que decir. Lo mismo tenemos que decir de los poetas, tantos los que le precedían en edad, como Salinas y J.R. Jiménez, como los de su generación. A quien no desdeñaba, por conducirse como “burgueses”, caso de Salinas y Guillén, tildaba de “señorito”, caso de Lorca. Con Salinas fue ingrato. No le perdonó que hiciera reparos a su primera obra, “Perfil del Aire”. Y sin embargo, fue Salinas quien le descubrió y alentó como poeta en sus años de estudiante en la Universidad de Sevilla, quien le recomendó a Altolaguirre para que le publicara su citada primera obra, y quien le buscó un lectorado en Toulouse. No obstante, hubo dos mujeres, Concha Albornoz y otra Concha, Concha Méndez, a quienes, al parecer guardaba algún afecto. Pero tampoco se acordó de ellas al tiempo de abrir la cuenta de ahorros en Santa Mónica. Y sin embargo, Concha Albornoz le busco un empleo como secretario de su padre, el embajador Álvaro de Albornoz, en Paris, a principios de la guerra, y fue ella quien le sacó de Inglaterra, donde no se encontraba a gusto, y le ofreció una bien pagada plaza de profesor en un centro universitario de señoritas en Mount Holyoke, en EE.UU. El mismo reconoció que nunca se había encontrado tan desahogado hasta que obtuvo este profesorado. Y en cuanto a Concha Méndez, fueron amigos y vecinos en Madrid en 1931 y se alojó muchas veces en su casa en Méjico donde finalmente, viviendo en ella, encontró la muerte.
A toro pasado es fácil hacer conjeturas. Al parecer, su exilio en Escocia e Inglaterra fueron años de penuria. Pero después, a partir de Septiembre 1947 vivió y trabajó durante cinco años seguidos en los Estados Unidos, y después durante varias temporadas en cursos aislados (en California)donde tendría que estar bien remunerado. A menos que fuera un manirroto un hombre sin una familia a quien mantener debería haber reunido algo más de seis mil dólares que podría haber tenido en algún banco diferente del de la cuenta en Santa Mónica. Según el beneficiario ciertos “contratos” le habían devengado treinta y cinco mil dólares. Cabe la posibilidad, pues, de que se hubiera acordado de estas dos mujeres o de cualquier otra persona antes de su fallecimiento. Pero en fin, en 1964, muchos años antes de documentarme sobre la vida y obras del poeta, yo no tenía más elementos de juicio a los que atenerme sino los que tenía a la vista. El caso es que algo vio Cernuda en el beneficiario que le indujo a mostrarle su agradecimiento.
Me dirigí pues al abogado en Sevilla poniéndole en antecedentes de todas estas dudas y problemas. Mi compañero, inteligente, advirtió al reclamante las dificultades del caso y este, también inteligente, se avino a desistir, lo que así me lo comunicó mi compañero.
Para concluir, me dirigí al beneficiario contándole que el heredero sevillano se avenía a no impugnar sus derechos y ya en un terreno personal y confidencial le manifesté que mi mayor interés habría sido, caso de prevalecer el heredero sevillano, entrar en posesión de los libros y papeles, sobre todo , los inéditos, si los hubiera habido. El beneficiario me contesto y me dijo que Cernuda no dejo nada inédito y que no había escrito ninguna prosa sino la contenida en el segundo tomo de “Poesía y Literatura” publicado poco antes por Seix Barral, en Barcelona. En cuanto a poesía- me informaba- el último poema escrito por Cernuda fue el titulado “A sus paisanos”, escrito en San Francisco el 7 de Febrero de 1962, como publicó el dicho beneficiario en un artículo que había publicado recientemente en Ínsula.
Concluía con otras consideraciones de orden personal que no vienen al caso para esta historia.
Así terminó este episodio que no he hecho público en cincuenta años. Mi colega sevillano se interesó por mis honorarios y gastos incurridos por mí. Los gastos eran mínimos, solo un par de conferencias telefónicas a California. Decliné cobrarlos como también decliné percibir honorarios. El frustrado heredero me obsequió con una estupenda billetera de piel. Si mal no recuerdo provenía de una elegante tienda en la sevillana calle Cuna, “Luque”, creo que se llamaba.
Yo he vivido en Dallas (Texas), fundada en 1856, más de un tercio de su existencia. En estos más de cincuenta años he tenido la oportunidad de ver, oír y a veces tratar a numerosas personas foráneas o del país, de diverso pelaje, y buena o mala fama y disposición. La mayoría pasaron a mejor vida. Corrigiendo a Bécquer, ¡Dios mío, que solo se quedan los vivosļ
Cuando yo llegué aquí, en 1958, portando una beca de graduado para cursar estudios de derecho comparado, estudios que solo dos años antes había también cursado en la misma Universidad mi amigo e ilustre poeta y novelista sevillano Aquilino Duque, Dallas no era precisamente el ombligo del mundo. Aquí no venía nadie de fuera. Las cosas cambiarían en 1963, a raíz del asesinato del presidente Kennedy, lo que, tristemente, contribuyó a poner a Dallas en el mapa.
No obstante, alguien venía. Poco después de mi llegada pude gozar con la presencia y actuación de dos estrellas, una en pleno ascenso, la otra en los comienzos de su declive. Oí (e incluso saludé en su camerino) a María Callas
Maria Callas
en su debut americano de la ópera “Medea”, un éxito sensacional. La Callas arrastraba consigo una vida de escándalos profesionales que luego llegarían a ser personales cuando abandonando a su marido se emparejó con el mega billonario griego Aristóteles Onassis, quien luego la substituiría con Jacqueline, la viuda del presidente Kennedy. La otra estrella, la bella Marlene Dietrich , de voz cálida, subyugante y unas deslumbrantes piernas había sido un verdadero mito del cine. Verla en persona fue una experiencia inolvidable.
Y mentando la opera por aquí recaló un cantante madrileño de segunda o tercera fila que había emigrado de la zarzuela (entonces en total decadencia) a la ópera. No tenía mala voz y ello le proporciono la oportunidad de cantar no solo en España sino en el extranjero. Había reunido unos ahorrillos que había invertidos en un taxi. Era hombre bueno, dicharachero, de pocas letras. “Oh, aquel Paternon,” refiriéndose a una visita a la Acrópolis después de cantar en Atenas lo que él llamaba “un Nabuco”.
La primera personalidad española que pude conocer y tratar fue Blas Piñar, fundador en la transición (quizás un poco antes) de “Fuerza Nueva” un partido político disconforme con la democracia. Cuando yo le conocí, a poco de yo llegar aquí, era director del Instituto de Cultura Hispánica del que luego sería defenestrado. Le trate poco, pero recuerdo como su mirada ardiente denotaba ya el fuego ultraderechista que le consumía.
También pude conocer a varios políticos americanos en aquellos primeros años. Fue durante la campaña presidencial de John F Kennedy para su segunda vuelta en la Casa Blanca. Conocí a algunos de sus fieles o conmilitones: Adlai Stevenson, Lyndon B Johnson, que luego sucedería a Kennedy a raíz del magnicidio, y Harry S. Truman, que sucedió al General Eisenhower en la Casa Blanca y resolvió afirmativamente el terrible dilema de si mandar arrojar la bomba atómica sobre Japón o no. Truman, liberal antifranquista, había tenido mala prensa (falangista) en España en sus tiempos de presidente. Por curiosidad fui a escucharlo. Era un hombre más bien bajo, de apariencia vulgar. Pero eso era solo la fachada. Tenía una voz poderosa y convincente. Nó, no era el alfeñique de las corbatas “Truman” que nos habían pintado los acerbos editoriales de la prensa del “Movimiento”.
Y por supuesto, poco después, desde una acera en una calle del centro de Dallas y a escasos metros vi a pasar en un coche abierto, al candidato, John F. Kennedy, y su esposa Jacqueline, jóvenes, sonrientes, llenos de vida en su camino hacia la muerte. Véanse mis recuerdos sobre este triste episodio en este blog (Eugenio Cazorla’s blog, en Google, o http://Eugenio Cazorla.com/blog) bajo el título “Fue un 22 de Noviembre”.
La opulenta Universidad de Texas en Austin (la capital del estado) posee un Departamento de Español famoso en el país, con una biblioteca riquísima. Por allí han desfilado numerosas personalidades del mundo literario español e hispanoamericano. A poco del asesinato de Kennedy, en enero o febrero de 1964, tuve la oportunidad de conocer a Ricardo Gullón, eminente crítico de la obra de Juan Ramón Jiménez, en la propia Austin. Almorzamos juntos. Por aquellas fechas barría las cifras de venta la novela de José M. Gironella “Los Cipreses Creen en Dios”. Su traducción en los EE.UU tuvo un éxito clamoroso, en parte debido a haber sido apadrinada por varios círculos católicos. Como le preguntara que opinaba de la novela me respondió tajante “Es un bodrio”. “Pero don Ricardo, es Premio Nacional de Literatura”. “Nada, es un bodrio”. Aquello me impresionó.
No sé si fue la curiosidad pero el caso es que mucha gente empezó a venir a Dallas, que ya “estaba” en el mapa. Fueron muchas las personalidades españolas (y algunas extranjeras) a las que pude conocer: políticos, escritores, arquitectos, artistas, aristócratas (reales o ficticios), periodistas, diplomáticos y hasta la realeza.
Sin duda alguna el político español más importante que visito Dallas fue don Manuel Fraga Iribarne. Yo le trate dos veces, una en Dallas y la otra en San Antonio, ambas siendo ministro de Información y Turismo, en 1964 y 1966. Doy las detalles de este conocimiento en mi citado blog en un artículo publicado a raíz de su fallecimiento. Solo apunto ahora a su descripción, una vez que le puse en antecedentes, de la ultraderechista Dallas, en noviembre de 1963, como “una Pamplona protestante”.
Ya después de la transición el gobierno de Euskadi envió aquí una delegación de su departamento de Turismo y Cultura que nos obsequiaron con un espléndido banquete y una proliferación de suntuosos folletos repletos de literatura nacionalista. El delegado de Cultura, un tal Joseba Aguirre dio una conferencia sobre el País Vasco y amparándose en la ignorancia del público americano que aguantaba su deplorable inglés tuvo la desfachatez de anunciar que Euskadi era un país “situado” entre España y Francia.
Muchos años más tarde conocí a Francisco Camps, presidente de la comunidad valenciana. Eso fue antes de la tragicomedia de los “tres tristes trajes”.
Escritores conocí a muchos: Julián Marías, Jorge Guillen, Juan Marichal (después de comprar en Méjico las Memorias de Azaña que él editó y que andaban prohibidas en España), Felix Grande, el mejicano Carlos Fuentes, etcétera. Uno que no me cayó bien fue el argentino Jorge Luis Borges. Me pareció un hombre frio, indiferente, pagado de sí mismo. También conocí a Pablo Beltrán de Heredia, ya retirado como profesor en la Universidad de Texas en Austin, reuniéndome con él en Dallas y en su Santander. Sin embargo no pude conocer al famoso poeta y ex falangista Dionisio Ridruejo, que también fue profesor de la citada institución en Austin. Y hablando de falangistas conocí y traté a un vieja guardia y miembro de la Junta Política de Falange Española, amigo de su fundador José Antonio Primo de Rivera. Me refiero a José Sainz Nothnagel, que después de hacer la guerra y vivir parte de la posguerra en España se retiró de la política y ancló en Dallas, donde murió. Una completa semblanza de este personaje puede también encontrarse en mi citado blog.
En Nueva York conocí al famoso bailarín “Antonio”, que con su pareja “Rosario” habían formado parte de la “troupe” de Carmen Amaya, y en Dallas a otro bailarín, José “Greco”, que yo suponía español hasta que me confesó que había nacido y se había criado en Brooklyn, Nueva York.
Hubo también un escritor que también visitó Dallas, invitado por el Departamento de Estado de USA a raíz de haber recibido el premio Nadal por su novela “El Cuajarón (1971). Esta fue una visita emotiva porque el autor fue mi entrañable amigo y compañero en la Facultad de Derecho de Sevilla José María Requena, poeta, periodista y escritor. De él guardo unas letrillas que dice:
“Aquel que nunca fué ”cosa”
Y de pronto cosa le hacen
Desde que le han hecho cosa
¡Jesús, cuantas “cosas” haceļ
Al cumplirse los diez años del asesinato de Kennedy, en 1973 un equipo de Radio Televisión Española vino a Dallas a hacer un reportaje sobre el asesinato. Me encontraron y pidieron que les ayudara, a lo que no tuve ningún inconveniente. Hicieron muchas tomas y yo les organicé entrevistas con abogados fiscales y defensores y algunos testigos en el caso contra Jack Ruby, presunto asesino de Lee Harvey Oswald, a su vez presunto asesino del presidente. Cuando terminaron, Mariñas, que era el jefe del grupo me pidió le presentara un español “atípico” a quien entrevistar como colofón de la visita. Yo le presente a José Rodríguez, un gallego afilador de cuchillos que recorría algunos barrios de la ciudad empujando su rueda medieval, algo que me llevaba a mi niñez en Sevilla. Mariñas quedo encantado. La entrevista terminó de forma jocosa pues habiendo pedido Mariñas que enviara un mensaje a los varios millones de oyentes que le escucharían (la entrevista se estaba grabando) no se le ocurrió, en pleno régimen franquista, sino gritar ¡Viva la Republica! Todo esto lo publiqué en el Diario de Sevilla en Noviembre de 2012 bajo el título “Se le había parado el reloj”.
Tuve también la oportunidad de conocer a la Infanta Pilar y, más tarde, a nuestros reyes siendo José M. Aznar presidente del Gobierno. Venían acompañados del por entonces ministro de Estado Josep Piqué. El motivo de la visita fué la inauguración del nuevo edificio del importante museo Meadows, que alberga una estupenda colección de arte español. Les acompañaba también el arquitecto Santiago Calatrava, hombre popular en Dallas, que tiene una pieza escultórica en dicho museo y ha diseñado dos puentes sobre nuestro mini-Manzanares, el rio Trinity, uno de ellos ya abierto al tráfico.
Del cuerpo diplomático he conocido en tantos años a infinidad de embajadores, cónsules, vice-cónsules, agregados de lo uno y de lo otro con varia fortuna. Guardo especial recuerdo de Ricardo Martín-Fluxá, cónsul en Houston (Texas) quien me ayudó a recuperar mi nacionalidad española y del embajador de España en Washington, Antonio Oyarzábal que quedó impresionado cuando le dije que sabía dónde. cuando y como murieron sus padres. [Su padre era diplomático en la embajada española en Berlín. En las Navidades de 1944 acompañado de su esposa viajó en tren desde Berlín hacia España. Atravesando Francia una escuadrilla de la RAF bombardeó el tren y terminó con las vidas del diplomático Oyarzabal y su esposa. Me enteré leyendo las memorias (“Berlín Diaries”) de la Princesa Marie Vassilchikov una rusa “blanca” que vivía en Berlín y era amiga de los Oyarzabal].
En los años ochenta hubo une exposición monográfica dedicada a El Greco en el Museo de Bellas Artes de Dallas. Con este motivo vino a Dallas el actual duque de Medinaceli, entonces duque de Segorbe, quien había prestado al museo algunos de los Grecos de su anciana casa ducal. Coincidimos en una fiesta y como le preguntara que opinaba de los actuales Borbones me contestó: “Son unos advenedizos”.
Ha conocido a muchas otros personajes y personajillos pero mencionarlos a todas haría este relato interminable.
Dallas sigue sin ser el ombligo del mundo (ningún Papa se ha acercado por aquí, aunque sí la reina de Inglaterra y su ministra Margaret Thatcher) pero el caso es que por una cosa o por otra (ha producido en los últimos treinta años tres premios Nobel, de los que dos aún viven y trabajan aquí en biología y bioquímica) ya todos saben dónde está y yo estoy aquí para contarlo.
Hace cien años, en 1913, un ajuste (“amendment”) de la Constitución de los Estados Unidos creó el impuesto sobre la renta siguiendo el voto favorable del congreso y de los estados, que autorizaban la imposición de un tributo sobre los ingresos, cualesquiera que fuera su origen, de ciudadanos y residentes. El centenario ha pasado desapercibido. Es natural, los duelos no se festejan.
Previo a la incorporación de tal precepto las arcas federales se nutrían de los ingresos que proporcionaban las tarifas aduaneras y tributos especiales sobre algunos artículos, particularmente alcohol y tabaco. Aún sin contar con el fruto del trabajo de sus ciudadanos los Estados Unidos no dejaron de progresar. Entre otras cosas crearon una marina de guerra que liquidó de mala muerte a los restos de nuestro imperio (1898). Evidentemente los yanquis bebían y fumaban a destajo.
Recién llegado a este país pude notar que en algunas de las carreteras en construcción o reparación aparecía un mensaje dirigido al viajero en el que se anunciaba que la tal carretera se construía o reparaba gracias al dinero que pagaba el propio viajero, como contribuyente. (Este mensaje lo he visto luego en España, copiado, como todo, por supuesto). El mensaje me impresionó. Podía colegir que las arcas federales (el circuito nacional de carreteras es en gran parte federal) estaban repletas. Comparaba yo esto con la situación en España en aquellos tiempos. Aquellas carreteras miserables. Como abogado en Sevilla, en donde ejercí como tal durante diez años, mis impuestos eran minúsculos. Todos los años Hacienda designaba a tres síndicos, miembros del Colegio de Abogados, quienes a ojo de buen cubero calculaban los ingresos profesionales de los 400 y pico de colegiados. Estoy hablando de los años cincuenta. Exceptuando tres o cuatros eminencias del foro la inmensa mayoría de los profesionales de aquel colegio no tenían sino un modesto pasar. Su contribución a la hacienda nacional no daba ciertamente para algo como las autopistas tejanas; si acaso, para una vereda de cabras. Por cierto, y antes que se me olvide, hubo un año en el que los tres síndicos colocaron a un compañero que alardeaba de sus ganancias en la categoría mas alta, donde pagaría la cuota máxima. “A este a la 12, por bocazas”, acordaron. Por la boca muere el pez.
Tenía yo un amigo en Dallas, ya fallecido, que solía decir que solo había dos cosas a temer: el cáncer y que lo empitonara a uno el IRS (Internal Revenue Service, la agencia federal tributaria). El cáncer ha perdido virulencia. Pero el IRS sigue robusto, vivo y coleando. El IRS era temible. No se casaba con nadie. Las deducciones son, a veces, materia a debatir. Todos tenemos derecho a soñar. Otras son justas, legítimas e indiscutibles. Tenía yo otro amigo, también muerto, (Dios mío, que solo se quedan los vivos) que como tenía nueve hijos hizo las correspondientes deducciones. Un día se vio sorprendido con la visita de un agente del IRS. Quería comprobar si tenía nueve hijos. Llegó a contar las literas donde dormían. Pero no declarar ingresos o evadir los impuestos, eso es harina de otro costal. Aquí en Texas, el ciudadano está especialmente protegido contra sus acreedores desde los tiempos de la frontera. El acreedor de un tejano no podía embargarle ni su casa, ni su caballo, ni sus aperos de labranza, ni sus armas de fuego (una). Como en tantos otros aspectos Texas, que llego a ser una república independiente, era, y en parte lo sigue siendo, única comparada con el resto de la nación. El blindaje estatal contra los acreedores sigue existiendo aunque adaptado a los tiempos y exigencias modernas. La casa sigue exenta aunque no por impagos hipotecarios. El caballo es ahora el automóvil, los aperos, el ordenador y el Remington de leyenda es ahora el letal AK-47 . Llega el IRS sediento de dólares después del ajuste constitucional de 1913 y, señores y señoras, el IRS, un organismo federal, no entiende de barcos, Texas o no Texas. El IRS, si no se le paga lo suyo se lo lleva todo y lo deja a uno como a el gallo de Morón. Y si ha defraudado al fisco u ocultado ingresos lo mete a uno en la cárcel. Tan temible y temido es el IRS que el presidente Nixon, en su particular paranoia, se fabricó una “enemy list” y no se le ocurrió, para castigarlos, sino echarle los perros tributarios.
Con el “descubrimiento” de los llamados derechos humanos y presionados por el Congreso el IRS se ha humanizado algo. Se ha creado una Carta de los Derechos del Contribuyente. Se terminaron las visitas` domiciliarias, se acomodan a los morosos para que paguen a plazos, etcétera.
Aun así, esta leyenda feroz hace que el IRS tenga pocos amigos. Algunos lo desafían y optan por no hacer la declaración u ocultan ingresos. Otros declaran a su manera. Hay quien el día 15 de Abril (fecha límite) aparece a las 11 y pico de la noche en la oficina recaudadora con un saco lleno de calderilla. Y como las leyes comerciales de este país dan como válido un talón escrito sobre cualquier materia o sustancia además de papel (madera, tejido, etcétera) un contribuyente apareció un año en la tal oficina y cumplió con la ley pagando su impuesto con una cantidad escrita sobre la tapa de madera de un inodoro.
Hay quien pregona la bonanza de pagar impuestos, siguiendo el “dictum” de un famoso juez, Oliver W. Holmes quien dijo que “pagar los impuestos es lo que nos hace civilizados”. (Frase por cierto esculpida en bronce en las puertas del IRS en Washington, D.C.). El que en este sentido ha ganado fama estos días es el billonario Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, quien lamenta el hecho de que, gracias a las deducciones y exenciones (legales) que originan sus inversiones, paga proporcionalmente menos impuestos que su secretaria. Y no está solo. Le acompañan los más de 300,000 vecinos de la ciudad de Nueva York que declaran ingresos como millonarios.
El comunismo tuvo un profeta, Karl Marx y un “santo”, Lenin, quien momificado y en una urna se venera (o veneraba) en Moscú en olor de “santidad” tal y como nuestro rey y patrón San Fernando en la catedral de Sevilla. El capitalismo en USA (patria del sistema) también tiene sus “santos” (algunos más bien bandidos), a saber: Rockefeller (petróleo), Guggenheim (minas), Carnegie (acero), Ford (automóviles), Duke (tabaco), Gould (ferrocarriles) etcétera. Con el tiempo todos ellos se avergonzaron de sus riquezas y haciendo acto de contrición las invirtieron en crear fundaciones, museos y hasta una universidad, (Duke) para solaz de la humanidad. En nuestros días la revolución electrónica ha creado héroes, que no santos: Gates (Microsoft), Zuckerberg (Facebook) Dorsey (Twitter), Dell (Dell). Pero uno de ellos, Jobs (Apple) murió en olor de santidad y está hoy en los altares del capitalismo cibernético. Hay algunas diferencias entre los antiguos y los nuevos santos y héroes. Los primeros procedían, casi todos, de la clase obrera. Estaban sedientos de riqueza. Los nuevos son, casi todos, “hijos de papa” y han buscado no hacerse billonarios (aunque algunos han terminado siéndolo) sino investigar y crear algo nuevo para su propia satisfacción y, eventualmente, la del prójimo. Para ellos, triunfar en la vida no significa acumular riquezas. Para ellos, triunfar en una profesión, no en el comercio o la industria supone sumar originalidad a la ambición para así escalar a un nivel de excelencia difícilmente superable. A los nombres citados podemos añadir el del famoso arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959) a quien el American Institute of Architects calificó en 1991 como el “más grande arquitecto de todos los tiempos”. Todos ellos, absolutamente todos, tan diferentes, tienen algo en común: jamás pisaron una universidad, y, si la pisaron, salieron de ellas sin un título.
Que un título universitario no ha sido ni es garantía de éxito en el porvenir de una persona es algo antiguo y bien conocido. Los ejemplos arriba citados son casos extraordinarios. En España podríamos citar a Amancio Ortega, uno de los hombres más ricos del mundo y al “ultimo pirata del Mediterráneo”, Juan March. Todos sus conocimientos se reducían a leer y escribir y a las cuatro reglas. ¡Pero qué bien las aprendieron! Pero en fin, no hace falta ser un Rockefeller o un March para vivir bien y hasta muy bien, sin un título universitario.
Al terminar la última guerra mundial millones de ex-soldados de los EE.UU., provistos de las becas “GI bills” ingresaron masivamente en la universidad. Eran los años cincuenta. Las universidades tuvieron un crecimiento esplendoroso. Surgió entonces una clara divisoria entre la clase obrera y la clase universitaria. La clase obrera, no obstante, se desenvolvía bien. Las industrias basicas del país, fabricación de acero y automóviles, minas de carbón, astilleros, etcetera, proporcionaban abundante trabajo y buenos salarios. Eventualmente, sin embargo, una concienciación de clase despertó en estos obreros un deseo de progresar, pasar del “cuello azul” al “blanco” Por otra parte las empresas empezaron a saturarse de egresados de la universidad con un grado de “Bachelor” (licenciatura) e incapaces de dar trabajo a todos comenzaron a exigir una titulación superior. Así nació el mítico “Master”, que llego a ser indispensable en muchos casos. Esto dio más impulso si cabe a lo que llegaron a convertirse en meras fábricas de títulos universitarios. Nuevas facultades, como las de mercadotecnia (“Marketing”) Publicidad (“advertising”) y Administración de Empresas o Empresariales (“Business Administration”) profesionalizaron actividades que siempre habían existido en el mundo de los negocios sin necesidad de titulación. En el mundo académico, por otra parte, no había (ni hay) forma de conseguir un puesto en la enseñanza superior a menos de poseer un doctorado. Era, y lo sigue siendo, una sociedad de credenciales. El gobierno federal ayudaba, y sigue ayudando, a los que querían una educación universitaria concediéndoles préstamos con un largo plazo de devolución pero a intereses casi leoninos. Para dar más oportunidades a los hijos de los obreros se crearon en todas las grandes y medianas ciudades una especie de mini-universidades, sostenidas por impuestos locales que ofrecían “carreritas cortas”, de dos años de duración en vez de los cuatro que requiere el titulo de “Bachelor”. Muchas empresas que antes requerían, cuando mucho, un grado de secundaria, empezaron a exigir la titulación que expedían estos County o Junior Collages para puesto tales como dependientes de comercios, taquimecas, cajeros/as, mecánicos, etc. Surge la picaresca y proliferan “universidades” donde se expiden, a precios a veces exorbitantes, títulos a cualquier nivel con la simple aportación de “experiencia de trabajo”. Algunos funcionarios cuyo ascenso en el escalafón dependía de la posesión de un título académico se apresuraban a comprarlos. Otros lo inventaban e incorporaban a sus “resumes” (currículum vitae).
En España la gloria que fue Salamanca, una de los cuatro focos de cultura en el renacimiento, cayó, con unas pocas más, en un obscurantismo de siglos y no fue hasta mediados del XIX cuando la universidad recupero algo del prestigio perdido. A mediados del siglo XX la enseñanza universitaria era elitista. No porque la matricula fuera exorbitante, que no lo era, sino porque la universidad, doce centros para todo el país, era algo para los “señoritos”. Pero en España se desconoce el término medio. Lo que ocurrió con “la moral y las buenas costumbres” en tiempos de Franco, cuando los hombres no podían pasear por la playa en bañador, para pasar con la democracia a las más cruda pornografía, ha sucedido con la enseñanza. Del elitismo universitario, donde para estudiar arquitectura había que irse a vivir a Madrid o a Barcelona, y un monopolio profesional, hemos pasado a 50 universidades públicas y 29 privadas, el mismo número que en el Reino Unido, que tiene una población bastante mayor a la nuestra. Como en el caso de los aeropuertos fantasmas, se crearon centros universitarios a tontas y a locas, sin pensar si el mercado laboral podría absorber a tanto graduado. Vino la crisis y estamos viviendo el mayor paro intelectual de todos los tiempos.
Volviendo a los EE.UU. y coincidiendo con la revolución digital de fines del XX las industrias básicas y con ellas los salarios pingues de la época desaparecieron y pasaron a las economías emergentes. Sus obreros han sido o pensionados o reeducados para otros menesteres, a menudo sin éxito. Muchas ocupaciones han desaparecidos. Otras son de nueva creación. Algunas herramientas de búsqueda e investigación han quedado obsoletas. Un ejemplo. Yo soy (o era) orgulloso poseedor (y dueño) de uno de los tres ejemplares de la monumental Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe, 80 pesados volúmenes más los tomos suplementarios, que existen en Dallas (Texas). Los otros poseedores son una universidad y una biblioteca pública. Cuando quiero consultar algo ya no tengo que cargar con un pesado tomo (dos quilos), descifrar con la ayuda de una lupa el texto microscópico que me interesa y luego devolver el volumen o volúmenes a la estantería. Todo un alarde muscular. Para eso tengo mi ultra ligero IPad donde calibro a mi gusto el tamaño de la impresión y satisfago mi curiosidad en segundos.
Ha cambiado el mercado laboral. Ya no hay secretarias ni dictáfonos. Los ejecutivos escriben su propia carta en sus ordenadores. Los grandes bufetes ya no emplean a jóvenes abogados cuya única misión era bucear entre los millones de casos civiles o criminales en inmensas bibliotecas jurídicas en busca de la rara decisión judicial que encaje con el asunto que tienen entre manos. Tanto la biblioteca como el puesto del joven abogado han desaparecido. La respuesta la da rápidamente un artefacto que no percibe ni un respetable sueldo ni pagas extraordinarias, ni seguro médico ni bonificaciones de fin de año. La robotización ha destruido empleos en todos los órdenes de actividades, desde la fabricación industrial hasta la misma cirugía.
En la última crisis económica en este país, ya casi superada, las empresas que despidieron a miles de trabajadores cuando la desocupación alcanzó el 10 % descubrieron que podían seguir funcionando con menos empleados. Tales empresas se han “acostumbrado” a este relativamente bajo nivel de empleo y pudiera ocurrir que el nivel normal de desempleo que en tiempos de bonanza había sido siempre el 5% se convierta en un nivel “nuevo normal” del 7% sin detrimento para la economía. Por otra parte y a pesar del crecimiento demográfico, las cifras máximas de empleo en el sector manufacturero, alcanzadas en 1979, siguen sin ser superadas.
Entretanto las universidades siguen vomitando al mercado laboral miles de graduados que se encuentran con un incierto futuro.
A todo esto el lector se preguntará: bueno, muy bien, pero, como anuncia el epígrafe del articulo ¿para qué sirve un título universitario? Pues, dado el presente estado de cosas, para muy poco. El caso es que hay muchas empresas norteamericanas a las que ya no les interesa si el que solicita empleo posee un título universitario a cualquier nivel. Lo que la empresa hoy busca no son títulos ni conocimientos teóricos sino qué es lo que el candidato puede ofrecer en términos de habilidades prácticas o técnicas adquiridas en cualquier parte, no necesariamente en la universidad. Títulos tales como maestrías en mercadotecnia, periodismo o empresariales van perdiendo utilidad.
En efecto, ¿para qué ir a la universidad? Antes de que existieran las universidades y existiendo, cuando su entrada a las mismas o era o costosa o inaccesible por las distancias, existían profesiones en los que los conocimientos que capacitaban para su ejercicio se adquirían siguiendo las enseñanzas prácticas de un veterano en la misma. No hay que remontarse a la antigüedad clásica, repleta de matemáticos, médicos y filósofos ni a la gloria que fué la Córdoba musulmana. Cuando yo llegué a Dallas (1958) era posible conseguir la licencia para ejercer la abogacía con la simple certificación de un profesional que atestiguaba que el aspirante al ejercicio de la carrera había, tras años de aprendizaje, acumulado suficientes conocimientos para presentarse al “Bar exam” o examen de reválida de la carrera. Si aprobaba el examen, el profesional así preparado resultaba tan competente como el que se graduó de una facultad de Derecho. . La “sociedad de credenciales”, no obstante, liquidó una práctica que, en parte, vuelve a tener vigencia en nuestros días. Hoy el que quiera documentarse en cualquier ramo del conocimiento no tiene más que enchufar su ordenador y conectar con el internet. Hay organizaciones que ofrecen cursos “on line” en una miríada de disciplinas a precios razonables. Esto por lo que se refiere a conocimientos teóricos. Hay hoy muchas personas que apenas se gradúan de “high school” entran a trabajar y aprenden (vía ordenadores, por supuesto) multitud de cosas que les hacen aptos para desempeñar puestos de responsabilidad. Pero es que a veces ni siquiera hay que terminar la educación secundaria. Ahí tenemos el caso Edward Snowden, el espía que desveló al mundo los secretos de la inteligencia norteamericana. Después de trabajar primero con la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y luego con la CIA encontró trabajo con Booz Allen Hamilton, una compañía de consultores que presta al gobierno de los Estados Unidos servicios de seguridad en materia de defensa. Su sueldo en esa empresa, según la misma, era de $120,000 al año. Snowden manifestó a la prensa, una vez descubierto el escándalo, que su anterior patrono, la temida CIA le pagaba $200,000. Todo esto SIN HABER TERMINADO LA EDUCACION SECUNDARIA. (‘High School”).
Ante este panorama es obvio que una educación universitaria no tiene mucho futuro. La universidad no obstante, no desaparecerá. Volverá a ser cómo comenzó. En el medioevo era un islote cultural en un océano de analfabetos. En el futuro, un islote cultural en un océano de especialistas. La “barbarie de la especialización”, que decía Ortega y Gasset. Alguien definió un especialista como alguien que sabe cada vez más y más sobre cada vez menos y menos. “El médico que solo sabe medicina, ni siquiera sabe medicina”, dijo otro de nuestros gigantes, Gregorio Marañón. La universidad, pues, quedará como un reducto minoritario de personas interesadas, mayormente, en las despreciadas Humanidades (Filosofía, Literatura, Economía, Lenguas Clásicas, Historia, etcétera) y otras disciplinas que en el sentir de algunos (mal informados) “no sirven para encontrar empleo”. Serían personas interesadas en descubrir, si es posible, el “porqué” de las cosas e ideas en vez del “para qué”.
El día se presentó lluvioso. Pero para la legión de gentes que le admiraban era un día especial. John F. Kennedy visitaba Dallas. El público se movilizó: algunas escuelas (las católicas) y algunas oficinas, y algunos talleres cerraron por varias horas para poder contemplar al presidente y a su bella esposa en su campaña electoral para un segundo trecho en la Casa Blanca.
Yo me encontraba a la sazón, ya terminada mi carrera de abogado ´´americano¨,(ya lo era español) haciendo prácticas con una firma de abogados que tenía su bufete en un edificio justamente situado en la calle Main por donde desfilaría la cabalgata presidencial. Estábamos atentos a la radio que describía, con un fondo de gritos y aplausos, el paso de la caravana de camino hacia el lugar donde se le ofrecería al presidente Kennedy un banquete por su partido, fieles y algunas autoridades. Para entonces había escampado y gozábamos de un cielo azul y luminoso que debería abrillantar la jornada.
Cuando el locutor indicó que la cabalgata enfilaba la calle Main mis colegas , secretarias, algunos clientes y por supuesto yo bajamos y en escasos minutos y a corta distancia, desde la acera, pudimos ver a la pareja: joven, sonriente, satisfecha ante el júbilo y demostraciones de afecto de la multitud. El, con un terno azul, ella con un traje de lana rosa, tocada con un sombrerito del mismo color. Nadie podía sospechar que rodaban hacia la muerte.
Nos alegraba ver tanta demostración de afecto por el público. Antes de ser elegido, la Casa Blanca había estado presidida durante décadas por hombres ya caducos. Ver en la misma a uno joven, que traía al país aire fresco, nuevos horizontes, nuevas perspectivas, entusiasmaba a la gente de buena fe. Pero sabíamos que al lado de tanta admiración existía en la ciudad un siniestro clima de odio y resentimiento. John F. Kennedy era liberal, adverso a la segregación, iniciador de una campaña en pro de los derechos civiles. Sin ser pusilánime ante la amenaza soviética prefería olvidarse de las armas nucleares y buscar una concordia. Era católico, pero había demostrado no ser un lacayo del Vaticano.
El “establishment” de la ciudad de Dallas, excepto contadas figuras, opinaba, no obstante. que Kennedy era la personificación del demonio. Lo consideraban como un agente soviético, presto a rendirse al poderío ruso, como decían lo había demostrado llegando a un entendimiento con la Unión Soviética en vez de aplastar a Cuba y sus misiles. La Dallas radical veía una conspiración comunista detrás de cualquier cosa que contradijera sus creencias: se resistía, en contra de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, a acabar con la segregación, odiaba las Naciones Unidas, y la política de contención en la “guerra fría”. Esta oposición llegaba a extremos ridículos. Había un político que denunciaba a los vegetarianos por preferir una opción que consideraba de inspiración comunista. Según él lo patriótico era comer carne de vaca tejana. La Dallas radical se oponía también a la iglesia católica, y Kennedy, considerado un papista declarado, amenazaba con poner fin a las libertades de Tejas. Se predicaba contra la política del presidente y contra su misma persona en los pulpitos, en los editoriales del Dallas Morning News , en las campañas políticas de la extrema derecha y en los panfletos de la John Birch Society (que, en su paranoia, ya había calificado a los presidentes Roosevelt, Truman y Eisenhower como agentes del Soviet). El estado de Tejas, en su conjunto, lo había votado pero Dallas, que había votado por Nixon, había fracasado en cerrarle la puerta a la casa Blanca. El resentimiento era general en tan influyente sector, en el que figuraban entre otros, personajes tan poderosos como el obispo W.A. Criswell, líder de la Iglesia baptista más grande del mundo, el senador republicano Bruce Alger, el general Edwin Walker, Ted Dealy editor y propietario del diario mas importante de Tejas, The Dallas Morning News, y el billonario (entonces el hombre más rico del mundo) H.L Hunt.
Unos días antes un virulento pasquín circulaba en Dallas y sus alrededores. Tenía el formato de aquellos pasquines del viejo Far West que veíamos en las películas, donde se anunciaba una recompensa por la captura de un cuatrero o, modernamente, un gánster perseguido por el F.B.I. Presentaba la foto del presidente de frente y de perfil y al pie la frase, en gruesos caracteres, WANTED FOR TRAITOR (Se busca por traidor) seguido por una serie de acusaciones tildándole de comunista, prevaricador, traidor, etc. etc. Y el mismo 22 de Noviembre el Dallas Morning News publicaba un mensaje que ocupaba toda una página en la que bajo una sarcástica bienvenida le hacia una serie de preguntas que encerraban acusaciones similares a las del pasquín. Pero lo insólito del mensaje es que iba enmarcado por una gruesa franja negra como las que se utilizan en las mortuorias de personas importantes. Presentía una tragedia.
Y la tragedia tuvo lugar. Como en casos similares, da igual a quien se debió la autoría de la misma. En este caso fue un psicópata que sediento de fama y nombradía discurrió que qué mejor medio de alcanzar notoriedad mundial que eliminar al hombre más poderoso del planeta. Tres disparos fue todo lo que necesitó. Aunque efímera, consiguió la fama que buscaba. Infinidad de teorías, en periódicos, revistas, libros y hasta películas, surgieron a posteriori encaminadas a analizar la conducta de Harvey L Oswald y tejer una tupida maraña sobre siniestras conspiraciones de todo tipo, cuantos proyectiles le alcanzaron, si Oswaldo actuó solo o acompañado. Inútil ejercicio. Nada importa el cómo y el por qué.
Hubo recriminaciones y explicaciones, dolor y sentimiento, propósitos de enmienda, pero lo cierto es que Dallas conservó durante muchos años la triste fama de ser una ciudad maldita. Ostentó un estigma del que tardo mucho tiempo en desprenderse. Entretanto miles de visitantes, llevados por una curiosidad malsana, afluyeron a una ciudad, antes casi desconocida y hoy, fatalmente, puesta en el mapa.
La conmoción fue universal. Un muy querido amigo me escribió desde Santander: “Con la muerte de Juan todos hemos muerto un poco…….”
Mientras hacia la cola del autobús que me llevaría a casa aquella tarde de Noviembre de 1963 un vientecillo arremolinaba por las calles desiertas páginas sueltas del perverso Dallas Morning News que en pronta edición recogían noticias del magnicidio. Un cielo rojo de ira parecía como que condenase a una ciudad que acababa de ser cómplice en un horror de época.
Así acabó la vida de un claro varón, de un personaje de leyenda. Como en los inmortales versos de Jorge Manrique,
Hace varias noches en el programa de Televisión Española “El debate de la Una” tuve ocasión de ver y escuchar al líder de Ezquerra Republicana Oriol Junquera perorar en términos nada histéricos sino comedidos y con modulada voz como ve él la independencia de Cataluña. Sostenía y supongo sigue sosteniendo que la segregación catalana del resto de España sería cosa normal y corriente y puso como ejemplo el caso de Kosovo . la pendiente consulta escocesa y los intentos de Quebec. Hizo muchas apelaciones a la democracia, al dialogo y ninguna a la realidad legal de la constitución nacional, que obliga a Cataluña.
A mí esto de la intentona separatista de Cataluña me parece una catetada y de un provincianismo atroz. La realidad futura mira hacia una mas intensa integración europea. En pocos años España y por supuesto Cataluña seguirán siendo una nación la primera y una autonomía la segunda pero sus habitantes pensaran y se sentirán ciudadanos de un entre supranacional que dejaran los nacionalismos a un lado para concentrar sus esfuerzos en remar todos juntos no como españoles y, por supuesto, catalanes, sino como europeos.
Hace varias semanas el New York Times publicó un artículo debido a las conjuntas plumas de Daniel Cohn-Bendit y Felix Marquardt. El primero es un eurodiputado por el Partido Verde. El segundo se dedica a las relaciones públicas. Ambos son fundadores de un grupo de opinión llamado Europeans Now (Europeos Ahora). Para los jóvenes o los flojos de memoria Daniel Cohn-Bendit alcanzo fama como unos de los líderes estudiantiles en la famosa revuelta parisina de 1968 en la que crearon el mensaje de “Interdit l’interdit” o Prohibido Prohibir.
Como lo creo de interés me tome el trabajo de traducir tal artículo que bajo el título “ The Fix for Europe: People Power” , que yo traduzco libremente como LA CURACION DE EUROPA es como sigue:
“En las elecciones europeas del próximo año tendremos que poner en claro que el concepto nación-estado como esencia y finalidad del buen gobernar, y que nuestros políticos guardan como su mejor secreto, se va rápidamente convirtiendo en una estructura política obsoleta.
En Europa una nueva generación llega a la mayoría de edad con niveles de bienestar inferiores a los de sus padres. Está abocada a un dilema: o rápida integración o un lento camino hacia la irrelevancia. Y sin embargo el plan más ambicioso para afrontar tal peligroso dilema es hacer coincidir en la misma fecha las elecciones europeas en toda la Unión Europea y que el presidente de la Comisión Europea sea elegido por votación popular. No es esto precisamente el Big Bang que Europa necesita.
Ha llegado la hora para un movimiento, masivamente financiado, de orden trasnacional, trasgeneracional, traspartisano, y surgido desde las raíces (“grassroots”) que impulse la integración europea a un nivel superior. Y antes de crear un partido deberíamos considerar los éxitos europeos para concretar cómo sería nuestra plataforma. Invitemos a los finlandeses a que nos adiestren sobre educación, a los franceses sobre sanidad pública a los alemanes sobre flexibilidad en el empleo, a los suecos sobre igualdad de género.
En la actualidad los países europeos se contentan con sus símbolos del Viejo Mundo. Nos envanecemos de nuestras gloriosas historias y bellos monumentos y atraemos un turismo mundial que admira nuestra cultura, modas y gastronomía. Pero nuestros símbolos del Viejo Mundo no salvarán a Europa. Puede que salven a Paris, Berlín, Roma, Londres, como salvarían al valle del Loire, Bavaria, Toscana o el condado de Oxford. Sin embargo, al lado de capitales llenas de museos e históricos lugares el resto de Europa sufre de crónico desempleo, mínimo crecimiento y envejecimiento de la población.
No es que nuestros políticos sean malévolos o incapaces de enfrentarse a un reto. Lo que ocurre es que no están preparados para penetrar en el meollo de la realidad política de nuestros días. Es ingenuo suponer que políticos tradicionales elegidos para cuatro o cinco años por un electorado doméstico sean capaces de enfrentarse con temas tales como la escasez de recursos, deforestación, crónico desempleo, el calentamiento de la tierra, o la disminución de la pesca, que son de naturaleza global y que requieren décadas para su resolución. Hoy las soluciones tienen que ser trasnacionales ; en otro caso no serán soluciones en absoluto.
Continuemos, por supuesto, apoyando a nuestras selecciones nacionales de futbol. Pero cesemos de dejarnos embaucar por políticos que llevados de egolátricas visiones creen que el concepto nación-estado es aun el vehículo apropiado para crear la política que nuestros tiempos requiere. Lo que debemos hacer, y que ya presentimos, es darnos cuenta de que estamos en el umbral de una nueva era postnacional en la que los europeos podemos pasar de ser remolones a ser líderes. Si no lo hacemos nos convertiremos en un estereotipo de USA, un país con los mejores hospitales pero con millones de sus ciudadanos que carecen de seguro de enfermedad, con una de las más adelantadas tecnologías en el mundo y muchos sin poder acceder a la misma, con renombradas universidades y generaciones retrógradas por aferrarse a una mezquina visión del mundo.
Somos, lo que es extraño, los últimos que aun dudan de nuestro propio proyecto político. Nos quejamos de que Europa sea considerada como algo abstracto por sus ciudadanos y sin embargo aún estar sin aprobar las leyes que creen un pasaporte europeo digno de su nombre o el marco que permita a todo europeo a verdaderamente abrazar el proyecto de la Unión Europea.
Hay un viejo adagio judío que dice: “Si tienes solo dos alternativas, escoge una tercera”. La cuestión no es substituir las geriatricracias por las dictaduras de los jóvenes. Este movimiento tiene que estar respaldado por todos aquellos que sin distinción de edad estén de acuerdo en ceder el poder a la juventud si queremos reducir la deuda con la que estamos gravando a futuras generaciones. La juventud europea, digital de nacimiento, crece en la austeridad y está familiarizada con recortes presupuestarios. A diferencia de nuestros líderes está capacitada para cambios rápidos y su instinto es utilizar creativos y eficientes métodos para conseguir sus objetivos.
En Europa la política de cada nación se ocupa mucho en especular como el mundo debería ser y muy poco en cómo lograr resultados tangibles. En vez de enzarzarnos en rencillas sobre qué clase de política seria la preferida, lo que necesitamos es un esfuerzo paneuropeo que determine el mejor método europeo a utilizar en cada sector y adoptarlo en todo el continente. ¿Qué es lo mejor que cada país hace? ¿Qué modelos de éxito pueden adoptarse? ¿Cómo podemos aprovechar la suma total de experiencias, recursos y soluciones homologadas de todas las naciones europeas?
Europa no va cambiar tras las elecciones de 2014. Sólo cambiará si los políticos con mentalidad europea que resulten elegidos se ponen de acuerdo en transferir el poder a genuinas instituciones europeas. Necesitamos que nuestros políticos sepan que ya no aceptamos sus arrebatos nacionalistas, ni que no compartimos su temor a terminar en la irrelevancia si conferimos a la Comisión Europea y al Parlamento Europeo el poder que merecen. O canalizamos el poder y los ricos recursos de la red europea o dejamos que la marcha de la globalización termine por ignorarnos.
Y lo primero que tenemos que hacer es empezar a votar no como ciudadanos franceses, alemanes o griegos sino como ciudadanos europeos.
Hasta aquí la traducción del artículo del New York Times. El mensaje es claro. Si queremos vivir mejor y terminar con la angustia de la crisis y el desempleo y otros males tenemos que integrarnos profundamente en Europa y, entre otras cosas, adoptar los sistemas y métodos en los hemos fracasado. Por ejemplo, arrinconemos nuestros criterios en la enseñanza y adoptemos el modelo finlandés. Es una vergüenza que estemos a la cola de Europa en educación. Es una vergüenza que la Junta de Andalucía se niegue a publicar cuales son los mejores colegios y escuelas, de donde salen los mejores estudiantes en Andalucia. Se enaltece la mediocridad, no le excelencia.
Al lado de este futuro europeo los arrebatos nacionalistas catalanes me parecen una majadería.
Conste que no soy un especialista en relaciones internacionales, ni un historiador ni un experto en Gibraltar. Lo que sigue está basado en datos reales que cualquiera puede verificar, un poco de imaginación y sentido común.
Para empezar no sé cómo se le ocurre a algunos pensar y hasta vociferar que Gran Bretaña nos ha robado un pedazo de España. No hay tal. La corona española y los políticos que la representaban acordaron por el Tratado de Utrecht (1713) ceder a la Gran Bretaña el Peñón a perpetuidad. Culpémonos, pues, por su perdida y no demonicemos a quien por su poderío sacó tajada en unas negociaciones en las que no éramos sino lacayos de Francia. Culpemos también a nuestra tradicional incompetencia el no haber podido recuperarlo a pesar de numerosos asedios. El dicho “plaza sitiada plaza tomada” no acertó en esta ocasión. Ni tampoco en el famoso asedio del Alcázar de Toledo, en nuestra guerra civil, que también fracasó por la incompetencia de los milicianos republicanos que intentaron tomarlo.
El caso es que Gibraltar permanece como una zona irredenta en la geografía española. Su recuperación es quizás la única cosa en que están de acuerdos todos los españoles (excepto los separatistas vasco-catalanes, a quienes este tema les importa un comino) sin distinción de credo político. Recuerdo que en Julio de 1942 mi padre y yo hicimos un viaje por mar de Cádiz a Barcelona. Tenía yo 17 años. Navegábamos en el “Ciudad de Palma”, un buque de la Transmediterránea. Por cierto que unos de los pasajeros era el famoso escritor y tocayo Eugenio D’Ors. Ya de noche, a la hora o así de zarpar de Cádiz estaba yo en la cubierta gozando de una deliciosa brisa y contemplando las estrellas en una noche oscurísima y silenciosa. De pronto noto que el buque pierde velocidad y finalmente se para. Oigo voces. Me aproximo a donde provienen y veo como a luz de unos focos varios militares suben por una escala hacia la cubierta. Que eran militares era fácil de apreciar por sus gorras de plato, correaje y pistola al cinco. Sin embargo era la primera vez, fuera de las películas, que veía militares con pantalón corto. Entonces supe que estábamos frente a Gibraltar y los militares, británicos, venían a inspeccionar carga y pasajeros. Sentí indignación.
Los expertos en el tema opinan que el Tratado de Utrecht ha sido violado por Gran Bretaña. Hay un ejemplo de incumplimiento que creo no se pondrá sobre el tapete. Cuando la plaza fue ocupada (1704) en el transcurso de la Guerra de Sucesión por un contingente anglo-holandés, los vecinos de Gibraltar huyeron y se asentaron en lo que hoy es San Roque (Cádiz). Al acordase el Tratado y a petición de España, el Reino Unido se comprometió a no sustituir la población que había evacuado el Peñón “ni por moros ni por judíos”. Lo cierto es que hoy viven en Gibraltar numerosos moros y judíos. ¿Pero, como va España a protestar si España está llena de moros y alberga a algunos judíos?
Entre otras cláusulas que se han infringido la más importante es la construcción del aeropuerto (1938) en el istmo que separa la península de la frontera con Gibraltar, en tierra española. Gran Bretaña construyo este aeropuerto aprovechándose de que estando España envuelta en una guerra civil, pensó, y estaba en lo cierto que España (cualquiera de las dos en la contienda) no estaba en condiciones para montar una protesta. Tenía otros problemas más urgentes.
Y como España es parte de la Unión Europea parece ser que se infringen determinados reglamentos europeos tales como aquellos que afectan al medio ambiental.
Las relaciones entre España y el Reino Unido se han venido deteriorando y últimamente ha habido quejas españolas contra determinados restricciones a los pescadores españoles, el contrabando, el blanqueo de dinero, etc.
¿Cuál es el futuro de Gibraltar? Para mí que Gibraltar será un día español. ¿Cuándo? Ni idea. ¿Cómo? Tampoco lo sé. Pero uno tiene imaginación y puede barajar con ciertos esquemas que darían las respuesta a cómo la recuperación podría producirse.
Hay, en primer lugar dos hechos fundamentales. El primero es que los “llanitos” como así llamamos a los habitantes de la plaza, no quieren ser españoles. Por tres veces, en 1967, 2002 y 2006 los llanitos han votado en este sentido. No por un desmedido amor a la metrópoli. Bien mirado, los llanitos son ciudadanos británicos de segunda clase. Excepto que son blancos, tienen el mismo “status”: que los indígenas de las islas Pitcairn en el Pacifico o los de las Islas Vírgenes en el Caribe. La inmensa mayoría jamás han visitado el Reino Unido, ni tienen parientes en el mismo. Para ellos la metrópoli es una entelequia. Los llanitos no quieren ser españoles porque España no puede darles el mismo nivel de bienestar al que están acostumbrados. En tiempos de Franco alegaban la falta de libertad. Hoy el tema que predomina es la economía. Gibraltar es próspera y siempre lo ha sido. Temen perder esa prosperidad.
Otro factor es que Gran Bretaña ha perdido interés en conservar Gibraltar. Ha perdido su imperio. La Royal Navy ya no domina los mares. Por diversos factores geopoliticomilitares Gibraltar yo no es para el Reino Unido “la llave del mediterráneo”. Es más, Gibraltar ya no es su colonia. En 2006 Gibraltar se dio a sí misma una Constitución y se convirtió en una región autónoma con sus propio gobierno, policía, tributos, franquicias, etc. Gibraltar es ahora, desde el punto de vista británico, un “British Overseas Territory”, o Territorio Británico de Ultramar. Gran Bretaña solo se ocupa de su defensa y sus relaciones exteriores. La ya ex colonia no tiene otro nexo de unión con la metropoli que su gobernador, que representa a la Reina Isabel II y que puede ser un ciudadano británico o simplemente un llanito.
Es, en este aspect, en que los expertos e Gibraltar se apoyan para opinar que Gibraltar ha hecho dejación de su ex colonia. Según el Tratado España tendría la primera opción para la recuperación de la plaza si Gran Bretaña “vendiera, cediera o de cualquier manera enajenara el Peñón”. Opinan los expertos que aunque El Reino Unido no ha vendido ni enajenado Gibraltar, sí que la ha “cedido” desde el momento que al dejar de ser una colonia ha permitido que la plaza se gobierne por sí misma.
Con estas premisas uno puede pensar en la posibilidad de que un día España y el Reino Unido podrían llegar a un acuerdo en virtud del cual el Tratado de Utrecht, en lo que respecta a Gibraltar, seria anulado. Excepto el aeropuerto y el puerto de Gibraltar, que pasarían inmediatamente a la soberanía de España, nuestro país se comprometería a respetar el presente estatus de Gibraltar durante cien años. Lo de los cien años es por aquello de “dentro de cien años todos calvos.” La idea sería amortiguar el trauma de un repentino cambio de banderas. Bajo este esquema la presente generación y muchas de las que le sucedieran vivirían exactamente igual que ahora. España permitiría que Gibraltar conservara su régimen gubernativo, sus leyes, impuestos e incluso sus privilegios tales como sus casinos, su condición de paraíso fiscal, la opción de conservar la nacionalidad Britania o elegir la española, etc. España no recibiría de Gibraltar un duro. Más aun, podría, incluso, ofrecerle los mismos subsidios o contribución económica (pero no mas) que los que estarían recibiendo de la metrópoli, si los hubiera. Excepto el control del aeropuerto y el puerto, España lo dejaría todo como está en la actualidad. Para dejarle le dejaría hasta sus monos.
Hay un antecedente. En 1898 la misma Gran Bretaña arrendó a los chinos unas tierras contiguas a Hong Kong, y por tratado, se comprometió devolver a la China tales territorios más la totalidad de la colonia de Hong Kong en cien años, lo que tuvo efecto en 1998.
Volviendo a Gibraltar habria una condición sine qua non para que dicha transmisión pudiera tener efecto. Los llanitos tendrían, por referéndum, dar su conformidad a la misma.
Uno pensaría que bajo tales condiciones la población de Gibraltar tendría que dar la conformidad. No tendría nada que perder. Más aun el primer ministro de Gibraltar y su gobierno entenderían, por los términos de este acuerdo o tratado que el Reino Unido estaba manifestando claramente haber perdido todo interés en conserva la soberanía sobre Gibraltar.
Pero todo pudiera ocurrir. Cabe la posibilidad, que juzgo remota, que Gibraltar se opusiera a la transmisión de soberanía. En ese caso, en el esquema que estoy construyendo España ocuparía la plaza de Gibraltar, eso sí, manteniendo su compromiso de respetar su presente estatus.
También hay precedente. Es el caso de Goa. Goa era una diminuta región en el noroeste de la India ocupada por Portugal en el siglo XVI. Era parte de su extenso imperio colonial. Ganada su independencia de la Gran Bretaña, en 1950, la India comenzó a hacer ruido protestando contra la continuada existencia de la colonia portuguesa, alegando que era una violación de su soberanía y que su mera existencia infringía la doctrina anticolonial de las Naciones Unidas. Las relaciones indo portuguesas se fueron tensando en el curso de los años hasta que en 1961, sin previo aviso ni declaración de guerra un fuerte y numeroso contingente militar indio que incluía fuerzas navales y aéreas, invadió la minúscula colonia que no contaba para su defensa sino con unos pocos miles de soldados y policías. La “guerra” duró dos días. Hubo más de cien muertos por ambos lados. La India fue objeto de universal oprobio. Hubo manifestaciones en su contra, protestas en la Naciones Unidas, etc. El Presidente Kennedy hizo resaltar la hipocresía de la India que, siguiendo la táctica de Gandhi de la desobediencia civil, llevaba años predicando contra la violencia en las relaciones internacionales. Poco a poco todo se fue calmando. Pasado uno meses nadie se acordaba de Goa.
La anexión de Gibraltar se haría cautelosamente. Una fuerza lo suficientemente poderosa para dar a entender a la débil defensa de la plaza que sería inútil resistir haría posible ocuparla sin pegar un tiro. Al mismo tiempo el gobierno español proclamaría su intención de mantener la promesa dada antes de la ocupación de respetar el estatus de la plaza en todos los órdenes excepto el control del aeródromo y del puerto.
¿Y qué haría el Reino Unido? ¿Tendríamos otras Malvinas? Las Malvinas (Falklands para los británicos) antigua posesión española pasaron a la Argentina al declararse esta ultima una república independiente. Para entonces las Malvinas, una agrupación de islas en el Atlántico sur, azotadas por un viento gélido y escasamente poblada, estaba ocupada por la Gran Bretaña. La Argentina ha venido clamando por su devolución durante doscientos años. En 1982, como en el caso de Goa, un contingente militar argentino, sin previo aviso ni declaración de guerra, invadió las Malvinas. Por aquellas calendas la Gran Bretaña estaba gobernada por la Premier Margaret Thatcher (“La Dama de Hierro”), quien,al enterarse de la noticia, montó en cólera e invocando las glorias del ya inexistente Imperio británico y usando de todos sus resortes demagógicos movilizó la opinión pública y con la ayuda (algo encubierta) de USA mandó una poderosa fuerza aeronaval a enfrentarse con los argentinos. La operación duro setenta y dos días y terminó con la derrota de los invasores y la total recuperación de las islas. La vuelta de las fuerzas británicas a casa fue triunfal.
No, no creo que tendríamos otras Malvinas. Francamente yo no veo a la Royal Navy cañoneando Vigo ni a los Royal Marines desembarcando en Cádiz, como ya lo hizo en el siglo XVI el Conde Essex, quien entre otras cosas saqueó varias bodegas y de ahí proviene la afición desmedida de los británicos por el vino de Jerez. Las cosas han cambiado. Ni el Reino Unido está gobernado por una Thatcher, ni el público británico está para aventuras coloniales. Gibraltar es poca cosa para el público británico. Apostaría a que muchos no saben ni siquiera donde está situado. La guerra de las Malvinas, pasados los primeros excesos chauvinistas dejo un mal sabor de boca. Para liberar a unas islas situadas donde Cristo dio las tres voces y con más ovejas que humanos, la Gran Bretaña perdió varios buques y lo que, es peor 255 vidas de los suyos. Un alto precio para tan poca cosa. La Gran Bretaña ha proclamad varias veces que no permitirá que su ex colonia pase a las manos de España. Suena bien, pero en realidad son latiguillos para la galería.
El Reino Unido, visto que no habría pérdidas humanas y que Gibraltar continuaría gozando de su particular estatus haría algunas débiles (pro forma) protestas en los tradicionales foros contra la anexión manu militari. Habría algún revuelo en las Naciones Unidas, algunos editoriales anti españoles y ahí quedaría todo. Como el soldado en los versos de Cervantes (“Al Túmulo de Felipe II en Sevilla”) el Reino Unido miraria al soslayo, fuese, y no hubo nada. La nación que haría más ruido seria posiblemente Marruecos, que se vería “copado” teniendo a un Gibraltar español enfrente y los enclaves engarzados de en su territorio de Ceuta Y Melilla.
Puestos a imaginar, nada seria de extrañar que el Reino Unido, por protocolo secreto, acordara con España no usar de la fuerza si esta se viera en el caso de anexionar su ex colonia.
Pasados cien años Gibraltar pasaría a ser otra ciudad más en la autonomía andaluza. ¿Y de los monos, qué? Ah, pues vaya usted a saber. A los mejor se apuntarían al PSOE.
El año 1936 no comenzó bien. Una mañana de Enero, en aquel dormitorio gélido que compartía con mi hermano, al levantarme para ir al colegio sentí una dolorosa punzada en el costado. Grité de dolor y, al oírme, mi madre,
Mi madre (1931)
que trasteaba en la cocina, acudió a mi cama “Que te Pasa”. Le dije que me dolia el costado. Mi madre corrió a su dormitorio donde mi padre aun dormía. “Federico, Eugenio está malo. Hay que llamar a un medico, pero nada de Don José, estoy harta de sus paños calientes, esto parece serio”. Oí como mi padre hacía varias llamadas telefónicas. Seguramente que estaba preguntando a amigos y conocidos sobre un buen médico.
Dos horas más tarde llegaba el médico a casa. Resulto ser Don Emilio Piqueras Antolín, hombre con cara de listo, simpático. Se presentó y mi madre le condujo a mi dormitorio. Me auscultó, tomó la temperatura, a ver, tose. Lanzaba un grito. Bien, este niño tiene una pleuresía ¿Y eso que es Don Emilio? Pues es una inflamación de la pleura, una especie de forro de los pulmones. ¿Y es grave? Señora, es grave si no se atiende a ello. Pero como vamos a cuidarle pues no hay peligro, así es que tranquilícese usted. Mi madre sonrió agradecida. Don Emilio sacó su recetario y escribió algo. Le entregó a mi madre la receta. Nada de colegio y tápelo usted bien. Hace mucho frio en este cuarto. Al oír que no tenía que ir al colegio me puse contentísimo. Se estaba tan a gusto en la cama. Mi padre: ¿Que le debo, Don Emilio? Cinco duros. Mi padre le dio un billete. Volveré en diez días. Una vez ido mis padres cambiaron impresiones. Mi padre: Cobra cinco veces más que Don José. Mi madre: porque lo vale. ¿No te fijaste lo pronto que supo lo que tenia? Igualito que Don José.
Durante aquellos días en la cama me harté de leer novelas, cuentos, revistas, tebeos y cuanto mi madre y algunos amigos que vinieron a verme me traían. También vinieron a verme algunas personas mayores. Una de ellas fue Julia la mujer de mi padrino, Juan Alfonseca Caro, antiguo amigo de mi padre. Juan era dueño de la mejor tienda de comestibles (entonces se le llamaban “ultramarinos”) de Sevilla. Se llamaba “La Nueva Paz” y estaba situada en la calle O’Donnell justo enfrente a la joyería de Félix Pozo, que todavía existe. Mi hermano y yo íbamos a veces con mis padres a la tienda. Mis padrinos vivían en el piso principal de la casa. Los pisos tercero y cuarto estaban dedicados a almacén. Mientras ellos visitaban a los padrinos Manolo y yo subíamos al cuarto piso y allí, atrincherados detrás de sacos de azúcar y garbanzos y por un ventanuco veíamos (con dificultad porque los cristales del tal ventanuco hacia años que no lo limpiaban) veíamos la sala de fiestas del Kursaal, el mejor y mas caro de los cabarets de Sevilla. Este cabaret lo tiraron después de la guerra para construir el Palacio Central, que también llegó a ser el mejor cine de Sevilla. Hoy no existe. Creo que es una tienda de tejidos o modas.
Julia era regordeta, guapa, con unos ojos verdes preciosos, tan preciosos como los de su hija Isabelita, algunos años mayor que yo. Julia era la que proveía a mi madre de novelas eróticas. Mi madre, que suspiraba (y lloraba) con las novelas rosas de Rafael Pérez y Pérez de vez en cuando leía las novelas que Julia le traía, obras de El Caballero Audaz, Felipe Trigo, Alberto Insúa, etc. Estas novelas estaban en un anaquel en el piso bajo de Juan Rabadán, en donde mi padre tenia su despacho. Años más tarde allí me refugiaría allí a leer a hurtadillas aquellas novelas….
Don Emilio Piqueras volvió a los diez días. M encontró prácticamente curado. –Puede dejar la cama. Pero nada de colegio por ahora. Además este niño esta flaco, pálido. Necesita salir de Sevilla y pasar un mes en el campo, al aire libre. Mi padre: ¿Pero ahora, o en el verano? No, ahora. Muy bien, Don Emilio. Pasaron varios días mientras mi padre buscaba donde llevarme. Fueron días aburridos. Mi padre habia decidido que mi hermano no asistiera al colegio, a mi colegio. No sé por qué. Un día se recibió una carta del director del San Fernando preguntando por qué Manolo no asistía a clases. No sé si mi padre le contesto. Aquellos días llovió mucho en Sevilla. Un domingo, aburrido veía pasar a la gente desde nuestro cierro De pronto vimos a una masa de mujeres que torcían de la calle San Vicente y venían en nuestra dirección, por Juan Rabadán. Eran mas bien mujerucas, desgreñadas, hasta sucias, algunas. Llevaban unas pancartas con letreros: CNT, UHP. Gritaban: Hijos sí, maridos no.
Mi padre encontró un lugar donde ir a respirar “aire fresco” en Carmona. Se trataba de una casa de recreo que constaba de una casita de una planta y un jardín. Alrededor de la casa habia unos terrenos y cerca la carretera a Madrid. Allí estuvimos como un mes. Llovió la mayor parte del tiempo, así es que nos aburrimos mucho. Mi padre venia los fines de semana. No recuerdo si fue a la ida o a la vuelta presenciamos en plena calle unas fiestas de carnaval, que han sido las únicas que he presenciado en mi vida. No hubo carnavales a partir del año 1937 y en los 55 años que vivo en Dallas, Texas nunca he visitado España en el mes de Febrero. Desde luego que lo que vi no valía gran cosa.
A la vuelta a Sevilla mi padre y fuimos a la consulta del Dr. Piqueras en la Puerta de la Carne. Me examinó y me encontró totalmente curado y en condiciones de volver al colegio. Terminado el examen el doctor y mi padre hablaron de política. El 16 de Febrero el Frente Popular, una coalición de los partidos de izquierda habia ganado las elecciones para las Cortes. Habia habido un reajuste en el Ayuntamiento de Sevilla y el Dr. Piqueras, socialista, habia sido elegido concejal. Hablaba a mi padre de una fiesta a celebrar en un buque ruso, llamo “Konsomol, “anclado en el puerto. El Dr. Piqueras quería que mis padres asistieran a la fiesta. Le dio dos invitaciones. Mi padre le dio las gracias. A la salida, ya en la calle, mi padre tiró las invitaciones a un carro de la basura parado frente a una casa más allá de la del Dr. Piqueras. “Yo no voy a esas cosas” explicó mi padre.
Mis padres quedaron encantados con el Dr. Piqueras y acordaron olvidarse de Don José. El destino quiso que aquella tarde fuera la última vez que le veríamos. El Dr. Piqueras fue fusilado en aquel verano sangriento de 1936.
Riada de 1936. Calle de Palmas (o Jesus)en Sevilla
Mi vuelta al colegio fue pintoresca. Fue en…..barca. Llevaba sin parar desde hacia varias semanas. El Guadalquivir estaba desbordado. Las partes bajas de la ciudad estaban inundadas. Esto fue lo que pasó en nuestro barrio. El cruce entre las calles Palmas (después y hoy Jesús) y Conde de Barajas era infranqueable a pie. Por Conde de Barajas el agua llegaba hasta la casa del Dr. González Ceferino (quien andando el tiempo llegaría a ser suegro de mi hermano Manolo). Por cierto que esta era y es una casa histórica. En ella nació y así lo atestigua una placa en la fachada el famoso poeta Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel punto nos embarcamos mi hermano y yo rumbo al colegio. Era casi emocionante. A la vuelta la misma operación. Creo recordar que costaba una “gorda” el viaje.-
Varias cosas sucedieron en aquella lluviosa primavera. Una noche nos despertó un tiroteo cercano. . Por los periódicos nos enteramos que unos pistoleros de izquierda asesinaron a mansalva a un estudiante falangista que pegaba pasquines de su partido en la fachada de la casa del maestro de baile “Realito”, en la calle San Vicente, casi esquina a Juan Rabadán. Otra noche otro tiroteo. Esta vez no tuvimos que esperar a los periódicos. El suceso tuvo lugar en nuestra propia calle y la (casi) víctima fue…..mi tío Faustino, hermano de mi padre. Mi tío, director del Matadero Municipal, tenia por costumbre salir de casa hacia las cinco de la mañana y tomar un taxi que le esperaba a la puerta de su casa. Unos pistoleros de izquierda, apostados en la esquina de Miguel del Cid y Juan Rabadán dispararon contra el. Aunque un periódico, “La Unión”, relataba el incidente el relato omitió el hecho de que mi tío, que resultó ileso, repelió la agresión con su propia pistola.
Yo, con once años cumplidos, andaba por Sevilla por mi cuenta, unas veces con encargos de mi madre, otras por reunirme con amigos o ver cosas. El mundo era para mí un espectáculo. Una vez yendo por la Plaza del Duque vi como un joven le arrancó a una señora una cadenita de oro (seguramente con una medalla religiosa) que llevaba al pecho. Todo a la vista del público que transitaba por la Plaza. Yo me preguntaba “qué” estaba pasando.
Me encantaba ir a la barbería de la Plaza de San Lorenzo a que me cortaran el pelo. En la barbería hojeaba la revista deportiva Campeón, que editaba ABC. También editaba ABC la estupenda revista Blanco y Negro, que compraba mi madre. También hojeaba en la barbería un periódico que se acaba de lanzar en aquellos días, llamado “Ahora” que traía unas fotografías estupendas y una revista, “Crónica” que traía en la portada unos desnudos femeninos que encandilaban mi ojos de adolescente… A pesar, según pude leer más adelante, de la grave crisis económica por la que pasaba Sevilla, y España en general, había algún progreso. En Sevilla, por ejemplo, se inauguró por aquellos días una línea de autobuses para el transporte urbano. Recuerdo que la parada en el barrio era en la puerta de la farmacia de Don Cástulo Pérez Pascual, que estaba situada en la Plaza de san Lorenzo esquina a Cardenal Espínola. Los autobuses iban pintados de verde y a veces lo cogíamos para bajarnos en la Campana. Todo el mundo estaba encantado con estos autobuses, que preferían a los tranvías.
También mis padres progresaban económicamente. Por aquellos días (primavera de 1936) mi padre se compró un coche, un flamante FIAT, “Balilla”.
Fiat Balilla
No era su primer coche. Recuerdo que viviendo en calle Res, donde nací, tenia un descapotable Renault. Para mí que era de segunda mano. Las ventanas no eran de cristal, sino de una materia parecida al plástico, que llamaban “talco”. Estas ventanas no cerraban bien y cuando llovía entraba el agua en el coche. El FIAT era otra cosa. Nuevecito, le habia costado a mi padre siete mil quinientas pesetas. Su matricula, recuerdo, era SE-17.591. El “Balilla” era un coche pequeño, lo que ahora llaman “compacto”, de cuatro puertas y cabida para cuatro personas. Era de color crema. El “Balilla” le hacia la competencia a un modelo FORD, también pequeño. Ambos coches gozaban de gran popularidad. Los partidarios del “Balilla” decían que FORD significaba “Fabricación Ordinaria Rotura Diaria”. Con este coche hicimos varios viajes a Morón de la Frontera, donde mi padre tenía un compadre, (era padrino de mi hermana “Chica”) Juan Valdivia Bellido, propietario de una importante tienda de comestibles y buen cliente de mi padre. Los viajes a Morón eran una odisea. La carretera a Morón era infame. Cada vez que íbamos pinchábamos, a veces más de una vez. Además los cuatro hermanos nos mareábamos y dejábamos el coche que era una lástima.
Mi padre usaba el coche a diario, para su negocio. Algunas veces viajaba por Andalucía, a visitar clientes en los pueblos bien para vender, bien para cobrar facturas atrasadas. Algunas veces me llevaba a mí, coincidiendo con vacaciones escolares. Recuerdo, ya avanzada primavera del 36 que hicimos un viaje a la provincia de Córdoba, visitando, que yo recuerde, La Carlota y la Rambla, donde compramos un botijo precioso, en forma de gallo, que conservamos en casa durante muchos años.(Los botijos de La Rambla eran famosos en toda España). Lo que mejor recuerdo de este viaje es que al regreso nos paró en la carretera un grupo de hombres, gente de campo, que llevaban anudado al cuello un pañuelo rojo. El que parecía ser jefe de este grupo, un tipo alto, delgado, mal encarado, se acerca a la ventanilla portando una hucha de latón y le dijo a mi padre: -Un donativo para el Socorro Rojo Internacional. Mi padre, sin rechistar, depositó una peseta en la hucha. –No es bastante. Mi padre, sin protestar, sacó de nuevo el monedero y colocó un duro de plata en la ranura de la hucha. El tipo, sin pronunciar una palabra, hizo un gesto de dejarnos libre el paso y mi padre arrancó y proseguimos el viaje. “Sinvergüenzas”, fue el comentario de mi padre una vez que nos encontramos a prudente distancia del grupo. (Sin aire acondicionado, los automovilistas viajaban, excepto en invierno, con las ventanillas abiertas).
Mi padre decía que tenía el coche más limpio de Sevilla. Y era verdad. Para conseguir tal cosa empleó a un mecánico de nombre Paco (nunca supe su apellido). Paco era alto y muy delgado, y muy simpático. Mi padre encerraba el coche en unas cocheras en la calle Juan Rabadán, cerca de Torneo. Paco iba todas las mañanas a la cochera, lavaba el coche y limpio y reluciente lo dejaba a la puerta de nuestra casa a la nueve de la mañana. Después Paco se presentaba en casa hacia la una de la tarde. Mi madre le daba de comer. Paco comía en la cocina. Cuando mi padre llegaba a casa sobre las dos o así Paco llevaba el coche a la cochera. Y así todos los días excepto Domingos. Mi padre no usaba el coche por las tardes generalmente. Pero un día si lo sacó y fue al colegio a recogernos a Antonio Marcos, mi mejor amigo y a mi. Ya en el coche camino de casa mi padre sacó de un bolsillo una pistola pequeña y apretando el gatillo la disparó apuntando al suelo del coche. Era un regalo para mí, una preciosa pistola detonadora. Recuerdo que estaba fabricada en Éibar y su marca era “La Bellota”.
Después del incidente del tiroteo mi tío Faustino dejó de usar un taxi para ir a su trabajo y se compro un precioso coche, más grande que el de mi padre. Era un coche inglés, de color granate, marca Vauxhall.
Como creo haber dicho antes mi padre era agente comercial. Representaba fabricantes y productores de artículos alimenticios de toda España. Uno de sus representados más importantes era un tostador de café bastante grande, de Barcelona. La marca era Cafés a la Crema Marcilla, S.A. y tenía una gran aceptación comercial en todo el país. Con objeto de preservar su clientela Marcilla (el dueño se llamaba Juan Marcilla) inicio una idea de marketing que consistía en incluir en los paquetitos de café un cupón que podían canjearse por regalos. Los regalos eran juguetes, mantelerías, juegos de cama, etc. A tal fin mi padre propuso almacenar tales regalos en nuestra casa. Para ello se habilito una gran sala en la planta baja de la casa, que con el tiempo, después de la guerra, sería el dormitorio de mi hermano y mío. Mi padre hizo construir una estantería grande, que ocupaba totalmente una de las paredes de la sala. En una de las dos puertas de dicha sala, situada frente a la cancela, se instaló un mostradorcillo detrás del cual, dos días por semana, aparecía mi madre quien asistida por una de las criadas canjeaban los cupones por regalos a los consumidores. Mi madre y la criada se divertían de los lindo mientras yo despanzurraba los paquetes de regalos de juguetes para jugar con los mismos.
GUERRA CIVIL
El dieciocho de Julio era sábado. Era también el santo de mi padre, San Federico. El día de su santo me padre encargaba a la confitería de la Campana una garrafa de helado. No era propiamente una garrafa pero no encuentro palabra para nombrar la vasija o envase en que venia el helado. Era un cilindro de corcho de gran espesor, quizás medio decímetro y como un metro de alto y una circunferencia de treinta centímetros. Tenía una tapadera, también de corcho y dentro una cápsula de acero donde venía el helado, casi siempre de vainilla. Mi hermano
Mi hermano Manolo, primero a la izquierda (1941)
y yo pasábamos el tiempo tumbados en los frescos mármoles del patio de entrada, ricamente protegido del sol por un toldo de lona que contribuía a hacer el patio el sitio de reunión de la familia en las horas tórridas del mediodía y primeras horas de la tarde. Jugábamos a la guerra. Cada uno colocaba quince o veinte soldados de plomo y nuestra misión era derribar a los soldados utilizando como arma un tirador de goma, es decir, una horquilla de madera accionada por una goma que estirábamos para luego dejar escapar un “balín”, generalmente un pedazo de papel doblado y redoblado hasta alcanzar` cierta consistencia, en forma de U para acomodarse en la goma sujeta por los dos cabos de la horquilla… Así pasábamos las horas. Mi padre llegó sobre las dos y media” “Hay carreras “dijo a mi madre no mas llegar a la casa. (“Carreras” era la expresión común en aquellos tiempos para indicar turbulencias en la calle, gente corriendo (de ahí “carreras”) perseguida por la policía). “Voy a cerrar la puerta de la calle”. “Espera hasta que llegue el helado”, dijo mi madre. Al rato el empleado de la Campana cargado con el helado. Mi padre le dio una propina y acto seguido cerró la puerta de la calle. Subimos todos a la planta principal, donde se encontraba el comedor y cocina y nos sentamos a la mesa. “A ver si la radio dice algo”. Pero la radio no decía nada. Transmitía un programa que llamaban “bailables” o sea música de baile, como pasodobles, tangos etc. Mi madre, como día especial había preparado arroz con pollo. La carne de pollo era entonces algo excepcional, que no se comía sino en días señalados. No era barato. Yo (y me figuro que todos) estaba deseando terminar para tomar el helado. Cuando terminamos mi padre decidió que el helado lo íbamos a tomar en el patio. Con mucho misterio mi padre abrió aquel cacharro y con una cuchara grande nos iba dando a cada uno una porción de helado que depositaba en unas copas de cristal. Yo devore el helado en un santiamén. Cuando presente la copa a mi padre para repetir mi padre me dijo: “Tragón, tendrás que esperar hasta la noche”. Y así fue. Me pareció una eternidad.
Manolo y yo seguimos jugando, y mis hermanas con sus muñecas, mientras mis padres dormían la siesta. Y así transcurrió el día, la radio sin dar noticias y con sus músicas. Hacia las once llego la hora de acostarse. Mi madre tenia un miedo atroz.” Vamos a dormir todos juntos”. Mis padres colocaron unos colchones en el suelo de su dormitorio para los niños y así pasamos la noche los seis.
Mis Hermanas Antonia (“Chica”) y Rosalia (1939)
A la mañana siguiente pusimos la radio y el locutor anunciaba a gritos que el Ejército había salvado a Sevilla, que dominaba la situación y que el General Queipo de Llano se había hecho cargo del gobierno de la ciudad. Todos intercalados con Vivas a España, Vivas a la República y Vivas al Ejército. Después, los himnos de la Legión, “Los Voluntarios”” El Novio de la Muerte” y otros himnos y marchas militares. Así pasamos todo el día, al lado de la radio. Era Domingo y el siguiente día Lunes, lo mismo. Mirábamos la calle desde el “cierro” y no se veía a nadie, totalmente desierta. Se nos había acabado el pan. La radio anunció el martes que había vuelto la normalidad y que todos los establecimientos de comestibles, panaderías, lecherías, etc. deberían abrir al público. En vista de ello mi madre mando a una de las muchachas y a mi, ambos provistos de canastos salir a la calle a comprar pan. Nuestra panadería era una que se llamaba Pidal, que estaba situada en la Alameda de Hércules, esquina a Relator. Había una cola inmensa. Nos llevamos dos horas en la cola. Hambriento me comí medio “bobo” camino de casa, lo que me costó una regañina de mi madre. No recuerdo si mi padre salió aquel día. Pero al siguiente miércoles todo parecía normal, excepto que la radio no paraba de emitir proclamas, anuncios, órdenes de la autoridad y marchas militares sin parar.
Tuvimos una visita en aquellos primeros días del “Movimiento” como empezó a llamarse el Alzamiento. Fue Paco, el mecánico que utilizaba mi padre para su coche. Ya había lavado el coche y mi padre no estaba en casa. Paco y mi madre se encerraron en el despacho de mi padre. Al rato se despidió de todos. Curioso que he sido toda la vida, le pregunté a mi madre. Mi madre, en voz baja, me dijo que Paco era miembro del Partido Comunista, que temía por su vida, y que por favor le guardara su carnet del Partido. Mi madre me enseñó el carnet, que decidió guardar en una ranura del contador de gas. Jamás volví a ver tal carnet, pero si volvimos ver a Paco, como un año mas tarde, gordo y sonriente, embutido en un mono azul y con la insignia del Cuerpo Automovilista del Ejército. Había tenido suerte y lograr emboscarse. Pero no rompió el carnet del partido comunista. Nunca supe que fue del carnet.
Carnet de Falange de mi padre
Portada del carnet de Falange con el “cangrejo”
Mi padre reanudó su vida normal en aquellos primeros días. Esto duró poco porque un día mi padre apareció vestido de mono caqui y con un gorro cuartelero. Se había alistado a la Guardia Cívica una organización cuyo único fin, por lo menos para la gente de la edad de mi padre, 40 años, era servir como centinela en las puertas de edificios destinados a la Causa. Esto también duró poco. El grueso de la población masculina, excepto los muy mayores se iba alistando a la Falange (Falange Española y de las J.O.N.S.) un partido que no era ni de izquierdas ni de derechas, antirrepublicano, y antidemocrático, es decir totalitario. -Un día mi padre salió a la calle en su coche vestido con su uniforme de falangista: zapatos y pantalón negro, camisa azul Mahón y gorro cuartelero negro y correaje también negro. En una funda su pistola STAR del nueve corto con su nombre esmaltado en oro. Sobre el bolsillo izquierdo de la camisa, y bordado en rojo, el emblema de la Falange, que con el tiempo llamarían el “cangrejo”, cinco flechas sobre un yugo. Mi padre era totalmente apolítico; se había alistado a la Falange para así evitar que le requisaran su coche. Le habían dicho que si se alistaba y ponía su coche a disposición del partido podría conservarlo si se ofrecía a prestar servicio de chófer a los jerarcas falangistas. Y así fue. Mi padre llegaba a casa contando que había llevado al camarada Fulano de Tal, un pez gordo en el partido a tal sitio, o al General X a este otro sitio, etcétera.
Un día la radio emitió un comunicado invitando a los niños varones de 10 a 17 años a alistarse a una sección juvenil de la Falange. Sus componentes se llamaban “Balillas”, el mismo nombre del modelo FIAT del coche de mi padre. Mi madre no estaba muy dispuesta pero Manolo y yo le dábamos la tabarra a diario y al fin cedió. Mi madre fue primero a la “Ciudad de Sevilla”, que era el almacén de tejidos de la clase media de Sevilla (el de la clase alta se llamaba Peyré y Cía., vulgarmente “Los Caminos”). En la Ciudad de Sevilla el dependiente que siempre atendía a mi madre se llamaba Flores, y para mi que este hombre estaba enamorado de mi madre. Mi madre compró unos cortes para camisas y pantalones. De allí nos dirigimos a una sastra que tenia su taller a la espalda de la iglesia de san Nicolás. No me acuerdo del nombre de la sastra, que lo fue para mi hermano y yo por varios años, pero si que era gorda, fea y lucia un bigote fenomenal.
A los pocos días nuestros uniformes estaban listos. Previamente mi padre nos había llevado a un guarnicionero que no daba abasto cortando, perforando y vendiendo correaje para chicos y mayores. Aun hoy me parece oler aquellos correajes, todavía húmedos del recién aplicado tinte negro. Que emoción vestirse y colocarse aquellos correajes. Mi padre me había comprado, como parte del correaje, una funda en la que coloqué la pistola detonadora. El mensaje de la radio decía que una vez uniformados nos deberíamos presentar en cuartel de los Balillas de nuestro barrio, que no era otro sino el gran solar parte del cual se destinaba a las cocheras en las que mi padre encerraba su coche En aquel solar hacíamos la instrucción que se llevaba como dos horas. Después de esas dos horas cantábamos el “Cara al Sol” que era el himno de la Falange y nos dispersábamos hasta el día siguiente.
Un día después de terminar la instrucción uno del grupo del que yo formaba parte, gente de mi edad propuso que fuéramos a ver un “ muerto” en la Barqueta. Explicó el que ya lo había visto que era un “rojo” a quien habían matado aquella misma madrugada. Nos dirigimos al lugar, que era un pasadizo subterráneo con entrada por la calle Torneo y que pasando bajo las vías del tren a Córdoba y Madrid (que entonces salía de la desaparecida estación de Córdoba, en la Plaza de Armas) salía a las márgenes d el rio, una gran extensión de terreno que la gente llamaban la Barqueta. Allí en ese pasadizo, un lugar frecuentado por vagabundos y lleno de inmundicias, se encontraba el cadáver. Este primer contacto con la muerte, y muerte violenta produjo un choque tremenda en la mentalidad infantil de mis doce años. Me parece recordarlo como si fuera hoy. Era un hombre de cierta corpulencia, vestido de blanco, como vestían entonces muchos de los hombres de Sevilla en el verano. Recuerdo, como caso curioso, que calzaba unos zapatos bicolores, blancos y marrones, y a juzgar por las suelas eran completamente nuevos. Tenía un orificio en la nuca, donde había penetrado la bala que terminó con su vida. Fue una ejecución rápida, sin derramamiento de sangre. Estuvimos un rato contemplando el cadáver. Sin decir una sola palabra y en completo silencio volvimos nuestros pasos y yo a mi casa. No me atreví a contárselo a nadie en casa porque estoy seguro mis padres me habrían reñido. Fue meses después que mi padre mencionó su muerte y me dijo que era el autor de un libro que él me había regalado años antes, titulado “El Niño que Robó un Libro”. Su nombre fue Agustín Veguilla. Durante algunos años he investigado el porqué de su muerte sin haberlo conseguido. El hombre era apolítico. Mis investigaciones me condujeron a localizar la familia de Veguilla. En Octubre de 2012 conocí en Sevilla a unos de sus nietos y después mantuve correspondencia con una hermana del nieto (peluquero de profesión) quien me dio detalles adicionales sobre Veguilla. Debo decir que el autor de este asesinato fue eventualmente juzgado en consejo de Guerra y fusilado.
Francisco Franco Bahamonde
La radio anuncio que el 15 de Agosto, coincidiendo con la salida procesional de la Virgen de Los Reyes se entronizaría en la vida oficial la bandera de la monarquía, la bandera roja y gualda desde el balcón del Ayuntamiento. Yo asistí a este evento. La Plaza Nueva esta atestada de público. Tuve suerte y logré colocarme relativamente cerca del balcón. Presencié como se izaba la nueva bandera (la de la Republica dejo de izarse a partir del 18 de Julio) y oí los discursos de Queipo de Llano
General Queipo de Llano
y del General Franco. La gente aplaudía a rabiar.
A las pocas semanas del Alzamiento llegaron a casa los “compadres de Morón”, Juan Valdivia Bellido y su mujer, María. a los que aludí antes. Llegaron despavoridos, y con visiones de horror en sus semblantes. Pocos días antes habían llamado a mi padre por teléfono y le pidieron que les dejaran estar con nosotros algún tiempo hasta que se repusieran y recobraran las fuerzas para seguir con sus vidas. Por lo que nos contaron habían pasado un calvario. Al estallar la guerra los sindicatos obreros, especialmente los anarquistas de la FAI y la CNT se adueñaron del pueblo e implantaron el anarquismo libertario. Abolieron la moneda y fabricaron en su lugar unos vales con el sello y firma del jefe. Estos vales los utilizaban en lugar de dinero para comprar lo que se les antojaban. Llegaban a la estupenda tienda de Valdivia cargados de vales. “A ver, un kilo de arroz”, decía uno o una. “Pa mí un kilo de café”, decía otro. Todo a base de vales. Un día se presentó en la tienda uno de los jefes acompañado de dos de sus compañeros. Venían armados hasta los dientes. “Dáme un jamón”, dijo el sicario. Juan se apresuró a descolgar uno del techo, donde habían colgado veinte o treinta de tales jamones. “No, este no. Dáme ese”, apuntado con su pistola al jamón más grande del establecimiento. Juan, muerto de miedo, le entregó el jamón. Esto continuó sucediendo durante cerca de dos meses, hasta que Morón fue liberado. Dejaron el establecimiento completamente vacío. Juan llego a casa con varias cajas de cartón repletas de vales. Tenían allí una fortuna, toda una vida de trabajo y sacrificios. Juan lloraba. Los dos habían perdido peso, estaban destrozados. El gobierno de Franco aseguro a personas como Juan, que habían sido desvalijadas de tal forma, que serían eventualmente resarcidos de sus pérdidas. Se murieron (de viejo) esperando ser compensados.
En Septiembre u Octubre mi padre hizo uno de sus viajes en su coche actuando de chofer y transportando a falangistas y fueron a Toledo, días después de la liberación del Alcázar. El Alcázar era la academia de infantería. Al estallar la guerra unos cientos de cadetes, militares y miembros de la guardia civil, estos con sus esposas e hijos, se hicieron fuerte en el Alcázar y se negaron a entregarlo a los republicanos. El asedio duro hasta Octubre. El Alcázar fue semidestruido pero los defensores, al mando del coronel Moscardó, resistieron y al fin fueron liberados por fuerzas de La Legión, mandadas por el General Varela. Esta epopeya del Alcázar tuvo una resonancia mundial y al año o dos siguientes hicieron una película muy buena, rodada en Roma. Bueno, mi padre regreso de Toledo y nos contó lo que vio, y también que se confundieron de carretera y estuvieron a punto de penetrar en territorio “rojo”. Como regalo trajo a casa las vainas de algunos obuses del calibre 12 1/2 que encontró donde la artillería roja cañoneaba el Alcázar. Estas vainas estuvieron muchos años en casa pero desaparecieron no sé cómo.
A medida que se liberaban algunas plazas llegaban a Sevilla trofeos de guerra algunos obtenidos como legítimos trofeos de guerra. Por ejemplo, durante varias semanas estuvo aparcado en la Plaza del Duque un enorme camión blindado con gruesas chapas de acero con varias troneras para que los ocupantes dispararan desde ellas sus fusiles o ametralladoras. Hasta entonces ninguno de los dos bandos disponía de tanques. Otros “trofeos” no habían sido legítimamente adquiridos. Durante varias semanas los poyetes que rodean el jardincillo alrededor de la estatua de Velázquez en la plaza del Duque, en la parte que miran hacia la Campana aparecían ocupados por máquinas de escribir, gramófonos, máquinas de coser, radios y variedad de otros objetos. Estaban custodiados por moros. Eran fruto de sus saqueos en los pueblos de la provincia conquistados por ellos como fuerzas de choque. Allí habían establecido su zoco y los ofrecían a la venta. Jamás vi a nadie comprándolos.
En Septiembre u Octubre tuvimos una desgracia en la familia. Mi padre tenía cuatro hermanos y una hermana. La hermana era la tía Coral.
Mi tia Coral Cazorla (1946)
La tía Coral era una mujer guapa (aunque debido sin duda a su desgraciada vida envejeció rápidamente) de mediana estatura, con una sonrisa brillante. Estaba casaba con Eduardo Santana. El tío Eduardo había nacido en Cuba, de una familia de militares. Nunca supe cuál era su profesión u oficio aunque al parecer entendía mucho de radiotelefonía. Una vez, en las escasas ocasiones en que nos vimos lo vi arreglando una radio de galena, que fue el modelo de radio antecesora de la radio inalámbrica. Eduardo y Coral vivian en Madrid y los veíamos de higos a brevas. Por lo que paso después supe se habían trasladado a Andalucía, donde el tío Eduardo había conseguido una plaza de secretario municipal en un pueblo de la provincia de Huelva llamado El Almendro. Una mañana noté agitación en la casa. Muchas llamadas telefónicas, mi padre entrando y saliendo. Pasada esta conmoción y también varios días esto es lo que pude poner en claro. Como queda dicho, el tío Eduardo era secretario municipal de El Almendro. Este pueblo queda en manos de las autoridades republicanas al estallar la guerra. Fue liberado a los pocos días del alzamiento. El tío Eduardo y su mujer se presentaron en Sevilla y se alojaron en la casa de mi tío José. A los pocos días unos cuantos falangistas de uniforme aporrearon la puerta de la casa, de madrugada y preguntaron por Eduardo. El tío Eduardo se levantó de la cama y salió a la puerta acompañada de mi tía, ambos en pijama. Uno de los falangistas le dijo a mi tío que se vistiera y que les acompañaran a la jefatura para prestar declaración. Nada se supo de él hasta que al día siguiente un desconocido llamo a mi Tío José y le dijo que el tío Eduardo había sido fusilado y que el cadáver se encontraba en El Almendro. Mi padre acompañado de mis tíos José y Faustino se desplazaron a El Almendro, se hicieron cargo del cadáver y, presumiblemente dispusieron su enterramiento en el mismo cementerio del El Almendro. Aquellos fueron días trágicos. No se por qué pero el caso es que mi tía Coral y su hija, dos años mayor que yo, Angelita, se quedaron en casa y mi primo Eduardo, cuatro años mayor que yo se quedó en casa de mi tío José.
Desde el Alzamiento las actividades comerciales de mi padre eran casi nulas. Con casi todos los fabricantes de productos alimenticios situados en zona republicana, a saber. Madrid, Barcelona, Valencia y toda la costa mediterránea, y Bilbao no quedaban sino Galicia para los envasados de pescados (sardinas, etc.) y Asturias (mantequilla) y los pocos que podían ofrecer en la parte de Andalucía en poder de los nacionales (aceite, chacinas, jamones, etc.). Como todas las comunicaciones en tiempo de guerra eran extremadamente difíciles los transportes por camión eran prácticamente inexistente y los de ferrocarriles, lentísimos debidas a las prioridades militares. Ya en Agosto o Septiembre vi a mis padres enzarzados en una bronca. Mi madre lloraba. Cuando mi padre se fue de la casa mi madre me explicó que “tu padre está acostumbrado a ganar mucho dinero y ahora no gana nada. Y esto lo trae siempre de mal humor”.
Las cosas iban a cambiar, pronto. Mi padre, que tenía muchos amigos tenia uno que se llamaba José Batista. De pronto, en casa no se hablaba más que de Batista. Un día vino a casa a comer. Era un hombre gordo, rubio, ojos azules, con una gran cabeza. José Batista tenía mucha experiencia en el negocio de hostelería y restaurantes. Había trabajado como tal desde niño en toda España. Aunque había nacido en Sanlúcar de Barrameda él le decía a todo el mundo que era de Bilbao, en donde había trabajado muchos años. Batista tenía don de gentes, era de una simpatía extraordinaria. Por lo que pude enterarme más tarde, un día Batista (que no tenía dinero) le dijo a mi padre (que lo tenía): “Federico, ahora es la ocasión de ganar mucho dinero”. “Como”. “Montando un cabaret” Mi padre no tenía idea de cómo funcionaba un cabaret como tal negocio. “Mire usted, Federico (siempre se hablaron de usted) con esto de la guerra, con los italianos, los alemanes, y los propios españoles jugándose la vida en el frente, cuando les dan permiso vienen a la capital a divertirse y gastar dinero. Saben que se juegan la vida y mientras están vivos lo que quieren es disfrutar”. Siguió explicando que en Sevilla desde que el Kursaal cerró no había un sitio medio decente como tal cabaret, dos o tres en la Alameda, lugares de esparcimiento de putas de baja estofa, maleantes y gente con poco dinero para gastar. Había que montar un cabaret de lujo, con una clientela de altos vuelos, no la cochambre de las Siete Puertas o Zapico.
Mi padre se dejó convencer. Tomaron en alquiler un salón de fiestas que se había llamado “Variedades”, situado en la calle Trajano, frente a la iglesia y casa de los jesuitas y con salida por Amor de Dios y le pusieron un nombre exótico: Excelsior. Este local había sido requisado a poco de estallar el Movimiento por la Jefatura de Policía, que no teniendo suficiente espacio para tantas detenciones utilizaba dicho local para mantener en el mismo a cientos de detenidos, algunos pero no todos por actividades políticas adversas al nuevo Régimen. De allí pasaban a declarar y luego o quedaban en libertad o desgraciadamente pasaban a mejor vida. (“Pasados por las armas”). Creo recordar que el negocio se abrió en Diciembre. Así empezó un negocio para mi padre que duraría desde fines del 36 hasta principios del 40 y donde ganaría mucho dinero. Mi padre salía de casa hacia las cuatro o cinco de la tarde y no volvía hasta la madrugada. Así es que apenas nos veíamos pues el cabaret abría siete días a la semana.Algunas tardes a la salida del colegio, que eran las seis iba a verlo. A aquellas horas el cabaret aun no tenía público. Mi padre me daba un bocadillo de jamón y un limpia me lustraba los zapatos.
Mientras tanto la guerra seguía su curso. Nosotros los balillas durante el año escolar hacíamos la nstrucción los jueves por la tarde (que no había clases). Los domingos íbamos todos a misa a la Iglesia de San Vicente. Después desfilábamos por el barrio y pasábamos frente a mi casa donde mi madre mis hermanas y las criadas nos veían desde la acera. Yo iba delante, dándomelas de importante (por ser alto me habían hecho gastador) y Manolo casi a la cola, jaleado por la familia. Por la tarde o íbamos al cine o a pasear en uniforme por el centro. Sevilla estaba entonces atestada de refugiados y soldados. Había soldados de tres países. Nos atraía poderosamente los brillantes uniformes de los cuerpos de nuestro ejército procedentes de Marruecos: los Regulares, Tiradores de Ifni, etc. Aparte de estos uniformes multicolores los de color caqui de las fuerzas nacionales e italianas y el tornando a verduzco de los alemanes apenas llamaban atención. Los italianos tenían su cuartel en la Plaza de la Magdalena en los que antes había sido un hotel, esquina a Rioja. En la puerta había un centinela sobre una tarima. Cada vez que entraba o salía un oficial pegaba unos zapatazos que retumbaban en la Plaza. Los italianos paseaban siempre en cuadrilla gritando o hablando a voces o riendo a carcajadas Los uniformes eran poco vistosos, de mala hechura. Ellos mismos iban despeinados, a veces sin el gorro, mal afeitado, las botas sucias. No nos atraían mucho. Contrastaban con los alemanes, siempre en parejas, silenciosos, observándolo todo. Los uniformes bien cortados, limpios, las botas y el correaje relucientes. Bien afeitados, bien peinados. Causaban una enorme impresión. Los nuestros, como siempre. También en cuadrilla, menos escandalosos que los italianos pero con unos uniformes que eran un desastre. Pero eran los nuestros…Caso aparte eran nuestros aviadores y marinos, siempre impecables. Los que se veían poco eran los moros que aunque barbudos y sucios y algunos muy mayores vestían, como queda dicho, unos uniformes exóticos.
1937
Un Domingo, en Enero o Febrero de 1937 fui al cine, al Coliseo España. En medio de la película interrumpieron la misma y alguien por un altavoz anuncio que las fuerzas nacionales habían tomado a Málaga. La persona que hizo el anuncio manifestó que se suspendía la proyección para que todos nos echáramos a la calle a festejar el triunfo nacionalista. Así lo hicimos y pude ver como en la avenida un oficial italiano de pie en un descapotable FIAT disparaba su pistola al cielo gritando Viva Franco y Viva il Duce.
Por aquellas fechas se inauguró en el Pabellón de la Argentina una exposición de guerra. Se exhibían al público toda clase de objetos de la zona republicana. Armas, incluso piezas de artillería tomadas al enemigo, los nuevos billetes de banco de la Republica, horripilantes fotos de víctimas de la represión roja. Exponían también los famosos vales con los que se adquirían artículos de todas clases, como aquellos de los que los compadres de Morón acumularon en varias cajas de zapatos. Uno de tales vales, refrendados por sellos de la FAI y la CNT rezaba así:” Vale por una novia y por una noche”. Lo habían utilizado en una casa de prostitución. Lo que más llamaba la atención eran los objetos procedentes del asedio del Alcázar de Toledo. Allí aparecía la motocicleta, que una vez en marcha, a falta de energía eléctrica ayudaba, con una de las ruedas sirviendo para mover un molino, a molturar trigo con que hacer pan para los sitiados. Lo que nos asombraba era que el pan era casi negro. Era el pan integral que nadie comía entonces. Quien iba a decirnos que con el tiempo llegaría a ser tan popular.
Muchos domingos después de la misa en San Vicente desfilábamos por la avenida. Éramos cientos y cientos. El público aplaudía a rabiar. Después del desfile paseábamos por la Avenida. Un día el jefe de los balillas, que entonces habían cambiado el nombre por “flechas” un hombre bajito que se llamaba Cabezas me vio destocado, con el gorro metido en una de los galones y me dijo al pasar : ¡Ese gorrito! Temiendo un arresto me lo puse inmediatamente en la cabeza.
Un día no recuerdo por qué llegue al colegio vestido de flecha. Al cabo el profesor me pasó una nota cuando ya estábamos en clase: el director quería verme. El director era Don Aurelio, un hombre más bien gordo, con gafas montadas al aire. Era navarro y rezumaba autoridad. “Eugenio, me dijo al llegar, hazme el favor de ir a casa y quitarte el uniforme. Que no vuelva a ocurrir”. No se me ocurrió preguntarle por qué. Después de toda una vida me pregunto si hubiera procedido lo mismo si hubiera aparecido con el uniforme de los Pelayos, la organización carlista que era profundamente religiosa. Para mí, que se hubiera portado lo mismo.
La radio nos daba instrucciones sobre qué hacer en caso de bombardeo aéreo. Un día, ya con la primavera avanzada, mi padre llego a casa y se encontró el patio casi inundado, y el toldo todo combado y lleno de agua, el sobrante cayendo al patio en forma de cascada. Mi padre a grandes voces preguntó a que se debía esto. Mi madre explicó que había sonado la alarma aérea y que todo lo que había hecho fue seguir las instrucciones. No, replicó mi padre las instrucciones son humedecer la lona para que en caso de que tiren bombas de gases la lona húmeda impida que tales gases penetren en la casa, no que la inundemos. Como casi siempre la alarma resulto ser infundada.
Una vez, según se averiguo después, la alarma fue necesaria. Me cogió en clase. También siguiendo instrucciones, se apagaron las luces y nos curvamos sobre los pupitres en silencio total. La alarma duro como unos quince minutos. A la noche la radio comunico que dos o tres bombarderos rojos habían tirado unas bombas que cayeron en Heliópolis sin causar bajas y solo pequeños desperfectos. Esta fue la primera y única incursión aérea que tuvimos en Sevilla en toda la guerra.
En la zona roja las milicias descontroladas realizaban toda clase de desmanes contra la gente de derechas, curas, monjas y frailes, incluidos asesinatos, violaciones y robos. Unos de los cabecillas que mas se distinguieron en tal siniestra labor fue Agapito Garcia Atadell a quien el gobierno republicano encomendo la direccion de una “cheka” o camara de tortura .Los detenidos ingresaban en estas chekas donde se les torturaban hasta que “cantaban” . Garcia Atadell creo la tristemente celebre “Brigada del Amanecer” que se ocupaba en visitar domicilios de madrugada para proceder a detenciones y robos. Garcia Atadell tenia mucho interes en ponerse rico y en Noviembre del 36, cuando juzgo que habia reunido lo suficiente para “retirarse”, sin dar cuenta a nadie huyo a Francia con nombre supuesto y compro un pasaje para Cuba embarcandose en St. Nazaire , con escala en la Islas Canarias. Alguien lo notifico a la Embajada de la Republica en Paris y esta por conducto de un tercer pais al gobierno de Franco. Cuando el barco fondeo en Las Palmas la guardia civil penetro en el barco, hizo un registro y detuvo a Garcia Atadell y lo condujo a Sevilla.
Mi padre tenia amistad con Don Francisco Bohorquez Vecina, el auditor de Guerra de la Segunda Region Militar. A don Francisco le servi yo en dos ocasiones: como alferez de complemento al hacer parte de mi servicio military con el cuerpo juridico en la Auditoria, en la Plaza de Espana y como Fiscal Primero en la Hermandad de la Macarena de la que Don Francisco era el Hermano Mayor. Un dia Don Francisco llamo a mi mi padre y le dijo que tenia dos “invitaciones” una para el y otra para mi para asistir a la ejecucion por garrote de Garcia Atadell, quien habia sido juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a muerte. La pena de garrote era medieval. El reo era atado a un poste y metia la cabeza en una argolla sujeta al poste. Detras del poste habia una manivela que el verdugo (quien vino especialmente de Burgos para esta ejecucion) accionaba. Cada golpe de manivela estrechaba la argolla. La ultima estrangulaba al reo y le causaba la muerte. Mi padre, cortesmente, declino la “invitacion”.
Llegado el verano nos encontramos con la sorpresa de que los padrinos de Morón nos invitaban a pasar el verano en su casa. Pasada la novedad de los primeros días fueron unas vacaciones más bien aburridas. Sin embargo pronto descubrí que el Casino de Morón tenía una biblioteca bien abastecida. Mi afición a leer impidió el aburrimiento total. Iba caso todas tardes y me leí varias novelas sobre Tarzán de Edgar Rice Burroughs, autor inglés que fue el creador de famoso hombre de los monos. De noche algunas veces íbamos al cine. Una noche fuimos al estreno de “King Kong”. Aquello fue increíble. Cuando King Kong encaramado en la cúspide del Empire State Building empieza a despojar lentamente de su ropa a la heroína, lentamente, como deshojando una margarita, el público de catetos del gallinero rugía: “Acaba ya, puto mono, déjala en pelotas”. Y cosas por el estilo.
La casa de los padrinos era un enorme y destartalado caseron diseñado quizá por un maestro de obras sin idea de orden y proporción. Los dormitorios eran enormes pero solo habían dos. Uno para los Valdivia y el otro para mis padres y las niñas, aunque mi padre solo estuvo con nosotros dos o tres días. Así que no había dormitorio para Manolo y para mí. Nos mandaron a un vasto almacén en el segundo piso donde mi hermano y yo dormíamos en dos improvisados catres. Como compensación estábamos rodeados de grandes sacos de azúcar. La tela de los sacos era de inferior calidad, con grandes agujeros donde enormes terrones pugnaban por escaparse del saco. La tentación era formidable. No había más que dar un tironcito y a la boca. Y después de este gran terrón, otro y otro. Manolo y yo estábamos deseando que llegara la hora de irse a la cama. Volvimos a casa con unos cuantos kilos extra.
Entretanto la guerra continuaba su curso, más bien monótono. A los sonados triunfos de la toma de Bilbao y Santander que era imposible ignorar porque la radio nos lo pregonaba a todas las horas del día siguió un periodo de paralización. Y sin embargo en este caluroso verano de 1937 se estaba desarrollando la terrible batalla de Brunete, según pude enterarme mucho más tarde pues aunque leía periódicos los partes de guerra los encontraba aburridos. Era más interesante seguir la vuelta ciclista a Francia, por ejemplo.
En el otoño volvimos a las clases y el tiempo se hacía larguísimo para las vacaciones de Navidad, que por fin llegaron. El último día de clase era el 22 de Diciembre, día en que los profesores leían el resultado de los exámenes parciales e infortunadamente nos daban tarea a ejecutar durante el periodo de vacaciones. Yo lo dejaba todo hasta el último día. El día 22 se reducía a medio día. Nos dejaban libres a las 12 y a esa hora de camino a casa, felices y contentos, podíamos escuchar por los altavoces de las radios a los niños de no recuerdo que orfelinato cantando los números de la lotería del Gordo: 25.419, diez mil pesetas, 67.532, diez mil pesetas…
Los padrinos de Morón volvieron a invitarnos para pasar las Navidades en su casa de Morón. Salimos el 23. Mi padre había vendido el Balilla y fuimos en un taxi enorme de grande, un taxi cuyo dueño era un tal Montes, un hombrón tan grande como su vehículo, muy popular en Sevilla y que tenía la parada en la plaza del Duque. Otra vez Manolo y yo fuimos destinados al almacén donde con gran alborozo descubrimos que los que nos rodeaba ahora no eran sacos de azúcar sino cajas de madera llenas de polvorones, mantecados, figuritas de mazapán, etc. Más comilonas nocturnas. Lo asombroso era que ni el padrino ni María su mujer notaron los grandes huecos en las cajas.
De esta estancia navideña en Morón recuerdo algo interesante. Una noche estábamos todos alrededor de la camilla, después de cenar, y Juan, el padrino, nos contó que estaba preocupado porque los rojos, que no hacían más que perder terreno habían, de sorpresa, tomado Teruel. Se había enterado escuchando a Radio Madrid, cuyos programas aunque interferidos por la censura era posible oírlos. (Mi madre me tenía terminantemente prohibido cogerlos en nuestra radio). Juan temía que la guerra pudiera dar un vuelco y que se viera de nuevo en la situación de que fue víctima en el verano del 36.
1938
Pasaron las Navidades, pasaron los reyes, volvimos a las clases y todo continuo con la rutina de siempre. Pero no todo era rutina. Una fría noche, creo que fue en Enero, sobre las diez y pico de la noche, ya cenados, mi madre me dijo “Ponte el abrigo que vamos a salir”. “A donde vamos, mama”. “Tu ponte el abrigo y no hagas preguntas”. Dócil, hice lo que me había mandado. Ella se puso su abrigo y tomó su bolso. Salimos y en la plaza del Duque tomamos un taxi. Mi madre dio una dirección, al final de la Alameda frente a lo que entonces era la Pila del Pato. El taxi se detuvo y mi madre ordeno al taxista que le esperase. Yo me dispuse a salir y mi madre me dijo: No, tú te quedas aquí, vuelvo enseguida. Por la ventanilla del taxi vi cómo mi madre subía una empinada escalera. Como diez minutos después la vi bajar, se metió en el taxi y dio la dirección de casa. La miraba y aparecía todo acalorada. Yo no me atreví a preguntar ni ella dijo palabra. Llegamos a casa y mientras yo escuchaba la radio ella se cambió de ropa. A la media hora o así, oímos una llamada a la puerta de la casa, que mi madre había cerrado al volver a la misma. Mi madre me dijo, Anda baja a ver quién es. Yo extrañado por la hora intempestiva para visitas baje, abrí la puerta y me encontré con dos hombres con abrigo y sombrero. Hola, chaval, dijo uno de ellos. ¿Está tu mama? Si, dije. Los hombres habían entrado en la casa y permanecían en el zaguán. Dile que queremos hablar con ella. Mama, llame a voces, Aquí hay dos hombres que quieren hablar contigo. Desde una de las ventanas del principal que daban al patio me dijo: dile que pasen, que ahora bajo. Los hombres entraron al patio. Al rato, mi madre que se había colocado algo sobre su ropa de casa, bajaba. Señora, dijo el hombre que me saludo al llegar, somos agentes de policía. Tenemos una denuncia contra usted. Usted dirá, dijo mi madre, que aparecía toda tranquila. Usted ha visitado esta noche a una señora en la calle Calatravas. Si, repuso mi madre. Pues esta señora la ha denunciado a usted porque dice que la ha amenazado con una pistola. Es verdad, dijo mi madre. A ver, dijo el otro agente, deme esa pistola. La tengo arriba. Pues vaya arriba y tráigamela. Al rato mi madre baja con algo en la mano. Esta es la pistola. Los agentes quedaron asombrados. Como yo a todo esto permanecía muy próximo a mi madre y a los agentes no perdía detalle y así pude ver la cara de asombro de los policías. Mi madre le había entregado a la policía la pistolita de juguete marca La Bellota que mi padre me había regalado en la primavera del 36, antes de la guerra y que era un prodigio de realismo. Era un calco, excepto en el tamaño de una pistola autentica. Bueno, está bien, dijo una de los policías. Quédese usted con la pistola. ¿Pero-pregunto uno de los agente, que es lo que le pasa a usted con esa mujer? Entonces mi madre hizo señas a la pareja y se alejaron unos pasos de mí. En voz baja mi madre les dijo algo que no pude oir. Los agentes sonrieron. Muy bien señora, muchas gracias y no se preocupe. Ya lo arreglaremos todo. No se preocupe. Los agentes se retiraron y yo cerré la puerta. Al subir la escalera y penetrar en el dormitorio de mis padres , donde estaba ella, ví como mi madre sacaba del bolso con el que había salido en nuestra visita nocturna la pesada pistola STAR de mi padre y la ponía donde solía estar, en el cajón de la mesilla de noche de mi padre. No cambiamos palabras ni nunca mencionamos este episodio en nuestras vidas.Naturalmente yo interpreté esta visita nocturna como un “aviso” de mi madre a una amiguita de mi padre de las que visitaba o trabajaba en el “Excelsior”.
Los días y lo meses pasaban y pronto llegamos a la primavera con sus dos grandes acontecimientos, la Semana Santa y la Feria. Para la Semana Santa mi padre había alquilado sillas, según la costumbre de la burguesía en aquellas fechas. Las sillas estaban situadas en la calle Sierpes junto a la puerta de uno de los mejores restaurantes de Sevilla en aquella época: El Pasaje Oriente, un enorme local con entradas por Sierpes y Tetuán, frente a Casa Rubio, que vendía afamados abanicos. Mi padre venia todas las tardes, veía una o dos procesiones y se marchaba a su negocio. No más desaparecer que Manolo y yo dejábamos las sillas que, atornillados a ellas por varias horas, encontrábamos más bien aburridas y nos íbamos a “explorar” el restaurante, incluyendo salida a Tetuán donde incluso veíamos pasar alguna que otra procesión de camino a la Campana. El caso era recobrar nuestra “independencia”. Una cosa sí que nos gustaba. Era ver de vez en cuando un escuadrón de caballería de un regimiento local acompañar a una procesión. Los caballos iban detrás del paso. El estruendo de las cornetas interrumpido de vez en vez por lo floreos de un solista era impresionante. Como la ubicación de las sillas estaba en unos de los tramos más estrecho de Sierpes podíamos casi tocar a los poderosos caballos del escuadrón. Ocasionalmente un caballo resbalaba a causa de la cera acumulada en el pavimento y entonces se desencadenaba el pánico en el público.
Cartel de Feria
La Feria estaba situada en el Prado de San Sebastian. Era mucho más pequeña que la actual y las calles no tenían nombre pero nadie se perdía. Nosotros asistíamos a la caseta de la Tertulia Bética de la que mi padre era socio fundador. Por lo general se iba a la Feria hacia mediodía, a ver el paseo de caballos. Después nos íbamos a casa hacia las tres. Las niñas no volvían (Chica tenía ocho años). Mi padre se echaba un rato y se levantaba para la corrida que generalmente comenzaba a las cinco de la tarde. Mano lo y volvíamos a la Feria con mi madre hasta las diez, a menos que mi padre fuera, en cuyo caso mi madre se quedaba. Los niños de aquella época, excepto los de familia “aflamencadas” no solían aprender a bailar sevillanas, pero las niñas eran otra cosa. Mis hermanas habían aprendido a bailarlas en el estudio de los hermanos Otero que estaba casi a la vuelta de la esquina de mi casa. Por supuesto que iban vestidas de gitana. A mi hermano y a mí lo que más nos gustaba de la Feria era la calle del Infierno. Nunca olvidare aquella barraca donde se exponían las tragedias del toreo. En una sala toda blanca, reproduciendo la sala de cirugía de un hospital, aparecía en una cama cubierto por una sabana que le dejaba al descubierto los pies, el pecho y la cabeza la figura de un hombre con una palidez marmórea. Uno de los ojos era un enorme y sanguinolento agujero. Era la efigie en cera del famoso matador valenciano “Granero” corneado y muerto en Madrid en los años veinte. El asta del toro que lo mato penetro en uno de sus ojos y le destrozo la masa encefálica.
Yo seguía con los Flechas, pero de no muy buenas ganas. En la primavera los jerarcas montaron un espectáculo en la Plaza de Toros. Era un simulacro de una acción de guerra. Intervenian los flechas como “combatientes” y las “Margaritas” que eran las niñas del Carlismo, como “enfermeras”. Los soldados lucían cascos de cartón piedra. Había también una piezas de artillería hechas de madera pero bastante realistas. Dado comienzo habían unas escamaruzas, tiros, cañonazos, heridos…y allí era donde yo entraba en acción. No sé porque a mí me hicieron de camillero y tenía que cargar con los soldados “muertos” o “heridos” que llevábamos a un puesto sanitario para ser atendido por las “enfermeras”. A mí me pareció aquello un tostón pesadísimo en todos los sentidos de la palabra, no solo por tener que cargar con los “heridos” y “muertos” sino por el peso de las varas de la camilla, que eran reales y pesaban los suyo. Hubo también otra concentración de flechas y margaritas en la Plaza de España. De este evento solo recuerdos dos cosas: que hacía un calor tremendo y que varias Margaritas cayeron desmayadas por el calor y tuvieron que ser evacuadas También hubo otro acontecimiento en la primavera del 38. Mi padre y José Batista dejaron el local del Excélsior en la calle Trajano y alquilaron del Ayuntamiento el antiguo Pabellón de Castilla y León de la Exposición Iberoamericana de 1929 que estaba a la espalda del actual Consulado de Portugal en la Plaza del Cid. Después de ser remodelado quedo muy bonito. Yo tuve la ocasión de verlo una vez, naturalmente a una hora en que no estaba abierto al público.
Plaza del Cabildo. Sanlucar de Barrameda
En Mayo o Junio mi padre anuncio que íbamos a pasar el verano en Sanlúcar de Barrameda. El fin del curso se me hizo larguísimo. Por fin llego, el 30 de Junio, día de san Fernando, Santo patrón de Sevilla y nombre del colegio. Hubo las fiestas consabidas, lecturas de las notas del curso y a las doce nos dejaron libres…. ¡hasta Octubre!
Salimos para Sanlúcar a primeros de Julio. Mi padre alquilo una camioneta en la que llevábamos los colchones, juegos de cama, toallas, algunos muebles, utensilios de cocina, etc. etc. Yo, aventurero, quise ir en la camioneta y me tumbe encima de los colchones. El viaje fue cómodo pero mi aventura resultó algo dolorosa. Una avispa se enfadó conmigo y me dejo la nariz hecha una batata. Detrás de la camioneta nos seguía mi familia y las criadas en el taxis de Montes, de ocho plazas, un taxi favorito entre los toreros.
Sanlúcar era una de las tres playas elegidas por la burguesía sevillana para pasar el verano. Las otras eran Rota y Chipiona. Estas tenían mejores playas pero Sanlucar era un pueblo grande con ciertas atracciones de las que Rota y Chipiona, entonces pueblos pequeños, carecían.
Mi padre había alquilado un piso en lo que quizás era el mejor sitio en el pueblo. En plena Plaza del Cabildo, una hermosa plaza rectangular, flanqueada por palmeras y bancos y teniendo como cabecera el edificio del Ayuntamiento estaba en el mismo centro de Sanlucar. Cuando llegamos le plaza estaba totalmente ocupada por un inmenso montón de chatarra compuesta por toda clase de objetos de hierro y metal, todo oxidado después de haber estado expuesto a la intemperie e humedad por semanas y semanas. Estos cacharros eran donativos de la ciudadanía para ayudar al esfuerzo de la guerra. Por lo visto nadie pensaba que era hora de retirarla.
Sanlucar era (y supongo que sigue siendo) un pueblo bonito y alegre, con calle limpias y frescas, bien regadas. La gente amable aunque algo fría con los forasteros. No frecuentaban la playa. Al lado del ayuntamiento había una tienda en la que vendían material de escritorio, o sea papel y tinta, gomas de borrar, sobres y también periódicos, revistas y algunos libros. Yo iba a allí a diario. Mas adelante había un hotel y bar, llamado “El 9”, punto de reunión de algunos amigos de mi padre cuando pasaba algunos días con nosotros.
El piso nuestro era grande, con tres o cuatro dormitorios, cocina y una hermosa sala de estar con dos balcones a la plaza pero sin cuarto de baño. Cada dormitorio tenía su correspondiente lavabo con su correspondiente jarra para las abluciones superficiales. El que quisiera bañarse tenía que recurrir a la clásica bañera circular de zinc, todo muy siglo XIX.
Generalmente mi hermano y yo éramos los primero en llegar a la playa, sobre las diez. El pueblo y la playa estaban separadas por un largo paseo llamada La Calzada (quizás tuviera un nombre “oficial” y “patriótico” (como Calzada del Caudillo, etc.) pero todo el mundo la conocía simplemente como La Calzada. A la playa se iba a pie (que es lo que, a la ida, hacíamos mi hermano y yo), en autobús o en coche de caballo. Mi madre y las niñas llegaban sobre las doce, en coche de caballo. Y las criadas sobre las dos, cargadas con dos grandes canastas donde traían el clásico almuerzo de tres platos más fruta del tiempo, manteles, cubiertos, vasos, vino, etc. Las criadas cogían el autobús. Mi padre había alquilado una caseta con su toldo. Las casetas eran de madera, con cuatro ruedas. En la caseta guardábamos el toldo, que montábamos nada más llegar por la mañana, mesas y sillas los bañadores, cubos y palas para jugar, algunas toallas, artículos de limpieza, etc., que dejábamos al marcharnos cerrados con un candado. Al llegar las criadas instalábamos las mesas y sillas, poníamos los manteles y nos disponíamos a almorzar. Pero antes había un protocolo diario. Los médicos aconsejaban la playa. Treinta baños era por lo visto garantía de salud para el futuro. Pero los baños, si prolongados, como eran los nuestros (no habían quien pudiera sacarnos del agua) tendían a debilitar. Para remediar esto mi madre religiosamente nos administraba a los cuatro una cucharada de quinina, que no estaba mal, en comparación con la repugnante cucharada de hígado de bacalao que nos hacia tragar en el invierno y la no menos repugnante de aceite de ricino, como purgante, una vez al año antes de que empezaran las clases en el otoño. Después de la comida dejábamos pasar dos horas (según decían los entendidos bañarse inmediatamente después del almuerzo tendía a “cortar” la digestión”). Y de vuelta al agua. Algunos días en vez de volver al gua hacíamos largos paseos por la playa. El destino favorito era La Jara, una playa como a un kilómetro de donde teníamos la caseta. Aquella era una playa abierta, mientras que la teníamos al frente de nuestra caseta tenía el horizonte cortado por lo que entonces considerábamos como algo misterioso, el Coto de Doñana a donde, cosa curiosísima nunca fuimos y lo que es más grande, nadie nos invitó a ir por más que no había medios de ir, a menos que fuera desde tierra. En fin, el Coto para nosotros era un misterio.
La casetas están alineadas a unos 50 metros de la orilla del mar y a lo largo de quizás doscientos metros. Las mejores situadas (y de alquiler más caros) eran las que, como la nuestra, estaban más próximas a la Calzada. La caseta a la derecha de la nuestra estaba ocupada por una familia acomodada de Sanlucar. Era un matrimonio con un hijo pequeño que nos pareció monstruoso en cuanto que tenía la cara que parecía una careta. Entonces esta anomalía era rara. Hoy es corriente y se llama el síndrome de Down. La caseta de la izquierda no estaba alquilada por la temporada de verano y así cada semana o así- veíamos caras nuevas, pues habitualmente se alquilaban para una o varias semanas. Una de la familias que ocupo esta caseta por algún tiempo estaba encabezada por un comandante de infantería que llegaba cada mañana de uniforma. Un día aproximaron su mesa de comer a la nuestra y nos entretuvo hablando sus experiencias de la guerra. Alguien le pregunto si había tenido contacto con las Brigadas Internacionales. Nos dijo que si, y que les había hecho muchos prisioneros. “Yo los mando a fusilarlos a todos”. Esto me impresiono muchísimo.
Y hablando de la guerra yo tenía por aquellos días escaso interés por la guerra y apenas si leía los partes, pero por aquellas fechas se estaba desarrollando la terrible batalla del Ebro, que comenzó el 25 de Julio. Pero de esta fecha lo más importante para mí fue que en esa fecha empezaban las famosas mareas de Santiago. Empezábamos a notar que las mareas iban siendo cada vez mayores y para el 25 de Julio las olas eran inmensas y el fragor nos hacía chillar para oírnos mutuamente. Disfrutábamos con el espectáculo.
Un domingo por la mañana mi padre nos aviso que un torero iba a visitarnos. Efectivamente, después de almorzar, sobre las tres de la tarde un grupo de hombres, entre los que se encontraba mi tío José, hermano de mi padre, se presentaron en el piso acompañando a un joven tres o cuatro años mayor que yo, de mediana estatura, tirando para lo bajo, rubio, de ojos azulencos y pocas palabras. El torero tenía una corrida, una novillada, aquella misma tarde en la plaza de Sanlucar. Acababan de llegar de Sevilla todos sudorosos. La idea era que el torero se diera una ducha y se vistiera en nuestro piso en vez de en un hotel. Mi tío era amigo del novillero, que estaba empezando y no tenía mucho dinero. Como dije antes no teníamos ni cuarto de baño ni ducha. Una criada trajo una bañera a la sala de estar. Mi madre no me dejaba asistir a este ceremonia pero yo insistí y me cole y lo vi todo. La criada trajo tres o cuatro jarras de agua. El torero en cueros vivos metió los pies en la bañera y mi tío, que tenía dos metros de alto alzaba la jarra de agua más bien caliente que fría y así se ducho el torero. Acto seguido lo vistieron, se llamó a un taxi y torero, su cuadrilla, mi padre y mi tio marcharon a la plaza. El torero, que luego fué famosísimo y que ha muerto hace unos días (escribo esto en Julio de 2013) era nada mas ni nada menos que Pepe Luis Vázquez.
Pepe Luis Vazquez
Aquel verano hice una buena amistad con un joven dos o tres años mayores que yo. Se llamaba Fernando Lara.
Eugenio con chaqueta blanca con su amigo Fernando Lara en 1938
Siempre estábamos juntos. Él tenía dos hermanas que también pasaban mucho tiempo con mis hermanas. Fernando estaba estudiando Náutica y se estaba preparando para ingresar en la marina mercante. Sabía mucho de barcos. Desde la playa veíamos entrar por el estuario en Bonanza muchos barcos mercantes que iban a Sevilla. Dominaban los alemanes e ingleses. También había americanos, italianos, griegos, etc. Fernando sabía si eran petroleros o iban cargados de trigo, o abonos, cuál era su tonelaje. Yo creo que entonces nació mi interés por las cosas del mar. Me dio a leer una novela que encontré (y aun encuentro) maravillosa. Se llamaba Motín en el Bounty , un hecho histórico que narra el motín, en el siglo XVIII en un buque (llamado Bounty ) de la armada británica habilitado para transporte comercial contra su tiránico capitán. Esta novela fue trasladada al cine (lo que yo entonces ignoraba) con gran éxito, película que fue censurada en España y no se proyectó hasta los años sesenta bajo el titulo “Rebelion a Bordo”. El motivo de haber sido censurada fue desternillante: era, según el censor, “un canto a la rebelión”. Esta novela se imprimió en una editorial de Barcelona muy popular y me extrañaba que los dibujos que acompañaban a la novela fueron reproducciones de las facciones de los artistas en la película: Glark Gable (el cabecilla del motín), Franchot Tone y el tiránico capitán Charles Laughton.
Pelicula Rebelion a Bordo , 1935 (Motin en el Bounty)
En Julio 16 era la festividad de la Virgen del Carmen y todos los barcos de pesca en Sanlucar hacían una procesión marítima que resultaba muy bonita. Y en Agosto eran las fiestas del pueblo. Se celebraban muchos festejos tanto en la playa como en el pueblo lo, todo muy bonito y alegre. Los aviones de caza (FIAT italianos) de una base próxima, quizás Jerez, volaban a vuelo rasante sobre la playa, tan bajos que parecía podíamos tocarlos, con un ruido de motores estruendoso. También había carreras de caballos en la playa. Años más tarde me entere que estas carreras son las más antiguas de España.
De noche íbamos al cine, un cine muy agradable, mucho más que el de Morón. La entrada costaba una peseta. Las películas eran mayormente alemanas, inglesas y francesas, con unas pocas españolas e italianas. Las películas de Méjico aún no habían llegado a España. Llegarían, con un éxito arrollador, en los cuarenta. Cuando no íbamos al cine paseábamos por el paseo de la Calzada, varias veces para arriba y para abajo, las hembras separadas de los varones. Los novios también paseaban pero acompañados y vigilados por la “carabina”, generalmente la madre o una hermana mayor de la novia.
En fin, fue un verano maravilloso por todos conceptos. Ademas, descubri el amor. Me enamore de una muchacha del pueblo. Pero eso es harina de otro costal.
Volvimos a Sevilla unos días después del 8 de Septiembre, que era la festividad de la Virgen de Regla. Patrona de Rota y que marcaba el final de las vacaciones playeras para las tres playas, Rota, Sanlucar y Chipiona.
De vuelta a Sevilla reanudamos las clases el 2 de Octubre. El primero había sido declarado fiesta, era la fiesta del Caudillo en este II Año Triunfal. Un día caminando por la calle Sierpes me pare en el puesto de Curro el de los periódicos, que entonces estaba en un chaflán donde tenía como vecina a “Dolorcitas la del agraz” una mujer famosa en Sevilla por los ricos jarabes y bebidas refrescantes que vendía en su puesto, situado en el tal chaflán que conduce a un callejón cuyo nombre escapa a mi memoria, muy cerca de la Campana. Ojeando la prensa me llamo la atención un nuevo periódico llamado “España”. Le eche un vistazo y vi que traía unas fotos estupendas. Cuando llegue a casa llame por teléfono a una oficina y empezaron a traer el periódico todas las tardes al anochecer. Una vez terminados los deberes del colegio me lanzaba a leer el periódico. El diario España se publicaba en Tánger, ciudad internacional nido de espías de muchos países e insuperable fuente de información. Su director era Gregorio Corrochano, prestigioso periodista y gran crítico taurino (“Es de Ronda y se llama Cayetano”…). Lo que más me llamaba la atención era que traía fotografías de la zona roja. Las páginas centrales daban noticias de la guerra. La página de la izquierda (como tenía que ser) se titulaba ELLOS y la de la derecha NOSOTROS. En la de la izquierda traía noticias del “otro lado” con muy interesantes fotografías. En mi imaginación infantil me veía transportado a Madrid llevado de mi incansable curiosidad y un sentido de la historia que jamás me ha abandonado. Porque presentía que estábamos viviendo acontecimientos trascendentales en la historia del país.
Después de la batalla del Ebro el ejército nacional empezó a avanzar por Cataluña. El España traía todos los días estupendos reportajes fotográficos. El diario también publicaba las memorias de un arrepentido voluntario belga de las Brigadas Internacionales llamadas “Memorias de un Mercenario’ que eran interesantísimas.
Yo ya no tenía interés en los Flechas y no recuerdo como deje de acudir a los llamamientos. En cambio mi primo Eduardo, que habia aprobado el examen de revalida y se habia matriculado en la facultad de Derecho, carrera que nunca termino, mostraba un inusitado interes por el movimiento falangista y no hablaba mas que del SEU (Sindicato Espanol Universitario), que era la rama universitaria del falangismo y en que llego a tener algun cargo. Yo no me explicaba esto. Los falangistas le matan al padre y el se hace falangista. Mucho tiempo despues puse el tema sobre el tapete. Como es posible?. No decia nada, se sonreia. Cuando le estrechaba a preguntas me contestaba que era dificil explicar y que preferia no sacar el tema a relucir. Lo deje por imposible.
Mi primo Eduartdo Santana Cazorla (1946)
1939
Los partes de guerra de este Tercer Año Triunfal decribian el rapido avance de las tropas nacionales y el desmoronamiento de loa resistencia republicana. Aquello era una desbandada. Por fin las tropas ocuparon Barcelona el 26 de Enero. El entusiasmo en Sevilla fue formidable. El Diario España traía un reportaje fotográfico fenomenal, incluido las siniestras “checas” o cámaras de torturas comunistas.
Después vino un periodo de dos meses, Febrero y Marzo en el que nada pasaba. Los partes de guerra, una vez ocupada totalmente Cataluña, no decían nada substancial. La realidad es que en la otra zona ocurrían muchas cosas de ls que no nos enteramos sino hasta mucho más tarde. El presidente Azaña, evacuado a Paris se negó a volver a la zona central del país, todavía en poder de la Republica y dimitió la presidencia. Negrin,
Juan Negrin, jefe del gobierno de la Republica Espanola (1937-1939)
el primer ministro, un pelele en manos de los soviéticos regreso a Madrid decidido a continuar la lucha a la espera de que la inestabilidad europea se revolviera en un conflicto bélico del que la Republica podría beneficiarse. Pero el sector anticomunista en Madrid se opuso a los planes de Negrin. El coronel Casado se rebeló contra él y formo una Junta de Defensa presidida por él y con algunos otros partidarios de un armisticio con las fuerzas de Franco, entre ellos el socialista Besteiro. Las fuerzas comunistas se opusieron a la Junta y así se desencadenó en Madrid y sus alrededores una guerra civil dentro de otra guerra civil. Casado
Coronel Segismundo Casado Se rebelo contra la Republica (Marzo, 1939)
pidió una paz honrosa. Franco le exigió una rendición sin condiciones.
De todo esto no sabíamos nada en la zona nacional y el diario España, el mejor informado, daba solo retazos incoherentes sobre lo que iba pasando.
A principios de Enero, sin embargo, los rojos iniciaron una ofensiva en el sur que cogió a los nacionales desprevenidos. Rompieron el frente y ocuparon algunos pueblos en Extremadura, entre ellos Granja de Torre Hermosa, donde saquearon casas y negocios, de lo que nos dio cuenta una amiga de mi familia, Dolores, la mujer de un íntimo amigo de mi padre, Juan Amador. La familia de Dolores fue víctima de tales saqueos y destrucción por parte de los rojos. La ofensiva fue detenida y los nacionales recuperaron el terreno perdido en Marzo.
A mediados de Marzo las tropas naciones comenzaron a avanzar sobre terreno republicano y por fin entraron en Madrid el 28 de Marzo. Al día siguiente entraron en Valencia, Alicante en los días siguientes en otras y muchas ciudades y pueblos. Todos esperábamos el final de la guerra de un día a otro. El 1 de abril de 1938, las once de la noche me detuve en la escalera de camino para mi dormitorio. Sonó en la radio el clarín que anunciaba el parto de guerra y me quede a la expectativa. El parte (que me lo aprendí de memoria) decía así” “EN EL DIA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJERCITO ROJO, LAS TROPAS NACIONALES HAN OCUPADOI SUS ULTIMOS OBJETIVOS MILITARES. LA GUERRA HA TERMINADO. CUARTEL GENERAL DEL GENERALISIMO. FIRMADO FRANCISCO FRANCO. Cuenta la historia que el Generalísimo no lo pudo celebrar. Estaba en la cama con un fuerte resfriado.
Mi padre y unos cuantos amigos organizaron un viaje a Barcelona. Volvieron horrorizados de lo que habían visto. El gerente de la compañía Cafés a la Crema Marcilla que era de Izquierda Republicana y que había parado en casa en viaje de novios (como cuento en la primera parte de esta historia) había muerto pero no pudo enterarse si en el frente o de muerte natural o fusilado. Los anarquistas requisaron el negocio, desplazaron al Sr. Marcilla e implantaron una cooperativa que termino con la ruina total del negocio. Encontraron a Barcelona, sucia, hambrienta. Las fábricas de tejidos, con enormes existencias sin vender casi regalaban la mercancia. Mi padre volvió con cortes de traje para toda la familia.
En la primavera se celebraron varios actos para celebrar la despedida de varios regimientos de fuerzas italianas (eufemísticamente llamados “voluntarios”) que se embarcaban en el puerto para volver a su país. Vino el Conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Italia (y yerno de Mussolini, el dictador y jefe de gobierno, quien lo mando asesinar en 1943) a quien vimos por la Avenida en un coche descapotable acompañado de nuestro ministro de Asuntos Exteriores (el “Cuñadísimo) Ramón Serrano Suñer, a quien algunas mujeres, considerándole guapo, le llamaban “jamón serrano”. Fuimos al puerto y vimos a los italianos embarcando en un buque de mediano tamaño entre vítores, músicas, himnos, discursos, etc…
Aquel verano volvimos a Sanlúcar y fue como el año anterior una experiencia inolvidable. Reanude mi amistad con Fernando Lara, y gozamos enormemente de la playa, el pueblo, cine, paseos y hasta bailes.
También hubo torero este verano. Pero en vez de visitarnos fuimos nosotros, mi padre y yo, los que lo visitamos a él. Pepe Luis Vázquez era de condición modesta. Su padre era un obrero en el Matadero Municipal. Este torero del verano del 39, Jose Ignacio Sanchez Mejias, era rico. Su padre había sido nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, inmortalizado por Garcia Lorca (“A las cinco de la tarde, eran las cinco de la tarde….”). Mi padre conocía a este torero, que como Pepe Luis, estaba empezando de novillero. Su padre fue presidente del Real Betis Balompié cuando mi padre fue tesorero del mismo. Hay una foto en el campo del Patronato, año 1930 en el que aparecen los tres. Toreó en Sanlucar en este verano y fuimos verlo torear. Después fuimos a verlo al hotel, al hotel “El 9”. Estaba en la cama, descansando. “Anda, llama a mi madre para que se tranquilice” le dijo a su mozo de espadas. Las conferencias telefónicas las daba mas rápidas en la central de teléfonos que en el hotel. El mozo de espadas no sabia donde estaba la central. Mi padre me dijo, “anda, acompaña a (Fulano) a la central”. La central estaba a dos pasos. Llegados a la misma la jefa de la central lo puso en contacto con la madre del torero en cuestión de minutos. Cosa rarísima en aquellos tiempos. El mozo de espadas entró en la cabina y yo me quede a la puerta y le oía a hablar. Hablaba a gritos. Le describía la actuación del torero. “Pues, na, ha estado superio”. “En el primero le dio unos lances de maravillas.” “ Y en el segundo lo mismo. Ha gustado mucho. “No, no ha tenido ni siquiera un roce”. Yo le escuchaba asombrado. Jose Ignacio había estado desastroso. Pitos. A punto de salir custodiado. Mi padre decía que no le tenía afición. Que yo recuerde se retiró de los toros al poco tiempo.
El actor y novelista Jose Luis Vilallonga
Durante las fiestas de Agosto, un famoso jugador del Betis (todavía no había recobrado el “Real”), Peral,
Peral, jugador del Real Betis Balompie
a quien mi padre llamaba Peralillo, visitó Sanlucar por aquellos días y yo le acompañe en varias ocasiones. Una noche me invitó a una fiesta de gala dada por el Infante Don Alfonso de Orleans, primo hermano del rey Alfonso XIII en su palacio de Sanlúcar. Al llegar la República el Infante se exilio y volvió a España con la guerra donde ocupaba un puesto importante en la aviación nacional, pues había sido piloto en la guerra de Marruecos. Peral no tenía invitaciones pero algo le dijo al portero que nos dejó entrar inmediatamente. Era una fiesta de lujo, los asistentes eran en su mayoría aristócratas, algunos llegados expresamente de Inglaterra donde el Infante tenía muchas amistades. El Infante era padrino de bautismo de Pip Scott-Ellis, una aristócrata inglesa que habia conducido una ambulancia (donada por su padre) con las fuerzas de Franco durante la guerra. Años mas tarde esta Pip se casaría, en el mismo palacio de Sanlucar, con el aristócrata y novelista español Jose Luis Vilallonga,
Jose Luis Vilallonga, actor en “Desayuno con diamantes”
que, también actor, tuvo un pequeño papel en la película americana ” Desayuno con diamantes” ( “Breakfast at Tiffany” ) con Audrey Hepburn. Estoy casi seguro que la tal Pip estaba aquella noche con Peral y conmigo en aquella maravillosa fiesta, en la que la orquesta tocó, el “Lambeth Walk”, un nuevo estilo de baile de origen inglés y muy conocida por entonces Disfrutamos mucho Peral y yo.
Poster de “Desayuno co Diamantes”
El 2 de Septiembre los periódicos trajeron la noticia del estallido de lo que vendría a ser la segunda guerra mundial , por aquellos días limitada a Alemania, Inglaterra, Francia y Polonia., aunque ya hacia algún tiempo que existía otra guerra: la declarada por Rusia contra Finlandia. Yo me hice de una agenda y empecé a escribir un diario, un intento que he comenzado muchas veces en mi vida hasta abandonarlo a los pocos días.
Pasada Regla, como en el año anterior volvimos a Sevilla, a las clases y a la rutina de siempre.
Al terminar el año 1939 me preguntaba que nos traería la próxima década. Una España nueva en una Europa en guerra y la incertidumbre de si nos veríamos envuelta en ella.